Hambrunas y Holomodor

Del historiador y compañero de Espai Marx, José Luis Martín Ramos (4/04/2022).

Mark Tauger es un historiador norteamericano, un especialista en historia agraria. Tiene una Historia Universal de la Agricultura en Rouletdge. Ha publicado diversos artículos sobre la hambruna de 1932-1933 en la URSS, que junto con otros textos han sido publicados por Editions Delgas bajo el título de Famine et transformation agricole en URSS, en 2017. No lo busquéis en castellano, es inútil. El trabajo es un análisis e interpretación sobre bases empíricas que no puede resumirse fácilmente. Quien esté interesado por el tema no tiene otra que leerlo. Pero puedo daros las claves fundamentales, sin el apoyo empírico claro.
Su tesis central es que la URSS como Rusia han padecido estructuralmente de un ciclo de hambrunas desde el siglo X, agravadas a partir de la pequeña edad de hielo desde el XVIII por razones medioambientales (sequía, excesivo calor, invasión de insectos, infecciones…), de gestión difícil por las condiciones de la agricultura rusa. La gestión gubernamental de las hambrunas -o de los ciclos medioambientales- han podido paliar o agravar las hambrunas, pero no han sido su causa, ni en tiempos del zar ni en el del estado soviético. Desde tiempos del zar, el estado adoptó un modelo de gestión basado en la requisa preventiva de granos y la constitución de stocks, que nunca han podido evitar la hambruna pero sí reducirla y, sobre todo, permitir la recuperación del campesinado para el próximo ciclo de siembra y cosecha.
Esa situación empeoró tras el desplazamiento de población hacia el Sur de Ucrania, el Volga y las regiones del Sur y el Este, con el aumento de población en esas áreas y la extensión de un área cultivada, subdivida en parcelas familiares en la que el suelo ha sido sobreexplotado como consecuencia de la explotación extensiva de cereales. La consecuencia en vísperas del siglo XX ha sido la reducción de las reservas desde 1890 y la mayor dificultad de la población campesina para recuperarse después de cada ciclo de crisis de cosecha-hambre.
En 1910 se inició un período particularmente catastrófico, marcado por la hambruna de aquel año, y la desorganización de la agricultura durante la Gran Guerra, que generó buena parte del gran descontento social que está en los orígenes de la revolución de 1917 (recordad el lema bolchevique: Paz, Pan, Tierra). El estado surgido de la revolución no estuvo en condiciones durante algún tiempo de hacer frente al problema y resolver su promesa. La guerra civil siguió a la Gran guerra y la Revolución, produciendo importantes caídas de la producción y una creciente desafección entre el estado -el que fuere- y la población campesina. El final de la guerra civil quedó empañado por una nueva hambruna, la de 1921-1922, con una muy grave incidencia en las ciudades, y con resultados inciertos sobre el número de muertes: las estimaciones -no hay estadísticas; ese es el gran problema de la historia soviética sobre todo en los primeros cuarenta años- van desde 1 a 10 millones de muertos. La superación de la hambruna no fue posible hasta que se consiguió una importación masiva de grano a través de la agencia norteamericana American Relief Administration, que en 1921 accedió a la petición soviética de ayuda (antes se la había negado al gobierno revolucionario de Hungría) El establecimiento de la NEP empezó a recuperar la agricultura de esa situación; aunque en 1923-1924 y 1927-1928 se produjeron nuevos ciclos, menores, de sequía y mala cosecha que alertaron al gobierno soviético sobre las ineficiencias estructurales de la agricultura, que las orientaciones de la NEL en sí mismas no resolvían. Aquí intervino la admiración de los bolcheviques por la economía americana -recordad la de Lenin sobre la Organización Científica del Trabajo-, en este caso la admiración hacia el sistema de grandes unidades productivas que permitían una rápida e intensa mecanización. Esa admiración está en la base del debate sobre la colectivización y da como resultado la política brutal de colectivizaciones forzadas en 1929, que tienen su impacto social agudo en 1929-1930. Parte de ese impacto fue la reacción campesina, motines, negativa a entregar grano al estado, baja producción voluntaria etc. Pero según Tauger, ese impacto se redujo ya en 1931 y el campesinado ofrece una muy menor resistencia a la colectivización en 1932 que en 1930; por lo que la caída catastrófica de la cosecha en 1932 ya no tiene su razón en el impacto de la colectivización y la reacción campesina (tesis Lewin) sino en las recurrentes condiciones medioambientales. Por otra parte, ante la nueva hambruna el gobierno soviético reaccionó reduciendo la requisa de granos, no aumentándola. El ciclo medioambiental de 1931-1932 es particularmente infernal, con sequía el primer año, fuertes lluvias el segundo, plaga de oídio del trigo.
La tesis del genocidio ucraniano (Conquest) no se sostiene por cuanto la hambruna afectó a todo el territorio soviético; en todo caso la mayor condición cerealística de Ucrania la hizo particularmente sensible. La única explicación a la supervivencia de esta tesis, claramente inexacta, es porque es la que ha sustentando el crecimiento del nacionalismo ucraniano, ya antes de la disolución de la URSS.
Una última cuestión es la relación entre la hambruna y el mantenimiento de las exportaciones de trigo. (Snyder sostiene que Stalin no redujo las exportaciones y no proporcionó ayuda a los campesinos y las poblaciones hambrientas). Las exportaciones eran vitales para la economía soviética y por tanto había una resistencia en el aparato soviético a reducirlas. Mark Tauger admite que el gobierno soviético fue lento en reaccionar en este apartado, reduciendo las exportaciones; lentitud que enmarca en los temores de Stalin de un nuevo ataque contra la URSS a partir de la invasión japonesa de Manchuria y por tanto en la consideración de la vinculación entre las divisas entradas por la exportación y las necesidades de la seguridad nacional. Sin embargo, Tauger considera que eso constituyó un error grave -como podríamos considerar la colectivización forzosa y la deskulikación- pero no respondió una intencionalidad genocida ni contra los ucranianos, ni contra los campesinos de todas las regiones de la URSS donde hubo hambruna, ni contra las ciudades o las unidades militares donde también se pasó hambre. Y que cuando el gobierno soviético se percató del error redujo las exportaciones de trigo (Tauger da datos). Por otra parte, el gobierno soviético ayudó y también repartió semillas para que la cosecha de 1933 acabara, como hizo, con la hambruna.
Eso es en síntesis la aportación de Tauger. El gran problema de este debate es su contaminación política -innegable- y la deficiencia de las estadísticas soviéticas, que obligan a múltiples críticas, deficiencias no solo porque no registren todas la realidad sino, y sobre todo en esa época, porque se sobrevaloraban datos (de producción) para conseguir premios y evitar castigos (eso también afecta a la cuantificación de las víctimas de la represión). No abro este otro melón, solo lo apunto. La de Mark Tauger no será la última palabra, pero es una palabra que da respuestas que merecen ser consideradas a las interpretaciones de Conquest, Lewin o Snyders. El debate sigue y mi impresión en que no lo resolverán, con el tiempo, los «sovietólogos», los historiadores anglosajones sobre la URSS o Rusia, sino los propios historiadores rusos, cuando ello puedan contar con el pleno acceso a la documentación de la época.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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