Reseña de El mundo después de la democracia. Cinco pensadores de la derecha radical (bauplan, 2025), de Matthew Rose; traducido por Emilio Pérez-Manzuco
El libro de Matthew Rose tiene la virtud de dar a conocer el pensamiento político que inspira a las fuerzas políticas que están llevando a Occidente a un mundo postdemocrático. Nos ofrece las herramientas necesarias para dar la batalla por la democracia y la libertad.
Es poco probable que Pericles se pudiese imaginar que el “régimen político que no envidia las leyes de nuestros vecinos, pues antes somos ejemplo que imitadores” al que hacía referencia en el discurso que pronunció en el cementerio del Cerámico para honrar la memoria de los atenienses caídos en el primer año de la guerra del Peloponeso (431 a.C.), fuese a desaparecer bajo las “crépidas” de los militares macedonios un siglo más tarde; sin embargo, eso fue lo que pasó: la democracia ateniense fue destruida tras 272 (o 299) años de existencia[1].
Esa misma creencia en la «perennidad” de la democracia es habitual en el mundo occidental actual; no obstante, la democracia es fruto de la conquista social y política y tiene muchos enemigos. Efectivamente, desde que el pueblo —el viejo “tercer estado” del Antiguo Régimen, que incluía a la burguesía, el campesinado, el proletariado urbano y por supuesto a las mujeres e incluso a los excluidos: esclavos, indígenas y marginados sociales— volvió a poner en marcha la experiencia democrática en la Inglaterra de 1642, los EE.UU. de 1776 o la Francia de 1789, por citar los tres primeros procesos de ese largo camino que conduce a la democracia actual, con derechos políticos y socioeconómicos con carácter universal, los enemigos de la democracia no eran quienes luchaban por construir la democracia inspirados en ideas igualitarias y emancipadoras, que son la base del pensamiento ilustrado, sino que los enemigos de la democracia eran quienes desde el principio han impugnado el mensaje emancipador e igualitario de la Ilustración, quienes tras cada lucha democrática se opusieron a cualquier avance político o social que limitase los derechos de las elites —no olvidemos que lo que reconocemos como primeras democracias occidentales no eran más que una “democracia de señores o Herrdemokratie” con derechos muy limitados, incluso para los “hombres blancos y libres que no fuesen ricos”— y se opusieron a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, a la abolición de la esclavitud, al reconocimiento de los derechos laborales, al reconocimiento de la igualdad de las poblaciones indígenas… No por casualidad, el paso del tiempo ha convertido a las actuales elites económicas, “herederas”, de aquella burguesía revolucionaria de los primeros tiempos que luchó contras las elites del Antiguo Régimen, aunque sus razones (disfrazadas de liberalismo revolucionario) eran que tenía que convertir el derecho a la libertad individual y la propiedad privada para avanzar en el proceso de desposesión del campesinado europeo, en la principal amenaza de la democracia, ya que en el actual desarrollo de la economía capitalista —controlada cada vez por un número menor de personas— el estado social y democrático de derecho ya no le resulta funcional a esas elites, que necesitan un estado autoritario capaz de mantener en orden las sociedades en las que cada vez las desigualdades son mayores. Es por ese motivo que a los enemigos de ayer, de hoy y de siempre de la democracia hay que buscarlos entre quienes se rebelan contra el principio ilustrado de la igualdad y entre quienes justifican y legitiman la desigualdad humana, aunque por ironías del destino las elites económicas y sus lacayos, los populistas de derechas, en esta fase actual de la lucha de clases acusan a quienes siguen luchando por construir una democracia más plena de ser los enemigos de la democracia.
Ahora bien, esas elites, que por principio rechazan la igualdad social, en cada crisis social de cierta magnitud han encontrado, entre quienes desde el primer momento han impugnado el mensaje emancipador e igualitario de la Ilustración, su fuente de inspiración ideológica. Así, en este sentido, los enemigos de la democracia son los herederos de Edmund Burke (1729-1797) y Johann Gottfried Herder (1744-1803), pensadores antilustrados que escribieron a favor de un orden social inspirado en la tradición o, en palabras de Herder, en el “espíritu del pueblo” (Volkgeist), entre quienes se encuentran Thomas Carlyle (1795-1881) —autor de Los héroes (1841), obra en la que sostiene que la historia avanza gracias a individuos excepcionales que arrastran a las masas, a la vez que mostraba un profundo rechazo por la democracia—, Ernest Renan (1823-1892), defensor de la desigualdad racial y del concepto espiritual de nación, o Hippolyte Taine (1828-1893), quien en su Historia de la Revolución francesa (1875-1893) sostiene que las instituciones políticas surgidas de la revolución son artificiales (fruto de una abstracción «rousseauniana») y que están en contradicción con las instituciones políticas construidas a lo largo de la historia y mantenidas por la tradición, a lo largo del siglo XIX y que llegaría al siglo XX de la mano de pensadores como Benedetto Croce (1866-1952), Charles Maurras (1868-1952), Arthur Moeller van der Bruck (1876-1925) u Oswald Spengler (1880-1930), quien es considerado el “padrino intelectual de la derecha radical o alternativa”. Es por tanto en ese largo linaje de pensadores antiilustrados, que buscan antes lo que nos diferencia,’raza’, historia, tradición, cultura, costumbres, lengua…, que lo que nos une, donde hay que buscar a los enemigos de la democracia, que a lo largo del siglo XX tuvo y tiene a un nutrido grupo de herederos, entre quienes destacan como representantes de la “derecha radical”, entre otros, los siguientes: Julius Evola (1898-1974), quien consideraba que la desigualdad humana era el fundamento constitutivo del orden social y político, que era jerárquico por naturaleza y estaba controlado por una elite militarista y masculina; Francis Parker Yockey (1917-1960), el teórico más destacado del autoritarismo norteamericano y exponente de un “vitalismo cultural” heredero del pensamiento spengleriano que sostiene que las culturas humanas solo se pueden entender como resultado del pensamiento y la acción de “hombres excepcionales”; Alain de Benoist (1943-), el principal defensor del identitarismo etnicista opuesto al nacionalismo jacobino, en el sentido de que todos los pueblos tienen el derecho a proteger sus costumbres, tradiciones culturales e integridad étnica de los efectos del universalismo liberal, así como de un principio elitista que opone a las clases dominantes de la gente común; Samuel Todd Francis (1947-2005), el teórico del supremacismo blanco y del nacionalismo populista de la población blanca de los EE.UU. que asesoró a Pat Buchanan e inspira a Donald Trump. He ahí los cinco pensadores de la derecha radical analizados por Matthew Rose en su ensayo El mundo después de la democracia (Bauplan, 2025). Ahora bien, a pesar de las muchas diferencias existentes entre el ‘profeta’ Spengler, el ‘soñador’ Evola, el ‘antisemita’ Parker, el ‘pagano’ Benoist y el ‘nacionalista’ Francis, ¿qué tienen en común? ¿Qué les hace aparecer como fuente de inspiración de la ‘derecha radical’ actual? Una reinterpretación del concepto de tradición, que es el que inspiró la corriente antiilustrada desde el primer momento. Ahora bien, ¿en qué consiste esa reinterpretación de la tradición?
Primero, en reconocer a lo largo de la historia una serie de elementos diferenciadores con respecto a los pueblos del entorno (Benoist explica que la identidad se construye por oposición al otro), entre los que se encuentran la lengua, las costumbres o la cultura (bailes, música, arte…), que son constitutivos de la esencia de un pueblo, de su espíritu (Volkgeist), y que pueden llegar a asociarse a una etnia o raza determinada; este identitarismo esencialista está en la base del nacionalismo perennialista, que sostiene que las naciones han existido siempre, sin embargo, muchos de los tradicionalistas modernos rechazan su vinculación al nacionalismo ya que lo consideran una ideología complementaria del liberalismo y responsable de la construcción de los modernos estado-nación centralizadores e uniformizadores, por tanto contrarios al derecho de los pueblos a mantener su propia identidad diferencial.
Segundo, en considerar que los seres humanos son desiguales por naturaleza (al sostener que las desigualdades sociales son innatas y no el resultado de una explotación de la diversidad humana en beneficio de los grupos privilegiados a lo largo de la historia) que encuentran su acomodo en el seno de un orden social comunitario bajo el liderazgo de un líder militar o guía espiritual (así, a pesar de que algunos de los representantes de esta «derecha radical» rechazan abiertamente el cristianismo —al considerar que el liberalismo y el socialismo son sus «hijos bastardos», Benoist dixit—, admiten que las religiones ejercen un papel fundamental en la cohesión y legitimación de esas sociedades desiguales), que les lleva a defender un trasnochado organicismo social y a justificar la preferencia por las instituciones políticas arraigadas en el tiempo.
Por último, en tanto que miembros y representantes de las elites, a pesar de rechazar el liberalismo político —porque conduce a la atomización social y a un individualismo contrario al sentimiento comunitario de la ‘gente’ (Benoist usa habitualmente el término ‘gente’, antes que el de ‘masa’, usado sin embargo por otros pensadores de su misma corriente ideológica)—, aceptan incondicionalmente el liberalismo económico capitalista —está por llegar el representante de estos tradicionalismos inventados que defienda las ‘estrategias de subsistencia’ propias de las sociedades tradicionales que eran sumamente respetuosas con la naturaleza y se basaban en el trabajo solidario y el apoyo mutuo, como dejó constancia Piotr Kropotkin en su obra El apoyo mutuo: un factor de la evolución (1902)—, lo que constituye un rasgo definitorio de todos esos discursos ideológicos al cumplir la misma función que a lo largo de la historia cumplieron los discursos de corte fascista, es decir, legitimar el poder de las elites económicas, que necesitan como instrumento de control social un estado autoritario que gobierne con el apoyo de una mayoría que comparten con las elites la pertenencia a un mismo grupo identitario en el que cada cual ocupe su lugar en la sociedad jerarquizada —porque ese es su destino, ya habrá quien lo justifique con argumentos pseudocientíficos, como los discursos surgidos del socialdawinismo, o religiosos—, frente a la exclusión de las minorías diferentes, que se supone que mientras no se organicen autónomamente en otro territorio respetando su propia tradición e identidad pueden ser eliminadas, como demuestra el genocidio palestino a manos del gobierno sionista. Esa es, en definitiva, la razón que explica que un discurso que sostiene como «verdades evidentes” la desigualdad humana y la pertenencia de los individuos a un colectivo identitario tenga éxito en un momento en que las desigualdades sociales son cada vez mayores. No hace mucho frei Betto explicaba brillantemente porqué «doña María», una mujer que se sentía humillada en su ardua jornada laboral de asistente doméstica de las clases adineradas y desamparada —a pesar de tener acceso a los programas sociales del gobierno de Lula—, votaba a Bolsonaro… Son demasiadas las Marías y los Pepes que aceptan de forma totalmente acrítica este discurso que solo beneficia a las elites dominantes y a sus lacayos porque les hace aceptar como inevitable el capitalismo salvaje y les hace ser sumisos en el marco de un grupo identitario en el que se sienten semejantes a los líderes… Estamos, por tanto, ante un discurso que se abre paso en medio de la democracia y en nombre de la libertad pero que conduce al autoritarismo, ¡ya son muchas las señales de alarma que nos advierten de ello!
El libro de Matthew Rose tiene la virtud de dar a conocer el pensamiento político que inspira a las fuerzas políticas que están llevando a Occidente a un mundo postdemocrático, ahí radica la necesidad de este libro, nos ofrece las herramientas necesarias para dar la batalla por la democracia y la libertad.
Fuente: https://mundoobrero.es/2026/05/27/hacia-un-mundo-sin-democracia/
Nota
[1] Habitualmente se cita como primer hito en la construcción de la democracia ateniense la introducción de las primeras medidas democratizadoras de Solón (594 a.C.), pero también es posible retrotraerse hasta el año 621 a.C., cuando se aprobaron las leyes de Dracón. Es esa la razón de que la suma total de años pueda ser de 272 (en un sentido más estricto) o 299 (considerados los tiempos de una forma más generosa).