Uno de los síntomas de lo mal que está la izquierda en este país es que su único punto programático parece ser cerrarle el paso a la extrema derecha (cosa que, por supuesto, y precisamente ―entre otras razones― por su extrema pobreza ideológico-programática, no va a conseguir).
Pero hay otro indicio de ese malandar (y quien mal anda, mal acaba): es la insistencia de su franja presuntamente más radical en la necesidad de recomponer, regenerar o restaurar la mencionada especie política en riesgo de extinción. Insistencia cuya música, si viniera interpretada por un coro bien afinado y acompasado, podría quizá despertar la atención de potenciales oyentes y hasta cosechar algún aplauso. Pero no: todo se reduce a un guirigay de voces solistas, cada una cantando en una tonalidad y un compás distintos y pretendiendo imponerse a las demás. Claro que la alternativa a esa discordancia no es únicamente el unísono: también valdría (y sería incluso más agradable al oído) una polifonía bien armonizada.
Cierto que cuando un equipo pierde (y la izquierda va perdiendo por goleada) no hay que buscar la causa únicamente en los fallos propios, sino también en el poderío del contrario. Pero el problema, en este caso, es que además de ir perdiendo no se vislumbra en la izquierda ninguna estrategia capaz de invertir la tendencia perdedora.
En cualquier caso, lo primero que hay que tener claro es cuál ha sido y viene siendo la estrategia ganadora del contrario. Está, por descontado, su «potencia de fuego», basada principalmente en su enorme capacidad de control de los recursos de capital. Recursos que permiten a su vez el control, directo o indirecto, de las fuerzas sociales y políticas. Si en el siglo XIX pudo escribir Marx que «las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época» (La ideología alemana I), excusado es señalar la validez de semejante aserto en los tiempos actuales, en que el control de los medios de comunicación de masas se concentran cada vez más en menos manos, manos que manejan cada vez más medios financieros.
Pero más fuerza que los discursos tienen siempre los hechos. Y el hecho, patente para el observador atento y crítico, es que la actual división del trabajo, con la atomización de las unidades productivas y el consiguiente aislamiento de los trabajadores, enfrentados en orden disperso al poder del capital, reduce drásticamente la conciencia de clase e incrementa, en paralelo, el individualismo insolidario. Individualismo reforzado machaconamente, a su vez, por los medios de comunicación, y particularmente por la publicidad comercial, que jamás se dirige a su público con el pronombre «vosotros», sino exclusivamente con un solipsista y narcisista «tú». De ese individualismo general es fiel reflejo la dispersa pluralidad de proyectos restauradores de la izquierda aludidos en el segundo párrafo del presente artículo.
Así que el trabajador, cada vez más «solo ante el peligro», débilmente arropado por unos sindicatos cada vez más dependientes de las subvenciones y menos de las cuotas de unos afiliados en número decreciente, tiende a perder la confianza en el empeño colectivo y a desconfiar de los partidos que dicen representarle.
Hay aquí un fatídico círculo vicioso: a medida que la participación sindical y política de los productores (categoría que, por supuesto, no incluye a los capitalistas, pues el capital por sí solo no produce absolutamente nada) se reduce por falta de visión del interés colectivo, las organizaciones sindicales y políticas ven reducida su base de apoyo activo (algo que va mucho más allá del simple voto de vez en cuando) y tienden a encerrarse en los «despachos». Lo cual, a su vez, reduce la confianza y el apoyo de la base social, etc.
La desnaturalización de la izquierda, por tanto, no estriba sólo en su timidez programática. Los programas son fundamentales, pero no basta con escribirlos y divulgarlos, hay que hacerlos creíbles. Y en este y otros países del entorno llevamos decenios socavando la credibilidad de los programas de la izquierda a base de incumplirlos sistemáticamente, en todo o en gran parte, cada vez que se alcanza el poder que debería permitir aplicarlos.
Y una vez que los partidos se convierten prácticamente en oficinas electorales oligárquicamente gestionadas, a la base social no le queda más papel que el de «cliente». Término que se ha generalizado a casi todos los ámbitos de la vida pública, donde tradicionalmente el público recibía distintos nombres según el tipo de actividad de que se tratara. Por ejemplo, ¿acaso no nos rechina en los oídos que a quienes antes en las estaciones ferroviarias nos llamaban «viajeros» ahora nos llamen «clientes»? A mí, personalmente, me resulta insoportable.
Pues bien, al ciudadano «cliente» le corresponden, lógicamente, partidos e instituciones públicas «restaurantes» (de un tipo peculiar, por cierto, en el que suele faltar la hoja de reclamaciones). De modo que el capitidisminuido ciudadano tiene que conformarse con la «carta» que le presentan (o simplemente con el «menú», y no del día, sino del mandato) sin que ni por asomo se le permita «meterse en la cocina» ni hacerle sugerencias al «chef» (sólo éste puede hacerlas). Para colmo, aquí y ahora, parece que la carta que presenta nuestra izquierda restaurante incluye más platos desaconsejados por ser tóxicos (o «vóxicos») que platos recomendados. Semejante planteamiento no puede dejar de recordarle (a quien la viera en su momento) una escena de la divertida película italiana de 1963 titulada El día más corto, concebida como parodia de la superproducción norteamericana de 1962 El día más largo. En dicha escena, dos soldados extraviados le preguntan a un campesino por dónde se va a cierto sitio, y el campesino, señalando con el dedo, les dice: «¿Veis ese camino? ¿Sí? Pues no es por ahí».
El pasado 27 de febrero tuvo lugar en Madrid, en local cedido gratuitamente por Comisiones Obreras, un acto conmemorativo de los 90 años de la victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936. En el cartel anunciador aparecía una impresionante foto de la celebración popular, en la plaza de la Cibeles, de dicho triunfo (contra el que inmediatamente empezaron a conspirar, como es sabido, las fuerzas de la derecha reaccionaria). Para desgracia de la izquierda de este país, concentraciones populares de ese calibre, descartando las realizadas en protesta contra la inminente invasión anglo-norteamericana de Iraq en febrero de 2003, sólo se han visto últimamente en relación con el movimiento secesionista catalán en torno a 2017. Movimiento, por cierto, cuyos participantes sí parecieron, por un tiempo, animados de un cierto espíritu comunitario (aunque convenientemente «engrasado» económicamente, por supuesto).
Espíritu comunitario auténtico, sin embargo (el propio de movimientos como el antes mencionado es más bien sectario y divisivo que comunitario), es cada vez más difícil encontrarlo en nuestra sociedad. Por eso se presenta tan difícil, hoy en día, imaginar fenómenos como el de aquella impresionante manifestación de unidad popular de 1936. Lo primero que hace falta para que se dé esa unidad es que haya pueblo, comunidad en sentido amplio (por cierto, es notable, por contraste con nuestros usos lingüísticos, que en el lenguaje político corriente en los países de habla inglesa el término utilizado para designar a la población de ciudades y pueblos, o grupos humanos en general, sea normalmente community). Lo que nosotros llamamos pueblo, especialmente en el sentido de pueblo llano (que excluye a las capas sociales más privilegiadas), es lo que los griegos llamaban demos. Pues bien, un demos atomizado, un demos sin conciencia de comunidad, deja de ser tal. Y no hace falta saber griego para entender que sin demos no hay democracia.