Miscelánea (14/06/2022)

Del compañero Carlos Valmaseda, de Espai Marx.

1. Pakistán y el gas licuado
Siguen los graves problemas energéticos de Pakistán, obligando a apagones rotatorios para intentar ahorrar electricidad, generada normalmente con gas. Básicamente, porque mejores postores se quedaron con el gas que ya tenían comprado. En este hilo, que os paso con traducción automática, explican brevemente los problemas del país con su dependencia del gas licuado. Es solo un ejemplo de cómo la crisis energética castiga primero a los países más pobres -y luego a todos-.
https://twitter.com/SStapczynski/status/1536533469807132672

La campaña europea para dejar el combustible ruso hunde a Pakistán en la oscuridad
La política energética de la UE pretende castigar a Moscú por la guerra de Ucrania. Pero también está causando estragos a miles de kilómetros de distancia, ya que Pakistán se enfrenta a una escasez de gas

2. ¿Colonialismo energético?
Es habitual que partidarios del New Green Deal como Emilio de Santiago y Héctor Tejero -de Más País- entren de vez en cuando en polémica con los decrecentistas que ellos consideran más ‘exaltados’, como Turiel. En la última escaramuza, los dos primeros y Xan López (@SeoirseThomais, de Contra el diluvio) acaban de publicar un artículo en CTXT criticando otro publicado por Turiel, Bordera y Alfons Pérez hace unos días. La crítica suele ser siempre la misma: no le prestan suficiente atención a la esfera política en sus análisis, que consideran demasiado deterministas.
https://ctxt.es/es/20220601/Firmas/39952/colonia-electrica-energia-luz-ecologismo-nacionalismo-renovables.htm

Sobre colonias energéticas y otras hipérboles peligrosas
El artículo que nos ocupa ha despertado nuestras alarmas porque desarrolla el marco perfecto para un enfoque que todavía no está presente en España de modo reseñable, pero muy pronto puede estarlo: el del nacionalismo energético de corte reaccionario
Xan López / Emilio Santiago / Héctor Tejero 13/06/2022

En las primeras líneas de un artículo reciente, “España, colonia energética del norte de Europa”, Antonio Turiel, Juan Bordera y Alfons Pérez animaban a sus lectores a desmentir que el titular elegido era una hipérbole o una exageración. Creemos que podemos dar una alegría a los compañeros, pues ellos mismos reconocen que nada les haría “más felices que estar errados”. El comienzo del texto parece un caso claro de excusatio non petita, accusatio manifesta. Calificar a España de futura colonia energética del norte de Europa es exactamente una hipérbole especulativa, una exageración algo tremendista hecha desde presupuestos cuestionables. Lo problemático no es recurrir a la hipérbole. La intervención política siempre hace uso de figuras retóricas efectistas, y seguramente nuestro contexto mediático nos fuerza a ello hasta el abuso. La cuestión es si el recurso estilístico elegido es útil o contraproducente. Qué marcos de interpretación social alimenta y cuáles tapona.  

Este debate creemos que tiene sentido porque tanto los firmantes de dicho artículo como el de este compartimos unos fines de transformación social muy parecidos, una sociedad sostenible y justa (y por tanto poscapitalista, ecosocialista, ecofeminista… añadan el sustantivo de alta intensidad ideológica que más les motive) aunque difiramos en los medios para conseguirlo. Esto es, el caso de este texto se enmarca en una polémica más amplia sobre cómo debe el ecologismo social actuar políticamente en la coyuntura actual. 

Antes de proseguir, reconocemos que el artículo enfoca asuntos graves que son de alto interés. La transición energética en España está sujeta a múltiples tensiones, conflictos y decisiones que van a marcar unas décadas profundamente decisivas. Específicamente, es meritorio animar a reflexionar sobre cómo puede impactar cualquier modelo de desarrollo masivo del hidrógeno verde en un país con un fuerte estrés hídrico, ya muy tensionado por las demandas de agua de la industria agroalimentaria, y que el cambio climático solo va a empeorar. También queremos destacar como positivo que, con todos sus problemas, el horizonte de debate “colonia energética” se antoja mucho más afinado a la plausibilidad histórica de lo que viene que el horizonte de debate de esa otra hipérbole peligrosa con mucha presencia en el debate público ecologista, el “colapso”. Solo estirándolo hasta volverlo irreconocible, un futuro energéticamente colonial se deja pensar con las adherencias ideológicas y las significaciones políticas que cualquier uso riguroso del término colapso lleva consigo.

Dicho esto, pensamos que la tesis fundamental que defiende el artículo no se sostiene. Y no lo hace al margen de si los datos técnicos que maneja sobre las posibilidades de importación de GNL son correctos o no. Se trata de un asunto de otra naturaleza. Como suele ocurrir, el problema con este tipo de discursos no es si las previsiones cuantitativas de sus escenarios de futuro son más o menos exactas, sino el modo automático y mecanicista en que esas previsiones se proyectan en acontecimientos muy definidos y prepolíticamente determinados. Es el salto fallido de lo biofísico a lo social lo que chirría de sus planteamientos.

Es fundamental tener eun cuenta las leyes de la termodinámica en el análisis social porque marcan tendencias de onda muy larga sobre limitaciones materiales generales que el marco categorial de la economía neoclásica obvia, dando lugar a aporías ecológicamente negligentes. Pero a medida que bajamos de la mirada macroscópica y nos centramos en los complejos aspectos de lo social y sus detalles, la termodinámica nos aporta cada vez menos. Y desde luego, no nos dice apenas nada interesante del tipo de coyunturas políticas que pueden convertir a un país en un Estado fallido (un colapso) o de modo menos drástico, en una colonia energética.

En el caso de este artículo, el salto fallido de lo biofísico a lo social es especialmente llamativo porque no se sostiene ni en la inducción empírica más básica. El mundo, y Europa, está lleno de países que exportan energía y que solo con calzador podrían ser considerados colonias energéticas.  Noruega es un buen ejemplo: casi el 50% de sus exportaciones son gas y derivados del petróleo que van mayoritariamente a otros países de Europa. Difícilmente se puede considerar a Noruega “la Argelia escandinava”. Lo que no significa que una estructura productiva como la noruega no sea problemática. Aunque su PIB es superior al del resto de países nórdicos, su complejidad económica es menor. Los países que se especializan en exportar un par de recursos naturales en detrimento de otros sectores corren el peligro de sufrir lo que en la jerga económica se conoce como “enfermedad holandesa”: el sobredesarrollo de un sector económico que puede terminar lastrando al resto y en última instancia a la economía en su conjunto, teniendo un efecto muy desequilibrante. La especialización de España en la producción y exportación de hidrógeno verde podría dar lugar a una situación así. Pero de ahí a convertirnos en una colonia hay un trecho.

Por hacer una analogía, diagnosticar que nos estamos convirtiendo en una colonia energética debe presuponer, en coherencia, que ya somos una colonia turística o agroalimentaria. Sin duda, nuestra inserción en la economía global a través de sectores como el turismo o la exportación de comida tiene consecuencias dañinas en nuestra estructura económica, que arrastramos desde hace demasiado tiempo: desde un mercado laboral con alta precariedad, marcado por una fuerte estacionalidad y condiciones de explotación inhumana de mano de obra migrante en el mundo rural, hasta una sobredotación de infraestructuras de transporte o un alto deterioro ecológico en algunas regiones españolas. Pero considerar todo ello el paisaje socioeconómico y político propio de una colonia es un maximalismo inconsistente. Especialmente sangrante en comparación con las viejas situaciones coloniales históricas y las nuevas situaciones coloniales que siguen hoy en día reproduciéndose en todo el globo. Creemos que resulta más adecuado, para poder tener un diálogo internacionalista honesto con nuestros aliados potenciales de los diferentes sures, rebajar un poco la intensidad semántica. El capitalismo es un sistema sacrificial, está en su misma lógica constitutiva destruir posibilidades de vida en favor del incremento de beneficios privados. Pero llamar por igual zona de sacrificio a una termoeléctrica que quintuplica la mortandad infantil en una región del sur global y a un macroparque eólico en una comarca de la España vaciada implica borrar demasiadas diferencias.  

¿Alemania tiene interés en que España le venda energía barata? Sin duda. ¿Está España destinada a convertirse en una “colonia energética” del centro de Europa? Muy improbable. De hecho, esta energía barata también puede ser una oportunidad para reindustrializar el país. Lo que va a decidir entre una opción u otra no va a ser ni la geología, ni la termodinámica, sino la política (interna y externa). Y muy mala política puede hacer el ecologismo si ya asume de partida su incapacidad de acción histórica con fardos tan pesados. Una de nuestras principales discrepancias con la línea que suelen defender los autores del texto no es sobre sus diagnósticos técnicos, sino por cómo estos se presentan envueltos en eso que Thea Riofrancos ha llamado un “estado de ánimo”. Esto es, un paquete de afectos, sesgos, pasiones o metáforas de naturaleza ideológica que sirve para interpretar los hechos y sus posibilidades. Y que siempre apunta en una misma dirección que, seguramente sin pretenderlo, tiene efectos profundamente despolitizadores. O, cuanto menos, “malpolitizadores” si se nos permite el neologismo. Por norma general, al ecologismo influido por este tipo de enfoques le es mucho más fácil imaginarse organizando una supuesta resiliencia comunitaria ante el colapso que imaginarse desarrollando acciones de gobierno transformadoras mientras se hace fuerte en el Estado. Le es más fácil imaginar la colonización energética de España que el empoderamiento de un proyecto de transición energética que sirva para resituar nuestro papel en Europa y el mundo en clave de sostenibilidad y justicia social. 

El artículo que nos ocupa ha despertado nuestras alarmas porque entre lo que deja entrever, un cierto deje conspiranoico (“plan alemán de saqueo energético”, “dimensión siniestra de los fondos Next Generation”, “cúmulo de casualidades convenientes”, etc.), y lo que calla (no ofrece ninguna alternativa efectiva más allá de un llamado al “decrecimiento redistributivo”), desarrolla el marco perfecto para un enfoque que todavía no está presente en España de modo reseñable, pero muy pronto puede estarlo: el del nacionalismo energético de corte reaccionario. Y es cuanto menos inquietante que compañeros que luchan por un mundo sostenible y justo le faciliten una pista de aterrizaje conceptual. Conocemos el trabajo comprometido de Antonio Turiel, Juan Bordera y Alfons Pérez en los ámbitos científicos y militantes, y sabemos que no es ni mucho menos su intención alimentar a los monstruos reaccionarios que habitan en este interregno entre dos mundos que nos ha tocado habitar. Pero en una coyuntura histórica en la que Le Pen ha obtenido el 40% de voto en segunda vuelta prometiendo, entre otras medidas, desmontar parques eólicos, poner el acento en un relato de asalto a la soberanía nacional por parte de un poder colonial alemán que mueve en la trastienda los hilos de la transición energética renovable es reforzar un discurso cuya salida no va a ser, ni de lejos, un cuestionamiento decrecentista del modelo de desarrollo. Lo que hay al final de un camino pensado así es una regresión reaccionaria en clave nacionalista que, por cierto, ya tiene raíces solidas en las geografías rurales más abandonadas del país. Un proyecto reaccionario que va a encontrar en las resistencias locales a la transición energética una nueva fuente de agravios frente a las imposiciones del “cosmopolitanismo verde y urbanita”.  

Si la hipérbole de la colonia energética resulta especialmente desafortunada es por cómo encaja como un guante perverso, precisamente, en el marco de los conflictos y las resistencias territoriales a la implantación de las energías renovables que hoy están teniendo lugar. Que son, al mismo tiempo, un marco de lucha tan justificado y legítimo como preñado de peligros.

La crisis climática nos pone y nos pondrá ante encrucijadas y decisiones complejas. La transición ecológica a la que aspiramos quiere mejorar la calidad de vida de la gran mayoría de personas del mundo y hacerlo de forma compatible con los límites planetarios. Pero llegados al punto de crisis ecológica en el que estamos, una parte de esa transición ecológica supone sustituir unos impactos ambientales que ya han rebasado límites por otros en los que aún hay mucho margen. Es fácil pensar en una transición ecológica sin costes ni resistencias ni impactos, pero eso no significa que no sea un simple deseo irrealizable. Es en el contexto de una crisis climática aterradora y esta lógica de sustitución de impactos ambientales en la que hay que situar el hecho innegable de que las energías renovables no son inocuas. Su impacto ambiental y social es alto, tanto en las instalaciones mismas como en los tendidos eléctricos, así como en la minería que alimentará esta nueva infraestructura técnica. Esto, que sería así en cualquier sociedad imaginable, se multiplica porque en el capitalismo las energías renovables sólo se despliegan asociadas a procesos de acumulación de capital, que se rigen por la obtención de beneficios y no por la satisfacción de necesidades. Procesos de acumulación indisociables de formas de violencia social más o menos suavizadas: explotación laboral, reordenamiento de los usos del suelo vía expropiación, externalizaciones económicas negativas, impactos ambientales, plusvalías especulativas… En un país como España, con un oligopolio eléctrico tan poderoso y un caciquismo local que se nutre mucho de corruptelas urbanísticas, la transición a las renovables puede convertirse en una barra libre de abusos. Por ello los contrapesos en forma de lucha territorial bajo el lema “renovables sí pero no así” tienen algo de buena noticia.

Pero al mismo tiempo esas resistencias territoriales a las renovables pueden suponer el caldo de cultivo perfecto para un proyecto político de impugnación general de la idea de transición ecológica justa en defensa de la continuidad del capitalismo fósil y la apuesta por el renacer nuclear. Esto en una década en la que ya no nos podemos permitir, climáticamente, más retrasos. Ese proyecto existe y está a un par de piezas de terminar el puzle de época y ponerse a liderar los descontentos que las renovables están generando. Nos asusta que un concepto tan hiperventilado como el de “colonia energética” lleve las aguas de los imaginarios colectivos hacia esos molinos. Porque además, y aquí creemos que hay otra diferencia fuerte de nuestros planteamientos respecto al de los autores del artículo, pensar que revelar la insostenibilidad del capitalismo nos acerca siquiera un milímetro a superarlo es una pura ilusión. Compartimos la idea fuerte de que una sociedad sostenible habrá mandado el capitalismo a un museo de los horrores pasados. Pero limitarse a impugnar el sistema capitalista con fraseología abstracta cuando tenemos a nuestras espaldas la experiencia dolorosa y amarga de más de 170 años de luchas socialistas fallidas, que movilizaron una cantidad de talento teórico y práctico tan brillante como colosal, y un poder organizativo mayúsculo, nos parece cuanto menos ingenuo. Señalar el capitalismo no es ningún gesto de inteligencia radical, es una obviedad. Lo que nos exige nuestro tiempo es pensar en pasos concretos y políticamente factibles para ir desmontando algunas lógicas capitalistas desde una más que evidente desigualdad en la correlación de fuerzas. Una correlación que, esperamos, comience a cambiar en nuestro favor a medida que acumulemos victorias tangibles e ilusionantes.

Finalmente, y por impulsar el debate en un tono constructivo, nos parece mucho más interesante políticamente explorar no las posibilidades del agravio nacionalista entre países europeos, sino las posibilidades de la colaboración. La solidaridad europea, con la imposición fanática de la ortodoxia económica, no cuenta con precedentes recientes que inviten al optimismo, cierto. Pero es igual de evidente que tampoco estamos ya en el mundo de 2008 y que los márgenes para otro tipo de relaciones intereuropeas están abiertos.  Los retos actuales (cambio climático, pero también la pandemia y otros efectos boomerangs por venir de eso que hemos dado en llamar Antropoceno) requieren respuestas globales. Y eso abre una condición de posibilidad para organizar un internacionalismo tan real como efectivo. Esto es así, seguramente, por primera vez en la historia, en el sentido de que nunca en la historia nuestros problemas habían empujado materialmente hacia soluciones de orientación socialista de un modo tan claro. Por supuesto esta inscripción socialista de las soluciones técnicamente efectivas no garantiza la política socialista, esta se juega en otros campos. Pero nos lo puede poner un poco más fácil a la hora de articular respuestas inspiradas en principios de cooperación y planificación.  

En un paper científico, firmado junto a otros compañeros de su equipo en el año 2012 y titulado “A global renewable mix with proven technologies and common materials”, Antonio Turiel afirmaba que la interconexión geográfica entre naciones era uno de los pilares de una matriz energética renovable, con materiales abundantes y tecnologías probadas, que fuera capaz de ofrecer un consumo energético no muy distinto aunque algo menor del actual siempre y cuando se asumieran los principios de una economía de estado estacionario y un alto grado de colaboración internacional. Por mucho que las cosas hayan podido empeorar en estos diez años, tampoco se trata de un escenario completamente refutado. Prueba de ello es que otros autores del mismo artículo, como Antonio García Olivares, siguen considerándolo técnicamente viable. Lo que diferencia a uno y a otro es una cuestión que tiene que ver más con estados de ánimos ideológicos y sus respectivas hipótesis políticas. Y como la política siempre tiene algo de performativo, de profecía autocumplida, para iluminar este momento de peligro, que diría Benjamin, y sacar de él su mejor promesa, nos parece mucho más sugerente apropiarnos de la posibilidad utópica ecosocialista de una interconexión energética renovable vertebrando una Europa poscrecimiento que de una ofensa nacionalista cimentada en proyecciones lúgubres de las sin duda muy mejorables relaciones de poder vigentes en la Unión Europea neoliberal. 

Xan López (activista de Contra el Diluvio), Emilio Santiago (investigador del CSIC) y Héctor Tejero (diputado de Más Madrid en la Asamblea de Madrid).

3. Combustibles.

-Turquía planea suministrar gas del Mar Negro en 2023. «Se espera que los trabajos de colocación de tuberías en el lecho marino para llevar el gas del Mar Negro a tierra firme concluyan a finales de año, según declaró el ministro turco de Recursos Naturales y Energía, Fahrettin Donmez.» Турция планирует наладить поставки черноморского газа в 2023 году (en ruso)
El gobierno germano estaría preparando un rescate para la filial alemana de Gazprom con el objetivo de sanear su situación financiera y garantizar su actividad en el país. La cuantía total del rescate oscila entre los 5.000 y los 10.000 millones de euros. Recordemos que la empresa fue incautada a la rusa Gazprom. https://twitter.com/descifraguerra/status/1536463075372670977

-Los mayores importadores de carbón ruso durante los primeros 100 días de guerra:

Fuente: https://twitter.com/EdgarOcampoTll1/status/1536403435657908224

-Libia cierra casi todos sus yacimientos petrolíferos, lo que aumenta la presión sobre un mercado del petróleo ya desabastecido. No es por un problema técnico sino político, la lucha entre las diversas facciones en lucha por el control del país, o futuros países. https://twitter.com/disclosetv/status/1536358292708110339

-Rusia empieza a suministrar uranio mejorado para una planta nuclear en India. kudankulam: Russia supplies upgraded N-fuel to India’s Kudankulam plant with longer fuel cycle | India News – Times of India

Y en relación a esto último, os paso con traducción automática un artículo muy interesante sobre la posiblidad, si quisiera, de que Rusia obligase a cerrar buena parte de las centrales atómicas occidentales, que se abastecen de uranio procesado por los rusos. Durante muchos años, por irónico que parezca, y gracias al acuerdo de desarme de los 80, los EEUU han estado utilizando uranio procedente de las bombas desmanteladas en Rusia. País, por cierto, que controla el 40 por ciento del mercado mundial de conversión de uranio:

What’s at risk due to Russia’s nuclear power dominance?

¿Qué está en riesgo por el dominio de la energía nuclear de Rusia?
Matt Bowen y Paul Dabbar, colaboradores de opinión – 06/12/22 2:00 PM ET

Los impactos a los que se enfrentan los países aliados de Occidente debido a la influencia de Moscú en los mercados mundiales de petróleo y gas natural son reales y bien entendidos a estas alturas, incluso si las soluciones siguen siendo difíciles. Pero esas naciones también se enfrentan a otro nivel de riesgo energético que ha recibido menos atención a medida que se prolonga la guerra en Ucrania: La considerable cuota de Rusia en el mercado mundial de la energía nuclear.

Los líderes occidentales deben considerar inmediatamente su exposición a las exportaciones nucleares rusas y tomar medidas para reducirla o enfrentarse a otro choque energético a manos de Putin.

Hay varios segmentos de la cadena de valor nuclear comercial en los que un proveedor ruso podría afectar a la disponibilidad de un reactor en Occidente para suministrar energía. En el caso del combustible nuclear, se trata de la extracción y molienda de uranio, la conversión, el enriquecimiento y la fabricación de combustible. En el caso de los reactores existentes diseñados por Rusia, incluyen el suministro de piezas de repuesto y servicios exclusivos del fabricante de equipos originales.
Rusia tiene una importante cuota de mercado en muchas de esas piezas de la cadena de suministro nuclear a través de su empresa nuclear estatal Rosatom. Por esta razón, varios países del mundo se encuentran en una situación difícil, entre ellos Estados Unidos. Es posible que quieran desvincularse de la compra de suministros de energía nuclear a Rosatom para reducir el riesgo de la cadena de suministro y dejar de enviar dinero a Rusia, pero al mismo tiempo, actualmente dependen de los servicios y materiales rusos para hacer funcionar sus reactores.

Como expusimos en un documento del mes pasado del Center on Global Energy Policy de la Universidad de Columbia, varios países aliados de Estados Unidos tienen reactores rusos en funcionamiento o en construcción, como Finlandia, la República Checa, Turquía y Ucrania. Estos países corren el riesgo de que sus reactores construidos en Rusia tengan dificultades de funcionamiento o incluso paradas sin materiales, equipos y servicios para mantenerlos. Sin embargo, varias empresas occidentales de fabricación pueden empezar a producir con el tiempo sustitutos para superar ese problema de suministro.

La cuestión más crítica es la cadena de suministro de combustible de uranio. Dado que Rusia sólo extrae el 6% del uranio del mundo, es relativamente fácil para los países y los propietarios de centrales nucleares conseguir otras fuentes mundiales de mineral de uranio. Sin embargo, Rusia controla el 40 por ciento del mercado mundial de conversión de uranio, donde la «torta amarilla» de óxido de uranio se convierte en hexafluoruro de uranio, una forma gaseosa necesaria para el proceso de enriquecimiento. El uranio natural tiene un contenido de isótopo Uranio-235 del 0,7%, y el proceso de enriquecimiento aumenta el contenido de U-235 hasta el 3-5% necesario para el funcionamiento de los reactores nucleares. Y Rusia posee el 46 por ciento de la capacidad de enriquecimiento de uranio. La gran mayoría de los 439 reactores de todo el mundo requieren combustible de uranio enriquecido, incluidos todos los reactores de la flota estadounidense. Y aunque cada reactor tiene distintos niveles de dependencia de los servicios de enriquecimiento rusos, en total es una exposición material.

La cruda realidad es que si Rusia dejara de suministrar uranio enriquecido a las compañías eléctricas estadounidenses, Estados Unidos podría ver afectado el funcionamiento de los reactores posiblemente este año o el próximo. Eso podría provocar cortes en los reactores y, dado que la energía nuclear representa más del 20% de la capacidad de generación en algunas zonas del país, los precios de la electricidad se dispararían aún más que la inflación actual de los precios de la electricidad. Puede que ni siquiera haya suficiente energía en esas regiones para cubrir la demanda. Además, si había alguna duda de que Rusia podría utilizar sus exportaciones de energía con fines políticos, quedó claro el mes pasado cuando interrumpió las entregas de gas natural a Polonia, Bulgaria y Finlandia.

Estados Unidos necesita una política proactiva y una acción de compra para empezar a abordar esta situación. Por ejemplo, una instalación de conversión con sede en Estados Unidos que ha estado inactiva durante años ahora planea reiniciar en 2023 a la mitad de su capacidad nominal, pero podría desplazar una cantidad aún mayor de servicios de conversión rusos con el apoyo de la política del gobierno de Estados Unidos, así como las compras de las empresas privadas de energía. En cuanto al enriquecimiento, el gobierno estadounidense y las empresas energéticas privadas podrían buscar estrategias para ampliar la producción y la tecnología de Estados Unidos para sustituir el suministro ruso lo antes posible.

Las tres principales empresas que podrían ampliar la producción son la empresa privada estadounidense Centrus, la empresa de propiedad británica/holandesa/alemana Urenco y la empresa de propiedad francesa Orano.

Además, Estados Unidos necesita una cadena de combustible de uranio de tecnología 100% estadounidense para las actividades de armamento nuclear y de los reactores de la Armada estadounidense. Estados Unidos perdió esta capacidad en 2013, cuando la última planta de enriquecimiento de tecnología estadounidense cerró, y Estados Unidos ha estado dependiendo de los viejos inventarios para fines militares. Esta es otra parte frágil de la cadena de suministro de combustible nuclear de Estados Unidos que debe ser revisada para su posible reconstrucción. El liderazgo ruso en partes importantes de la cadena de suministro nuclear es otro riesgo potencial del sector energético mundial. La política y la inversión del sector privado serán necesarias para hacer frente a este desafío, también.

La guerra de Rusia en Ucrania parece estar lejos de terminar. El uso de la energía por parte de Moscú como arma para infligir dolor a los aliados de Ucrania también puede estar en sus primeras etapas. Los líderes occidentales deben tomar medidas ahora para abordar la exposición de sus naciones al control de Rusia sobre la cadena de suministro de energía nuclear para salvar sus economías de mayores choques energéticos más adelante.

El doctor Matt Bowen es investigador del Center on Global Energy Policy de la Universidad de Columbia. El Honorable Paul Dabbar es un antiguo subsecretario de Ciencia del Departamento de Energía y un distinguido miembro visitante del Centro de Política Energética Global.

4. Situación militar

-Hoy no hay parte de guerra ruso.
-Tampoco hay mapa ‘fijo’ del día.
-El mapa animado de los días 11 y 12:
https://twitter.com/Levi_godman/status/1536255320107909120

La noticia más destacada es el bombardeo indiscriminado sobre la población civil en Donetsk por parte de las tropas ucranianas. Han caído unos 80 cohetes y un número indeterminado de piezas de artillería. https://twitter.com/RWApodcast/status/1536374154890313733. Uno de los objetivos ha sido una maternidad -aquí sí hay pruebas-: https://twitter.com/PLnewstoday/status/1536448803691278336 y https://twitter.com/RWApodcast/status/1536403232666296320. Aunque es una información que habría que coger con pinzas, los rusos afirman que las piezas de artillería son Cesar de procedencia francesa: https://twitter.com/znik700/status/1535877631563948033.
Los rusos no se lo han tomado muy bien y ya hay algún comentario exaltado de posibles represalias. Desde el  español ‘Berserker’ que lucha desde hace años con las milicias en Donetsk, amenazando con que en Avdeevka -que es desde donde bombardean- no se van a hacer prisioneros, (https://twitter.com/miliciapopular/status/1536328075260182529), hasta otra amenaza inconcreta de los mercenarios de Wagner anunciando el ‘infierno’ para el ejército ucraniano (https://twitter.com/baronichitas/status/1536463019810639874). Imagino que este es el objetivo de los ucranianos: provocar una reacción dura por parte de los rusos para poder seguir presentándose como víctimas ante la prensa otanista. Si no, sinceramente, en un momento en el que se quejan de falta de municiones, no entiendo el objetivo de bombardear una zona sin ningún valor militar y sin la menor posibilidad de conquistarla. Es un puro castigo a población ‘rebelde’.
Quizá parte de esa población sea esta abuela que se cansa de oir las proclamas nazis banderistas de su nieto: https://twitter.com/Ksenon_rus/status/1536252549061279746

5. Las cosas del comer
Dos artículos sobre lo complicada que está la situación de la agricultura fosilista y las amenazas de un posible colapso alimentario:
1.-De Gustavo Duch en Ara:

https://www.ara.cat/opinio/crisi-col-lapse-alimentari-gustavo-duch_129_4401870.html (original catalán). Os lo paso en castellano (https://es.ara.cat/opinion/crisis-colapso-alimentario_129_4402076.html).

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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