Hace unos días, leyendo una de tus reseñas [de SLA], la del libro de Michel Husson (MH), me llamaron la atención un par de citas del libro que no me acaban de convencer por lo que tenían de relación con Darwin, el darwinismo y el socialdarwinismo; en eso llego a un paréntesis en el que señalabas: “el firmante de esta reseña tiene dudas en este punto” y ¿cuál era el punto?
La afirmación sostenida por MH de que ‘no es posible absolver a Darwin del darwinismo social’. Inmediatamente le escribí para decirle que me parecía “muy necesario rechazar esa idea tan extendida en la izquierda (y está claro que MH la comparte, porque de otro modo su crítica hubiese sido diferente), de que Darwin está en la base fundacional del socialdarwinismo… Estoy de acuerdo contigo en ese rechazo”. A continuación le enviaba unas palabras sobre ese tema. Muy amablemente, mi querido Salvador, me contestó algo parecido a ‘se aprende mucho con ese comentario, ¿por qué no me lo mandas para incluir en mi blog?’ Lo que sigue es la respuesta a esa solicitud, un texto algo más elaborado a partir del comentario que le envié…
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La base sobre la que se funda el socialdarwinismo no es Darwin, es Spencer y otros evolucionistas de la primera generación (como Haeckel o Huxley), que apenas compartían con Darwin alguno de los cinco principios fundacionales de la evolución por medio de la selección natural que postulaba Darwin, por lo que su comprensión del darwinismo es fragmentada.
Darwin y el darwinismo
El 27 de diciembre de 1831 Darwin iniciaba una vuelta al mundo a bordo del Beagle; ese viaje, que terminaba el 2 de octubre de 1836, le sirvió al joven naturalista para realizar un conjunto de observaciones -no solo de los pinzones de las Galápagos- que le llevaron a cuestionar algunos de los conocimientos relativos a la biodiversidad habituales en su tiempo.
En 1858, Lyell, consciente del paralelismo de algunas de las reflexiones de Darwin con las de Wallace al respeto de la identificación de la selección natural como mecanismo evolutivo que explicaba la diversidad geográfica de las especies, se produjo el famoso ‘arreglo delicado’, por el cual Wallace y Darwin publicaban conjuntamente un artículo en el que exponían la selección natural como el mecanismo explicativo de la evolución de la vida. Al año siguiente (1859) Darwin publicaba El origen de las especies por medio de la selección natural; a partir de ese año, Darwin se centró en buscar nuevas pruebas que confirmasen su teoría, lo que le llevó a publicar La variación de los animales y las plantas en la domesticidad (1868), El origen del hombre y la selección sexual (1871) y La expresión de las emociones en el hombre y en los animales (1872), también en 1872 publicó la sexta edición del Origen de las especies, que es la que se considera definitiva. Así, de la lectura coherente y crítica del conjunto de la obra de Darwin se pueden establecer tres principios fundamentales de su teoría evolutiva:
* la evolución entendida como un hecho natural;
* el origen común de todos los seres vivos;
* la modificación de la descendencia mediante la selección natural, que actúa de modo variacional y no transformacional;
* la diversificación de las especies; y,
* el gradualismo,
Además, como propone Tort (1983), en la obra de Darwin se observa un ‘efecto reversivo de la evolución’, que en términos simplificados significa que la selección natural, a través de la selección de los instintos sociales, selecciona la cultura, que desarrolla una serie de normas y comportamientos antieliminatorios, que transforman la selección natural (eliminatoria) en selección sexual (competitiva).
Los darwinistas de la primera generación
A partir de 1859 un conjunto de científicos entre los que se encontraban Haeckel, Huxley, Wallace, Lyell y Gray, que se identificaban con el darwinismo en tanto que teoría que explicaba la biodiversidad por causas naturales (a diferencia del fijicismo cristiano), se alinearon con Darwin; no obstante, ninguno de esos primeros ‘darwinistas’ admitía los cinco principios de la teoría de Darwin. De hecho, Haeckel solo aceptaba el origen común de todas las especies vivas y el gradualismo y Huxley (el pretendido guardián del darwinismo, porque se opuso al obispo Wilforce en defensa de la obra de Darwin), el origen común de las especies; en cuanto a la selección natural, que es el meollo del darwinismo, no la aceptó ninguno de los ‘darwinistas’ -a excepción de Wallace-, que entendían que la evolución se producía por mecanismos transformativos y no por mecanismos selectivos o, dicho con otras palabras, eran más lamarckianos (herencia de los rasgos adaptativos adquiridos en vida) que darwinistas (herencia de los rasgos más ventajosos de los disponibles entre la variabilidad natural de la especie).
El papel del trabajo en la formación de la humanidad
Sin ser considerados darwinistas de la primera generación, Marx y Engels realizan una acertada lectura materialista de la teoría evolutiva de Darwin; en este sentido, más allá de la archiconocida afirmación realizada por Engels ante la tumba de su amigo Marx -en la que señalaba que “así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana”, lo cierto es que tanto Marx como Engels supieron entender el alcance de la relación entre los seres vivos y el medio y sus consecuencias evolutivas. En este sentido, es preciso recordar que una teoría materialista de la hominización debería considerar el papel del trabajo (‘un proceso entre la naturaleza y el hombre’, según afirmaba Marx en el Capital, 1867), que para Engels fue el ‘motor’ de la evolución, del mismo modo que la lucha de clases es el ‘motor’ de la historia. Asimismo, es importante señalar que para Engels -también por supuesto para Marx-, los seres humanos somos, por nuestra naturaleza biológica, seres sociales, lo que tiene importantes consecuencias para la comprensión de nuestra evolución al rechazar cualquier intento de lectura reduccionista del hecho evolutivo.
La crisis del darwinismo
En ese contexto, situado cronológicamente entre 1859 y 1937 (aproximadamente), se produce una gran proliferación de discursos evolucionistas, tanto en el ámbito de la ciencia -relacionados con los nuevos descubrimientos paleontológicos, biológicos y antropológicos- como de la filosofía -relacionados con la idea general de progreso y la relación entre ciencia y religión-.
En general son años de numerosos hallazgos científicos:
* descubrimiento del hombre de Cromagnon (1868), Pithecanthropus erectus (1892), Sinanthropus pekinensis (1928-1937) o el famoso niño de Taung (1925), un Australopithecus africanus descubierto en el contexto de la polémica suscitada por el hallazgo del ‘hombre de Piltdown’ (1912);
* descubrimiento de los primeros dinosaurios fósiles en el Oeste americano entre los años 1870 y 1890, descubrimiento de mamíferos fósiles extintos en la Patagonia hacia finales del siglo XIX o descubrimiento de nuevas especies de dinosauros en el Gobi hacia los años 1920;
* avance en los estudios de la célula -descubrimiento de los cromosomas por Nägeli en 1842 y del ADN por Miescher en 1869- y de la herencia biológica -propuesta inicialmente por Mendel en 1869 y ‘redescubierta’ por de Vries, Correns y von Tschermak en 1900-, que conducen a la teoría cromosómica de la herencia propuesta por Sutton y Boveri en 1903.
Asimismo, para explicar algunos de estos descubrimientos científicos se proponen diferentes teorías evolucionistas, entre las que cabe destacar las siguientes:
* ortogénesis.- una teoría propuesta por Haacke en 1893 que sostenía que la evolución era un proceso dirigido hacía la complejidad y la perfección, al tiempo que rechazaba la selección natural y defendía un mecanismo hereditario neolamarckiano. Esta teoría, que suponía la existencia de una ‘fuerza sobrenatural’ que guiase el proceso evolutivo, inspiró a Bergson, quien en su obra fundamental, La evolución creadora (1907), defendía la existencia de un ‘elan vital’ que conducía la evolución; esta teoría teleogenética está en la base de la mayoría de las teorías finalistas del siglo XX, entre las que destacan la del jesuita francés Teilhard de Chardin, autor de una obra póstuma, El fenómeno humano (1953), que influyó en numerosos paleontólogos, como Crusafont.
* mutacionismo.- teoría que sostiene que la evolución es el producto de grandes mutaciones que originaron nuevas formar en un único salto (asume, por tanto, el saltacionismo anterior al darwinismo, defendido por ejemplo por Saint-Hilaire), en oposición a los cambios lentos y graduales que sostenía el darwinismo.
A estas dos teorías evolucionistas habría que añadir un discurso ideológico que se presenta bajo ropajes científicos de la mano de científicos y filósofos: el socialdarwinismo.
El socialdarwinismo: un discurso ideológico para las elites
En un contexto marcado por la II Revolución industrial, el reparto colonial de África, Asia y Oceanía, la colonización económica de América Latina y el Caribe, la concentración monopolística del capital…y la asunción por parte del ‘Hombre’ -realmente el hombre blanco libre y burgués- de la condición de sujeto de la historia -en sustitución de los dioses y las diosas, que a lo largo de tantos milenios habían sido los creadores y creadoras del mundo-, era fundamental establecer un discurso que naturalizase las relaciones sociales capitalistas. Esa es la razón por la cual la burguesía se apropió de la teoría evolutiva de Darwin. Ahora bien, en esa operación de apropiación de la teoría darwinista confluyen varios caminos que habían transitado de forma independiente:
* primero: el evolucionismo de Spencer es de matriz principalmente lamarckiana -su obra principal a este respecto: Progreso (1857), es anterior a la publicación del Origen de las especies (1859) de Darwin- y se encuentra más cerca de la ortogénesis que del darwinismo; de hecho, Spencer realiza una lectura lamarckiana de la obra de Darwin en sus Principios de biología (1864), en la que sostiene que “la supervivencia del más apto […] es lo que el Sr. Darwin ha llamado ‘selección natural’ o preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida” (es decir, Spencer es transformista, no variacional; no es darwinista).
* segundo: los trabajos sobre la herencia del talento y el carácter realizados por Galton -primo de Darwin- que constituyeron la base de su libro Herencia, talento y carácter (1865), en el que sostiene que los rasgos intelectuales, morales y el comportamiento y las conductas son transmitidas hereditariamente, que derivaron en el desarrollo de la eugenesia y fomentaron numerosas lineas de investigación conducentes a demostrar la vinculación de determinados rasgos psicológicos o comportamientos sociales con razas, sexos y clases.
En este sentido el socialdarwinismo logra dos objetivos complementarios:
* uno: atribuía las desigualdades de clase, de sexo y de raza a la herencia genética de los individuos; y
* dos: justificaba el ‘éxito social’ de la raza blanca, el hombre y la burguesías y otras clases dominantes como consecuencia de la lucha por la vida, en la que solo los más aptos y favorecidos triunfan.
En definitiva, presentaba a las sociedades capitalistas como aquellas que mejor reflejaban las leyes de la naturaleza, nuestra naturaleza biológica; algo que tenía una consecuencia que no se le escapa a nadie: si el capitalismo es una expresión de la naturaleza, no hay fuerza humana que lo pueda combatir, por lo que el socialismo no tiene sentido. No en vano, tanto Haeckel como Huxley, combatieron ferozmente el socialismo pero nunca se opusieron al abuso que el socialdarwinismo hacía de la teoría de Darwin, es más contribuyeron a su desarrollo.
La teoría sintética y el renacimiento del darwinismo
En el año 1930 la obre de Fisher La teoría genética de la selección natural abre el camino a la superación de las teorías ortogenéticas y mutacionista (y sus derivados); así en ese contexto, en el que destacan los trabajos de Haldane, Wright, Teissier o L’Héritier, se llega al año 1937, en el que Dobzhansky publica Genética y origen de las especies, al que se suman en los años siguientes, concretamente hasta el año 1950, los trabajos de Mayr en el ámbito de la zoología, de Simpson en la paleontología y de Rensch y Stebbins en la botánica, que constituyen el fundamento darwinista de la moderna teoría sintética de la evolución, que sostiene lo siguiente:
* la herencia es particular y de origen genética,
* existe una amplia variabilidad en las poblaciones naturales,
* la evolución se desarrolla en el seno de las especies distribuidas geográficamente,
* la evolución procede por modificación gradual de las poblaciones,
* los cambios en las poblaciones son el resultado de la selección natural y
* las diferencias observadas entre los organismos se deben a las adaptaciones.
Ora bien, la teoría sintética puso fin a la proliferación de teorías ‘neolamarckianas’ (ortogéneis, teleogénesis…) y a las teorías de inspiración eugenésica en el ámbito de la ciencia, pero no fue eficaz contra los discursos ideológicos que siguieron desarrollándose y adaptándose a las nuevas realidades.
La persistencia del socialdarwinismo
Al tiempo que se establecía la teoría sintética de la evolución, en los años inmediatamente posteriores a la II guerra mundial se fue desarrollando un discurso que tenía un aire de familia con el socialdarwinismo: justificaba que el hombre era agresivo por naturaleza y que nuestro papel en la sociedad estaba determinado por nuestros instintos naturales, que se transmitían genéticamente desde que somos humanos. Uno de estos etólogos lo decía claramente en El mono desnudo (1967): “tras la fachada de la ciudad moderna, sigue habitando el mono desnudo. Solo los nombres cambiaron: en vez de ‘caza’ decimos ‘trabajo’; en vez de ‘campo de caza’ decimos ‘barrio comercial’; en vez de ‘cubil’, ‘hogar’; en vez de ‘apareamiento’, ‘matrimonio’; en vez de ‘compañera’, ‘mujer’, etc”.
El siguiente paso es la sociobiología, establecida por Wilson en 1975, y completada en 1976 con la obra El gen egoísta de Dawkins. Ambos autores profundizan en el reduccionismo y en el determinismo genético: el gen, en tanto que determina nuestro comportamiento individual, es el último responsable del lugar que ocupamos en la estructura social. No hay lugar para la revolución; ¿será casualidad que esas dos obras hayan aparecido precisamente en ese momento, a las puertas de Reagan y Thatcher?
La naturaleza humana a la luz de nuestro origen biológico
Frente a todos estos discursos legitimadores de la desigualdad social y de la explotación humana quedan dos recursos en la batalla de las ideas:
* primero: la denuncia de estos discursos ideológicos, señalando su carácter anticientífico y la falta de evidencias que prueben lo que sostienen, un camino transitado por Lewontin, Montagu, Sahlins, Rose, Tort…;
* segundo: el desarrollo de la teoría evolutiva darwinista en relación con la emergencia de la vida y de la conciencia y el desarrollo de la teoría de las unidades de nivel, que se encuentran en la base del pensamiento científico de Faustino Cordón y de todos los evolucionistas soviéticos (no los genetistas, que esos cayeron en el lyssenkismo, sino en los que como Luria estudiaron el cerebro o el pensamiento y el lenguaje, como Vigotsky o Leontiev) y que hoy tiene continuidad en la tradición de pensamiento materialista china representada por Chen Yiwen y otros muchos investigadores que están actualizando la teoría ‘engelsiana’. [Una posición en la que se puede converger con los aportes que se están realizando desde los grupos de investigación que están trabajando en el mundo occidental en en los ámbitos de la medicina clínica y la neurobiología, pero en los que se prescinde del aparato teórico materialista… y de la perspectiva emancipadora].
No todo está en los genes, el futuro está en nuestras manos, pero para abrir un espacio para la libertad y la acción, para la transformación del mundo de base, para la construcción de la sociedad socialista y ecológicamente sostenible, es imprescindible ganarle a la reacción la batalla de las ideas, por eso es imprescindible desarrollar líneas de investigación que demuestren, más allá de cualquier duda razonable que la diversidad es la garantía de nuestra supervivencia como especie y que, en consecuencia, somos libres e iguales por naturaleza y que solo la cooperación y el altruismo han garantizado la supervivencia de la humanidad como especie a lo largo de miles de años.