La nueva agresión bélica desencadenada este 28 de febrero, por EE.UU. e Israel contra Irán tiene una serie de diferencias muy sustantivas con respecto a otras anteriores. Incluso con respecto a la de junio del año pasado. Y también es diferente por lo que toca a las típicas lanzadas habitualmente por Washington, sin exceptuar las protagonizadas por Trump recientemente contra Nigeria o Venezuela.
De las últimas la diferencia el hecho de que Irán tiene unas capacidades defensivas ausentes en esos otros países. De las compartidas por Israel y EE.UU. lo hace el carácter mucho más decisivo de esta. Y es que ahora, de producirse el resultado buscado por los agresores (y más abajo reflexionaremos un poco sobre cual pueda ser, de verdad, ese resultado buscado), resultarían fuertemente afectados los intereses de las dos únicas potencias que tienen alguna capacidad militar para oponerse a Washington: China y Rusia, naturalmente.
Por supuesto, Irán nunca ha sido una amenaza para los EE.UU. Es conocido, salvo por los esbirros más serviles de las redes de comunicación imperiales, que Irán nunca ha pretendido desarrollar armas atómicas. Además el propio Trump presumió, tras los bombardeos de junio último, de que habían destruido esa posibilidad. Tampoco es Irán un ejemplo político que se pueda extender por Asia sudoccidental, ya que la inmensa mayoría de los musulmanes de esa región del mundo son sunníes y los chiíes, en Bahréin, Siria, Líbano y la propia Arabia Saudí, bastante tienen con sobrevivir. Desde luego para quien sí es Irán una amenaza es para el estado sionista, aunque este carece de capacidad suficiente para enfrentarse a Irán en solitario, como demuestra el que sólo los continuos suministros norteamericanos y, en una menor medida, europeos le permitieran sostener, que no ganar, su lucha genocida contra la guerrilla palestina de Gaza. Es más, esa amenaza podría seguir creciendo y hacerse aún más peligrosa, por eso, desde el punto de vista sionista, es preciso atajarla cuanto antes. De aquí provienen tanto la urgencia en iniciar esta guerra de agresión, como la necesidad imperiosa de contar con la participación norteamericana. Más arriba decíamos que Irán nunca ha sido una amenaza para los intereses de los EE.UU., así pues ¿cómo son estos quienes facilitan la inmensa mayoría de los medios y la logística para esta agresión?
Quizá podríamos entrar a detallar la influencia del «lobby» sionista en la plutocracia que controla los EE.UU., pero no es preciso. Eso ya lo ha hecho abundantemente John Mearsheimer. Nosotros pensamos que EE.UU. sí tiene un interés propio y directo en la destrucción de Irán, aunque este interés apunta más a otros objetivos, siendo Irán la bola de billar con la cual se puede hacer la carambola. El analista militar ruso Andrei Ilnitsky argumentaba que, en el caso de que Israel y los EE.UU. se salieran con la suya, lo más probable es que Irán se convirtiera en una especie de agujero negro político, semejante a Libia, en el que combatirían una serie de grupos durante años, al tiempo que millones de personas tratarían de salir de él rumbo a los países cercanos. La razón de esto es que EE.UU. carece de las tropas necesarias (recordemos que lo que han apostado frente a las costas iraníes es una flota capaz de bombardear, pero no tropas de tierra para conquistar y controlar) para dominar la región. Nosotros no creemos que esto sea malo para los EE.UU. Es malo para los iraníes y para los demás países de la zona, que habrían de recibir a los huidos de ese agujero negro, pero los EE.UU. llevan años beneficiandose de esos llamados estados fallidos. Si Irán entrara en esta categoría y el estrecho de Ormuz colapsara (en realidad ya hay centenares de petroleros y gaseros fondeados allí), no iban a ser los EE.UU. los más perjudicados. En estos momentos (otra cosa es lo que pase dentro de cinco años, pero hoy en día esto es un mundo), EE.UU, es autosuficiente en energías fósiles, que son las decisivas para las máquinas de guerra. Sin embargo, China no lo es y Europa menos aún. Incluso el aumento del precio del petróleo es una ventaja para los EE.UU. Es sabido que la autosuficiencia de estos se basa en el esquisto producido por el «fracking» y que esta técnica es mucho más cara y difícil. Por ello, una subida de los precios del petróleo no haría más que ayudar a los EE.UU. No sucedería lo mismo con el mayor consumidor de energías fósiles del mundo: China. Para estos el cierre del estrecho de Ormuz, bien por la acción del mando militar iraní, bien por el colapso de este y la desvertebración política resultante, sería un problema muy serio (también lo sería para Europa, pero los perrillos falderos de EE.UU. son incapaces de reaccionar). Junto a esto estaría el fracaso que para Rusia supondría la pérdida del único punto de apoyo político que les queda al sur del Cáucaso. No cabe duda de que, aparte de lo que significa de apoyo a la entidad colonial sionista, objetivo siempre importante para la oligarquía estadounidense, este sería un punto clave para los EE.UU.
Es evidente que a Trump le gustan los conflictos breves, con poco costo para los EE.UU., y que le permitan cantar victoria enseguida. Pero nada de esto parece que vaya a producirse en Irán. Es cierto que el asesinato de Jamenei es de esas cosas que, en otras circunstancias, permitirían a Trump cantar victoria y detener el plan, pero esta vez no es así. Los chihuahuas de la UE (más el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte) han empezado a decir que ya, con el asesinato de Jsmenei, se puede parar la agresión y tratar de que no sucedan cosas que les afecten a ellos (el cierre de Ormuz y la respuesta de sus ciudadanos). Con esto sólo demuestran su impotencia y su incomprensión de lo que está en juego.
El imperio, incapaz ya de recurrir al «poder blando», ha decidido sustituir la hegemonía (fracasada ya) por el dominio. A partir de ahora será la fuerza militar la que decida las cosas, no sólo en el Próximo Oriente, sino en todo el mundo. Irán es el primer afectado por ello y no cabe duda de que quienes, tras el asesinato de Jamenei, están al mando allí se han dado cuenta. Ahora veremos si están a la altura del desafío o no. La guerra tiene sus propias normas de conducta y los dirigentes iraníes han de empezar a conducirse según ellas. Su punto fuerte no es la defensa antiaérea, sino la misilística. Y es con esta con la que han de hacer pagar al enemigo, ¿lo conseguirán? Nada de esto se decidirá en los primeros días. Esta vez todo durará algo más. La entidad sionista precisa destruir Irán y los EE.UU., pese a lo que digan sus voceros a sueldo, no se conformará con menos. Lo decisivo, pues, es el precio que Irán puede hacerles pagar por ello. Sobre todo en EE.UU. esta cuestión es fundamental, máxime cuando faltan apenas ocho meses para las elecciones de «mid term».
Irán no tiene aliados, aunque no carece de simpatizantes en la región (basta recordar lo sucedido en el consulado norteamericano de Karachi). Por eso no ha tenido empacho en atacar las bases norteamericanas en la zona, aunque eso le indisponga con ciertos países. Saben que, pese a que han intentado que no se produjera la agresión (nosotros no creemos la intoxicación publicada por el Washington Post de Bezos, acerca de Arabia Saudí), ninguno de ellos va a mover un sólo dedo contra los EE.UU. La cuestión básica para Irán, y para toda esta crisis, es lo que harán China y Rusia. Lo que harán materialmente, claro está, no lo que digan sus portavoces de asuntos exteriores. Más arriba citábamos a Andrei Ilnitsky, analista muy bien situado en los círculos del poder ruso. Este es consciente de que lo que ocurra en Irán afecta profundamente a la política rusa en la zona (que ya sufrió un descalabro en Siria no hace mucho), pero afirma que, por más que haya que apoyar a Irán, Rusia debe alejarse del vórtice del conflicto. No somos capaces de saber como se puede apoyar a Irán sin acercarse al vórtice del conflicto y dudamos que en el Kremlin sí lo sepan. En cuanto a China deconocemos, por ahora, opiniones de fuentes cercanas a quienes toman las decisiones. Pero es obvio que no pueden dejar a Irán a su suerte, pues esto desacreditaría profundamente, en todo el Sur global, al gobierno de la República Popular. Algo que les perjudicaría bastante más que el corte de los suministros iraníes de petróleo. Todo esto deja muy claro lo que está en juego en esta guerra. Si Irán no consigue subsistir, no será sólo el Próximo Oriente quien sufra las consecuencias. Será todo el Sur global, pues China y Rusia (bien por no ayudar o bien por ser demasiado débiles) dejarán de ser contempladas como puntos de apoyo para resistir al imperio. En cambio, de producirse el resultado contrario, se abrirán las puertas de la esperanza para centenares de millones de personas (no significa que todo vaya a mejorar, China y Rusia no tienen nada que ver con la Comintern). Ahora mismo todo depende del acierto de quienes toman las decisiones en Irán y de quienes las ejecutan. Ojalá que los misiles iraníes encuentren su blanco, pues de ello depende que se abran esas puertas de esperanza.
Habrá quien diga que no nos importa que el Irán actual sea una teocracia despótica. Lo que podemos contestar es que a ellos sí que no les importa la suerte de las colegiales asesinadas en la cidad de Minab. En cuanto al contexto político de Irán hacemos nuestro el comunicado publicado por el partido Tudeh.
Fdo. Ernesto Gómez de la Hera
1 de marzo de 2026