MISCELÁNEA 15/06/2025

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.

ÍNDICE
1. Algunas visiones rusas sobre la guerra.
2. La huida hacia adelante de Israel.
3. Las dudas sobre una mayor implicación estadounidense.
4. Un ataque israelí-estadounidense.
5. El anillo de Giges.
6. Más sobre la militarización europea.
7. Mañana sol… y buen tiempo.
8. Queremos paz y progreso.
9. Resumen de la guerra en Palestina e Irán, 14 de junio de 2025.

1. Algunas visiones rusas sobre la guerra.

Sigo teniendo curiosidad por la opinión de rusos -y chinos- sobre el conflicto en Irán. Os paso algunos ejemplos que he visto en Telegram rusos, empezando con la opinión de Serguei Gláziev sobre la situación actual. Esto es lo que dice Glazyev en su Telegram -y citado más tarde por Pepe Escobar en el suyo-. He de decir, como observación personal, que se habla demasiado de la importancia del estrecho de Ormuz. Sin dejar de ser necesario, ahora hay varios oleoductos que pasan por Omán. Y, como complemento, un par de reflexiones más.

t.me/glazieview/7201
https://t.me/glazieview/7207
https://t.me/glazieview/7208

Washington sigue aplicando la estrategia suicida de Brzezinski, que consta de cinco etapas: la conquista de Ucrania, la separación de Europa de Rusia, el sometimiento de esta última, la destrucción de Irán y el aislamiento de China. Tras tropezar en la tercera etapa, han iniciado la cuarta.

El inicio de la cuarta fase de la estrategia de Brzezinski en Washington, tras el fracaso de la tercera, tendrá consecuencias catastróficas para Occidente. Israel y Estados Unidos no vencerán a Irán, que bloqueará el estrecho de Ormuz, por donde pasa una cuarta parte del transporte mundial de petróleo. Los precios se dispararán, lo que provocará una profunda depresión en la UE. Esto desestabilizará la ya inestable situación macroeconómica de EE. UU. y afectará negativamente a la economía y al sistema financiero estadounidenses. Irán, con el apoyo de sus aliados, incluida la República Popular China, asestará un golpe devastador a Israel. Comenzará la huida de millones de habitantes de este país hacia la ribera derecha del Dniéper, donde el régimen rusófobo de Zelenski ya se ha deshecho de la población masculina local. Los amos del payaso sanguinario le obligarán a firmar la paz. Todo esto fue predicho hace tres años y publicado en este canal en el artículo «¿Qué está pasando?».

La guerra moderna se denomina híbrida porque el campo de batalla se utiliza como frente secundario, en el que se llevan a cabo acciones punitivas y provocaciones. El frente principal es el cognitivo-informativo, en el que se libra la batalla por las mentes de las personas. El segundo es el monetario-financiero. El tercero es el terrorista… El resultado de la guerra desatada por Israel contra Irán dependerá de la solidez de su régimen. A juzgar por los golpes desde dentro, hay traidores, corruptos, una quinta y sexta columnas de agentes enemigos. Partidarios de la restauración del régimen del Sha. El golpe principal se dará desde dentro, dividiendo a la sociedad por motivos nacionales. Irán es un país multinacional con una población azerbaiyana de varios millones de personas. Si no cae en las provocaciones externas, Irán resistirá. Lo mismo ocurre con Israel, desde donde podría comenzar la huida de la población civil bajo los golpes de Irán y los palestinos.

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Y un par de análisis más «militares» que políticos. Esta es la visión de Slavyangrad sobre la estrategia israelí:

https://t.me/Slavyangrad/131017

La principal dificultad estratégica para Israel ahora es que el tiempo no está de su lado. Los ataques aéreos, incluso bien planificados, con elementos sorpresa y un buen apoyo de información básica, no pueden continuar indefinidamente. Sus recursos y su efecto en el espacio son limitados. Tanto en inteligencia como en munición, en legitimidad política, en la atención de la audiencia externa.

Y tarde o temprano Netanyahu se enfrentará a un dilema: o bien detiene la operación y admite que los objetivos se han alcanzado parcialmente o no se han alcanzado en absoluto, o bien pide ayuda a Estados Unidos y pasa a la siguiente fase: la del poder y la política.

El problema es que Israel ya ha utilizado casi todo su arsenal de presión no nuclear, incluidas armas estadounidenses de alta precisión, sistemas de guerra electrónica, sistemas de influencia cibernética y grupos de sabotaje. Sin embargo, todos los emplazamientos clave del programa nuclear iraní están físicamente enterrados a decenas de metros de profundidad en la roca. Natanz, Fordow, Espejabad y otros emplazamientos fueron diseñados como antiisraelíes por definición, con la expectativa de que no pudieran ser alcanzados por aviones estándar y munición convencional.

Técnicamente, Israel ha llegado al límite de lo posible sin tomar medidas que no puede o no quiere tomar. Irán lo sabía. Y la apuesta por la profundidad, la dispersión de los objetos y la descentralización del control vertical ahora ha jugado un papel importante: la infraestructura terrestre (en la superficie) ha resultado dañada, pero no se ha derrumbado, el personal ha sufrido pérdidas, pero se repondrá, los centros de control han quedado desorganizados, pero no destruidos.

Así pues, la principal debilidad de Israel ahora no es la táctica, sino la falta de un siguiente paso sensato. Todas las opciones, salvo la de involucrar a Estados Unidos, ya se han utilizado o son políticamente inviables. Esto significa que cada siguiente movimiento planteará aún más preguntas sobre la idoneidad de este ataque.

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Y una crítica de Starshee Eddi a esa idea de que es posible destruirlo todo y ya.

https://t.me/vysokygovorit/19949

Las personas siempre viven en una ilusión. La televisión, las historias de sus amigos, la publicidad agresiva y su propia falta de confianza pueden ser las culpables. Algunos se pasan el día frente al televisor, escuchando al próximo «profeta», y otros creen fervientemente que es posible borrar de la faz de la tierra (y así acabar con la resistencia del enemigo) ciudades con millones de habitantes utilizando armas convencionales, bombardeándolas con misiles lanzados desde aviones. Algunos se indignan fervientemente porque la guerra electrónica no destruye todos los drones y la artillería no mata a todo el mundo en los densos bosques. Por cierto, esa creencia en las armas destructivas no solo afecta a los civiles, sino también a los militares, especialmente a los que figuran como teóricos y analistas.

El ministro de Defensa israelí, Katz, ha dicho que si Irán no detiene los ataques, la Fuerza Aérea israelí destruirá Teherán, pero esto es a priori imposible, a menos que recurran a ataques nucleares o, más precisamente, termonucleares. Israel lleva año y medio bombardeando la Franja de Gaza, lanzando decenas de miles de toneladas de bombas, e incluso allí, a pesar de toda la destrucción, no han conseguido destruir completamente la aglomeración. No será posible enviar tal contingente de fuerzas y medios a Teherán, ni siquiera teniendo en cuenta las distancias, por no hablar del tamaño de la ciudad.

Incluso durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar de los colosales ataques contra las ciudades alemanas, Berlín siguió funcionando. Dresde y Hamburgo fueron sin duda incendiadas, pero Israel no podría lanzar ni de lejos tanto sobre Teherán en un periodo tan breve como lo hizo la fuerza aérea angloamericana.

En general, diré lo siguiente: no exagere el poder de las municiones, ya sean Iskander, Tomahawk, Storm Shadow, etc. Ya sean bombas de 500, 900, 1500 y 3000 kilogramos. Por supuesto que es un arma terrible, pero a 200 metros del impacto, un combatiente experimentado fumará tranquilamente en su refugio y se alegrará de que no le haya alcanzado, y en una gran ciudad, el barrio vecino seguirá con su vida tranquilamente y solo los curiosos correrán a ver qué ha explotado allí.

Los estadounidenses lanzaron una cantidad increíble de bombas sobre Vietnam, pero perdieron la guerra. Por supuesto, no hay que confundir el Iskander con el Atakms, pero tampoco se puede pensar que puedan incinerar ciudades medianas, y mucho menos grandes.

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2. La huida hacia adelante de Israel.

Un breve análisis de García Gascón, corresponsal en la zona durante muchos años, sobre el ataque israelí a Irán.

https://globalter.com/israel-opera-en-iran-a-lo-grande/

Israel opera en Irán a lo grande

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

En 2017, durante su primer mandato, Donald Trump canceló el acuerdo que la administración Obama, en contra del parecer de Benjamín Netanyahu, había alcanzado unos meses antes con Teherán sobre su programa nuclear. En esos meses, el primer ministro dejó claro que impediría de cualquier manera que Irán accediera a las ojivas nucleares.

Es más, Netanyahu sostenía que Irán estaba a solo unos meses, o incluso unas pocas semanas de conseguir la bomba, lo que se ha revelado completamente falso. Desde entonces han transcurrido ocho años y la república islámica no tiene la bomba. Por otra parte, sus máximos líderes han sostenido siempre que no figura entre sus planes fabricarla, y han cumplido su palabra.

¿Pero ha sido esa política iraní de contención un error? Sí, probablemente haya sido un error puesto que si Teherán tuviera la bomba parece muy difícil que Netanyahu hubiera entrado de esa manera en Irán, con un ataque tan vasto y espectacular. Se lo habría pensado dos veces antes de bombardear Irán con el descaro con que lo ha hecho este mes de junio. El armamento nuclear de Irán con toda seguridad habría disuadido a Israel.

Teherán es una víctima, y su negativa a tener armas nucleares abunda en el papel sufridor que siempre ha caracterizado a los chiíes, desde el origen del islam. Ahora quizá sea demasiado tarde para corregir el rumbo, pues los iraníes tuvieron tiempo de sobras, dispusieron nada menos que de ocho años, para fabricar la bomba, no lo hicieron y ahora simplemente les toca resistir los embates de Israel, y quizá de Estados Unidos.

Cabe preguntarse hasta dónde va a llevar Netanyahu la aventura. En la alocución que ha pronunciado en inglés después del ataque, afirma que es amigo del pueblo iraní y enemigo del régimen islámico, una consigna que no es la primera vez que corea. Pero es evidente que busca un cambio de régimen y no sabemos si los ataques de junio son solo el inicio de un proceso más complejo para apartar de la cúspide a los ayatolás.

La situación de Netanyahu es así mismo delicada, de ahí que mantenga la presión sobre la Franja de Gaza, una presión que no puede decirse que se aplique tanto sobre Hamás como sobre el conjunto de los 2,4 millones de gazatíes civiles a los que mantiene en vilo llevándolos de un lugar a otro mediante las bombas y la muerte tras haber arrasado el territorio, como si estuviera esperando la luz verde de Trump para expulsarlos para siempre.

El hecho de que ni siquiera permita que una comisión estatal investigue los errores que condujeron al 7 de octubre de 2023, dice mucho de su estrategia. El jefe del ejército, el director de los servicios secretos del Shin Bet, y el ministro de Defensa, han dimitido. El único que permanece en pie de entre todos los responsables del fiasco de hace 20 meses es precisamente él y no da ninguna señal de querer echarse a un lado.

Netanyahu ha optado por correr hacia adelante a toda prisa, esquivando su responsabilidad, que es la responsabilidad del máximo responsable de Israel. En cada ocasión que se le presenta sostiene que no cometió ningún error y que los culpables fueron el jefe del ejército, el ministro de Defensa y el director del Shin Bet, y de ahí no lo mueve nadie.

El ataque contra Irán es un paso adicional hacia adelante en su carrera para eludir la investigación. En esa carrera, ha conseguido en los últimos meses dos logros importantes, como son la normalización relativa de Líbano a costa de Hezbollah, y la caída del régimen sirio. Todavía es pronto para saber si ahora se propone acabar con el régimen islámico para siempre.

Un objetivo como ese cuenta con un sinfín de desafíos. Por delante de todos está el hecho de que Irán es un país gigantesco profundamente dividido. Un golpe de estado no parece posible, aunque Irán esta infiltrado por los servicios secretos israelíes hasta un punto que desconocemos. Las actividades de los israelíes son numerosas y ocurren hasta en los niveles más altos del régimen, como han demostrado los últimos ataques.

La profunda división social y religiosa de Irán anuncia que si se produce un golpe de estado impulsado por Israel y Estados Unidos, la estabilidad del país estará en peligro. El régimen islámico, con todas sus limitaciones, cuenta con un apoyo considerable que puede conducir al país a una cruenta guerra civil.

Eugenio García Gascón ha sido corresponsal en Jerusalén 29 años. Es premio de periodismo Cirilo Rodríguez.

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3. Las dudas sobre una mayor implicación estadounidense.

Un interesante artículo sobre cómo Israel intenta arrastrar a los EEUU a la guerra con Irán, y las dudas sobre la posible respuesta de Trump.

https://mondoweiss.net/2025/06/israel-started-a-war-with-iran-but-it-doesnt-know-how-it-ends/

Israel ha iniciado una guerra con Irán, pero no sabe cómo va a terminar

El ataque de Israel contra Irán comenzó como una campaña contra su programa nuclear, pero ya ha empezado a transformarse en algo mucho más arriesgado: un cambio de régimen. Está apostando su estrategia por una profunda implicación de Estados Unidos, pero las líneas de fractura entre ambos países ya son visibles.

Por Abdaljawad Omar 14 de junio de 2025

La guerra entre Israel e Irán marca la culminación de décadas de lucha en la sombra entre Teherán y Tel Aviv. Se trata de una guerra que durante mucho tiempo ha llevado la máscara de la negación, y que se ha librado mediante asesinatos, operaciones cibernéticas y diversas formas de enfrentamientos desde Damasco hasta el mar Rojo. Sus reglas no estaban escritas, pero eran ampliamente conocidas: escalada sin ruptura total. Sin embargo, ahora se está desarrollando en un sorprendente ataque militar y de inteligencia israelí, que ha sido respondido con represalias iraníes contra instalaciones militares e infraestructuras estratégicas israelíes.

Si bien la capacidad de Israel para atacar con precisión —sus asesinatos de científicos nucleares, la muerte de comandantes iraníes y sus ataques a instalaciones de enriquecimiento— rara vez se ha puesto en duda, su horizonte estratégico más amplio sigue siendo notablemente difuso.

Los comunicados oficiales israelíes apuntan, con la ambigüedad ritual habitual, hacia un lenguaje de victoria y niegan la capacidad nuclear de Irán, pero la ambición subyacente parece a la vez más difícil de alcanzar y más grandiosa: la ejecución de un golpe tan decisivo que no solo paralizaría el programa nuclear iraní, sino que fracturaría por completo la determinación política de la República Islámica.

Sin embargo, esto sigue estando lejos de hacerse realidad. Las instalaciones subterráneas de Irán permanecen intactas y su programa de enriquecimiento, lejos de estar paralizado, parece ahora ideológica y políticamente reforzado. Probablemente se revisarán las dudas sobre la adquisición de armas nucleares. Irán, aunque sufrió un golpe directo que paralizó su cadena de mando y lo puso a la defensiva, fue capaz de recuperarse y lanzar varios misiles balísticos contra Israel.

Y, sin embargo, detrás de esta coreografía israelí de tenacidad operativa se esconde una lógica más silenciosa y subterránea. Israel no solo busca provocar a Irán, sino también a Estados Unidos. Si Israel no puede destruir Natanz o Fordow por sí solo, aún puede lograr crear las condiciones para que Washington se vea obligado a actuar en su lugar. Esta es, quizás, la verdadera estrategia: no una confrontación directa con Irán, sino la orquestación de un entorno de urgencia y provocación que haga que la intervención estadounidense sea, como mínimo, una opción sobre la mesa. En otras palabras, la teatralidad militar de Israel es una trampa para Estados Unidos. Israel no se limita a ensamblar una secuencia reactiva de gestos militares, sino que se trata de una estrategia calibrada de provocaciones que crean las condiciones para que Estados Unidos ejerza su influencia. Israel actúa; Estados Unidos, aunque nominalmente no participa, aprovecha las consecuencias e incluso invoca el espectro de su propia intervención militar como elemento disuasorio y moneda de cambio.

Los ataques no tienen tanto que ver con obtener beneficios tácticos inmediatos como con crear un campo de presión. Su ambigüedad estratégica se utiliza como arma para poner a prueba los límites y evaluar las respuestas.

En este esquema, Washington parece mantener la distancia, pero sus huellas nunca están del todo ausentes. Cuanto más se intensifica Israel, más puede Estados Unidos adoptar una postura moderadora, al tiempo que aprieta las tuercas a Irán mediante sanciones, advertencias extraoficiales o demostraciones de fuerza en el Golfo.

El resultado es un doble vínculo estratégico: Irán debe sentirse asediado desde múltiples direcciones, pero sin estar nunca del todo seguro de dónde vendrá el próximo golpe.

¿Se acobardará Trump?

Al menos, esto es lo que parece alinearse momentáneamente a Estados Unidos e Israel. Sin embargo, las fallas en esta coordinación ya son visibles.

Por un lado, los halcones de la guerra en Washington verán esto como una apertura estratégica y una oportunidad para debilitar decisivamente a Irán y reestablecer el equilibrio de poder en la región. Presionarán a Trump para que actúe en este sentido.

Por otro lado, una guerra a gran escala con Irán, especialmente una que se extienda más allá de las fronteras, tendría repercusiones en los mercados mundiales, perturbando el comercio, la producción de petróleo y las infraestructuras críticas. El atractivo de la ventaja militar se ve ensombrecido por el espectro de la agitación económica, una apuesta que ni siquiera los estrategas más endurecidos pueden ignorar. Ansar Allah, en Yemen, ya ha demostrado la viabilidad de cerrar las rutas comerciales, e Irán es capaz de hacer mucho más.

Pero la historia de «America First» también se acerca a un punto de inflexión. La retórica de Donald Trump, basada en la priorización de los problemas internos, el interés nacional y un nacionalismo transaccional hostil a las implicaciones extranjeras, se ve ahora tensionada por la perspectiva, o la realidad, de una guerra regional que lleva la huella inconfundible de la complicidad estadounidense. La transición (al menos en el discurso) de un presidente que prometió sacar a Estados Unidos de los atolladeros de Oriente Medio a otro bajo cuyo mandato se está desarrollando un enfrentamiento potencialmente trascendental pone de manifiesto la frágil coherencia de la identidad estratégica de Trump.

El lenguaje de MAGA —no más «sangre por arena», no más jóvenes estadounidenses muriendo en desiertos extranjeros, no más subsidios indefinidos para aliados poco fiables— sigue resonando mucho más allá de la base electoral de Trump. Aprovecha un agotamiento más profundo con la extralimitación imperial y una convicción creciente de que los dividendos de la policía global ya no justifican sus crecientes costos.

Y, sin embargo, incluso cuando este cansancio se convierte en sentido común, la maquinaria del militarismo persiste, subcontratada a proxies regionales, enmarcada en eufemismos y cada vez más librada fuera de la vista. En ningún lugar es esto más evidente que en el apoyo inquebrantable de Estados Unidos a la campaña de Israel en Gaza, una política que, a pesar de sus connotaciones genocidas, encuentra poca resistencia seria por parte de la corriente política dominante.

Esta es la dualidad que caracteriza la imaginación estratégica estadounidense contemporánea, especialmente en su registro trumpista. Por un lado, hay un realismo profesado sobre los límites de la fuerza militar y las cargas insostenibles de la responsabilidad global; por otro, hay una ambición persistente de remodelar la arquitectura geopolítica de Oriente Medio por medios menos directos.

En este esquema, la fuerza puede mantenerse en reserva, pero la influencia no. La aspiración es cultivar una rivalidad calibrada entre las potencias regionales: Turquía, Israel, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Catar y Egipto. Estados Unidos busca atarlos, por muy incómodo que sea, a la lógica gravitatoria de la centralidad estadounidense. Si ya no se puede imponer la Pax Americana, entonces puede bastar con una disonancia controlada entre los Estados clientes.

Además, otro tipo de disonancia caracteriza la visión del mundo de Trump: no solo estratégica, sino psicológica. A pesar de toda su retórica sobre la moderación y el interés nacional, Trump conserva una fantasía soberana de dominio. No solo busca el equilibrio, sino que ansía la sumisión. La creencia de que un presidente estadounidense puede dictar órdenes a Putin, Zelensky o Jamenei, y que estos obedecerán, es menos una política que un síntoma de un reflejo imperial. Sigue persistiendo incluso cuando la estructura de la que depende se ha ido erosionando. En estos momentos, Trump deja de lado la lógica de la acomodación multipolar.

La guerra actual iniciada por Israel contra Irán es un ejemplo de esta disonancia. Refleja no solo la postura estratégica cada vez más unilateral de Israel, sino también la ambivalencia que caracteriza al liderazgo estadounidense en la era Trump. A pesar de sus consignas antiintervencionistas, Trump nunca fue inmune a la fuerza gravitatoria de la escalada, especialmente cuando se enmarca como una prueba de fuerza o lealtad.

De hecho, el término acuñado por sus críticos —TACO, «Trump Always Chickens Out» (Trump siempre se acobarda)— circuló entre los financieros y los neoconservadores no solo como burla, sino como diagnóstico. Captaba la oscilación entre la bravuconería y la retirada, entre la retórica de la dominación y el impulso de retroceder cuando el coste se hacía tangible.

Esos momentos ponen al descubierto la incómoda aleación que se encuentra en el corazón de la política exterior de Trump: una mezcla de nacionalismo instintivo, nostalgia imperial y indecisión táctica. El resultado es una postura que a menudo busca la confrontación sin preparación y se retira de los enredos sin resolverlos. Si el ataque de Israel contra Irán tenía como objetivo provocar, también puso a prueba la elasticidad de los instintos de Trump en materia de política exterior, así como las contradicciones que surgen cuando la ambigüedad estratégica se une a la determinación teatral.

Éxito operativo y posible fracaso estratégico

Es innegable que Israel, con el apoyo tácito y abierto de sus aliados, logró asestar un duro golpe a Irán. Los ataques alcanzaron profundamente el aparato militar y de seguridad de la República Islámica, apuntando a la infraestructura logística y a nodos clave de la jerarquía de mando. Los informes sugieren que segmentos del programa nuclear iraní, junto con instalaciones militares más amplias, resultaron dañados o sufrieron retrasos. Las bajas civiles, aunque previsibles, fueron debidamente comunicadas y luego discretamente integradas en la lógica más amplia de la necesidad estratégica.

La reacción inicial en Israel ante el éxito operativo percibido siguió un ritual familiar: una exhibición casi teatral de orgullo militarista y euforia nacionalista. Se trataba menos de un cálculo estratégico que de reafirmar una identidad endurecida y patriota: «Mírenos, golpeando en lo más profundo de Irán y asesinando a líderes y científicos». Cada momento de escalada se presentaba como una prueba de autonomía y poder, incluso cuando la realidad era mucho más compleja. Bajo el júbilo se escondía una inquietud más silenciosa: que cada acto de desafío también ponía de manifiesto vulnerabilidades estratégicas, diplomáticas y existenciales. Pero esta euforia no duró mucho, ya que Irán recuperó el mando militar e inició su propia operación militar, atacando en profundidad el territorio israelí con misiles balísticos que tenían como objetivo infraestructuras israelíes dentro de las ciudades, y los israelíes se despertaron con escenas de destrucción.

Hay una cruel ironía en juego. Un Estado que ha institucionalizado la destrucción de hogares, recuerdos y vidas en Gaza ahora clama contra la injusticia. Viola flagrantemente todas las normas —legales, morales, humanitarias— para luego invocar esas mismas normas cuando la violencia llega a su puerta. De la noche a la mañana, la arquitectura de impunidad que ha construido se convierte en la base de sus quejas.

Pero gran parte del mundo ve a través de esta cínica hipocresía. El excepcionalismo, la indignación selectiva, el dolor teatral… todo suena hueco a quienes han visto a una sociedad aplaudir el genocidio en tiempo real. Las lágrimas caen en saco roto y solo resuenan entre la base sionista más radical, los operadores políticos y mediáticos que llevan mucho tiempo actuando como facilitadores y los sionistas cristianos como el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, que han fusionado la teología con el militarismo.

Israel ha despertado a un momento de posible ajuste de cuentas, pero la historia enseña que su establishment militar y las estructuras sociales y afectivas que lo sostienen son en gran medida impermeables a la reflexión. De hecho, son activamente hostiles a la propia noción de ajuste de cuentas. La idea de los límites —ya sean de fuerza, legitimidad o consecuencias— resulta incómoda en un sistema construido sobre la presunción de impunidad y supremacía.

Durante años, la propaganda israelí ha descrito a Irán como una amenaza irracional y teocrática. Pero entonces, ¿qué es Israel, si no una sociedad gobernada por un mesianismo teológico armado con tecnología militar y de vigilancia de última generación? La diferencia es que cuenta con el apoyo incondicional de las élites liberales y conservadoras de todo Occidente, con un amplio respaldo institucional en materia de armamento y cobertura diplomática.

Y, por supuesto, es un Estado con armas nucleares involucrado en una guerra genocida, pero que sigue reivindicando su claridad moral. La ironía es tan amarga como reveladora: la caricatura que proyectó sobre Irán se ha convertido en un espejo de su propia realidad.

Un viejo adagio advierte: se puede iniciar una guerra, pero no se puede saber cómo terminará. Israel parece decidido a poner a prueba esa verdad.

Israel basa su estrategia en la influencia estadounidense y en la posibilidad de una eventual intervención de Estados Unidos. Lo que comenzó como una campaña dirigida contra el programa nuclear iraní ya ha empezado a transformarse, tanto en retórica como en ambición, en algo mucho más arriesgado: un cambio de régimen. Las reglas del juego están cambiando, lo que está en juego es cada vez mayor, no solo para la región, sino también para la propia sociedad israelí, que al mismo tiempo ansía el dominio, teme rendir cuentas y desconfía profundamente del juicio de Netanyahu.

A pesar de ello, la guerra sigue en curso; otras operaciones israelíes contra Irán que podrían provocar más conmoción y pavor están en marcha, mientras que Irán está utilizando ahora sus diversas capacidades militares para socavar la confianza en el escudo antimisiles y las defensas aéreas de Israel.

Mientras la guerra regional acapara los titulares, en Gaza, Israel continúa su campaña de aniquilación: cortando las líneas de Internet, bombardeando barrios y arrasando lo que queda de la Franja. La guerra puede enmarcarse como una contienda abierta de fuerza, voluntad y cálculo estratégico, pero sus consecuencias están brutalmente inscritas en los cuerpos palestinos. El horizonte de esta guerra más amplia, por abstracto que pueda parecer en los círculos políticos, se está labrando, de forma violenta e inolvidable, en las vidas de los palestinos de Gaza y, cada vez más, también en Cisjordania. Esta es la actual adicción de Israel a las posibilidades que abre la guerra: eliminar a los palestinos, arrastrar a Estados Unidos a una guerra regional y esperar a que el mesías lo redima.

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4. Un ataque israelí-estadounidense.

La opinión de Amar sobre el ataque a Irán.

https://swentr.site/news/619289-israel-us-iran-attack/

Israel no actúa por su cuenta, lo hace con luz verde del Pentágono

Washington, el mayor matón del mundo, ha permitido el ataque a Irán al firmar un cheque en blanco al agresor

Por Tarik Cyril Amar

Tras llevar a cabo su genocidio de los palestinos durante casi dos años, arrasar el Líbano y Siria, atacar repetidamente Irán y Yemen, y utilizar la subversión de las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas occidentales para reprimir a sus oponentes dondequiera que alcen la voz, Israel ha lanzado ahora su esfuerzo más serio hasta la fecha para paralizar o destruir Irán, su último oponente con potencial para causarle un daño grave.

Como ha declarado Rusia, el ataque masivo de Israel contra Irán es inequívocamente criminal. Viola la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional en general. En particular, no cumple los estrictos —y acertados— criterios legales para un ataque preventivo justificable en defensa propia. Los descarados intentos de Israel de utilizar esta frase para encubrir sus acciones son pura guerra de información. Son insultantemente descarados —propaganda que solo puede «funcionar» con quienes están dispuestos a no ver— y tan absurdos como la repulsiva costumbre israelí de intentar hacer pasar el genocidio, incluso por inanición, como defensa propia.

Por cierto, en este contexto, no es de extrañar que las tácticas israelíes contra Irán hayan incluido el mismo método pérfido —literalmente, técnicamente criminal según el derecho de los conflictos armados— que ha utilizado recientemente el régimen de Zelensky en Ucrania (y sus ayudantes occidentales): Israel también ha utilizado ataques con drones desde el interior del territorio de su adversario.

En realidad, si algún Estado tenía motivos para reclamar el derecho a un ataque preventivo en este caso, ese era Irán. Porque el criterio fundamental para que un ataque militar se considere preventivo es que debe frustrar un ataque enemigo inminente. Dado que Israel y su simbionte estadounidense no han dejado pasar un solo día sin amenazar a Irán con prácticamente el mismo ataque que se ha producido ahora, Teherán habría tenido pruebas excelentes para demostrar precisamente eso: Que un ataque israelí —y, por tanto, occidental— era inminente.

Sin embargo, especialmente después de más de año y medio de un genocidio colonial sionista retransmitido en directo y llevado a cabo, en la práctica, por Israel y Occidente juntos, sabemos que el derecho internacional cuenta muy poco en el infernal mundo «basado en normas» que ha creado Occidente, tan preocupado por los «valores».

Por lo tanto, la pregunta clave no es si Israel podría tener derecho a actuar como lo hace. Eso es obvio: rotundamente no. Pero, por desgracia, eso no ayuda a sus víctimas. Israel es la impunidad encarnada. Entre todos los Estados monstruosos que la historia moderna ha visto cometer crímenes horribles, ninguno ha salido impune de asesinatos (asesinatos en masa, en realidad) como Israel; excepto quizás Estados Unidos, por supuesto.

De hecho, como ha explicado recientemente el disidente israelí y experto en genocidio Raz Segal, la sensación de estar por encima de la ley es un factor clave en el funcionamiento —y a menudo en el disfrute— de tantos israelíes como asesinos en masa despiadados.

Por eso la verdadera pregunta, la que es relevante en el mundo tal y como es, es por qué Israel puede hacer lo que está haciendo. Y ahí la respuesta breve, de una sola palabra, es, por supuesto: Estados Unidos. Otros Estados occidentales (así como la monstruosa asociación que es la UE) y Oriente Medio también son cómplices de las atrocidades de Israel. Pero en términos de poder, es Washington quien tiene la última palabra. Israel puede cometer sus crímenes interminables y no enfrentarse nunca a las consecuencias solo gracias al apoyo de Estados Unidos.

Intenten imaginar un Estado tan pequeño en términos territoriales y demográficos y tan precario geopolíticamente como Israel mostrando tanta agresividad sin el respaldo estadounidense. Exacto, no hay nada que imaginar porque hace tiempo que habría desaparecido.

Sin embargo, en el caso de la última atrocidad de Israel, Washington afirma que no ha participado en ella, más o menos. El secretario de Estado Marco Rubio quiere hacernos creer que el ataque de Israel fue «unilateral» y que Estados Unidos «no participó». ¿Queda alguien tan ingenuo como para no entender dos hechos tan simples? A saber, que Washington miente con facilidad y sin vacilar, y que la simbiosis entre Estados Unidos e Israel es tan firme y omnipresente que un ataque israelí contra Irán, especialmente de esta magnitud, sin la connivencia y la participación estadounidenses es inconcebible.

Pero dejemos de lado la gran mentira evidente. Eso es solo Estados Unidos siendo el mismo de siempre. Lo más interesante es que, incluso en sus propios términos mendaces, la posición oficial estadounidense simplemente no tiene sentido. Washington afirma de manera inverosímil que no desempeñó ningún papel en el ataque criminal de Israel contra Irán. Los principales medios de comunicación estadounidenses y los portavoces del establishment, como Bloomberg y The Washington Post, llegan incluso a fingir que las negociaciones oficialmente aún en curso del presidente Donald Trump con Irán pueden haber sido perturbadas por el ataque tan independiente de Israel. Siguen citando acríticamente a Trump expresando su oposición a un ataque israelí tan recientemente como el día antes del asalto israelí. Para Bloomberg, eso significa que Israel atacó «en aparente desafío» a Trump.

¿En serio? ¿La vieja defensa de «el líder no lo sabía»? Es curioso, porque a estas alturas el propio Trump ha admitido que sabía del ataque, ha culpado perversamente a Irán y no a Israel, y ha pedido a Teherán que, en esencia, se rinda antes de que Israel le golpee tan fuerte que no quede nada de Irán. Y todo ello mientras Israel ya ha amenazado con otras dos semanas de «operaciones» o incluso más, es decir, «el tiempo que sea necesario». Trump, en consecuencia, no solo se ha puesto inequívocamente del lado del agresor, Israel, sino que también ha señalado que no le importa que sus amigos israelíes golpeen a Irán todo lo que quieran, incluso hasta el exterminio.

Es decir, la absurda e increíble versión oficial de Washington es, en primer lugar, que Israel ha desafiado masivamente la política declarada de Estados Unidos; en segundo lugar, que a Estados Unidos no le importa realmente; y en tercer lugar, todo lo contrario, que a Washington le encanta que le ridiculicen ante el mundo, siempre y cuando lo haga Israel.

De hecho, le gusta tanto que la respuesta estadounidense es ponerse inmediatamente del lado de Israel sin límites, extendiendo un cheque en blanco a sus amigos «desafiantes» para que hagan lo que quieran, porque, como Trump ha asegurado a quienes acaban de «aparentemente desafiarlo», no solo pueden golpear a Irán a su antojo, sino que, además, Estados Unidos siempre los defenderá contra Irán en caso de que este último intente contraatacar.

Incluso las mentiras de Washington son reveladoras. En este caso, la mentira de no estar involucrado pone de manifiesto hasta qué punto la élite estadounidense se siente ahora libre para subordinar públicamente todo, incluidos, por supuesto, los intereses de los estadounidenses de a pie, a Israel y a su lobby estadounidense. La verdad es, por supuesto, que Estados Unidos está profundamente involucrado en la guerra de agresión contra Irán. Después de Afganistán, Irak, Libia y Siria, los neoconservadores zombis están llegando por fin a la última víctima, por ahora, de su vieja lista de asesinatos.

La mentira es que Estados Unidos finge no estar involucrado. Y la revelación definitiva e involuntaria de todo el asunto es que las élites de Washington piensan que una mentira que implica que son absolutamente obedientes a Israel, incluso cuando este les «desafía» directamente, es una historia lo suficientemente buena. Porque la sumisión absoluta y cobarde a Israel se considera ahora perfectamente normal. Y eso, en realidad, es una verdad fundamental sobre los Estados Unidos tal y como son ahora.

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5. El anillo de Giges.

Ayer os pasaba una breve reflexión de Andrea Zhok en su Facebook. Poco después publicó este artículo mucho más amplio con sus reflexiones sobre el ejercicio del poder y la violencia. No estoy de acuerdo con su tesis de que hay una especie de poderes ocultos que lo dirigen todo. Ojalá. Lo que vemos es la anarquía generalizada, en el mal sentido de la palabra. Nadie está al mando.

https://www.facebook.com/andrea.zhok.5/posts/pfbid0awmHuRAWPRckygJKye6zo1D8jDYNqgTSmZCXkUeUKhNqjc7AKs3wWw7rT3vzwr4xl

EL ANILLO DE GIGES Y EL HORIZONTE DE LA VIOLENCIA ILIMITADA

Tras la agresión a sangre fría de Israel contra Irán y la contundente respuesta iraní, y antes de que nos veamos envueltos en nuevos acontecimientos, ya se pueden hacer algunos balance. En particular, creo que se pueden extraer dos conclusiones.

La primera es que el fracaso rotundo de la política de Donald Trump es la última confirmación definitiva de que nada puede cambiar el rumbo de colisión del Occidente liderado por Estados Unidos con el resto del mundo. Trump nunca ha sido un caballero blanco movido por ideales de pacificación, sino que se ha visto encarnando el papel de representante de esa América profunda que no tiene interés en proyecciones de poder internacional y quiere poner orden en su propia casa. La secuencia de fracasos de la administración Trump, desde las conversaciones entre Rusia y Ucrania, pasando por los enfrentamientos en Los Ángeles, hasta el ataque israelí a Irán, muestran claramente que todas las promesas trumpianas de pacificación internacional y recuperación del mercado interno son inviables. No creo que Trump haya engañado deliberadamente a su electorado. Creo que, más simplemente, ni Estados Unidos ni Europa están ya gobernados por la clase política que nominalmente los gobierna. Aquí ni siquiera se trata de un «Estado profundo», porque estamos fuera del perímetro estatal, que solo sirve como árbol de transmisión de decisiones tomadas en otros lugares.

Ahora bien, sé muy bien que cada vez que se introduce este tema de los «poderes ocultos», un montón de ingenuos que se creen astutos empiezan a agitarse en sus sillas y a gritar que es una conspiración. Por desgracia, hoy en día es un hecho que el verdadero poder pasa por el control de los flujos monetarios y que la oligarquía que controla esos flujos ejerce su influencia entre bastidores, algo bastante obvio si se mira de cerca.

A menudo nos sorprende la pobreza cultural, la miseria humana y la descarada contradicción de los personajes que aparentemente vemos en la cima del poder mundial. Que Trump sea un personaje de Los Simpson, Baerbock una gaffe andante, Kallas la nada rodeada de rusofobia, Merz un eterno perdedor rescatado de la basura política, Starmer un charlatán detestado incluso por quienes lo eligieron, Macron el epítome de las comunidades BDSM, etc. etc. Son cosas que están ante los ojos de todos y que a menudo nos obstinamos en no ver porque verlo con claridad nos daría demasiado miedo. Preferimos pensar que estos títeres «tienen una estrategia». Pero no, son solo títeres. Y alguien sí tiene una estrategia, pero está arriba moviendo los hilos.

Occidente, debido al largo proceso de toma del poder real por parte de las oligarquías financieras, ha alcanzado un punto de no retorno desde el punto de vista de la degeneración de su clase política. El problema en todo esto es solo uno: dado que quienes ejercen el poder están entre bastidores y no pueden ser llamados a rendir cuentas, hoy nos encontramos en la situación de mayor desresponsabilización de las clases dirigentes de la historia de Occidente: quienes mandan no responden de ninguna manera por lo que hacen, ni formalmente, ni institucionalmente, ni moralmente.

Y el ejercicio del poder al abrigo de la mirada ajena conduce inevitablemente a la abyección, como recordaba Platón en el relato del Anillo de Giges.

Así es como la crisis interna de la sociedad occidental, su progresiva pérdida de hegemonía económica y política, genera una tendencia completamente fuera de control hacia la degeneración perpetua de los comportamientos, el uso cada vez más descarado de la violencia, los dobles raseros y la mentira instrumental. Israel es un caso ejemplar: antes de la «distracción del Mossad» del 7 de octubre, Israel era un país destrozado, dividido desde hacía años, incapaz de formar gobiernos que no fueran efímeros. La salida de este estado de parálisis y crisis fue la adopción de una serie de relanzamientos continuos, primero hacia Gaza, luego hacia el Líbano, Siria e Irán. Y me temo que las reactivaciones no han terminado: como un jugador que tiene que recuperar una gran suma, cada pérdida es una invitación a volver a apostar con la esperanza de poder cerrar la partida con un gran golpe final. A menudo, para los jugadores, este golpe final es contra su propio cerebro, pero mientras tanto han sembrado la miseria a su alrededor.

Pero Israel es solo un ejemplo. Esta dinámica de intentar salir de un atolladero mediante continuas subidas de apuesta es la misma práctica que vemos en Europa con Rusia. La secuencia casi increíble de errores (es decir, los que serían errores si el interés de sus pueblos fuera el objetivo) continúa en una subida de apuesta continua. Europa ha perdido su competitividad, ha empobrecido y sigue empobreciendo a su población, pone a todos en riesgo de una guerra total y, de hecho, la fomenta abiertamente. Al principio se pensaba que todo esto era un tributo a la predominancia de Estados Unidos.

Pero no es así. Incluso cuando Estados Unidos comenzó a retirarse, la UE siguió y sigue exacerbando la situación. Esto se debe a que, como se ha dicho, ni Estados Unidos está gobernado por Trump, ni la UE por esos cuatro fugitivos de la Comisión. Son solo marionetas ventrílocuas movidas por oligarquías multinacionales que llevan el anillo de Giges.

Este panorama nos lleva a la segunda y breve consideración. Dado que la falta de fiabilidad, el doble rasero, la falta de responsabilidad y credibilidad del Occidente en bloque se perciben en todo el mundo (excepto en esa parte del Occidente que todavía se alimenta de la información más vendida de la historia), se deduce que el espacio para los acuerdos, los pactos entre caballeros, el cálculo que se hace fiable gracias al equilibrio de intereses, ha desaparecido. Todo el mundo extraoccidental —y hoy en primer plano están Rusia e Irán, pero China está a la vuelta de la esquina— ya no cree una palabra de lo que dicen nuestros ventrílocuos, porque ha comprendido que está tratando con actores y testaferros, máscaras que deben interpretar un papel para sus electorados, pero que deben responder a estrategias completamente diferentes para satisfacer al verdadero poder que está detrás del telón.

Esta total falta de credibilidad de las clases dirigentes occidentales no es un delito sin víctimas, no es algo de lo que podamos escapar con el proverbial encogimiento de hombros diciendo que «nosotros no picamos». La principal consecuencia de la flagrante falta de fiabilidad del Occidente actual es que la palabra quedará cada vez más en manos de las armas, de la violencia exterior y del control interior, porque es lo único que queda cuando las palabras pierden su valor. Y este proceso degenerativo nos afectará a todos, escépticos y crédulos, astutos y ingenuos.

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6. Más sobre la militarización europea.

Un breve repaso en TNI a los planes militaristas europeos. No habrá paz. Ni para los malvados ni para nadie.

https://www.tni.org/en/article/the-eu-is-on-a-war-path

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