MISCELÁNEA 12/2/2026

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.

ÍNDICE
1. El ataque más brutal sobre Cuba.
2. La juventud de Kenya y las elecciones.
3. Vicios privados, virtudes públicas.
4. Wolff sobre Trump y el declive de EEUU.
5. Las tareas de la izquierda.
6. Marx y la agricultura francesa hoy.
7. El fascismo hoy (2).
8. Dossier MEGA2 (2).

1. El ataque más brutal sobre Cuba.

No es que hoy tenga pasión por la gente del Tricontinental, pero coincide que en Globalter han publicado este artículo de Manolo de los Santos sobre Cuba. 🙂

https://globalter.com/del-bloqueo-a-la-asfixia-la-guerra-de-estados-unidos-contra-cuba-entra-en-su-fase-mas-brutal/

Del bloqueo a la asfixia: la guerra de Estados Unidos contra Cuba entra en su fase más brutal

MANOLO DE LOS SANTOS

En la quietud de una noche de La Habana, los únicos sonidos son el zumbido de un generador en un hospital lejano y el murmullo de una familia reunida a la luz de las velas. Para ellos, la «seguridad nacional de Estados Unidos» no es un concepto abstracto debatido en las noticias por cable estadounidenses; es la realidad tangible de un apagón de 20 horas, el olor de la comida en mal estado y el temor por los medicamentos refrigerados de un niño. Esta es la cara de una política que el Gobierno de Estados Unidos califica de respuesta a una «amenaza extraordinaria». Sin embargo, la verdadera amenaza no es militar. Es el desafío de 67 años de una pequeña nación insular que se ha negado a renunciar a su soberanía.

El 29 de enero de 2026, la Administración Trump transformó una campaña de presión de larga data en un instrumento contundente de asfixia. Mediante un decreto ejecutivo, convirtió el sistema arancelario estadounidense en un arma contra cualquier nación, incluidos países como México, que se atreva a vender petróleo a Cuba. Ya no se trata de aislar o contener al pueblo cubano del resto del hemisferio, sino de una estrategia deliberada de asfixia económica total, una medida sin precedentes en su agresividad desde la Guerra Fría.

La maquinaria de la sofocación 

La red eléctrica, las bombas de agua, el transporte público, los hospitales y las escuelas de Cuba funcionan con combustible importado. Al coaccionar a terceros países, Estados Unidos no solo pretende sancionar, sino también perturbar el metabolismo mismo de una nación. La declaración del Gobierno cubano fue contundente: se trata de «chantaje, amenazas y coacción directa» destinados a impedir la entrada de combustible en el país.

El resultado es un castigo colectivo, una violación del derecho internacional que utiliza el hambre, la oscuridad y las enfermedades como armas políticas para quebrantar la voluntad de un pueblo.

Una guerra constante: el manual imperial desde Eisenhower hasta Trump

Calificar esto de «política exterior» es subestimar su naturaleza. Se trata de un instrumento de guerra multilateral en constante evolución, perseguido sin descanso por diez presidencias estadounidenses consecutivas con un único objetivo: la destrucción del proyecto socialista de Cuba.

  • Eisenhower (1960) inició la agresión con el primer bloqueo después de que Cuba nacionalizara las refinerías de propiedad estadounidense.
  • Kennedy (1961-1962) intensificó la agresión con la fallida invasión de Bahía de Cochinos, hizo que el bloqueo fuera total y dio luz verde a la Operación Mangosta, un programa secreto de sabotaje e intento de asesinato de líderes cubanos, que incluyó más de 630 intentos contra Fidel Castro.
  • Clinton (1992-1996) asestó lo que se esperaba que fuera un «golpe de gracia» tras la caída de la Unión Soviética, aprobando las leyes Torricelli y Helms-Burton. Estas leyes extendieron el bloqueo estadounidense extraterritorialmente, castigando a las empresas extranjeras por comerciar con Cuba y afirmando la autoridad de Estados Unidos sobre el comercio mundial.
  • Trump (2017-2026), tras un frágil deshielo bajo Obama, no solo revirtió el rumbo, sino que se sumergió aún más en la crueldad. Volvió a incluir a Cuba en la lista de «Estados patrocinadores del terrorismo», una medida ampliamente condenada como ficción política, y promulgó 243 nuevas sanciones. Su acto más reciente, la orden ejecutiva de 2026, busca sellar el destino de la isla privándola de energía.

La estrategia siempre ha sido clara en su intención. Un memorándum desclasificado del Departamento de Estado de 1960, redactado por Lester D. Mallory, abogaba por crear «hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno» negando «dinero y suministros». El coste humano es el objetivo, no un efecto secundario.

El «brutal dilema» y su coste humano

Esta crisis provocada tiene consecuencias medibles y terribles. En la década de 1990, el endurecimiento del bloqueo provocó una caída del 40 % en la ingesta calórica y un aumento del 48 % en las muertes por tuberculosis. Hoy en día, impide la compra de respiradores médicos, repuestos para la purificación del agua y, lo que es más importante, el combustible para hacerlos funcionar.

Este sufrimiento es presentado como un sacrificio necesario por los miembros de la mafia cubano-estadounidense que forman parte del Congreso de los Estados Unidos. La representante estadounidense Maria Elvira Salazar, de Florida, articuló recientemente el escalofriante cálculo: «Es devastador pensar en el hambre de una madre, en un niño que necesita ayuda inmediata… Pero ese es precisamente el brutal dilema al que nos enfrentamos…: aliviar el sufrimiento a corto plazo o liberar a Cuba para siempre».

Esta «libertad» prometida es un retorno al pasado anterior a 1959, cuando las empresas estadounidenses controlaban el 80 % de los servicios públicos de Cuba y el 70 % de todas las tierras cultivables. Es la «libertad» de explotar, comprada con el sufrimiento calculado de toda una generación.

La «Doctrina Donroe»: el imperialismo desatado

La escalada de Trump es la piedra angular de la «Doctrina Donroe» de su administración, una reedición en el siglo XXI de la Doctrina Monroe de 1823, que declara que toda América Latina y el Caribe son propiedad de Estados Unidos. Tras el ataque ilegal del 3 de enero de 2026 contra Venezuela, Trump declaró abiertamente: «El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado». Según esta doctrina, cualquier nación que elija un camino independiente, especialmente una que organice su economía en función de las necesidades humanas, como el mundialmente reconocido sistema sanitario de Cuba, se considera una «emergencia nacional».

La guerra en el exterior y la guerra en casa

Para el pueblo estadounidense, es fundamental ver esto no como un problema lejano, sino como parte de una lógica continua. La misma administración que invoca «emergencias nacionales» para estrangular la economía de Cuba utiliza «emergencias» para desatar redadas del ICE en ciudades estadounidenses y matar a sus propios ciudadanos, como Renee Good y Alex Pretti. La misma mentalidad que tilda a 11 millones de cubanos de amenaza colectiva por ejercer su autodeterminación tilda a los migrantes y las minorías de amenazas internas. La lógica del bloqueo y la lógica de la frontera son una y la misma: el control violento de las poblaciones y los recursos, y la designación de grupos enteros de seres humanos como desechables.

La vela titilante en esa casa de La Habana es, entonces, más que una luz contra la oscuridad. Es un desafío al orden imperial. La lucha del pueblo cubano por mantener sus luces encendidas es una lucha fundamental por el derecho de todos los pueblos a determinar su destino, libres de la coacción de un imperio que confunde el dominio con la seguridad y confunde la crueldad con la fuerza. Como en el pasado, los cubanos se levantarán colectivamente para afrontar el reto, no solo para sobrevivir, sino para superar el bloqueo.

Manolo De Los Santos es director ejecutivo de The People’s Forum e investigador del Tricontinental: Instituto de Investigación Social. Sus artículos aparecen regularmente en Monthly Review, Peoples Dispatch, CounterPunch, La Jornada y otros medios progresistas. Recientemente ha coeditado Viviremos: Venezuela vs. Hybrid War (LeftWord, 2020).
Este artículo se publica en colaboración con Peoples Dispatch

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2. La juventud de Kenya y las elecciones.

Un repaso a la situación política en Kenya de cara a las nuevas elecciones. Además, me cae simpático un autor que resumiendo su vida en dos palabras se presenta como «bibliófilo».

https://africasacountry.com/2026/02/gen-zs-electoral-dilemma

El dilema electoral de la generación Z

Por
Ivan Mayabi

Durante mucho tiempo tachados de apáticos, los jóvenes de Kenia forzaron una ruptura en 2024. A medida que se acercan las elecciones de 2027, su reto es convertir la rebelión digital y las protestas callejeras en poder político.

La opinión generalizada sobre la juventud de Kenia antes de mediados de 2024 se centraba en su aparente apatía política. Sin embargo, esta apatía no se caracteriza por la pereza o la ignorancia, sino por una desilusión racional y profundamente arraigada con un sistema político que, una y otra vez, no logra traducir la elección electoral en un cambio significativo para la mayoría.

Las sucesivas élites políticas de Kenia no han sabido abordar las críticas limitaciones económicas estructurales, lo que ha dado lugar a un alto nivel crónico de desempleo y pobreza, especialmente entre los jóvenes. Para muchos miembros de la generación Z y los millennials, la fórmula tradicional para ascender socialmente —la educación combinada con el trabajo duro— se ha convertido cada vez más en un engaño, un sentimiento que refleja el creciente escepticismo global hacia los modelos económicos establecidos entre los adultos jóvenes.

Las consecuencias de esta desilusión se manifestaron en las elecciones generales de 2022. La apatía de los votantes fue especialmente evidente entre los jóvenes de 18 a 34 años. A pesar de representar aproximadamente el 28 % del electorado total y de que los menores de 35 años constituyen el 75 % de la población total, solo 2,3 millones de ciudadanos de entre 18 y 24 años se inscribieron para votar en mayo de 2022. Los datos disponibles sugieren que esto se tradujo en que los jóvenes representaran probablemente menos del 10 % del total de votos emitidos.

Esta retirada electoral fue un acto deliberado de no participación racional, una retirada de legitimidad a un proceso dominado por dinastías políticas y capos étnicos. Muchos jóvenes consideraron que mantenerse alejados de las urnas era una táctica consciente para poner de relieve los defectos del sistema. Irónicamente, esta desilusión generalizada creó una oportunidad para un político que se posicionó fuera del marco tradicional de la élite; la ideología populista de William Ruto, «Hustler Nation», y el enfoque de su campaña en transformar la economía desde abajo, reconoció y aprovechó con éxito este escepticismo profundamente arraigado entre los jóvenes. Este mensaje resonó profundamente entre los jóvenes del país, la clase trabajadora y los desempleados que formaban la «Hustler Nation». Para muchos votantes de la generación Z, las políticas prometidas, como el Hustler Fund, simbolizaban un compromiso genuino con la mejora de la situación de los marginados. Este discurso proporcionó un canal temporal para el sentimiento antisistema, demostrando que los jóvenes no eran inherentemente apolíticos, sino profundamente escépticos con respecto a la estructura política imperante.

Sin embargo, este capital político fundamental se erosionó rápidamente por las acciones del Gobierno apenas un año después de su llegada al poder. Para gestionar la deuda y abordar el déficit presupuestario, el Gobierno introdujo sucesivas medidas de austeridad e impuestos regresivos a través de una legislación controvertida, incluidas las leyes de finanzas de 2023 y 2024. Estas subidas de impuestos se dirigían específicamente a bienes esenciales como el pan, los productos sanitarios y los servicios digitales, artículos cruciales para los hogares con bajos ingresos que el Gobierno prometió proteger. Esta contradicción directa fue el principal desencadenante del levantamiento de junio de 2024. La aplicación por parte del Gobierno de políticas que perjudicaban de manera desproporcionada a la base que afirmaba representar se percibió no solo como un fracaso político, sino también como una traición ideológica, lo que comprometió gravemente la legitimidad del presidente.

El mandato político de la generación Z

En medio de una crisis devastadora del coste de la vida, la inflación y el alto desempleo juvenil, la experiencia compartida de las protestas, la violencia y las dificultades económicas formó un «vínculo entre iguales» cohesionado entre esta generación. Las principales reivindicaciones articuladas por la generación Z son sistémicas: se centran en la exigencia de justicia, rendición de cuentas, mejor gobernanza y medidas definitivas contra la corrupción y la crisis del coste de la vida. Es más, la respuesta del Estado a su disidencia —caracterizada por detenciones, violencia policial, desapariciones forzadas e intentos de silenciar a las personas tanto en Internet como fuera de ella— ha cristalizado aún más las prioridades de esta generación.

Sin embargo, las fuerzas de la política tradicional keniana siguen siendo fuertes. Los analistas advierten que la historia política de Kenia sugiere que las promesas transformadoras a menudo vuelven a caer en los «patrones familiares de negociación étnica y acomodación de las élites». El reto al que se enfrenta la Generación Z es pasar de una disrupción efectiva —en la que la organización digital es barata, descentralizada y centrada en la ideología— a la eficacia electoral, que es cara, burocrática y tradicionalmente dependiente de la movilización étnica regional.

Ahí radica el dilema democrático de la Generación Z. La generación exige un buen gobierno, pero alberga una profunda desconfianza en el proceso «democrático»; una encuesta realizada en mayo de 2025 reveló que el 50 % de los kenianos no tenía ninguna confianza en la integridad de las elecciones de 2027. Este escepticismo dificulta enormemente el proceso formal de creación de un partido político nacional y no étnico. Si la generación Z no logra construir estructuras políticas alternativas duraderas y, en cambio, debe alinearse con un vehículo político existente, corre el riesgo de que su energía revolucionaria sea absorbida de nuevo por el sistema clientelar, reforzando así el clasismo y la política basada en la etnia contra los que luchó en las calles. Su capacidad para presentar candidatos nacionales que trasciendan estas estructuras étnicas será la prueba definitiva de la sostenibilidad ideológica de su movimiento.

El vacío de la oposición y el fin de la era Odinga

Kenia se encuentra en una encrucijada crítica en el enfoque de las elecciones generales de 2027, que están marcadas por dos narrativas definitorias: la crisis de credibilidad de la administración actual y el vacío estructural creado por la desaparición de la figura emblemática de la oposición, Raila Odinga. Antes de su fallecimiento, Raila había negociado su entrada en el Gobierno una vez más, apoyando al mismo presidente al que había intentado derrocar el año anterior y negociando el 50 % de los puestos de liderazgo formales (el llamado Gobierno de base amplia) con el pretexto de estabilizar el país, y haciéndose eco de su apretón de manos con Uhuru Kenyatta en 2018. Esta medida reconfiguró el panorama político dominante y condujo a la destitución del vicepresidente Rigathi Gachagua. Gachagua, aprovechando su influencia política étnica en el Monte Kenia, se alineó posteriormente con los partidos disidentes opuestos a la unión, formando una nueva oposición, un popular frente anti-Ruto.

La muerte de Raila ha exacerbado la tensión preexistente entre la facción tradicionalista del Movimiento Democrático Naranja, que considera que las políticas de Ruto son antitéticas a las ideologías del partido, y la facción pro-Ruto, compuesta por intolerantes étnicos y oportunistas que se benefician de la destitución de Gachagua. Si bien la larga carrera de Odinga había encarnado a menudo el acomodo cíclico de la élite que fomentaba la apatía de los jóvenes, su fallecimiento elimina al mismo tiempo la infraestructura más consistente y organizada para la política de oposición masiva. La consiguiente aceleración de la fragmentación de la oposición podría suponer una ventaja significativa para el presidente Ruto en 2027, ya que complica la capacidad de cualquier rival para construir una alianza nacional. Es más, Ruto ha intentado posteriormente aprovechar el legado de Odinga citando un «pacto» con el difunto primer ministro en relación con el desarrollo nacional, en un intento de buscar legitimidad a través de la asociación.

Esta inestabilidad política confirma las opiniones profundamente cínicas que tiene la generación Z sobre la élite gobernante. Perciben a los partidos gobernantes como consumidos por las luchas internas, una batalla librada entre redes clientelares rivales por el control de los recursos, más que por el establecimiento de una lucha ideológica o política.

Sin embargo, el vacío creado por estos factores no ha beneficiado automáticamente a la serie de figuras de la oposición con una larga trayectoria en el frente anti-Ruto, que han tenido un papel bastante destacado en la política tradicional. La participación de la generación Z dependerá de qué candidatos puedan abordar de forma creíble sus demandas de rendición de cuentas y cambio sistémico, y ninguno de estos candidatos veteranos posee la «pureza» política o el distanciamiento sistémico necesarios para salvar la brecha de confianza con este grupo demográfico escéptico.

La crisis de credibilidad de Ruto

La agenda principal (aparente) de Ruto sigue siendo la «Agenda de Transformación Económica de Abajo hacia Arriba» (BETA). Su principal acercamiento a los jóvenes ha sido a través de programas emblemáticos como el Hustler Fund, lanzado en 2022, para ofrecer microcréditos de tan solo 500 chelines kenianos (4 dólares). Tras las protestas de 2024, Ruto puso en marcha el programa NYOTA en 2025, que ofrece subvenciones de hasta 50 000 chelines kenianos (400 dólares). Algunos analistas consideran que estas iniciativas no son soluciones económicas genuinas, sino herramientas políticas calculadas; los programas individualistas de microcréditos y subvenciones se ven como un intento de romper la solidaridad colectiva de la Generación Z volviendo a la política clientelista transaccional, que mantiene a las personas en modo de supervivencia en lugar de atentas a las demandas políticas sistémicas del movimiento.

El veredicto actual de la Generación Z sobre Ruto está dominado por la narrativa de la traición. El intento de la administración de imponer impuestos punitivos se percibió como un incumplimiento de la promesa central de aliviar la carga económica de la «nación hustler». Además, se considera al presidente directamente responsable de la violencia estatal, los secuestros, los asesinatos y las desapariciones forzadas llevadas a cabo contra manifestantes desarmados. Su incapacidad para aplicar las medidas de rendición de cuentas que prometió durante su campaña ha erosionado profundamente su credibilidad ante la juventud políticamente despierta.

Los candidatos más prometedores para captar el voto de la generación Z son los que destacaron durante las protestas de 2024-2025, a saber: Okiya Omtatah, David Maraga, Boniface Mwangi y Sungu Oyoo, de la Alianza de Izquierda de Kenia. Estos disruptores poseen la autoridad moral necesaria para conectar con la juventud, pero se enfrentan a enormes retos logísticos.

El senador Okiya Omtatah ha sido una figura pública omnipresente en Kenia durante años, ganándose su reputación principalmente a través del activismo legal. Reconocido como un feroz litigante de interés público, ha presentado múltiples demandas contra individuos e instituciones, utilizando constantemente el poder judicial para exigir la rendición de cuentas pública y el cumplimiento de la ley.

La filosofía política de Omtatah ofrece una crítica sofisticada de los fallos sistémicos de gobernanza de Kenia. Basándose en su experiencia en la defensa de la sociedad civil, sostiene que la clase política tradicional no está comprometida en una lucha para «destruir la prisión» de la corrupción y la gobernanza disfuncional. En cambio, su encarnizada lucha solo se centra en «quién se convierte en el alcaide jefe», prometiendo mejoras marginales (como fumigar las habitaciones o aumentar las raciones), sin alterar la estructura fundamental del sistema opresivo.

Omtatah aboga por un movimiento que se aleje del aislamiento de la sociedad civil y exige que cuestiones fundamentales como los derechos humanos, la justicia y la rendición de cuentas se incorporen a la narrativa política nacional. Su plataforma legislativa refleja su experiencia en derecho y se centra en la rendición de cuentas institucional y la supervisión financiera. En su función de senador, forma parte de comités clave y su política se ha centrado en cuestionar la ineficiencia del Gobierno, por ejemplo, planteando preocupaciones sobre el déficit en la recaudación de ingresos y los criterios utilizados para el pago de la deuda a nivel de condado.

Sin embargo, aunque su retórica es revolucionaria, su método principal —el legalismo y la supervisión parlamentaria— es intrínsecamente lento y requiere paciencia. Esto contrasta fuertemente con la impaciencia de la generación Z por una acción inmediata y disruptiva y la velocidad de la movilización digital. Por lo tanto, su capacidad para mantener una credibilidad radical mientras opera dentro de las estructuras políticas establecidas sigue siendo una prueba crucial para su atractivo a nivel nacional.

La aparición del activista de derechos humanos Boniface Mwangi como candidato a la presidencia para 2027 supone una prueba crucial: si el auténtico impulso antisistema de las protestas puede traducirse en una victoria electoral. Mwangi, crítico desde hace mucho tiempo de la clase dirigente, se posiciona como la voz de la generación más joven, centrando su programa en el desmantelamiento de la crisis de la deuda, el coste de la vida y la brutalidad policial.

Boniface Mwangi se labró su reputación no a través de la política tradicional, sino mediante un activismo intrépido y el fotoperiodismo, en particular al documentar la violencia postelectoral de 2007-2008. Es reconocido por su compromiso con la denuncia de las violaciones de los derechos humanos y por organizar actividades activistas de gran repercusión a través de la organización juvenil PAWA254. Su participación política formal comenzó con la formación del Partido Ukweli en 2017, cuando se presentó sin éxito a las elecciones parlamentarias por la circunscripción de Starehe con un programa explícitamente anticorrupción.

La filosofía del Partido Ukweli se centra en crear una Kenia en la que los ciudadanos puedan desarrollar todo su potencial, prosperar económicamente y prosperar en una comunidad socialmente cohesionada. Mwangi se ha comprometido constantemente a liderar una «nueva Kenia» basada en la justicia, la equidad y los valores democráticos. Su plataforma se basa en acabar con la desigualdad y la corrupción, restaurar la dignidad y crear oportunidades.

Si bien su candidatura encarna los principios antisistema de la revuelta de 2024, su viabilidad como candidato activista depende de que logre superar la arraigada infraestructura política de Kenia. Teniendo en cuenta su fallida candidatura al Parlamento en 2017, las barreras estructurales son inmensas, entre ellas competir contra candidatos respaldados por la riqueza generacional, superar el hábito profundamente arraigado de los bloques de voto étnicos y soportar la demostrada disposición del Estado a utilizar la intimidación legal y física contra los críticos de base.

David Kenani Maraga, decimocuarto presidente del Tribunal Supremo y expresidente del Tribunal Supremo de Kenia, se presenta a las elecciones de 2027 con un poderoso legado de integridad institucional. Su mandato se destacó por la decisión de 2017 de anular las elecciones presidenciales, un momento histórico que consolidó su reputación de independencia judicial y fidelidad constitucional.

La plataforma central de Maraga se centra en restaurar un liderazgo ético y responsable, con la promesa de garantizar el riguroso cumplimiento del estado de derecho. Un componente fundamental de su atractivo para la generación Z es su compromiso explícito y oportuno con la cuestión de los derechos digitales. Tras la represión estatal de la disidencia digital en 2024-2025, Maraga afirmó públicamente que los derechos digitales deben protegerse para salvaguardar la libertad de expresión. Hizo estos comentarios específicamente en el contexto de las acciones del Estado contra blogueros y activistas, ejemplificadas en el asesinato de Albert Ojwang por parte del Estado. Esta medida estratégica es vital: aunque su edad y su trayectoria judicial pueden llevar a algunos votantes de la generación Z a percibirlo como desconectado o excesivamente conservador, su defensa autoritaria de las libertades en línea logra salvar la brecha institucional. Al aprovechar su autoridad legal para defender la disidencia en línea, Maraga se posiciona como el guardián institucional de las protestas digitales, una garantía necesaria para una generación que teme la vigilancia y la fuerza del Estado.

Maraga ofrece a la generación Z una propuesta de valor única que difiere notablemente de la de otros candidatos no tradicionales: la promesa de competencia y estabilidad institucionales, combinada con un compromiso profundo y demostrado con la rendición de cuentas. Mwangi ofrece un cambio radical, pero no ha sido puesto a prueba en el ámbito de la gobernanza; Omtatah ofrece un fundamentalismo legal que corre el riesgo de provocar una parálisis legislativa. La trayectoria de Maraga implica un dominio de la maquinaria estatal y la aplicación de la Constitución. Su promesa de un liderazgo eficaz y ético ofrece una vía más predecible y potencialmente más eficiente para la reforma, lo que puede resultar atractivo para el segmento pragmático de la generación Z que busca resultados tangibles y una prestación de servicios eficaz, junto con medidas anticorrupción.

El auge de la izquierda keniana

Más allá de los activistas individuales, los movimientos políticos organizados están intentando formalizar la energía de las protestas. La Alianza de Izquierda, que respalda a Sungu Oyoo como su candidato presidencial, desempeñó un papel activo en la organización de las protestas de junio de 2025 y actualmente está en transición hacia la búsqueda del poder electoral. Esta alianza proporciona la claridad ideológica que a menudo carecía el movimiento de protesta sin líderes, centrándose en la reforma económica estructural, las políticas contra la austeridad y la lucha contra la impunidad de las élites. Su objetivo es establecer «territorios liberados» donde se puedan implementar reformas tangibles, presentando de manera efectiva ejemplos concretos de una sociedad mejor.

El principal obstáculo para estos candidatos es que, aunque poseen una enorme resonancia digital y autoridad moral, llevar a cabo una campaña presidencial nacional en Kenia exige una gran financiación, estructuras regionales de partido consolidadas y la movilización tradicional de las bases para cumplir los umbrales de nominación constitucionales establecidos por la Comisión Electoral y de Límites Independiente (IEBC). La falta de una estructura formal y centralizada, que inicialmente protege al movimiento de la cooptación, se convierte en una debilidad significativa cuando se intenta pasar a una contienda electoral tradicional. Por lo tanto, el reto para los disruptores es construir una infraestructura escalable sin comprometer la autenticidad digital y la identidad antisistema que atrajo inicialmente a la Generación Z.

El panorama político que conduce a las elecciones de 2027 se ha visto fundamentalmente alterado por la desilusión y la organización digital de la Generación Z. Para este grupo demográfico, las elecciones son ahora una contienda de confianza, definida por quién puede restaurar de forma más creíble el contrato social fracturado por la respuesta represiva de la administración al descontento económico.

El actual presidente, William Ruto, entra en el ciclo en grave desventaja debido a una pérdida irreversible de credibilidad y confianza entre los jóvenes. Su supervivencia política depende de que consiga mantener los bloques étnicos tradicionales y superar el grave déficit de confianza institucional que actualmente socava la legitimidad de todo el aparato estatal.

La oposición establecida, aunque se beneficia de la impopularidad de Ruto, se ve atrapada por la brecha de edad y autenticidad. Si veteranos como Kalonzo Musyoka intentan competir utilizando la política de coalición tradicional sin adoptar el radicalismo genuino y el personal del movimiento de la Generación Z, corren el riesgo de ser descartados como irrelevantes por los jóvenes, que dan prioridad al liderazgo no tradicional.

El mayor potencial de éxito electoral reside en activistas como Boniface Mwangi, cuyas plataformas reflejan directamente las demandas del levantamiento. Sin embargo, su reto es monumental: convertir el impulso digital descentralizado y sin líderes en una infraestructura electoral centralizada y nacional capaz de satisfacer las demandas financieras y logísticas de una campaña presidencial.

En última instancia, el verdadero riesgo para la democracia de Kenia en 2027 es la posibilidad de una abstención masiva de los jóvenes como consecuencia de la profunda desconfianza institucional. Si ellos (nosotros) optan por continuar con la política callejera en lugar de la percibida ilegitimidad de las urnas, este resultado beneficiaría paradójicamente al establishment político arraigado que ellos (nosotros) buscan desmantelar, al reducir el umbral necesario para ganar según la aritmética étnica tradicional. El resurgimiento de un proyecto más justo para Kenia depende de si la energía de su (nuestro) levantamiento puede canalizarse hacia un resultado político legítimo y formal. La responsabilidad recae sobre nosotros.

Ivan Mayabi es escritor y bibliófilo de Nairobi, Kenia.

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3. Vicios privados, virtudes públicas.

Zhok sigue reflexionando sobre Epstein, ahora desde el punto de vista de la cooperación vista desde dos perspectivas contrapuestas.

https://www.facebook.com/andrea.zhok.5/posts/pfbid0EC5T3kdfzWpR9JiLnm5hAAQtdX1ghqfJUymNGcD5G3HmdSdTziBXdQS6gbGX7RG8l

VICIOS PRIVADOS, VIRTUDES PÚBLICAS

Debates como el reciente sobre Chomsky y los archivos Epstein me han hecho reflexionar sobre un problema profundo en las sociedades occidentales actuales.

Para llegar al grano, debo hacer una digresión.

Partamos de una cuestión antropológica y sociológica elemental. Dado que lo que caracteriza a los seres humanos en términos de eficacia en el mundo es la capacidad de cooperar, preguntémonos: ¿cómo se puede construir una red de cooperación?

Por supuesto, existen las instituciones formales, pero estas dependen a su vez de un nivel motivacional más profundo: se puede tener formalmente un Estado y un poder judicial con leyes, pero esto puede ser totalmente vacío e ineficaz si la gente no cree en ello, si no ve una razón para reconocerse en ello. El mundo está lleno de Estados e instituciones que solo existen sobre el papel, pero que en realidad encubren otros mecanismos de poder.

La pregunta entonces es: ¿qué permite construir redes de cooperación a un nivel motivacional profundo? En el contexto actual, creo que hay que mencionar dos modelos.

1) El modelo tradicional se basa en la naturaleza humana y tiene un pasado glorioso: grupos de personas se organizan, coordinan y cooperan en función de ideales comunes, dando a los demás y recibiendo de los demás reconocimiento. Los elementos afectivos fundamentales de estos sistemas son cosas como la amistad, la lealtad, el honor y la reputación. Todas estas instancias necesitan tiempo para consolidarse: el honor o la reputación no se evalúan en un solo caso, sino en la configuración global de los comportamientos a lo largo del tiempo.

El hecho de que se construyan con el tiempo hace que estas instancias sean difíciles de construir, especialmente en contextos como los del trabajo moderno, donde las personas no viven ni trabajan durante largos períodos de tiempo en proximidad. Cabe señalar que estas formas de construcción de la reputación también pueden utilizarse en contextos delictivos, es decir, para fines que podríamos considerar todo menos ideales. (Este es el caso del «familismo» presente en varias asociaciones criminales de tipo mafioso). El hecho es que, incluso en esos contextos, este modelo cooperativo construye una ética interna. Por otra parte, las asociaciones criminales basadas en la lealtad familiar no pueden extenderse demasiado y, cuanto más se alejan del centro de lealtad primario, más fácilmente se desintegran: su poder es limitado.

Por esta razón, como base para construir la solidaridad, la lealtad, el honor y la reputación dentro de un grupo, funcionan mejor los ideales amplios: la fe en Dios, la idea de nación, el comunismo, etc.

Estas instancias son fundamentales para obtener la cooperación de un gran número de personas, lo cual es indispensable para quienes NO poseen una cantidad significativa de poder.

2) Sin embargo, si miramos al otro extremo de la sociedad actual, encontramos otros grupos con interés en la cooperación. Lo que llamamos «las élites» están representadas por sujetos que poseen individualmente porciones significativas de poder.

En la narrativa liberal, el hecho de que estos individuos sean, en cualquier caso, una pluralidad (cientos, miles, según el nivel) sería una garantía de su inocuidad, porque en el sistema liberal estas élites compiten constantemente entre sí. Esta competencia garantizaría una limitación recíproca de los poderes.

En principio, coordinar los esfuerzos y las actividades de unos cientos de personas es inmensamente más fácil que hacerlo para millones, decenas o cientos de millones de individuos, para un pueblo. Pero para las élites hay otro problema. Los sujetos que acceden a la cima del poder en un contexto de competencia económica como el occidental son típicamente tiburones sin escrúpulos, en los que apelar a la lealtad, el honor, la amistad o la reputación sería patético, además de ineficaz. Por lo tanto, aunque numéricamente les resulta más fácil cooperar, su propia naturaleza les lo impide. ¿Cómo se puede superar esta limitación?

La respuesta la da una estratagema que se encuentra en algunas versiones del «dilema del prisionero». Hay que hacerse MUTUAMENTE CHANTAJEABLE. Un tiburón de las finanzas que ha llegado a la cima nacional o internacional no cuenta con la lealtad de otro tiburón gemelo. Nadan en un entorno en el que arrancar un trozo de carne a quienes te rodean te garantiza crecer y poder comer otros peces más pequeños al día siguiente. Pero si te conviertes en cómplice de algo absolutamente inconfesable, esto garantiza una cooperación a largo plazo. A pesar de que el único ideal que los mueve es un ideal antisocial, un ideal en el que vale el mors tua vita mea, logran cooperar de manera estable con este sustituto de la lealtad y la reputación que es la complicidad en el delito, la chantajeabilidad mutua.

Llegados a este punto, mi pregunta es: ¿cuál de los dos sistemas de cooperación tiende a tener más éxito hoy en día?

El primer sistema tiene detrás toda la historia de la humanidad, es potencialmente inclusivo, constructivo, ético, pero debe coordinar a muchísimas personas sobre la base de instancias que se ven constantemente erosionadas, ridiculizadas, desacreditadas, como el honor y la reputación.

El segundo sistema, gracias a la colosal concentración de poder económico actual, puede ejercer un enorme poder coordinando a relativamente pocas personas, personas que pueden conocerse cara a cara. Estos sujetos pueden ser unos perfectos hijos de puta, de hecho eso ayuda, pero si se vinculan mutuamente a través del chantaje recíproco pueden operar con extraordinaria eficacia.

Y aquí vuelvo al caso Chomsky y a por qué me llamó la atención.

No por cuestiones de afecto personal: Chomsky era un liberal, con posiciones muy convencionales sobre los habituales «villanos» made in USA, tomó posiciones estúpidas durante la pandemia, etc. No es mi héroe. El único libro suyo que tengo en mi biblioteca es de lingüística.

Lo que me llama la atención aquí es un elemento relacionado con la dinámica de la reputación.

Chomsky parece un idealista que luchaba contra el sistema y, por lo que puedo entender, creía firmemente en ello. Escribe algo así como cuarenta volúmenes de crítica severa al sistema de poder estadounidense; claro, críticas en el marco de la Constitución estadounidense, no es un revolucionario, y sin embargo. Dos generaciones lo perciben como una figura ejemplar. Da conferencias en todo el mundo, siempre con un gran número de seguidores. Y, sin embargo, no se enriquece (es acomodado, pero nada más).

A los 87 años conoce a Jeffrey Epstein.

A los 95 años sufre un derrame cerebral que lo incapacita.

A los 97 años, su reputación queda destruida porque, al consultar los archivos de Epstein, sale a la luz que se relacionaba con él, que aceptaba favores (ayuda financiera, vacaciones), que mantuvo una conversación en la que intentaba refutar las ideas racistas de Epstein y que, en conversaciones privadas, parecía creer en la inocencia de Epstein.

Como he dicho, no me interesa defender a Chomsky ni a nadie, pero hay algo que no puedo evitar preguntarme. ¿Alguien tiene claro en qué túnel nos hemos metido?

Quiero decir: si alguien puede labrarse una reputación impecable e incluso gloriosa a los ojos de la opinión pública de todo el mundo hasta la cuarta edad y esta puede quedar reducida a cenizas en una semana por una mala compañía senil, ¿quién está a salvo exactamente?

¿Quién puede decir que invertir en los valores tradicionales de la honradez, la lealtad, la reputación, esforzarse en la búsqueda común de un ideal tiene sentido hoy en día?

¿Entienden lo que está en juego?

Hemos construido un mundo en el que puedes matar a tu prójimo, masacrar pueblos, sumir en la miseria a regiones, violar, comprar y vender órganos, hacer cualquier cosa y, al final, si tu círculo de chantajistas te apoya lo suficiente, te libras con una mención al margen, mantienes todo tu poder y, en el momento de la muerte, puedes encargar a un director glamuroso que te haga una biografía aduladora, que hará que el espectador diga: sí, era un poco hijo de puta, pero un hijo de puta simpático, vamos.

Por otro lado, puedes dedicar tu vida a las ideas que consideras justas, discutir con todo el mundo, no rehuir nunca, participar, firmar peticiones, escribir sin cesar, mantener la coherencia incluso en situaciones difíciles, no aceptar chantajes, no dejar que el poder te dicte lo que debes decir y, al final, si alguien encadena diez episodios «inoportunos» en la vejez, eso es suficiente para despreciarte y tirar a la incineradora todo lo que has hecho.

Bueno, no sé si está claro qué lección está llegando a las nuevas generaciones. Entonces no se sorprendan.

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4. Wolff sobre Trump y el declive de EEUU.

Un artículo del economista estadounidense sobre la situación política en su país.

https://www.counterpunch.org/2026/02/11/trumps-politics-and-a-declining-us-capitalism-in-2026/

11 de febrero de 2026

La política de Trump y el declive del capitalismo estadounidense en 2026

Richard D. Wolff

Un año después del inicio del segundo mandato de Trump, queda claro lo que su presidencia pretende lograr. Por un lado, se exagera enormemente la importancia de sus iniciativas y sus repercusiones. Se reconoce mucho menos cómo las condiciones existentes y la política convencional de los partidos en Estados Unidos dieron lugar a Trump y a la mayor parte de lo que hace. Tanto Trump como la política estadounidense y todo su entorno se basan en los cambios fundamentales del capitalismo estadounidense, que configuran y reflejan su declive en el mundo. Entre ellos destacan especialmente ciertos aspectos de clase, raza y género.

El Partido Republicano (GOP) de Trump nunca ha dejado de ser una coalición. Por un lado, los principales donantes del partido han sido en su mayoría miembros destacados de la clase de empresarios privados estadounidenses. Esos donantes proporcionan los fondos clave que los altos cargos del partido utilizan para organizar y movilizar al otro lado de la coalición, en particular a los bloques de votantes. Los principales donantes se dividen en tres grupos: los que donan al GOP, los que donan al DEM y los que patrocinan a ambos. Ambos partidos utilizan el dinero de sus principales donantes para organizar a su masa de votantes, ganar cargos públicos y, de ese modo, recompensar a esos donantes. El GOP y el DEM compiten por los votantes utilizando el dinero de sus respectivos donantes. Las donaciones de la clase donante la protegen de críticas graves o sostenidas por parte de cualquiera de los dos grandes partidos estadounidenses. Son los costes de la hegemonía de esa clase. Ninguna de las dos coaliciones se atreve a ofrecer tales críticas, por temor a amenazar su capacidad de obtener donaciones y, por extensión, la propia supervivencia del partido.

De vez en cuando, uno de los partidos obtiene mejores resultados que el otro en el funcionamiento de esta «política de coalición». Obtiene más dinero de los donantes y/o socava las donaciones al otro partido. Tiene más éxito que el otro partido a la hora de asegurar o construir bloques de votantes. El otro partido entonces contraataca. En las décadas anteriores a Trump, la coalición del Partido Republicano decayó. Aunque el Partido Republicano cumplió diligentemente con sus principales donantes, se limitó a alimentar símbolos más que a cambiar realidades para sus masas votantes. El Partido Republicano se opuso rotundamente al aborto, pero nunca lo detuvo. Apoyó el cristianismo fundamentalista, pero más con palabras que con hechos. Respaldó la globalización neoliberal y celebró los beneficios que reportó a sus donantes, pero apenas reconoció, y mucho menos compensó, las pérdidas que impuso a la clase trabajadora estadounidense.

En las últimas décadas, la coalición demócrata también respaldó la globalización neoliberal y celebró igualmente su rentabilidad como si fuera «buena para toda América». Algunos líderes demócratas reconocieron de boquilla las pérdidas de los trabajadores por la globalización. Asimismo, afirmaron «preocuparse» por que la globalización agravara las desigualdades de riqueza e ingresos en Estados Unidos y «vaciara la clase media». Sin embargo, los demócratas ofrecieron poco más que retórica, ya que las grandes donaciones de los principales beneficiarios de la globalización seguían siendo un objetivo clave del partido demócrata. Los trabajadores estadounidenses perjudicados por la globalización se sintieron cada vez más alienados, decepcionados y traicionados por la coalición demócrata. Mientras tanto, esa coalición redirigió su atención y su atractivo hacia las mujeres y las minorías raciales y étnicas como bloques de votantes. Oponerse a la discriminación que esos bloques habían sufrido durante mucho tiempo en Estados Unidos entrañaba un riesgo mucho menor de perder a los principales donantes corporativos e individuales. Solo unas pocas voces de la izquierda progresista de la coalición DEM criticaron los costosos efectos de la globalización sobre la clase trabajadora. Los líderes del DEM solo tomaron medidas «progresistas» modestas (aunque a menudo afirmaban haber hecho más de lo que realmente habían logrado). Por no haber hecho realmente más, por supuesto, los demócratas culparon al Partido Republicano.

Mientras este tipo de política funcionó para los demócratas, el Partido Republicano adoptó un enfoque de «yo también», sugiriendo simpatía por los intereses de las mujeres y las minorías. Pero una vez que décadas de globalización empobrecieron a sectores suficientemente grandes (y especialmente masculinos y blancos) de la clase trabajadora estadounidense, los republicanos cambiaron su enfoque. Cada vez más, utilizaron los llamamientos de los demócratas a las mujeres y a los no blancos en contra de los demócratas, presentando esos llamamientos como una señal de que los demócratas habían abandonado a la clase trabajadora blanca, masculina y cristiana. Entró en escena Donald Trump, que llevó este giro al extremo al expulsar bruscamente a los líderes tradicionales del Partido Republicano (la familia Bush, etc.) que habían dudado en llegar tan lejos.

La coalición republicana liderada por Trump busca los mismos donantes de la misma clase (empresarios) de siempre. Esa coalición también busca los votos de bloques mayoritariamente blancos de trabajadores (especialmente hombres, cristianos fundamentalistas, superpatriotas, etc.). Sin embargo, a diferencia de los republicanos tradicionales, los trumpistas van mucho más allá a la hora de complacer a los más extremistas entre esos votantes, aquellos que no se conforman con meros gestos simbólicos. Prometen ir mucho más allá de los límites del liderazgo tradicional del Partido Republicano para revertir todo lo que culpan a los demócratas (y especialmente a Obama y Biden).

El Partido Republicano de Trump proclama a los cuatro vientos que a los demócratas solo les importan las mujeres, los trabajadores negros y morenos y los inmigrantes. El Partido Republicano de Trump acusa a los demócratas de conseguir votos proporcionando puestos de trabajo e ingresos a estas mujeres, trabajadores negros, morenos e inmigrantes (tanto ilegales como legales). Además, Trump repite que esos puestos de trabajo e ingresos se han conseguido a expensas de los puestos de trabajo e ingresos de los trabajadores varones, blancos y cristianos y sus comunidades. Los republicanos culparon con éxito a los demócratas del sufrimiento de los trabajadores blancos, hombres y cristianos que perdieron sus empleos debido a la globalización desde la década de 1980. Los demócratas criticaron mínimamente a la clase empresarial estadounidense (para asegurarse el apoyo de sus donantes) y se centraron en cambio en atacar a China (como si la decisión de trasladar puestos de trabajo de Estados Unidos a Asia hubiera sido de China y no de los directivos de las empresas estadounidenses).

Las serias campañas presidenciales de Trump llegaron después de varias décadas de alternancia en el poder entre las coaliciones republicana y demócrata. A lo largo de esas décadas, el capitalismo estadounidense se había beneficiado del apoyo continuo del Gobierno estadounidense. Las enormes reducciones de impuestos y los programas de gasto público impulsaron los beneficios de las empresas. Los enormes rescates gubernamentales siguieron a las caídas de los mercados bursátiles y crediticios. Ambos partidos respaldaron, promovieron y protegieron la globalización neoliberal mientras competían por los principales donantes. Por el contrario, ambos se limitaron a repartir gestos meramente simbólicos a sus respectivos votantes. Por no hacer más, cada partido atacó al otro en un juego de culpas que resultó cada vez menos eficaz. De forma lenta pero constante, una parte cada vez mayor de los bloques de votantes dentro de las coaliciones de ambos partidos se alejó del voto y de la política partidista en general.

La personalidad y las creencias personales de Trump encajaban en el momento histórico y, por lo tanto, le sirvieron. Se habían acumulado fuerzas que comprendían (o al menos intuían vagamente) la necesidad de que el capitalismo estadounidense obtuviera más apoyo que el proporcionado por las coaliciones tradicionales de ambos partidos. El declive del capitalismo estadounidense en relación con China, por un lado, generó esas fuerzas. Por otro lado, también lo hicieron décadas de declive en el número, el bienestar y la identificación política de los trabajadores sindicalizados del sector manufacturero estadounidense. Esas fuerzas encontraron en Trump, un outsider de ambas coaliciones, a alguien dispuesto a ir mucho más allá que los líderes tradicionales de los partidos para reconstruir el número y el compromiso de los votantes de sus respectivas coaliciones.

 

El ala republicana de esas fuerzas encontró un inmenso potencial en la extrema hostilidad de Trump hacia los inmigrantes, su aparente simpatía por la supremacía blanca, su apoyo al cristianismo fundamentalista y su desdén por los líderes tradicionales de los dos grandes partidos. Esa ala se entusiasmó con sus promesas de prohibir los abortos, celebrar el cristianismo fundamentalista y la NRA, aumentar la tolerancia hacia la supremacía blanca y rechazar la «diversidad, equidad e inclusión» (DEI) y las iniciativas ecológicas como engaños o algo peor. Estas eran precisamente las claves para reanimar la base electoral del Partido Republicano. Trump reiteró a los principales donantes del partido sus promesas de llevar a cabo recortes fiscales históricos, subvenciones y una desregulación masiva de sus prácticas empresariales. Con sus donaciones, por supuesto, el extremismo de Trump podría asegurar los votos necesarios para que el Gobierno estadounidense cumpliera las promesas hechas a ambas partes de la coalición republicana.

En opinión de quienes lo descubrieron y apoyaron desde el principio, Trump tenía lo necesario para rescatar al Partido Republicano de una coalición que se había estancado por descuidar el sufrimiento de sus bloques de votantes a causa de la globalización neoliberal. Ese rescate consistió en poner fin al abandono por parte del Partido Republicano de las víctimas de la globalización, al tiempo que se buscaba volver a involucrar a la derecha más extrema, principalmente hablando con mucha más franqueza de lo que se habían atrevido los políticos tradicionales de ambos partidos.

Se burló de ellos por su timidez. Los derrotó en las primarias republicanas. Criticó duramente a sus oponentes demócratas por favorecer a los inmigrantes, las mujeres y los no blancos. Les culpó principalmente a ellos, y no a las grandes empresas, de las pérdidas sufridas por los trabajadores blancos, hombres y cristianos. Su lenguaje agresivo hacia todos los políticos convencionales que se oponían a él tenía como objetivo demostrar a las masas que él cumpliría lo que los republicanos anteriores no habían logrado. Mientras tanto, seguía asegurando a los multimillonarios que obtendrían mayores riquezas a cambio de sus donaciones.

Bernie Sanders, un independiente «progresista» que forma parte del grupo parlamentario demócrata y se describe a sí mismo como «socialista», ofreció a la coalición demócrata un tipo diferente de rejuvenecimiento. Él también prometió mucho más a las masas de votantes demócratas de lo que los líderes demócratas tradicionales se habían atrevido a hacer. Lo que diferenciaba claramente a Sanders eran sus críticas explícitas a la clase empresarial estadounidense. En su opinión, esa clase no necesitaba ni merecía los generosos regalos (enormes recortes fiscales y subvenciones) de los políticos elegidos. Por el contrario, debía ser culpada y responsabilizada por los costes que sus decisiones para aumentar los beneficios imponían a la clase trabajadora. Las campañas presidenciales de Sanders demostraron que se podía reconstruir el apoyo masivo de sus bloques de votantes y que ese apoyo podía reportar muchos millones en pequeñas donaciones.

A diferencia de los líderes tradicionales del Partido Republicano, que no lograron detener a Trump y fueron desplazados por su movimiento Make America Great Again (MAGA), los líderes tradicionales del Partido Demócrata comprendieron cómo salvarse de un desplazamiento similar. Se comprometieron a destruir las campañas presidenciales de Sanders. A pesar de ello, otros demócratas progresistas y socialistas siguieron a Sanders. Victorias como las de Alexandra Ocasio-Cortez en el Congreso y Zohran Mamdani en la ciudad de Nueva York han desarrollado aún más lo que Sanders comenzó.

Lo mismo ocurrió con la movilización masiva en Minneapolis a finales de enero de 2026 contra el ejército ICE de Trump, con su uso creativo y eficaz de la huelga general. Las encuestas y otras pruebas sugieren que el ala «progresista» de Sanders del Partido Demócrata está ganando popularidad tanto dentro del partido como en general. Es muy posible que se conviertan en el equivalente de izquierda de las masas MAGA que apoyan a Trump.

Si las confrontaciones se intensifican, la clase patronal estadounidense podría entonces apoyar con todo su peso al bando MAGA y satisfacer las inclinaciones fascistas que ya están en juego en ese bando. Como han insistido antes grandes artistas estadounidenses, «puede suceder aquí». La estrategia de Trump será entonces la represión interna para poner fin a las confrontaciones socialmente disruptivas que amenazan el proyecto MAGA, los beneficios del sistema y que posiblemente se levanten para desafiar al propio sistema capitalista.

El programa interno de Trump sigue prácticamente intacto a principios de 2026. Sin embargo, el continuo declive del imperio estadounidense y de su posición relativa en la economía mundial pasa factura. Lo mismo ocurre con la creciente oposición social al «manejo» de Trump del escándalo Epstein, la oposición de muchos dentro y fuera de MAGA a la alianza entre Israel y Estados Unidos sobre Gaza, y la repulsa generalizada contra la violencia y la misión del ICE. Siempre dispuestos a tomar medidas para distraer la atención de los crecientes problemas internos, los asuntos exteriores atrajeron al equipo de Trump (a pesar de su fracaso en poner fin rápidamente a la guerra en Ucrania, como había prometido). Sin embargo, bombardear Irán (junto con Israel), secuestrar al presidente venezolano Maduro, amenazar a Groenlandia, Dinamarca y la OTAN por su intención de «apoderarse» de Groenlandia, bombardear una aldea nigeriana, amenazar con reclamar Panamá, amenazar con la guerra a Irán, amenazar a Canadá y México (y, por supuesto, a Cuba una vez más) han resultado ser impopulares en Estados Unidos. Así lo muestran las sucesivas encuestas.

Los problemas económicos que acosan al régimen de Trump son los más difíciles de resolver. Incluso si el Tribunal Supremo valida la imposición global de aranceles por parte de Trump, sus efectos están teniendo resultados preocupantes para él. Los nuevos ingresos generados distarán mucho de ser suficientes para reducir el déficit presupuestario de Estados Unidos. De hecho, el aumento del presupuesto del Departamento de Guerra propuesto por Trump, de 600 000 millones de dólares, empeorará significativamente el déficit estadounidense. Solo ese aumento presupuestario es varias veces superior a las estimaciones de lo que reportarán los aranceles de Trump. Del mismo modo, los ahorros derivados de la tormenta DOGE de Musk distaron mucho de generar los recortes presupuestarios tan esperados y publicitados. Las naciones que se opusieron a la adquisición de Groenlandia por parte de Estados Unidos dieron lugar a un acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Mercosur y a la reanudación de las negociaciones comerciales entre China, por un lado, y Alemania, Francia y el Reino Unido, por otro. Las maniobras de Trump para controlar las exportaciones de chips semiconductores de Nvidia provocaron una vez más la represalia de China en torno a las tierras raras. Por último, los aranceles y las amenazas de Estados Unidos contra Canadá han dado lugar a nuevos acuerdos comerciales entre Canadá y China. Las repercusiones económicas de estos y otros acuerdos similares que ya se están considerando amenazan con causar importantes daños y costes económicos a largo plazo.

Pronto, el auge de China y sus aliados del BRICS, combinado con el declive de Estados Unidos y lo que pueda quedar de la alianza del G7, supondrá un cambio fundamental. Una época histórica está llegando a su fin y otra la está sustituyendo. Nos encontramos en un punto de inflexión en el que lo cuantitativo se convierte en cualitativo y el cambio pasa de ser lento a rápido. El objetivo de las actuales medidas políticas hacia diversas formas de autoritarismo en muchos capitalismos es frenar todo esto. Pero para muchos de esos autoritarismos, ya es demasiado tarde. Han heredado demasiados problemas superpuestos del declive del capitalismo. Tienen muy pocas opciones reales para resolverlos.

Socialismos de diversos tipos, impregnados de las historias y características de diferentes naciones, se preparan para sustituir los esfuerzos autoritarios actuales por frenar el cambio histórico. Esas autoproclamaciones socialistas implican un retorno al compromiso total con la democracia en la política, pero también en la economía. Esto último incluye la democratización de las estructuras organizativas internas de las empresas (fábricas, oficinas y tiendas). Los socialismos se están convirtiendo en los defensores de la democracia, justo cuando el capitalismo, en su afán de supervivencia, se ve empujado hacia el autoritarismo. Los socialismos responden a su propia historia avanzando hacia la democracia, mientras que los capitalismos responden a la suya desplazándose hacia estructuras sociales autoritarias. Estas ironías de la historia moderna reflejan un profundo periodo de cambio, lleno de peligros, pero también de oportunidades históricas para un mundo nuevo y mejor.

Richard Wolff es autor de Capitalism Hits the Fan y Capitalism’s Crisis Deepens. Es fundador de Democracy at Work.

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5. Las tareas de la izquierda.

Un artículo breve de Dylan Riley sobre cómo debería ser la izquierda estadounidense, según él.

https://newleftreview.org/sidecar/posts/first-principles

Principios fundamentales

Dylan Riley

11 de febrero de 2026

Una sorprendente transformación ha sacudido la cultura política del mundo rico durante la última década y media. A raíz de la crisis financiera, el auge del Tea Party, los Indignados, las nuevas izquierdas socialdemócratas, Orbán, el Brexit, Trump y la creciente popularidad del RN en Francia, la AfD en Alemania y la FdI en Italia parecían sugerir que la clase trabajadora había resurgido repentinamente de su letargo posterior a 1989 para rechazar el consenso neoliberal, a veces desde la derecha, a veces desde la izquierda. Pero su renacimiento fue paradójico. Dejar de ser agente de la revolución mundial y base social para la reconstrucción de la sociedad, ahora se presentaba como defensora del Estado-nación frente a los mercados globales y las élites cosmopolitas. En resumen, parecería que la clase trabajadora, por razones a la vez «culturales» y «materiales», ha renacido como la gran fuerza conservadora —en el sentido literal— del mundo contemporáneo.

En consecuencia, el marco teórico de la izquierda sobre la política de la clase trabajadora también ha cambiado: ya no es Marx (y mucho menos Lenin o Trotsky), sino Polanyi el teórico de su agencia. La clase trabajadora actúa en «contramovimientos» al capitalismo global. Se «reintegra» y conserva, defendiendo su «mercancía ficticia» del mercado. El nostálgico estado de ánimo cuasi burkeano que se ha apoderado de gran parte de la intelectualidad de izquierda, cuyo lema quizá se resume mejor en el título del último libro de Wolfgang Streeck, ¿Recuperar el control?, encuentra su inspiración en el enigmático pensamiento de una figura que, aunque simpatizaba con Stalin, denunció a los primeros bolcheviques, y a Trotsky en particular, como soñadores poco realistas.

La izquierda se enfrenta en esta situación a un grave dilema. Puede seguir a la clase obrera por la vía nacionalista-chovinista o insistir en sus principios internacionalistas a costa de romper cualquier vínculo que le quede con su indispensable agente social. Los signos morbosos de este problema están por todas partes. Los socialdemócratas endurecen la vigilancia fronteriza y abrazan los argumentos de la derecha contra el flagelo del wokeismo. En el lado opuesto del espectro, elementos de la derecha emplean cada vez más un lenguaje y un modo de análisis marxistas, cuyo objetivo es una tecnocracia aburrida que controla un Estado profundo que debe ser destruido para revivir la nación.

Esta es una lucha que la derecha siempre ganará porque puede hablar en términos abiertamente nativistas sobre la inmigración y no está limitada por ningún compromiso residual de reparar las injusticias históricas del pasado en su crítica de la corrección política. El intento de la izquierda de girar hacia el chovinismo, por su parte, solo ha producido una versión débil y poco clara del original. Paradigmáticamente, ¿quién querría apoyar al Bündnis Sarah Wagenknecht cuando se ofrece la Alternative für Deutschland?

¿Hay alguna forma de salir de esta trampa, o las mareas históricas han cambiado tan profundamente que la política de izquierda se ha quedado varada en la orilla, jadeando como un pez fuera del agua? Un punto de partida podría ser una purificación conceptual: un retorno a los principios fundamentales. Gran parte del discurso sobre la clase se ha «culturalizado»; contrapone a una élite educada a una clase trabajadora definida como aquellos que no tienen un título universitario. Pero, por supuesto, el hecho de tener una educación no exime a nadie de la necesidad de trabajar por un salario. Esto podría ayudar al menos a plantear el problema, que no es tanto que los trabajadores en su conjunto se estén volcando hacia la derecha, sino que la clase está fundamentalmente fracturada por los intereses materiales que impulsan la posición de mercado de sus componentes, como señaló Weber hace mucho tiempo. Enmarcada de esta manera, la estrategia necesaria parecería ser no acomodarse a la deriva hacia la derecha sin mucho éxito, sino encontrar una base sobre la que suturar esa división, una que hable tanto de intereses de mercado altamente específicos y con inflexiones culturales como de intereses de toda la clase arraigados en la experiencia común del trabajo asalariado.

Esta política debe partir de la observación de que los intereses económicos de los asalariados bajo el capitalismo están muy diferenciados y pueden apuntar en direcciones políticas diferentes, incluso contradictorias. Los intereses de clase y los intereses económicos no son en absoluto idénticos. No se trata de apelar a los intereses «económicos» por encima de los intereses «sociales» o «culturales» (lo que se denomina erróneamente «política de identidad»). Se trata más bien de desarrollar una política materialista que sea a la vez específica y general, y que aborde la vida de los trabajadores en el ámbito accesible desde la experiencia de las relaciones de mercado, y su potencial en la estructura de la propiedad, lejana desde el punto de vista de la experiencia.

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6. Marx y la agricultura francesa hoy.

Reseña crítica de un libro teóricamente basado en un análisis marxista del campo francés.

https://www.terrestres.org/2026/02/09/karl-marx-un-spectre-qui-hante-lagriculture/

Karl Marx, un espectro que acecha a la agricultura francesa

Un libro reciente aplica el análisis marxista a la salarización de la agricultura francesa. Sería bienvenido, explica Tanguy Martin, si no lo utilizara también para criticar la ecologización de las prácticas y políticas agrícolas, y para alinearse con los valores de los gestores agrícolas. Marx desviado al servicio del gran capital… ¡todo un reto!

Tanguy Martin

9 de febrero de 2026
Acerca del libro Essai sur l’histoire des rapports entre l’agriculture et le capitalisme [Ensayo sobre la historia de las relaciones entre la agricultura y el capitalismo], de Thierry Pouch, publicado en 2023 por la editorial Classiques Garnier en la colección «Bibliothèque de l’économiste» .
En este libro, Thierry Pouch, «economista jefe» de Chambres d’agriculture France1, controlada por la FNSEA, que pretende representar a los empresarios agrícolas productivistas2, recurre a Karl Marx en un ambiguo análisis de la historia reciente de la agricultura. Por un lado, el análisis marxista ayuda a comprender el proceso de proletarización y asalariamiento de la agricultura francesa; por otro lado, se tergiversa para apoyar la liquidación de los tímidos avances en la ecologización de la agricultura y las políticas agrícolas en Francia y en Europa. Su lectura confirma la gran plasticidad ideológica de los círculos sindicales agrícolas dominantes, que no se amilanan ante las contradicciones. Para ellos, parece que el análisis marxista forma parte de los marcos de análisis aceptables, siempre que no se aplique el análisis de clase dentro de la profesión agrícola y se mantenga la distancia con cualquier perspectiva ecologista. Sin poner en duda la sinceridad del marxismo de Thierry Pouch3, su lectura es también, involuntariamente, una advertencia saludable: el marxismo no puede dar en el blanco hoy en día sin integrar esta dimensión ecológica.

Marx en campo abierto

La tesis del libro es, en definitiva, bastante simple: si Karl Marx y sus sucesores parecen haberse equivocado en la cuestión agraria, sus previsiones y las controversias que suscitaron hace un siglo siguen siendo, a pesar de todo, capaces de proporcionarnos una lectura pertinente de la situación de la agricultura en Francia y en el mundo actual.

Para Karl Marx, el capitalismo se desarrolla separando a los trabajadores de los medios de producción de su subsistencia, en primer lugar la tierra, y, por lo tanto, les obliga a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Al considerar que el modelo industrial era más productivo, previó la desaparición de la agricultura familiar de subsistencia, así como el advenimiento de una agricultura industrial, liderada por grandes explotaciones que movilizaban mano de obra asalariada y concentraban los factores de producción, en particular la tierra. Sin embargo, si bien la agricultura se industrializó y el número de trabajadores de la tierra disminuyó considerablemente, al menos en los países occidentales, la agricultura francesa sigue siendo en su mayor parte obra de trabajadores independientes y no de asalariados. Además, el agroeconomista Hubert Cochet señala en el prefacio del libro una regresión de las grandes explotaciones agrícolas a finales del siglo XX con las reformas agrarias en Sudamérica, el fin de algunas plantaciones coloniales y el fin de la URSS.

Pero para Thierry Pouch, este fracaso de las predicciones del marxismo agrario en el siglo XX es solo transitorio y la profecía marxista se está cumpliendo en este primer tercio del siglo XXI: el capitalismo absorbe la explotación familiar; capitales ajenos al mundo agrícola invierten masivamente en él; además, la agricultura está ahora plenamente integrada en la globalización capitalista.

La utilidad de Marx para comprender la agricultura

El análisis de Thierry Pouch nos recuerda un hecho fundamental y no siempre conocido: el número de trabajadores agrícolas sigue disminuyendo en Francia (más de 80 000 equivalentes a tiempo completo entre 2010 y 20204), mientras que, en el mismo periodo, el número de asalariados agrícolas ha aumentado (más de 11 000 equivalentes a tiempo completo para los asalariados con un contrato de más de 9 meses) . Se trata de una inversión de la tendencia histórica, ya que el número de asalariados agrícolas no había dejado de disminuir en relación con el número de agricultores desde 1866 hasta 19885. En algunos departamentos, como Loira Atlántico, el número y el tiempo de trabajo de los asalariados agrícolas incluso superó al de los trabajadores autónomos de la tierra. Esto se explica por la fuerte presencia de la producción vitícola y hortícola industrial, que requiere mucha mano de obra asalariada. Así, por primera vez desde la publicación del Manifiesto del Partido Comunista en 1848, la predicción de la proletarización de la agricultura por su asalariamiento parece hacerse realidad, al menos en Francia.

La idea de que Marx y los marxistas pudieran, con un retraso de 150 años, tener razón invita a reconsiderar el trabajo agrícola a la luz de las categorías de análisis marxista. Esto se inscribe en un renacimiento prolífico, y no siempre convergente, de los análisis marxistas, ahora que la caída de la URSS queda un poco más lejos y que la crisis económica de 2007-2010 ha demostrado que el capitalismo liberal no era la etapa última y feliz de la historia humana6. Si se examinan más de cerca, estas categorías utilizadas por Thierry Pouch resultan reveladoras para quienes analizan la agricultura francesa a principios del siglo XXI. Así, se produce la asalariamiento de la agricultura, pero también la financiarización de las tierras, que conduce a su acaparamiento, lo que culmina la separación de los trabajadores de la tierra como medio de subsistencia. Por último, se está formando una pequeña burguesía de agricultores que se consideran pequeños empresarios, pero que está siendo absorbida por empresas capitalistas que completan la industrialización de la agricultura. Los trabajadores de la tierra están cada vez más alienados y son cada vez menos propietarios de sus medios de producción7.

Thierry Pouch resulta menos convincente cuando se erige en juez de lo que es marxista y lo que no. Así, el sindicalista Bernard Lambert, fundador de Paysans Travailleurs y artífice de la victoria en la lucha contra el campamento militar de Larzac, no sería un buen marxista. Este último defendía que una parte de los campesinos y campesinas es explotada en el capitalismo, no a través del salario, sino por los bancos (explotación financiera) y por la industria agroalimentaria (explotación comercial)8. Para Bernard Lambert, los campesinos y campesinas formaban parte de la lucha de clases y estaban del lado de los trabajadores y trabajadoras. Thierry Pouch no se molesta realmente en discutir esto, salvo para retomar la hipótesis un tanto simplista de Roland Lew e Isaac Joshua de que el campesinado sería una clase de más, ya que posee sus propios medios de producción además de su fuerza de trabajo. Sin embargo, Bernard Lambert desmontó esta idea recordando que muchos campesinos eran sobre todo propietarios de sus deudas y arrendatarios de sus tierras. Es lamentable que Pouch no se plantee la cuestión de la clase en sí y la clase para sí de los trabajadores de la tierra en Francia. Por otra parte, Pouch no aborda aquí las tesis del historiador marxista Jason Moore, quien afirma que el capitalismo solo puede desarrollarse a través de la apropiación masiva del trabajo gratuito de personas no remuneradas, en particular las mujeres9.

Por último, propone una perspectiva marxista sobre la cuestión de la coexistencia de modelos que contradice el discurso dominante actual. Los sindicatos agrícolas de derecha, al igual que numerosas personalidades políticas, a veces incluso de izquierda, nos explican que hay que conservar la diversidad de modelos en la agricultura francesa y defender «todas las agriculturas». Algunos trabajos explican incluso que la agricultura industrial y la pequeña agricultura familiar se necesitan mutuamente para funcionar10. Thierry Pouch muestra que estos análisis, que pueden ser acertados en momentos concretos, son miopes, ya que prescinden de una perspectiva histórica en la que se ve que el capitalismo tiene una tendencia hegemónica en todos los sectores de actividad en los que se expande11.

Aporías agrícolas de la ortodoxia marxista

Pero Thierry Pouch quizá da la razón a Marx con demasiada rapidez al observar la reciente asalariamiento de la agricultura francesa. Aprovecha así para deducir la validez de una lectura teleológica (o etapista) de la evolución histórica del capitalismo, que debería abarcar todos los sectores de la sociedad antes de poder ser superado y, una vez que sus contradicciones se hayan exacerbado lo suficiente, ver cómo surge automáticamente el comunismo. Sin embargo, y a diferencia de Marx, no formula ninguna teoría ni perspectiva revolucionaria que explique este advenimiento. Esta posición explica la viva oposición que Thierry Pouch expresa hacia los movimientos de resistencia campesina en Francia (a través de la Confédération paysanne) y en el mundo (a través de la Vía Campesina). Estas resistencias, que él califica de neopopulistas, son para él reaccionarias, ya que proponen un hipotético retorno a formas agrícolas precapitalistas. No sirve de nada luchar contra el sentido de la historia, la agricultura se convertirá inexorablemente en una agricultura de empresas con asalariados. Estos últimos solo podrán aspirar al comunismo tras la «descomposición del campesinado», por retomar la fórmula de Lenin.

Excepto que el debate sobre el tema está lejos de estar tan cerrado como afirma Thierry Pouch. En primer lugar, la experiencia soviética demostró que industrializar la agricultura feudal rusa según un modelo capitalista para implementar el comunismo no era un proyecto infalible. Thierry Pouch lo admite en su libro, pero no pone en duda la necesidad de industrializar la agricultura. Del mismo modo, relata bien las dudas del viejo Marx en sus intercambios con Vera Zassoulitch, dispuesto a plantearse una transición de la agricultura feudal a la agricultura comunista sin pasar por la etapa capitalista, basándose en las prácticas protocomunistas ya existentes de la comuna rural rusa (Mir). Pero finalmente no lo tiene en cuenta en su análisis para plantearse apoyarse en las resistencias campesinas al capitalismo impulsadas por la Confédération paysanne y la Vía Campesina con el fin de concebir un comunismo agrícola capaz de proporcionar subsistencia humana al margen del mercado globalizado.

Por otra parte, Thierry Pouch afirma que la cuestión de la adhesión del campesinado a posiciones revolucionarias ya no es realmente un reto, ya que el campesinado representa cada vez menos personas a escala mundial y, en particular, en los países occidentales, donde el capitalismo está más avanzado. Este enfoque no tiene en cuenta que, en Francia, los agricultores gestionan más de la mitad del territorio, que siguen desempeñando un papel social fundamental en el suministro de subsistencia y que conservan una capacidad de bloqueo de la economía que solo igualar más que los sectores del transporte y la energía. Tampoco tiene en cuenta que las tareas que antes de la década de 1960 recaían en el campesinado se han repartido entre los agricultores y sus empleados, pero también entre los sectores de los suministros agrícolas y la transformación. En conjunto, estos sectores representaban al menos el 5 % del empleo total nacional en 202212.

El callejón sin salida ecológico o la fábrica de la duda climática

Hasta aquí, Thierry Pouch solo toma posición en un debate que solo la historia podrá zanjar. Pero su discurso se vuelve problemático cuando se niega categóricamente, a lo largo de páginas y páginas, a integrar la crisis ecológica en un análisis marxista de la agricultura. Un increíble retroceso, cuando la teoría de la regulación y los enfoques denominados «food regimes»13 ya lo han hecho desde hace mucho tiempo. Nos propone aquí una forma particularmente original de materialismo histórico en la que la tierra, y la relación que sus trabajadores mantienen con ella, no tiene ningún efecto sobre la historia social. Sin embargo, la tradición filosófica marxista se basa en el siguiente axioma básico: la naturaleza es histórica y la historia es natural14. Así pues, ¿cómo se puede considerar que el cambio de las condiciones materiales del trabajo de la tierra con la transformación ecológica de las tierras agrícolas no tenga ninguna influencia en los trabajadores?15

Esto lleva a Thierry Pouch a elaborar un análisis de la evolución de la PAC que, como mínimo, resulta original. Basándose en la correlación temporal entre la liberalización de esta última y su ampliación a objetivos medioambientales, deduce que la cuestión medioambiental no es más que un pretexto para su liberalización. Sin embargo, correlación no es causalidad. Es cierto que la liberalización de la PAC se produce tras el colapso de la Unión Soviética y casi al mismo tiempo que la cuestión medioambiental surge en el debate público. La Cumbre de la Tierra de Río de 1992, en la que se estableció el concepto de desarrollo sostenible, es muy cercana en el tiempo a la integración de la agricultura en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) en 1994. Sin embargo, el movimiento altermundialista que se desarrolla en esa época se opone ferozmente a los acuerdos de libre comercio y a la Organización Mundial del Comercio (OMC), que sucederá al GATT, a pesar de ser el primer y principal defensor de la ecologización de la agricultura. A principios de la década de 2000, el líder de la Confédération paysanne se llamaba José Bové. Independientemente de lo que se piense de su trayectoria política, es difícil concebir que este sindicalista, encarcelado por haber segado OMG, sea el portavoz de una agroecología que obligaría a la agricultura a entrar en el tríptico «digital, robótica y genética»16, lo que empujaría a los agricultores a endeudarse fuertemente para equiparse, tal y como se sugiere en el libro.

Evidentemente, dado que la crisis ecológica es cada vez más difícil de negar, los capitalistas agrícolas han acabado instrumentalizándola para intentar justificar la continuación de la acumulación de capital. Así, hoy en día hay vendedores de maquinaria agrícola que, sin ningún pudor, explican que aplican la agroecología vendiendo pulverizadores de precisión que permiten difundir menos pesticidas sintéticos, todo ello por la módica suma de 750 000 euros17. Lo que corresponde a casi tres veces el capital medio inmovilizado en una explotación agrícola en Francia18. Sin embargo, muchas granjas que adoptan prácticas agroecológicas, en particular la agricultura ecológica, prescinden por completo de los pesticidas sintéticos sin tener que recurrir a este tipo de equipos. Thierry Pouch carece de perspectiva cuando escribe que la revolución digital de la agricultura «tiene el doble objetivo de armonizar los sistemas de información y crear una nueva organización del trabajo para los agricultores, y de desplegar una agricultura de precisión que permita optimizar la actividad agrícola en sus relaciones con los ecosistemas (drones para el riego, cartografía de las zonas de estrés hídrico, dosificación y funcionalidad para esparcir los insumos, geolocalización del ganado, etc.)».

El greenwashing que se esconde tras estos discursos es evidente. Aunque solo sea porque las ayudas de la PAC que fomentan la industrialización de la agricultura mediante subvenciones proporcionales al tamaño de las explotaciones siguen siendo cuatro veces más importantes que las que invitan al desarrollo rural y medioambiental. Recientemente, la última reforma de la PAC ha establecido un «ecorégimen» que supuestamente condiciona el acceso a determinadas ayudas a las buenas prácticas medioambientales de los agricultores. El Tribunal de Cuentas de la Unión Europea ha demostrado desde entonces que el 99 % de las explotaciones agrícolas francesas podían percibir esta prima ecológica sin cambiar sus prácticas19. Se podría argumentar que esto se debe a que la agricultura francesa ya es especialmente virtuosa. Pero entonces, ¿cómo se explica que, en las últimas tres décadas, haya desaparecido el 39 % de las poblaciones de aves comunes especializadas en los entornos agrícolas?20 Así pues, la PAC se ha convertido en una política liberal que favorece a los agricultores más grandes y a los intereses de la industria agrícola y alimentaria, pero la ecología no tiene nada que ver con ello.

Para afirmar su postura marxista, Thierry Pouch podría al menos haberse molestado en discutir las tesis de los eco-marxistas que defienden posiciones opuestas a las suyas sobre la agricultura21 y, en general, sobre la ecología. De hecho, los trabajos de John Bellamy Foster, y, más recientemente, de Kōhei Saitō, han demostrado que Karl Marx prestó mucha atención a los límites de una agricultura capitalista que, por su extractivismo, provoca una «ruptura metabólica». Pero, ¿cómo esperar que Thierry Pouch admita el origen capitalista de la crisis climática, como propone Andreas Malm, cuando ni siquiera tiene claras las causas humanas de esta última?

De hecho, el libro resulta especialmente incómodo con el uso de fórmulas como: «El mundo social está anclado en la certeza de que las actividades humanas productivas son la causa del deterioro del clima, la contaminación y la erosión de la biodiversidad». ». Si bien el discurso no es abiertamente escéptico con respecto al clima, Thierry Pouch no solo afirma que la agricultura puede concebirse al margen de la ecología y sus crisis: sigue sin tener claro que el origen de estas crisis sea humano, vinculado al capitalismo, y relativiza su importancia. Esta confusión de Thierry Pouch se asemeja mucho a las técnicas de fabricación de la duda.

Por último, Thierry Pouch elude el papel de sus empleadores de las Cámaras de Agricultura de Francia, directivos de la FNSEA, en la liberalización mortífera de la agricultura europea, que alimenta directamente sus intereses de clase. Convierte las cuestiones ecológicas en chivo expiatorio de las cuestiones socioeconómicas. En este sentido, su libro, publicado en 2023, parece paradójicamente precursor de la vía que hoy siguen masivamente la derecha y la extrema derecha en su relación con las cuestiones agrícolas. Esto se pudo observar en la toma de control de las manifestaciones agrícolas de 2024 por parte de la FNSEA y la Coordination rurale, o en 2025 durante los debates sobre la Ley de Orientación Agrícola y la Ley Duplomb. Esto forma parte de un giro «trumpista» en el que el capitalismo agrícola ya ni siquiera se molesta en hacer greenwashing y convierte la ecología política en su principal enemigo. Al final, son los «grandes agricultores», convertidos en agrimanagers, los que se benefician de la profecía marxista al convertirse en jefes de empresas que recurren al salario. A falta de una contrapropuesta estratégica emancipadora a la vía trazada por la Confédération paysanne, a la que critica duramente, Pouch no hace más que desviar a Marx al servicio del gran capital. Un desafío.

Hacia un nuevo comunismo agrícola

En 2017 se publicó Le nouveau capitalisme agricole, de la ferme à la firme (El nuevo capitalismo agrícola, de la granja a la empresa), una obra académica que actualizaba el estado del conocimiento y la comprensión de la inserción de la agricultura, las granjas y los agricultores en el modo de producción capitalista a principios del siglo XXI22. Este libro fue codirigido por François Purseigle, que parece ser uno de los pocos sociólogos del mundo rural francés que cuenta con el favor de Thierry Pouch, sin duda porque afirma, tanto en la universidad como en los medios de comunicación, que la asalariada de la agricultura francesa es inexorable. Pero está claro que no lo hace desde una perspectiva marxista. Por muy apasionante que sea la lectura de esta obra, el análisis es puramente descriptivo y solo se abordan superficialmente los efectos sociales y ecológicos sobre los trabajadores y los seres vivos, su alienación o el mundo en el que nos adentra esta agricultura empresarial.

El libro de Thierry Pouch podría haber sido su prolongación política, pasando por el materialismo histórico y el método marxista. Pero no es así. Sin embargo, este libro permite a quienes no los conocen descubrir los debates del marxismo agrario de los dos últimos siglos y abrirse a las tesis de Terence Byres y Henry Bernstein, poco difundidas en Francia23. Incluso establece de manera saludable que la agricultura familiar en Francia ya ha sido absorbida en gran parte por el modo de producción capitalista sin pasar, hasta hace poco, por un salario masivo24. El problema es su lectura de los retos ecológicos de la agricultura y su análisis, cuando menos superficial, de las posiciones pseudoverdes de la Unión Europea y su PAC.
Publicaciones del Atelier paysan.
Los libros que darán pistas para un nuevo comunismo agrícola en el siglo XXI aún están por escribir. Pero sus futuros autores no estarán totalmente desprovistos de recursos. Podrán recurrir a los debates eco-marxistas muy vivos hoy en día, en los que la cuestión de la tierra es central. También podrán apoyarse en una literatura o una producción intelectual sobre cuestiones agrícolas que, sin reivindicarse marxista, sigue siendo profundamente materialista y presenta amplios puntos de convergencia con el método marxista. Me refiero en particular a Reprendre la terre aux machines (Recuperar la tierra de las máquinas) del Atelier paysan, pero también a sus Observations sur les technologies agricoles (Observaciones sobre las tecnologías agrícolas). Desafío a Thierry Pouch a que encuentre en esta última obra los acentos idealistas, folclóricos y románticos que reprocha a la izquierda campesina francesa.

La Confédération paysanne y sus socios llevan a cabo una serie de iniciativas que tienen como objetivo la realización de la agroecología, la agricultura campesina y la institución de los bienes comunes (la tierra, el agua, los conocimientos campesinos, la alimentación, etc.), que este libro olvida y invisibiliza25. Y, con todo respeto a Thierry Pouch, son estas iniciativas las que más se acercan a la idea de un nuevo comunismo agrícola en la Francia actual, aunque sus protagonistas tengan a veces acentos que esencializan precipitadamente las virtudes campesinas. Este comunismo agrícola pondría en su centro la producción de valores de uso para la subsistencia, humana o no. Contemplaría un re-campesinismo de la sociedad, no para regenerar una civilización rural mitificada, sino porque alimentar sin destruir requiere al menos duplicar el número de trabajadores de la tierra. También consideraría el trabajo agrícola como algo enriquecedor, variado y útil.

Es evidente que las personas que diseñan este nuevo comunismo agrícola no pueden adoptar la posición marxista ortodoxa y teleológica de una necesaria incorporación total de la agricultura al modo de producción capitalista antes de poder deshacerse de él. Esta posición, defendida por Thierry Pouch, raya en el nihilismo al negar el vínculo intrínseco entre el capitalismo y la crisis ecológica, cuando este vínculo se establece de manera especialmente intensa en la agricultura. El nuevo comunismo agrícola, y por otra parte cualquier proyecto comunista o no que quiera contemplar un mantenimiento mínimo de las condiciones de habitabilidad del planeta, deberá contemplar su advenimiento pasando de formas precapitalistas o protocomunistas, consideradas como «ya existentes »26, a formas poscapitalistas. Irónicamente, la tabla de salvación del marxismo en esta historia comienza en el fructífero intercambio que Marx mantuvo con los populistas rusos27. Un populismo que Thierry Pouch descalifica quizás con demasiada rapidez.

Notas

  1. Históricamente conocida como Asamblea Permanente de las Cámaras de Agricultura. []
  2. Recordemos que la FNSEA firmó en 2016 con la Medef y otros sindicatos patronales un llamamiento para endurecer la ley laboral conocida como «El Khomri»: https://atlantico.fr/article/pepite/loi-travail–les-organisations-patronales-s-unissent-pour-demander-des-modifications-medef-afep-cgpme-fnsea[]
  3. Que se puede experimentar al participar en publicaciones como Actuel Marx o la revista de Attac Les Possibles.[]
  4. Según el censo agrícola de 2020, Agreste.[]
  5. Cifras recopiladas en 2021 por Atelier Paysan en sus Observaciones sobre las tecnologías agrícolas: Olivier Marchand y Claude Thélot, Le travail en France (1800–2000), Nathan, 1997, y Aurélie Darpeix, La demande de travail salarié permanent et saisonnier dans l’agriculture familiale : mutations, déterminants et implications. Le cas du secteur des fruits et légumes français, tesis doctoral en Ciencias Económicas, Montpellier, 2017.[]
  6. Como se podía leer en Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Flammarion, 1992.[]
  7. Me refiero aquí a las explotaciones agrícolas como empresas y al poder de control de los trabajadores sobre su gestión, y no a las tierras. En Francia, la mayoría de las tierras son arrendadas por los agricultores o sus empresas. []
  8. Tesis actualizada recientemente en Ulysse Lojkine, Le fil invisible du capital. Déchiffrer les mécanismes de l’exploitation, La Découverte, 2024.[]
  9. Jason Moore, Le capitalisme dans la toile de la vie : écologie et accumulation du capital, Éditions de l’Asymétrie, 2020. []
  10. Véase, por ejemplo: Pierre Gasselin, Sylvie Lardon, Claire Cerdan, Salma Loudiyi, Denis Sautier (coordinación), Coexistence et confrontation des modèles agricoles et alimentaires. Un nouveau paradigme du développement territorial ?, Quae, 2021.[]
  11. Lo que intenté desarrollar aquí con mi compañera Auréline Doreau: https://www.agrobiosciences.org/IMG/pdf/Agribusiness_T-Martin.pdf[]
  12. Según el INSEE: https://www.insee.fr/fr/statistiques/7728839?sommaire=7728903[]
  13. La teoría de la regulación analiza cómo las sociedades estabilizan el capitalismo a través de regímenes de acumulación y modos de regulación que coordinan la producción, el consumo y las instituciones. Los enfoques de los «regímenes alimentarios» describen la historia del sistema alimentario mundial con este marco de análisis. []
  14. Véase, por ejemplo: Paul Guillibert, Terre et capital. Pour un communisme du vivant, Ámsterdam, 2021. []
  15. Gracias a mi compañero Aimé Paris por ayudarme a formular esta idea. []
  16. Eslogan utilizado en 2021 por el Gobierno francés para definir una nueva revolución agrícola necesaria para poner en marcha las transiciones agroecológicas. Se trata de un ejercicio de greenwashing que desmonté aquí: https://www.contretemps.eu/modele-agricole-macron-agribusiness/[]
  17. Geneviève Nguyen y François Purseigle, «Financiación de los equipos agrícolas y actividad de subcontratación. Cómo las estrategias de financiación —o de no financiación— contribuyen a la transformación de las estructuras de explotación y al auge de un mercado de subcontratación agrícola», comunicación en el Coloquio de la SFER: «Financiación de los sectores agrícola y agroalimentario», 28 de junio de 2022.[]
  18. El capital medio inmovilizado (material, edificios y terrenos) era de 275 000 € por explotación en Francia en 2020, el doble que en cualquier otra profesión según el INSEE. []
  19. Tribunal de Cuentas Europeo, Los planes de la política agrícola común. Más ecológicos, pero por debajo de las ambiciones climáticas y medioambientales de la UE, Informe especial, 2024.[]
  20. Según el programa de seguimiento temporal de aves comunes coordinado por el Museo de Historia Natural, la Liga de Protección de las Aves y la Oficina Francesa de Biodiversidad. []
  21. Recordemos que, entre estos eco-marxistas, Daniel Tanuro es ingeniero agrónomo y Jason Moore es historiador de la agricultura. []
  22. François Purseigle, Geneviève Nguyen, Pierre Blanc (dirección), Le nouveau capitalisme agricole. De la ferme à la firme, Presses de Sciences Po, 2017.[]
  23. Aunque una obra reciente ha venido a llenar este vacío: Édouard Morena, Paysan, Anamosa, 2024.[]
  24. De hecho, la agricultura francesa está hoy plenamente integrada en el mercado capitalista y globalizado, mientras que antes de la década de 1950, los campesinos autoconsumían gran parte de su producción y vendían el excedente a sus vecinos y a la ciudad.[]
  25. Tanguy Martin, Cultiver les communs, une sortie du capitalisme par la terre, 2023, Syllepse.[]
  26. Aunque hoy en día este término se atribuye a menudo al sociólogo Bernard Friot, este lo toma prestado de Marx, quien lo acuñó en sus Manuscritos de 1857-1858, conocidos como Grundrisse.[ ]
  27. La fecundidad de estos debates se aborda, en particular, en: Paul Guillibert, Terre et Capital. Pour un communisme du vivant, Ámsterdam, 2021; o también Kōhei Saitō, Moins ! La décroissance est une philosophie, Seuil, 2024.[]

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7. El fascismo hoy (2).

Segundo artículo de la serie Estado del poder 2026 dedicado al fascismo. Imagino que el original es en español, porque es de Urbán, pero no lo he encontrado, así que os lo paso con traducción automática.

https://www.tni.org/en/article/the-rise-of-global-reactionary-authoritarianism

El auge del autoritarismo reaccionario global

Fecha de publicación: 3 de febrero de 2026

El auge de los líderes autoritarios en todo el mundo es el resultado de un sistema económico y político neoliberal que se está quedando sin fuerza y es incapaz de hacer frente a las crisis de desigualdad, precariedad, colapso climático y ansiedad social que él mismo ha creado.

Artículo largo de Miguel Urbán Crespo

La elección del presidente Donald Trump en 2024 lo convierte en el segundo presidente de Estados Unidos desde 1892 en ser reelegido tras una derrota anterior. Su victoria ofrece pistas para comprender mejor el nuevo ciclo en el que nos encontramos, impulsado por la carrera a la baja que caracteriza la crisis sistémica del capitalismo.

No debemos ver a Trump únicamente como el Frankenstein de los republicanos (enlace externo), sino más bien como la encarnación de un fenómeno —el autoritarismo reaccionario— que se está extendiendo más allá de las fronteras de Estados Unidos. Es esencial analizar las victorias de Bukele, Bolsonaro, Milei y Trump no como accidentes en la política de sus respectivos países, sino, de manera más amplia, como un resultado político del intento de estabilizar la crisis estructural del capitalismo. Una crisis marcada por el estancamiento de la gobernanza neoliberal y sus variantes autoritarias, la emergencia climática y el declive de la hegemonía global de Estados Unidos, lo que, a su vez, le confiere ciertos rasgos idiosincrásicos y un alcance planetario.

El eslogan de Trump «Make America Great Again» (MAGA) es indicativo del momento histórico actual: el declive del imperio. El mundo en el que Estados Unidos ha dominado durante mucho tiempo la cultura y la política globales está dando paso lentamente a uno nuevo. La desestabilización es ahora tan grave que bien podríamos encontrarnos en un punto de inflexión en la historia mundial. Las políticas neoliberales que han prevalecido desde la década de 1980 están tambaleando, y el equilibrio entre las potencias mundiales establecido tras la Segunda Guerra Mundial se ha roto.

Para seguir sirviendo a los intereses de las clases dominantes, el neoliberalismo ha dado un giro autoritario. La crisis estructural del capitalismo se ha agravado, dejando de lado el neoliberalismo más progresista y las diversas y coloridas oleadas de globalización, y reforzando la dinámica de la coacción sobre la seducción. El equilibrio entre la seducción y la coacción, que ha sido una constante en el desarrollo histórico del capitalismo, se ha desplazado claramente hacia el lado autoritario. Los propietarios del capital han intensificado su ofensiva para hacerse con el control de todas las formas de gobierno con el fin de garantizar el restablecimiento de un capitalismo salvaje en el que las leyes del mercado prevalezcan sobre los derechos sociales. En resumen, se trata de un intento de abolir lo que Marx describió como las «victorias de la economía política del trabajo» para reinstaurar la economía política del capital.

Cada día que pasa, hay más pruebas —científicas y empíricas— de la emergencia ecológica a la que nos enfrentamos, desde las grandes inundaciones en Porto Alegre (Brasil) hasta las de Valencia (España), entre muchas otras catástrofes relacionadas con el calentamiento global. Estas no solo anuncian un futuro sombrío, sino que son la realidad actual, en la que «la tensión entre el desarrollo de una sociedad industrial de mercado y los límites biológicos de la naturaleza ha llegado a un punto en el que las fuerzas de producción se han convertido en fuerzas de destrucción». Este creciente autoritarismo es parte integrante de la crisis ecológica, que ha cambiado profundamente el significado del «fin de la historia» (enlace externo) de Francis Fukayama, pasando de un futuro utópico de progreso y democracia perpetuos a un futuro amenazador de insostenibilidad en el «Capitaloceno».

La brecha entre los cada vez menos que se integran en la economía global y los cada vez más que quedan excluidos de ella es una de las principales características de nuestro tiempo. El resultado es un proceso acelerado de concentración y «oligarquización» del poder (político, económico, simbólico) y un aumento exponencial de la desigualdad hasta el punto de estigmatizar e incluso criminalizar a las personas —como los migrantes o los que viven en la pobreza— que quedan marginadas en esta competencia salvaje.

Esto deja muy claro que los bloques políticos existentes se han quedado sin fuerza, incapaces de responder y/o canalizar el malestar de sectores crecientes de la sociedad que se han visto «desubicados» en la crisis estructural del capitalismo. Esto está alimentando la radicalización de las clases medias recién empobrecidas, junto con las clases trabajadoras ya desplazadas, que descargan su descontento a través de una nueva forma de autoritarismo que no se centra en el futuro, sino en el pasado, una especie de nostalgia reaccionaria que ofrece seguridad reactiva en un mundo inseguro.

La oligarquización de la política

Desde la década de 1960, los ricos han invertido grandes sumas de dinero en una estrecha red de fundaciones, grupos de presión y think tanks que han sentado las bases culturales y programáticas de la revolución conservadora, todo ello basado en su creciente poder financiero. Esta tendencia se ha intensificado desde la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de 2010, que facilitó el aumento del gasto en campañas electorales. Esta sentencia marcó el comienzo de la era de los megadonantes y de un ciclo de gasto político sin precedentes en el que los multimillonarios y empresas influyen en la política como nunca antes en un proceso acelerado de oligarquización y plutocracia.

La elección de Trump en 2016 llevó la oligarquización de la política estadounidense un paso más allá. El aumento exponencial del gasto en campañas electorales vino acompañado de lo que Dylan Riley denomina «patrimonialismo político», en el que hay poca o ninguna distinción entre los intereses públicos y privados, y en el que Trump dirigió su primera presidencia como si fuera una de sus propias empresas:

La noción de gobierno de Trump es precisamente patrimonial, en este sentido. Para él, la relación del personal con el líder no es un compromiso impersonal con el cargo del Estado, sino «la lealtad de un sirviente, basada en una relación estrictamente personal». En resumen, es familiar.

En la campaña presidencial estadounidense de 2024, un factor adicional fue la participación directa de Elon Musk, el hombre más rico del mundo. Musk invirtió unos 300 millones de dólares en apoyar la candidatura de Trump, e incluso compró votos en estados clave como Pensilvania. También utilizó X (antes Twitter), la plataforma de redes sociales que compró en 2022, como una poderosa arma electoral a favor del candidato republicano. Esto ilustra que Elon Musk utiliza su privilegio para pagar para que el mundo sea más de su agrado, tanto en términos de sus intereses financieros como de sus creencias ideológicas. Los multimillonarios tecnológicos antidemocráticos están invirtiendo miles de millones y utilizando sus empresas para influir en los resultados electorales en una auténtica revuelta de los megaprivileciados.

Ante el mediocre crecimiento de los beneficios y la menor acumulación de capital, un sector de la clase capitalista ha tomado el control directo del aparato estatal con el objetivo de utilizar los recursos públicos para su propio enriquecimiento. Dylan Riley y Robert Brenner se refieren a este proceso como «capitalismo político» (enlace externo):

«En el capitalismo político, el poder político puro, más que la inversión productiva, es el factor determinante de la tasa de rendimiento. Esta nueva forma de acumulación está asociada a una serie de mecanismos novedosos de estafa constituida políticamente. Entre ellos se incluyen una serie creciente de exenciones fiscales, la privatización de activos públicos a precios de ganga, la flexibilización cuantitativa y los tipos de interés ultrabajos, para promover la especulación bursátil y, lo que es más importante, un gasto estatal masivo dirigido directamente a la industria privada, con efectos de goteo para la población en general».

En este contexto, el aparato estatal parece ser la única forma de que el capital transnacional sobreviva a la prolongada crisis estructural del capitalismo global. Aquí es donde entra en juego el proceso acelerado de oligarquización y plutocracia, con los ultra ricos y las grandes corporaciones interviniendo y tomando decisiones en la arena política como nunca antes. Francisco Louça aporta un matiz interesante al concepto de «capitalismo político» de Riley y Brenner. Señala que es precisamente una fracción específica del capital, concretamente las grandes empresas tecnológicas, la que más se beneficia de estas políticas, y la que también controla la (re)producción de la hegemonía que busca distraernos y, más aún, a través de la alienación narcisista. Esta es la única forma de explicar por qué son precisamente los superoligarcas propietarios de las redes de comunicación y redes sociales quienes controlan la vida de las personas y quienes nunca renunciarán a este poder supremo (enlace externo). Esto ha dado lugar a una forma de control social sin precedentes en la historia de la humanidad.

A la luz de esto, la segunda toma de posesión de Donald Trump, en la que los asientos delanteros que suelen reservarse para expresidentes y figuras distinguidas fueron ocupados por los propietarios de las grandes empresas tecnológicas, cobra aún más sentido y señala una nueva era. No solo por el papel de lugarteniente del presidente de los Estados Unidos que desempeña el oligarca tecnológico más rico del mundo, Elon Musk, omnipresente como jefe del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) durante los primeros meses del segundo mandato de Trump, aunque menos después de un impetuoso arranque inicial; sino también por la inclusión definitiva del poder corporativo de las grandes tecnológicas en la dirección del capitalismo global.

En menos de una década, entre el primer y el segundo mandato de Trump, hemos visto cómo la extrema derecha ha ganado fuerza y, lo que es quizás más importante, ha adquirido una nueva legitimidad en todo el mundo. Trump y otros miembros de la ola reaccionaria son ahora considerados portavoces legítimos —a menudo privilegiados— de la élite global. Todos ellos apoyan a Trump. El espectacular cambio de Silicon Valley, que ha pasado de ser prodemócrata a pro-Trump y republicano, es un acontecimiento crucial en la política estadounidense contemporánea.

Esta superoligarquía está ampliando su poder a través del llamado «capitalismo de plataforma», que ha reconfigurado las relaciones económicas, laborales y sociales y ha consolidado un medio de acumulación basado en la extracción masiva de datos, el poder de los algoritmos y el desmantelamiento de los derechos laborales. Empresas como Alibaba, Amazon, Google, Meta (Facebook, Instagram, Messenger, Threads y WhatsApp), Uber y el resto son claros ejemplos de un paradigma en el que la centralización del capitalismo de plataforma y la tecnología relacionada se está convirtiendo en un instrumento de control y vigilancia, a menudo fuera del alcance de la regulación estatal.

La naturaleza autoritaria del capitalismo de plataforma se puede observar en muchas dimensiones. En relación con el trabajo, el modelo de «trabajo bajo demanda» aumenta la inseguridad laboral, elimina las prestaciones sociales, debilita a los sindicatos y fragmenta la mano de obra. Estas plataformas redefinen esencialmente los términos del debate democrático, ya que tienen el poder de configurar la visibilidad pública. Facebook, YouTube, X y todas las demás controlan los algoritmos que determinan qué contenido se difundirá, cuándo y cómo. Esto tiene un impacto significativo en la opinión pública, al menos para el número cada vez mayor de personas que dependen de las redes sociales para obtener información y formarse opiniones. Casos de manipulación electoral como el escándalo de Cambridge Analytica en la votación del Brexit de 2016 en el Reino Unido, las campañas de desinformación durante la pandemia de COVID-19 y la modificación del algoritmo de X para favorecer el contenido que el propio Musk quiere promover ilustran cómo se utilizan estas plataformas para erosionar deliberadamente el debate democrático.

Capitalismo autoritario, antiliberalismo y asfixia de la democracia liberal

El concepto de «capitalismo autoritario» de Nancy Fraser describe la creciente desconexión entre el capital y las instituciones democráticas, por la que el Estado ya no actúa como mediador de los intereses sociales y económicos, sino como facilitador del capital corporativo, reprimiendo la resistencia y externalizando los costes sociales y ecológicos. Como sostiene el economista Dani Rodrik, «o hay globalización o hay democracia», señalando el impacto de décadas de globalización financiera en las instituciones democráticas. En palabras de Francisco Louça (enlace externo):

«Si la globalización no se controla, la soberanía y la democracia se verán limitadas… Uno de los efectos de esta crisis de la democracia es el auge de la extrema derecha. Pero la destrucción de la capacidad económica del Estado también socava la democracia. La economía financiera destruye la posibilidad de que las personas definan su futuro».

Karl Polanyi había predicho hacía tiempo que, en una economía de mercado, la libertad degeneraría «en una mera defensa de la libre empresa», lo que significa (enlace externo) «la plenitud de la libertad para aquellos cuyos ingresos, ocio y seguridad no necesitan mejorar, y una mera migaja de libertad para las personas, que pueden intentar en vano hacer uso de sus derechos democráticos para protegerse del poder de los propietarios» . Por eso, la visión liberal utópica solo puede mantenerse mediante la fuerza, la violencia y el autoritarismo. «El utopismo liberal o neoliberal está condenado», en opinión de Polanyi, «a verse frustrado por el autoritarismo, o incluso por el fascismo puro y duro».

El capitalismo autoritario no es, por lo tanto, una simple regresión a formas anteriores de dominación. Se trata de una nueva variante, en línea con el enfoque de Polanyi sobre el capitalismo tardío, que combina elementos neoliberales con prácticas estatales centralizadas, excluyentes y punitivas. La gobernanza se está desplazando hacia redes tecnocráticas y privadas, en las que los criterios económicos están sustituyendo al debate político.

El auge de Trump, Bolsonaro, Bukele, Erdoğan, Milei, Meloni, Modi, Netanyahu, Orbán y Putin son solo algunas de las principales expresiones de una ola reaccionaria global de capitalismo autoritario, que ha contribuido a la difusión de un nuevo concepto: el iliberalismo. Este autoritarismo se está extendiendo por todo el mapa político, mucho más allá de los límites de la extrema derecha. Como sostiene el sociólogo Cas Mudde, la nueva extrema derecha es una radicalización de las opiniones mayoritarias, no una oposición a ellas.

El politólogo estadounidense Fareed Zakaria acuñó el concepto de iliberalismo en 1997. Lo definió como una forma de gobierno a medio camino entre la democracia liberal tradicional y un régimen autoritario, un sistema en el que se respetan ciertos aspectos de la práctica democrática, como las elecciones, por ejemplo, pero se ignoran otros principios igualmente fundamentales, como la separación de poderes —legislativo, ejecutivo y judicial—, junto con la violación de los derechos civiles. En los últimos años, en los que la extrema derecha ha llegado al poder en varias democracias liberales, hemos visto cómo ha tomado el camino iliberal, atacando la independencia de los jueces y los medios de comunicación, ignorando los derechos de las minorías y socavando la separación de poderes.

Los ataques al Estado de derecho y a las libertades de las minorías han sido una constante en todos los gobiernos de extrema derecha. Líderes gubernamentales como Trump y Orbán han hecho del ataque a la democracia su leitmotiv. El régimen antiliberal que los partidos de extrema derecha pretenden establecer tiene una característica específica: básicamente, la etnocracia, nominalmente democrática, pero en la que el dominio de un grupo étnico o identidad particular está determinado estructuralmente. En este sentido, toda la retórica antimigratoria, antiextranjera y antiminorías adquiere una importancia estratégica para la extrema derecha, ya que ya no se trata de una xenofobia que pueda basarse en gran medida en preocupaciones económicas. También implica una forma de nativismo que busca salvaguardar una identidad nacional vinculada no solo a una única etnia, sino también a toda una letanía de «valores» culturales, religiosos o sociales.

Para comprender el surgimiento, la internacionalización y la fuerza de esta ola global de autoritarismo reaccionario, debemos analizar la expansión del modelo neoliberal de gobernanza durante más de 40 años y su influencia en la formación de una cultura política profundamente antidemocrática. Los incansables esfuerzos del neoliberalismo por ampliar el papel del Estado en la mercantilización, así como los movimientos de los actores económicos privados para garantizar que las autoridades e instituciones públicas sirvan a sus intereses, han llevado a sustituir la regulación y los mecanismos de distribución más mínimos por el mercado «libre» y la protección de los derechos de propiedad. Juntos, han constituido un ataque a la vida política, al concepto de igualdad y a los bienes comunes. En este proceso acelerado de oligarquización de la democracia, la «antipolítica» neoliberal está impulsando la propagación del autoritarismo antidemocrático.

Se ha convertido en algo habitual que los conservadores neoliberales acérrimos cuestionen el concepto de justicia social. Un ejemplo evidente es Javier Milei en Argentina, que considera a la familia como el eje central de su plan de reorganización social. No podemos olvidar que el sueño «ordoliberal» es un orden basado en el mercado, regido por una constitución económica y guiado por tecnócratas, en el que la familia es un elemento esencial de la organización social porque hace a los trabajadores más resistentes a las crisis económicas y más competitivos ante los ajustes económicos.

Cuando los mecanismos de cohesión social dejan de funcionar y se hace evidente que la antigua prosperidad de las clases medias no puede mantenerse, se refuerzan las medidas autoritarias para preservar el orden. Al mismo tiempo, se necesitan chivos expiatorios (ciertas minorías, migrantes y solicitantes de asilo, movimientos feministas, personas LGTBQI+) para canalizar la ira de las clases medias en declive hacia quienes se encuentran justo por debajo de ellas. Este fenómeno no es del todo nuevo, pero se está acelerando y evolucionando en paralelo al fin de la belle époque de la globalización feliz.

El «imperialismo de crisis» del siglo XXI ya no se limita a saquear recursos. También se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la humanidad «superflua» producida por el sistema moribundo. Proteger los pocos refugios que quedan de relativo bienestar es un elemento clave de las estrategias imperialistas, lo que implica reforzar las medidas de seguridad y control que alimentan el auge del autoritarismo. Buenos ejemplos de ello son el endurecimiento de la legislación migratoria en la Unión Europea (UE) como «fortaleza Europa» y la política de centros de migración extraterritoriales, que Trump también está promoviendo junto con Bukele en El Salvador. Estos son solo dos ejemplos de formas neocoloniales «necropolíticas» de controlar la migración.

La ola mundial de autoritarismo reaccionario no ha surgido de la nada. Está profundamente marcada por la radicalización neoliberal resultante de la crisis financiera mundial de 2008 y sus consecuencias, a saber, el brutal aumento de la desigualdad, la destrucción acelerada del bienestar social y el «desplazamiento» de personas, empresas e incluso ecosistemas de sus lugares y formas de vida. Una serie de profundos acontecimientos económicos y sociales han trastocado brutalmente la política al destruir las antiguas lealtades y consensos basados en los partidos y producir movimientos tectónicos y realineamientos impredecibles. La antipolítica neoliberal es la base del auge del autoritarismo antidemocrático defendido por la extrema derecha.

La ira «desubicada» y reaccionaria

La globalización ha creado ganadores y perdedores no solo en el tablero de juego global, entre el centro y la periferia, sino también dentro de los países supuestamente «ganadores», donde existe una profunda división entre quienes se han integrado positivamente en la globalización y quienes han sido desplazados por ella. La expansión del neoliberalismo ha generado una creciente división social en el mercado laboral, por lo que amplios sectores de la sociedad ya no encuentran su lugar, lo que a su vez los empuja a una mayor inseguridad y a un nivel de vida más bajo. De ahí el aumento del descontento:

«El desplazamiento no determina que se vote por la opción disruptiva progresista o por la disruptiva reaccionaria. En cambio, tiende a orientar a las personas hacia el voto de protesta o la abstención por desilusión […] Al igual que la clase trabajadora, los adultos jóvenes, otro gran sector de este grupo desplazado, están en conflicto con su relación con el trabajo. Pero en su caso, se debe a su incapacidad para incorporarse al mercado laboral o a que lo hacen en condiciones muy por debajo de sus cualificaciones y antecedentes sociales.

Por lo tanto, los votos de los desubicados son decisivos para ganar las elecciones, ya que se encuentran en diferentes clases sociales y su número sigue aumentando en medio de una creciente precariedad. La votación del Brexit en el Reino Unido y la primera elección de Donald Trump quedarán para siempre vinculadas como dos terremotos electorales que marcaron el año 2016 y que los analistas políticos no pudieron —o no quisieron— ver. Se produjeron con pocos meses de diferencia y fueron impulsadas por un electorado similar: votantes desplazados por la globalización que convirtieron su ira en un voto de protesta.

Tras las elecciones estadounidenses de 2024, una encuesta a pie de urna de la CNN reveló un dato muy revelador: el 72 % de los votantes se mostraron insatisfechos o enfadados por la situación en Estados Unidos. Una vez más, la ira fue clave para el éxito de Donald Trump, que repitió su fórmula de 2016 para atraer y movilizar los votos de protesta de los votantes, en su mayoría blancos de clase trabajadora y clase media. Un año antes, Javier Milei había ganado las elecciones en Argentina gracias a un auténtico voto de protesta, en un resurgimiento reaccionario de la crisis de 2021, sin masas en las calles, pero con mucha frustración social. Esta frustración dio lugar al «individualismo neoliberal autoritario», en el que la virtud percibida de Milei era que representaba los sentimientos antipolíticos y antipolíticos.

Esta ira se convierte gradualmente en una rabia reaccionaria, ya que la gente cree que nunca será recompensada de la misma manera que lo fueron sus padres y abuelos. Según una encuesta reciente realizada a jóvenes de Australia, Brasil, Finlandia, Francia, India, Nigeria, Filipinas, Portugal, Reino Unido y Estados Unidos, «alrededor del 75 % de los entrevistados estaban de acuerdo con la afirmación «el futuro da miedo», y más de la mitad consideraban que tendrían menos [sic] oportunidades que sus padres». Del mismo modo, una encuesta realizada en 2021 por la Fondation Jean-Juarès indicaba que el 76 % de los ciudadanos franceses creía que Francia estaba en declive, y el 70 % afirmaba que «antes las cosas eran mejores».

La extrema derecha se alimenta de los estados de ánimo reflejados en estas encuestas, basándose en el tropo de la escasez —«no hay suficiente para todos»— para justificar una propuesta que ya no tiene como objetivo mejorar la vida de la mayoría de las personas, sino simplemente evitar que empeore. Esta lógica perversa enfrenta a los más pobres con los que están justo por encima de ellos: ¿quiénes deben ser protegidos por la sociedad en general y quiénes deben ser privados de esta protección? En su fase actual de neoliberalismo autoritario, el capitalismo tardío se caracteriza por lo que la socióloga Saskia Sassen denomina una dinámica de expulsiones. La expulsión del «estado del bienestar» de muchos sectores de la sociedad que antes estaban integrados, pero que ahora son «demasiados». Expulsión que para algunos, en particular los migrantes y los solicitantes de asilo, también significa fronteras físicas.

El modelo de expulsión y el cuestionamiento del propio derecho a tener derechos garantizan que la ira reaccionaria provocada por las políticas neoliberales se dirija hacia los más débiles (migrantes, extranjeros o simplemente «los otros»), exonerando a las élites políticas y económicas, verdaderas culpables del saqueo. Porque si «no hay suficiente para todos», es porque hay demasiada gente: «no cabemos todos». Una delgada línea conecta la ficción de la necesidad política de la austeridad con la de la exclusión, pasando gradualmente de la visibilidad incriminatoria de los mendigos vagabundos a la tranquila invisibilidad de la pobreza confinada; y de abordar esta última a través del estado del bienestar a combatirla profundizando el estado policial, que estigmatiza y criminaliza a las personas que viven en la pobreza. La exclusión de la sociedad en general se legitima mediante la energía del resentimiento y la ira reaccionaria, que son clave para comprender el actual auge de la xenofobia.

La crisis ecológica y la promesa (retro)utópica de un «retorno al pasado»

El auge del autoritarismo es, como dijimos anteriormente, parte integrante de la crisis ecológica, que ha cambiado el significado mismo del «fin de la historia». Este «fin» ya no se entiende como un futuro utópico de progreso y democracia perpetuos, sino como uno amenazador marcado por la insostenibilidad antropocénica. Immanuel Wallerstein ha sostenido durante mucho tiempo que las crisis cíclicas del capitalismo se volverían cada vez más frecuentes a medida que chocaran con los límites del planeta. Ahora podemos ver esta colisión en el aumento de los fenómenos climáticos extremos —como sequías, inundaciones, olas de calor o hambrunas— causados por la crisis ecológica.

La conciencia de que la naturaleza es finita y de que hay límites a lo que podemos transformar, alterar y extraer de ella ha sumido en una crisis el paradigma mismo del «progreso» sobre el que se ha construido la modernidad. Mientras que el fascismo clásico proponía una visión de futuro, la actual manifestación de la extrema derecha, ante los crecientes temores de un futuro incierto marcado por el colapso climático y un mundo en crisis, propone un retorno a un pasado «abundante», al menos para la mal llamada «civilización occidental»; una propuesta reaccionaria que conecta con la utopía capitalista del crecimiento ilimitado; y de auténticas (retro)utopías, nostálgicas del Estado como protector de la población autóctona. Si ya no podemos aspirar a tener una vida mejor que la de nuestros padres, al menos podemos esperar vivir como ellos. La expectativa ya no es mejorar, sino evitar empeorar.

El momento reaccionario actual gira en torno a la promesa de un retorno al pasado para recuperar un modo de vida que se suponía garantizado y que ahora parece estar siendo negado. La ira por esta pérdida genera un sentimiento de agravio, de que se ignoran sus derechos, entre sectores que históricamente habían disfrutado de privilegios relativos. De hecho, el gran triunfo de esta ola reaccionaria, que Trump ejemplifica, es su resucitación de una visión autoritaria del estilo de vida aspiracional promovido principalmente en Estados Unidos, basado en el consumo, el empleo estable y el acceso a los bienes materiales: el llamado «estilo de vida americano», que parecía estar en las últimas.

Justo cuando la promesa del sueño americano se hace más difícil de cumplir, a medida que se erosiona aún más el supuesto estilo de vida estadounidense, aparecen figuras que encarnan la imagen del éxito estadounidense en todo su esplendor y exceso. El eslogan MAGA de Trump y su adaptación europea, «Make Europe Great Again», reflejan claramente esta idea de retorno al pasado. Se trata de un mensaje esencialmente decadente, la expresión del poder y la grandeza que se han perdido y que nunca volverán. Así, la glorificación del pasado por parte de la extrema derecha es también una estrategia para suprimir la posibilidad de imaginar un futuro diferente.

Aunque la mayoría de la población mundial es consciente del cambio climático, es revelador que cuanto más empeora el clima, más crece la negación del mismo. Esto se debe a que, cuando las personas se enfrentan a los miedos y las incertidumbres que suscitan los límites del planeta y la crisis ecológica —que, en última instancia, es el resultado de la crisis sistemática del capitalismo que fomenta una subjetividad cada vez más reaccionaria —, la extrema derecha ofrece tanto una respuesta como una alternativa: un retorno (imposible) a un pasado «abundante», una promesa de restaurar un modo de vida que la gente cree que se le niega actualmente, mientras culpa a las políticas climáticas de la pérdida de «nuestro modo de vida».

Aquí es donde el grito de guerra de Milei «¡Viva la libertad, maldita sea!» toma la forma de un llamamiento hayekiano. Articula una «libertad autoritaria» que amplía la esfera privada para limitar el alcance de lo político y pone en tela de juicio la propia existencia de lo social. También busca intensificar los sentimientos reaccionarios y sociales que no se preocupan por el mañana, el planeta o las generaciones futuras. Este objetivo de revivir un «modo de vida» basado en el crecimiento frente a una crisis ecológica está, como explica Wendy Brown, «influenciado por la humillación, el rencor y los complejos efectos del nihilismo» […] «impulsado por agresiones sin restricciones por preocupaciones con la verdad, con la sociedad o con el futuro».

El negacionismo climático alimenta así el descontento de quienes se sienten amenazados por las políticas para mitigar el calentamiento global. Desde las protestas de los agricultores con tractores en las zonas rurales de Europa hasta las personas que se oponen a las zonas de bajas emisiones en los centros urbanos. El concepto de «libertad autoritaria» se utiliza como herramienta ideológica para justificar posturas nihilistas: «Contaminaré lo que quiera», «cuando quiera», «porque es mío» y «es mi libertad individual». Es aquí donde, como explicaba Herbert Marcuse, el mercado actúa simultáneamente como principio de realidad y como verdad moral.

El negacionismo climático se ha convertido en una de las armas de las llamadas guerras culturales, en las que se entrelazan diferentes discursos para formar una ideología negacionista. Las palabras no se utilizan para describir lo que existe. Más bien, estamos asistiendo a la propagación del negacionismo como ideología, como una forma irracional de ser y de ver el mundo, que la extrema derecha propone y explota para movilizar pasiones y votantes.

El negacionismo refuta la existencia del cambio climático y su naturaleza antropogénica, cuestiona la necesidad de políticas ecológicas y minimiza los riesgos de «seguir como si nada». También asocia las políticas climáticas con supuestos intereses elitistas o globalistas para aprovechar la actual revuelta antisistema que está alimentando el auge de la extrema derecha. Esto les permite dirigir el descontento de los agricultores hacia las políticas relacionadas con el clima en lugar de hacia los acuerdos de libre comercio (ALC), y la oposición de los conductores a las zonas de bajas emisiones en lugar de a los recortes en el transporte público.

Un buen ejemplo es cómo el antiguo Gobierno de Bolsonaro utilizó la negación del cambio climático como coartada perfecta para denunciar los supuestos ataques «globalistas» contra Brasil, representados por las organizaciones internacionales. Esto le permitió desarrollar un discurso en defensa de la soberanía «nacional» sobre la región amazónica para defenderse de las críticas internacionales por la deforestación, la violencia contra los pueblos indígenas o la entrada de los intereses de la agroindustria y el agronegocio. Las transnacionales mineras y agroalimentarias se mostraron encantadas con esta política negacionista, que viola los derechos de los pueblos indígenas de la región.

El crecimiento exponencial de las fuerzas de extrema derecha a nivel internacional ha inspirado una gran cantidad de literatura —artículos, libros y análisis— sobre los paralelismos entre la actual ola reaccionaria mundial y el fascismo del pasado. Es comprensible: la analogía nos lleva a un terreno familiar para analizar lo desconocido, o al menos lo nuevo. Pero ahí radica precisamente el problema: nos quedamos atrapados en el significado y el análisis de la metáfora.

Es cierto que muchas de las pasiones que movilizaron las formas antiguas de fascismo se observan en la nueva derecha radical, pero también hay diferencias importantes que apuntan a un nuevo fenómeno. Mientras que el fascismo proponía un plan para el futuro, el autoritarismo reaccionario actual responde a los crecientes temores sobre un futuro incierto marcado por el cambio climático y un mundo en crisis proponiendo un retorno al pasado que parece prometer seguridad en un mundo cada vez más precario. Pero esta seguridad se construye y se sustenta en la inseguridad de aquellos definidos como «los otros».

Por lo tanto, ante los temores, las incertidumbres, los límites planetarios y la crisis ecológica, la extrema derecha ofrece una respuesta y una alternativa para recuperar el control: el autoritarismo, predominado por unos pocos «supermonopolios hiperdepredadores», como los define Cédric Durand, cuyos principales representantes son Donald Trump y Elon Musk. Lejos de considerarse una anomalía, el auge de las fuerzas autoritarias de extrema derecha debe entenderse precisamente como una consecuencia lógica de las crisis sistémicas que estamos viviendo. Estas fuerzas anuncian una nueva era: la del autoritarismo reaccionario, en la que la nostalgia por un pasado idealizado se convierte en el salvavidas al que aferrarse en un mundo en llamas.

Miguel Urbán Crespo

Miguel Urbán Crespo es un antiguo miembro del Parlamento Europeo por La Izquierda (2015-2024). Ha escrito varios libros de ensayos, entre ellos El viejo fascismo y la nueva derecha radical (Sylone, 2014) y Disparen a los refugiados. La construcción de la fortaleza Europa (Icària, 2016). Su último libro es Trupismos, neoliberales y autoritarios.

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8. Dossier MEGA2 (2).

El segundo artículo del dossier de Historical Materialism. Con la entrada correspondiente a MEGA en el Diccionario histórico-crítico del marxismo.

https://www.historicalmaterialism.org/article/mega-from-the-historical-critical-dictionary-of-marxism/

MEGA (Del Diccionario histórico-crítico del marxismo)

Traducción de la entrada «MEGA» del Diccionario histórico-crítico del marxismo (Historisch-Kritisches Wörterbuch des Marxismus [HKWM]), vol. 9/I (Hamburgo: Argument, 2018), pp. 388-404. Parte I escrita por Rolf Hecker, Manfred Neuhaus y Richard Sperl, y parte II por Hu Xiaochen.

Parte I

1. El proyecto de las Obras completas de Marx y Engels (Marx-Engels-Gesamtausgabe [MEGA]) se enfrentó a retos que iban mucho más allá de los que suelen surgir en la revisión, recopilación y procesamiento editorial de cualquier obra sustancial. [1] Como parte integrante de la historia de la recepción del marxismo en el siglo XX, se vio envuelto en las luchas por su apropiación. Las contradicciones derivadas del hecho de que el MEGA sea a la vez un proyecto editorial académico guiado por los principios del análisis histórico-crítico de textos y una empresa dependiente de los cambios políticos y la financiación estatal pueden estudiarse de manera ejemplar en los dos —estrictamente hablando, incluso tres— proyectos MEGA: el primero, de 1924 a 1941, en la Unión Soviética; el segundo, conocido como MEGA2, a partir de 1965 en la RDA; y, por último, tras una pausa y un relanzamiento con un concepto modificado y cambios parciales de personal, a partir de 1990 en la RFA.

El esfuerzo por proporcionar una base lo más completa posible para el estudio de las obras y biografías de Marx y Engels entró inevitablemente en conflicto con la necesidad de legitimidad ideológica del Estado, expresada a través del marxismo-leninismo. La conservación y difusión sin restricciones de las obras originales, libre de consideraciones de intereses estatales, era imposible y, en el caso del primer MEGA, fue suprimida mediante la represión y la persecución. Al mismo tiempo, el legado de Marx y Engels se vio repetidamente amenazado por el fascismo. En este sentido, tras el rescate del proyecto de las incertidumbres de la agitación de 1989/90, se observó acertadamente en retrospectiva que «la MEGA es, en el sentido más verdadero de la palabra, una empresa secular, y su comienzo, su fracaso y su renacimiento reflejan, casi paradigmáticamente, las tragedias históricas del siglo XX». [2]

Los orígenes del proyecto se remontan a la década de 1880. Según la visión de Engels, una edición de Marx debería idealmente recopilar todos los escritos en orden cronológico, presentando los textos en su forma histórica —sin cortes ni alteraciones, pero corregidos en cuanto a errores textuales— y facilitar la comprensión mediante prefacios y notas explicativas a pie de página. Sin embargo, Engels, a quien los herederos de Marx habían confiado la conservación de su legado, no pudo llevar a cabo seriamente un proyecto editorial exhaustivo, debido principalmente a sus más de diez años de trabajo en la edición del segundo (1885) y tercer (1894) volúmenes de El capital. Durante su vida, Engels solo permitió al «partido» reimprimir «unas pocas cosas menores» de Marx «en y como artículos individuales, sin notas ni prefacio», con el fin de evitar «de esta manera fragmentaria la edición completa a cuya publicación definitiva yo me he comprometido».[3] Al mismo tiempo, Engels se alegraba de que Eduard Bernstein «estuviera deseando iniciarse en los jeroglíficos» para poder trabajar más tarde en «ediciones recopilatorias de cosas de Marx y mías», », e incluyó también a Karl Kautsky en estas «disposiciones necesarias».[4]

Bajo la supervisión de Engels, se publicaron varias obras, entre ellas El trabajo asalariado y el capital (1884 y 1891), La miseria de la filosofía (traducciones al alemán en 1885 y 1892), El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (3.ª edición, 1885), Crítica del programa de Gotha (Neue Zeit, 1891) y La guerra civil en Francia (1891). Wilhelm Liebknecht ya había propuesto la idea de una edición completa de los escritos de Marx en 1883. Sin embargo, en el marco de la Biblioteca Internacional, solo se publicaron unas pocas obras individuales, entre ellas Revolución y contrarrevolución en Alemania[5] y la nueva edición de Contribución a la crítica de la economía política,[6] ambas editadas por Kautsky.

Tras la en 1895, el SPD, que poco a poco se convirtió en el heredero de gran parte del legado de Marx y Engels, puso en marcha varios proyectos editoriales. El primer paso fue la edición en cuatro volúmenes Aus dem literarischen Nachlass von Karl Marx, Friedrich Engels und Ferdinand Lassalle, preparada por Franz Mehring en nombre de la dirección del partido y publicada por Dietz en 1902. Esta edición incluía muchas obras desconocidas hasta entonces de la década de 1840. La edición en tres volúmenes de Theories of Surplus Value, editada por Kautsky entre 1905 y 1910, continuó la publicación del extenso legado manuscrito de Marx sobre la crítica de la economía política, una tarea que Kautsky había comenzado bajo la dirección de Engels.

A finales de 1910 y principios de 1911, se celebró una reunión en Viena a la que asistieron Max Adler, Otto Bauer, Adolf Braun, Gustav Eckstein, Rudolf Hilferding, Karl Renner y David B. Riazanov. Los participantes acordaron que, tras la expiración de la protección de los derechos de autor en 1913, el Partido Socialdemócrata Alemán se encargaría de producir «una edición completa de las obras de Marx que cumpliera todos los requisitos científicos, fuera absolutamente perfecta, estuviera organizada de forma sistemática, comparada con los manuscritos y las diversas ediciones de los escritos de Marx, e incluyera una introducción y amplios índices».[7]

Tras esta decisión, en 1913 se publicó una edición en cuatro volúmenes de la correspondencia entre Marx y Engels (Briefwechsel zwischen Marx und Engels), editada por August Bebel y Bernstein. Los debates suscitados por esta publicación revelaron, por primera vez, la fuerte tensión entre los intereses del partido y el objetivo editorial de exhaustividad. Bebel, Kautsky, Mehring y otros temían que una publicación completa pudiera desacreditar a ciertas personas y, por lo tanto, perjudicar al partido. En contra de la idea original de Bernstein, finalmente se decidió publicar las cartas en forma editada y parcialmente abreviada, omitiendo algunas cartas por completo, sin especificar los criterios para tales exclusiones. Esta decisión, a su vez, suscitó controversia sobre el valor de la publicación. Además, Kautsky preparó una «edición popular» del primer volumen de El capital (1914), que incluía un extenso prefacio del editor y una bibliografía, un índice de nombres y un índice temático, este último compilado por Riazanov. Incluso durante la guerra, en 1917, se publicó una colección en dos volúmenes de escritos de Marx y Engels de 1852-62, editada por Riazanov. Sin embargo, estos primeros pasos solo hicieron accesible una parte del legado literario de Marx y Engels.

2. La primera MEGA. – Solo en la Unión Soviética se dieron las condiciones para una edición completa de las obras. Por un lado, esto reforzó los lazos político-partidistas, ya que el proyecto se convirtió, tras la división del movimiento obrero, en una iniciativa de la Comintern, que decidió llevarlo a cabo en forma de MEGA en su V Congreso Mundial de 1924. La afiliación institucional del proyecto al Instituto Marx-Engels y, tras su disolución en 1931, al Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú , junto con la ampliación del estatus de las figuras clásicas para incluir a Lenin y, más tarde, temporalmente, a Stalin, vinculó irrevocablemente el proyecto al Estado soviético y a su partido. Por otra parte, el MEGA no carecía de conexiones internacionales, en particular con la socialdemocracia alemana, cuyo archivo de Berlín albergaba la mayor parte del legado, ni podría haberse realizado sin los esfuerzos de investigación profesionales e independientes de especialistas.

2.1 Riazanov impulsó el proyecto, para el que ya había recibido permiso en 1921 —cuando Lenin aún vivía— para contratar «colaboradores no afiliados al partido».[8] Sus estrechos vínculos con la socialdemocracia alemana se remontaban a la época anterior a la guerra. Desde 1907, había vivido como emigrante en Alemania, Austria y Suiza, donde ya se había centrado en cuestiones editoriales. La dirección del SPD le permitió fotografiar el legado manuscrito. Además, Riazanov estableció una red de corresponsales internacionales. En Colonia, Tréveris, París, Bruselas y Londres, personas con conocimientos se pusieron a trabajar en la recopilación de documentos y materiales. A pesar de los trastornos históricos, parte del legado, en particular las cartas, se transfirió continuamente al archivo de Moscú (que más tarde pasó a formar parte del Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política) .

El proyecto se garantizó mediante acuerdos entre el Instituto Marx-Engels de Moscú y el Instituto de Investigación Social de Fráncfort del Meno, bajo la dirección de Carl Grünberg, así como mediante la creación de la Sociedad Editorial Marx-Engels (Marx-Engels-Verlags-Gesellschaft), más tarde Marx-Engels-Verlag, con sede en Berlín. [9] Sobre esta base, Riazanov comenzó en Moscú la edición de una serie prevista de 42 volúmenes, que se publicó en Fráncfort del Meno y Berlín y, a partir de 1933, se imprimió en Leningrado. Entre 1927 y 1941 se publicaron doce volúmenes. En este marco, se publicaron una serie de primeras ediciones, primero en el Marx-Engels-Archiv en 1925 y más tarde en MEGA, que estimularon especialmente los estudios de crítica social, como el capítulo sobre Feuerbach de la Ideología alemana y la Dialéctica de la naturaleza de Engels, luego los Manuscritos de 1844 [10] y la Ideología alemana.[11] En particular, los llamados escritos tempranos provocaron un debate sobre la alienación y la reificación en el capitalismo. En 1939, los Grundrisse se publicaron por primera vez como volumen especial en la MEGA; su impacto en la investigación sobre Marx no se produjo hasta la reedición de la RDA en 1953.

2.2 Riazanov se adhirió a los principios de la crítica textual histórico-filológica. Además de la publicación completa, basada normalmente en el principio de la versión final, esto incluía el registro de las variantes relevantes de los manuscritos y las impresiones y, al menos en principio, un análisis genético del texto. Además, ya se aplicaba la prohibición de contaminación: todos los textos se presentaban en la lengua original basándose en un testimonio textual específico, con la ortografía y la puntuación modernizadas y estandarizadas, en contraste con las prácticas editoriales de la segunda MEGA. El equipo editorial internacional de Riazanov realizó contribuciones extraordinarias, en particular en la transcripción de los complejos manuscritos, la determinación de la autoría de las obras publicadas de forma anónima o bajo seudónimo y su datación. Sin embargo, la tendencia de Riazanov a lanzar sus proyectos sin una preparación suficiente, con el objetivo de lograr la inmediatez, tuvo un impacto negativo en la coherencia del diseño editorial. Debido a la falta de directrices editoriales detalladas, no existía un esquema fijo para asignar el material a las distintas secciones, ni para la estructura y organización interna de los volúmenes individuales, especialmente su aparato científico.

2.3 Con la consolidación del régimen estalinista y el ascenso al poder de los nazis, el proyecto se vio sometido a las tensiones de la «Era de los Extremos» (Hobsbawm). A partir de 1933, la impresión y distribución de las obras de Marx y Engels ya no fue posible en Alemania. Los volúmenes de la MEGA fueron incluso arrojados a la hoguera en mayo de 1933. Ya no se podían tomar prestados de las bibliotecas. Mediante métodos arriesgados y a costa de pérdidas materiales sustanciales, el patrimonio fue sacado clandestinamente de Alemania y almacenado en la cámara acorazada de un banco en Copenhague. Las negociaciones entre los dirigentes exiliados del SPD y el Instituto de Moscú sobre su venta o almacenamiento seguro fracasaron. Las series pequeñas y grandes de los manuscritos económicos de 1857/58 y 1861-63, junto con algunos otros manuscritos más pequeños, fueron entregados en 1935 a través del intermediario Marek Kriger, vía la embajada soviética en Viena, al Instituto de Moscú. [12] Solo la adquisición por parte del Instituto Internacional de Historia Social, fundado en Ámsterdam en 1935, y su traslado a Inglaterra durante la ocupación alemana de los Países Bajos, salvaron toda la colección de la destrucción.

Sin embargo, el factor decisivo fue la evolución dentro de la propia Unión Soviética. Stalin consideraba desde hacía tiempo a Riazanov, que desafiaba sus dogmas, como una espina clavada. El trabajo de su instituto se hizo cada vez más difícil. Mientras pudo, Riazanov defendió al personal perseguido políticamente y se aseguró de que «el personal condenado al exilio pudiera seguir trabajando para el instituto en el lugar de exilio a cambio de una remuneración».[13] En otoño de 1930, Riazanov se quejó de que gran parte de su personal solo trabajaba a tiempo parcial, y que algunos incluso «trabajaban simultáneamente en el mismo tema para dos institutos»,[14] mientras que el Instituto Lenin, responsable de publicar las obras de Lenin, podía contar con una plantilla mucho mayor.[15] En 1931, en un intento por destituir a Riazanov y poner fin a su trabajo editorial independiente, el Instituto Marx-Engels se fusionó con el Instituto Lenin; de los 243 empleados que fueron «controlados» durante este proceso, 131 fueron despedidos,[16] y el propio Riazanov fue exiliado a Saratov y sustituido por Vladimir Adoratskii. Entre los despedidos se encontraba también Karl Schmückle, que había dirigido el «grupo alemán» en el departamento editorial.[17] Él y Riazanov fueron posteriormente acusados de actividades antinacionales durante el Gran Terror y ejecutados en 1938. La edición, despojada de sus mejores fuerzas después de 1931 (los volúmenes publicados bajo la dirección de Adoratski fueron preparados en su mayoría por Riazanov), se interrumpió en 1941.

3. La segunda MEGA. – La interrupción de una edición crítica del texto no significó el fin de una edición completa de las obras. Porque, incluso dentro del marxismo-leninismo, existía interés por una edición de este tipo, que pusiera el «canon» a disposición del trabajo del partido y sirviera como elemento central de la educación escolar y universitaria.

3.1 La edición de las obras como sustituta.Las obras de Marx-Engels edición en ruso (Sochinenia) tenía por objeto cumplir ambas funciones. Esta edición, cuya aparición estaba prevista simultáneamente con la primera MEGA, ya había sido decidida por el XIII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (bolchevique) en 1924, y su publicación comenzó en 1928. Continuó incluso después de la suspensión de la MEGA y, tras ser interrumpida por la Segunda Guerra Mundial, se completó en 1947 con 28 volúmenes (el volumen 20 no se publicó) en 33 libros, lo que la convirtió en la primera edición completa. Al igual que la primera MEGA, se divide en tres secciones (Obras, El capital, Cartas). Incluye 1247 escritos y ensayos, así como 3298 cartas, 600 de las cuales se publicaron por primera vez, presentadas en texto completo a diferencia de la edición de 1913. Tras la muerte de Stalin en 1953, esta edición fue sustituida por una segunda edición ampliada con 39 volúmenes, que más tarde se completó con 11 volúmenes adicionales, en parte debido al descubrimiento de nuevos documentos y cartas.

Esta segunda edición rusa sirvió de base para una edición en alemán (MEW), que despertó un gran interés, especialmente en la zona de ocupación soviética y en la RDA, en parte para proporcionar una base fiable a las numerosas ediciones individuales publicadas después de 1945. La decisión de crear esta edición se tomó en el Año de Karl Marx de 1953 y fue llevada a cabo por el Instituto de Marxismo-Leninismo del Comité Central del SED. En 1968 se habían publicado 39 volúmenes (a los que se añadieron posteriormente otros 5 volúmenes suplementarios) . La MEW contiene todas las obras, escritos y artículos que se habían publicado (incluidas muchas obras previamente desconocidas), junto con una selección de manuscritos, borradores y trabajos preparatorios (en total, alrededor de 1700 textos), así como las 4170 cartas conservadas de los autores (por primera vez, incluidas las dirigidas a terceros, de las cuales un tercio se tradujo al alemán) . Se hicieron excepciones al principio de exhaustividad en lo que respecta a los primeros escritos, que se publicaron posteriormente en dos volúmenes suplementarios, y a algunas obras críticas con la autocracia zarista y su política exterior (incluidas revelaciones sobre la historia de la diplomacia en el siglo XVIII).[18] Como se desprende de las introducciones y comentarios, esta edición, que gozaba de prestigio internacional, volvió a estar sujeta a consideraciones políticas.

La MEW se concibió como una edición de estudio, sin pretensiones de exhaustividad, destinada a un amplio público. Sin embargo, la compleja edición, con su corpus textual ricamente anotado, se utilizó menos como una «edición popular» y más en consonancia con las necesidades de los usuarios interesados en la ciencia. También sirvió de base para numerosas ediciones individuales y seleccionadas y se utilizó para traducciones a otros idiomas. De este modo, la MEW asumió las tareas y funciones de una edición científica moderna, aunque no pudo cumplir plenamente estas exigencias.

3.2 El comienzo a partir de 1965. – Riazanov El concepto MEGA de Riazanov se revisó en el contexto del debate sobre el alcance y la estructura de la segunda edición ampliada de la Sochinenia durante el periodo conocido como el deshielo en Moscú y Berlín. Sin embargo, tuvieron que pasar otras dos décadas para que el sucesor llegara a buen puerto «tras un trabajo largo y difícil» .[19] Este retraso se debió principalmente a las preocupaciones aún prevalentes entre los dirigentes del partido, especialmente en el PCUS, de que la MEGA tuviera un «carácter predominantemente científico-académico»[20] y, además, pudiera socavar la teoría marxista-leninista, ya que parecía que podría superar en volumen a la edición de Lenin, inicialmente prevista para incluir «50-55 volúmenes».[21]

En 1965, se encargó a una comisión editorial conjunta la preparación de la edición; no fue hasta diez años más tarde cuando se publicó el primer volumen de la segunda MEGA. Poco a poco, incluso desde un «punto de vista marxista-leninista», se fue imponiendo la idea de que «la retención por motivos políticos de las obras de Marx y Engels […] sería anticientífica y políticamente insensata». [22] A pesar de toda la oposición, se pudo mantener el principio fundamental de la exhaustividad. En cuanto a la estructura, se adoptó la división básica de Riazanov por tipos de obras, con los trabajos preparatorios (resúmenes, extractos, cuadernos, notas individuales, listas de bibliografía y marginalia , se reunieron en una sección adicional. Por supuesto, este proyecto, que en muchos aspectos seguía los estándares científicos —el excelente trabajo filológico realizado en Berlín y Moscú fue ampliamente reconocido por la comunidad académica internacional—, se caracterizó intrínsecamente por una «tensa relación entre el credo marxista-leninista y la pretensión científica, el cuidado editorial y los fines legitimadores».[23]

3.3 Reinicio a partir de 1990. – La continuidad del MEGA tras el fin de la RDA y la Unión Soviética fue objeto de controversia política y científica entre quienes ahora podían tomar decisiones bajo las nuevas estructuras de poder. La transición exitosa a una «edición académica e independiente del partido»[24] se debió principalmente a los sectores del público alemán e internacional interesados en la política y la ciencia, como se expresó, por ejemplo, en una campaña de apoyo sin precedentes por parte de académicos japoneses.

El Instituto Internacional de Historia Social y la Casa Karl Marx de la Fundación Friedrich Ebert, de acuerdo con los anteriores editores de Berlín y Moscú, fundaron en octubre de 1990 en Ámsterdam la Fundación Internacional Marx-Engels, que adquirió todos los derechos editoriales y desde entonces ha continuado con la MEGA. Además de las instituciones mencionadas, son miembros la Academia de Ciencias de Berlín-Brandeburgo (BBAW), el Centro de Investigación Histórica de la Fundación Friedrich Ebert en Bonn y el Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política en Moscú. En 1993, tras una evaluación internacional presidida por el filósofo Dieter Henrich, el Consejo Científico Alemán recomendó su continuación. Se revisaron los principios editoriales, reduciendo el alcance de 164 a 114 volúmenes, con, entre otros cambios, el abandono de los 40 volúmenes previstos de las notas marginales de Marx y Engels. Se mantuvo la estructura anterior: Obras, artículos, borradores (32 volúmenes) en la sección I; El capital y obras preparatorias (15 volúmenes) en la sección II; Correspondencia (35 volúmenes) en la Sección III; y Extractos, Notas, Marginalia (32 volúmenes) en la Sección IV.[25] A partir de entonces, la responsabilidad científica recayó en una red internacional de investigación con equipos editoriales en tres continentes (Europa, Japón y Estados Unidos), cuyo centro de comunicación tiene su sede en el grupo de trabajo ubicado en la BBAW.

4. Logros y controversias. – El desarrollo de la segunda MEGA ilustra el papel fundamental e indispensable de una edición crítica completa, que se adhiere a los principios de fidelidad absoluta a las obras y al objetivo de una exploración lo más completa posible. Las obras completas, tal y como se reflejan en la MEGA, aparecen como un «trabajo en curso», como un taller en el contexto de su época, que presenta no solo la lucha entre orientaciones opuestas, sino también las diferencias entre los distintos períodos de creación.

4.1 El nuevo material se hace accesible en la segunda MEGA principalmente a través de la extensa sección de extractos, que documenta en particular el proceso de los estudios de Marx. Esto incluye, por ejemplo, los extractos sobre ciencias naturales, geología y química, que proporcionan nuevas perspectivas sobre las opiniones de Marx sobre la relación entre la sociedad y la naturaleza[26] y elementos de un marxismo ecológico en su obra.[27] La base material también se amplía significativamente en lo que respecta a sus escritos periodísticos y políticos (New York Tribune, extractos históricos, actas del Consejo General de la IWA), lo que profundiza nuestra comprensión de la actividad política de Marx como «cabeza intelectual» de la Primera Internacional.

Especialmente significativa para reconstruir la obra principal de Marx es la sección El capital, que incluye todos los manuscritos económicos a partir de 1857, así como la sección IV (los Cuadernos de Manchester, París y Londres). Por primera vez, se documenta de forma exhaustiva el proceso de investigación de Marx. En su prefacio de 1926 a la edición popular de El capital, volumen II, Kautsky se refiere a las sospechas de que Engels «no siempre comprendió plenamente el hilo conductor del pensamiento de Marx y no siempre organizó y editó los manuscritos de acuerdo con él» (xi). La publicación completa da un nuevo impulso a la investigación y los debates sobre la división de las contribuciones entre Marx y Engels en los volúmenes II y III de El capital, sobre la primera parte del volumen I, sobre el manuscrito y la versión impresa del volumen III, y sobre el plan general inacabado de la obra principal, así como sobre cuestiones más amplias relativas al origen, el alcance y la relevancia contemporánea del análisis del capitalismo realizado por Marx. Gracias a la publicación de cartas de terceros a Marx y Engels, que están disponibles en su totalidad hasta finales de 1866 en la sección III, la «historia textual auténtica» de El capital puede reconstruirse «mucho mejor» «de lo que era posible para los comentaristas y lectores anteriores, que tenían que basarse exclusivamente en los relatos personales más o menos subjetivos […] de nuestros dos autores».[28]

4.2 Al mismo tiempo, se hacen evidentes los retos que plantean las diferentes necesidades de lectura y uso de los textos. El aspecto decisivo aquí es el principio textogenético, que constituye una base fundamental para cualquier edición crítica de obras basada en los estándares editoriales modernos. En la preparación de la segunda MEGA, se tomó como inspiración la filología de Goethe y Brecht: el objetivo principal ya no es producir un texto que se acerque lo más posible a las intenciones del autor, sino documentar el texto en su génesis, desde el primer borrador hasta la versión final. La revisión crítica del texto, en el sentido de corregir pasajes claramente erróneos, se lleva a cabo con gran cautela y con una rendición de cuentas detallada. Utilizando un método desarrollado principalmente por Richard Sperl e Inge Taubert, se presenta la génesis de la obra desde el primer boceto conceptual hasta la versión final autorizada: las obras individuales se reproducen en su totalidad en la sección textual, basándose en el manuscrito o la primera impresión. A través de listas de variantes en el aparato científico, se puede rastrear y comprender completamente el desarrollo del texto.

La segunda MEGA ha estado acompañada, desde el principio, por controversias en torno a este enfoque. Los miembros del personal de los Sitios Nacionales de Investigación y Conmemoración de la Literatura Clásica Alemana en Weimar no consideraban que «documentar la génesis» de los textos individuales fuera «una tarea independiente de una edición completa históricamente crítica». [29] Más allá de la investigación específica sobre la historia filológica de las obras, también es posible abordar y recibir las obras de Marx y Engels sin depender por completo de una génesis textual y una lista de variantes preparadas escrupulosamente.

Los objetivos de Marx y Engels no se verían bien servidos si su obra solo se restaurara cuidadosamente, reduciendo así el marxismo a una «historia de las ideas centrada únicamente en la perpetuación e interpretación de los pensamientos de Marx». [30] El hecho de que, después de 1990, los esfuerzos editoriales relacionados con el legado literario de Marx y Engels pudieran desvincularse de las constelaciones políticas y los compromisos ideológicos anteriores no significa el fin de la tensión entre las recepciones académicas y las recepciones prácticamente críticas con la sociedad de la obra ahora procesada académicamente. Ni siquiera su papel como componente central de la ideología oficial ha terminado, como demuestran el trabajo editorial y los debates en la República Popular China. Sin embargo, con la segunda MEGA se ha establecido una base sólida con la que deben medirse todos los formatos y funciones de la difusión del legado de Marx y Engels.

Parte II

1. China. – La Marx-Engels-Gesamtausgabe desempeña un papel importante en la República Popular China, como lo demuestran los amplios esfuerzos de traducción e investigación, especialmente desde la década de 1990. En este contexto, la MEGA1, iniciada por David B. Riazanov, se considera principalmente un objeto de investigación histórica, mientras que la MEGA2 ha sido traducida en gran parte al chino.

Los primeros indicios de que la aparición de la MEGA1 ya había despertado interés en la República de China (1911-1949) se encuentran en 1933 en las revistas de orientación marxista y de izquierdas Xianxiang Yuekan (Phenomenon Monthly) y Chuban Xiaoxi (Noticias de publicaciones). En 1939, Wu Enyu, bajo la supervisión de Harold Joseph Laski, escribió una tesis doctoral en Londres titulada La evolución de las ideas sociales y políticas de Marx con especial referencia al período 1840-1848, en la que utilizó los volúmenes de MEGA1 como fuente.[31] En aquella época, los escritos de Marx y Engels eran aún en gran parte desconocidos en China. El Manifiesto se publicó por primera vez en su totalidad en chino en 1920, mientras que el primer volumen de El capital no apareció hasta 1936.[32] Los volúmenes originales de MEGA1 solo están disponibles en unas pocas instituciones académicas chinas y solo se han traducido al chino de forma fragmentaria.

La traducción y publicación sistemática y planificada de las obras de Marx y Engels comenzó en 1956 bajo la dirección de la Oficina Central de Compilación y Traducción (CCTB) en Pekín, que operaba bajo el Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh). En 1985 se había producido una edición china de 50 volúmenes, basada principalmente en la segunda edición rusa de las Obras completas de Marx-Engels. Si bien esta edición desempeñó un papel crucial en la difusión y el estudio de los escritos de Marx y Engels, también presentaba deficiencias lingüísticas y sustantivas, sobre todo porque casi todos los textos se tradujeron del ruso y no de las lenguas originales.[33] En 1986, con el fin de ofrecer una presentación más completa y fiel de las obras de Marx y Engels, el Comité Central del PCCh decidió producir una segunda edición china. Tras comparar varias ediciones extranjeras de las Obras completas de Marx y Engels, se decidió que esta nueva edición se basaría principalmente en MEGA2. El proyecto prevé una edición de 70 volúmenes, estructurada de forma similar a MEGA2 en cuatro secciones: Obras, El capital y manuscritos relacionados, Cartas y Extractos. Sin embargo, esta segunda edición china será menos extensa que MEGA2: las dos últimas secciones se traducirán solo parcialmente (por ejemplo, se omitirán la mayoría de las cartas dirigidas a Marx y Engels) y se excluirán por completo los volúmenes del aparato crítico. Los tres primeros volúmenes aparecieron en 1995 y, en 2017, se habían publicado 28 volúmenes.

Durante la preparación y el desarrollo de la segunda edición china, numerosos artículos sobre MEGA2 —incluidos sus planes editoriales, directrices e introducciones a volúmenes individuales— se tradujeron al chino y se publicaron en revistas de la CCTB dedicadas a los estudios de Marx-Engels o Marx-Engels-Lenin-Stalin. Sin embargo, estas revistas estaban destinadas exclusivamente al uso interno del CCTB. De hecho, estas publicaciones eran esencialmente una sola revista cuyos títulos cambiantes reflejaban su enfoque en evolución: Materiales resumidos y traducidos sobre las obras del marxismo-leninismo (1978-1981), Materiales de investigación sobre el marxismo-leninismo (1982-1989), Estudios sobre Marx y Engels (1989-1995), Estudios sobre Marx, Engels, Lenin y Stalin (1996-2006, formada por la fusión de la revista anterior con las antiguas revistas independientes Estudios sobre Lenin y Estudios sobre Stalin) y, desde 2006, Materiales de investigación sobre el marxismo.[34]

3. Contexto político del auge de MEGA en China. – Solo un pequeño número de lectores chinos pueden estudiar las obras de Marx y Engels en el alemán original. Por consiguiente, la traducción de estos textos del alemán al chino es esencial para la difusión del marxismo en China. Sin embargo, este proceso va mucho más allá de la mera conversión lingüística, ya que también requiere un profundo conocimiento de los textos originales y un análisis cuidadoso de las similitudes y diferencias entre las culturas china y occidental. Mao Zedong ya había reconocido la importancia del trabajo de traducción durante la Guerra Antijaponesa guerra antijaponesa en Yan’an. Consideraba al monje Xuanzang —que, durante el reinado del emperador Taizong de Tang (siglo VII), tradujo numerosas escrituras budistas al chino, principalmente del sánscrito— y al renombrado escritor y traductor Lu Xun, figura activa en el Movimiento del 4 de Mayo que promovió la recepción de la cultura occidental en la República de China, como modelos a seguir para los traductores chinos.[35]

Durante el VII Congreso del Partido (1945), Mao criticó duramente la tendencia predominante a infravalorar el trabajo de traducción y destacó que el marxismo-leninismo habría seguido siendo desconocido en China sin los esfuerzos de los traductores.[36]

En China, la traducción de las obras de los «clásicos» marxistas ha contribuido a la transformación de los discursos teóricos y políticos desde la fundación de la República Popular. Además, como sostiene Ngeow Chow Bing en su estudio sobre el CCTB, «la investigación sobre el marxismo» sigue siendo importante para el Partido Comunista de China, ya que la justificación «ideológica» sigue siendo un componente crucial de los procesos de toma de decisiones.[37] «Si las reformas políticas y económicas pudieran expresarse en términos que Marx hubiera aprobado, estas reformas podrían encontrar una resistencia menor. Dado que es poco probable que el Partido defienda la democratización al estilo occidental, las ideas de reforma que se encuentran en los escritos de Marx y Engels, e incluso de Lenin, la combinación de marxismo y reformismo de este CCTB podría ser muy significativa».[38] Ngeow considera que el CCTB es cada vez más un «think tank político», cuyo liderazgo incluye a «conocidos defensores de las reformas políticas y la democracia».[39]

4. Investigación y controversias. – La importancia de la nueva edición china de las obras de Marx y Engels se hace evidente a la luz de los acontecimientos históricos. Entre 1949 y 1978, la investigación marxista en la República Popular China se basó en gran medida en el rígido marco del «Diamat». Con la publicación de la nueva edición, se han intensificado los esfuerzos por liberarse de las limitaciones de la teoría marxista dogmática tradicional y reinterpretar la doctrina de Marx incorporando fuentes y métodos hermenéuticos anteriormente inaccesibles.

Un hito importante en esta evolución fue el libro de Zhang Yibing de 1999, Huidao Makesi (De vuelta a Marx, 2014). A diferencia de cualquier trabajo anterior en la investigación marxista china, este libro subrayaba la importancia de volver a los textos originales. El libro recibió una considerable atención en China y, a pesar de enfrentarse a críticas sustanciales —algunos temían que una reconstrucción meticulosa de los textos pudiera eclipsar su importancia práctica[40]—, la tendencia hacia la investigación textual ganó reconocimiento y apoyo, especialmente entre los jóvenes estudiosos marxistas.

En este contexto, Wang Dong postula una nueva base para la investigación sobre Marx (2006), en la que rechaza los tres modelos interpretativos tradicionales —a saber, explicar el pensamiento de Marx desde las perspectivas de Engels, la Unión Soviética u Occidente— y, en su lugar, aboga por una interpretación basada en los propios escritos de Marx, al tiempo que establece una tradición independiente de investigación marxista china. A menudo se lamenta la falta de investigaciones chinas originales sobre MEGA2 o basadas en ella, en contraste con el gran volumen de traducciones de obras extranjeras (que aparecen, por ejemplo, en las revistas Foreign Theoretical Trends y Marxism and Reality). Además, el desarrollo y la publicación de MEGA2 se lleva a cabo en gran medida sin participación china (mientras que, por ejemplo, los investigadores japoneses han desempeñado durante mucho tiempo un papel importante en este ámbito) . El primer estudio chino exhaustivo sobre la historia de MEGA y sus principios editoriales es el de Zhao Yulan, From MEGA1 to MEGA2: The Emergence and Development of the Marx-Engels Collected Works (2013).

Sin embargo, la adopción de MEGA2 en China ha sido contradictoria. Mientras que Nie Jinfang y otros sostienen que la recepción ortodoxa solo puede superarse y que solo se puede alcanzar una verdadera comprensión del marxismo si se traducen y estudian en mayor profundidad algunos textos de Marx y Engels aún desconocidos en chino —en particular, manuscritos, extractos y notas—[41], otros, como Hu Daping,[42] piden que la investigación marxista se centre más en los problemas de desarrollo actuales a los que se enfrenta la sociedad. También hay quienes cuestionan el proyecto MEGA2 en su conjunto. Sun Leqiang (2012) critica que ambos proyectos MEGA estuvieran contaminados por la ideología soviética desde el principio. En cuanto a MEGA2, también existe un debate sobre las diferencias entre Dietz-MEGA y Akademie-MEGA.

 

Xia Fan señala la controvertida clasificación del manuscrito de Feuerbach dentro del complejo DI, ilustrando cómo la visión de Dietz-MEGA ha cambiado a Akademie-MEGA, y cómo esta última deconstruye el legado de Marx.[43]

El MEGA2 también suscita expectativas poco realistas aquí y allá, como la creencia de que creará una nueva imagen impecable de Marx que resistirá todas las críticas al marxismo. Wei Xiaoping rechaza tales mistificaciones y aboga por un enfoque realista que reconozca las funciones fundamentales de la MEGA2: presentar los textos y el proceso creativo de Marx y Engels en su totalidad y con fidelidad, permitiendo así un enfoque académico de su obra y poniendo de manifiesto su valor único.[44]

(Traducido por Kaan Kangal)

Referencias para la parte I

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Referencias para la parte II

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Traducido por Kaan Kangal

© Berliner Institut für kritische Theorie (InkriT)

[1] Esta es una traducción de la entrada «MEGA» del Diccionario histórico-crítico del marxismo (Historisch-Kritisches Wörterbuch des Marxismus [HKWM]), vol. 9/I (Hamburgo: Argument, 2018), pp. 388-404.

[2] Lohmann 1999

[3] Engels 2001a, p. 210. Véase también Engels 2004, pp. 497-8.

[4] Engels 2001b, pp. 258-9.

[5] Volumen 24, 1896.

[6] Volumen 30, 1897.

[7] Citado en Langkau 1983, p. 127.

[8] Hecker 1993, p. 18, nota al pie 5.

[9] Cf. Vollgraf et al. 2000.

[10] MEGA1 vol. I.3 (1932); edición Kröner en 1932.

[11] MEGA1 vol. I.5 (1932/33).

[12] Cf. Mis’kevič 2013, p. 7.

[13] Rokitjanskij 2001, p. 14.

[14] Referat, p. 111.

[15] Referat, p. 113.

[16] Rokitjanskij 2001, p. 20.

[17] Véase Röhr 2014, p. XXI.

[18] MECW, vol. 15, pp. 25-96.

[19] Dlubek 1993, p. 41.

[20] Dlubek 1994, p. 70.

[21] Cf. «Ergebnisse des Meinungsaustauschs der Abteilungsleiter über die MEGA vom 29. Juni 1964» (Resultados del intercambio de opiniones entre los jefes de departamento sobre la MEGA del 29 de junio de 1964), en Dlubek 1993, p. 59.

[22] Dlubek 1993, p. 45.

[23] Dlubek 1994, p. 100.

[24] Vollgraf 1993, p. 69.

[25] Véase Grandjonc/Rojahn 1995.

[26] Véase Griese 2006.

[27] Véase Saito 2016.

[28] Vollgraf 2017, p. 54.

[29] Citado en Dlubek 1994, p. 89.

[30] Haug 1983/1985, p. 25.

[31] Véase Zhang 2015, p. 15 y ss.

[32] Xy y Lin 2017, pp. 73-4.

[33] Véase Xy y Lin 2017, pp. 77-8.

[34] Véase Zhao 2016, p. 285-6.

[35] Mao 1993-9 (Carta a He Kaifeng sobre los periódicos y la cuestión del trabajo de traducción, 15 de septiembre de 1942), vol. 2, p. 441.

[36] Mao 1993-9 (Resolución del VII Congreso del PCCh), vol. 3, p. 418.

[37] Bing 2015, p. 572.

[38] Ibíd.

[39] Ibíd., p. 554.

[40] Cf. Nie 2008.

[41] Nie 2005.

[42] Hu 2003.

[43] Xia 2007, p. 50f.

[44] Wei 2013.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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