Del compañero Carlos Valmaseda, miembro de Espai Marx.
1. Mi imagen del día: tengamos memoria.
2. Musto sobre la AIT.
3. La rusofobia actual en USA
4. Libertad Pablo González.
5. La guerra de Ucrania vista desde el Sur Global.
6. Debate sobre las renovables.
7. Evolución ideológica de los ucranianos.
8. La guerra capitalista
1. Mi imagen del día: tengamos memoria
Ante la campaña de Vox-PP y sus palmeros:
Fuente: https://twitter.com/RedPili2/
2. Musto sobre la AIT
Si el otro día os pasaba el enlace para la descarga gratuita de un libro editado por Marcello Musto sobre la AIT, en inglés, veo ahora que en Jacobin han publicado en castellano un extracto de su introducción. Lo paso por si os puede interesar.
La historia de la AIT a través de sus congresos y programas
A casi 160 años de la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores, Marcello Musto analiza sus discusiones y vigencia, destacando el rol clave de Marx. Un recorrido por esta Primera Internacional que fuera terror de la burguesía y esperanza de la clase trabajadora.
Este texto es un extracto de la introducción del volumen ¡Trabajadores del mundo, uníos!: Antología política de la Primera Internacional (Bellaterra, 2022).
El inicio del camino
El 28 de septiembre de 1864, la sala del St. Martin’s Hall, un edificio situado en el corazón de Londres, estaba repleta de gente.
A llenarla, habían concurrido alrededor de 2.000 trabajadores y trabajadoras, para escuchar el comicio de algunos dirigentes sindicales ingleses y de un pequeño grupo de obreros del continente.
Los organizadores de tal iniciativa no imaginaban lo que esta, a partir de ese momento, habría de generar en breve. Ellos aspiraban a la construcción de un lugar de discusión internacional en el cual fuese posible examinar las principales problemáticas relacionadas con los trabajadores. No consideraron la hipótesis de fundar una organización verdadera y propia, como instrumento de coordinación de la iniciativa sindical y política de la clase obrera.
Igualmente, su ideología fue marcada en el comienzo más por reclamos ético-humanitarios, como la igualdad entre los pueblos y la paz mundial, que por el conflicto entre clases y por objetivos políticos concretos. No obstante, a partir de ella se conformó el punto de referencia para todas las organizaciones sucesivas del movimiento obrero, en el cual tanto los reformistas como los revolucionarios se sentirían inmediatamente representados: la Asociación Internacional de los Trabajadores.
En un lapso breve de tiempo, suscitó pasiones en toda Europa. Hizo de la solidaridad de clase un ideal compartido y despertó las conciencias de una gran masa de mujeres y hombres. Gracias a la Internacional, el movimiento obrero pudo comprender con mayor claridad los mecanismos de funcionamiento del modo de producción capitalista, pudo adquirir mayor conciencia de su propia fuerza y logró desarrollar nuevas y más avanzadas formas de lucha. Como contrapartida, en las clases dominantes, la noticia sobre la fundación de la Internacional provocó horror. El pensamiento acerca de la posibilidad de que también los obreros reclamaran un papel activo en la historia generó disgusto y fueron numerosos los gobiernos que invocaron su eliminación y que la persiguieron con todos los medios de los que podían disponer.
Las organizaciones obreras que fundaron la Internacional eran muy diferentes entre sí. El centro motor fue el sindicalismo inglés. Y sus dirigentes, casi todos reformistas, estaban interesados sobre todo en cuestiones de carácter económico. Luchaban por la mejora de las condiciones de los trabajadores sin poner en discusión el capitalismo. Por lo tanto, concibieron la Internacional como un instrumento que podía colaborar en la consecución de su objetivo, impidiendo la importación de mano de obra externa durante las huelgas.
Otra rama significativa de la organización, por mucho tiempo dominante en Francia, fue la de los mutualistas. Seguidores de las teorías de Pierre-Joseph Proudhon, se oponían a cualquier tipo de participación política y estaban en contra de la huelga como instrumento de lucha. Defensores de un sistema cooperativo sobre una base federal, sostenían que era posible modificar el capitalismo mediante un acceso equitativo al crédito. Por estas razones, representaron el ala derecha de la Internacional.
Junto a estas dos tendencias, númericamente mayoritarias, el tercer grupo, por orden de importancia, eran los comunistas, reunidos alrededor de la figura de Karl Marx, y activos, con pequeñas agrupaciones en una esfera de influencia muy circunscripta, en algunas ciudades alemanas o suizas, así como en Londres. Anticapitalistas, se oponían al sistema de producción existente y reivindicaban la necesidad de la acción política para revertirlo.
Entre las filas de la Internacional, en el momento de su fundación, había también otros componentes que no mantenían relación alguna con la tradición socialista.
Entre ellos estaban algunos núcleos de exiliados de los países del este de Europa, inspirados por concepiones vagamente democráticas, y los partidarios del pensamiento interclasista de Giuseppe Mazzini. Completaban el cuadro de la organización, generando un equilibrio aún más complejo, los diversos grupos de trabajadores franceses, belgas y suizos que adhirieron a la Internacional aportando las teorías más diferentes y confusas, entre ellas algunas inspiradas en el utopismo.
La empresa política que logró hacer convivir todas estas almas en la misma organización y, además, con un programa muy distante de las posturas iniciales de cada una de ellas, fue indiscutiblemente obra de Marx. Sus dotes políticas le permitieron conciliar lo que parecía inconciliable y le aseguraron un futuro a la Internacional, la cual, sin su protagonismo, se habría hundido rápidamente en el olvido, al igual que el resto de las numerosas asociaciones obreras que la precedieron. Fue Marx el que le dio una clara finalidad a la Internacional. Fue Marx el que realizó un programa político no excluyente, si bien firmemente de clase, con la garantía de una organización que aspiraba a ser masiva y no sectaria. El alma política de su Consejo General fue siempre Marx, quien redactó casi todas las resoluciones principales y compiló casi todos los reportes preparatorios para los congresos. Él fue «el hombre justo en el momento justo», como escribió el dirigente obrero alemán Georg Eccarius.
La formación de la Internacional
La discordancia temporal entre los principales sucesos organizativos y políticos de la Internacional vuelve compleja la reconstrucción cronológica de su historia. Desde un punto de vista organizativo, las fases más importantes atravesadas por la Asociación fueron: I) su nacimiento (1864-1866), es decir, desde la fundación hasta el primer congreso (Ginebra, 1866); II) su expansión (1866-1870); III) su giro revolucionario y la represión que siguió a la Comuna de París (1871-1872); y IV) la separación y la crisis (1872-1877). Desde el punto de vista del choque político, en cambio, las fases principales de la Internacional fueron: I) el debate inicial entre los varios componentes y la construcción de sus fundamentos teóricos (1864-1865); II) el conflicto por la hegemonía entre colectivos y mutualistas (1866-1869); y III) el choque entre centralistas y autonomistas (1870-1877).
Inglaterra fue el primer país en el que se presentaron las demandas de adhesión a la Internacional. En febrero de 1865, se afiliaron 4.000 miembros de la Sociedad operativa de albañiles. Poco después, se sumaron grupos de constructores y zapateros. En el transcurso de su primer año de vida, el Consejo General efectuó una prolífica actividad de divulgación de los principios políticos de la Internacional que contribuyó a ampliar el horizonte de la Asociación por encima de la esfera de cuestiones meramente económicas, como demuestra con su presencia entre las organizaciones que participaron en las Reform League, el movimiento para la reforma electoral nacido en febrero de 1865.
En Francia, la Internacional empezó a tomar forma en enero de 1865, fecha en la que fue fundada su primera sección en París. La influencia ideológica ejercitada por la Asociación fue débil y sus relaciones de fuerza limitadas, sumadas a la escasa determinación política, impidieron la fundación de una federación nacional. No obstante estos límites, los franceses conformaron el segundo grupo más consistente de la Internacional durante la primera conferencia de la organización realizada en Londres. Esta se celebró entre el 25 y el 29 de septiembre, con la presencia de 30 delegados provenientes de Inglaterra, Francia, Suiza y Bélgica y de algunas otras representaciones de Alemania, Polonia e Italia. Cada uno de ellos brindó noticias, sobre todo de carácter organizativo, acerca de los primeros pasos que la Internacional había comenzado a dar en sus respectivos países. En esta sede fue convocado, para el año siguiente, el primer Congreso General.
En el período transcurrido entre estos dos congresos, la Internacional siguió su proceso de expansión en Europa. Comenzó a construir sus primeros núcleos importantes en Bélgica y en la Suiza francesa. Las «Leyes Prusianas de Asociación», que impedían a los grupos políticos alemanes establecer relaciones estructuradas con organizaciones de otros países, no permitieron en cambio abrir secciones de la Internacional en la que era, en ese momento, la Confederación Germánica.
En esta fase inicial, la actividad realizada por parte del Consejo General en Inglaterra contribuyó enormemente a la consolidación de la Internacional. Apoyando las huelgas de los Sastres Unificados de Londres, en el transcurso de la primavera de 1866, la organización participó por primera vez activamente en una lucha obrera. Después de la victoria de la huelga, cinco pequeñas sociedades de sastres, de alrededor de 500 trabajadores cada una, decidieron afiliarse a la Internacional. La conclusión positiva de otras vertientes atrajo diversos sindicatos pequeños, a tal punto que, al momento de su primer congreso, las organizaciones sindicales afiliadas eran ya 17, con un total de más de 25.000 adherentes.
Entre el 3 y 8 de septiembre de 1866, la ciudad de Ginebra acogió el primer congreso de la Internacional. Participaron 60 delegados de Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza. La organización llegó a este encuentro con un balance muy positivo, después de haber reunido bajo su bandera, sólo dos años después de su fundación, a más de un centenar de pequeños sindicatos y organizaciones políticas. Los participantes de la conferencia se dividieron en dos bloques principales. El primero, que estaba integrado por delegados de los británicos, por los pocos alemanes presentes y por la mayoría de los suizos, siguió las directrices del Consejo General redactadas por Marx, quien estuvo ausente en Ginebra. El segundo bloque, del que formaban parte los franceses y los suizos de habla francesa, estaba integrado por los mutualistas.
En ese momento, la Internacional era una organización en la que prevalecían las posiciones moderadas. Los mutualistas, de hecho, liderados por el parisino Henri Tolain, prefiguraban una sociedad en la que el trabajador sería a la vez productor, capitalista y consumidor. A su juicio, la concesión de crédito gratuito era la medida decisiva para transformar la sociedad; se oponían al trabajo femenino, condenado desde un punto de vista moral y social; y se oponían también a cualquier interferencia del Estado en materia de relaciones del trabajo (incluyendo la reducción legal de la jornada de trabajo a ocho horas), pues estaban convencidos de que pondría en riesgo las relaciones privadas entre el trabajador y el patrón, y de que fortalecería el sistema existente.
A pesar de la fuerza numérica de los franceses, los dirigentes del Consejo General presentes en el congreso lograron frenar a los mutualistas y adquirir, sobre la base de las deliberaciones elaboradas por Marx, algunos resultados favorables con respecto a la importancia del sindicato y de la intervención del Estado.
Las huelgas, la expansión y la derrota de los mutualistas
A finales de 1866, las huelgas se intensificaron en muchos países europeos. Organizadas por grandes masas de trabajadores, contribuyeron a que éstos tomaran conciencia de las condiciones en que eran obligados a vivir y se convirtieron en el motor de una nueva e importante temporada de luchas.
En contraste con el argumento presentado por algunos gobiernos de la época, que señalaba a la propaganda de la Internacional como responsable de las huelgas, la mayoría de los trabajadores que participaron en ellas ni siquiera estaba al tanto de su existencia. Las protestas se originaron debido a las dramáticas condiciones de trabajo y de vida que los trabajadores se veían obligados a soportar. Estas movilizaciones representaron el primer momento de encuentro y de coordinación con la Internacional, que las apoyó con proclamas y llamados de solidaridad, organizó colectas de dinero para los huelguistas y promovió reuniones para bloquear las tentativas de las patronales tendientes a debilitar la resistencia.
Fue precisamente debido al papel concreto que desempeñó la Internacional que los trabajadores comenzaron a reconocerla como un lugar de defensa de sus intereses comunes y a querer afiliarse a ella. La primera gran batalla ganada gracias a su apoyo fue la que libraron los trabajadores del bronce en París, cuya huelga duró desde febrero a marzo de 1867. También tuvieron éxito las huelgas de los trabajadores del hierro en Marchienne, en febrero de 1867; la de los trabajadores de la cuenca minera en Provence, que comenzó en abril de 1867 y terminó en febrero de 1868; la de los mineros en Charleroi y la de los albañiles en Ginebra, ambas durante la primavera de 1868. En cada una de ellas, el guión se repitió de forma idéntica: se hizo una colecta de dinero en apoyo de los huelguistas, impulsada por los trabajadores de otros países, con el acuerdo de que estos últimos no aceptaran un trabajo que los degradara a la condición de mercenarios. Todo esto obligó a los patrones a llegar a un acuerdo y a aceptar muchas de las demandas de los obreros. Tras el éxito de estas luchas, cientos de nuevos miembros se unieron a la Internacional en las ciudades donde se habían realizado las huelgas. Como afirmó el miembro del Consejo General Eugène Dupont: «no es la Asociación Internacional de los Trabajadores la que empuja [a los obreros] a la huelga, sino que [es] la huelga la que los empuja a los brazos de la Asociación Internacional de los Trabajadores».
Así, a pesar de las complicaciones derivadas de la diversidad de países, lenguas y culturas políticas, la Internacional logró reunir y coordinar las muchas organizaciones y las numerosas luchas que nacieron espontáneamente. Su mayor mérito fue haber sido capaz de señalar la absoluta necesidad de la solidaridad de clase y de la cooperación internacional, transformando de forma irreversible el carácter parcial de los objetivos y de las estrategias del movimiento obrero.
Desde 1867 en adelante, fortalecida por estos logros, así como por el aumento de la cantidad de militantes y por una estructura organizativa más eficiente, la Internacional avanzó en todo el continente. Ese año estuvo marcado por el notable progreso de la Asociación, sobre todo en Francia. Las adhesiones se multiplicaron también en Bélgica, por efecto de las huelgas, y en Suiza, donde ligas obreras, cooperativas y sociedades políticas se adhirieron con entusiasmo.
Este fue el escenario que precedió al congreso de 1867. Se celebró de nuevo en Suiza, pero esta vez en la ciudad de Lausana, del 2 al 8 de septiembre. Asistieron 64 delegados de 6 países (en esta ocasión también se hicieron presentes representantes de Bélgica y de Italia). Entre ellos había una fuerte presencia de los mutualistas, quienes impusieron en la agenda del congreso típicos temas proudhonianos, tales como el debate acerca del movimiento cooperativo y acerca del uso alternativo del crédito. Su oposición a la socialización de la propiedad de la tierra continuó siendo incuestionable y la discusión más a fondo sobre el tema se aplazó hasta el congreso siguiente.
Los mutualistas fueron durante cuatro años la parte más moderada de la Internacional. Los sindicalistas ingleses, aun no compartiendo las posiciones anticapitalistas de Marx, no tuvieron el efecto de lastre de los seguidores de Proudhon con respecto a las elecciones políticas de la organización. En 1868, por ejemplo, todavía eran muchos los sectores de la Internacional de tendencia mutualista que se oponían a la práctica de la huelga.
Ahora bien, antes que Marx, los que volvieron marginal la doctrina de Proudhon en la Internacional fueron los propios trabajadores. Fue, sobre todo, la proliferación de huelgas lo que convenció a los mutualistas de cuán erróneas eran sus concepciones. Fueron las luchas proletarias las que les mostraron que la huelga era la respuesta inmediata y necesaria para mejorar las condiciones existentes, y también, al mismo tiempo, para fortalecer la conciencia de clase indispensable para construir la sociedad del futuro. Fueron las mujeres y los hombres de carne y hueso quienes pararon la producción capitalista exigiendo derechos y justicia social; fueron ellos quienes cambiaron el equilibrio de poder en la Internacional y, lo que es más significativo, en la sociedad. Fueron los trabajadores del bronce de París, los trabajadores textiles de Rouen y de Lyon, los mineros de St-Etienne quienes, con una fuerza superior a cualquier discusión teórica, convencieron a los dirigentes internacionalistas franceses sobre la necesidad de socializar la tierra y la industria. Fue, en definitiva, el movimiento obrero el que demostró, contradiciendo a Proudhon, que era imposible separar la cuestión económico-social de la cuestión política.
El Congreso de Bruselas, celebrado entre el 6 y 13 de septiembre de 1868, con la presencia de 99 delegados de Francia, Inglaterra, Suiza, Alemania, España y Bélgica (con 55 representantes), sancionó la redimensión de los mutualistas. El momento culminante fue el pronunciamiento a favor de la propuesta, hecha por César De Paepe, de socializar los medios de producción. La resolución votada representó un paso decisivo en el proceso de definición de las bases económicas del socialismo. Esto constituyó una victoria importante del Consejo General y por primera vez se incluyeron principios socialistas en el programa político de una gran organización del movimiento obrero.
Si el Congreso de Bruselas fue la base de la cual partió el giro colectivista de la Internacional, el del año siguiente, celebrado entre el 5 y el 12 de septiembre en Basilea, terminó de confirmarlo. Los participantes del congreso fueron 78. Ellos no solo vinieron de Francia, Suiza, Alemania, Inglaterra y Bélgica, sino, como resultado de la expansión de la organización, también de España, Italia y Austria, e incluso también se contó con la presencia de un representante del Sindicato Nacional del Trabajo de Estados Unidos. Las resoluciones sobre la propiedad de la tierra, presentadas en Bruselas el año anterior, fueron confirmadas en una nueva votación y aprobadas por 54 delegados, con solo 4 votos en contra y 13 abstenciones. El nuevo texto declaraba que «la sociedad tiene el derecho de abolir la propiedad individual de la tierra y dárselo a la comunidad» y fue también aprobado por los delegados franceses.
El Congreso de Basilea tuvo también otro hecho interesante: la participación del diputado Míjail Bakunin. Al no haber podido ganar la dirección de la Liga de la Paz, Bakunin había fundado en Ginebra la Alianza de la Democracia Socialista en septiembre de 1868; una organización que en diciembre solicitó la adhesión a la Internacional. Finalmente, después de haber derrotado a los mutualistas y al fantasma de Proudhon, Marx se vio, desde ese momento, en la situación de enfrentar a un rival aún más duro; uno que conformó una nueva tendencia dentro de la organización —el anarquismo colectivista— y que aspiraba a conquistarla.
El desarrollo en toda Europa y la Comuna de París
El período comprendido entre finales de los años sesenta y principios de los setenta fue el escenario de numerosos conflictos sociales. Durante esta etapa, muchos de los trabajadores que participaron en las protestas exigieron el apoyo de la Internacional, la cual iba ganando cada vez más fama. A pesar de las limitaciones de medios y recursos, el Consejo General nunca dejó de responder a las peticiones que le llegaban, activándose, de vez en cuando, a través de la redacción de llamados a la solidaridad dirigidos a todas sus secciones en Europa y organizando colectas de fondos.
El año de 1869 fue para la Internacional un período de significativa expansión en toda Europa. En Francia, después de la dura represión de 1868, la asociación resurgió. En París, el número de afiliados alcanzó aproximadamente los 10.000, la mayoría de los cuales se adhirió a la Internacional a través de sociedades cooperativas, cámaras sindicales de oficio y sociedades de resistencia. En la ciudad de Lyon, donde en septiembre de 1870, a raíz de un levantamiento, se proclamó una Comuna Popular, luego violentamente reprimida, los cálculos más rigurosos estimaron una adhesión de 3.000 trabajadores. Se calcula que el número total de afiliados en todo el territorio nacional fue de entre 30.000 y 40.000. Esta Internacional era muy diferente a la fundada en 1865 por Tolain y Friburg. En 1870, los ejes de la organización en Francia fueron la promoción de los conflictos sociales y de la actividad política.
En Bélgica, el período que siguió al congreso de 1868 se caracterizó por el nacimiento del sindicato, por el éxito victorioso de las huelgas y por la adhesión a la Internacional de numerosas organizaciones obreras.
El número de afiliados llegó a su punto máximo a principios de los años setenta, cuando se contabilizaban en decenas de miles, superando probablemente el total alcanzado en Francia.
Durante esta fase, la tendencia positiva de la Internacional también se manifestó en Suiza. En 1870, el número total de sus militantes llegó a 6.000. En la ciudad de Ginebra había 34 secciones, para un total de 2.000 afiliados; mientras que en la región del Jura había alrededor de 800. La consolidación de la Federación del Jura (en la que estaba inscripto Bakunin) representó una etapa importante en la construcción de una corriente anarquista-federalista en el interior de la Internacional. Su principal figura fue el joven James Guillaume, quien tuvo un papel clave en el enfrentamiento con Londres. En esta fase, las ideas de Bakunin comenzaron a difundirse en muchas ciudades, sobre todo en el sur de Europa. El país en el que obtuvieron el consenso más rápido fue España.
En la Confederación Germánica del Norte, se desarrolló una situación completamente diversa. A pesar de que el movimiento obrero de ese país contaba ya con dos organizaciones políticas, la Asociación General de Trabajadores Alemanes, de tendencia lassalleana, y el Partido de los Trabajadores Socialdemócratas de Alemania, de orientación marxista, el entusiasmo que allí se manifestó por la Internacional fue mínimo, así como fueron muy pocas las solicitudes de adhesión.
Como compensación para la decepcionante situación en Alemania, hubo dos acontecimientos positivos. En mayo de 1869, se fundaron otras secciones de la Internacional en un nuevo país, Holanda, y la organización comenzó a desarrollarse lentamente en Ámsterdam y en Frisia. Poco después, también renació en Italia, país en el que estaba presente desde antes, pero con sólo algunos grupos dispersos y desconectados entre ellos.
Aún más significativo, al menos por su carácter simbólico, fue la llegada de la Internacional al otro lado del océano. De hecho, a partir de 1869, y por iniciativa de algunos inmigrantes que habían llegado en los años anteriores, se formaron las primeras secciones en los Estados Unidos de América. Sin embargo, la organización estuvo marcada, desde su inicio, por dos limitaciones que nunca fueron superadas. No fue capaz de reducir el carácter nacionalista de varios grupos que se unieron a ella y no logró tampoco involucrar a los obreros autóctonos.
En este escenario de expansión universal, aunque marcada por contradicciones evidentes y por el avance desigual de desarrollo en los distintos países, la Internacional se aprontaba a celebrar su quinto congreso en septiembre de 1870. La Guerra Franco-Prusiana que estalló el 19 de julio 1870 obligó, sin embargo, a suspender el congreso. El estallido de una guerra en el centro de Europa impuso a la Internacional una prioridad absoluta: ayudar al movimiento obrero a expresar una posición independiente y distante de la retórica nacionalista de la época.
Tras la captura de Bonaparte, derrotado por los alemanes en Sedan el 4 de septiembre de 1870, se proclamó en Francia la Tercera República. Le siguió un armisticio basado en las condiciones impuestas por Bismarck, que desencadenó el llamado a elecciones y la posterior designación de Adolphe Thiers a cargo del poder ejecutivo, con el apoyo de una amplia mayoría legitimista y orleanista. La clara perspectiva de un gobierno que no llevaría a cabo ninguna reforma social provocó la sublevación de los parisinos. Ésta finalizó con la expulsión de Thiers y el nacimiento, el 18 de marzo, de la Comuna de París, el acontecimiento político más importante en la historia del movimiento obrero del siglo XIX.
A pesar de la defensa apasionada y convincente de Marx en La guerra civil en Francia, la Internacional no instó a los parisinos a la insurrección, como tampoco ejerció una influencia decisiva en la Comuna de París. A partir de ese momento, sin embargo, estuvo en el ojo de la tormenta. El giro violento que tomó la Comuna de París, y la furia de la brutal represión desatada por todos los gobiernos europeos, no impidieron que la Internacional aumentara sus propias fuerzas. Si bien se vio atacada con frecuencia por las calumnias que sus adversarios escribían en su contra, la «Internacional» se convirtió, en este período, en una palabra conocida por todos. En las bocas de los capitalistas y de la clase burguesa, fue sinónimo de amenaza al orden establecido; pero, para las obreras y los obreros, significó la esperanza de un mundo sin explotación y sin injusticia. La confianza en que era posible lograrlo aumentó después de la Comuna de París. Ella le dio vitalidad al movimiento obrero, lo instó a tomar posiciones más radicales y a intensificar la militancia. París mostró que la revolución era posible, que el objetivo podía y debía ser la construcción de una sociedad radicalmente diferente de la capitalista y también que, para lograrlo, los trabajadores tendrían que dar vida a formas de asociación política estables y bien organizadas.
La crisis de la Internacional
En este escenario que no favorecía la convocatoria de un nuevo Congreso, a casi dos años del último, el Consejo General decidió organizar una conferencia en la ciudad de Londres. Tuvo lugar entre el 17 y 23 de septiembre y contó con la presencia de 22 delegados que vinieron de Inglaterra, Irlanda, Bélgica, Suiza y España, a los que se sumaron también los exiliados franceses.
La decisión más importante que se tomó durante el congreso, y por la cual se lo recuerda, fue la aprobación de la resolución sobre «la acción política de la clase obrera « (resolución IX). En el texto aprobado en Londres se afirmaba: que la clase obrera, contra este poder colectivo de las clases poseedoras, puede actuar como clase solo cuando se constituye como un partido político autónomo, contrapuesto a todas las viejas formaciones partidarias de las clases poseedoras; que esta construcción de la clase obrera en partido político es indispensable para el triunfo de la revolución social y de su fin último: la abolición de las clases.
Si el Congreso de Ginebra de 1866 había señalado la importancia del sindicato, la Conferencia de Londres de 1871 definió la otra herramienta de lucha fundamental del movimiento obrero: el partido político. Marx estaba convencido de que las resoluciones adoptadas en Londres habrían recibido la aprobación de casi todas las principales federaciones y secciones locales. Sin embargo, pronto tuvo que cambiar de opinión.
Si la posición crítica de la Federación del Jura había sido tomada en consideración, Marx se sorprendió cuando, en 1872, emergieron desde muchos frentes signos de descontento y de rebelión contra su línea política. En muchos países, las decisiones tomadas en Londres fueron consideradas una grave injerencia en la autonomía en la política local y, por lo tanto, una imposición inaceptable. La federación belga, que durante la conferencia había tratado de construir una mediación entre las partes, comenzó a tomar una posición muy crítica con respecto a Londres. Posteriormente, los holandeses también tomaron distancia. Aún más duras fueron las reacciones en el sur de Europa, donde la oposición logró, rápidamente, un consenso notable.
Las acusaciones contra el Consejo General fueron de distinto tipo y las motivaron, muchas veces, solo razones de índole personal. Fue así que se produjo una extraña alquimia que volvió aún más problemática la gestión de la organización. El principal adversario al cambio que desencadenó la resolución IX fue un entorno que no estaba todavía preparado para recibir el salto cualitativo propuesto por Marx. Pese a las declaraciones de ductilidad que lo acompañaron, el cambio iniciado en Londres fue percibido por muchos como una gran imposición. El principio de autonomía de las distintas realidades que componían la Internacional era considerado como una de las piedras angulares de la Asociación, no sólo por el grupo más vinculado a Bakunin, sino también por la mayor parte de las federaciones y secciones locales. Este fue el error de análisis que cometió Marx y que precipitó la crisis de la Internacional.
La batalla final se desató a fines del verano de 1872. Después de los acontecimientos que durante tres años alteraron el curso de su historia —la Guerra Franco-Prusiana, la violenta represión que siguió a la Comuna de París y los numerosos conflictos internos— la Internacional pudo finalmente celebrar otro congreso. Su quinto Congreso General se llevó a cabo en La Haya, entre el 2 y el 7 de septiembre. Participaron 65 delegados en representación de más de 14 países (Francia, Alemania, Bélgica, Inglaterra, España, Suiza, Holanda, Austria-Hungría, Dinamarca, Irlanda, Hungría, Polonia, Portugal y Australia). Si bien los internacionalistas italianos no enviaron sus 7 delegados en protesta contra las decisiones tomadas en el año anterior en Londres, el congreso de 1872 fue sin duda el más representativo de la historia de la Internacional. La importancia decisiva del evento llevó a Marx a asistir en persona.
La decisión más importante tomada en La Haya fue la inclusión de la resolución IX del Congreso de Londres en los estatutos de la Asociación. La lucha política fue finalmente considerada una herramienta necesaria para la transformación de la sociedad: «puesto que los señores de la tierra y del capital hacen uso de sus privilegios políticos para defender y perpetuar su monopolio económico y esclavizar el trabajo, la conquista del poder político se convierte en el gran deber del proletariado».
En 1872, la Internacional era, por lo tanto, muy diferente a lo que había sido en el momento de su fundación. Los componentes democratico-radicales habían abandonado la Asociación, después de haber sido desplazados. Los mutualistas habían sido derrotados y sus fuerzas, drásticamente reducidas. Los reformistas ya no constituían la parte predominante de la organización (salvo en Inglaterra) y el anticapitalismo se había convertido en la línea política de toda la Internacional, incluso de las nuevas tendencias —como la anarco-colectivista— que se habían formado en el curso de los últimos años. Si bien durante la existencia de la Internacional Europa había sido atravesada por un período de gran prosperidad económica, los obreros tenían cada vez más claro que su estado solo cambiaría realmente cuando se acabara la explotación del hombre por el hombre, y no mediante reivindicaciones económicas tendientes a lograr leves paliativos a las condiciones existentes.
El escenario, por otra parte, había cambiado radicalmente incluso fuera de la organización. La unificación de Alemania, que tuvo lugar en 1871, marcó el inicio de una nueva era, en la que el Estado-nación se afirmó definitivamente como forma de identidad política, jurídica y territorial. El nuevo contexto volvía poco plausible la continuidad de un organismo supranacional al cual las organizaciones de distintos países, aunque conservaran su autonomía, tuvieran que ceder una parte significativa de la conducción política.
La configuración inicial de la Internacional había sido superada y su misión original había terminado. Ya no se trataba de buscar predisposición y de coordinar iniciativas de solidaridad en apoyo de las huelgas a escala europea, ni de celebrar congresos para discutir la utilidad de las organizaciones sindicales o la necesidad de socializar la tierra y los medios de producción. Estas cuestiones se habían convertido en el patrimonio colectivo de todos los componentes de la organización. Después de la Comuna de París, el verdadero reto para el movimiento obrero era la revolución, o cómo organizarse para poner fin al modo de producción capitalista y derrocar las instituciones del mundo burgués.
Durante el Congreso de La Haya se sucedieron diversas votaciones, que despertaron fuertes polémicas. Se sancionó la expulsión de Bakunin y de Guillaume y fue aprobado el traslado de la sede del Consejo General a Nueva York. Fueron muchos, incluso en las filas de la mayoría, a votar en contra de esta moción, comprendiendo que tal decisión marcaría el fin de la Internacional como estructura operativa. Para Marx, sin embargo, era mejor renunciar a la Internacional (a partir de entonces ya no formó parte del Consejo General) antes que verla caer en las manos de sus adversarios y ser testigo de su mutación en una organización sectaria. La muerte de la Internacional era altamente preferible a la perspectiva de una lenta y costosa lucha fratricida. No obstante, todavía no es convincente el argumento que esgrimen muchos especialistas, según el cual el ocaso de la Internacional se originó en el conflicto de sus dos corrientes principales; o lo que es aún más improbable, en el librado entre dos hombres, por más que se tratara de hombres de la talla de Marx y de Bakunin. Las razones de su fin han de buscarse en otro lado. Aquello que volvió obsoleta la Internacional fueron los grandes cambios que ocurrieron fuera de ella. El crecimiento y la transformación de las organizaciones del movimiento obrero, el fortalecimiento de los Estados nacionales, la ampliación de la Internacional en países como España e Italia, caracterizados por condiciones económicas y sociales muy diferentes a las de Inglaterra y Francia (en donde había nacido la Asociación), el definitivo giro moderado del sindicalismo inglés y la represión que siguió a la caída de la Comuna de París: todos estos factores actuaron de forma concomitante para transformar la configuración original de la Internacional en una inadecuada para las cambiantes condiciones históricas del momento.
La nueva Internacional
En 1872, la Internacional que había nacido en 1864 dejó de existir. La gran organización que durante ocho años había sostenido con éxito numerosas huelgas y luchas, forjado un programa teórico anticapitalista y ramificado su presencia en todos los países europeos, implosionó luego del Congreso de La Haya. Sin embargo, su historia no acabó con la partida de Marx. En su lugar surgieron dos reagrupamientos de fuerzas, pero más pequeños y sin la capacidad proyectual ni la ambición política de la Internacional. El primero estaba compuesto por los «centralistas», es decir, por la parte mayoritaria del último congreso, que bregaba por una organización dirigida políticamente por un Consejo General. El segundo estaba formado por los «autonomistas», o la minoría, que consideraba que las secciones gozaban de absoluta autonomía en la toma de decisiones.
La organización «centralista» se mantuvo operativa solo en algunos pocos países, su vida fue corta y no produjo ninguna elaboración teórica; los autonomistas, por el contrario, continuaron siendo durante unos años, una realidad concreta y sin dudas más activa. Su último congreso se celebró en Verviers, en septiembre de 1877, con la presencia de 22 delegados. Sin embargo, todos ellos pertenecían a la tendencia anarquista. El resto de las corrientes se reunió en la ciudad de Gante con motivo del Congreso Socialista Universal, el mayor encuentro jamás realizado entre las organizaciones del movimiento obrero. Incluso la Internacional autonomista, que solo había mantenido una base popular en España, había también concluido su ciclo. La superó la creciente toma de conciencia, que se extendió en casi todo el movimiento obrero europeo, sobre la importancia absoluta de participar en la lucha política con organizaciones partidarias. El final de la experiencia autonomista también selló el ocaso de la relación entre anarquistas y socialistas, quienes, a partir de ese momento, vieron cómo sus caminos se separaban definitivamente.
En las décadas subsiguientes, el movimiento obrero adoptó un programa socialista, se expandió primero en Europa y luego en todos los rincones del mundo y construyó nuevas estructuras de coordinación supranacional. Cada una de éstas, además de conservar el nombre (por ejemplo, la Segunda Internacional de 1889-1916 o la Tercera Internacional de 1919-1943), mantuvo los principios y las enseñanzas de la «primera» Internacional. De esta manera, su mensaje revolucionario reveló su extraordinaria fertilidad, generando con el correr del tiempo resultados todavía mejores que los conseguidos durante su existencia.
La Internacional dejó impresa en las conciencias de los proletarios la convicción de que la liberación del trabajo respecto del yugo del capital no podía lograrse dentro de los límites de un solo país, sino que se trataba de una cuestión global. Además, gracias a la Internacional, los obreros comprendieron que su emancipación solo podía ser conquistada por ellos mismos, por su capacidad de organización, y que no debía ser delegada a otros. Por último, la Internacional difundió entre los trabajadores la conciencia de que su esclavitud cesaría solamente con la superación del modo de producción capitalista y del trabajo asalariado, ya que las mejoras internas al sistema vigente, que sin embargo se buscaban, no habrían modificado la dependencia económica respecto de las oligarquías patronales.
Un abismo separa las esperanzas de ese tiempo de la desconfianza en el presente; la determinación antisistémica de aquellas luchas y la subordinación ideológica contemporánea; la solidaridad que construyó el movimiento obrero de entonces y el individualismo actual, producto de las privaciones y de la competencia del mercado; la pasión por la política de los trabajadores que se reunieron en Londres en 1864 y la resignación y la apatía que hoy prevalecen.
No obstante, en una época en la que el mundo del trabajo se ve obligado a soportar condiciones de explotación similares a las del siglo XIX, el proyecto de la Internacional recobra ahora una importancia extraordinaria. Detrás de cada injusticia social, en cada lugar donde se pisotean los derechos de las trabajadoras y los trabajadores, germina la semilla de la nueva Internacional.
La barbarie del «orden mundial» actual, los desastres ecológicos producidos por el modo de producción vigente, la brecha inaceptable entre la riqueza de una minoría de explotadores y el estado de indigencia en el que están sumidos cada vez más amplios sectores de la población, la opresión de género, los nuevos vientos de guerra, el racismo y el chovinismo exigen al movimiento obrero que se reorganice con urgencia a partir de dos características de la Internacional: la versatilidad de su estructura y el radicalismo de los objetivos a alcanzar. Las metas de la organización nacida en Londres, hace más de 150 años, son hoy más actuales que nunca. Para estar a la altura de los desafíos del presente, sin embargo, la nueva internacional no podrá prescindir de dos requisitos fundamentales: ser plural y anticapitalista.
3. La rusofobia actual en EEUU
Scott Ritter escribe sobre la ola de rusofobia imperante ahora en los EEUU, la que él denomina Red Scare 2.0, aunque sería más correcto hablar como mínimo de la 3.0: la que se produjo tras el triunfo de la revolución; la de los años 40-50 y ahora esta tercera. En estos casos siempre se producen fenómenos curiosos, chuscos, incluso, como pasa ahora con los artistas rusos, a los que se quiere hacer pasar por ucranianos con los argumentos más peregrinos. Y siempre hay políticos dispuestos a hacer el imbécil por una buena foto, tirando vodka y cosas así. La diferencia principal es que el, o los Red Scare anteriores eran claramente ideológicos, contra la izquierda, mientras ahora son más específicamente antirusos. Por no hablar del brutal antichinismo que hay ahora en ese gran país, que afecta a menudo a ciudadanos filipinos. No vayamos a pedir a los estadounidenses, conocidos por su exquisita cultura, que hilen tan fino… The Red Scare 2.0: Russophobia in America Today
“El Miedo Rojo 2.0: La rusofobia en los Estados Unidos de hoy” por Scott Ritter
Desde hace algún tiempo vengo luchando con el tema de la rusofobia en Estados Unidos. Como alguien que se curtió estudiando historia rusa en la universidad y que, en una etapa temprana de mi desarrollo como adulto, tuvo la oportunidad de vivir y trabajar en Rusia durante la era soviética, tengo un profundo, aunque reconozco que incompleto, aprecio por la cultura, la lengua y la historia rusas. Esta apreciación me ha facultado para emitir juicios fundados sobre Rusia, sus dirigentes políticos y su pueblo, especialmente a la hora de evaluar las interacciones entre Rusia y Estados Unidos en la actualidad.
Sin este bagaje, cabría esperar que fuera susceptible a la rusofobia que emana del gobierno estadounidense y de la que se hacen eco sin cuestionarla los medios de comunicación estadounidenses. Con ello, soy capaz de ver a través de las falsedades y caracterizaciones erróneas que parecen deliberadamente diseñadas para deformar la sensibilidad y la lógica de la audiencia a la que va dirigida la rusofobia: el pueblo estadounidense.
Hace poco, me encontré con un ensayo publicado por el embajador de Rusia en Estados Unidos, Anatoly Antonov, en el periódico ruso Rossiyaskaya Gazeta, y posteriormente publicado en la página de Facebook de la embajada rusa. El título del ensayo, La rusofobia como tumor maligno en Estados Unidos, es ciertamente provocativo, como deben serlo todos los buenos títulos que invitan a la reflexión. Después de leerlo, me di cuenta de que, para combatir la rusofobia, debía ayudar a dar a conocer el ensayo del Embajador al mayor número de personas posible.
«Rusia», comienza el ensayo, «siempre ha venerado y respetado las ricas tradiciones culturales de todos los países. Este es el núcleo de nuestra identidad nacional, nuestra mentalidad y nuestra condición de Estado. La cultura debe seguir siendo siempre el puente para fortalecer la confianza entre los pueblos, por complicadas que sean las relaciones entre los Estados.»
No hubo «anulación de la cultura» ni siquiera durante la Guerra Fría. Un hecho menos conocido es que el primer Concurso Internacional Chaikovski de 1958 fue ganado por Van Cliburn, un destacado pianista de nacionalidad estadounidense. Su sensacional actuación en Moscú en plena Guerra Fría ayudó a romper barreras y dio esperanzas de encontrar un entendimiento mutuo basado en el amor por la música clásica.
La historia de cómo Harvey Lavan «Van» Cliburn, un pianista tejano alto y de pelo rizado, conquistó Moscú es legendaria. En 1958, las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética eran tensas, afectadas por la política de la Guerra Fría. Para promover el deshielo de las relaciones, soviéticos y estadounidenses propusieron una serie de intercambios culturales. Los soviéticos, por su parte, convocaron el primer Concurso Internacional de Piano Chaikovski, llamado así en honor del famoso compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski.
Tchaikovsky es quizás más conocido en Estados Unidos por su emocionante Obertura 1812, la melódica Suite del Cascanueces, antaño un clásico navideño, y el inolvidable ballet El lago de los cisnes. La premisa del concurso era invitar a 50 músicos de 19 países a competir en un certamen internacional diseñado para destacar los logros soviéticos en las artes. Se convocó a un distinguido jurado, encabezado por Dmitri Shostakovich, compositor legendario por derecho propio, para juzgar la competición.
Cliburn fue uno de los varios estadounidenses invitados a competir. Su interpretación del primer concierto para piano de Chaikovski, considerada una de las composiciones más populares de Chaikovski y, como tal, conocida por todos, que deja poco margen para el error o la mala interpretación, puso al público en pie. Olga Kern, una de las mejores pianistas clásicas rusas, dijo de la actuación: «Van Cliburn ganó porque tocó de una manera grandiosa. Atronador. Era precioso; el piano cantaba. Sonaba tan nuevo y fresco. Fue increíble».
Cuenta la leyenda popular que Shostakovich no estaba seguro de poder conceder el primer premio a un estadounidense. Cuando el afamado compositor soviético pidió consejo a Nikita Jruschov, el líder soviético le preguntó: «¿Es el mejor?». Shostakovich contestó que sí, a lo que Jruschov anunció: «¡Entonces denle el premio!».
Van Cliburn regresó a Estados Unidos convertido en un héroe y desfiló por la Avenida de los Héroes de Nueva York, siendo el único músico que ha recibido tal honor. La revista Time lo puso en su portada, con el titular: «El tejano que conquistó Rusia».
Seis meses antes del logro de Van Cliburn, los soviéticos habían puesto en órbita el primer satélite del mundo, el Sputnik, un acto que hizo que muchos estadounidenses se sintieran vulnerables e inseguros. El país aún se tambaleaba por la política de miedo a los rojos del senador Joe McCarthy, cuya admonición de que «no se puede ofrecer amistad a tiranos y asesinos… sin promover la causa de la tiranía y el asesinato» siguió resonando en ciertos círculos incluso después de su muerte en 1957.
De hecho, la actuación de Van Cliburn ayudó a «derribar barreras» y dio «esperanzas de encontrar un entendimiento mutuo». No hay ninguna mentira en el ensayo escrito por el diplomático ruso.
«La cooperación cultural», señalaba el ensayo del Embajador Antonov, «ayudó entonces a derretir el hielo. Su importancia no puede sobrestimarse tampoco en nuestros días, porque el lenguaje universal del arte une a personas de distintas nacionalidades, independientemente de lo que ocurra en el ámbito de la gran política.»
Fue, en resumen, un acontecimiento histórico, digno de atención y reconocimiento continuos. Y, en gran parte gracias al singular logro de Van Cliburn, el Concurso Internacional Chaikovski pasó a convertirse en uno de los certámenes musicales más conocidos y respetados del mundo.
«El concurso», observaba el ensayo, «fue excluido de la Federación Mundial de Concursos Internacionales de Música en 2022 en medio de una rusofobia indiscriminada».
Esta afirmación también es cierta. El 13 de abril de 2022, la Federación Mundial de Concursos Internacionales de Música votó por abrumadora mayoría excluir al Concurso Internacional Chaikovski de entre sus miembros. En un comunicado de prensa, la federación declaró que «muchos laureados del Concurso Chaikovski se encuentran entre los artistas más destacados de la actualidad. Sin embargo, ante la brutal guerra y las atrocidades humanitarias cometidas por Rusia en Ucrania, la [federación], como organización apolítica, no puede apoyar ni tener como miembro a un concurso financiado y utilizado como herramienta de promoción por el régimen ruso.»
En 2003, tras la invasión de Irak por parte de Estados Unidos -un acto ampliamente reconocido en todo el mundo como un flagrante acto de agresión que violaba el derecho internacional-, el Concurso Internacional de Piano Van Cliburn, uno de los seis concursos de música estadounidenses forman parte de una red de unas 120 organizaciones reconocidas internacionalmente que componen la federación, y cuyo objetivo colectivo es «descubrir a los jóvenes talentos más prometedores de la música clásica a través de la competición pública», no fue excluido por la Federación Mundial de Concursos Internacionales de Música.
Demasiado para el estatus «apolítico» de la federación. La exclusión por parte de la federación del Concurso Internacional Chaikovski es un acto intrínsecamente político, un claro ejemplo de rusofobia. Pretender lo contrario es ilógico, pero, de nuevo, la rusofobia («el miedo o aversión a Rusia y a su gente, a menudo basado en estereotipos y propaganda»), como todas las demás fobias, es intrínsecamente ilógica, ya que representa una reacción excesiva, extrema, irracional, de miedo o pánico derivada de la ignorancia del tema en cuestión.
«Y sin embargo», declaró Antonov, «a pesar de ello, los representantes de Estados Unidos siguen intentando convertirse en laureados y ganadores de este prestigioso concurso». En el Concurso Internacional Juvenil Chaikovski 2023, por cierto, participaron 128 talentosos intérpretes de 14 países, entre ellos Estados Unidos».
De nuevo, no es una afirmación falsa: el XI Concurso Internacional Chaikovski para Jóvenes Músicos se celebró en Moscú y San Petersburgo en enero de 2023. Allí, 27 jóvenes músicos de Rusia, China, la República de Corea y Estados Unidos fueron seleccionados para participar en la ronda final. Los dos primeros puestos fueron para competidores de China, mientras que el tercero fue para un intérprete ruso. Pero los estadounidenses estaban allí, participando, y eso es lo que importa.
Los artistas rusos están considerados entre los más destacados del mundo, y muchas de sus obras se encuentran en galerías de arte de todo el planeta. Y sin embargo, incluso aquí, la rusofobia ha levantado su fea cabeza, como señala el ensayo ruso. «El ‘virus del odio’ antirruso está dando metástasis y sigue afectando a Estados Unidos», afirma el ensayo. «También ha infectado a las principales galerías de arte estadounidenses, que ahora intentan superarse unas a otras en sus esfuerzos por ‘cancelar’ la cultura rusa.
«El Museo Metropolitano de Arte», informa el embajador Antonov, «ha reclasificado a los grandes pintores rusos Arkhip Kuindzhi, Ivan Aivazovsky e Ilya Repin como ucranianos guiándose por el hecho de que nacieron en Mariupol, Feodosia y Chuguev, lo cual es poco menos que un completo absurdo.»
Una vez más, la afirmación expuesta en el ensayo es objetivamente correcta. «El Met investiga y examina continuamente los objetos de su colección para determinar la forma más adecuada y precisa de catalogarlos y presentarlos», dijo un portavoz del Met al comentar la reclasificación. «La catalogación de estas obras se ha actualizado tras las investigaciones realizadas en colaboración con estudiosos del tema».
La «colaboración» de la que habla el Met se produjo en forma de presión online por parte de alguien a quien el Met describió como una historiadora del arte ucraniana, Oksana Semenik, cuya cuenta de Twitter, Ukrainian Art History (@ukr_arthistory) llevó a cabo una campaña concertada criticando al Met por etiquetar incorrectamente las obras de Arkhip Kuindzhi como rusas. «Todos sus famosos paisajes eran sobre Ucrania, Dnipro y las estepas», tuiteó Semenik. «Pero también sobre el pueblo ucraniano». https://twitter.com/ukr_
Historia del arte ucraniano @ukr_arthistory
Todos sus famosos paisajes eran sobre Ucrania, Dnipro y las estepas. Pero también sobre el pueblo ucraniano.
‘La cabeza de un campesino ucraniano con sombrero de paja’ (1895), ‘Puesta de sol’ , ‘Camino de Chumaks en Mariupol’ (1875), ‘Estepa’
Pero, como señala el ensayo del embajador, «esto no resiste ninguna crítica al menos porque los artistas se consideraban rusos». Por si acaso: étnicamente, Ilya Repin era ruso, Ivan Aivazovsky era armenio y Arkhip Kuindzhi era griego. Los tres nacieron en el Imperio Ruso, cuando no existía el Estado ucraniano».
Kuindzhi era un pintor paisajista del Imperio ruso de origen griego póntico. Cuando nació, en 1841, la ciudad de Mariupol era una de las subdivisiones de la gobernación de Yekaterinoslav del Imperio ruso. Los paisajes que pintó representaban, en la época en que fueron realizados, escenas rusas y gente rusa. Desde cualquier punto de vista, Kuindzhi era un artista ruso.
Aunque Ivan Aivazovsky era de etnia armenia, toda Rusia lo consideraba (y lo considera) un pintor romántico emblemático, considerado uno de los más grandes maestros del arte marino de todos los tiempos. De hecho, varias obras de Aivazovsky cuelgan en la residencia del embajador Antonov en Washington DC.
Antes de la reclasificación, el Met describía así a Aivazovsky: «El artista romántico ruso Ivan Konstantinovich Aivazovsky (1817-1900) fue ampliamente conocido por sus pinturas de batallas navales, naufragios y tormentas en el mar. Nacido en el seno de una familia armenia en la ciudad portuaria de Feodosia, en Crimea, Aivazovsky fue enormemente prolífico: afirmó haber creado unos seis mil cuadros a lo largo de su vida. Era uno de los favoritos del Zar Nicolás I y fue nombrado artista oficial de la armada imperial rusa».
En cuanto a Ilya Repin, su padre había servido en un regimiento ulano del ejército ruso, y Repin se graduó en la Academia Imperial de Bellas Artes de San Petersburgo.
La rusofobia del Met no se detuvo ahí. Como señala el ensayo de Antonov, «Otro ejemplo de la ignorancia del Met es el cambio de nombre de ‘Bailarinas rusas’ de Edgar Degas por ‘Bailarinas vestidas de ucranianas'».
Esto es cierto. Además, al presentar la obra, el Met declaró: «En 1899, Degas realizó una serie de composiciones dedicadas a bailarinas con trajes folclóricos ucranianos», ignorando el hecho de que el propio Degas llamó a los dibujos «Bailarinas rusas», reflejando así la realidad de que dedicaba sus dibujos a bailarinas con trajes folclóricos rusos.
Pero la exactitud histórica no es, al parecer, a lo que aspira el Met. Como explica el embajador Antonov, «además, un comentario añadido bajo el cuadro dice ahora: El tema refleja el auge del interés francés por el arte y la cultura de Ucrania, entonces parte del Imperio ruso, tras la alianza política de Francia con ese Imperio en 1894″. Quienes tuvieron esta idea no se molestaron en averiguar que fueron bailarinas del Ballet Imperial Ruso de gira por París quienes inspiraron al impresionista francés para crear la obra maestra. Es ingenuo imaginar», señala cáusticamente el Embajador, «que el artista conocía ‘la gran escuela coreográfica ucraniana'».
Anatoly Antonov arremete contra las decisiones del Met de cancelar la historia del arte ruso en nombre de la señalización de virtudes. «El Museo Americano de Arte Moderno», señala en su ensayo, «también ha cedido al desvarío, dedicando una galería de la colección permanente a obras de ‘ucranianos étnicos’. Titulada ‘En solidaridad’, cuenta con piezas de Kazimir Malevich, Leonid Berlyavsky-Nevelson, Sonia Delaunay-Terk e Ilya Kabakov».
Kazimir Malevich era de etnia polaca, nació en Kiev en 1879 y está considerado uno de los principales artistas de vanguardia y teóricos del arte rusos. Su obra pionera influyó profundamente en el desarrollo del arte abstracto del siglo XX. Su arte, y la política asociada a él, entraron en conflicto con Joseph Stalin, y Malevich sufrió persecución a manos del KGB, antes de morir en Leningrado en 1935.
Oksana Semenik, historiadora del arte ucraniana reconvertida en activista, lideró una campaña en Internet para que el Met reclasificara a Malévich como ucraniano. «Críticos de arte rusos que tuvieron acceso a los archivos del KGB», tuiteó, sin hacer referencia ni al crítico de arte ni al material de archivo en cuestión, «señalan que Malévich respondió que era ucraniano cuando le preguntaron por su nacionalidad».
Historia del arte ucraniano @ukr_arthistory
Semenik continuó tuiteando: «Entonces, @MuseumModernArt, ¿qué te parece hacer correcciones sobre su verdadera nacionalidad? Será un regalo para su cumpleaños (nota: Malevich nació el 23 de febrero)».
Sin embargo, en el caso de la Sra. Seminik parece faltar un mínimo de diligencia debida, del tipo que cabría esperar de una institución como el Museo Metropolitano de Arte, donde la precisión asidua en la búsqueda de la historia del arte es la norma, no la excepción.
Lejos de ser una simple historiadora del arte, Oksana Seminik es lo que ella llama una «periodista cultural» cuyos artículos se han publicado en medios como The New Statesman, una revista política y cultural progresista británica con un sesgo editorial decididamente proucraniano y antirruso. El 4 de abril de 2022, The New Statesman publicó un artículo de Oksana Seminik titulado «Escapé de las atrocidades rusas en Bucha. Mis vecinos no tuvieron tanta suerte».
El relato de la Sra. Seminik es lo que es, y es importante señalar que no proporciona ninguna observación de primera mano de las llamadas «atrocidades rusas». Lo más interesante es que nombra a su compañera, Saskho Popenko, y a la persona que editó y tradujo el artículo al inglés, Nataliya Gumenyuk. Ambas son periodistas que trabajan para el Laboratorio de Periodismo de Interés Público, que en 2022 fue galardonado con el Premio a la Democracia de la Fundación Nacional para la Democracia (NED), una antigua organización no gubernamental creada en 1983 durante la administración Reagan para asumir el control de los programas de la CIA que operaban en el extranjero, diseñados para influir en las opiniones y políticas públicas-privadas internacionales. La NED se financia mediante una subvención anual de la Agencia de Información de Estados Unidos, y recibe encargos directos del Congreso estadounidense en relación con países específicos de interés para Estados Unidos. Ucrania ha sido designada como tal país.
En 2015, la NED fue prohibida en Rusia en virtud de una ley dirigida contra las denominadas organizaciones internacionales «indeseables».
No es mi posición cuestionar los motivos de la Sra. Seminik, la Sra. Gemenyuk, el Laboratorio de Periodismo de Interés Público o la NED.
Del mismo modo, la política interior rusa es asunto de Rusia y de quienes se ven afectados por ella, incluida la NED.
Sin embargo, no se puede pretender hacer la vista gorda, como hace el Met, ante el hecho de que su más ardiente defensora de la cancelación cultural de Rusia en el Met no es una simple «historiadora del arte» ucraniana, sino más bien una periodista-activista afiliada a una organización ucraniana partidista que recibe financiación de una agencia controlada por el gobierno estadounidense que tiene un resentimiento contra Rusia por haber sido desalojada por «indeseable».
Al actuar de acuerdo con las pasiones de la Sra. Seminik en relación con la reclasificación de artistas rusos de larga trayectoria como ucranianos (algo que el Kiev Post ha descrito como la «descolonización del arte ucraniano»), el Met se ha permitido convertirse, a sabiendas o no, en una herramienta de facto de propaganda antirrusa.
Este no es el papel adecuado de una gran institución cultural estadounidense.
Aquí dejaré que el enfado y la frustración del embajador ruso en Estados Unidos se manifiesten sin comentarios:
A juzgar por la retórica de la «beau monde» del arte estadounidense, Vasili Kandinsky, oriundo de Moscú, y sus obras son los siguientes en ser «ukrainizados». Hay una acalorada discusión sobre si el hecho de que estudiara en Odessa es una buena razón para tratarlo como un artista ucraniano.
Aquí surge la pregunta para los innovadores de los museos que hasta hace poco admiraban la cultura rusa: ¿por qué se han puesto a pervertir la realidad histórica sólo ahora? ¿No es esta repentina «revelación» un banal homenaje a la moda política? De todos modos, llegará el momento de que la élite cultural estadounidense se despeje y se avergüence de sus actos.
Tal vez. Pero la realidad es que lo que hoy pasa por cultura en Estados Unidos es cualquier cosa menos eso, especialmente cuando se trata de todo lo relacionado con Rusia. Las tiendas de licores han tirado vodka «ruso» en protesta por la incursión militar rusa en Ucrania, ignorantes del hecho de que muchas de las marcas que estaban tirando procedían de lugares distintos de Rusia.
Abundan otros absurdos. El Miri Vanna, un conocido restaurante ruso de Washington D.C., ha cambiado el nombre de la famosa bebida mezclada «Moscow Mule» (dos partes de vodka, tres de ginger ale y un chorrito de zumo de lima) por el de «Kyiv Mule», y el plato básico ruso de toda la vida, el borscht, se ha redefinido como «la obra maestra de la cocina ucraniana».
Pero la guerra cultural contra todo lo ruso también tiene serias connotaciones. The Russia House, un prestigioso restaurante ruso de Washington DC, fue objeto de actos vandálicos en las semanas posteriores a la incursión rusa en Ucrania, lo que llevó a sus propietarios a cerrar definitivamente sus puertas (el restaurante, como muchos otros, había cerrado temporalmente debido a la pandemia de Covid-19).
En la ciudad de Nueva York, el emblemático restaurante ruso Samovar fue objeto de ataques simplemente por su nombre, lo que obligó a los propietarios a enarbolar banderas ucranianas y profesar su abierto apoyo a Ucrania, no fuera que ellos también fueran objeto de ataques que hicieran descarrilar su negocio.
No es sólo la cultura rusa la que está siendo anulada en Estados Unidos, sino los rusos, incluidos los enviados a Estados Unidos por el gobierno ruso para la singular tarea de mejorar las relaciones entre ambos países. En un reciente artículo publicado en Politico, titulado «Lonely Anatoly: The Russian ambassador is Washington’s least popular man» (Anatoly el solitario: el embajador ruso es el hombre menos popular de Washington), se observa que «el embajador ruso en Estados Unidos no puede conseguir reuniones con altos funcionarios de la Casa Blanca o del Departamento de Estado. No puede convencer a los legisladores estadounidenses para que le vean, y mucho menos para hacerse una foto. Es raro el think tank estadounidense que está dispuesto a admitir haber tenido algún contacto con el enviado».
El embajador Antonov no es el único funcionario ruso señalado para el aislamiento diplomático. En marzo de 2022, a petición del agregado de defensa de la embajada ucraniana, la embajada canadiense orquestó una votación de la Asociación de Agregados de Defensa, una organización profesional y social para agregados de defensa y sus cónyuges cuyo decano es seleccionado por la Agencia de Inteligencia de Defensa, para expulsar del grupo al general de división Evgeny Bobkin, agregado militar ruso asignado a la embajada rusa en Washington DC.
«Resultaba difícil creer que la xenofobia pudiera echar raíces», observó el embajador Antonov, «en un Estado que se supone descansa sobre los principios de la diversidad cultural y étnica y la tolerancia hacia los pueblos diferentes. Sin embargo, los políticos estadounidenses no sólo fomentan el odio hacia todo lo ruso, sino que lo implantan activamente en la mente de los ciudadanos. En los últimos años, no han dejado de fabricar acusaciones infundadas para justificar sanciones más duras».
Uno de los problemas a los que se enfrentan el gobierno y el pueblo rusos en la actualidad es la calidad de los individuos que componen lo que hoy en día pasa por «expertos en Rusia» en Estados Unidos. Atrás quedaron los días en que hombres como Jack Matlock, ex embajador de Estados Unidos en Rusia, o Stephen Cohen, el fallecido profesor emérito de Estudios Rusos y Eslavos que enseñó en las universidades de Columbia, Princeton y Nueva York, dominaban los salones del mundo académico y del poder. Ambos poseían un profundo conocimiento de la historia, la cultura, las tradiciones, la lengua y la política rusas. Eruditos y duros, abogaban por unas mejores relaciones entre Rusia y Estados Unidos.
Hoy han sido sustituidos por personas como Michael McFaul, ex embajador de Estados Unidos en Rusia bajo el mandato de Barack Obama, y Fiona Hill, «experta» en Rusia del Consejo de Seguridad Nacional tanto en la Casa Blanca de Obama como en la de Trump. Tanto McFaul como Hill han expresado un enfoque centrado en Putin al evaluar a Rusia, donde todo se explica a través de una concentración incompleta y estrechamente enfocada en el líder ruso por encima de la nación rusa.
El contraste entre los enfoques adoptados por Jack Matlock y Stephen Cohen, por un lado, y Michael McFaul y Fiona Hill, por el otro, no podría ser más marcado; el primero aboga por salvar las diferencias mediante un mejor entendimiento, y el otro por gestionar las diferencias mediante la contención y el aislamiento.
Uno promueve la coexistencia pacífica basada en principios de humanidad compartida.
La otra promueve un conflicto interminable alimentado por la rusofobia.
«La cultura rusa», concluye el Embajador Antonov, «no pertenece sólo a Rusia. Es un tesoro mundial. Conocemos a los estadounidenses como conocedores del verdadero arte. No hace mucho, las giras de las compañías de los teatros Bolshoi y Mariinsky, así como de nuestros renombrados músicos, abarrotaban las salas y siempre eran recibidas con una tormenta de aplausos. Parece que el público local está deseando ver artistas y exposiciones de arte rusos».
«¿No es hora de poner fin a la locura rusófoba?», pregunta el embajador ruso.
Creo que esa es la pregunta que define nuestro tiempo y nuestro destino colectivo.
¿Quién de nosotros será el próximo Van Cliburn? ¿Quién desafiará al macartismo moderno negándose a ceder a las presiones insensatas de la rusofobia y decidirá, en cambio, comprometerse con el pueblo ruso como personas, con pleno respeto y admiración por su cultura, su patrimonio, sus tradiciones y su historia? Este viaje no requiere viajar a Moscú. La derrota de la rusofobia empieza aquí en casa, simplemente decidiendo no tragarse la locura promulgada por aquellos que buscan promover el conflicto fomentando el miedo generado por la ignorancia.
Cuando se trata de detener la locura de la rusofobia, no hay momento como el presente. Porque si permitimos que prevalezcan los prejuicios basados en el miedo, puede que no haya mañana.
Observación de José Luis Martín Ramos:
Dos pequeños apuntes. The New Statesman tiene un pasado glorioso, progresista y de izquierda, pero ese no es su presente; sobre todo después de que lo comprar el empresario Mike Danton y entregara la dirección de la revista a Jason Cowley en 2008. Desde entonces ha pasado de identificarse con la derecha laborista, con Blair y Gordon Brown, a declararse «neutral» en las elecciones de 2019, seguramente para no tener que apoyar al rojo Jeremy Corbin.
La Fundación Nacional para la Democracia es una plataforma «cultural» de la CIA, con un pasado (y presente) de intervención contra todos los procesos de izquierdas en el mundo en todos sus continentes.
4. Libertad Pablo González.
Se cumple un año del encarcelamiento, sin que se hayan presentado todavía cargos verificables, de Pablo González. Me da vergüenza nuestro gobierno. Hilo con varios personajes, fundamentalmente del periodismo recordando a Pablo y pidiendo su liberación: https://twitter.com/
5. La guerra de Ucrania vista desde el Sur Global
Es repetitivo, pero vale la pena insistir en mostrarlo. Espero que consigan darnos pronto nuestro merecido. https://mronline.org/2023/02/
La guerra de Ucrania vista desde el Sur Global
Publicado originalmente: American Committee for U.S.-Russia Accord (ACURA) el 22 de febrero de 2023 por Krishen Mehta (más por American Committee for U.S.-Russia Accord (ACURA)) (Publicado el 24 de febrero de 2023)
En octubre de 2022, unos ocho meses después del comienzo de la guerra en Ucrania, la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, armonizó encuestas en las que se preguntaba a los habitantes de 137 países sobre sus opiniones acerca de Occidente, Rusia y China. Las conclusiones del estudio combinado son lo suficientemente sólidas como para exigir nuestra seria atención.
De los 6.300 millones de personas que viven fuera de Occidente, el 66% tiene una opinión positiva de Rusia y el 70% de China.
El 75% de los encuestados del sur de Asia, el 68% del África francófona y el 62% del sudeste asiático tienen una opinión positiva de Rusia.
La opinión pública sobre Rusia sigue siendo positiva en Arabia Saudí, Malasia, India, Pakistán y Vietnam.
Estos resultados han causado cierta sorpresa e incluso enfado en Occidente. A los líderes occidentales les resulta difícil comprender que dos tercios de la población mundial no se alineen con Occidente en este conflicto. Sin embargo, creo que hay cinco razones por las que el Sur Global no se pone de parte de Occidente. Analizo estas razones en el breve ensayo que sigue.
1. El Sur Global no cree que Occidente entienda o empatice con sus problemas.
El ministro de Asuntos Exteriores de la India, S. Jaishankar, lo resumió sucintamente en una entrevista reciente: «Europa tiene que salir de la mentalidad de que los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa». Los países en desarrollo se enfrentan a muchos retos, desde las secuelas de la pandemia, el elevado coste del servicio de la deuda y la crisis climática que está asolando sus entornos, hasta el dolor de la pobreza, la escasez de alimentos, las sequías y los altos precios de la energía. Sin embargo, Occidente apenas ha reconocido de boquilla la gravedad de muchos de estos problemas, incluso mientras insistía en que el Sur Global se uniera a él para sancionar a Rusia.
La pandemia de Covid es un ejemplo perfecto. A pesar de las repetidas peticiones del Sur Global para compartir la propiedad intelectual de las vacunas con el objetivo de salvar vidas, ninguna nación occidental ha estado dispuesta a hacerlo. África sigue siendo a día de hoy el continente menos vacunado del mundo. Los países africanos tienen la capacidad de fabricar las vacunas, pero sin la propiedad intelectual necesaria, siguen dependiendo de las importaciones.
Pero la ayuda llegó de Rusia, China e India. Argelia puso en marcha un programa de vacunación en enero de 2021 tras recibir su primer lote de vacunas Sputnik V de Rusia. Egipto comenzó las vacunaciones después de recibir la vacuna Sinopharm de China casi al mismo tiempo, mientras que Sudáfrica adquirió un millón de dosis de AstraZeneca del Instituto del Suero de la India. En Argentina, Sputnik se convirtió en la columna vertebral del programa nacional de vacunas. Todo esto ocurría mientras Occidente utilizaba sus recursos financieros para comprar millones de dosis por adelantado, destruyéndolas a menudo cuando caducaban. El mensaje al Sur Global era claro: la pandemia en sus países es su problema, no el nuestro.
2. La historia importa: ¿quién estuvo en qué lugar durante el colonialismo y después de la independencia?
Muchos países de América Latina, África y Asia ven la guerra de Ucrania desde una óptica diferente a la de Occidente. Ven a sus antiguas potencias coloniales reagrupadas como miembros de la alianza occidental. Esta alianza -en su mayor parte, miembros de la Unión Europea y la OTAN o los aliados más cercanos de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico- está formada por los países que han sancionado a Rusia. En cambio, muchos países de Asia, y casi todos los de Oriente Medio, África y América Latina, han intentado mantener buenas relaciones tanto con Rusia como con Occidente, evitando las sanciones contra Rusia. ¿Podría deberse esto a que recuerdan su historia como receptores de las políticas coloniales de Occidente, un trauma con el que aún viven pero que Occidente ha olvidado en su mayor parte?
Nelson Mandela solía decir que fue el apoyo de la Unión Soviética, tanto moral como material, lo que ayudó a los sudafricanos a derrocar el régimen del apartheid. Por ello, muchos países africanos siguen viendo a Rusia con buenos ojos. Y una vez que estos países alcanzaron la independencia, fue la Unión Soviética la que los apoyó, a pesar de sus propios recursos limitados. La presa egipcia de Asuán, terminada en 1971, fue diseñada por el Instituto de Proyectos Hidráulicos, con sede en Moscú, y financiada en gran parte por la Unión Soviética. La planta siderúrgica de Bhilai, uno de los primeros grandes proyectos de infraestructuras de la India recién independizada, fue creada por la URSS en 1959.
Otros países también se beneficiaron del apoyo político y económico de la antigua Unión Soviética, como Ghana, Malí, Sudán, Angola, Benín, Etiopía, Uganda y Mozambique. El 18 de febrero de 2023, en la Cumbre de la Unión Africana en Addis Abeba, Etiopía, el ministro de Asuntos Exteriores de Uganda, Jeje Odongo, dijo lo siguiente: «Fuimos colonizados y perdonamos a quienes nos colonizaron. Ahora los colonizadores nos piden que seamos enemigos de Rusia, que nunca nos colonizó. ¿Es justo? No para nosotros. Sus enemigos son sus enemigos. Nuestros amigos son nuestros amigos».
Con razón o sin ella, muchos países del Sur Global ven a la Rusia actual como sucesora ideológica de la antigua Unión Soviética. Recordando con cariño la ayuda de la URSS, ahora ven a Rusia bajo una luz única y a menudo favorable. Dada la dolorosa historia de colonización, ¿podemos culparles?
3. El Sur Global considera que la guerra de Ucrania afecta principalmente al futuro de Europa, más que al de todo el mundo.
La historia de la Guerra Fría ha enseñado a los países en desarrollo que verse envueltos en conflictos entre grandes potencias conlleva enormes riesgos pero escasas o nulas recompensas. En consecuencia, consideran que la guerra por poderes de Ucrania afecta más al futuro de la seguridad europea que al de todo el mundo. Desde la perspectiva del Sur Global, la guerra de Ucrania parece ser una costosa distracción de sus propios problemas más acuciantes. Entre ellos, el encarecimiento de los combustibles, el aumento de los precios de los alimentos, el incremento de los costes del servicio de la deuda y el aumento de la inflación, todo lo cual se ha visto agravado en gran medida por las sanciones occidentales contra Rusia.
Un reciente estudio publicado por Nature Energy afirma que hasta 140 millones de personas podrían verse abocadas a la pobreza extrema por la escalada de los precios de la energía registrada en el último año. Los altos precios de la energía no sólo repercuten directamente en la factura energética, sino que también provocan presiones al alza de los precios a lo largo de las cadenas de suministro y, en última instancia, en los artículos de consumo, incluidos los alimentos y otros artículos de primera necesidad. Esta inflación generalizada perjudica inevitablemente a los países en desarrollo mucho más que a Occidente.
Occidente puede mantener la guerra «todo el tiempo que haga falta». Tienen los recursos financieros y los mercados de capitales para hacerlo y, por supuesto, siguen profundamente comprometidos con el futuro de la seguridad europea. Pero el Sur Global no dispone del mismo lujo, y una guerra por el futuro de la seguridad en Europa tiene el potencial de devastar la seguridad del mundo entero. El Sur Global está alarmado por el hecho de que Occidente no esté llevando a cabo negociaciones que podrían poner fin anticipadamente a esta guerra, empezando por la oportunidad perdida en diciembre de 2021, cuando Rusia propuso unos tratados de seguridad revisados para Europa que podrían haber evitado la guerra pero que fueron rechazados por Occidente. Las negociaciones de paz de abril de 2022 en Estambul también fueron rechazadas por Occidente en parte para «debilitar» a Rusia. Ahora, el mundo entero -pero especialmente el mundo en desarrollo- está pagando el precio de una invasión que a los medios occidentales les gusta llamar «no provocada» pero que probablemente podría haberse evitado, y que el Sur Global siempre ha visto como un conflicto local y no internacional.
4. La economía mundial ya no está dominada por Estados Unidos ni dirigida por Occidente. El Sur Global tiene ahora otras opciones.
Varios países del Sur Global ven cada vez más su futuro ligado a países que ya no están en la esfera de influencia occidental. Si esta visión refleja una percepción precisa del cambio en el equilibrio de poder o una ilusión es, en parte, una cuestión empírica, así que veamos algunas métricas.
La cuota de Estados Unidos en la producción mundial disminuyó del 21% en 1991 al 15% en 2021, mientras que la de China aumentó del 4% al 19% durante el mismo periodo. China es el mayor socio comercial de la mayor parte del mundo, y su PIB en paridad de poder adquisitivo ya supera al de EE.UU. Los BRICS (Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica) tenían un PIB combinado en 2021 de 42 billones de dólares, frente a los 41 billones del G7 liderado por EE.UU.. Su población de 3.200 millones de habitantes es más de 4,5 veces la población combinada de los países del G7, que asciende a 700 millones.
Los BRICS no imponen sanciones a Rusia ni suministran armas al bando contrario. Rusia es uno de los mayores proveedores de energía y cereales para el Sur Global, mientras que la Iniciativa Belt and Road de China sigue siendo un importante proveedor de financiación y proyectos de infraestructuras. Cuando se trata de financiación, alimentos, energía e infraestructuras, el Sur Global debe confiar más en China y Rusia que en Occidente. El Sur Global también ve cómo se expande la Organización de Cooperación de Shanghai, cómo más países quieren unirse a los BRICS y cómo algunos países comercian ahora con divisas que les alejan del dólar, el euro u Occidente. Mientras tanto, algunos países de Europa corren el riesgo de desindustrializarse debido al encarecimiento de la energía. Esto revela una vulnerabilidad económica en Occidente que no era tan evidente antes de la guerra. Teniendo en cuenta que los países en desarrollo tienen la obligación de anteponer los intereses de sus propios ciudadanos, ¿es de extrañar que vean su futuro cada vez más ligado a países de fuera de Occidente?
5. El «orden internacional basado en normas» pierde credibilidad y está en declive.
El cacareado «orden internacional basado en normas» es el baluarte del liberalismo posterior a la Segunda Guerra Mundial, pero muchos países del Sur Global consideran que ha sido concebido por Occidente e impuesto unilateralmente a otros países. Pocos países no occidentales, si es que alguno, han suscrito este orden. El Sur no se opone a un orden basado en normas, sino más bien al contenido actual de estas normas tal y como han sido concebidas por Occidente.
Pero también hay que preguntarse si el orden internacional basado en normas se aplica incluso a Occidente.
Desde hace décadas, muchos en el Sur Global consideran que Occidente se sale con la suya en el mundo sin preocuparse demasiado por respetar las normas. Varios países fueron invadidos a su antojo, la mayoría sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Entre ellos se encuentran la antigua Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y Siria. ¿Bajo qué «reglas» fueron atacados o devastados esos países, y fueron esas guerras provocadas o no provocadas? Julian Assange languidece en prisión y Ed Snowden permanece en el exilio, ambos por tener el valor (o quizá la audacia) de exponer las verdades que se esconden tras estas acciones y otras similares.
Incluso hoy, las sanciones impuestas a más de 40 países por Occidente imponen penurias y sufrimientos considerables. ¿En virtud de qué derecho internacional u «orden basado en normas» utilizó Occidente su fuerza económica para imponer estas sanciones? ¿Por qué siguen congelados los activos de Afganistán en bancos occidentales mientras el país se enfrenta a la inanición y la hambruna? ¿Por qué el oro venezolano sigue secuestrado en el Reino Unido mientras el pueblo de Venezuela vive a niveles de subsistencia? Y si la exposición de Sy Hersh es cierta, ¿en virtud de qué «orden basado en normas» destruyó Occidente los oleoductos Nord Stream?
Parece que se está produciendo un cambio de paradigma. Estamos pasando de un mundo dominado por Occidente a otro más multipolar. La guerra en Ucrania ha hecho más evidentes las divergencias internacionales que impulsan este cambio. En parte por su propia historia y en parte por las realidades económicas emergentes, el Sur Global ve un mundo multipolar como un resultado preferible, en el que es más probable que se escuche su voz.
El Presidente Kennedy terminó su discurso en la American University en 1963 con las siguientes palabras: «Debemos poner de nuestra parte para construir un mundo de paz en el que los débiles estén seguros y los fuertes sean justos. No estamos indefensos ante esa tarea ni desesperados por su éxito. Confiados y sin miedo, debemos trabajar hacia una estrategia de paz». Esa estrategia de paz era el reto que teníamos ante nosotros en 1963, y sigue siéndolo hoy. Las voces de la paz, incluidas las del Sur Global, deben ser escuchadas.
Krishen Mehta es miembro del Consejo del Comité Estadounidense para el Acuerdo con Rusia y Senior Global Justice Fellow de la Universidad de Yale.
6. Debate sobre las renovables.
Una aportación interesante de Casdeiro el debate reciente sobre transición y renovables. https://ctxt.es/es/20230201/
La falacia de las renovables y el cambio climático
Entre el posicionamiento falaz del “son imprescindibles” y una oposición completa del tipo “no debemos instalar ninguna”, existe un enorme trecho donde se debe ubicar la racionalidad y, sobre todo, la auténtica democracia
Manuel Casal Lodeiro 27/02/2023
7. Evolución ideológica de los ucranianos
En nuestra serie «Todos no serán nazis, pero vaya tropa», algunos ejemplos recientes de hasta donde están llegando las cosas en Ucrania. No dudo de que la guerra lo habrá exacerbado, ni que en Rusia también se debe dar algún ejemplo parecido, aunque creo que a muchísima menor escala:
-En un foro de mujeres ucranianas:
«No sé qué hacer. Mi marido regresó de su cautiverio a principios de mes. Allí le trataron y le hicieron una transfusión de sangre. ¿Significa esto que ahora tiene sangre de Moskal fluyendo en él?»
«Es como si una persona fuera a la guerra y volviera otra. ¿Ahora debo divorciarme? Ya no puedo hablar con él como antes».
He aquí algunas respuestas:
– «Divórciate»
– «Comprueba si tiene SIDA»
– «Deberías quedarte con él, pero, definitivamente, no tengas más hijos»
Una sociedad bastante normal.
-Un ucraniano, con su hijo al lado, discute por videoconferencia con alguien de Donetsk. No es sólo que se la sude completamente el sufrimiento que hayan podido pasar allí, es que le enseña al crío en directo a odiar a los rusos. https://twitter.com/narrative_
-Luego nos extrañamos de que acaben así:
https://twitter.com/Stanislav_
Hoy recomienda Helena Villar esta reportaje, que pone los pelos de punta, la verdad.:
Nacionalismo ucraniano: aporte de EE.UU. – Documental
8. La guerra capitalista.
Yo pensaba que Imperio, de Hardt y Negri ya había sido olvidado casi completamente, como lágrimas en la lluvia, pero parece que hay algunos intelectuales italianos que todavía discuten con algunas propuestas de este libro. No acabo tampoco de ver claro ese criterio de que el actual conflicto intercapitalista es entre una potencia deudora y otra acreedora. https://www.angryworkers.org/
«La guerra capitalista» – Traducción de material para el debate internacional
Sobre la guerra
28 Feb 2023
En nuestra reunión interna en Sheffield en febrero de 2023 acordamos un esfuerzo colectivo para entender las guerras actuales desde una perspectiva empírica, histórica y político-económica concreta. En la propia reunión revisamos principalmente el contexto histórico del «derrotismo revolucionario» y nos comprometimos con una cronología empírica de los últimos 100 días de guerra en Ucrania. Acordamos realizar una entrevista en profundidad a los participantes en las iniciativas de solidaridad de los trabajadores ucranianos.
Durante nuestro debate, surgió la cuestión de hasta qué punto las guerras son resultados intrínsecos e inevitables del capitalismo y sus crisis sistémicas. Para elevar esta cuestión a la actual configuración global del orden mundial capitalista, buscábamos contribuciones contemporáneas al debate. A continuación encontrará dos traducciones relativas al nuevo libro «La guerra capitalista», de Emiliano Brancaccio, Stefano Lucarelli y Raffaele Giammetti: una entrevista con uno de los autores, y notas de lectura para el debate, de Raffaele Sciortino.
El libro es un estudio empírico de la relación entre las tendencias a la centralización mundial del capital, la crisis y la guerra. La tesis principal es que con el inicio de una crisis mundial, la tendencia a la centralización del capital, que normalmente se produce de forma «pacífica» mediante fusiones y adquisiciones, choca con el marco del Estado nación. Más concretamente, el principal choque aparece entre el principal bloque endeudado (EEUU) y el principal bloque acreedor (China) y sus respectivos aliados. En la situación actual, EEUU impuso unilateralmente un neoproteccionismo para impedir nuevas adquisiciones de activos y recursos productivos por parte de China. En este momento, los bancos centrales obtienen un nuevo papel político en las «guerras de divisas» globales, al intentar asegurar o desafiar el papel hegemónico del dólar estadounidense, que permitió a EE.UU. amasar tal cantidad de deuda en primer lugar sin ser «castigado por los mercados». A medida que estas tensiones entre acreedores y deudores se intensifican, las «sanciones» y las escaladas militares se hacen inevitables, lo que se pone de manifiesto en una importante expansión del gasto militar.
Los dos textos que se presentan a continuación abordan estas cuestiones de forma más bien académica y a veces quizá demasiado retórica. Aun así, creemos que son fructíferos, ya que desafían las opiniones campistas que quieren reducir el debate sobre la guerra a la cuestión de «naciones buenas o malas» o presentar la guerra de Ucrania como una disputa sobre la «democracia». Animamos a leerlos junto con estos dos artículos más concretos sobre la crisis mundial de los microchips, que es uno de los principales campos de minas del actual proteccionismo estadounidense, y el papel de los bancos centrales en esta nueva fase imperialista.
Por el internacionalismo proletario
«La guerra capitalista»
Un debate sobre la centralización del capital, los nuevos imperialismos y la guerra. Entrevista de Francesco Pezzulli a Stefano Lucarelli
Esta entrevista tuvo lugar con motivo de la publicación del libro «La guerra capitalista – Competencia, centralización, nuevo conflicto imperialista», en noviembre de 2022. El editor Francesco Pezzulli habló con uno de los autores, Stefano Lucarelli.
En el libro que acaba de publicar, del que es autor en colaboración con Emiliano Brancaccio y Raffaele Giammetti, escribe que «la guerra capitalista es la continuación de la lucha de clases con medios nuevos y más infernales». ¿Puede explicar cómo llegó a esta conclusión?
Partimos de un hecho, la llamada «ley» de la centralización del capital en cada vez menos manos, teorizada originalmente por Marx, que puede verificarse empíricamente. Si lo pensamos bien, se trata de una cuestión que siempre ha sido relegada a un segundo plano por los estudiosos contemporáneos de Marx, pero que en realidad es mucho más relevante hoy en día que, por ejemplo, las reflexiones sobre la tendencia a la baja de la tasa de beneficio. El análisis de la centralización del capital había permanecido en un segundo plano incluso en los análisis críticos del proceso de globalización que se difundieron sobre todo en la segunda mitad de los años noventa. Y, en cualquier caso, nunca se había analizado con las herramientas adecuadas. Hoy, de hecho -como demostramos en el libro- este proceso está confirmado por datos empíricos.
Es curioso que tras la crisis global de 2007-2008, el foco sobre esta «ley» tendencial y sistémica haya sido puesto precisamente por los analistas del mundo financiero en las páginas del «Financial Times» o «The Economist». Incluso los propios magnates de las Altas Finanzas comenzaron a debatir sobre el proceso de centralización, aquellos que -en palabras de Warren Buffet- se sienten ganadores de la guerra entre las clases sociales.
Estudiando el proceso de centralización con la mayor precisión posible -empleando técnicas estadísticas y econométricas adecuadas a partir de los datos disponibles para comprender la jerarquía de las estructuras de propiedad que caracterizan al capitalismo contemporáneo- podemos demostrar ciertos aspectos de la lucha entre capitales. En este sentido, nuestros estudios representan una primicia en el campo de las ciencias sociales. Ha sido muy importante para nosotros asimilar el método científico que físicos como Giorgio Parisi han propuesto para estudiar la interacción entre desorden y fluctuaciones en los sistemas: gracias a las «redes» que hemos podido identificar aplicando las técnicas utilizadas en el análisis de sistemas complejos, podemos comprobar que, hoy en día, más del 80% del capital mundial está controlado por menos del 2% de los accionistas del mundo. Este selecto club de accionistas muy grandes se está reduciendo con el tiempo. El fenómeno afecta en cierta medida a todos los países del mundo, empezando por Estados Unidos y China.
El choque de capitales nunca se limita puramente al mundo financiero o al enfrentamiento entre los propietarios de los medios de producción. Los procesos que conducen a la desintegración de la clase obrera dependen también de este choque entre capitales. Más concretamente, cuando los capitales acreedor y deudor se identifican como capitales de naciones diferentes, su encarnizada guerra económica, en circunstancias particulares que analizamos en el libro, puede convertirse en una guerra militar en toda regla. El trabajo, por supuesto, sufre cada vez más los efectos devastadores de la lucha intracapitalista.
Cuando la guerra se convierte en un posible resultado del enfrentamiento entre capitales nacionales, el proceso de desintegración de la clase social subalterna se agudiza aún más, hasta el punto de producirse una paradoja: los subalternos ya no se reconocen como clase social, sino como un grupo cuyos intereses sólo son comprensibles desde una perspectiva nacionalista. En este sentido, puede decirse que la guerra capitalista es la continuación de la lucha de clases por medios nuevos y más infernales.
Un mérito del libro es recordarnos que la lucha de clases no tiene lugar exclusivamente entre las dos clases «fundamentales», sino también dentro de la propia clase capitalista. ¿Puede recordarnos cuáles han sido los momentos de lucha más recientes y significativos dentro de la clase capitalista desde un punto de vista histórico-económico?
La centralización del capital en cada vez menos manos es el resultado de una lucha interna dentro de la clase capitalista, entre el capital deudor en dificultades y el capital acreedor que intenta absorberlo y «tragárselo». En cierto modo, el análisis de los enfrentamientos entre capitales es más importante que el análisis del conflicto de clases. En todo sistema económico hay grandes capitales y pequeños capitales. Lo que nos llama especialmente la atención es que en este gran mar, en el que los peces grandes se alimentan de los peces pequeños -por utilizar la imagen del conocido grabado de Bruegel el Viejo-, se produce al mismo tiempo una reorganización de los peces grandes en torno a diferentes polos, polos que se diferencian entre sí por una característica básica en una economía monetaria de producción: uno puede convertirse en un pez grande acumulando deudas o especulativamente acumulando créditos. Acreedores y deudores pueden coexistir pacíficamente, pero esto sólo puede ocurrir «por diseño». Cuando los acreedores utilizan los créditos acumulados de forma no compartida por los grandes deudores, entonces la paz se tambalea. Y esto ocurre, por ejemplo, cuando los créditos se utilizan para redefinir estructuras de propiedad que tradicionalmente han estado bajo el control de los deudores. Los grandes acreedores y los grandes deudores se han preparado para la guerra acumulando armas. Así lo demuestra un análisis del gasto militar en los últimos veinte años.
Desde al menos principios de la década de 2000, venimos reflexionando sobre el paso «del imperialismo al imperio» como sello distintivo de la globalización capitalista. En su libro, la categoría de imperialismo es central, mientras que la de imperio se considera rápidamente «nebulosa» (véase p. 196). ¿Puede explicarnos por qué considera que el imperialismo es una categoría central y el imperio una entidad supuestamente «nebulosa»?
La categoría de «imperio» es una sugerencia anticuada. Pero esto no significa volver a proponer el concepto de «imperialismo» en los términos osificados del siglo XX. Tampoco significa negar que «Imperio» de Hardt y Negri (Harvard University Press, 2000) fuera un texto importante y evocador. Y tiene razón al reconocer la importancia formativa de reflexionar sobre la transición del imperialismo al imperio, de la que muchos de nosotros formamos parte. Este ejercicio teórico dio lugar a una forma de hacer política que atacaba frontalmente a los símbolos de la globalización, símbolos y organizaciones a los que asignábamos capacidad de mando directo sobre nuestras vidas. Una estrategia política que hoy ya no existe, pero sobre la que sería necesario volver a reflexionar, partiendo de una lectura lo más precisa posible de las relaciones de poder. Por eso también hemos comenzado el trabajo sobre «La guerra capitalista». Pero releamos juntos algunos pasajes clave de la tercera parte de «Imperio» de Negri sobre los límites del imperialismo e intentemos ver cómo esas reflexiones pueden seguir siendo relevantes a la hora de intentar construir una alternativa a las locuras políticas con las que llevamos conviviendo más de dos décadas:
«El libro de Lenin sobre el imperialismo se presenta, ante todo, como una síntesis de los análisis de otros autores […]. El texto también contiene contribuciones originales, la más importante de las cuales es el enfoque de la crítica del imperialismo desde un punto de vista subjetivo, que está relacionado con el pensamiento marxista de los potenciales revolucionarios inherentes a la crisis. […] Lenin adoptó la hipótesis de Hilferding de que el capital había entrado en una nueva fase de desarrollo de dimensiones internacionales, caracterizada por el monopolio, que produciría un agravamiento de las contradicciones […]. Pero Lenin no aceptaba que la utopía de una banca internacional unificada pudiera tomarse en serio y que la superación de la crisis […] pudiera realizarse alguna vez. […] Lenin estaba de acuerdo con la tesis básica de Kautsky de que existe una tendencia en el desarrollo capitalista hacia la cooperación internacional de los capitales financieros nacionales individuales que probablemente daría lugar a una única organización mundial. Lo que rechazó enérgicamente fue el uso que Kautsky hacía de esta proyección para justificar un futuro pacífico […]. [Con su reelaboración del concepto de imperialismo, Lenin fue capaz de anticipar la transición a una nueva fase del capital que iba más allá del imperialismo y fue capaz de identificar el lugar (o no lugar) de la soberanía imperial emergente. […] [El imperialismo] mantiene firmemente sus fronteras y la distinción entre el interior y el exterior. En la actualidad, sin embargo, el imperialismo se ha convertido en la frontera del capital […] las fronteras creadas por las prácticas imperialistas obstruyen el curso del desarrollo capitalista y la plena realización del mercado mundial. El capital debe deshacerse del imperialismo y destruir las barreras entre el interior y el exterior. […] Esta es la alternativa implícita en el pensamiento de Lenin: o revolución comunista mundial o imperio».
Me parece que en «Imperio» no se niega la posibilidad de que haya diferentes tipos de imperialismo. El imperialismo no es reducible a un único modelo abstracto, salvo por una necesidad de simplificación por parte de los autores. Lo que mostramos en «La guerra capitalista» es la copresencia de al menos dos modelos de imperialismo, uno hostil al otro. Ambos no son reducibles al modelo kautskista del imperialismo del siglo XX. En el «Léxico posfordista» (Feltrinelli, 2001) Hardt identifica una soberanía imperial 1) en un dispositivo de dominación descentralizado y descentralizador representado por el mercado mundial, 2) en un orden que suspende de facto la historia y pretende fijar para la eternidad el estado actual de las cosas, 3) en el hecho de que la distinción entre las esferas pública y privada tiende a difuminarse, y 4) en un poder siempre consagrado a la paz en el que no puede haber guerra contra un enemigo exterior. A pesar de estos esfuerzos por definir los rasgos invariables de una soberanía imperial concreta, pronto tuvimos que reconocer que lo que llamábamos «imperio» era algo multilateral.
Además, se caracterizaba por crisis financieras y económicas recurrentes que iban acompañadas de tensiones internacionales. Las tensiones dieron lugar a guerras que presuponían la identificación de enemigos externos que se remontaban a territorios nacionales concretos: pensemos en Afganistán, Irak, Siria. En 2011, Christian Marazzi hablaba de «cooperación conflictiva» en el plano de la gobernanza multipolar, reconociendo que la Reserva Federal especulaba con políticas monetarias restrictivas en los países emergentes:
«Los bancos centrales de los países emergentes, que han aplicado políticas monetarias expansivas en los últimos tres años y han contribuido así a evitar una recesión mundial de larga duración, son llamados ahora por la Fed a hacer el trabajo sucio, es decir, a subir los tipos de interés para reducir el riesgo de inflación a escala mundial.»
Fue precisamente su multilateralismo lo que hizo ingobernable al imperio (la tesis se recoge en ‘Diario de la crisis infinita’, 2015). El propio Negri en sus ‘Cinco lecciones de método sobre la multitud y el imperio’ (Rubbettino, 2003) reconocía que el libro con Hardt, cuyo borrador data de 1997, no tocaba algunas cuestiones que se han convertido en fundamentales: por un lado, la fortísima insistencia norteamericana en la unilateralidad de la acción imperial; por otro, el refinamiento de los mecanismos de control que se extienden hacia la guerra y a veces son inherentes a ella -guerra que hoy constituye soberanía o política soberana, como ayer la constituían la disciplina y el control-.
Así que, como veis, aunque «Imperio» representó un gran y nuevo intento de reorganizar las demandas y reivindicaciones de los sujetos que habían sido perturbados por la violencia del capitalismo -por cierto, un capitalismo que se presentaba como la única alternativa pacífica para realizar un mundo de intercambio internacional en el que no hubiera vencidos ni enemigos-, en realidad quedaba muy poco de los elementos distintivos del imperio resumidos por Hardt en la entrada a la que me he referido. Han pasado más de dos décadas desde el intento de Negri y Hardt de reconstituir una «ciencia de la movilización política» a escala internacional que asumiera una forma de soberanía global sin centro ni fronteras.
El esfuerzo analítico que abordamos en «La guerra capitalista» se dirige precisamente a comprender los movimientos del gran y pequeño capital dentro y fuera de las fronteras nacionales y las implicaciones que el proceso de centralización tiene también en el terreno de la soberanía. Nos encontramos precisamente con ese multilateralismo como consecuencia de la centralización capitalista. Un multilateralismo problemático e inestable que define diferentes ideas del orden global en conflicto entre sí.
La guerra ruso-ucraniana se toma como referencia en el libro. ¿Qué lecciones, desde la perspectiva de su obra, nos aporta este terrible acontecimiento? Si tuviera que aventurar una predicción, ¿cómo cree que acabará?
Si remontamos la guerra entre Rusia y Ucrania a las relaciones entre grandes acreedores y grandes deudores, que son el resultado del proceso de centralización del capital, aparece bajo una luz diferente a la de los relatos más extendidos, que corren el riesgo de sumirnos en una falsa conciencia: no se trata de una guerra por la autodeterminación de una región o por la soberanía de una nación, ni por la desnazificación de un territorio o por la libertad de un pueblo agredido. Como escribimos en la introducción de «La guerra capitalista»
«Ese sangriento conflicto marca el comienzo de una contienda económica a gran escala, que servirá para poner a prueba si EEUU y sus aliados pueden saltar con seguridad del libre comercio al proteccionismo y todos los demás deben adaptarse pasivamente – o si a partir de ahora las reglas del juego económico se decidirán según un orden diferente de las relaciones de poder mundiales.»
Las investigaciones futuras servirán para confirmar o desmentir la siguiente hipótesis: el gran deudor (Estados Unidos) está trabajando para superar el multilateralismo mundial. Para volver a un bipolarismo -o si se prefiere utilizar la metáfora propuesta por Toni Iero para pasar de un duelo a un duelo- EEUU debe romper la integración comercial ruso-europea y sino-europea, creando a la fuerza un polo ruso-chino.
Con este libro hemos querido poner a disposición de los lectores algunas herramientas analíticas y un método científico de lectura de los acontecimientos que pueda entenderse de la forma más sencilla posible. Lo hicimos convencidos de que el análisis geopolítico sin la crítica de la economía política corre el riesgo de seguir siendo una narrativa demasiado dependiente de los sentimientos individuales. Y lo hicimos con la esperanza de distribuir un antídoto contra la falsa conciencia que es uno de los mayores obstáculos para la reanudación de un auténtico debate democrático en este país. Y yo, en particular, escribía teniendo siempre en la cabeza un verso de un poema de Friedrich Hölderlin: «Pero donde está el peligro, crece también el poder salvador».
«La guerra capitalista» – Algunas notas de lectura, por Raffaele Sciortino
Publicamos esta interesante contribución que nos envía Raffaele Sciortino y que pone de relieve los méritos y algunas cuestiones problemáticas de la obra colectiva fundamental «La guerra capitalista», escrita por Emiliano Brancaccio, Stefano Lucarelli y Raffaele Giammetti.
En el clima político y cultural actual, incluso y quizás especialmente en la «izquierda», antes de discutir sobre la guerra parece obligatorio hacer primero un par de reverencias ante los mantras atlantistas de la «agresión rusa», sobre «Putin un criminal al servicio de los oligarcas», sobre la «defensa de la democracia ucraniana», etcétera. En una situación tan asfixiante, un libro como el de E. Brancaccio, R. Giammetti, S. Lucarelli (BGL), «La guerra capitalista», ofrece un soplo de aire fresco a la vez que vuelve a poner los pies en la tierra. [Y quizás no sea una coincidencia que las reflexiones que contiene sobre las raíces profundas del conflicto actual no provengan de círculos de izquierda radical que hoy en día están impregnados de palabrería neoprogresista de importación anglosajona y alejados de cualquier perspectiva de clase. Por el contrario, proviene de estudiosos serios (sí, estudiosos) que demuestran la capacidad de investigar y razonar en grupo, habilidades que hoy casi han desaparecido, sin miedo a nadar contra corriente.
El análisis de BGL, apoyado en pruebas empíricas y en una metodología cuantitativa adecuada, sitúa la «ley de tendencia» marxista hacia la centralización del capital en oligopolios cuya red se extiende a escala mundial en el centro de la evolución actual. [2] El libro analiza los vínculos entre este proceso de centralización, por un lado, y la crisis de la democracia (más exactamente: del «orden liberal-democrático occidental», p. 35) y la tendencia a la guerra intercapitalista, por otro [3]. [3] La lectura es todo menos neutra, se vuelve inmediatamente crítica con el estado de cosas existente: «en el proceso manifiesto de centralización del capital y de oligarquización de las instituciones políticas occidentales, asignar al imperialismo de Estados Unidos y de sus aliados el papel de baluarte de las libertades civiles y políticas se vuelve simplemente grotesco» (p. 13). Y los autores lo hacen desde una posición claramente antagónica con respecto a «nuestro» bando: «luchar contra el imperialismo del propio país» (p. 14).
Lo que sigue es una invitación a leer el libro con algunas de mis observaciones sobre los puntos más fuertes y más débiles, para un estudio posterior y posiblemente colectivo. Hago observaciones breves y espero que concisas, pidiendo que se disculpe el carácter esquemático de las formulaciones en viñetas.
En primer lugar, algunas palabras sobre el importante y valioso enfoque del libro y sus implicaciones:
– El libro reintroduce el concepto marxista de centralización estrechamente relacionada con los activos productivos de las empresas en cuestión, en contraposición al uso a menudo vago y nebuloso del concepto de financiarización que ha prevalecido en las últimas décadas como marco del llamado neoliberalismo.
– Subraya el vínculo inequívoco entre la centralización capitalista y el imperialismo en el sentido marxista «científico» del término: el imperialismo no (sólo) como política, sino en primera instancia como proceso objetivo que marca una «fase histórica» de la acumulación capitalista. Para ello, retoma el debate (no exclusivamente) marxista sobre el tema y una rica bibliografía que remite no sólo a los «clásicos», sino también a los años 1950-1960-1970 y a los puntos de referencia fundamentales de la época para el debate del «nuevo» imperialismo. Es una invitación a reavivar este debate, fundamental y ya ineludible para cualquier estrategia política de lucha contra el capitalismo.
– Los autores subrayan el estrecho vínculo entre centralización y guerra -incluso detrás de la guerra de Ucrania- que BGL articula en el sentido de un enfrentamiento intercapitalista emergente entre países acreedores/deudores a escala histórico-mundial que se radicaliza (¿a la Lenin?) y empuja la competencia del plano económico al geopolítico y militar.
– En un nivel inferior de análisis, todavía anclado en el marco de la reproducción sistémica (…), el libro aborda el importantísimo papel de los bancos centrales como mecanismo de regulación y, por tanto, de lucha intercapitalista entre deudores/acreedores, internos y externos a cada país, en el marco de los procesos de centralización exacerbados por la crisis de acumulación (véase todo el Cap. 7 de la Parte I). Así, los autores reconocen la función inevitablemente política de los bancos centrales, evitando las perspectivas neoclásicas, que reducen el papel de los bancos a proveedores de equilibrio y eficiencia empresarial, pero también sin hacer concesiones a ninguna versión de la «autonomía de lo político», característica de las lecturas subjetivistas (a la «plan del capital») en boga en el extremo de los años setenta (pp. 94-5).
Se trata de una cuestión crucial, habida cuenta de las «guerras de divisas» que no cesan. Recuerdo aquí la del dólar/euro de principios de la década de 2010, recatadamente rebautizada como crisis de la deuda soberana europea, pero también se podría remontar a la crisis asiática de 1997-98. También es significativo a la luz del papel global del dólar y de las políticas de la Reserva Federal estadounidense. Tenemos que entender el papel de los bancos centrales si queremos desenmarañar la actual imbricación económica entre la inflación y las maniobras alcistas sobre los tipos de interés y, más en general, comprender el posible final de la situación «congelada» [4] de la crisis latente de la deuda y las (bajas) tasas de fracaso empresarial en Occidente que caracterizó la década de la «relajación cuantitativa».
– Por último, pero no por ello menos importante, el libro subraya la imposibilidad del reformismo como respuesta gradualista al curso catastrófico del capital.
A continuación se exponen algunos puntos problemáticos de interés fundamental (para mí) de cara a un posible estudio posterior:
– BGL habla de dos bloques imperialistas (por ejemplo, p.11), uno de los países deudores liderados por EEUU, con Europa a remolque, el otro emergente de los países acreedores liderados por China, en ascenso, pero inestable por la escalada de la confrontación con el hegemón estadounidense. Si he entendido bien, nos enfrentaríamos entonces no sólo a un bloque ya formado liderado por China, sino también a una situación en la que Pekín desafía la hegemonía de Washington; los autores parecen cautos a este respecto. La cuestión es que en torno a China no vemos (¿todavía?) un verdadero bloque geopolítico formado por alianzas (el realineamiento sino-ruso tampoco está debidamente establecido), aunque es cierto que Pekín, gracias a su ascenso económico, está actuando cada vez más como eje vertebrador de todo un conjunto de países, fuera del círculo occidental, visiblemente descontentos con una hegemonía estadounidense cada vez más depredadora, con cada vez menos réditos beneficiosos para ambas partes. Esto no sólo se debe al temor, muy justificado, a una esperada reacción airada del Estado estadounidense, a la luz de su inigualable primacía en el poder geopolítico duro y blando. Pero, fundamentalmente, está en relación con el papel pivotal en el circuito internacional de capitales que siguen desempeñando EE.UU. y el dólar, sin posible sustitución a la vista a corto y medio plazo. En la actualidad, EEUU representa el único sistema efectivo de alianzas -en realidad, de jerarquías vasallo-tribales- más allá de diversos y esperemos crecientes crujidos.
– Esto apunta a una cuestión esencial: la persistente asimetría entre EEUU (y el mundo occidental), por un lado, y China y otros países emergentes, por otro. Una asimetría monetaria y financiera -que está ampliamente documentada, baste pensar en las reservas en dólares estadounidenses y en bonos del Tesoro de EE.UU. que los países con superávit comercial se ven obligados a mantener, concediendo así préstamos a un coste mínimo, y con toda probabilidad no reembolsables, emitidos en la moneda flotante del deudor- que también remite en última instancia a la división internacional del trabajo. Ahora bien, es cierto que Pekín está tratando de centralizar su capital (aquí podemos ver el papel indispensable del partido-estado, que, como es lógico, los «liberalizadores» de todo tipo querrían ver socavado) pero, precisamente, todavía está a medio camino en este proceso y los obstáculos son tan grandes como el empuje para superarlos[5]. [Dicho de otro modo: el sistema mundial es el del imperialismo (como «fase de desarrollo»), pero no todos los países son (ya) imperialistas, aunque algunos de ellos estén intentando, gracias a su propio desarrollo capitalista interno y a la dinámica del conflicto de clases, ascender en la jerarquía capitalista mundial, principalmente dentro de las cadenas de valor en las que el mercado mundial los ha enredado. No todas las centralizaciones son cualitativamente iguales y, menos aún, garantía de acceso al club dominante.
– Lo anterior se refiere al patrón país acreedor/deudor. Quedémonos con China y dejemos de lado la difícil posición de Alemania y Japón en este esquema. La verdadera novedad del imperialismo posterior a los años setenta -podríamos decir, a partir del desacoplamiento dólar-oro del 71, pero ya desencadenado por el establecimiento de la empresa multinacional- es un nuevo modo y configuración que se ha convertido gradualmente en estructural. Sobre la base de esta nueva configuración imperialista, en pocas palabras, los EE.UU. dominan la encrucijada esencial de la compleja red de exportación e importación de capital, no a pesar de, sino a través de su déficit en la balanza de pagos. En el caso de los EE.UU., el endeudamiento debido al doble déficit, de la balanza de pagos y del Estado, no son, pues, en última instancia, elementos de debilidad sino de fuerza. Podemos ver como una fortaleza el hecho de que EE.UU. y la hegemonía del dólar puedan obligar a todos los actores del mercado mundial a financiar esta deuda como condición para el acceso a los circuitos internacionales de capital y a la liquidez. De ahí el papel internacional indiscutible, hasta hoy, del dólar que no es equilibrado ni equilibrable a corto o medio plazo si se quiere preservar la reproducción capitalista mundial. Hoy ese elemento de fuerza, estructural y por tanto estratégico para Washington, resulta cada vez más problemático, por ser cada vez más expropiatorio, y desencadena reacciones como la de China. Esto no implica, sin embargo, en mi opinión, ninguna teoría «declinista» sobre EEUU, sino el atasco, a pasos agigantados, del mecanismo fundamental de la globalización asimétrica (y aquí estaríamos hablando de la crisis de acumulación mundial, y no sólo del ascenso de los chinos, que obviamente es un factor importante). El de China no es, pues, un desafío hegemónico, sino de supervivencia (análogo, pero a un nivel más general, al movimiento militar de Rusia en Ucrania). La estrategia estadounidense de desacoplamiento selectivo no es una estrategia de desglobalización y repliegue a una zona geográfica circunscrita. Se podría considerar una hipótesis realista que ese tipo de desacoplamiento les parecería bien a los adversarios de Washington, siempre y cuando se formaran circuitos monetarios alternativos, aunque no antagónicos, y la UE pudiera participar en ellos sin ser perturbada por Estados Unidos. En cambio, el desacoplamiento actual es una expresión de la reafirmación de la hegemonía mundial en las nuevas condiciones (un resultado que considero problemático, sin embargo, por razones que sería demasiado largo argumentar aquí).
– Sobre la relación entre centralización y acumulación: ¿quizás se pueda avanzar la hipótesis de que los dos procesos, que el trabajo de BGL diferencia acertadamente, proceden sinérgicamente cuando la acumulación funciona, pero con el atasco del proceso de acumulación, la centralización acaba anulando y suplantando, por así decirlo, a la acumulación? Confirmando así el vínculo entre centralización y crisis capitalista y, por tanto, con la guerra intercapitalista. Si esto es así, resulta más evidente de lo que piensan los autores que es el entrelazamiento, y no el desenlazamiento, de las leyes generales de la tendencia del capital a lo que nos enfrentamos.
– Por último, la relación entre centralización y democracia: una cuestión espinosa, empezando por la propia definición de lo que se entiende por democracia. Sea como fuere, yo no estaría tan seguro de que la «carta democrática» -aunque de ejercicio cada vez más formal, encubriendo la sustancial oligarquía de la esfera política- haya dejado o vaya a dejar de ser jugada por Occidente, ya sea internamente o como reclamo para las clases medias y la juventud no occidental (como ocurrió en Ucrania en el 14), como marca de su propia superioridad. Es el legado de más de un siglo de imperialismo, y no se superará fácilmente.
Nos queda averiguar -a nosotros, que no somos observadores neutrales, aunque hoy nos veamos obligados a observar más que a contribuir a la acción colectiva- cómo se articula todo esto con la lucha de clases; la lucha de clases que siempre existe, aunque se vuelva invisible u opaca para sus propios agentes; y una conciencia de clase, que no siempre se da y que, de hecho, hoy parece remota. Sea como fuere, las cuestiones objetivas identificadas por «La guerra capitalista» nos acompañarán durante bastante tiempo.
Notas a pie de página
[1] Una mirada crítica sobre el nexo guerra-imperialismo está emergiendo gradualmente de un cuerpo de trabajo que incluye a Maurizio Lazzarato, «Guerra o Revolución».
[2] Como nota al margen, hay que distinguir este proceso de centralización del proceso «normal» de concentración.
[3] Para más detalles, me remito a la reseña de Andrea Fumagalli (http://effimera.org/).
[4] V. B. Astarian, R. Ferro, Accouchement difficile (https://www.hicsalta-).
[4] Aquí me refiero, y pido disculpas, a la tercera parte de mi libro «Stati Uniti e Cina allo scontro globale», publicado recientemente en Asterios.
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Raffaele Sciortino, doctor en estudios políticos y relaciones internacionales, es investigador independiente. Trabaja sobre economía política internacional, con especial referencia a la globalización, y geopolítica en su imbricación con los movimientos sociales. Ha publicado, entre otros, I dieci anni che sconvolsero il mondo (Asterios, 2019) y Stati Uniti e Cina alla scontro globale (Asterios, 2022).