“El decrecimiento no será un paseo, pero es imprescindible” por Julio Setién

Habrá decrecimiento en cualquier caso. La cuestión será si se produce básicamente como producto de la irracionalidad criminal del sistema o fundamentalmente como consecuencia de la voluntad democrática de la humanidad.

Los días 13 y 14 de febrero se ha reunido el Foro Social Más Allá del Crecimiento en Madrid, con la participación de más de trescientos activistas sociales de todo el país y cerca de un centenar de entidades de todo tipo. Las notas que siguen son reflexiones sobre lo tratado.

La Humanidad está sobrepasando desde los años 90 algunos de los límites biofísicos que permiten la perdurabilidad de la vida humana. Se han cruzado ya 7 de los 9 puntos de vuelco en procesos como el deshielo de los glaciares y los casquetes polares, el aumento de la temperatura y la acidificación de los océanos, etc. de los que depende nuestro futuro. El impacto destructivo -desigual- del conjunto e la Humanidad sobre el resto de seres vivos es tal que se considera como una nueva —sexta— Gran Extinción.

Se hace absolutamente necesario y urgente reducir el metabolismo entre la sociedad y el resto de la biosfera reduciendo drásticamente la base material de la economía volver a situar la vida humana en un curso de acción sostenible, que tienda a restaurar la vida humana dentro de límites —climáticos, biológicos, hídricos, de capacidad de carga de residuos, etc.,— compatibles con la permanencia de la misma sobre el planeta. Y hacerlo de forma socialmente justa y pacífica, con la aportación de las mujeres con plenitud de derechos.

Porque habrá decrecimiento en cualquier caso. La cuestión será si se produce básicamente como producto de la irracionalidad criminal del sistema o fundamentalmente como consecuencia de la voluntad democrática de la humanidad. Se decrecerá catastróficamente, intentando seguir creciendo manteniendo los privilegios de la élite imperial a través de la combinación de catástrofes naturales recurrentes, las intervenciones militares del Norte en el Sur y las guerras entre países dependientes. O se decrecerá de forma planificada y socialmente justa, repartiendo el esfuerzo y generalizando una forma de vida basada en la solidaridad, las redes comunitarias y el bienestar de todos los seres humanos, restituyendo en todo lo posible el equilibrio con el resto de los seres vivos.

El capitalismo está en la base del peligrosísimo sobrepasamiento de los límites. La esencia del desarrollo de tal modo de producción está basada en un crecimiento constante e indefinido del uso de energía y materiales —inviable en un mundo finito— y en la desigualdad social creciente en el plano global.

El capital obtiene el beneficio privado —motor del sistema— de la explotación  del trabajo asalariado. Esta parte del beneficio alcanza los rendimientos más elevados en el saqueo al que somete a los pueblos del Sur Global -incluyendo a los campesinos pobres-, generando una insultante desigualdad que crece de forma desbocada.

A su vez, el capitalismo se apoya en el sistema patriarcal preexistente para evitar hacer frente al grueso del coste de la reproducción doméstica de la fuerza de trabajo, de los cuidados no pagados realizados muy mayoritariamente por las mujeres, aumentando por esa vía sus beneficios.

La tercera factura impagada por el capital consiste en que no compensa la destrucción ecológica —por otro lado, inconmensurable en términos monetarios— que conlleva su expansión.

La desigualdad se produce en todos los ámbitos. En el plano económico, se puede identificar claramente un modo de vida imperial —países centrales más elites de los subordinados, unos 1.800 millones de personas— respecto de la mayoría de los países del Sur Global, los 6.500 millones de seres humanos que viven con una renta muy inferior en la mayor parte de las naciones de África, Asia y América Latina.

Esta enorme brecha de inequidad se mantiene por la presencia e incluso la acción militar directa de los países de Norte para garantizar el extractivismo material del Sur; por el apoyo a las dictaduras que garantizan dicha dependencia; por la estructura del sistema financiero mundial, que mantiene una enorme deuda de los países dependientes respecto a los centros financieros; por el sistema comercial desigual y por la hegemonía ideológica a través de medios de comunicación convencionales y redes digitales. 

Si el capitalismo se basa inevitable y universalmente en el crecimiento, impulsar el principio decrecentista supondrá una lucha social como nunca se ha conocido. La descolonización del siglo XX exigió la victoria (en general violenta, a veces noviolenta) sobre los círculos del capitalismo imperialista, sus ejércitos, sus regulaciones y sus ideologías. Se desarrolló, con suerte varia, en un mundo que aún podía crecer porque no había alcanzado los límites objetivos, biofísicos, al crecimiento.

Desde un punto de vista moral y práctico, el decrecimiento imprescindible deberá tener su máxima expresión en los países y élites que utilizamos la mayor proporción de recursos y generamos la mayor parte de los residuos. Toda la Humanidad deberá atenerse a la observancia de los límites biofísicos, pero para cientos de millones de seres humanos es vital poder mejorar sus condiciones de vida, incluso en un mundo cuya base económica global no va a crecer más.

Romper con el capitalismo, construir una sociedad sostenible, igualitaria, pacífica y democrática constituirá una revolución de mayor contenido de las realizadas hasta hoy, porque aquellas se basaron en un mundo que parecía ilimitado, con poblaciones mucho menores que las actuales; en esta, 8.300 millones de personas estamos llamados a romper con el capitalismo, la destrucción ecológica y las desigualdades lacerantes y alcanzar un modo de vida compartible por todos, sostenible ecológicamente y heredable por las siguientes generaciones, en condiciones naturales más desfavorables.   

Parece difícil pensar que las mayorías de las poblaciones de los países  que mantenemos un modo de vida imperial tomemos voluntariamente la decisión de reducir de forma drástica nuestros consumos en materiales y energía. Y no podemos preconizar ninguna forma autoritaria, antidemocrática, de hacerlo. Sería sorprendente que, por primera vez en la historia, los privilegiados hicieran una revolución global en favor de los oprimidos.

Lo más probable es  que sean los pueblos del Sur global quienes fuercen el decrecimiento del Norte de forma revolucionaria, pasando a propiedad pública los recursos de sus territorios. El centro de gravedad de la Transición Ecosocial Justa estará en el Sur y el eje predominante de la misma será el conflicto Sur/Norte.

El impacto de las revoluciones del Sur sobre sus élites será directo. Sobre las poblaciones del Norte, puede seguir dos vías. La social, el encarecimiento del precio de las materias primas —en algunos casos, el procesamiento— y el transporte, que recortará la producción y el consumo de bienes y servicios del Norte. Y la ecológica, la decisión, al apropiarse de los recursos, de utilizarlos parsimoniosamente. La diversidad de procesos, si se producen, será amplísimo. Lo más conveniente sería que las nuevas direcciones políticas revolucionarias tengan en cuenta que los límites nos afectan a todos los seres humanos. 

En ese marco —ojalá que sea factible—, en los países del Norte global puede y debe actuarse para ampliar la minoría concienciada de la necesidad del cambio global, así como trabajar para conformar incluso mayorías en conflictos parciales, que se contrapongan a la actual oleada reaccionaria y egoísta que tiene como culmen el trumpismo.  

Sin duda, hay conflictos materiales que tienen gran recorrido, porque se asientan en las desigualdades internas en estos países, que pueden ser muy importantes. Hay mucho que pelear en las relaciones laborales, desde el salario mínimo o la reducción de jornada a la salud laboral a la precariedad y la brecha de género; en la calidad y la equidad y frente a la privatización de los servicios públicos, el sistema de pensiones o la atención a la dependencia; en el acceso a la vivienda como derecho; en el derecho a la ciudad, en el transporte público; en la seguridad, sostenibilidad  y cercanía alimentarias; en la fiscalidad progresiva, etc.

Hay otro tipo de conflictos en los que se pueden construir consensos éticos y políticos relevantes: la disminución del consumo, comenzando por los bienes y servicios más banales, de mayor aporte energético y más productores de residuos; la solidaridad con los pueblos del Sur y con los inmigrantes; la lucha antipatriarcal; el pacifismo y la reducción de los ejércitos y en cualquier caso, la eliminación de sus sistemas ofensivos y de su utilización en misiones bélicas fuera de las fronteras; la defensa de la biodiversidad, etc.. 

En los países imperiales, se impone la necesidad de una redefinición del sujeto sociopolítico transfrormador. Muchos movimientos sociales y  políticos deberán replantearse definir sus objetivos y sus propios espacios, porque están organizados en estructuras que se basan por activa o por pasiva en el crecimiento indefinido.

El debate más intenso en el plano político está quizás demasiado centrado en las formas que debería presentar una futura sociedad sostenible y equitativa. Probablemente lo más juicioso sería ir aprendiendo de la práctica social, de las respuestas alternativas que vaya concretando la movilización social: se aprenden los contenidos de la Justicia luchando contra las injusticias. No olvidemos que la construcción de sociedades decrecentistas exige la práctica social de masas, la experiencia de lucha y de gestión compartidas democráticamente.

(*) Miembro de Izquierda Unida y de Ecologistas en Acción

Publicado en Mundo Obrero, febrero de 2026.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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