El País, 23/05/2026. “No hay mucho más que ampliar en lo relativo a la representación, la igualdad o las libertades e identidades sexuales. ¿Y ahora qué hará la izquierda?”
15 años después del movimiento social más importante de las últimas décadas en nuestro país, el 15-M, una de las cuestiones más debatidas es cuándo terminó aquel ciclo político. Hay quien piensa que ese mismo año, en cuanto se levantaron las acampadas. Hay quien dice que fue en 2014, cuando Podemos fue la sorpresa de las europeas. Hay quien lo fecha en las municipales de 2015, cuando se pasó de la plaza al escaño, o en 2019, cuando el partido que había venido a poner patas arriba el régimen del 78 se convirtió en su muleta.
Y quizá todos ellos tengan razón. Puede que cada una de esas fechas fuera una banderilla en el lomo de aquel movimiento que tuvo el apoyo del 80% de los españoles. Pero la estocada final se produjo el martes pasado, tras la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero cuatro días después del 15º aniversario de la acampada en Sol.
Aunque algunos no se acuerden —o, a la manera de Cervantes, no quieran acordarse—, quien gobernaba cuando miles de jóvenes llenaron las plazas para protestar contra la corrupción del bipartidismo o la gobernanza de los mercados era Zapatero. Su nombre, como el de su partido, no era muy popular en las manifestaciones en las que se gritaba “PSOE, PP, la misma mierda es”. Pero una década y pico después, algunos de quienes se reclamaron herederos de aquel ímpetu y ocuparon sillones y despachos gracias a él corrieron a defender al expresidente cuando supimos que había sido imputado por organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental.
Aunque parezca insólita, esa defensa del honor y del legado de Zapatero por parte de quienes construyeron su carrera política contra él y en rebelión contra lo que su partido representaba tiene sentido, porque acabaron pareciéndose a ellos. Terminaron asumiendo el espíritu del progresismo, una ideología y un estilo político de los cuales Zapatero ha sido durante años el faro guía, el mayor exponente y casi el Papa, y que podría resumirse en que, ante la dificultad para abordar las cuestiones relacionadas con la redistribución (trabajo, vivienda, servicios públicos), la mejor estrategia es centrarse e incluso sobredimensionar las relacionadas con la representación (género, raza o identidad sexual). O lo que es lo mismo: la aprobación del matrimonio igualitario en 2005 y de las leyes de Memoria Histórica e Igualdad en 2007, y el mayor recorte de derechos sociales de la democracia hasta entonces en 2010.
El problema es que, salvo una propuesta abolicionista de la prostitución que no va a encontrar un consenso ni en la derecha ni en la izquierda —porque el auténtico consenso es el del liberalismo—, y aprobadas las dos leyes que, en buena parte, llevaron a Podemos y a Sumar a la irrelevancia —la ley trans y la del solo sí es sí— no hay mucho más que ampliar en lo relativo a la representación, la igualdad o las libertades e identidades sexuales. El progresismo da para 20 años, como la canción de Gardel. Después, las conquistas justas dan paso a turras fatigosas y contraproducentes, cuando no a paradigmas delirantes.
Así que, cuando salga del tanatorio, al terminar el entierro del ciclo del 15-M, asesinado por algunos de sus presuntos herederos en defensa del buen nombre de Zapatero, tras la misa por el progresismo y después de ponerle flores a los resultados de las elecciones andaluzas, llegará el momento de que la izquierda a la izquierda del PSOE que quiera seguir existiendo tenga que replantearse su función. Más allá de la de palmera o plañidera.
https://elpais.com/opinion/2026-05-23/el-entierro-del-progresismo.html.