Seguimos en el segundo capítulo, “El límite del keynesianismo medioambiental”, en el apartado ¿Qué es el desacoplamiento?
Antes de entrar en materia permítanme dos sugerencias sobre nuestra tema:
1. Juan Emilio Ballesteros entrevista a Antonio Turiel: «El crecimiento económico ya no será posible de manera sostenida» [1]:
Sostiene que el verdadero problema que tenemos no es de recursos, sino del sistema socioeconómico que tenemos y que no queremos cambiar. ¿Por qué ese empecinamiento?
Porque implicaría el abandono del capitalismo tal y como lo entendemos ahora mismo, y eso es simplemente impensable, es algo de lo que no se puede hablar. Es un tabú. El capitalismo detenta la hegemonía del discurso, y por tanto no se permite imaginar un futuro más allá del capitalismo: de hecho, estoy seguro de que muchos lectores se sienten incómodos leyendo estas líneas. Pero, pensémoslo bien: ¿no hay libertad de expresión? ¿no podemos discutirlo todo dentro de los límites del respeto a los derechos humanos? En realidad, no. Nadie se atreve a criticar al capitalismo, y nadie puede poner en cuestión el dogma del crecimiento; nuestros gobiernos tienen como objetivo siempre el crecimiento del PIB, el cual se identifica con el bienestar. Pero, ¿qué pasa si el crecimiento económico se vuelve imposible simplemente porque cada vez hay menos energía y materiales? Lo estamos viendo con las elevadas inflaciones actuales: no hay suficiente para mantenerlo todo, los negocios van quebrando y eso es contracción económica. ¿Qué pasa si este fenómeno no es coyuntural, sino estructural? ¿Si a partir de ahora faltará siempre energía y materiales, y cada vez habrá menos? Si no hacemos nada, lo único que podemos esperar es seguir una espiral de degradación económica, en la cual las treguas (períodos sin inflación y pequeñas tasas de crecimiento) son causadas por la destrucción de grandes sectores económicos o incluso países enteros, dejando así recursos para los que quedan, pero que vendrán seguidas por otros períodos de más inflación y más destrucción económica, a medida que el inevitable descenso continúe.
Nadie quiere aceptar eso: siempre se piensa que aparecerán nuevos recursos, que la mano invisible del mercado los acabará poniendo a disposición. Pero, ¿y si no los hay? ¿y si cada vez hay menos? Entonces avanzaremos por la senda de la degradación económica hasta que nos demos cuenta de que nos hace falta un cambio de paradigma radical.
2. La segunda sugerencia: Juan Torres López, Más difícil todavía. Barcelona, Deusto, 2023. El subtítulo: “Esta no es una crisis cualquiera: la economía mundial puede colapsar y debemos prepararnos para ello”. No es el cambio climático el asunto central de este nuevo libro del gran economista y profesor granadino, pero hay en él muchas reflexiones de interés sobre nuestro tema. Por ejemplo, p.119 y ss.
La destrucción del medioambiente, la explotación abusiva de recursos naturales y el cambio climático quizá sean la amenazada más directa a la que se enfrenta el planeta y, sin embargo, la que más ha tardado en asumirse como tal. Por no decir que es, muy posiblemente, también la más puesta en duda, quizá por los intereses poderosos a los que afecta.
Cojo el hilo de Saito.
El término «desacoplamiento», observa Saito, significa «separación» o «disociación». Palabra poco usada en la vida diaria, es un concepto popular en los ámbitos económicos. También en los medioambientales.
El filósofo marxista japonés explica el concepto en los siguientes términos. “Normalmente, el crecimiento económico aumenta la carga ambiental. El desacoplamiento consiste en disociar, con nuevas tecnologías, los componentes de un proceso, que hasta ese momento han funcionado de forma sincrónica, como un engranaje”. Se trata de indagar en los métodos que hagan crecer la economía sin carga medioambiental. “Para el caso concreto del cambio climático, el objetivo sería mantener el crecimiento económico y, al mismo tiempo, reducir las emisiones de CO2 recurriendo a las nuevas tecnologías”.
Su ejemplo: “en el proceso de crecimiento de los países en vías de desarrollo, la instalación de infraestructuras, como centrales y redes de distribución eléctricas, el fomento de los grandes consumos, como la adquisición de la vivienda o el coche, funcionan como motores del crecimiento económico. Pero, al mismo tiempo, son importantes fuentes de emisiones de CO2. Si, con la ayuda de los países desarrollados, se pudieran introducir en ellos nuevas tecnologías de alto rendimiento y eficiencia, el aumento de las emisiones de CO2 trazaría una curva creciente mucho más suave en comparación con el caso en el que la instalación de las infraestructuras y los consumos referidos se promoviera con tecnologías obsoletas”.
Pues bien, la reducción en términos relativos de las tasas de incremento de las emisiones de CO2 en relación con el crecimiento económico se conoce como «desacoplamiento relativo».
El siguiente apartado lleva por título “La necesidad de reducir CO2 en términos absolutos.”
El desacoplamiento relativo para Saito es “insuficiente como medida contra el cambio climático”. ¿Por qué? Porque si no se reducen las emisiones de CO2 en términos absolutos, no se podrá frenar el calentamiento global. “Compatibilizar el crecimiento económico con la reducción de las emisiones de CO2 en términos absolutos es el objetivo del desacoplamiento absoluto.”
En el gráfico 3, elaborada por el autor a partir de de “Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI” de Kate Raworth, se representa la evolución del PIB real y las emisiones de CO2 partiendo de un hipotético valor inicial de 100. “Lo primero que salta a la vista es que el desacoplamiento absoluto implica una reducción mucho más drástica de las emisiones de CO2 que el desacoplamiento relativo.” Un ejemplo de desacoplamiento absoluto, prosigue Saito, “sería la generalización del uso de coches eléctricos, que no emiten CO2. Reduciendo el número de coches con motores de gasolina, se reducirían las emisiones de CO2 pero la venta de coches eléctricos sostendría el crecimiento económico”. Otro ejemplo “serían las reuniones online, que acabarían con los desplazamientos en avión para acudir a reuniones de trabajo presenciales y contribuirían al desacoplamiento absoluto.”
La transición de las centrales eléctricas de carbón a las fotovoltaicas sería un tercer ejemplo. “Crecer mientras se reducen las emisiones […] romper la diada crecimiento económico → aumento de las emisiones e independizar el uno del otro”. Se entiende en definitiva, sostiene, “que si se insistiera y perseverase en la adopción de este tipo de medidas, sería posible compatibilizar el crecimiento económico con la reducción de las emisiones de CO2 en términos absolutos”. De esta forma, el GND “trataría de lograr las cero emisiones netas de CO2 con el fin de contener la subida de las temperaturas en menos de 1,5 ºC, sin perjudicar por ello el crecimiento del PIB”.
No cabe duda, señala Saito, que el plan “requerirá una innovación tecnológica extraordinaria. Se trata de un proyecto colosal -poco menos que el proyecto del siglo– para lograr el desacoplamiento absoluto”.
El siguiente apartado lleva por título “La trampa del crecimiento económico”.
Teniendo en cuenta las posibilidades que ofrecerá la innovación tecnológica futura, apunta el filósofo japonés, “las energías renovables o las tecnologías de la información evolucionarán a considerable velocidad. Por eso, no son pocos los economistas ambientales optimistas que consideran que el desacoplamiento absoluto será relativamente fácil”. Sin embargo, matiza, “antes de lanzar las campanas al vuelo, cabría preguntarse si el desacoplamiento absoluto es realmente factible”. ¿Lo es?
Para Saito, la respuesta a esta pregunta será muy diferente según el plazo temporal que se establezca para alcanzar el objetivo de una sociedad libre de emisiones de carbono. Su ilustración: “parece bastante probable que se puedan lograr las cero emisiones netas dentro de 100 años. Pero eso es demasiado tarde”. Saito recuerda la advertencia de las comunidades científicas comprometidas: en 2030 tenemos que haber reducido a la mitad las emisiones de CO2 y haberlas eliminado por completo antes de 2050. La clave “está en si es posible un desacoplamiento absoluto suficiente como para detener el cambio climático en los próximos 10 a 20 años.” Este es el punto, el rovell de l’ou decimos en catalán.
Sin embargo, incluso Rockström, nos recuerda Saito, “está reconociendo que el crecimiento económico verde mediante el desacoplamiento es «una evasión de la realidad». Este científico sostiene que es imposible lograr un desacoplamiento absoluto suficiente que contenga la subida de las temperaturas en menos de 1,5 ºC. ¿Por qué? “Porque el desacoplamiento lleva aparejado un dilema; un dilema sencillo, pero de difícil solución: cuanto más prospere la economía, mayor será la dimensión de la actividad económica; esto implica necesariamente un mayor consumo de los recursos y, como consecuencia, un aumento de la dificultad de reducción de las emisiones de CO2. Es decir, el éxito del crecimiento económico verde acarrea mayores emisiones de CO2Por lo tanto, se requerirá una mejora del rendimiento aún más exigente”. Es la “trampa del crecimiento económico» apunta Saito.
¿Es posible superar este dilema? Es poco probable. “Para mantener un crecimiento del PIB del 2-3 % y alcanzar el objetivo de los 1,5 ºC como tope, sería necesario reducir la emisiones de CO2 a un ritmo de, aproximadamente, el 10% anual”. Es evidente para Saito (también lo es para mí) “que dejando el asunto en manos de los mercados, no existe la más remota esperanza de que las emisiones se reduzcan a un ritmo frenético del 10 % al año.”
“La trampa de la productividad” es el título del siguiente apartado.
Tras analizar la trampa del crecimiento económico, la conclusión a la que llegó Rockström y su equipo de investigación “es que hay que renunciar al crecimiento económico. La razón es sencilla. Si se renunciara al crecimiento económico y se redujera la dimensión de la economía, alcanzar el objetivo de reducción de emisiones de CO2 resultaría, en proporción, más fácil.”
Cabría entender esta afirmación, observa Saito, como una resolución firme para detener la destrucción del planeta por el cambio climático y mantener vivos los requisitos para el progreso de la humanidad”. Sin embargo, es una decisión inaceptable en el contexto del capitalismo, “debida a otra trampa inherente al sistema: la «trampa de la productividad»”.
El capitalismo, nos recuerda Saito innecesariamente, “siempre está buscando aumentar la productividad para reducir los costes. Si la productividad aumenta, se puede producir lo mismo con menos mano de obra” (expresión, esta última, que Saito o el traductor no deberían usar: ¡mano de obra es un concepto poco… obrero y muy desconsiderado!). En tal caso, “si el tamaño de la economía siguiese siendo el mismo, aumentaría el número de desempleados. Sin embargo, en el capitalismo los desempleados no pueden vivir y los políticos temen las altas tasas de paro. Por eso, en el capitalismo existe una presión insidiosa y permanente para que el tamaño de la economía siga creciendo sin parar. De esta forma, la mejora de la productividad obliga a incrementar la dimensión de la economía”. Esa es la trampa, muy real, de la productividad.
El capitalismo, sostiene Saito (y yo con él y seguramente también ustedes) está atrapado en la trampa de la productividad, no puede renunciar al crecimiento económico. Consecuencia: “aunque se quieran adoptar medidas contra el cambio climático, se cae en la trampa del crecimiento económico, que intensifica el consumo de recursos”. Por eso, añade el filósofo nipón con mucho optimismo en mi opinión, los científicos también se están empezando a dar cuenta del límite del capitalismo.
“La fantasía del desacoplamiento” es el título del siguiente apartado.
Notas.