Presentación del historiador y miembro de Espai Marx, José Luis Martín Ramos.
Os reenvio, lo hice ya hace algún tiempo, lo que dice el programa de BSW sobre la inmigración; es muy sucinto, pero si se lee el libro de SW se entiende mejor.
Ni en el texto de SW ni en el programa acierto a ver que BSW esté compitiendo con AFD en el tema de la cuestión de la inmigración -más allá de que las dos formaciones abordan una cuestión que está en el centro de las preocupaciones de la mayoría de la población- Cuando Grossman escribe [“Lamentablemente, el BSW de Sahra Wagenknecht ha tomado un camino demasiado similar. No, ninguna de las palabras y frases más despiadadas, sino que se basa plenamente en el «sentido común». Se opone especialmente a los «inmigrantes económicos»” que, subraya, “son necesarios en sus países de origen y cuya competencia se utiliza para «perjudicar a los trabajadores alemanes», cuyos hijos, apenas aprenden el idioma, dificultan la enseñanza a los niños alemanes, y que supuestamente se llevan una gran parte de las demasiado escasas posibilidades de vivienda y sanidad. Y habría que ayudar a la policía a atrapar a los «malhechores» extranjeros, que deberían ser devueltos a Irak, Siria, Afganistán, Eritrea o donde sea»] descontextualiza por completo la reflexión de SW y la deforma sin ningún género de dudas. No sé si en campaña los candidatos de BSW han dicho otras cosas; lo que sí sé es que BSW en estos momentos pone el foco por completo en la cuestión de la guerra. Este es el comentario sobre el resultado en Brandeburgo que aparece en la webb de BSW: «Con un 13,5 por ciento nos convertimos en la tercera fuerza electoral en Brandeburgo. Al hacerlo, hemos dado ejemplo y hemos recibido un mandato claro de los votantes para defender nuestras posiciones y contenidos. Esto se aplica a la política de paz. Estamos comprometidos con una mayor diplomacia en la guerra de Ucrania y contra el estacionamiento de misiles estadounidenses de mediano alcance en Alemania. También luchamos contra la reforma hospitalaria del Sr. Lauterbach, que conducirá al cierre de hospitales. ¡No participaremos en eso! ¡Por fin hay que abordar los problemas de educación y seguridad interior!.»
«La inmigración y la coexistencia de diferentes culturas pueden ser un enriquecimiento. Sin embargo, esto solo se aplica en la medida en que la afluencia se limite a una magnitud que no abrume a nuestro país y su infraestructura, y siempre que la integración se promueva activamente y tenga éxito. Lo sabemos: El precio de la intensificación de la competencia por la vivienda asequible, de los empleos con salarios bajos y de la integración fallida lo pagan principalmente los que no lo hacen en el lado soleado de la vida. Toda persona que sea perseguida políticamente en su país de origen tiene derecho a asilo. Pero la migración no es la solución al problema de la pobreza en nuestro mundo. En su lugar, necesitamos relaciones económicas mundiales justas y una política que se esfuerce por ofrecer más perspectivas en los países de origen.»
Os adjunto el capítulo de su libro «Los engreídos» en el que trata la cuestión de la inmigración. No me parece que su reflexión tenga en absoluto que ver con las posiciones nacionalistas y racistas – además de capitalistas- de AFD. Su reflexión es compleja y merece ser leída con calma. El texto es largo, pero creo que vale la pena. Me ha sorprendido en particular su denuncia de la migración como un mecanismo del neocolonialismo y de la transferencia de recursos desde los países «necolonizados» al centro del sistema capitalista
Sara Wagenknecht, Los Engreidos
6. LA INMIGRACIÓN – ¿QUIÉN GANA Y QUIÉN PIERDE? MÉDICOS DE SIRIA Y DE ÁFRICA
El liberalismo de izquierdas puede tomar diferentes posturas ante algunas cuestiones, pero hay una ante la que nunca se permite desviación alguna: la exigencia de una política de inmigración más permisiva y una visión general positiva con respecto a la inmigración pertenecen al canon de creencias de la izquierda como estilo de vida igual que la creencia en la resurrección pertenece al cristianismo. El que diverja será excomulgado. Es verdad que no toda persona perteneciente a la izquierda como estilo de vida llega tan lejos como para proponer la apertura de fronteras para todos, pero a día de hoy se es más de izquierdas cuanto más cerca se está de la tesis que sostiene que uno de los derechos humanos fundamentales es poder elegir el país en el que se quiere trabajar y vivir. Así, se nos dice que tenemos que acoger a todo el que quiera venir a Europa o directamente a Alemania y provenga de una región del mundo pobre o políticamente inestable. Cualquier otra opinión contradice los mandatos morales más elementales, como por ejemplo el altruismo y la solidaridad.
¿LA PATRIA COMO PRIVILEGIO DE NACIMIENTO?
Aparentemente, este posicionamiento cuenta con un sólido fundamento de izquierdas. También la izquierda tradicional ha criticado siempre los privilegios de nacimiento por ser injustos. Que, gracias a dichos privilegios, las personas tengan ventajas porque hayan nacido en una familia rica, mientras que niños de hogares más pobres están en clara desventaja en lo que se refiere a sus oportunidades educativas y perspectivas vitales, fue desde siempre una injusticia social que la política debía impedir. Naturalmente, esta lógica se puede ampliar a escala global. En este sentido, el haber venido al mundo en un país rico también es un privilegio de nacimiento, ya que la población del mundo occidental, pese a todos los problemas que también existen en esos países, tiene muchas más posibilidades de acceder al bienestar, a los servicios médicos y a una larga vida que una persona que, por ejemplo, haya nacido en Bangladés o Níger.
De hecho, la enorme desigualdad de oportunidades vitales en el mundo de hoy es una fragante injusticia ante la que ninguna persona con conciencia social ni ningún político responsable se puede resignar. Obviamente, sería conveniente una política que inmediatamente se enfrentara a la pobreza, el hambre y la violencia cotidiana de muchas regiones de este mundo con medidas adecuadas, no con la miseria que conllevan los acuerdos de libre comercio, las patentes de medicamentos, los expolios, el robo de tierras, la exportación de armas y las guerras por las materias primas. La cuestión decisiva es simplemente esta: ¿son la promoción y la facilitación de la emigración en este contexto medidas adecuadas?
Nadie en su sano juicio propondría que, para igualar las diferencias en las perspectivas vitales de niños procedentes de hogares pobres y ricos, todos los progenitores más acomodados estuvieran obligados a acoger en sus hogares a todos los hijos de familias más pobres que fueran necesarios hasta que todos los niños obtuvieran unos estándares y unas facilidades que se correspondieran con la media. Se podría establecer una analogía con la emigración si no todas las familias, sino sólo las de clase media y media-baja, fueran las que estuvieran obligadas a acometer un acto de solidaridad tan grande como ese mientras que los verdaderamente ricos pudieran limitarse a mirar tranquilamente cómo crecen los privilegios de nacimiento de sus descendientes mediante la igualación de la clase media y la clase baja.
¿LA EMIGRACIÓN COMO “FENÓMENO GLOBAL POSITIVO”?
Si atendemos a los argumentos de los liberales de izquierda, la generosa acogida de inmigrantes debería ser mucho más que una ayuda a personas para que mejoren sus condiciones de vida. Supuestamente, esa acogida genera una situación mutuamente beneficiosa. Por una parte, los países de procedencia de los inmigrantes lograrían disminuir la presión sobre sus mercados laborales mediante la recepción de remesas. Por otra, los países de acogida y su a menudo envejecida población deberían alegrarse de recibir mano de obra joven altamente motivada. A principios de 2018, Antonio Guterres, secretario general de la ONU, en un acto de celebración del Pacto Global sobre Migración, dijo al periódico holandés NRC Handelsblad que la migración era un “fenómeno global positivo que favorece el crecimiento económico, hace disminuir las desigualdades y conecta entre sí a sociedades diferentes”. Suena bien, ¿pero es cierto?
Que las personas abandonen su patria para vivir en otro país no es algo nuevo, ha ocurrido siempre. En algunas épocas nos encontramos con muchas personas que se van de sus lugares de origen, por ejemplo cuando los pueblos germánicos se expandieron por Europa tras la caída del Imperio Romano o entre los siglos XI y XIV cuando colonizaron parte de Europa oriental. Lo mismo ha ocurrido en los Estados Unidos durante las varias oleadas de inmigración que encontramos en su historia. También ha habido siempre migraciones no deseadas, como cuando las personas tienen que huir debido a persecuciones religiosas. Ejemplos famosos de la historia europea son la expulsión de los hugonotes de Francia en el siglo XVI y la expulsión de los protestantes de Salzburgo en el siglo XVIII. En la primera parte del siglo XX se produjeron expulsiones a gran escala por razones étnicas y hubo personas que fueron obligadas a reubicarse debido a su procedencia, idioma y cultura.
REFUGIADO O INMIGRANTE
Tal y como muestran los ejemplos, existen dos tipos de migraciones que no se deben confundir. Un tipo es cuando las personas deben dar la espalda a su patria porque se ven obligadas a ello o porque debido a la persecución y a la guerra ya no es seguro vivir en ella. Otro tipo es cuando se van por propia voluntad porque esperan vivir mejor en otro sitio. Aquel que huye de la tortura y de la muerte, no tiene otra opción. Aquel que busca una vida mejor, lo hace por motivos comprensibles, pero no está obligado a ello. Se trata de una diferencia importante, por eso los científicos serios diferencian entre efugio y migración.
Los cambios políticos mundiales de los últimos treinta años han reforzado ambos. Por una parte hay más refugiados, es decir, personas que se ven obligadas a abandonar su patria. Una razón principal para ello son las innumerables guerras y guerras civiles que en muchas partes del mundo hacen que la vida sea hoy muy peligrosa. No es casualidad que muchos países generadores de refugiados como Irak, Afganistán, Siria o Libia sean los mismos teatros de operaciones de las intervenciones bélicas occidentales, las cuales han dejado a su paso la destrucción de estructuras estatales estables y el caos, de manera que han generado luchas entre religiones y pueblos enfrentados. También la persistente sequía o las catástrofes medioambientales son una razón para la huida y a día de hoy hay cada vez más personas que se encuentran en situaciones de emergencia debido al cambio climático. Por otra parte, encontramos a los migrantes. Se trata de personas que abandonan su patria por países más ricos porque esperan tener en ellos mejores perspectivas vitales. En su mayor parte, tienen que recurrir a los servicios de bandas criminales de contrabandistas que han ampliado considerablemente su infraestructura en la última década. El hundimiento del orden estatal en Libia como país de tránsito más importante desde África y el boom empresarial de 2015/2016, cuando Alemania canceló unilateralmente el sistema de Dublín de la UE y acogió a prácticamente todos los inmigrantes que llegaban, fueron factores importantes para ello.
HUGONOTES CON MENTALIDAD EMPRESARIAL
Aunque sería francamente cínico hablar de un “fenómeno positivo” cuando se trata de huidas y expulsiones, siempre asociadas a sufrimientos, miedos y penurias inimaginables, los movimientos migratorios voluntarios sí que podrían tener los efectos positivos que alaban los liberales de izquierda. De hecho, ha habido y hay todavía países que se han beneficiado económicamente de las migraciones. Ese es el caso sobre todo cuando los inmigrantes procedentes de regiones más avanzadas y con mejor tecnología llevan al país de acogida técnicas modernas.
Así es como los hugonotes con mentalidad empresarial llevaron a muchas de las regiones en las que se establecieron mejoras tecnológicas y bonanzas económicas. Hubo incluso migraciones que por ese motivo fueron fomentadas. Para modernizar la atrasada economía rural rusa, la zarina Caterina II ofreció en el siglo XVIII a los agricultores que quisieran establecerse en Rusia una serie de ventajas y prerrogativas. La oferta iba sobre todo dirigida a trabajadores de principados alemanes, cuyos métodos de trabajo eran claramente más productivos que los métodos rusos de aquella época. Así fue como surgieron las colonias alemanas del Volga.
En sus comienzos, tras el exterminio de la mayoría de la población aborigen, los extremadamente débiles asentamientos de EE.UU. se beneficiaron sin duda de las olas migratorias. Fueron inmigrantes europeos los que explotaron las enormes tierras de cultivo y permitieron que su industria se desarrollara rápidamente, lo cual habría sido inimaginable sin la afluencia de grandes cantidades de trabajadores. Se estima que, sólo entre mediados del siglo XIX y el comienzo de la primera guerra mundial, alrededor de 55 millones de europeos cruzaron el Atlántico para trabajar en la industria norteamericana o para convertirse ellos mismos en emprendedores. A día de hoy, países ricos como Canadá y EE.UU., pero también muchos países europeos, se benefician de la inmigración legal de trabajadores altamente cualificados que, mediante procedimientos regulados como la Green Card o la Tarjerta Azul de la UE, trabajan como médicos o especialistas en informática.
LOS MÉDICOS EMIGRAN
En los países anglosajones industrializados, casi la mitad de los médicos y alrededor de un tercio del personal de salud proviene a día de hoy de países extranjeros, en muchos casos de África. Sólo en Londres hay ejerciendo más médicos de Malawi que en el propio país. También Alemania recluta su personal médico cada vez más en países pobres. Aquí la cantidad de médicos extranjeros se disparó entre el año 2000 y 2017, y pasó del 3,9% al 12,5%. La mayoría proviene de otros países europeos, pero más de 3000 médicos practicantes en Alemania provienen de África y casi la misma cantidad obtuvieron su título universitario de médicos en Siria. Así es cómo se puede sostener una nota de corte para estudiar medicina que en cada semestre de invierno permite que sólo 34.000 peticiones de entre las 43.000 peticiones recibidas sean aceptadas.
Pero estas cifras también indican que esta supuesta situación de beneficio mutuo favorece mucho más a una parte que a otra. Actualmente, entre un quinto y la mitad de los licenciados superiores africanos y centroamericanos emigra. Además, la cantidad de titulados universitarios en el África subsahariana es de sólo el 4%. Que países miserables financien la cara formación de especialistas que luego ejercen en países ricos es neocolonialismo puro y no se corresponde en absoluto con la bonita imagen de ayuda, solidaridad y ventajas mutuas que nos venden.
SUBVENCIÓN AL NORTE
Pero no sólo las migraciones regularizadas, también las irregulares, las cuales conllevan largos y potencialmente mortales viajes a través de desiertos y del Mar Mediterráneo, así como el recurso a bandas criminales de tráfico de personas, son generalmente inútules a la hora de ayudar a los países de origen. En realidad estas migraciones son más bien un problema. Los que emprenden estos viajes no son los más pobres, que ni siquiera se los pueden permitir. De hecho, en muchos países africanos el salario medio anual apenas alcanza los 2000 dólares. Habría que ahorrar durante muchos años para comprar un billete de avión internacional con ese dinero (por no hablar de los viajes con los traficantes de personas, que son mucho más caros). Por eso, allí donde hay más pobreza, por ejemplo en la zona del Sahel, no hay prácticamente emigración.
Hace poco más de un año, el programa de desarrollo de la ONU llamado UNDP escogió a 3000 inmigrantes irregulares llegados a Europa desde África y que a día de hoy viven en campamentos de la ciudad española de Lepe o en pisos de alquiler de Madrid, Roma o Frankfurt. El programa les preguntó sobre sus biografías y sus motivos para emigrar. Los resultados de las entrevistas se publicaron en octubre de 2019 bajo el título Scaling Fences (Saltando Vallas) y son sumamente reveladores (1).
Casi tres cuartas partes (el 71%) de los inmigrantes entrevistados provenía de la comparativamente más acomodada y pacífica África occidental, sobre todo Nigeria y Senegal. En el momento de su marcha, la gran mayoría tenía entre 20 y 29 años y estaban mejor preparados académicamente que la media de la población en su país de origen. El 58% tenía un trabajo en su país de origen o estaban formándose académicamente. Por lo general, ganaban más que los ingresos medios de su país. De media, sus ingresos eran un 60% más altos que los de sus compatriotas y comparativamente estaban mejor situados. “Formación y trabajo, ambas cosas estaban a disposición de una gran parte de los emigrantes que saltaron las vallas europeas”, así resumió Spiegel los resultados de la investigación (2).
El economista mexicano especializado en el desarrollo Raúl Delgado Wise, que trabaja como coordinador de la UNESCO para migraciones y desarrollo, emitió un juicio muy negativo: “Si se observan los datos, las migraciones son una subvención al norte por parte del sur” (3). Según sus cálculos, las remesas de los mexicanos residentes en EE.UU. a su país de origen ascienden a sólo un tercio de lo que EE.UU. tendría que gastar en educación para producir una mano de obra con el nivel educativo de los inmigrantes mexicanos.
LAS REMESAS COMO OBSTÁCULO AL DESARROLLO
Que el aumento en la dependencia de las remesas representa para los países de origen un obstáculo en vez de un apoyo al desarrollo es el resultado de un estudio del IWF que lleva como título “Are Remittances Good for Labor Markets”. El estudio aporta pruebas de que ese dinero hace disminuir el empleo remunerado legal y hace aumentar la parte de las relaciones laborales que se dan en el sector informal. Al final, los salarios de los países afectados disminuyen y el crecimiento de la productividad se ralentiza. Por tanto, las remesas difícilmente pueden considerarse un instrumento para mejorar la situación económica local, sino que más bien son un dulce veneno (4).
A pesar del pacto sobre migraciones, no todas las organizaciones de la ONU están convencidas de que la promoción de la migración deba ser considerada como un proyecto de ayuda al desarrollo. En el documento estratégico “Mainstreaming Migration into Developing Planning”, elaborado por las instancias de la ONU dedicadas a las migraciones, ya se advertía en 2010 de que las migraciones y las remesas hacían aumentar la inflación sin aumentar la productividad. Además, se advertía de que el sistema educativo, así como importantes sectores económicos, también se veían afectados por la fuga de cerebros, es decir, la pérdida de trabajadores cualificados.
LOS PAÍSES POBRES COMO PERDEDORES EN LAS MIGRACIONES
La emigración irregular tampoco representa una ventaja para los países de origen. Al contrario, priva a la sociedad de sus miembros más ambiciosos, activos y tendencialmente mejor formados pertenecientes a la clase media-alta. “Casi todos los países pequeños y pobres se han convertido en perdedores en las migraciones” (5), escribe el director del Centro para las Economías Africanas de la Universidad de Oxford, Paul Collier. Una política migratoria más laxa no sólo no puede ayudar a los verdaderamente pobres de este mundo, sino que incluso empeora la situación de aquellos que no tienen más opción que la de quedarse en su patria.
Los efectos negativos de las migraciones para los países con economías débiles se dejan ver incluso en Europa. Ya desde los Tratados de Roma de 1957, la llamada libertad de movimientos de los trabajadores, es decir, la posibilidad de encontrar trabajo en otro país miembro y residir en él, forma parte de las libertades europeas. Durante muchas décadas esto no fue ningún problema. Aquel que se enamoraba de un país o que encontraba allí mejores perspectivas laborales, cambiaba su lugar de residencia. En general, la situación se mantuvo equilibrada. Nunca hubo movimientos migratorios masivos desde una parte de Europa a otra. La razón para ello eran las relativamente similares condiciones de vida y salariales dentro de la antigua UE. En esas circunstancias, la libertad de movimientos es una verdadera ventaja para los trabajadores, aunque sólo una pequeña parte de la población haga uso de ella.
LA GRAN EMIGRACIÓN HACIA EL OESTE
La situación cambió de forma fundamental con la ampliación hacia el este de la UE en 2004 y la consiguiente adhesión de Rumanía y Bulgaria en 2007. La libertad de movimientos de los trabajadores también incluyó a estos países, de forma inmediata en el Reino Unido, Irlanda y Suecia, y con ciertos periodos transitorios en el resto de Europa Occidental. Desde ese momento en adelante, los trabajadores pudieron elegir libremente su lugar de trabajo en un área económica en la que los salarios por hora trabajada en actividades similares variaban desde 1 o 2 euros en los países más pobres hasta una cantidad más de 10 veces superior en los países más ricos. La consecuencia fue tan previsible como aparentemente deseada desde la política: una afluencia masiva de trabajadores del este europeo hacia los mercados de trabajo del occidente europeo. Si en el año 2000 apenas un 1% de todos los ciudadanos de la UE vivía en un país miembro que no era el suyo, el año 2014 esa cifra se había multiplicado por 3,5. En ese momento, dos años antes de la votación sobre el Brexit, la población en Gran Bretaña no nacida en la UE era del 6%, un total de 3,3 millones de personas.
También allí era sobre todo la mano de obra cualificada joven la que había emprendido la marcha hacia el oeste. Especialmente demandado era el personal médico, pero también muchos otros gremios emigraron desde el este europeo. En Gran Bretaña o en Alemania podían ganar mucho más que en su país, incluso aceptando un trabajo muy por debajo de su cualificación real. Desde entonces hay profesores polacos rompiéndose el lomo en fábricas de envases británicas o limpiando oficinas alemanas y electricistas rumanos descuartizando cerdos en los mataderos Tönnies.
“EUROPA NOS HA DESTROZADO”
Se calcula que 20 millones de personas han abandonado Europa oriental en los últimos 25 años, la mayoría después de que sus países entraran en la UE. Casi uno de cada dos búlgaros entre 20 y 45 años (el 41,5%) ha dado la espalda a su país. Debido a la emigración, también en otros países del este europeo fue alta la pérdida de personas en este grupo de edad. En el año 2017, el 38% de las personas entre 20 y 45 años había abandonado Letonia, el porcentaje en Rumanía fue del 28%, en Lituania del 24% y en Polonia del 17% (6). Un funcionario de la ciudad del norte de Rumanía llamada Certeze, donde el 90% de la mano de obra en edad de trabajar se había marchado, hizo un balance amargo: “Europa nos ha destrozado” (7).
Una de las consecuencias de esto es que en amplias zonas del este europeo hay una extraordinaria carestía de médicos, enfermeros y cuidadores de ancianos. En Bulgaria y Rumanía tuvieron que cerrar muchos hospitales debido a la dramática disminución en el número de médicos practicantes. Como el coronavirus también se extendió por estos países, contraer el virus significó la muerte de miles de personas. Desesperados, Chequia y la República de Eslovaquia llevan dos años intentando contratar a médicos ucranianos y rusos. Para cerrar el agujero, muchos países del este europeo intentan hacerse con los servicios de personal de cuidados procedente de Filipinas.
LA SANGRÍA
Ninguna economía nacional puede salir ilesa de una sangría de mano de obra joven y cualificada como esta. Un estudio de IWF de 2016 intentó reflejar el alcance de los daños en cifras. Es una pena que el estudio sólo presente datos hasta el año 2012, cuando la ola migratoria por ejemplo en Rumanía y Bulgaria todavía no había entrado en su apogeo porque todavía estaban en un periodo de transición. No obstante, los resultados son inequívocos. Según los economistas del IWF, los países del este europeo habrían crecido un 7% más entre 1995 y 2012 sin emigración (8). Además, la emigración no ha contribuido a que las condiciones de vida en Europa sean menos dispares, sino lo contrario, sobre todo porque es probable que el revés económico sea aún más dramático en los años posteriores a 2012 debido a los mayores movimientos migratorios.
Que no haya ningún estudio actualizado puede que también se deba a que obviamente hay poco interés en que el maravilloso relato sobre la emigración, según el cual todas las partes se benefician y ganan en libertades, sea contradicho. Además, la dimensión de la emigración procedente del este europeo también muestra la magnitud que puede llegar a tomar en cuanto se legaliza entre países con diferentes niveles de desarrollo y sin que sea obstaculizada. Lo que pasaría si un modelo así se permitiera también con países todavía más pobres es algo que, atendiendo a estas experiencias, es fácil de adivinar.
LOS REFUGIADOS OLVIDADOS
A diferencia de con las migraciones, con las huidas la cuestión no es si hay que motivar o impedir que la gente se vaya de sus países. Cuando quedarse en el lugar de origen significa arriesgar la vida, se debe permitir una vía de escape desde el exterior que garantice un refugio seguro.
Durante mucho tiempo fueron sobre todo los artistas, los intelectuales o los activistas políticos los que, debido a sus convicciones, fueron perseguidos en sus patrias. Fue por ellos por lo que se creó el derecho al asilo, que está a disposición de todo aquel que por esas razones tenga que abandonar su país. Cuando en países individuales, como por ejemplo en Irán tras el derrocamiento violento de su presidente democrático Mossadegh o tras el golpe de estado de Pinochet en Chile, muchas personas se ven afectadas, los movimientos de refugiados no suelen convertirse en fenómenos masivos. Por consiguiente, la cuestión de si se debe acoger a los afectados de un país por estas razones es algo que ni se plantea.
GUERRAS Y GUERRAS CIVILES
En el mundo de hoy, el efugio toma en gran medida otro cariz. Desde hace mucho, son sobre todo las guerras y las guerras civiles, junto a los pogromos étnicos y religiosos que llevan asociados, los que obligan a las personas a abandonar sus hogares. Más de 60 millones de personas en todo el mundo se encuentran por eso en situación de refugiados. El 90% de ellos acaba en las también pobres regiones o países vecinos a sus patrias. Desde hace años, estas personas han sido vergonzosamente abandonadas por la comunidad internacional. Sobreviven o bien en tristes campamentos en los que el hambre, el letargo y la desesperanza impregnan sus vidas y que en muchos casos se han convertido en centros de reclutamiento de organizaciones terroristas islámicas, o bien se sumergen en las grandes ciudades donde viven casi siempre de manera ilegal y sin permiso de trabajo, por lo que tienen que recurrir al trabajo en negro.
Apenas el 10% de los refugiados consigue liberarse de los desoladores campamentos y seguir camino hacia Europa. Sin embargo, les espera lo mismo que a aquellos que abandonaron sus patrias voluntariamente con la esperanza de lograr una vida mejor. Debido a las dificultades y a los peligros que conlleva el viaje hacia Europa y los costes que implica, los que emprenden este camino no son en absoluto los que necesitan ayuda con más urgencia, es decir, los que carecen de medios, los enfermos y los ancianos. Tampoco las mujeres y los niños suelen contarse entre ellos.
HOMBRES JÓVENES DISPUESTOS A ARRIESGARSE
Casi ningún refugiado climático que huya de su hogar para no morir de hambre llegará a Europa, ya que físicamente no podrá superar el largo y caro viaje ni podrá pagar a los traficantes de personas. La horrorosa tragedia de refugiados producto de la guerra en Yemen (casi desconocida en Europa) no es ninguna casualidad, aunque afecte a más de dos millones de personas. Simplemente, los yemeníes son demasiado pobres como para partir en gran número hacia Grecia o Italia.
El libro publicado Paul Collier junto con el también profesor de Oxford Alexander Betts llamado Refuge versa sobre el destino de los refugiados por culpa de las guerras y de las guerras civiles. También contiene un detallado análisis de la situación de los refugiados sirios que hasta 2015 sobrevivieron en condiciones miserables en Turquía, Jordania o Líbano y que tras la rueda de prensa de Angela Merkel en la que dijo “lo conseguiremos” partieron hacia Alemania. El diagnóstico de ambos científicos coincide con el citado estudio de la ONU sobre los emigrantes africanos. En resumen, Betts y Collier dicen: “En efecto, las personas que recurrieron a los servicios de los traficantes de personas estaban especialmente dispuestas a asumir riesgos. Eran sobre todo hombres jóvenes y en comparación con el resto tenían dinero” (9).
Debido a aquella ola de emigrantes, a día de hoy casi la mitad de los sirios con títulos de educación superior se encuentra en Europa, sobre todo en Alemania. También la mayoría de los más de 3000 médicos sirios que ejercen en Alemania llegó durante ese periodo. Sin embargo, muchos de los sirios que viven en Alemania siguen en paro, ya que una cualificación siria por encima de la media no significa ni mucho menos que cumpla con los requisitos del mercado de trabajo alemán. No obstante, en lo que se refiere a la reconstrucción de su patria y por tanto para la vida de millones de personas que se quedaron en su país o que van regresando poco a poco, esta sangría de personas formadas y cualificadas es una catástrofe.
AYUDA PARA LOS MENOS NECESITADOS
Es más que comprensible que personas de un país destruido por la guerra a las que en calidad de refugiados les esperan condiciones de vida catastróficas en los países de acogida (en muchos campamentos no hay ni servicios sanitarios ni escuelas y las raciones alimenticias son cada vez más pequeñas) aprovechen todas las oportunidades a su alcance para salir de la miseria. La cuestión es cómo de responsable y humanitaria es una política que con muchos esfuerzos ayuda al 10% de los refugiados con menos necesidades. Si sólo se hubiera utilizado una fracción de los medios movilizados para mejorar la situación de todos los refugiados de guerra en Turquía, Jordania y Líbano y si ahora se estuviera apoyando activamente la reconstrucción de Siria en vez hacerla casi imposible con sanciones económicas, se podría haber ayudado a muchas más personas incluso con menos dinero.
Este desequilibrio afecta a toda la política alemana para los refugiados. Lamentablemente, no hay datos oficiales sobre los costes adicionales que ha tenido que soportar el sector público desde la admisión de 1,7 millones de ciudadanos extracomunitarios sólo entre 2013 y 2017. El economista de izquierdas Conrad Schuhler calcula que son unos 47 mil millones de euros por año (10). Hay estimaciones más altas y más bajas, pero ninguna coloca los costes por debajo de los 25 mil millones anuales. Se trata de una cantidad inimaginable comparada con las ayudas que da Alemania para apoyar a los más pobres de este mundo. Así, ACNUR, responsable de los incontables campamentos de la miseria, recibió en 2018 de Alemania 15 millones de euros, es decir, ni una milésima parte de lo que gasta Alemania. Durante muchos años anteriores a 2018 la cifra fue todavía menor. El Programa Mundial de Alimentos, que se ocupa de casi mil millones de personas hambrientas, recibió 222 millones.
UN DEBATE TRAMPOSO
Ni Alemania ni Europa pueden acoger a una gran parte de los más de 60 millones de refugiados que se desplazan por el mundo y que a menudo se encuentran en situaciones inadmisibles. Sin embargo, lo que los países industrializados sí pueden hacer (y deberían hacerlo por obligaciones humanitarias) es financiar suficientemente a las organizaciones que se ocupan de los refugiados de manera que dichas organizaciones pudan hacer frente a sus tareas. También representantes de países pobres, como por ejemplo el presidente de Ruanda Paul Kagame, que en 2018 fue elegido para ocupar el cargo de presidente de la Unión Africana por un año, señalan siempre que cada euro que se gasta en África o en otras regiones pobres es 100 veces más efectivo y ayuda a 100 veces más personas que cada euro que se gasta en Europa. Aquel que diga que se pueden hacer ambas cosas (acoger a muchos refugiados y ayudar sobre el terreno) se engaña a sí mismo. Las decisiones sobre la implementación de ayudas estatales se toman siempre aceptando una sola de las alternativas. Eso es así independientemente de lo grande que sea el presupuesto disponible y de si por ejemplo podría ampliarse mediante menores gastos armamentísticos o mayores impuestos a los ricos. La suma total siempre es limitada. Eso significa que cada euro que se gaste en una cosa no se gasta en otra. Las viviendas sociales, los profesores, las plazas de guardería y el personal de cuidados también son bienes escasos por los que hay que pagar. La aseveración que dice que en teoría la política podría hacer que los gastos fueran ilimitados está fuera de la realidad. Lo cierto es que muchos países industrializados cargan sus gastos para la integración de inmigrantes sobre sus presupuestos destinados a las ayudas al desarrollo. Beneficiar con medios a miles de millones de personas en los países de acogida reduciría los medios que benefician a los realmente pobres.
DADAAB Y ZAATARI, CAMPAMENTOS DE LA MISERIA
Hay otra cosa interesante: el sorprendente desequilibrio entre la frecuencia de peticiones de acogida de más refugiados por ejemplo en Lesbos o Lampedusa y el número de discursos de los liberales de izquierda sobre la situación en campamentos de miseria como Dadaab en Kenia, donde más de 200.000 personas viven desde hace años en condiciones espantosas propias de una cárcel, o en Zaatari, un campamento en el norte de Jordania con aproximadamente
80.000 refugiados, la mayoría niños. El hecho de que probablemente no hayan oído antes estos nombres es el resultado de aquello de lo que hablan y de aquello de lo que no hablan los líderes de opinión de la izquierda liberal. Aquel que quiera realmente solucionar un problema, tiene primero que preocuparse de que esté presente en el debate público. Si precisamente los campamentos más miserables se dejan de lado, toda la palabrería que dice que la acogida de refugiados y la ayuda sobre el terreno no son incompatibles se convierte en un argumento bastante tramposo.
MANO DE OBRA BARATA
Ya hemos visto que la emigración de jóvenes que representan mano de obra con una cualificación por encima de la media supone un gran problema para el país de origen. Sin embargo, no todas las clases sociales de los países de acogida se benefician de la inmigración. También en esos países hay ganadores y perdedores. El principal grupo de presión que desde siempre ha tenido un pronunciado interés en las migraciones y que en calidad de lobby las ha alentado, ha luchado por su facilitación e incluso acostumbra a reclutar inmigrantes en países extranjeros, es el colectivo de empresarios. Siempre se trata de lo mismo: conseguir mano de obra barata y dividir a los trabajadores.
ESQUIROLES ABUSADOS
Que los empresarios abusan de los inmigrantes para bajar salarios y romper huelgas es un hecho que viene de lejos. El flujo constante de nuevos trabajadores europeos emigrados a la industria de EE.UU. entre 1845 y 1914 no sólo proporcionó una cantidad extra mano de obra, también fue el principal instrumento que sirvió para que los salarios se mantuvieran bajos. Ya la temprana industrialización inglesa habría sido imposible tal y como la conocemos sin los muchos trabajadores irlandeses empleados en la industria de Inglaterra. En ambos casos, la inmigración sirvió para que las ofertas de trabajo, pese a la rapidez del crecimiento industrial, no les permitieran a los trabajadores conseguir mejores salarios durante largos periodos.
También el empleo de mano de obra barata procedente del este europeo se ajusta a esta tradición. Ya durante las tres décadas anteriores a la primera guerra mundial, la industria del oeste europeo jugó esta carta. En aquel entonces, alrededor de 3,5 millones de polacos abandonaron su patria para extraer carbón en Calais o en Ruhrpott, cosechar nabos y patatas en Sajonia o Prusia, o para cortar carne en los mataderos del occidente europeo. De hecho, uno de cada cinco trabajadores de las minas del Ruhr era de origen polaco (11).
LA REPÚBLICA DE WEIMAR DETUVO LAS MIGRACIONES
En aquel entonces, los sindicatos luchaban por regulaciones que dificultaran la contratación de inmigrantes. El hecho de que la inmigración procedente de Europa oriental se detuviese en gran medida durante la República de Weimar fue sobre todo gracias al esfuerzo de los sindicatos y al apoyo que les prestó la socialdemocracia. Tras el final de la primera guerra mundial, las leyes se cambiaron para que los trabajadores nacionales tuvieran prioridad a la hora de ser contratados. La Ley de Certificación Laboral de 1922 también nombró comités con representación paritaria de empresarios y sindicatos que debían aprobar la contratación de extranjeros. De los 1,2 millones de trabajadores extranjeros en Alemania durante el imperio monárquico, en 1924 sólo quedaban 174.000. Durante toda la existencia de la República de Weimar, su número nunca supero de manera importante el límite de 200.000 trabajadores (12).
Más tarde, los nazis resolvieron el problema de forma más barata siguiendo su brutal modo de actuar. Deportaron a ocho millones de civiles polacos y soviéticos, los cuales debieron trabajar junto con los cerca de dos millones de prisioneros de guerra condenados a trabajos forzados sin apenas recibir salario alguno en las fábricas de armas y los campos del tercer Reich. Muchos murieron o sufrieron problemas de salud permanentes. Más tarde, muy pocos de ellos o de sus descendientes recibieron indemnizaciones.
TRABAJADORES EXTRANJEROS PARA LOS TRABAJOS MÁS SUCIOS
Tras el final de la segunda guerra mundial se volvió a favorecer la migración voluntaria, aunque inicialmente dentro de un marco muy estrecho. Los diversos acuerdos de contratación de Alemania, el más importante de los cuales fue con Turquía en 1961, sirvieron a este propósito. Entonces las razones no se ocultaron detrás de bonitas palabras de ayuda y solidaridad, sino que estaba del todo claro de lo que se trataba: mano de obra barata, a ser posible no radicada, sino sólo disponible temporalmente para los trabajos más sucios y peor pagados y que luego volviera a marcharse. Dicho y hecho, 2,5 millones de los llamados trabajadores extranjeros empezaron a trabajar en Alemania hasta que el canciller socialdemócrata Willy Brandt detuvo por completo las contrataciones en 1973. En el SPD de hoy, habría sido acusado de comprarle el discurso a AfD.
Debido a las presiones de sus empresarios, otros países europeos permitieron la inmigración en la década de 1960, procedente sobre todo de sus antiguas colonias. También en los EE.UU. se facilitó considerablemente mediante una nueva ley de inmigración en 1965. La apertura a la inmigración fue sobre todo una reacción ante la bajada del desempleo y sus consecuencias (los trabajadores y los sindicatos se habían vuelto más fuertes y luchadores).
MENOS COHESIÓN
Sin embargo, el efecto de la inmigración no es sólo evitar los cuellos de botella en el mercado laboral y debilitar así el poder de negociación de los trabajadores. Casi más importante ha sido siempre que los trabajadores extranjeros no suelen organizarse en sindicatos y que se sienten poco identificados con el resto de la plantilla. Por tanto, un mayor número de inmigrantes en las empresas significaba menos cohesión entre los empleados y por consiguiente una posición más débil en los conflictos salariales.
Esa falta de sentimiento de cercanía no se debía en primera instancia (o a veces nada en absoluto) a cuestiones culturales. Esa falta de cercanía tiene que ver con intereses diferentes. Como casi siempre los inmigrantes provienen de zonas económicamente menos desarrolladas, tienen otras expectativas en cuanto a los salarios y a las condiciones de trabajo que los trabajadores nacionales. El que acaba de inmigrar a un país, aunque sea sólo temporalmente y su familia esté en otro sitio, compara lo que se le ofrece en relación a lo que se le ofrecería en su tierra. Por eso se conforma en muchos casos con unos ingresos claramente peores y no tiene ningún interés en involucrarse en luchas salariales. Para el resto de los trabajadores eso representa una competencia que les dificulta mejorar sus condiciones de vida.
El hecho de que los empleados rumanos no se reviren cuando su sueldo está por debajo del salario mínimo alemán se debe precisamente a eso. Trabajar en su país o estar desempleado es todavía peor que las condiciones en los mataderos alemanes, aunque según nuestro criterio las condiciones sean insoportables. Por eso, las limpiadoras taiwanesas son tan apreciadas en las empresas de limpieza alemanas, ya que sus exigencias para trabajar son muy bajas. Lo mismo pasa con los cuidadores filipinos, cuyo reclutamiento se está planteando en Alemania, ya que son más dóciles y baratos que los trabajadores balcánicos contratados a día de hoy. Y el que no hable alemán puede ser estafado todavía más fácilmente por los jefes, ya que a menudo no entiende lo que pone en su nómina.
Naturalmente, las cosas cambian cuando las personas viven más tiempo en el país. A más tardar, la segunda generación ya no compara sus condiciones de vida con las del país de origen de sus padres, sino con las de sus coetáneos en el propio país. Por eso en Alemania muchos antiguos “trabajadores extranjeros” y sus descendientes se convirtieron en miembros de sindicatos, miembros de comités de empresa y enlaces sindicales. También en las empresas industriales francesas hubo y hay todavía muchos activistas sindicales cuyos ancestros vivieron en su día en Argelia y otros países del Magreb. Pero un desarrollo así necesita tiempo y requiere de una buena integración y de sindicatos fuertes.
EL BLOQUEO DE LOS SINDICATOS
En la segunda mitad del siglo XX, cuando los sindicatos lograron su mayor influencia en todas partes y pusieron límites políticos a la explotación y a la extracción de beneficios, los inmigrantes no solían poder acceder a los mercados laborales normales de los países industrializados. Sin embargo, a menudo trabajaban en las mismas empresas, pero bajo condiciones especiales claramente definidas por el derecho. Por tanto, no entraban en competencia directa con los trabajadores nacionales. Cuanto más organizados estuvieran los sindicatos en una rama industrial, más estrictas eran las limitaciones. En algunas ramas incluso se prohibía totalmente la contratación de inmigrantes. No lo hacían por ser racistas (que es la difamación que sufrirían hoy si siguieran una estrategia similar) sino porque era la única manera de conseguir mejores salarios y mejores condiciones laborales para sus miembros.
Una investigación sobre la inmigración en los EE.UU. (13) demuestra la relación directa que hay entre el grado de organización sindical en las diferentes ramas industriales y la no contratación de inmigrantes. Por eso, en la industria automovilística del norte de EE.UU., en la que los sindicatos durante las décadas posteriores a la segunda guerra mundial estuvieron muy organizados y eran muy luchadores, no había casi trabajadores extranjeros. En el sur las cosas eran diferentes. Allí la influencia de los sindicatos era claramente menor. También en Europa era habitual que los trabajos en las cadenas de producción fueran en muchos casos realizados por inmigrantes, pero también había reglamentaciones legales que aseguraban que los empresarios no pudieran hacer uso de la mano de obra inmigrante para competir contra los trabajadores nacionales nada más que en contadas ocasiones.
LA ARISTOCRACIA DE LOS TRABAJADORES DE CUELLO AZUL
Otro ejemplo es el sector de la construcción. Ya en aquel entonces se trataba de un sector que en Europa empleaba a muchos inmigrantes y en el que los salarios eran muy bajos. En los EE.UU. las cosas eran muy diferentes. En las décadas de 1950 y 1960, los trabajadores de la construcción de allí eran la aristocracia de los trabajadores de cuello azul. En ese sector se pagaban salarios altos y los inmigrantes no tenían ninguna oportunidad de trabajar en él, ya que fuertes sindicatos exigían cualificaciones laborales que por lo general no estaban a disposición de los trabajadores extranjeros. El ejemplo del sector de la construcción también muestra que la posibilidad de encontrar suficiente mano de obra nacional en determinadas actividades no es una cuestión de perfil laboral, sino de cuantía salarial. En aquella época, el sector de la construcción de los EE.UU. no tenía ningún problema para cubrir los nuevos puestos de trabajo. De hecho, esos puestos estaban muy demandados.
En esos días, muchas actividades laborales simples en el sector servicios, desde limpiadoras de hotel a pinches de cocina en restaurantes, ya contrataban a inmigrantes. Ahí era donde tradicionalmente la influencia sindical era débil. Pero mientras hubo suficientes empleos industriales bien pagados y se pudo encontrar trabajo relativamente seguro y bien pagado mediante una formación laboral normal o en calidad de aprendiz, los trabajos en el sector servicios fueron menos importantes para los nacionales y tuvieron un menor peso en la economía nacional que el que tienen hoy.
DIVERSITY Y SALARIOS BAJOS EN EL SECTOR SERVICIOS
Tres décadas de políticas neoliberales han destruido muchas de las antiguas restricciones y regulaciones. No sólo los sindicatos son hoy mucho más débiles que en su época dorada, el relato de la izquierda liberal sobre la obligación de aceptar el cosmopolitismo y la diversidad ha hecho que los sindicatos apenas se atrevan si quiera a señalar el problema que supone la contratación de inmigrantes. A día de hoy, los trabajadores nacionales y los inmigrantes compiten directamente los unos contra los otros en muchas ramas industriales (con todas las consecuencias negativas que eso conlleva). Sobre todo en el sector terciario, la heterogeneidad en las plantillas ha llegado a ser tan grande que las luchas laborales conjuntas se han vuelto difíciles y escasas. En las empresas de reparto, el número de países representados por sus plantillas es un número bajo de dos cifras. En algunas empresas de limpieza, la cifra es de 56 nacionalidades (14). El hecho de que en todos estos sectores los salarios sean bajos es consecuencia de este desarrollo.
Aunque a los liberales de izquierda les gusta negar estos nexos, no se puede engañar a los que sufren estos problemas a diario. Cuando se les pregunta, los trabajadores en el sector de envío de paquetes, donde a día de hoy una gran parte de los empleados son extranjeros, se quejan de que debido a la inmigración la competencia por los puestos de trabajo se ha recrudecido (15). Además, también se quejan de las dificultades a la hora de comunicarse con sus colegas extranjeros debido a su falta de conocimientos en alemán. Las diferencias nacionales, étnicas y lingüísticas entre las plantillas son utilizadas con toda intención por las direcciones de las empresas para socavar la organización sindical y las huelgas. “Con ellos no hay discusiones, no hacen huelgas, no exigen nada, mantienen la boca cerrada” (16). En la ya citada colección de entrevistas sobre los modelos de vida en la sociedad de servicios, tilda una limpiadora a su propia empresa de “antialemana”: “ya que se contrata a más extranjeros que a alemanes. Los alemanes quieren racionalizarlo todo. […] No aguantan nada” (17). Al final, bajo una presión así, uno tiene que rechinar los dientes más de lo que le gustaría.
SON MÁS BARATOS Y TRABAJAN DURO
Presumiblemente, desde el punto de vista cuantitativo, la inmigración procedente del este y del sur de Europa jugó un papel todavía más importante que la inmigración internacional a la hora de reducir los salarios en los empleos simples del sector servicios. El ejemplo más extremo es el de Gran Bretaña. El Reino Unido no sólo es un país con un mercado laboral poco regulado. También abrió su mercado laboral a los trabajadores del este de Europa 7 años antes que otros países. Ya en 2016, en Reino Unido el 20% de todos los trabajos poco cualificados eran realizados por extranjeros. Las plantillas de fábricas de envasado y embalaje estaban compuestas por un 43% de inmigrantes. En la industria manufacturera la cifra era del 33%. Un gran productor de bebidas de Londres contrató a toda su plantilla en Lituania (18). También en el sistema nacional de salud (NHS) se contrató a muchos inmigrantes, sobre todo del este europeo y de África. Una de cada tres enfermeras provenía del extranjero.
Con un evidente cinismo, el diputado tory David Davis justificó esta práctica. Este diputado compara la supuesta falta de motivación de los trabajadores británicos con “los muchos inmigrantes que tienen un punto de vista totalmente diferente sobre el trabajo. Desde el punto de vista del empresario, son más baratos y trabajan duro. Uno se pregunta por qué habría de contratar a un británico (que es más caro y aporta menos)” (19). Y Gus O’Donnell, un funcionario público de alto rango perteneciente al nuevo laborismo, admite sin ambages que la inmigración por cuestiones laborales daña a los empleados nacionales y lo justifica de una manera igual de cínica que el tory, pero por supuesto con nobles argumentos liberales de izquierda y mediante el gran horizonte cosmopolita: “Cuando estaba en el ministerio de economía me mostré a favor de abrir las puertas todo lo posible a la inmigración. Creo que es mi deber maximizar el bienestar global, no el bienestar nacional” (20).
MENORES SALARIOS, MENOS PLAZAS PARA LA FORMACIÓN
La inmigración por causas laborales hace aumentar la competencia en el mercado de trabajo, con todas las consecuencias que eso conlleva. Según las cifras oficiales del gobierno británico, los salarios en las ramas industriales afectadas son un 15% más bajos durante los periodos de máxima inmigración (21). Pero no solo eso. También tiene lugar otro fenómeno que en un contexto así siempre se repite sin demora: el final de las actividades de formación. Al mismo tiempo que se producía el aumento de la inmigración, el NHS londinense eliminó un cuarto de sus plazas para la formación. Debido al desarrollo de los acontecimientos, la formación en la propia empresa, que en Gran Bretaña nunca ha sido muy grande, se derrumbó.
Para una parte considerable de la población británica, sobre todo para aquellos que trabajan en empleos simples del sector servicios, el intento de introducir a la inmigración en el mercado laboral a gran escala tuvo consecuencias dramáticas. Sus salarios disminuyeron o se estancaron en niveles bajos. Muchos dejaron de poder encontrar trabajo porque los empresarios preferían contratar a los inmigrantes (que eran mucho más dóciles). También empeoraron las expectativas (que ya eran de por sí malas) de la generación más joven de encontrar una plaza de formación laboral sólida. Que por tanto la cuestión de la inmigración fuera clave durante el debate del Brexit es algo que, con estos antecedentes, no es de extrañar.
“Leave Europe significa recuperar el control sobre la inmigración; remain por el contrario significa inmigración sin restricciones, disminución de salarios y tensión social”, así caracterizó el articulista británico Paul Mason la alternativa por la que se decantaron muchas personas al apoyar el Brexit. Bajo estas circunstancias, nadie debe sorprenderse del resultado de la votación.
Es posible que las condiciones en Alemania aún no sean comparables a las del Reino Unido. Pero se desarrollan en una dirección similar. De hecho, el sector de salarios bajos en Alemania es uno de los más grandes de Europa. A día de hoy, uno de cada cinco empleados trabaja en este sector. Su existencia se remonta a las reformas en el mercado laboral de la época de la coalición entre el SPD y Los Verdes bajo el gobierno de Gerhard Schröder, las cuales eliminaron muchos derechos que protegían a los asalariados y posibilitaron que los empresarios sustituyeran muchos empleos fijos a tiempo completo por empleos temporales a tiempo parcial. Desde entonces abundan los minijobs, las subcontratas y los empleos temporales o de temporada, con todas las consecuencias que eso conlleva en el nivel salarial. Sin embargo, que en muchas ramas industriales los salarios bajaran hasta un 20% y que ni siquiera varios años de crecimiento económico sostenido pudieran cambiar esta situación se debió exclusivamente al alto nivel de inmigración en Alemania. Esta fue la única forma de garantizar que las empresas pudieran seguir cubriendo puestos de trabajo con salarios bajos.
¿ESCASEZ DE MANO DE OBRA CUALIFICADA?
Las estadísticas demuestran que los inmigrantes en Alemania o bien encuentran trabajo en empleos mal pagados del sector servicios o lo encuentran mediante subcontratas y empleos temporales, y que por lo general ganan mucho menos que la media. Sin embargo, como a día de hoy (a diferencia de lo que ocurría en la década de 1960) compiten directamente con los empleados nacionales, las ofertas de trabajo baratas repercuten directamente sobre los ingresos de los trabajadores nacionales. El subdirector de la Dirección General de Asuntos Económicos del Bundesbank llega a una conclusión clara en una presentación de 2018 que está disponible en internet: “la inmigración neta procedente de la UE ha sido en los últimos años un factor que ha hecho disminuir mucho la subida de los salarios” (22).
Mientras tanto, los salarios alemanes en muchos sectores son tan malos que cada vez resulta más difícil motivar a los trabajadores para que se decidan a aceptar las ofertas laborales, incluso si se trata de trabajadores nacionales. Resulta interesante que, según las cifras de la Agencia Nacional del Trabajo, el nivel salarial en todas las llamadas ocupaciones deficitarias desde la construcción hasta la manipulación de productos cárnicos (es decir, allí donde los empresarios se quejan a pleno pulmón de que hay “escasez de mano de obra cualificada”) sea de varios cientos de euros menos que el nivel salarial medio que recibe un trabajador cualificado en otros sectores. Normalmente, la escasez de mano de obra cualificada conlleva salarios más altos. Por el contrario, hoy en día esa escasez motiva a la patronal a pedir que sobre todo se avise a más inmigrantes.
Actualmente, en EE.UU. la inmigración procedente de Centro y Latino América cumple la función de poner a disposición de un inflado sector de servicios una mano de obra barata y (al ser gran parte de ella producto de la inmigración ilegal) en su mayor parte sin derechos. Aunque los EE.UU. no permite casi ninguna inmigración legal que no sea la de trabajadores altamente cualificados, la inmigración ilegal también es producto de un deseo de carácter político y por eso lleva sin ser frenada ni por los demócratas ni por los republicanos desde hace décadas.
LA PROPUESTA DE LOS HERMANOS KOCH
A diferencia de la mayoría de los demócratas, el senador de izquierda Bernie Sanders tuvo el valor de abordar los intereses económicos que se esconden detrás del fomento de la inmigración. En una entrevista en vísperas de la campaña para las elecciones presidenciales de 2016, cuando estuvo a punto de derrotar a la candidata de Wall Street, Hillary Clinton, se refirió a los hermanos Koch, dos grandes industriales que en aquel momento tenían un patrimonio de 40.000 millones de dólares y que figuraban entre los principales patrocinadores de los republicanos, y dijo claramente: “¿Fronteras abiertas? No. Esa es una propuesta de los hermanos Koch. […] Lo que a la derecha de este país le encanta es de hecho la política de fronteras abiertas. Traer a un montón de gente que trabaje por dos o tres dólares la hora. Eso les encantaría. Yo no lo apoyo. […] Creo que debemos trabajar junto con el resto de países industrializados para atajar la pobreza a nivel mundial. Pero eso no se puede lograr si empobrecemos a las personas en este país” (23).
A día de hoy, la mera mención de la relación entre inmigración y dumping salarial le resulta indecorosa a la corriente principal de los liberales de izquierda. A las élites económicas no les interesa tener un debate crítico, ya que se enriquecen de los flujos constantes de inmigrantes. Por tanto, lo que reina es un muro de silencio y sólo unos pocos economistas abordan el tema. Al analizar las consecuencias de la inmigración sobre los salarios, se suele tomar como valor de referencia el nivel salarial medio de una economía. Por consiguiente, los efectos detectados suelen ser pequeños. Esto es así porque no son todos los trabajadores, sino sobre todo los empleados sin una alta cualificación, los que sufren la competencia de inmigración.
Algunos economistas de Oxford están abordando la cuestión desde hace algún tiempo. Sus estudios demuestran que la inmigración afecta poco al nivel general de los salarios. No obstante, los trabajadores en empleos poco o medianamente cualificados sí que sufren sensiblemente las consecuencias de la inmigración. Llegan a la conclusión de que sus salarios disminuyen un 5% cuando la cuota de inmigración llega al 10% (24). Tampoco es casualidad que aquellos que trabajan por bajos salarios estimen de manera diferente a la inmigración que aquellos que ganan mucho (estos últimos se alegran de tener una niñera barata o de conseguir los servicios de un fontanero a buen precio).
COMPETENCIA O CRIADA BARATA
No es casualidad que las consecuencias de la inmigración afecten sobre todo al llamado mercado laboral de las personas de a pie, es decir, que realizan tareas sencillas en las que el trabajador es fácilmente sustituible y puede ser remplazado en cualquier momento. Son precisamente los empleados en estas ramas industriales para los que la cohesión es una cuestión existencial, ya que de no existir tal cohesión se ven indefensos ante esta devaluación salarial. Ellos son los que necesitan ser protegidos mediante sindicatos fuertes, convenios colectivos y leyes laborales. Esta capa protectora ha sido agujereada durante las últimas décadas y excepto en el sector industrial ha sido prácticamente destruida. Esto ha sido así gracias a políticos con una agenda neoliberal, pero también gracias al gran número de trabajadores inmigrantes.
Por el contrario, cuanto más cualificado sea un trabajo y más dependa de capacidades específicas y facultades individuales, más fuerte es la posición negociadora del trabajador (incluso cuando está solo). Ya se ha dicho en el capítulo sobre la historia de los trabajadores. Un cocinero estrella no necesita de ningún sindicato, pero para un hamburgesero del McDonald’s el sindicato es la clave para conseguir un mejor salario. Ningún restaurante se puede permitir perder un cocinero estrella. Por el contrario, el hamburguesero puede ser remplazado en cualquier momento por mano de obra más barata y dócil.
Por esta razón, la inmigración no afecta a los salarios de los cocineros estrella, como tampoco afecta a los salarios de periodistas, diseñadores publicitarios, profesores de alto nivel u otros grupos laborales de la llamada economía del conocimiento. Al contrario, para ellos el efecto es incluso positivo, ya que muchos servicios se abaratan, ya sea en forma de limpiadores, mensajeros que llevan los pedidos online a los bonitos pisos de construcción antigua o camareras que sirven las especialidades de los bares de sushi. El poder adquisitivo de la clase media universitaria también aumenta gracias a la inmigración.
Puede que esa sea una razón por la cual muchos de sus miembros dan la bienvenida a los inmigrantes tan efusivamente. Sin embargo, esta no es una razón aceptable para incentivar la inmigración si se es una fuerza política que se define a sí misma como de izquierda. Por tanto, lo que ganan los acomodados, lo pierden los que tienen que trabajar en los mercados laborales del ciudadano de a pie. Estos últimos son los más débiles y pobres de nuestra sociedad.
LA VIVIENDA COMO TEMA CANDENTE
Sin embargo, el recrudecimiento de la competencia por los puestos de trabajo y la disminución salarial no son los únicos problemas derivados de las altas tasas de inmigración que tiene que sufrir la mitad más pobre de la población. Las consecuencias negativas también se hacen sentir en la situación de la vivienda y en la formación de sus hijos. Las razones son las mismas. Los inmigrantes no desembarcan en una sociedad abierta (como nos quiere hacer creer el relato de los liberales de izquierda). Desembarcan en una sociedad profundamente fracturada, cuyos grupos más acomodados hace mucho que, a la hora de trabajar y de vivir, se han aislado y separado de los menos favorecidos. Como los extranjeros no inmigran al mercado laboral, sino (con excepción de unos pocos especialistas) al mercado laboral de las tareas simples, tampoco buscan su nuevo hogar en el mercado inmobiliario, sino allí donde también viven los más pobres y los que menos ganan.
DEMANDA DE VIVIENDA EN LOS BARRIOS POBRES
Esto no se refiere a los barrios de moda en el interior de las ciudades en los que los altos precios de la vivienda les garantizan a las personas de clase media que sólo se tendrán que relacionar entre ellas. No se trata de los barrios de casas unifamiliares en los que vive la clase alta. Se trata sobre todo de los barrios de pisos para los que se ha fraguado en el lenguaje político el concepto de tema social candente. Barrios en los que vive mucha gente en paro o que tienen que complementar sus bajos ingresos con el programa Hartz IV, que las familias inmigrantes ya reciben con una asiduidad por encima de la media.
Cuantos más inmigrantes vengan, más demanda habrá de vivienda en los barrios pobres, lo cual no será inocuo sobre el precio de los alquileres en dichos barrios. Entre otras cosas, cada vez hay más personas que compiten por el limitado número de viviendas sociales, que cada vez es menor. Por tanto, las listas de espera se agrandarán. Por eso no hay que asombrarse de que los inmigrantes que llevan mucho tiempo viviendo en un país rechacen un alto nivel de nueva inmigración tanto como la parte menos favorecida de la población nativa.
LOS MUNICIPIOS FINANCIERAMENTE MÁS DÉBILES ASUMEN LOS COSTES
Una investigación que no se suele citar públicamente escrita por Marcel Helbig, del Centro Científico de Berlín para la Investigación Social, ha estudiado cómo los inmigrantes que llegaron a Alemania entre 2014 y 2017 se han distribuido geográficamente entre 86 ciudades (25). El resultado no es sorprendente y se puede resumir en una frase: los inmigrantes, independientemente de si provienen de África, Asia o Europa oriental, se mudan sobre todo a los barrios más pobres de las ciudades. Según la investigación, esto se cumple sobre todo en el caso de Alemania oriental. Mientras que la proporción de extranjeros no aumentó notablemente en los barrios socialmente más acomodados, se multiplicó por diez en las zonas socialmente más desfavorecidas. En las ciudades de Alemania occidental el número de extranjeros aumentó en los barrios con menores ingresos un 4,1%, mientras que en los barrios mejores casi no hubo cambios.
Por una parte, esto significa que los municipios que ya de por sí tienen menos recursos financieros también tienen que soportar la mayor parte de los costes adicionales. Por otra, significa que los beneficiarios de prestaciones se concentran cada vez más en determinados barrios. Ambas cosas se resumen así: se produce un elevado gasto adicional para los municipios que ya están luchando con presupuestos ajustados y altos niveles de deuda. Esto obliga a hacer recortes en otras áreas, en muchos casos en detrimento de las inversiones públicas. El resultado es un deterioro todavía mayor de las infraestructuras públicas de los barrios afectados, lo cual hace empeorar todavía más las condiciones de vida.
ESCUELAS DESBORDADAS
Los más perjudicados son los niños. El hecho de que las oportunidades formativas dependan en gran medida del hogar de procedencia es algo para lo que hay muchas razones. Una importante es la falta de financiación de la educación a todos los niveles en Alemania y la acuciante falta de profesores. Asimismo, este problema afecta mucho más a las escuelas de los barrios más pobres que a las de los barrios acomodados. Una investigación sobre la situación de los colegios en los diferentes barrios de Berlín demuestra que las escuelas en las que aprenden los niños más pobres cancelan muchas más clases o las clases son dadas por profesores que no son los responsables de los cursos mucho más a menudo que en los colegios en los que estudian los niños más acomodados. Además, el número de profesores sin formación pedagógica completa es más del doble en los barrios más pobres que en los colegios de los niños más pudientes (26).
Los colegios en las zonas más deprimidas están equipados peor que la media de los colegios. Además, en este estado de carencia, también tienen que superar retos mucho peores a los que se pueden encontrar en la media de los colegios. Aunque los profesores den lo mejor de sí mismos, un desequilibrio así no se puede compensar sin que repercuta en un peor nivel de aprendizaje. En cambio, los retos más graves que los de la media de colegios también tienen que ver con que a ellos acuden un gran número de familias inmigrantes. Llama la atención que la cantidad de alumnos de origen extranjero en Berlín varíe entre el 2,9% en el instituto de educación secundaria Heinrich-Schliemann (en la zona cara de Prenzlauer Berg) y el 92,1% en el instituto Diesterweg (en el barrio berlinés de Gesundbrunnen) (27). Como hoy en día muchos niños de familias inmigrantes hablan muy poco alemán (o nada en absoluto) estas diferencias tienen consecuencias muy graves.
CLASES EN LAS QUE LA MAYORÍA NO HABLA ALEMÁN
Según un informe de la oficina de salud de Duisburg del año 2019, en la zona del Ruhr hay un 16,4% de niños en primer año de primaria que no entienden el alemán. Un 16% de niños que no hablan alemán sería un problema manejable en una buena escuela dotada con el conveniente apoyo escolar. Pero estos niños no se reparten de manera equitativa por la ciudad, sino que evidentemente se concentran en los barrios pobres (28).
Eso significa que allí los profesores de primaria a menudo tienen que dar clase en grupos en los que la mayoría de los niños no habla alemán en absoluto o lo habla muy mal. El que crea que eso no supone ningún problema es porque seguramente pertenece a una clase social cuyos vástagos no entran nunca en contacto con dicha realidad.
Que el número de alumnos con un rendimiento escolar bajo esté aumentando en Alemania desde hace años, igual que aumenta la distancia entre ellos y los alumnos con un rendimiento escolar alto, es consecuencia de esta situación. Según el informe PISA de la OCDE del año 2019, el 21% de los niños de 15 años, es decir, uno de cada cinco, no sabe escribir y hacer cálculos básicos correctamente. ¡Y en las escuelas de formación profesional ese número llega al 50%! La tendencia es hacia una situación todavía peor (29).
DES-INTEGRACIÓN PROGRESIVA
Obviamente, el hecho de que las familias inmigrantes se concentren en determinados barrios también demuestra que la palabrería sobre la integración se ha convertido en un discurso hueco. Lo que vivimos en realidad es una des-integración progresiva. Sobre la solidificación de los mundos paralelos ya hablamos en el capítulo anterior. Cada vez hay más barrios en los que la población autóctona se ha convertido en minoría y en los que los inmigrantes de distintas procedencias ajustan sus modos de vida según sus propias reglas, independientemente de la mayoría de sociedad y separados de ella.
En Gran Bretaña, por ejemplo, aproximadamente la mitad de las familias inmigrantes vive en barrios en los que los británicos son minoría (a menudo, una exigua minoría). Aproximadamente la mitad de los niños en edad escolar de familias inmigrantes busca colegios en los que los niños británicos son minoría. Ambas tendencias se han reforzado muchísimo en los últimos 15 años (30). Bajo esas circunstancias no es sorprendente que la fractura entre los inmigrantes y la mayoría de la sociedad no se supere tras dos o tres generaciones, sino que incluso sea todavía mayor. Por eso es por lo que el contacto y las amistades o matrimonios entre inmigrantes y autóctonos no es mayor sino menor.
Los estudios en Alemania también demuestran que, en vez de reducirse, la distancia entre los que se criaron en familias inmigrantes y los descendientes de padres alemanes ha aumentado en los últimos 20 años. Así es como los problemas lingüísticos mencionados no sólo se han agravado porque a día de hoy en Alemania hay muchas más personas nacidas en el extranjero, sino también porque los niños de los inmigrantes nacidos en Alemania aprenden poco alemán en comparación con lo que ocurría hace 10 o 20 años. Asimismo, los padres de esos niños a día de hoy están en paro más a menudo y durante más tiempo que antes, y en un mayor porcentaje vive gracias a las prestaciones sociales, lo cual fomenta la des-integración.
VIVIENDAS SOCIALES Y BUSSING
Por supuesto, desde la política se podría hacer algo para evitar que los inmigrantes se concentren en ciertos barrios y que allí sólo se relacionen entre ellos. Políticas activas de vivienda a nivel municipal que incluyan limitaciones al precio del alquiler y una ampliación de la construcción de vivienda social son instrumentos eficaces para conseguir una mayor mezcla social en los barrios.
Antes de hacer uso de esos mecanismos, hay que dejar de tolerar que los niños que no hablen alemán se concentren en determinados colegios. Es muy llamativo que a los liberales de izquierda, sobre todo a aquellos que dicen ser entusiastas de las cuotas y de la diversity, no se les haya ocurrido nunca limitar el número de niños cuyo idioma materno no sea el alemán hasta un máximo del 20% en las escuelas primarias y además solucionar los problemas del transporte que surjan por ello del mismo modo que se solucionó tras superar la segregación racial en EE.UU., hasta que los jueces conservadores del Presidente George W. Bush anularon esta normativa décadas después, utilizando autobuses escolares. En aquel entonces a esto se le llamó bussing.
En lo que respecta a los problemas sociales más candentes, que hoy plagan los barrios de inmigrantes, suelen concentrarse en antiguos barrios obreros en los que antes se construían viviendas sociales a buen precio y que en absoluto eran barrios problemáticos. En ellos vivían sobre todo familias de clase trabajadora y empleados modestos, los cuales se han visto obligados a experimentar este cambio en sus lugares de residencia. Para esas personas, ese cambio fue acompañado del hecho de que muchas ventajas de las que antes disfrutaban al vivir en un barrio obrero, como por ejemplo la cercanía entre personas, la ayuda entre vecinos y la solidaridad, fueran desapareciendo progresivamente.
“INMIGRANTES” EN SUS PROPIOS BARRIOS
También en las conversaciones con los trabajadores de Peugeot en el volumen ya mencionado sobre el “futuro perdido de los trabajadores” aparece el cambio de sus barrios como un factor central en sus sentimientos de fracaso y de pérdida de estatus social. “Lo que dicen sin patetismo expresa el sentimiento cada vez mayor de que se les expulsa de ‘su lugar ancestral’ y de que se les arrebata su barrio. En calidad de adultos ‘franceses’ se encuentran [en sus barrios de residencia] en minoría y ya no pueden decidir cómo han de utilizarse los espacios públicos. Debido sobre todo a lo que sus hijos tienen que enfrentarse y sufrir, tienen la sensación de que se han convertido en ‘inmigrantes’ en su propio barrio” (31). Por ejemplo, cuentan cómo en sus barrios a los niños “rubitos” se les arrincona en un parque de juegos infantiles a las afueras del barrio. Que los afectados no tomen esto como un enriquecimiento, sino como un ataque a su cultura y a su entorno de confianza es algo que sólo dejará de ser comprendido por aquellos que desde sus coquetos barrios, cuya policromía se limita a la oferta y el gusto culinario, no se tienen que enfrentar nunca con estos problemas.
Muy al contrario de lo que nos cuenta el bonito relato de la izquierda liberal, una inmigración en aumento no significa, ni a nivel global ni dentro de los países de acogida, una menor desigualdad y una mayor cohesión, sino todo lo contrario. A nivel global, los perdedores de la migración son los países más pobres. Los perdedores de la inmigración en los países de acogida son las personas de la mitad más pobre de la población, en gran parte también los niños y los nietos de inmigrantes anteriores.
Entre países a un nivel de desarrollo similar, la libertad de movimientos a la hora de elegir el lugar de residencia y de trabajo supone un logro de la libertad. Por el contrario, entre países pobres y ricos hace aumentar la brecha entre ellos. En los países ricos hace disminuir los salarios y hace empeorar las condiciones de vida de aquellos que ya de por sí pertenecen a grupos sociales desfavorecidos. Es hora de darse cuenta de que el fomento de una dinámica así no puede ser considerado un proyecto de izquierdas bajo ningún concepto.
OTRA POLÍTICA COMERCIAL Y AYUDA SOBRE EL TERRENO
El que realmente quiera fomentar el desarrollo y luchar contra la pobreza a escala global, debe ir por otros caminos. El primero y más acuciante de los pasos a dar en esa dirección sería acabar con las intervenciones de occidente en las guerras y con el envío de municiones a las zonas en guerra civil. Igual de importante sería tener una política comercial diferente que permitiera a los más pobres combinar sus políticas con las de los países económicamente más prósperos en el extremo oriente. Entre esas políticas se cuentan la protección de las industrias propias y de la economía nacional, políticas de desarrollo públicas, así como la soberanía sobre sus materias primas y tierras de cultivo (en vez de la venta de las mismas a grandes multinacionales).
En lo que respecta a la formación, se debe revertir la fuga de cerebros. Los países pobres no deben formar a médicos para los países ricos, sino que los países ricos deberían ofrecer formación gratuita a estudiantes de los países en vías de desarrollo, sobre todo en áreas técnicas y médicas, siempre y cuando estas ofertas fueran asociadas a la vuelta al país de origen para poner en práctica los conocimientos adquiridos. Y por supuesto esos países necesitan acceso a la tecnología y al know how. También es perentorio excluirlos del ámbito de protección de patentes impuesto desde occidente.
Además, los cientos de miles de refugiados en campamentos miserables de todo el mundo tienen que dejar de caer en el olvido. Para ayudarlos, las organizaciones dependientes de la ONU que trabajan sobre el terreno deben ser equipadas con muchos más medios procedentes de la comunidad internacional. No sólo una alimentación suficiente, también son necesarios la formación y los cuidados médicos sobre el terreno. Pero sobre todo hay que hacer todo lo posible para que la vida en los campamentos no se convierta en permanente, sino que los refugiados tengan la posibilidad de o bien empezar una nueva vida en su patria o bien empezar una nueva vida en un lugar no muy lejano a su país de origen.