Entrevista a Lluís Rabell sobre La izquierda desnortada (II)

La transición ecológica será el marco general de la lucha de clases a lo largo del siglo XXI.”

Lluís Rabell (Josep Lluís Franco Rabell) nació el 17 de febrero de 1954 en el barrio barcelonés del Raval. Traductor e intérprete, trabajó en una empresa vinculada al ramo de la construcción.

Inició su activismo político en las postrimerías de la dictadura, militó en la LCR (Liga Comunista Revolucionaria). Su itinerario le llevó más tarde a formar parte de EUiA y otras agrupaciones de izquierda. Ha sido activista del movimiento vecinal y fue presidente de la Federación de Asociaciones de vecinos de Barcelona durante el gobierno municipal convergente de Xavier Trias.

En septiembre de 2015 fue candidato a la presidencia de la Generalitat de Catalunya por “Sí que es pot”, presidiendo su grupo parlamentario hasta octubre de 2017. Es miembro activo de Federalistes d’Esquerra.

Ha publicado en la editorial de El Viejo Topo, La izquierda desnortada. Entre parias y brahmanes.

Nos habíamos quedado en este punto. ¿Nos resumes tus principales críticas a la teoría-filosofía-cosmovisión queer? Sostienes que lo queer, una corriente antifeminista y patriarcal señalas, “arrasa por razones materiales y culturales. A estas alturas, ya es difícil ocultar que hay poderosos intereses económicos en las promoción mundial del transgenerismo”. Tomando pie en Elena Armesto recuerdas que la industria de la identidad del género ha pasado de valer 800 millones de euros anuales a más de 3 billones en solo cinco años.

Recomiendo vivamente la lectura de Nadie nace en un cuerpo equivocado, de los profesores José Errasti y Marino Pérez, que constituye un excelente tratamiento de este tema. Como bien explican los autores, la actual y omnipresente oleada transgenerista queer sólo es posible en el marco de unas sociedades desvertebradas y atomizadas tras décadas de neoliberalismo, donde la lógica del mercado ha impregnado todos los pliegues de la vida, y reinan el narcisismo, el individualismo exacerbado y la infantilización del pensamiento. La eclosión de este movimiento, que impugna radicalmente la razón, surge en un contexto “líquido” y desquiciado. Es un desvarío colectivo que, no obstante, acaba expresando las pulsiones más profundas del capitalismo. Poner en duda el resultado de cientos de millones de años de evolución de las especies –que, en el caso de la nuestra, han configurado una reproducción a partir de dos sexos– o pretender que esos sexos son, al igual que los prejuicios y roles socialmente atribuidos que les rodean, un “constructo” arbitrario, diseñado por el lenguaje, hubiese sido en otras circunstancias históricas una extravagancia sin mayor impacto que el terraplanismo. Sin embargo, en medio de la crisis de civilización que vivimos, esas creencias anticientíficas se están convirtiendo en una religión ante la que se inclinan autoridades académicas, medios de comunicación y gobiernos. Y está propiciando unas legislaciones retrógradas que amenazan los derechos de las mujeres, la coeducación, y la salud de niños y adolescentes –a quienes se induce a creer que sus malestares responden invariablemente al hecho de que han nacido en un cuerpo equivocado, desatino de la naturaleza que les hormonas y el bisturí corregirán.

Un despropósito en tu opinión.

Un despropósito de graves consecuencias sociales, pero de pingües beneficios para algunas corporaciones.

Una de las decisiones más desafortunadas de Pedro Sánchez, sostienes, fue dejar el Ministerio de Igualdad en manos de Irene Montero. El feminismo, nos recuerdas, no es algo accesorio, sino nuclear, al socialismo. Lo acabas de señalar. Añades. “Desgraciadamente, en toda una parte de la izquierda, los objetivos del movimiento histórico de las mujeres se han disuelto en una celebración inane de la diversidad”. ¿Por qué fue un error nombrar a Montero ministra de Igualdad? ¿Representa ese sector inane pro-diversidad de la izquierda al que aludes?

La formación de un gobierno de coalición comporta negociación y concesiones mutuas. No sé si era evitable dar ese ministerio a Podemos. Pero me temo que el PSOE lo consideró algo de importancia secundaria. Y ya se está viendo que no lo es. También hubo un arbitraje gubernamental a favor de la tramitación de la “Ley Trans” y, de modo significativo, Carmen Calvo, una de las voces más respetadas del feminismo socialista, fue apartada de la vicepresidencia en la reestructuración del ejecutivo que precedió al Congreso del PSOE en Valencia. El problema es que ese ministerio se dedica a poner palos en las ruedas de la agenda feminista.

¿Palos en las ruedas de la agenda feminista el Ministerio de Igualdad?

Irene Montero, a pesar de sus intermitentes declaraciones abolicionistas, no pasará a la historia por haber promovido una legislación seria contra la prostitución sino por sus denodados esfuerzos por exaltar la diversidad y por coronar en el Congreso de los Diputados una inquietante dinámica legislativa queer que ya ha tomado cuerpo en casi todas las comunidades autónomas. Podemos quiere “marcar perfil” frente a la socialdemocracia, un perfil supermoderno y guay. Para ello, ha escogido hacer bandera de una ideología que se ha convertido en el reflejo invertido de los más rancios prejuicios sexistas con los que se identifica la extrema derecha. Para ésta, hay que ajustar el comportamiento de niños y niñas a las pautas y roles tradicionales, al género. Para la izquierda transactivista, habría que acomodar los cuerpos al sexo que supuestamente definirían esos rancios estereotipos, elevados a la categoría de una “identidad” incuestionable. Así, la disforia de género, expresión de un auténtico malestar de orígenes diversos –y que sólo en determinados casos podría encontrar alivio en una “reasignación”-, deviene la revelación del verdadero ser. Legislar a partir de semejante concepción, propia de una secta, sólo puede abocar a situaciones desastrosas. ¡Menudo estandarte para la nueva izquierda!

Por cierto, ¿no te muestras a lo largo del libro bastante o muy generoso con Pedro Sánchez, incluso con la socialdemocracia, que en ocasiones se confunde con el social-liberalismo?

Alguna vez he escrito que Pedro Sánchez es un socialdemócrata posmoderno. Espíritu de supervivencia, habilidad táctica, regate corto, incluso audacia. Pero quizá no demasiado background ideológico. Creo que la actitud hacia el feminismo, como moneda de cambio para la paz gubernamental, así lo indica. El brusco giro sobre el Sáhara formaría parte también de esas decisiones que atienden a presiones o exigencias del corto plazo, en detrimento de la reflexión estratégica e incluso de ciertos principios.

Pero no pienso que la gestión del gobierno de Pedro Sánchez pueda tildarse de social-liberal. Al contrario, creo que representa una neta inflexión al respecto. La reforma laboral, los ERTE, las medidas de protección social durante la pandemia… incluso las intervenciones en Bruselas en favor de una mutualización de los fondos de contingencia o de la excepción ibérica en materia energética, con todas las limitaciones que se puedan señalar, van en la línea de una renovada concertación social, muy propia de la socialdemocracia. Pero no hay que perder de vista que España forma parte de la OTAN, que el PSOE es de tradición atlantista y que, por otra parte, la apuesta de la socialdemocracia europea a favor de moverse dentro de las pautas marcadas por la UE es muy clara. Eso marca los límites de la acción de un gobierno de indiscutible carácter progresista –en el sentido de promover ciertas reformas y medidas favorables a la población trabajadora-, pero que refleja una débil correlación de fuerzas de las izquierdas en la sociedad española.

Lo que discuto en mi libro es lo acertado, por parte de la izquierda alternativa, de haber querido formar parte de ese gobierno –en lugar de optar por un apoyo parlamentario externo.

Tal vez tu posición.

La disciplina gubernamental obliga. Y Podemos no siempre lo lleva bien, en algunos casos incluso sobreactuando como si estuviera en la oposición. La colaboración con la izquierda reformista es absolutamente obligada en esta etapa de recomposición de fuerzas. Pero eso requiere saber discrepar – y empujar cuando sea necesario-, conscientes de la senda angosta por la que anda un gobierno como éste.

A la socialdemocracia hay que exigirle reformas efectivas. No tiene sentido esperar de ella lo que no puede dar… e indignarse por ello.

Las izquierdas catalanas, también las españolas, ¿no han sido en ocasiones, en bastantes ocasiones, demasiado acríticas e incluso seguidoras de los planteamientos teóricos y las prácticas reales del nacional-secesionismo catalán? ¿Estuvieron esas izquierdas a la altura de las circunstancias en septiembre y octubre de 2017? En una parte de la dedicatoria de tu libro, citas a un conjunto de compañeros y compañeras, y añades: “enrolados en una “patrulla” que defendió el honor de la izquierda transformadora durante la agitada legislatura catalana de 2015-2017.” ¿El honor de la izquierda transformadora? ¿Qué honor es ese?

Las izquierdas “a la izquierda del PSOE” fueron, en efecto, muy bobaliconas frente al “procés”. Es cierto que el gobierno de Rajoy, su corrupción, sus políticas antisociales y su inmovilismo político podían crear cierta confusión, confiriendo una pátina democrática a ese movimiento. Pero, conforme iba avanzando, sus rasgos aparecían con mayor nitidez. Se trataba de una revuelta de las clases medias, liderada por una nomenclatura autonómica que se aferraba al poder. Los días 6 y 7 de septiembre de 2017 apareció con toda claridad su naturaleza antidemocrática, profundamente divisoria de la sociedad catalana. Las leyes de “desconexión” esbozaban una República de rasgos autoritarios, destinada a devenir un paraíso fiscal.

Déjame remarcarlo: República de rasgos autoritarios, destinada a devenir un paraíso fiscal.

Hoy sabemos que, en aquellas fechas, Puigdemont recibía a presuntos emisarios del Kremlin.

La izquierda populista española quedó deslumbrada por los éxitos movilizadores del nacionalismo catalán, en el que creyó detectar a un aliado contra “el régimen del 78”. Nuestro grupo parlamentario, a contracorriente, condenado por su propio espacio a un cierto ostracismo, trató de defender el punto de vista democrático y los intereses de la Catalunya trabajadora, proponiendo vías de desactivación del choque institucional en ciernes. Y, llegado el momento, plantándose ante el aventurerismo independentista, su clasismo y sus rasgos supremacistas. Ese era el deber de una fuerza de izquierdas fiel a su gente.

¿Por qué nos resulta más fácil imaginarnos el final del mundo que el final del capitalismo? ¿Por falta de imaginación? ¿Por la derrota que hemos sufrido? ¿Por el éxito y los grandes apoyos sociales que sigue teniendo el capitalismo?

Por todas esas cosas a la vez, como he comentado más arriba. Imaginación, estudio, debate y reflexión… la izquierda deberá recuperar esos hábitos, perdidos en medio de la agitación de una política que late al ritmo de los tuits. Pero no todo depende de nuestra creatividad intelectual. Los clásicos del marxismo, formados en la cultura alemana, citaban con frecuencia los versos de Goethe: “La teoría es seca, mi joven amigo, pero el árbol de la vida permanece eternamente verde”. Las variantes que ofrece la vida son siempre mucho ricas que la más febril de las mentes humanas. Enzo Traverso dice que la humanidad creará las nuevas utopías que necesite para seguir adelante. El desarrollo de la lucha de clases planteará los problemas en los términos en que deberán ser resueltos. La izquierda debe reaprender a ser atenta, fiel y “estudiosa”, como acostumbraban a decir en tiempos de la joven Internacional Comunista, cuando se trataba de forjar nuevos partidos y dirigentes.

Haces referencia, como no podía ser menos, a los problemas medioambientales y especialmente al calentamiento global. ¿Esto lo cambia todo? ¿Hay alguna iniciativa que crees que va en la buena dirección? Añado otra más: sostienes que el socialismo es el auténtico ecologismo del siglo XXI. ¿Por qué? ¿Qué tipo de socialismo, un socialismo decrecentista por ejemplo?

La transición ecológica será el marco general de la lucha de clases a lo largo del siglo XXI. La lógica de la acumulación capitalista violenta sin cesar los ciclos de regeneración de la vida. Las crisis cíclicas del capital y las guerras que desata la lucha por los mercados no hacen sino agravar los desequilibrios medioambientales, provocar hambrunas, retrasar los cambios necesarios en los modelos energéticos. Las medidas del tránsito hacia una economía descarbonizada, el recurso a energías renovables, los paradigmas sostenibles de movilidad, producción industrial, alimenticia o de consumo… todo eso ha sido o está siendo pensado. El problema radica en los costes de esa transición, en quién debe soportarlos. Un reciente informe del Banco de España dice que recaerán inevitablemente sobre las rentas más bajas. Si eso fuese así, no habría transición. Tendríamos una sucesión de explosiones sociales similares a la de los “chalecos amarillos” franceses, generando unos escenarios fácilmente aprovechables por la extrema derecha. La transición planteará la necesidad de enfrentarse a poderosos grupos corporativos, embridando con firmeza el mercado. Y requerirá un giro no menos decidido en la fiscalidad, con objeto de financiar investigación, formación, infraestructuras, reestructuraciones y medidas compensatorias para las afectaciones sobre las clases menesterosas. En ese sentido digo que el socialismo es el verdadero ecologismo.

En cuanto al decrecentismo.

Pues no, no me convence el término “decrecimiento”, que evoca entre la clase trabajadora –sin cuya adhesión no habrá transición– unas penurias que conoce demasiado bien en su vida cotidiana. Habrá que decrecer en ciertos dominios y crecer en otros. El modelo final debe satisfacer las necesidades humanas y ser sostenible para el planeta. Esa es la ecuación que hay que resolver.

Te cito: “El siglo XXI se perfila como una nueva era de guerras y revoluciones. Los conflictos armados, dirimiendo en terceros países correlaciones de fuerza entre grandes potencias, han salpicado todo el desarrollo de la globalización. Bajo el actual desorden mundial, con sus devastadoras crisis financieras, el deterioro de la biosfera y la exacerbación de las desigualdades, maduran las condiciones de nuevos acontecimientos revolucionarios que determinarán el curso de la historia”. ¿No ves la situación con mucho optimismo? ¿Dónde observas el humus para nuevas revoluciones socialistas?

No, ni optimismo, ni pesimismo. La hipótesis de la revolución comporta a su vez la posibilidad de su derrota. Considerando la gravedad de las contradicciones que acumula el capitalismo, la profundidad de las crisis que nos ha legado la globalización neoliberal, los sufrimientos a que se verán abocados millones de seres humanos… no es razonable pensar que, aquí y allá, dejen de producirse tremendas convulsiones, colapsos de las formas de gobierno, choques entre las clases sociales donde se dirima la cuestión del poder, del orden que debe regir sus relaciones. No es razonable pensar que el mundo no vaya a conocer nuevas sacudidas revolucionarias. De ser así, el declive de la civilización sería imparable. Lo ingenuo sería creer que esas crisis y procesos revolucionarios -con ritmos, desarrollos y ubicaciones que no podemos predecir- vayan a resolverse por sí solas, de modo favorable a los oprimidos. Ningún imperio ha abandonado la escena de la historia sin antes librar una última guerra, ni las clases dominantes renunciarán de buen grado a su posición. Como la revolución, la contrarrevolución también estará a la orden del día. Es necesario que haya una izquierda capaz de ser útil en etapas defensivas como la actual, pero que integre esa hipótesis en su visión del mundo.

Te defines en varias ocasiones como pensador marxista o muy próximo al marxismo. ¿Qué clásicos del siglo XX o de estas décadas te interesan más?

Me parece que eso de “pensador marxista” me viene un poco grande. Efectivamente, me reconozco en la tradición marxista. Mis referencias son muchas, desde los clásicos “de toda la vida” –Marx, Engels, Rosa Luxemburg, Lenin, Trotsky, Gramsci…- hasta historiadores del movimiento obrero, como Pierre Broué, filósofos críticos como Walter Benjamin o Daniel Bensaïd… Me parece igualmente obligada la lectura de pensadores que no forman parte de esa tradición, pero cuyas investigaciones son enriquecedoras. En el libro hay una larga lista de autoras feministas. Y también reseñas de gente alejada en el espectro político, pero de inspiradoras reflexiones, como Isaiah Berlin o Daniel Innerarity.

¿Y qué es el marxismo para ti?

El marxismo no es una doctrina, sino un pensamiento crítico y materialista que trata de aprehender la realidad. Ninguno de los clásicos escribió una receta para los problemas a los que debemos enfrentarnos. Hay que estar dispuestos a aprender de todo aquel que pueda enseñarnos algo. Debemos pensar con nuestra propia cabeza; rechazar dogmas, sectarismos y arrogancia intelectual. Si la realidad desmiente nuestra teoría, es la teoría lo que debemos reconsiderar -y no enviar al diablo la realidad. Esa enseñanza sí podemos recogerla tal cual de los clásicos. Insisto: la izquierda debe ser estudiosa.

Crisis territorial” es el título de unos de los apartados del libro. ¿Fue eso, fue una “crisis territorial” el intento nacional-secesionista .Cat se romper el Estado y crear un nuevo Estado-muro muy favorable, por lo que sabemos, y según tú mismo has señalado, a ser paraíso fiscal?

Bien, en realidad, tuvimos una crisis social, institucional y política, que cabalgó sobre un desajuste y lo envenenó. Con la perspectiva de los años, creo que toda la izquierda nos equivocamos al plantear en su día una reforma del Estatut que tendía a desbordar los marcos constitucionales y cuyo final poco feliz dejó abierta una herida de incomprensión, un deseo de reconocimiento no satisfecho. El “procés” ahondó esa herida, levantando la bandera de una secesión unilateral. Pero, como he dicho antes, ese movimiento servía ante todo de paraguas a la desazón y aspiraciones de unas clases medias que soñaban con un estatus más ventajoso al margen de España.

Lo de constituir una suerte de “Andorra con vistas al mar” no era sólo una ensoñación; de algún modo ese sería el único destino posible para un pequeño Estado, eclosionado en el sur de Europa en plena globalización. Nada más lejos de una entidad social y democrática. Además, la energía requerida para emprender ese vuelo se obtenía “por fisión”. Es decir, rompiendo la unidad civil de la sociedad catalana, al exacerbar e inflamar el sentimiento nacional, tornándolo excluyente para más de la mitad de esa sociedad, que conjuga su catalanidad con el apego a España.

¿No hay en sectores de la izquierda española (incluida la catalana) una excesiva rapidez, tal vez por costumbre, en descalificar (¡derecha extrema, extrema derecha!) a organizaciones o colectivos ciudadanos que apuestan por la integridad nacional española?

Desde luego. El nacionalismo se nutre siempre de enemigos. La opresión cultural y política sufrida por Catalunya bajo el franquismo dejó en el imaginario colectivo una visión del nacionalismo catalán como algo con marchamo democrático. La izquierda tiene parte de responsabilidad en la permanencia de ese espejismo. En la transición, las izquierdas hicieron bandera de un catalanismo popular que pretendía cohesionar a la sociedad, recuperando como un bien común la lengua y la cultura maltrechas bajo la dictadura. Pero, durante más de veinte años, Pujol fue sembrando su particular lectura del hecho nacional catalán: no como una construcción integradora, permanentemente abierta e inconclusa, vinculada a la España democrática y a Europa, sino como un esencialismo. Entorno a la independencia, el “procés” trazó una separación entre auténticos catalanes y “colonos del franquismo”. Hay que señalar que, en su día, ninguna fuerza política recicló tantos alcaldes franquistas como Convergència.

Dato que a veces se olvida. Antonio Santamaría suele hacer énfasis en él.

Y la geografía del independentismo más radical coincide con las comarcas tradicionalmente carlistas. Sin embargo, es de rigor que todo aquel que no comulgue con las tesis independentistas sea tildado de reaccionario.

¿No hay mucho nacionalismo o incluso secesionismo en ‘Catalunya en comú’? Tú mismo aludes a la posición ambigua de la formación ante la convocatoria nacionalista del 1-O, que no era cualquier cosa.

No sabría decir si “nacionalismo” es el término adecuado. Se trata más bien de una cercanía con ERC –y en algunos casos también con la CUP. Cercanía en cuestiones ideológicas, como la visión posmoderna del feminismo. En Barcelona, por la fuerza de las cosas, los comunes gobiernan con el PSC, pero preferirían sin duda hacerlo con ERC. Y no solo en la capital. Creo que es una cuestión de cercanía socio-cultural, a pesar de las distintas trayectorias militantes.

En el 1-O la postura oficial fue algo más que ambigua: se llamó ostensiblemente a votar en una convocatoria de parte, que no reunía ninguna garantía democrática e introducía peligrosos elementos de confrontación civil. Una cosa era estar en contra de la actuación policial en los colegios –el propio PSC amenazó con salir a votar si no cesaban las cargas-, y otra muy distinta dar legitimidad democrática a la convocatoria. En el libro explico la incomodidad que esa connivencia con el independentismo causó en nuestro grupo parlamentario.

Te pregunto ahora por el federalismo. Tomemos otro descanso.

Como quieras.

Fuente: El Viejo Topo, julio-agosto de 2022.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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