El País, 10/05/2026. En el ‘caso Kitchen’ o el ‘caso Pujol’ el autoconvencimiento de los investigados les hace exhibir vanidosamente el gran concepto que tienen de ellos mismos.
vHay personas que emanan una seguridad encomiable. Son capaces de mantener una serenidad absoluta, aunque se las acuse de tropelías que harían que el común mortales se escondiera en la bíblica Tierra de Nod. Ellas en cambio siguen ahí, imperturbables, a pesar de que una pistola todavía humeante siga en sus manos. El autoconvencimiento de su superioridad moral les hace exhibir vanidosamente el gran concepto que tienen de ellas mismas. Cuando se trata de gentes de orden y nacionalistas españoles, incluso algunos jueces caen rendidos ante tan vistoso plumaje.
El caso Kitchen es un paradigma bien a mano. Requiere cuajo que sin parpadear un señor llamado Mariano Rajoy no sepa por qué figura M. Rajoy en una relación de pagos del partido que preside Mariano Rajoy. Es tan prodigioso como la bilocación del Padre Pío, que era visto simultáneamente en lugares distintos y distantes del convento de San Giovanni Rotondo, donde residía.
Pío, aseguran, hacía el bien. Los que nos ocupan suelen hacer gala de otras artes. Entre ellos hay presidentes, vicepresidentas o ministras que sin pestañear aseguran haber perdido la memoria; policías que han investigado sin la engorrosa orden judicial; hay también imputados que se jactan con aplomo de tener “información privilegiada” para hacer buenos negocios o empresarios que olvidan haber pagado comisiones. El caso Koldo es más propio de conversación de apostadores de tragaperras. Está en la dimensión Roldán, con la transustanciación de “lechugas” o “chistorras” en billetes, respectivamente, de 100 o 500 euros o novias con el alquiler pagado… todo mucho más mundano, con permiso de Koldo.
Pero chistorras aparte, y salvadas las declaraciones de Rajoy, Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría, ha resultado destacable el aplomo y la locuacidad de que ha hecho gala ante el juez Jordi Pujol Ferrusola. Hace dos semanas, el ex president regresó a Barcelona después de un sobrero desplazamiento hasta la Audiencia Nacional, que le acabó exonerando del juicio por motivos de salud. Volvió sin la absolución que él habría querido. La judicial tal vez la hubiera logrado, pero la ética más que lejana parece irremediablemente perdida. Pues bien, mientras el padre regresaba con la cabeza gacha, su primogénito se despachó ante el tribunal con una retórica envidiable, rayana en la altanería. De su declaración se desprende que lo “importante es tener contactos”, porque su negocio se fundamentaba en “pasar información privilegiada”. Nada de meritocracia ni de innecesarios conocimientos. Él hizo negocios sin saber nada de ingeniería, fotovoltaicas, refinerías o inmobiliarias aunque mediara en todos esos sectores. No hay nada como una buena agenda. Por eso el trabajo de Jordi Pujol Ferrusola descansa en “la confianza”, como los tratantes de caballos en los mercados de Rapa das Bestas. Los contratos en esos encuentros de ganaderos son tan inexistentes como los de mayor monto del primogénito de la familia Pujol. En estas épocas de tanta letra pequeña, un apretón de manos devuelve la fe en la humanidad. De esos servicios de intermediación de Junior hay facturas; de esos engorrosos y traidores contratos no hay copias. Si no lo creen, lean en este diario las crónicas de Jesús García Bueno sobre la asombrosa gran familia.
La desconfiada Fiscalía trató de cuestionar esos trabajos sellados con un apretón de manos. Cree que eran una tapadera para camuflar el pago de comisiones de empresas a la Generalitat a cambio de la adjudicación de obra pública bajo el Gobierno de Jordi Pujol. Todo quedaba en familia: el padre con la política impidió cuanto pudo que se crearan comisiones parlamentarias para investigar las saludables finanzas de su familia. La confesión de haber mantenido durante tres décadas una fortuna oculta en Andorra fue lo de menos. La familia sostiene que es la “deixa de l’avi Florenci”, el padre del ex president que desconfiaba de la habilidad con los negocios de su hijo. Otros mal pensados ven rastros de Banca Catalana o de las habilidades de los hijos cobijados bajo la larga sombra del padre. En cualquier caso, una herencia es una herencia y eso requiere disfrutar de una buena rampa de lanzamiento. Quizás ahí empieza a tomar cuerpo la superioridad moral.
https://elpais.com/espana/catalunya/2026-05-10/corrupcion-y-superioridad-moral.html.