En el aniversario de Fukushima

Presentación de Espai Marx

«Nada,
ni el mar grisáceo,
ni el viento del sur que sopla durante el invierno,
ni las razas de los animales salvajes,
nada,
ni siquiera los dioses,
es más terrible que el hombre.
Porque todos esos seres son en virtud de su naturaleza,
han hecho, hacen y harán las mismas cosas
y  las facultades que les pertenecen han sido
otorgadas de una vez para siempre,
sin que puedan cambiarlas,
lo que son no proviene de ellos mismos,
no hicieron nada para lograrlo.
El hombre es el ser más terrible que existe
porque nada de lo que hace
puede ser atribuido a un don natural,
sino que es obra del mismo hombre».
Sófocles
, Antígona, Coro estásimo 1

«Es deinós quien justificadamene provoca terror, miedo, espanto -terrible, terrorífico, peligroso-. Esto nos lleva, mediante una de las más bellas producciones del sentido del griego, a: extraordinariamente fuerte, poderoso, sorprendente, admirable y probablemente también extraño. ¿Por qué sorprendente y admirable? Por ser alguien en grado sumo, diestro, sabio, maestro artesano, capaz de hallar siempre una solución, jamás desprovisto de medios (…) Los lexicógrafos y los traductores están obligados a elegir entre estas significaciones. Sófocles, y quienes tenemos la suerte de comprender un poco el griego, no».
Cornelius Castoriadis,
Figuras de lo pensable

Numerosos autores nos han llamado la atención sobre la ambigüedad del término griego deinós, atribuido por Sófocles a los hombres, tal como aparece, por ejemplo, en el texto de Castoriadis que también encabeza esta nota: terrible, pero también admirable.

La sociedad en la que vivimos, si bien construida sobre una base natural que nos impone estrictos límites biofísicos, es fundamentalmente el resultado de nuestra propia actividad. Es un mundo que nosotros construimos. En ese proceso de autoconstrucción, nada representa con más claridad este doble sentido de deinós que uno de los elementos clave de la idolatría por la tecnología y el progreso, el representado por la energía nuclear. Sin duda, una muestra de la potencia de la actividad humana, pero también de su desmesura.

Nacida para la guerra, un “pecado original” que cabe no olvidar, su uso militar ha sido siempre un punto clave para su imposición como fuente energética frente a otras alternativas. Durante sus primeras décadas de existencia, en el contexto de la Guerra Fría, la amenaza nuclear fue sin duda uno de los principales peligros a los que se ha visto enfrentada la humanidad. Creó incluso una cierta fascinación, la del poder absoluto: si queremos, podemos destruir el mundo, o al menos el mundo tal como lo conocemos. Si bien parecemos haber superado esta etapa el peligro de una confrontación nuclear no ha desaparecido. Si ya no entre la Unión Soviética y Estados Unidos -que recordemos que es el único país que ha utilizado bombas nucleares contra otro país-, la geopolítica contemporánea no está exenta de graves riesgos de confrontación, siendo probablemente el más peligroso el contencioso perpetuo entre India y Pakistán, ambos nuclearizados. Pero no podemos olvidar el conflicto en Oriente Medio, con un Israel también nuclearizado, o las tensiones en Asia oriental con Corea del Norte y quién sabe si en un futuro con China.

Tampoco está de más recordar que si desde un punto de vista geológico podemos hablar de una nueva Era, el Antropoceno, los expertos sitúan el inicio de esta nueva época en 1950 y estiman que es demostrable a partir de la presencia de elementos radioactivos esparcidos a lo largo y ancho del planeta tras los ensayos de bombas nucleares. Es la primera vez en la historia de nuestro planeta que en lugar de disminuir,  de decaer, los elementos radioactivos han aumentado como consecuencia de la actividad humana.

Tras la primera fisión controlada por el equipo de Enrico Fermi en 1942 con la creación del primer reactor nuclear artificial, el mito tecnológico del progreso se encarnó en una nueva fuente de energía, en apariencia prácticamente inagotable, los “Átomos para la paz”. Como ejemplo, al creador de la teoría del Pico del petróleo, King Hubbert, no le preocupaba en exceso llegar a esa situación porque “podemos haber encontrado finalmente una fuente de energía adecuada a nuestras necesidades para al menos los próximos siglos del ‘futuro previsible’”.

Si no universal, este optimismo nuclear estuvo ampliamente extendido entre las clases dirigentes tanto de Occidente como de los países socialistas. Pero con su implementación muy pronto empezaron los problemas, especialmente en dos puntos: seguridad y tratamiento de los residuos. Este último punto nunca ha encontrado una solución práctica, a pesar de los años transcurridos y los esfuerzos dedicados. Respecto al primero, tras Chernóbil y Fukushima parecería que no fuese necesaria más discusión. Los riesgos superan en mucho cualquier beneficio. No obstante, ante la combinación de crisis energética y crisis climática, se ha producido un cierto repunte de propagandistas de la opción nuclear.

Pero el nuevo mito tecnológico es sin duda la promesa de la energía de fusión. El chiste recurrente es que siempre está a 30 años vista a pesar de los ingentes recursos que se están dedicando. Porque la promesa es demasiado tentadora: sustituir la “sucia” fisión por la “limpia” fusión. Un santo Grial sin residuos. Crear un pequeño sol en la Tierra. Lo que nos vuelve a llevar a la mitología griega con dos advertencias contra la hibris, la desmesura: Prometeo, que roba el fuego a los dioses y es castigado por ello; e Ícaro, al que acercarse demasiado al sol supuso su perdición.

Como recordatorio de lo que nos jugamos con accidentes como el ocurrido en Fukushima en 2011 queremos invitaros a recuperar dos obras que tenemos alojadas en nuestra biblioteca virtual, Els Arbres de Fahrenheit. Se trata de ¿Nucleares? No gracias y ¿Por qué Chernobil no fue la última advertencia?, dos recopilaciones de Salvador López Arnal en conversación con Eduard Rodríguez Farré con diversos artículos y fragmentos de obras anteriores, especialmente Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente, publicada por El Viejo Topo en 2008. Aunque alguno de los artículos es coyuntural, publicados en su mayoría en 2011 tras el accidente en Fukushima, creemos que estas obras siguen teniendo un gran interés y suponen un acercamiento muy útil a las diversas aristas de la cuestión nuclear.

Los dos libros son de descarga directa, con una nueva maquetación, y se pueden encontrar en las siguientes entradas de nuestra biblioteca:

¿Nucleares? No gracias

¿Por qué Chernobil no fue la última advertencia?

Fuente: http://espai-marx.net/?p=7118

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