Cincuenta (+ nueve) conversaciones filosóficas (2 vol.), Ediciones del Genal, Málaga, 2018

Una reseña del profesor Robert Tallón de un libro por mí editado y publicado por Ediciones del Genal en 2018.

NADA HUMANO DEBE SER AJENO AL BUEN FILOSOFAR

El editor y, a su vez, entrevistador de las diferentes conversaciones filosóficas que componen esta obra, Salvador López Arnal [SLA], es de sobras conocido por los lectores de estas páginas: un comunista de tradición republicano-democrática que se caracteriza por ser un ciudadano comprometido con el momento histórico que le ha tocado vivir, por tener una voracidad intelectual fuera de lo común y por contar con ese afán tan sacristaniano de expresar sus reflexiones de forma bien argumentada y clara. Este libro es, como veremos, una muestra de estas tres características del autor. El libro se puede leer a ratos, desordenadamente según las preferencias del lector e incluso parcialmente si alguna entrevista no llama, a priori, su atención. Es la libertad que otorga su composición por entrevistas, género que es un procedimiento especialmente eficaz para hacer llegar al público no especialista conocimientos y reflexiones que, por ejemplo, en forma de ensayo, podrían resultar demasiado farragosos para el ciudadano medio. Pero ello no debe denostar este género, más bien al contrario, pues como bien nos dice el mismo SLA en su breve pero estimulante presentación, pertinentemente titulada “Las entrevistas como procedimiento de estudio y de aprendizaje filosófico”, la entrevista es un procedimiento que “permite saborear los buenos argumentos filosóficos, los conceptos y categorías fructíferos, la claridad de la exposición, disolver dudas, gozar de los hallazgos teóricos y de las nuevas inquietudes y propuestas filosóficas, sopesar el peso de lo clásico y de los clásicos, sentir la amplitud del inabarcable escenario filosófico, la importancia del pensar y repensar permanentemente…y, por supuesto, la complejidad e interés cultural de casi todo”. Dado que la cantidad de entrevistas es notable, como bien señala el propio título, “cincuenta (+nueve)”, nos vamos a centrar en las que han sido especialmente interesantes para el autor de esta pequeña recensión, y que, creemos, nos ayudan a resaltar las tres características de nuestro editor que hemos apuntado anteriormente.

Respecto a su compromiso político-social, nos ahorraremos hacer un repaso de su extensa hoja de servicios como militante comunista, en un sentido amplio, y nos centraremos en su compromiso antinuclear y sinceramente ecologista, que podemos encontrar, por ejemplo, en las entrevistas al activista antinuclear Miguel Muñiz Gutiérrez y al reconocido radiobiólogo Eduard Rodríguez Farré [ERF]. La entrevista a este último, que se realizó en 2012, un año después de la hecatombe nuclear de Fukushima en aquel fatídico marzo de 2011, nos ayuda a entender mejor qué es lo que verdaderamente sucedió en ese Chernóbil a cámara lenta. ERF no se queda en la crítica ideológica y sectaria, sino que va al detalle técnico; pero, eso sí, dejando bien claro que no fue un simple error técnico aislado que no pueda volver a producirse en un futuro próximo en cualquier otra central nuclear, como la misma historia de las catástrofes nucleares nos demuestra. Y es que, a lo largo de esta entrevista, ERF nos ayuda a desmontar algunos de los pseudoargumentos que el lobby pronuclear defiende con uñas y dientes, incluso, si es preciso, con la falsificación de informes oficiales. Los tentáculos de este lobby son largos y la ciudadanía debe dar una respuesta conjunta, pues, como nos dice el mismo entrevistado, aún sigue vigente aquella vieja proclama antinuclear: “Mejor activos hoy, que mañana radiactivos”.

En lo tocante a su insaciable y voraz apetito intelectual, podemos encontrar muchos ejemplos en este libro: desde la fascinante entrevista al biólogo Adrià Casinos sobre la evolución y el evolucionismo, a la no menos sugerente entrevista al ya difunto historiador de la ciencia Antonio Beltrán [AB] en la que abordan la relación entre la Iglesia Católica y la cultura científica sirviéndose, principalmente, de la figura de Galileo, del cual el historiador mallorquín era uno de los mayores expertos a nivel europeo. AB, en esta breve pero intensa conversación filosófica, nos deja meridianamente claro que “la condena del copernicanismo y de Galileo no fueron fruto de ninguna sesuda reflexión filosófica, científica o metodológica”, pues, como él mismo nos dice, “quienes decidieron fueron las autoridades eclesiásticas ignorantes en el tema, no los especialistas”. Además del interés meramente histórico, AB considera, muy acertadamente, que el conocimiento del caso Galileo puede “resultar muy útil y pertinente” para entender el esfuerzo de control cultural que, aún hoy, sigue intentando ejercer la Iglesia. Hoy en día, en España, aún sufrimos injerencias de este tipo por parte de la Iglesia Católica, ¿o no fue un ejemplo de ello el que la Conferencia Episcopal Española clamara al cielo contra la Ley del Aborto aprobada por el segundo gobierno socialista de Rodríguez Zapatero y ejerciera una férrea presión contra dicha ley? ¿o no es otro ejemplo, que, a día de hoy, los profesores de religión de los centros públicos gocen de relación laboral especial, distinta a la del resto del profesorado?

Por lo que confiere al tercer aspecto recalcado, el de la argumentación y la claridad expositiva, de sobras es conocida la pasión de nuestro editor por la tradición analítica. A lo largo de las cincuenta y nueve conversaciones filosóficas podemos apreciar cómo se conmueve cuando su interlocutor hace referencia a las máximas de Grice o el entusiasmo y devoción con el que entrevista al filósofo hispanoamericano Mario Bunge [MB], a pesar de que esta entrevista sea abruptamente interrumpida por MB al considerar, a nuestro parecer, injustamente, que su entrevistador estaba buscando la polémica periodística en vez de una entrevista propiamente dicha. En la conversación con MB tenemos la oportunidad de ver a un SLA que, sin abandonar su cortesía habitual, acorrala al filósofo argentino cuando éste, llevado seguramente por un cierto prejuicio antimarxista, minusvalora las aportaciones de los marxistas en las ciencias sociales y caricaturiza, abusando de cierto esquematismo propio del que no conoce suficientemente las obras que está criticando, la figura de Karl Marx y de buena parte del marxismo. Efectivamente, hay un parte del marxismo que ha abusado de escolástica, erigiendo a Marx en El Científico y haciendo de su obra escrita algo así como una Biblia en la que encontrar las soluciones a todos los males de cualquier época y situación socio-política. Pero eso es problema de dichos marxistas, no de Marx ni del marxismo en general, pues, como bien nos advierte Francisco Fernández Buey en otra entrevista, “la única forma de estudiar en serio a Marx” es “ir a sus textos y contextualizarlos”, como se hace con cualquier otro clásico. ¿Acaso no ha habido en el marxismo, o, como mínimo, en una parte importante de éste, una revisión de las tesis de Marx? ¿no hicieron eso, por ejemplo, los marxistas analíticos o el propio M. Sacristán? Marx no es ni debe ser un icono, es un clásico del pensamiento.

Pero esta obra no se agota, como tampoco lo hace el filosofar de SLA, en estos tres aspectos que hemos elegido para adentrarnos en ella. Es mucho más rica. En ella encontramos un filosofar desde abajo, partiendo del presupuesto que toda persona –salvo algunos casos médicamente excepcionales- está en condiciones de filosofar, ya sea a través de los conocimientos que le otorga su propia experiencia cotidiana, o, en el caso de contar con una formación más sólida, con los conocimientos científicos que haya adquirido. Sin duda, mientras más se sepa sobre cualquier tema, mejor, pero no todos estamos en condiciones de saber mucho sobre todo, más teniendo en cuenta la especialización que ha alcanzado la ciencia moderna. En esta concepción de la filosofía encontramos los ecos de uno de sus grandes maestros, Manuel Sacristán, que en un texto sobre la finalidad filosófica más esencial, que se incluye en el libro a modo de introducción, nos dice: “Se trata de concebir la ocupación filosófica no como la construcción de un falso super-saber de las cosas, sino como una actividad crítica ejercida sobre los conocimientos reales existentes: los científicos y los precientíficos de la experiencia cotidiana (estos últimos pueden ser tendencialmente teoréticos o prácticos, o productivos poéticos, como se decía tradicionalmente)” (p. 23). Otro de sus maestros, Francisco Fernández Buey, cierra el libro con una carta sobre lo que más importa. En definitiva, si quieren reflexionar sobre temas fundamentales como son la enfermedad y la muerte, las pseudociencias, la Edad Media, la historia de la tradición emancipatoria, la biopolítica, etc., no duden en adentrarse en estas amenas, pero inspiradoras, conversaciones filosóficas entre SLA y sus interesantes interlocutores: José Luis Martín Ramos, Jon E. Illescas, Miguel Riera, Luis Roca Jusmet, Clara Valverde, Luis Vega, Joaquín Miras, Silvia Casado Arenas, Antoni Domènech, Martín Alonso, Manuel García-Carpintero, Carlos Fernández Liria y Àngel Duarte Montserrat, entre muchos otros.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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