“Derecho a la esperanza” por Jordi Amat

El País, 31/05/2026. “La buena política es la que no se olvida de los lugares marginados. Y cuando no llega, hay ciudadanos que encarnan la dimensión ética de la democracia.”

En el Ateneu de Sant Roc, a 20 minutos en metro del centro de Barcelona, el derecho a la esperanza es una pared en el almacén de este barrio siempre pobre: en cuatro estantes están alineados decenas de pares de patines en línea —blancos, azules, rosas— para que los utilicen los chavales que se apuntan a las actividades del ocio, en las que se conocen y se mezclan. En la pared de enfrente, las cajas etiquetadas para encontrar rápido otros juegos: los diábolos y los platos chinos, los pañuelos o los bolos. Las modestas instalaciones de la entidad están enganchadas a una parroquia que se levantó hace medio siglo. Los primeros vecinos habían ido llegando aquí expulsados de otros lugares. De las barracas en la arena de la playa. Después de unas riadas trágicas. Cuando se construyó la autopista. Un cura progre habilitó un salón de actos que acabó siendo el punto de reunión donde se articuló la protesta vecinal. Fue el embrión de esta Fundació Ateneu. Con el paso del tiempo, con financiación privada y una parte pública menor, un grupo de laicos listos y concienciados consolidaron el proyecto, recosiendo la ciudad que se ve y la ciudad invisible. Hasta hoy.

Hoy son los que responden mejor a las exigencias del Evangelio”. La frase pertenece a un documento interno redactado por quien era prior general de la orden de los agustinos: Robert Prevost. Hace algunos años, el actual Papa visitó esta parroquia de la periferia de Badalona y se interesó por el ateneo. Ya es nuestro presente. En el barrio sigue viviendo una importante comunidad gitana —los que plantan las sillas en la plaza este miércoles de calor insoportable—, pero la piel de los vecinos ha evolucionado durante los últimos lustros. Muchos paquistaníes, también chinos y latinos, quienes más participan de la actividad de esa parroquia de un cemento que se confunde con el de los edificios de viviendas de la incuria desarrollista.

De ellos, y de nosotros, habla la encíclica que León XIV dio a conocer el pasado lunes al reflexionar sobre el derecho a la esperanza. “Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales. El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad”.

Sant Roc ha sido un símbolo de inseguridad y precariedad, pero no está aislado porque la zona tiene una gran complejidad tanto social como urbanística. “El eje del río Besós”, me cuenta mi guía Oriol Lladó, “concentra la mayoría de los barrios con los indicadores de vulnerabilidad más extremos del área metropolitana”. La buena política es la que no se olvida de este lugar, como tantos otros, y cuando aquí la política no llega, dejando que crezca el miedo como una mala hierba, y la flor del odio, hay ciudadanos que encarnan en su cotidianidad, sin grandes palabras, la dimensión ética de la democracia y preservan los fundamentos de la sociedad con actos de fraternidad. Un ejemplo. En Sant Roc, la tasa de abandono escolar es altísima, pero en el Ateneu hay 70 chavales a los que acompañan cada semana en sus estudios de ESO o de Bachillerato. Doce son chicas que cursan estudios de grado medio o superior. Este año, un chico y una chica que pasaron por estas aulas han empezado a estudiar en la universidad pública. Otro ejemplo. Cada día sirven 146 almuerzos o meriendas. Como escribió Edgar Morin, “no se puede hacer nada sin esperanza, acantonándose en la melancolía, el rencor o la resignación”.

https://elpais.com/opinion/2026-05-31/derecho-a-la-esperanza.html.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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