La aberración histórica de Israel, evidenciada en los pasados dos años a escala global, lleva décadas en construcción y perfeccionamiento. Revela que, además del Estado criminal y sus atroces fuerzas armadas (FDI: “el ejército más moral del mundo”, se ha atrevido a decir Netanyahu), no sólo administran el destino de una religión y una identidad nacional sobre diseño, sino que mantienen controlada a su población (ese “pueblo de Dios” que se construyó con el exilio centroeuropeo a la tierra de Palestina) en una condición hipnótica que ya quisiera Corea del Norte.
Es desarmante ver o escuchar a los jóvenes, a veces niños, en las calles de Tel Aviv o entre “colonos” en Cisjordania o los bordes de Gaza, diciendo cómo la ven, o actuando directamente contra las mujeres y los niños palestinos. ¿Cómo puede una juventud estar tan eufóricamente enferma? El odio fanático lo traen integrado. Sus mayores realizaron una ingeniería pedagógica tan perversa como eficaz. Nacieron y han crecido en un “culto de muerte”, como describe Johnatan Cook, más cercano al Jemer Rojo o a las Juventudes Nazis que al judaísmo. Dos o tres generaciones adoctrinadas en el sionismo que finalmente se quitó sus máscaras y se muestra como lo que siempre fue: un proyecto supremacista, excluyente, racista, teocrático, expansionista, profundamente policiaco y militar.
Desde fuera intentamos entender qué pasó con esa sociedad de matriz europea que parecía ilustrada, democrática (sobre los escombros de la Nakba, claro; lo mismo que Estados Unidos es democrático sobre los huesos de los nativos originarios), piadosa y cosmopolita. Nos engañaron. Allí se larvó uno de los monstruos sociales más feos y peligrosos de la modernidad.
Dice la analista israelí Avigail Abarbanel que a veces uno aprende sobre una sociedad de su humor, más que de las noticias. Parafraseándola, a veces uno conoce más de una sociedad leyendo a sus historiadores críticos y sus periodistas independientes, como la propia Abarbanel o Carolina Landsman, quien recientemente publicó un artículo en Haaretz (3/5/26) que alcanzó gran repercusión, donde sostiene que Israel es un Estado condenado, y Netanyahu se irá, pero su legado no: “Ha logrado destruirlo todo, todo lo bueno, claro. No queda nada. Absolutamente nada. Nuestra sociedad se ha desmoronado, el ejército se ha desintegrado, los jueces se mueren de miedo, los medios de comunicación se han convertido en un reality show, la Knéset en un manicomio y la oposición comparte la visión de la realidad de Netanyahu (Irán es una amenaza existencial; no hay solución para el problema palestino; sólo los partidos sionistas deberían ocupar un puesto en el gabinete).”
Landsman apunta lo obvio: “El mundo odia a Israel, y el antisemitismo ha regresado a su cuna política. Ya no es la ‘nueva’ versión crítica de izquierda (que se centraba en la política israelí y los defectos del sionismo), sino la vieja versión asesina de derecha, que adopta con regocijo la retórica de los (apócrifos) Protocolos de los Sabios de Sion. La verdad es que, mientras nos volvíamos locos a nosotros mismos y al mundo con el Holocausto, mientras coreábamos: ‘nunca más’ hasta la saciedad, Netanyahu ha llevado al mundo al borde de una repetición de la historia”. Para colmo, “la gente se engaña creyendo que aún hay una oportunidad: que él y el Estado son entidades separadas”.
Por su parte, Avigail Abarbanel, escribiendo sobre el “culto de muerte” que domina a su país, destaca “el modo en que la sociedad israelí adoctrina a sus miembros desde la cuna y retraumatiza a los niños para garantizar su lealtad”. Este adoctrinamiento “produce con éxito una población capaz de cometer un genocido transmitido en vivo, atacar y desplazar poblaciones civiles de naciones soberanas y acelerar la limpieza étnica en Cisjordania, mientras se ve a sí misma como inocente víctima, amante de la paz”.
Refiere un episodio del popular programa cómico de la televisión israelí llamado Zehu Zé! (¡Eso es!), que ella recordaba ingenioso, familiar y suficientemente irreverente para pasar por progresista. Sus actores y personajes eran epítome de la “israelidad”. El 10 de marzo de este año el programa trató de una boda en un estacionamiento subterráneo. “No trataba de ser surrealista ni absurdo. Era la realidad ligeramente disfrazada de comedia: gente en un refugio, una boda desplazada a un búnker, haciéndolo chistoso”, describe.
“Cuando una Sociedad ya no genera ninguna distancia entre su comedia y su crisis, no produce humor, sino copia un ritual, la risa, si llega, es de autorreconocimiento, ‘sí, así vivimos ahora’, algo muy distinto de la diversión”. Para Abarbanel, “los judíos israelíes enfrentan una disyuntiva: en vez de quejarse y tenerse lástima podrían frenar la orgía destructiva. Podrían abandonar su culto, la idea de un Estado étnicamente puro a expensas de la población originaria de Palestina, e intentar volver a la humanidad. No tienen derecho a llorar o hacerse las víctimas, cuando son quienes infligen destrucción y miseria a millones de personas”.
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