MISCELÁNEA 16/3/2025

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA

INDICE
1. La izquierda y la militarización.
2. Los chiflados del este.
3. El enigma Khalil.
4. El poder del campesinado medieval alemán (observación de Joaquín Miras).
5. El pensamiento político de Lavrov.
6. La pelota está en el tejado de Trump.
7. La violencia extractivista.
8. El destino y Trump

1. La izquierda y la militarización

Pedro Costa Morata no se anda por las ramas al calificar la actitud de parte de la izquierda española ante los desvaríos militaristas, y lo demuestra ya desde el título.
https://www.elsaltodiario.com/

De aquellos traidores que nos metieron en la OTAN a estos irresponsables que nos llevan a la guerra

Ante el hecho, inevitable y deseable, de que el movimiento por la paz se alce contra este desvarío, la izquierda entera será puesta a prueba, echándosele en cara su reconversión belicista por mor de un atlantismo que nos lleva hacia el desastre.

Pedro Costa Morata 14 mar 2025 05:30

Me ha bastado oír a la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz (TVE, 4 de marzo), explicando su postura ante el rearme de España, el golpe a lo social que esto implicará y la guerra ruso-ucraniana en curso para alarmarme por las luces rojas que desprendía su discurso, aunque procurase —muy a la gallega, con perdón— explicar que “sí, pero no…, aunque… y además… ya lo he dicho y repetido…”.

Me he acordado de cuando Alberto Garzón, ya ministro, aludió al “imperialismo de Putin” al preguntársele sobre esa crisis. Pero ¿este chico, me dije, con lo listo que parece y lo sensato que tiene que ser, no se ha interesado por conocer las causas del conflicto? ¿Y se atreve a acusar a Putin de imperialista formando parte de un Gobierno de la OTAN en pleno proceso de militarismo envolvente hacia la Rusia traicionada? ¿En qué mundo vive? Y me pregunté, trastornado: ¿toda esta izquierda “a la izquierda del PSOE” se está socialdemocratizando a toda velocidad?, ¿perderá la decencia, además de la compostura, con ocasión de su integración en un Gobierno de liberales, entregado al atlantismo y la rusofobia?

En confianza diré que lo de Garzón no me extrañó gran cosa, tanto decae la conciencia y la reflexión política con las generaciones. Lo de Yolanda me ha molestado más, tanto por el momento como por los contenidos de su declaración. De esta destacaré que quiso quitar importancia a los planes de su Gobierno de incrementar el presupuesto de Defensa al 2% y más allá, afirmando que España gastaba poco en este área, así como de su evasiva cuando se le pidió que pusiera en relación ese rearme con los derechos sociales; ofendiéndome seriamente cuando declaró que esas medidas estaban orientadas a la “defensa del pueblo ucraniano” en la misma línea que Garzón (y que Urtasun, y que Belarra, y que…), de ignorancias interesadas y encanalladas por la guerra. La lideresa de Sumar no quiere saber qué el régimen ucraniano tiene menos de democrático que el ruso, y además está envenenado por peligrosos neonazis y ultras varios, y que la crisis acabada en guerra es cosa de sus dirigentes proeuropeos desde 2004, azuzados por una OTAN empeñada en hacer de Ucrania un ariete contra Rusia desde la mera creación del nuevo Estado en 1991.

Son declaraciones estas últimas hechas al calor de la comedia montada por Trump con Zelensky en la Casa Blanca, en la que el mandatario norteamericano se ha exhibido con su más bronquista estilo y el dirigente ucraniano se ha encontrado con su ya cantado merecido: por necio y por malvado, ya que ha puesto en manos de Occidente la suerte de su país y ha decidido llevar la guerra hasta la extenuación de su pueblo. Aunque es difícil creer que confíe, como lo hacía con Estados Unidos, en la falsaria y oportunista UE, que tan sospechosa y vertiginosamente ha decidido su gigantesco plan de rearme —esos 800.000 millones de euros que los europeos van a sufrir en su bienestar y su seguridad, ya que esta empeorará sensiblemente con el enfrentamiento con Rusia—, siguiendo las instrucciones de la prusiana Von der Leyen, esa dañina cancillera de hierro de la UE.

Sobre el carácter de farsa del famoso rapapolvos del norteamericano al ucraniano, lo más significativo ha sido la inmediata asunción por el Reino Unido de los asuntos de Europa, al servicio, que no en contra, del amo americano y en riguroso cumplimiento de las acuerdos, expresos y tácitos, que abonan esa “relación especial” Washington-Londres que integra el dominio anglosajón del mundo desde la primera Guerra Mundial. El premier británico, Starmer, está dispuesto a llevar fuerzas de a pie a suelo ucraniano y el presidente francés, Macron asume el papel de segundón asustando a los franceses con que “Rusia es una amenaza para Europa”, pretendiendo distraer de la cruda realidad: que él, precisamente él, es la peor amenaza para sus conciudadanos, que ni le votan ni le aprecian por antidemocrático, tramposo y antisocial. El caso es que la divertida pelea que tanto ha dado que hablar en todo el mundo, ha sido el pistoletazo de salida para el rearme de los Estados europeos —con armas norteamericanas, claro— y su pseudo declaración de guerra a Rusia, asemejándose, inquietantemente, al papel asumido por las potencias fascistas en 1938-1941.

Tampoco deberá dejarse de lado que desde su origen la UE (más el actual Reino Unido, que en esto no presenta diferencias) mantiene como propósito más caracterizado el crecimiento económico, mostrando siempre su interés por las “nuevas oportunidades”, que ahora se revisten de reame con la excusa de la amenaza rusa; pasa a segundo lugar la verborrea publicitaria de su interés por el medio ambiente, las energías renovables y el coche eléctrico, objetivos en los que solo cree instrumental y circunstancialmente. La orden de rearme, en consecuencia, no significa que haya una voluntad decidida de ir en el enfrentamiento con Rusia hasta las últimas consecuencias, y mucho menos si el desapego norteamericano se confirma: se trata ante todo de crecimiento, negocio, beneficios.

El relativamente sorpresivo protagonismo británico —que contrasta con su apartamiento de la UE pero que se muestra fieramente europeo a la hora de tomar las armas contra Rusia— nos recuerda que la “rusofobia militante” es un producto inglés y data de principios del siglo XIX y las guerras napoleónicas. Lo que entendemos por rusofobia ha consistido siempre en menospreciar a Rusia —algunos señalan al siglo XVIII y al reinado del zar Pedro el Grande como origen de esta tirria— en todos los aspectos incluyendo el estratégico, en considerar a sus élites embrutecidas e incapaces, a su territorio demasiado extenso como para ser eficientemente controlado y a su pueblo servil y desmotivado. Y aunque han comprobado en más de una ocasión que nada de esto es cierto, las potencias tradicionalmente enemigas de Rusia —o de la URSS del siglo XX— no escarmientan y siguen tratando de aprovechar las ocasiones históricas en que creen que van a poder humillarla.

¿Pretenden las potencias europeas —que ahora asumen con afectada dignidad e inocultable hipocresía el papel antirruso al que las obliga la espantá de Trump— que Rusia consienta que sus tropas “individuales” se instalen en Ucrania porque no estarán integradas colectivamente como pertenecientes a la OTAN? ¿Acaso no han entendido nada, ni quieren entender qué es lo que legítimamente viene pidiendo Rusia desde 2007/2008, y que ha originado este conflicto? ¿Esperan intimidar a Rusia para ser admitidas en las conversaciones de paz e incluso compartir sus posibles beneficios económicos accediendo en concreto a esas tierras raras de las que tanto se habla (y tan poco se conoce)? ¿Cree el Reino Unido que Rusia ha olvidado que fue el primer ministro Johnson quien voló a Kiev para boicotear el acuerdo de paz al que se iba a llegar en Estambul a las pocas semanas de iniciada la guerra, asegurando a Zelensky que habría apoyo y armas suficientes para frenar y vencer a Putin?

Volviendo al escenario español y a la irresponsable expresión belicista de nuestros dirigentes (con la oposición azuzando), es urgente preguntarse si hay alguien en los medios políticos que se oponga a este peligroso acelerón guerrero. Y conviene tratar de ajustarle las cuentas al principal grupo dirigente, el socialista (arropado, según parece, por sus izquierdosos socios de gobierno), recordando a quienes, también socialistas, nos metieron en 1986 en la OTAN, entre proclamas de “modernización” de España, de superación del “aislamiento” internacional en que nos había mantenido el régimen franquista y, por supuesto, como ajustada respuesta a los peligros con que nos acechaba la Unión Soviética, siempre dispuesta a merendarse la Europa que no pudo engullir en 1945. Y así, los socialistas mandados por Felipe González nos metieron en una alianza militar que se presentaba como un producto netamente democrático del mundo libre, y que el pueblo español merecía. 

El asunto tuvo, sin embargo, bemoles, ya que ese pueblo español al que se le quería conceder la europeidad, la atlanticicidad y tantas lindezas democráticas, estaba claramente en contra de entrar en la OTAN. Y por eso, los socialistas en el poder, que durante años se expresaron contra la OTAN, al cambiar de idea mandados por Estados Unidos y la Internacional Socialista, decidieron emplearse a fondo para manipular, engañar y traicionar a ese pueblo que, envuelto en las redes —escrupulosamente democráticas, claro— de la publicidad ladina, la prensa vendida, la mendacidad de aquellos líderes del PSOE (con su avieso eslogan “OTAN, de entrada NO”) y el referéndum irreprochable, acabó por rendirse votando por la entrada en la Alianza Atlántica (12 de marzo de 1986), cuando solo unos días antes mostraba un claro rechazo. Y nada hubo, por supuesto, de las promesas hechas sobre una entrada light en la OTAN (es decir, sin riesgo militar) para atraer el voto, cerrándose esta manipulación del pueblo español con traición y felonía.

Un indiscutible mérito a atribuir, si bien no en exclusiva, al brillante marrullero Felipe González, a aquel cínico grandioso de Alfonso Guerra y al afectuoso pelele de Javier Solana, a quien cupo el honor —y la profunda satisfacción, no me cabe duda— de redondear aquella saga de fervorosos socialistas atlantistas nada menos que como máximo responsable de la OTAN, dotándose en 1999 de pretextos viles contra el Estado soberano de Yugoslavia, para lanzar sobre miles de seres humanos, con su bien conocida simpatía, el amable recado de los F-18 bien pertrechados de valores occidentales.

Pero hay que recordar, también, que una parte importante de la izquierda a la que señalo, incluyendo el Partido Comunista de España, ya empezaba a reconsiderar y a poner en cuestión su posición anti OTAN y llegó al referéndum en condiciones muy parecidas a la de rendición ideológica ante el atlantismo. Aquel eurocomunismo de los años 1970 y 1980 que capitaneaba Berlinguer, líder del PCI, llegó a reconocer a la OTAN como una protección frente la Unión Soviética; y en esto le siguieron, con más o menos discreción, el PCF de Marchais y el PCE de Carrillo, con sus coristas —intelectuales, prensa— respectivos.

Tratando de explicar la negativa de esta izquierda a reconocer la posición rusa y sus antecedentes, así como la obsesiva rusofobia de Occidente, puede dar alguna luz aquel resabio antisoviético y aquella exhibición de pedigrí democrático en que se embarcaron comunistas y asimilados a partir del eurocomunismo y el mensaje, con él relacionado, del aggiornamento italiano, actitudes ambas que suponían un acomodo al poder y la sociedad conservadores, pensando en obtener los frutos electorales que la democracia —tan consolidada como corrupta— ofrecía en el espejo italiano. La perplejidad en que se sumió esa izquierda ante la caída y la desintegración de la URSS y su comunismo no generó grandes interpretaciones políticas, ideológicas u otras, por lo menos por cuanto a la izquierda española se refiere, y así se entró en el caos reflexivo con que la nueva Rusia yeltsiniana perturbó mentes y raciocinios. Apenas hubo reacción ante al despliegue ofensivo de la OTAN en las fronteras rusas, y sí mucho escándalo ante la respuesta de Moscú frente al separatismo de territorios integrados de antiguo en la Federación Rusa. El caso es que aquel arrebato democrático-occidentalista del comunismo de los años 1970 y 1980 se ha ido trasladando a la izquierda actual no socialista —como es el caso de Podemos, Sumar, Más Madrid… y que tan bien expresa Yolanda Díaz— en un producto mediocre e irresponsable por lo irreflexivo y lo acomodaticio, con etiqueta antirrusa. Pesa la incógnita, en relación con IU, sobre si decidirá por fin liberarse de su complejo de inferioridad y obsolescencia frente a los alborotadores del 15 M, y abanderar el urgente movimiento por la paz y contra el rearme y la guerra; lo que implica necesariamente olvidarse de que, directa o indirectamente, “está en el Gobierno”, algo que tiene más de ficción que de realidad, y que está pagando muy caro.

En aquel 1986 de autos —en el que el mismo PSOE en el poder se apuntó, a más de la entrada en la OTAN, el reconocimiento diplomático de Israel y la integración en la Europa comunitaria— regía el enfrentamiento ideológico entre ese Occidente en el que se nos quería instalar con apremio, y el comunismo de la URSS y su bloque. Cuando esta pugna careció de sentido, ya que el peligroso comunismo soviético desapareció, convirtiéndose en nuevos sistemas capitalistas las quince repúblicas sucesoras y, a la cabeza, la Federación Rusa, la OTAN que debió disolverse ante la desaparición del “enemigo originario” traicionó sin embargo a Rusia incumpliendo las promesas que sus más distinguidos líderes (Bush, padre, y Baker, Kohl y Genscher, Solana…) habían dedicado a Gorbachov en cuanto a que la Alianza no se extendería hacia las fronteras de la nueva —pero débil y en quiebra— potencia rusa. Y esto es algo que, lógica y fundadamente, los líderes rusos ni quieren ni pueden olvidar.

La continuación de la traición, con acelerada agresividad, se ha desarrollado entre regímenes capitalistas en ambos lados, dejando en evidencia que a lo ideológico sucedía lo hegemónico, y que esta era la verdadera esencia de la OTAN, una creación originaria del capitalismo euro-norteamericano destinada a frenar a la Unión Soviética y el comunismo; pero con una intención añadida y (como se ha visto) perdurable, que era asegurar el dominio secular del Occidente supremacista, más específicamente, angloamericano.

Imposible no evocar ante este arrebato guerrero europeo que las viejas potencias imperiales —Reino Unido y Francia en primer lugar, pero también Alemania, Holanda, Bélgica, Italia y España en menor medida— siempre parecen dispuestas a la guerra y a ignorar sus fracasos históricos, así como los inmensos daños que han ocasionado a la Humanidad. En su cerrada opción por la guerra en Ucrania, en cierto modo “imperial”, subyace la absurda intención de sustituir a Estados Unidos en sus veleidades imperialistas (al menos en esta ocasión), sabiendo que fue la potencia norteamericana la que a su vez y en su momento sucedió a las europeas, y sin aceptar que el antiguo papel hegemónico de unas y otras ya es irrecuperable.

Ante el hecho, inevitable y deseable, de que el movimiento por la paz se alce contra este desvarío, la izquierda entera será puesta a prueba, echándosele en cara su reconversión belicista por mor de un atlantismo que nos lleva hacia el desastre.

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2. Los chiflados del este

El análisis de Amar sobre los extremistas antirusos en cuyas manos hemos dejado la política exterior europea.
https://swentr.site/news/

Conozca a los belicistas: de aquí viene el frenesí militar de la UE

El bloque ha permitido que sus miembros más locos por la guerra dicten sus políticas sobre Rusia, y ahora quieren atacar a Moscú primero

Por Tarik Cyril Amar, historiador alemán que trabaja en la Universidad Koç de Estambul sobre Rusia, Ucrania y Europa del Este, la historia de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría cultural y la política de la memoria. @tarikcyrilamartarikcyrilamar. tarikcyrilamar.com

Hemos llegado a un punto en el que, con respecto a Rusia, Estados Unidos es más razonable y menos belicoso que sus vasallos europeos, actualmente semirrevoltosos.

Washington está tratando de poner fin a la absurda guerra indirecta contra Rusia a través de Ucrania y también de facilitar una distensión más amplia con Moscú. Las élites europeas de la OTAN y la UE están desesperadas por mantener la guerra y construir el futuro de sus propios países enfrentándose a Rusia, para siempre.

Las desquiciadas «élites» europeas fracasarán, de una forma u otra. Su percepción de la realidad está distorsionada por delirios, sus recursos —militares y también intelectuales— son demasiado escasos y sus objetivos no tienen sentido. Pero el problema para el resto de nosotros es que aún pueden causar un daño enorme en su descenso por el vertedero de la historia. Y aunque todos están bastante locos, salvo casos excepcionales como Eslovaquia y Hungría, todavía hay diferencias importantes: tienden a volverse aún más chiflados cuanto más al este se mueven en el mapa. Llámelo el gradiente de locura de la OTAN-UE de oeste a este, si lo desea.

Eso es lo que un reciente ejemplar de los principales medios de comunicación occidentales sacó a relucir con hermosa claridad, aunque sin querer. Su titular estaba tan enterrado que la mayoría de los lectores probablemente nunca llegaron a él: «Se lo dije a un importante político de Europa del Este: a los estados de Europa Occidental les importan poco las guerras en Europa del Este. Él respondió: «Lo sabemos. Por eso algunos de nuestros países se preguntan: “¿Por qué no atacamos a Rusia ahora, en lugar de quedarnos sentados esperando a que nos ataque?”». Así escribe Simon Kuper en el Financial Times, bajo el título «El regreso de las dos Europas».

Un «importante político de Europa del Este»… Vamos, ¿quién fue esta vez? ¿La cerebrito estonia Kaja «Rompamos con Rusia» Kallas, otra vez? ¿O el actual virrey de Polonia en Bruselas, Donald «Yo también quiero armas nucleares» Tusk? En cualquier caso, está claro que no era de Ucrania, sino de algún lugar (oficialmente) dentro de la OTAN y la UE. Y él o ella nos ha dicho que ellos («algunos» otros también están involucrados) están pensando en lanzar una guerra preventiva contra Rusia.

No se basan en nada que pueda considerarse legítimamente defensa propia (en cualquier caso, no entre los moderadamente cuerdos), sino solo en sus propias ilusiones histéricas. Eso, en sí mismo, es sensacional, aunque no realmente sorprendente. Aún más emocionante: también es sensacionalmente horrible, ya que en realidad se trata de unos idiotas con demasiadas conexiones (de nuevo, eso de la expansión de la OTAN y la UE) en posesión de ejércitos muy moderados que piensan seriamente en iniciar la Tercera Guerra Mundial para el resto de nosotros con una gran potencia que tiene un ejército convencional grande, muy eficiente, curtido en la batalla y motivado, y casi 5000 armas nucleares. ¡Seguro que es una primicia de primera página! ¿Verdad?

No, no lo es. Al menos no en el Financial Times. Quizá sea porque Kuper, exredactor deportivo, ahora reflexivo pensador todoterreno y claramente confidente de al menos un chiflado absoluto en un alto cargo de la OTAN-UE del Este, optó por terminar su artículo con ese golpe en lugar de convertirlo en el tema real desde el principio. Aún más intrigante, todo lo que sucede en su artículo antes de llegar a ese final impactante sobre acabar con todos nosotros, parece implicar que se supone que debemos encontrar esa idea bastante comprensible, si no, tal vez, realmente bastante atractiva. Porque, verá, es de la OTAN-UE del Este.

Porque esto es lo que Kuper cree que debemos pensar: Milan Kundera. Sí, en serio, Kundera. Lo sé… Porque ese eficaz novelista y ensayista que estuvo de moda en su día tuvo una idea. Una idea que encajaba con el eternamente fresco Zeitgeist de… redoble de tambores… 1983. Sí, ese sería ese mismo 1983, el año en que el estadounidense Ronald Reagan estaba en su momento más entusiasta y el soviético Yuri Andrópov en su momento más paranoico; uno de los peores de los muchos, muchos años malos de la Guerra Fría, uno en el que casi conseguimos desencadenar la gran guerra, con armas nucleares y todo, y luego nada. Obviamente, esa idea está ahora consagrada oficialmente, como una reliquia, en el sitio web del Parlamento Europeo.

Y Kuper tampoco puede olvidarlo: la idea de Kundera de que lo que, durante la Guerra Fría, solía ser la Europa del Este soviética no era en realidad Europa del Este, sino, en realidad, Europa Occidental, pero mejor: es decir, con Kafka, adoquines lluviosos, dorados y manteca de cerdo de los Habsburgo y, por supuesto, «¡YALTA!»

«¡YALTA!» (en referencia a la conferencia de Yalta de 1945, donde se organizó la reorganización de Alemania y Europa tras la Segunda Guerra Mundial), pronunciado siempre con voz resentida y resentida, por favor, preferiblemente con acento polaco, lo que significa que esta parte especialmente preciada de Europa había sido «secuestrada»» por el gran oso ruso malo y vendida por el malvado Occidente, es decir, el resto de Occidente, por así decirlo. Ya se hace una idea.

Y, por lo tanto, los políticos, intelectuales y futuros emprendedores subvencionados de la no tan Europa del Este tenían un capital de victimismo muy decente con el que trabajar en la era actual de discriminación competitiva por victimismo: mucho empuje para, digamos, los antiguos y pintorescos disidentes polacos (y también algunos informantes, por supuesto), pero no la fuerza para los niños palestinos masacrados de hoy en día.

De hecho, en aquel entonces, en… compruébelo: sí, en 1983, ese Occidente ligeramente desplazado en las garras de ese oso ruso groseramente extralimitado era un espectáculo tan conmovedor, tan lindo pero desafortunado, tan valiente pero reprimido que necesitaba un nombre nuevo y antiguo propio: Europa Central. (No, ¡la traducción al alemán está estrictamente PROHIBIDA! Porque sería «Mitteleuropa» y entonces… por favor, no pregunte. Y no mencione la guerra. Ahora que lo pienso, en realidad ninguna de las dos).

Los educados occidentales criados con Kundera, Havel y Garton-Ash aprendieron que: 1) Europa Central es triste, porque está entre alemanes (sin sentido del humor, con ataques ocasionales de conquista mundial ultravioleta) y rusos (derrotaron a esos alemanes y tienen sentido del humor, pero nunca hacen lo que les decimos). 2) Europa Central es a menudo eslava, pero agradable. No como, de nuevo, esos terroríficos rusos que cada cien años azotan el trasero de nuestros ejércitos (Hintern, postérieur, ända, tyłek, en orden cronológico inverso) cuando intentamos invadirlos. 3) Europa Central pertenece a la OTAN y a la UE, de nuevo a diferencia de Rusia, porque, recuerden, Europa Central es realmente Europa Occidental y definitivamente no es Europa Oriental. Porque Europa del Este, como ven, ahora es solo la Rusia, e, irónicamente, todos seguían de acuerdo en que Europa del Este no podría pertenecernos nunca.

Mientras tanto, ocurrió un milagro: como «Europa Central» siempre había sido en realidad una extensión de Occidente, las dos «buenas» Europas de la posguerra fría, Occidente y Centro o OTAN-UE y Pronto-OTAN-UE, se fusionaron rápidamente. ¿No suena muy probable? No, pero no me culpe a mí. Eso es lo que nos dice el FT, ya que unirse a la OTAN era lo mismo que unirse al «Occidente transatlántico».

Y ahora, ahí está el problema: la capital imperial de Occidente en Washington ha sido tomada por un extraño reformador con ideas extravagantes sobre hacer las paces con el otro bando, que está disolviendo todo el Pacto, perdón, la Alianza. Algo así como el bueno de Gorbachov hacia 1989, cuando derribó y enterró la Guerra Fría desde su centro en Moscú. El nombre de este lejano (es cierto, muy lejano) resurgido de la «perestroika» y heredero de la tradición gorbachoviana de disrupción del imperio de la Guerra Fría desde lo más alto: Donald Trump. (No lo vi venir, Donald, ¿verdad?)

Y es por eso que, cree Kuper con un increíblemente profundo sentido de la historia (no), las Europas ahora se están separando de nuevo. ¡Todo es culpa de Trump! ¡Otra vez! Kuper no lo sabe, por supuesto, pero se parece más a un nostálgico postsoviético en Rusia que también culparía del fin del imperio soviético a un solo tipo. Resulta que los grandes hombres hacen historia. Al menos cuando las mentes pequeñas necesitan un chivo expiatorio.

¿Por dónde empezar? Las dos Europas, la del Este y la del Oeste, nunca han sido una. Y la OTAN tampoco las unió. Lo que ocurrió fue que el bloque europeo de la OTAN-UE acabó permitiendo que los recién llegados del Este moldearan, e incluso dominaran, su política hacia Rusia. La despistada Kallas es simplemente el resultado lógico, aunque imbécil, de esa decisión.

Las razones de ese permiso sin sentido son múltiples, pero la clave es que esta patología debe terminar: no hay ninguna razón de peso por la que todos los países de la OTAN y la UE deban aceptar la guerra con Rusia solo porque la señora Kallas y compañía no pueden superar su Kundera. O usted, para el caso, Simon. De hecho, fue un error no solo expandir la OTAN, sino también expandir la UE.

Y para aquellos que piensan que los chiflados de la «élite» en el este de la OTAN-UE no pueden hacer demasiado daño porque el infame Artículo 5 de la OTAN solo trata de «defensa»: En primer lugar, la OTAN ya ha encontrado formas de pasar al ataque varias veces, pregúnteles a los afganos y libios, por ejemplo. En segundo lugar, siempre se puede encontrar o inventar un pretexto. Confíe en ello: si nosotros, Occidente, lanzamos alguna vez un ataque directo y abierto contra Rusia (indirectamente y por poderes ya lo hemos hecho, por supuesto), nuestros medios de comunicación nos mentirán hasta la saciedad con historias de cómo «ellos lo empezaron todo», y nuestros intelectuales y expertos se lo tragaran todo y no dejarán de hablar de ello en nuestros programas de entrevistas mientras la televisión siga funcionando. En tercer lugar, la propia UE está planeando ahora una militarización masiva. Si «tiene éxito», habrá otra cola con la que un idiota de, digamos, Estonia, podrá sacudirnos a todos hasta el olvido, para mayor gloria de Kundera y 1983.

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3. El enigma Khalil

Hay una gran movilización en EEUU para impedir el acoso a Mahmoud Khalil, uno de los organizadores de la campaña en las universidades estadounidenses el pasado año. Sin duda, merece todo el apoyo, pero su biografía tiene algunos puntos oscuros que subraya Craig Murray.
https://www.craigmurray.org.

El curioso caso de Mahmoud Khalil

14 de marzo de 2025

Dos puntos clave que el debate ha pasado por alto en su mayor parte:

1) Durante años, ha sido una política bipartidista del Departamento de Justicia intentar establecer que la Primera Enmienda no se aplica a los ciudadanos no estadounidenses.

2) ¿Por qué la administración Trump ha elegido a Mahmoud Khalil entre miles de posibles víctimas? ¿No es un caso de prueba tan problemático como se puede imaginar?

Protección de la Primera Enmienda

El escandaloso arresto y detención de Mahmoud Khalil por parte de la Oficina de Inmigración y Aduanas es un nuevo frente en el ataque generalizado a la libertad de expresión sobre Palestina en EE.UU. De hecho, la libertad de expresión sobre Palestina está siendo objeto de graves ataques en casi todo el mundo occidental.

No faltan excelentes comentarios y análisis sobre el caso Khalil y sus múltiples ramificaciones. La caracterización de la crítica a Israel como antisemitismo, la falsa narrativa de una amenaza a los estudiantes judíos, la negación del derecho a protestar, el ataque a la libertad académica, todos estos son aspectos del caso que arrojan una luz aterradora sobre el efecto devastador en las libertades civiles del control explícitamente sionista del sistema político.

Lo mismo puede decirse de la detención arbitraria, la falta de acceso a abogados y la caracterización de la disidencia como «terrorismo».

Pero no se ha debatido mucho que la cuestión jurídica central del caso, es decir, si los no ciudadanos estadounidenses tienen derechos de la Primera Enmienda o si la libertad de expresión solo se aplica a los ciudadanos estadounidenses, no es una innovación de la administración Trump.

Que los ciudadanos no estadounidenses no estén protegidos por la Primera Enmienda fue la cuestión clave que persiguió el Departamento de Justicia de Biden en las audiencias de extradición de Julian Assange.

De hecho, fue la insistencia de la jueza del Tribunal de Apelación inglés, Dame Victoria Sharp, en que EE. UU. debía confirmar que Assange sí tenía protección de la Primera Enmienda, lo que llevó directamente a que la administración Biden abandonara el caso y aceptara un acuerdo de culpabilidad, en lugar de dar la garantía que Sharp solicitó.

Los párrafos clave de la sentencia correspondiente están aquí

Los jueces británicos consideraron que no aplicar la Primera Enmienda a los no ciudadanos violaría el principio de no discriminación (garantizado en el Convenio Europeo de Derechos Humanos), y estoy seguro de que tenían razón.

Esta es una doctrina muy preocupante que el Ejecutivo de EE. UU. está tratando de hacer cumplir. Pero Trump no la inició, Biden también lo intentó, con Assange.

¿Por qué Mahmoud Khalil?

Miles de estudiantes extranjeros en EE. UU. han alzado la voz y se han manifestado contra el genocidio en Gaza. Estoy seguro de que entre ellos habrá una o dos personas que puedan ser descritas como yihadistas, que pueden tener tendencias antisemitas y que solo están en EE. UU. con un visado de estudiante.

Entonces, ¿por qué meterse con Mahmoud Khalil, que no es ninguna de estas cosas?

Tiene una esposa estadounidense embarazada y está en posesión de una tarjeta de residencia. Esos factores podrían jugar a su favor en el argumento de la Primera Enmienda, si los jueces buscan tergiversar el asunto.

Además, aunque sin duda formaba parte del grupo de líderes de los manifestantes en la Universidad de Columbia, parece haber desempeñado un papel responsable en el enlace con las autoridades. La guinda del pastel es que es un antiguo empleado del Gobierno británico, que trabajó en la Embajada británica en el Líbano, en asuntos sirios.

Aquí es donde la historia empieza a volverse muy turbia. Me dijeron contactos vinculados a la Resistencia en el Líbano que no solo no se consideraba que Khalil estuviera a favor de la Resistencia a Israel mientras estuvo allí, sino que se creía que estaba involucrado en los intentos del gobierno británico de socavar el régimen de Assad mediante la promoción de grupos yihadistas.

Free Palestine TV, con sede en el Líbano, tiene la misma información.

Es importante comprender hasta qué punto el Reino Unido ha participado en actividades antisirias en el Líbano. El entrenamiento y equipamiento de las unidades de al-Nusra/ISIS/HTS fue llevado a cabo por las fuerzas especiales británicas con base en la base aérea de Rayak, en el valle de Bekaa, que sin duda seguían allí en enero, después de que HTS conquistara Damasco.

Contrariamente a algunos informes, Mahmoud Khalil no habría trabajado para el MI6 en la Embajada. Las estaciones del MI6 no emplean a ciudadanos extranjeros. Habría trabajado para las Secciones de Política e Información, bajo la dirección de diplomáticos que cooperaban estrechamente con el MI6 o que, en algunos casos, eran miembros activos «no declarados» del MI6.

Middle East Eye describe el papel de Khalil en la embajada como «director de programa» a cargo de las becas Chevening. Conozco este programa muy bien. Aunque no tengo motivos para dudar de que Khalil lo hiciera, no le supondría más del 10 % de su tiempo y no requeriría la autorización de seguridad del Reino Unido que, según el artículo, recibió Khalil.

La verdad es que cualquiera que trabaje de buena fe en la Embajada Británica en Líbano no puede ser amigo de la resistencia a Israel. Todo lo que hace la Embajada Británica en Líbano está intrínsecamente vinculado al objetivo primordial de promover los intereses de Israel, en particular mediante el debilitamiento de Hezbolá, y esto es especialmente cierto cuando se trata de programas en Siria que salen de Beirut.

Entonces, ¿cómo pasó Khalil de ser un agente del gobierno británico a un estudiante activista palestino?

Y luego, ¿por qué demonios el régimen de Trump lo eligió para su primera deportación de alto perfil?

Puedo ver tres explicaciones plausibles para el comportamiento de Khalil:

1) Nunca fue pro-británico, pero se estaba infiltrando en la Embajada para los palestinos.

2) Nunca fue pro-palestino, pero se estaba infiltrando en el movimiento de protesta para el gobierno británico.

3) No era muy político, pero recientemente se sintió movido al activismo por el genocidio en Gaza.

De estas, la opción 3) me parece la más plausible, aunque todas son ciertamente posibles.

Sería una deliciosa ironía que el régimen de Trump hubiera arrestado a un agente británico por accidente, pero me parece poco probable. No creo que el MI6 pusiera a un agente palestino en Estados Unidos sin informar a la CIA, aunque es posible que lo hayan hecho si existía la preocupación específica de que la CIA filtrara la identidad.

Si Khalil fuera un agente británico, podría haber sido arrestado para protegerlo si existiera la preocupación de que hubiera sido «descubierto», o podría haber sido arrestado porque los estadounidenses se enteraron y estaban furiosos por no haber sido informados. Pero no creo que estos sean los escenarios probables.

Me parece mucho más probable que un Khalil que alguna vez fue complaciente cambiara de opinión y se volviera más radical, con razón, debido al genocidio en Gaza.

En cuyo caso, el motivo para elegirlo como objetivo de arresto es muy claro. Tanto Estados Unidos como el Reino Unido estarán preocupados por las revelaciones que Khalil pueda hacer sobre el apoyo a los yihadistas en Siria desde su época de trabajo en este tema en el Líbano. Encerrarlo en régimen de incomunicación, mientras se ejerce la máxima presión para persuadirlo de que guarde silencio, es entonces un movimiento obvio.

Es importante para la libertad de expresión y para los derechos en general de los inmigrantes en EE. UU. que el Sr. Khalil esté libre. Obviamente, es profundamente importante para él y su familia. No quiero que nada de lo que he escrito reste importancia a eso.

Pero el enigma de por qué se eligió un objetivo tan extremadamente complicado para el caso de prueba, cuando existen objetivos mucho más fáciles de alcanzar, es algo que debe tenerse en cuenta. Espero haber ofrecido algunas posibles líneas de pensamiento que le resulten útiles.

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4. El poder del campesinado medieval alemán

En su última entrada Michael Roberts reseña un nuevo libro sobre la historia «rebelde» del campesinado europeo. ¡Con solo un gráfico!
https://thenextrecession.

El papel rebelde de los campesinos en la historia europea

Haciendo una pausa en el análisis de Trump, el comercio y los aranceles, esta entrada trata sobre la historia económica.

Robert Dees ha escrito una obra de más de 1.700 páginas en dos enormes volúmenes, titulada The Power of Peasants: the economics and politics of farming in medieval Germany.

Dees sostiene que, contrariamente a la historia económica convencional, los campesinos o agricultores en las economías antiguas y medievales, abrumadoramente agrícolas, desempeñaron un papel esencial en el avance de la civilización en Europa. La civilización en este contexto significa aumentar la productividad del trabajo a través de mejoras en la técnica agrícola e innovaciones técnicas —el «genio creativo» de los agricultores— y, por lo tanto, el nivel de vida y la salud de la multitud. Los campesinos no eran una masa amorfa y aburrida que eran solo víctimas del dominio de clase por parte de los esclavistas romanos o los señores feudales. Tenían capacidad de acción; lucharon en muchas ocasiones (no siempre con éxito) para romper el dominio de la clase dominante. Cuando tuvieron éxito y obtuvieron un grado de independencia en la producción y el control del excedente producido, hicieron avanzar a la sociedad.

Cuando los campesinos fueron reprimidos y la clase dominante los reemplazó con esclavos, como en el Imperio romano, este entró en crisis económica y finalmente colapsó. Cuando los campesinos fueron sometidos a las penurias de la servidumbre bajo el dominio de regímenes feudales mezquinos, el orden feudal acabó sumido en una serie de crisis plagadas de peste y guerras perpetuas que aniquilaron cualquier progreso.

El libro de Dees se centra principalmente en la economía y la política de la agricultura en el sur de Alemania entre 1450 y 1650. Pero comienza con el papel de los agricultores/campesinos en la construcción de la república romana y en el impulso de su exitosa expansión. Fue cuando las órdenes gobernantes sustituyeron a los agricultores libres por esclavos procedentes de las conquistas en la guerra, llevando a los ciudadanos campesinos a endeudarse y expropiar sus tierras para crear grandes propiedades, cuando la sociedad romana entró en una crisis que condujo a luchas de clases, guerras civiles, el fin de la república y, finalmente, al colapso interno y a la invasión externa por parte de los «bárbaros» campesinos del norte. Estos «bárbaros» campesinos del norte de Europa habían desarrollado una agricultura que producía «más alimentos, más agricultores, más guerreros, hasta que invadieron el imperio».

Dees cuestiona la revisión comúnmente aceptada de que Roma no se derrumbó, sino que se transformó en la «antigüedad tardía» y luego evolucionó lentamente hacia un sistema feudal. En su opinión, y estoy de acuerdo, la economía esclavista romana sí que colapsó y la productividad, la tecnología y la cultura se desplomaron. Como él dice, en el año 900, más de cuatrocientos años después del fin del Imperio Romano de Occidente, «no había ni una sola ciudad en Inglaterra y pocas en el norte de Europa».

Pero fue por entonces cuando se reanudó un resurgimiento de la productividad y la innovación, impulsado por los campesinos ahora liberados de la esclavitud romana. Aunque se formó una nueva clase feudal, en el período medieval temprano, todavía era demasiado débil y dispar para suprimir al campesinado. Pero gradualmente los señores feudales ejercieron más control. Como resultado, la agricultura comenzó a estancarse y Europa cayó en guerras internas y los señores feudales lanzaron sus «cruzadas» contra los musulmanes en Palestina (y pogromos en casa contra los judíos) para consolidar su control. A medida que aumentaba la pobreza y disminuían la salud y la nutrición, las enfermedades se convirtieron en la norma (peste negra, etc.) y los gobernantes feudales se involucraron en lo que se convirtió en la Guerra de los Cien Años de los siglos XIV y XV. Aunque estallaron revueltas campesinas, fueron aplastadas.

Pero las plagas y las guerras continuas, en particular la Guerra de las Rosas en Inglaterra a mediados del siglo XV, debilitaron tanto a la clase feudal que el campesinado recuperó cierta independencia sobre su producción. Finalmente, en combinación con los artesanos, tenderos y comerciantes de las ciudades, pudieron escapar de la penuria feudal. Las repúblicas de los Países Bajos e Inglaterra surgieron y abrieron la puerta a un nuevo modo de producción basado en el capitalismo, hecho posible por el resurgimiento del uso productivo del excedente agrícola.

Dentro de su obra en dos volúmenes, Dees inserta su análisis más detallado de la historia de Inglaterra desde tiempos prehistóricos que publicó anteriormente por separado. Este es un relato sólido y muy entretenido de invasiones, guerras, dominación de clases y rebeliones que merece la pena leer por sí solo.

El progreso agrícola y comercial fue posible en Inglaterra y los Países Bajos. En Alemania, donde Dees concentra su análisis, eso no sucedió. Los regímenes feudales insignificantes triunfaron sobre los campesinos en una serie de guerras de clases (por ejemplo, la guerra campesina de 1524-25). Como resultado, las rentas y la deuda se dispararon y los agricultores no pudieron hacer nada para aumentar la productividad. Alemania se estancó en un atolladero feudal. La Guerra de los Treinta Años de 1616-48 fue la culminación del estancamiento y el colapso feudales.

Puede ver la diferencia en el PIB per cápita en la siguiente figura. Las ciudades-estado italianas del Renacimiento fueron líderes en PIB per cápita en Europa hasta mediados del siglo XV (línea amarilla) y luego los Países Bajos comenzaron a ponerse al día y a liderar a partir de la década de 1550 (línea verde). Inglaterra comenzó a acortar distancias después de que la guerra civil de la década de 1640 destruyera el feudalismo y finalmente superara a Holanda a través de la industrialización a partir de finales del siglo XVIII (línea roja). Mientras tanto, la Europa continental se estancó, y Francia no despegó hasta después de que la revolución de finales del siglo XVIII liberara a los campesinos del feudalismo (línea azul).

Sobre Francia, Marx lo expresó en el 18 Brumario: «Después de que la primera Revolución transformara a los campesinos semifeudales en propietarios libres, Napoleón confirmó y reguló las condiciones en las que podían explotar sin obstáculos el suelo de Francia que acababan de adquirir, y podían saciar su joven pasión por la propiedad… Bajo Napoleón, la fragmentación de la tierra en el campo complementó la libre competencia y el comienzo de la gran industria en las ciudades. La clase campesina fue la protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente recientemente derrocada. Las raíces que la pequeña propiedad arraigó en suelo francés privaron al feudalismo de todo sustento. Los hitos de esta propiedad formaron la fortificación natural de la burguesía contra cualquier ataque sorpresa de sus antiguos señores.

Dees hace un trabajo de demolición de la teoría demográfica del reaccionario párroco inglés del siglo XIX, Thomas Malthus, quien argumentó que el estancamiento de la producción era producto de la superpoblación. Europa no podía soportar «demasiada gente». Este «dogma» ha sido refutado por muchos desde entonces. Dees cita a Walter Blith, granjero y capitán del ejército parlamentario de Cromwell durante la guerra civil inglesa, que «cualquier tierra, por su coste y carga, puede enriquecerse tanto como sea posible». Dees también cita a Engels (lo que yo también hice en mi libro Engels 200) refutando a Malthus: «el poder productivo a disposición de la humanidad es inconmensurable. La productividad del suelo puede aumentarse infinitamente mediante la aplicación de capital, trabajo y ciencia. Como dice Dees, «los Países Bajos tienen una densidad de población más de once veces superior a la del Congo. Según el «fraude de Malthus», la gente de los Países Bajos debe estar muriéndose de hambre y la del Congo prosperando». Engels señaló que si Malthus quería ser coherente, debía «admitir que la Tierra ya estaba superpoblada cuando solo existía un hombre».

Y, sin embargo, el argumento maltusiano sigue abriéndose camino en la economía convencional hasta el día de hoy, aunque el tema principal ahora es que el mundo produce demasiado y la gente consume demasiado y, por lo tanto, está destruyendo la naturaleza y el planeta. Dees sostiene que fueron el feudalismo y el dominio de clases lo que hizo que la gente fuera pobre y pasara hambre y sufriera plagas, no porque hubiera demasiada gente. Ahora el argumento debería ser que la naturaleza y el planeta están siendo destruidos por el capitalismo y el dominio de los ricos oligarcas, no por una producción excesiva.

Dees ofrece al lector una concepción materialista de la historia en su relato del papel del campesinado en Europa desde la antigua Roma. El auge de Roma fue impulsado por los agricultores libres; su declive y colapso fueron causados por la represión de esos agricultores por una aristocracia esclavista y emperadores. El norte de Europa se liberó del dominio romano y la agricultura campesina pudo ampliar la producción y alimentar a más personas. Sin embargo, una aristocracia feudal basada en el poder armado acabó sometiendo a la mayoría de los campesinos a la servidumbre y viviendo de su trabajo, poniendo fin así al progreso agrícola. Solo cuando el feudalismo se derrumbó a causa de las guerras y las plagas, las revoluciones del norte de Europa permitieron a los campesinos reactivar la agricultura innovadora.

En Alemania, el feudalismo se mantuvo, retrasando así la aparición de la agricultura y el comercio capitalistas hasta bien entrado el siglo XIX. Dees ofrece una nueva explicación de las causas de la Guerra de los Campesinos de 1525 y de los efectos a largo plazo de su derrota, ambas contrarias a los estudios existentes. Esto será de especial interés en el 500 aniversario de ese acontecimiento.

Observación de Joaquín Miras:
Todo esto es muy importante porque cuando se plantea que hay que volver al comunitarismo, como nos han intoxicado, en vez de comprender que las comunidades y sus culturas materiales eran impenetrables para los poderes políticos y para los religiosos, que declaraban en sus tratados de teología que las leyes, civiles y canónicas debían ser acordes con la consuetudo, o no se cumplirían, considera que ese mundo es el TOTALITARISMO, cuando esa palabra es invento del siglo XX para algo solo surgido en el siglo XX, que es precisamente lo contarrio, la adhesion de masas de individuos desorganizados, atomizados, aislados y por tanto sin capacidad de control sobre sus vidas, a un líder. Nunca un papa medieval, un rey absoluto generó delirios masivos.

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5. El pensamiento político de Lavrov

Amar está publicando en su Substack una serie que llama «Moscú sin filtros» en la que intenta contrarrestar la propaganda occidental sobre Rusia con información de primera mano. Os paso la última entrada, sobre el pensamiento de Lavrov.
https://www.tarikcyrilamar.

Moscú Sin filtros (3)

El ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, y cómo él y algunos otros ven el mundo.

Tarik Cyril Amar 15 de marzo de 2025

Nota: Este texto forma parte de mi serie informal «Sin filtros», en la que pretendo contrarrestar la cobertura sesgada y a menudo ignorante de la política rusa por parte de los principales medios de comunicación occidentales. Es más largo que mi texto promedio, pero espero que los lectores vean por qué tiene sentido.

En vísperas de lo que serán, de una forma u otra, conversaciones muy importantes entre Rusia y Estados Unidos sobre si poner fin a la guerra de Ucrania y cómo hacerlo (y más, por supuesto), han salido una serie de declaraciones notables por parte de Rusia, ciertamente de forma deliberada. Y, como de costumbre, los principales medios de comunicación occidentales las ignoran por completo o las tergiversan de forma selectiva.

La más extensa es una larga entrevista concedida recientemente por el ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, a tres interlocutores estadounidenses, los conocidos blogueros y periodistas Andrew Napolitano, Mario Nawfal y Larry Johnson. Al mismo tiempo, literalmente en cuestión de días, Lavrov también se dirigió al Consejo Empresarial oficial dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores y realizó varias declaraciones pertinentes con motivo de la visita a Moscú —la primera en cuatro años— del nuevo jefe de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).

En la entrevista, Lavrov fue quien más habló. Sus respuestas fueron largas y exhaustivas, y aunque estaban repletas de puntos, afirmaciones y argumentos dignos de mención, destacaron algunos temas clave: Lavrov, en efecto, ofreció tres teorías (en el sentido original y simple de la palabra: una forma sistemática y explicable de ver las cosas): una teoría de la normalidad, una teoría de la multipolaridad y una teoría del pragmatismo (político).

Es obvio que estas teorías reflejan el pensamiento de los líderes rusos, en particular también del presidente Vladimir Putin, a quien Lavrov, como era de esperar, también se refirió ocasionalmente. A continuación nos centraremos en ellas.

I La teoría de la normalidad de Lavrov

Cuando se le preguntó qué pensaba de los cambios actuales en Washington bajo la nueva administración Trump, Lavrov los describió, en primer lugar, como un retorno a la normalidad. Eso, en sí mismo, fue una respuesta directa, muy plausible y nada sorprendente. Lo que los espectadores no deberían perderse son las pistas que dio Lavrov sobre lo que él, y los líderes rusos en general, es seguro asumir, entienden exactamente por normalidad.

Aquí, aparte de una rápida alusión a la normalidad bipartidista específica del sistema político estadounidense, surgieron dos aspectos clave, conceptuales y políticamente fundamentales, de sus declaraciones: En primer lugar, la normalidad significa un retorno a las relaciones internacionales y a la diplomacia basadas firme y explícitamente en la búsqueda de los intereses nacionales. Este es un punto que Lavrov ha planteado antes y lo hizo no una, sino varias veces en esta entrevista, especialmente dirigida a un público estadounidense y occidental: Tanto Moscú como también Washington —Lavrov subrayó repetidamente que este enfoque es también el de Estados Unidos ahora, específicamente del presidente Donald Trump y del secretario de Estado Marco Rubio— son ahora explícitos y están de acuerdo sobre esta base para su relación.

Cada uno perseguirá sus intereses nacionales y esperará que el otro haga lo mismo y, claramente, respetará fundamentalmente ese hecho. Ambos son conscientes de que los intereses nacionales a menudo no son convergentes. Cuando no lo sean, ambos siempre se esforzarán por evitar que su relación se deteriore hasta convertirse en conflicto o incluso en guerra. Cuando sí lo sean, ambos buscarán el beneficio mutuo.

Se trata de un conjunto de principios muy razonables, sencillos y, por tanto, sólidos. Puede parecer obvio, pero, durante años, en Occidente ha sido todo menos obvio. Ahora, afortunadamente, Washington, aunque todavía no la OTAN-Europa, lo ha adoptado. Es cierto que Lavrov ha explicado estos principios anteriormente, especialmente, como en esta entrevista también, en referencia a la reciente reunión entre Rusia y Estados Unidos en Riad. Sin embargo, hubo dos aspectos de sus declaraciones en esta entrevista que merecen especial atención: En primer lugar, Lavrov repitió este punto al menos tres veces.

Ninguna otra tesis que planteó en esta conversación recibió ese grado de énfasis y resaltado por su parte. Casi parecía como si estuviera diciendo: Si recuerdan solo una cosa que les dije, es esta. En segundo lugar, Lavrov también hizo un esfuerzo particular por subrayar que esta era también la posición de la actual administración estadounidense. De hecho, a veces, casi parecía atribuir la idea como tal a Washington (lo que no sería del todo cierto; en realidad, es una noción rusa de larga data, pero pondría de manifiesto hasta qué punto Moscú quiere que Occidente entienda que esta es la condición sine qua non de un punto de partida común).

Si lo anterior era el aspecto clave número uno de la teoría de la normalidad de Lavrov, el otro no se refería, al menos no directamente, a la política internacional, sino a los valores. Sí, valores. Porque sería un grave error creer que las frecuentes y muy fundadas críticas de Rusia a la charla totalmente hipócrita de Occidente sobre los «valores» significan que Moscú prefiere algún tipo de nihilismo o cinismo. En realidad, es todo lo contrario: los dirigentes rusos están seriamente comprometidos con la reivindicación y defensa de su propio conjunto de valores, que consideran genuinos y constructivos, a diferencia de los de Occidente.

Obviamente, todos los estados, gobiernos y políticos honran todos los valores, incluso aquellos en los que creen sinceramente, tanto en el incumplimiento como en los hechos reales. Por lo tanto, esto no es aquí, nota bene, un argumento sobre si Moscú es «mejor» (aunque personalmente creo que lo es, comparativamente hablando; pero entonces el Occidente co-genocida es un listón bajo). Esto es simplemente una descripción del hecho importante de que nadie leerá ni predecirá bien las acciones del liderazgo de Rusia, quien no tenga en cuenta sus valores.

Y esos son, como Lavrov ha dicho a sus entrevistadores de Occidente, cristianos. Lavrov subrayó que las diferencias confesionales entre Rusia, con su cultura mayoritariamente ortodoxa, y el tipo de cristianismo que prevalece en Estados Unidos son menos importantes que ese común denominador entre los dos países.

Lavrov también explicó por qué y cómo, en su opinión, Estados Unidos perdió su normalidad en las últimas décadas, a saber, «con la introducción de ideas neoliberales, neoconservadoras, pero sobre todo neoliberales», que polarizaron el antiguo consenso basado en los valores cristianos. Culpa de esta «desviación de los valores cristianos» al Partido Demócrata y a su promoción «sin límites de la agenda LGBTQ-lo-que-venga-después».

Puede que no esté de acuerdo (o que esté de acuerdo) con Lavrov, en general o en detalle. Pero sería un error considerar estas declaraciones como una mera captatio benevolentiae con la audiencia conservadora de los periodistas y blogueros con los que hablaba. Lavrov es un hombre extremadamente inteligente y culto, y sin duda conoce los fundamentos (y más) del arte de la retórica. Sin embargo, no se trata (en su mayor parte) de eso. En cambio, lo que estamos escuchando aquí es una exposición de un elemento clave del pensamiento actual de los líderes rusos sobre el vínculo entre, a grandes rasgos, los valores conservadores (incluidos los religiosos) y la base de una política razonable y consensuada.

Tome nota mentalmente de esto y recuérdelo la próxima vez que un superficial tertuliano de los principales medios de comunicación intente decirle de nuevo que la política rusa es «nihilista» o «cínica», un realismo sin moralidad. Eso es muy engañoso. Los rusos son tan buenos o malos como los demás a la hora de seguir siempre sus preceptos morales. Pero aquellos que niegan que los tienen, y en lugares muy altos, también, terminarán siendo fracasos analíticos, cegados por sus propios prejuicios.

No hay que pasar por alto, por supuesto, que también hay una manera muy concreta, inmediata y urgentemente relevante en la que estas referencias a los valores cristianos importan ahora: los observadores y políticos occidentales no deben subestimar el compromiso de Moscú de reivindicar la supresión de toda organización religiosa con vínculos con la Iglesia Ortodoxa Rusa en Ucrania. Esa es una política del régimen de Zelensky que incluso Human Rights Watch en Occidente ha criticado (aunque sea con demasiada suavidad). Más importante aún, es una política que Rusia no permitirá que se mantenga, como reitera constantemente su liderazgo. Lavrov, por ejemplo, también mencionó explícitamente el tema en la entrevista; solo muy recientemente Maria Zakharova, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, también lo ha hecho. Cualquier acuerdo para poner fin a la guerra de Ucrania tendrá que abordar este tema.

II La teoría de la multipolaridad de Lavrov

La teoría de Lavrov sobre la normalidad basada en los valores cristianos se corresponde claramente con su teoría de la multipolaridad, pero no es lo mismo. Su punto de partida para exponer esta última fue la cuestión de si, en el futuro, Rusia y Estados Unidos podrían ir incluso más allá de una nueva política de interés nacional, diálogo y pragmatismo para forjar una alianza. Su respuesta ofreció la primera de las características ideales de la multipolaridad, tal como él la ve: Señaló que las alianzas se asocian tradicionalmente con el hecho de hacerse en contra de alguien.

Sin embargo, la multipolaridad, explicó Lavrov, «es diferente», subrayando, de nuevo, que Estados Unidos —en este caso, específicamente Marco Rubio— está de acuerdo. Lavrov esbozó entonces su «visión» de la multipolaridad en varios puntos: Será necesario reconocer a «gigantes» como, por ejemplo, Brasil, China o África en su conjunto. Aquí, vale la pena señalar que ha expresado la misma idea con aún más fuerza en un breve discurso reciente ante el Consejo Empresarial dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, donde habló del «proceso objetivo del establecimiento de un mundo multipolar». En otras palabras, la multipolaridad ha llegado para quedarse y crecer, les guste o no a los occidentales. También es, para retomar el discurso del ministro de Asuntos Exteriores ante el Consejo Empresarial, un «factor fundamental» de la política mundial actual, a saber, la «consistente e inevitable reubicación del centro del desarrollo mundial de la región euroatlántica a la región de Asia y el Pacífico, y más ampliamente [hablando] al Sur Global [y] al Este Global».

En su reciente entrevista, Lavrov entró en más detalles: El mundo multipolar «podría estar compuesto por superpotencias, [definidas por] tamaño, peso económico, poder militar, especialmente nuclear. Y, sin duda, Estados Unidos, China y Rusia encajan en esta categoría». Claramente, la conclusión número uno es que este es un modelo de multipolaridad con una gran potencia o, en términos de Lavrov, un núcleo y una cúspide de superpotencia, que presumiblemente existe en un equilibrio basado, de nuevo, en los principios de interés nacional y diálogo expuestos anteriormente.

Dicho de otro modo, no es un mundo en el que todos puedan hacer lo que quieran ni un mundo sin diferencias de poder palpables y consecuentes, y presupone un cierto grado de jerarquía. «Aquellos [poderes] que no son tan grandes», añadió, «pueden participar en un mundo multipolar» a través de estructuras basadas en organizaciones regionales, como la ASEAN, el Consejo de Cooperación del Golfo, la Unión Africana y la Liga de Estados Árabes. Así que, punto número dos para llevar: aunque jerárquico, el modelo de multipolaridad de Lavrov prevé un lugar para todos los estados de una manera concreta y organizada.

El tercer punto que Lavrov planteó sobre la multipolaridad se refería a una organización internacional específica, a saber, el G20, que, según él, «podría desempeñar un papel muy positivo en el proceso de multipolaridad». Señaló que el G20 practica una regla de consenso y no se basa en votos. En cuanto al contexto, a día de hoy, el G20 reúne a estados y organizaciones internacionales; su peso económico es enorme, con más del 80 % del producto mundial bruto (PMB) y el 75 % del comercio internacional. Sus estados miembros (sin contar las organizaciones internacionales) albergan al 56 % de la población mundial. Además, y este punto puede ser muy importante para que Lavrov lo destaque, reúne a estados del Sur Global (como Sudáfrica y Brasil), del Este (Rusia y China) y del Occidente tradicional (EE. UU., por ejemplo). En cualquier caso, Lavrov incluso contrastó positivamente el G20 con la ONU, a la que claramente ve como paralizada.

Quizá, el punto más importante que se desprende de la teoría de la multipolaridad de Lavrov se puede ver mejor si damos un paso atrás: para los líderes rusos, un mundo multipolar no es una utopía, sino una «tendencia histórica» inevitable (un término que Lavrov utilizó en el Consejo Empresarial). No es una opción, sino un hecho del presente y del futuro. Y, en consecuencia, el proyecto de los líderes rusos no consiste tanto en luchar por la multipolaridad —ya que de todos modos está ocurriendo— sino en pensar en términos concretos y prácticos sobre cómo darle forma. Es decir, Moscú está por delante de aquellos que aún no pueden entender el hecho de que la multipolaridad está llegando, hagan lo que hagan o digan lo que digan. Aquellos en Occidente que quieren opinar sobre lo que está por venir, mejor que se pongan al día, y el programa es el mundo multipolar.

III. La teoría del pragmatismo (político) de Lavrov

Lo primero que hay que señalar aquí es que el enfoque de Lavrov es tan práctico que ni siquiera utilizó el término «pragmatismo» en sí, sino solo la palabra «práctico». Eso puede tener algo que ver con lo que Lavrov ve claramente como lo contrario de «práctico», es decir, lo que sea «ideológico». Para Lavrov, por ejemplo, obtener un beneficio mutuo de la convergencia de intereses nacionales (cuando estos convergen; véase más arriba en «teoría de la normalidad») es «práctico» y, por supuesto, algo muy bueno. Lo que él entiende por «ideológico» queda ejemplificado en la estrategia suicida (si es que se puede llamar así) de Alemania de aislarse de la energía rusa barata y, por tanto, desindustrializar su propia economía. Llámelo auto-Morgenthauing, si lo desea. Y toda esta locura para lograr, en palabras de Lavrov, el objetivo «ideológico» de derrotar a Rusia.

Por lo tanto, el pragmatismo de Lavrov es realmente sentido común (en el mejor sentido del término) y su término «ideología» no representa sistemas de creencias políticas complejos y explícitos, sino una mezcla de tontería, prejuicio y arrogancia. En otras palabras, si tratamos estas declaraciones, de nuevo, como indicativas de cómo ven ahora el mundo los dirigentes rusos, entonces es exactamente lo contrario de lo que los principales medios de comunicación occidentales están (absurdamente) tratando de hacernos creer: Moscú no persigue objetivos insensatos, como reconstruir la Unión Soviética o abrevar a los caballos cosacos en el Rin y el Sena.

En cambio, su enfoque se basa en el sentido común en la búsqueda de objetivos de interés nacional que sean beneficiosos y al mismo tiempo realizables. De hecho, Moscú (con razón) ve que gran parte de Occidente (ahora, tal vez, con suerte, menos Washington) se guía por el pensamiento (no) «ideológico», es decir, ilusorio, poco realista y estereotipado, que los principales medios de comunicación occidentales adoran proyectar falsamente sobre Rusia. Lo que Lavrov está diciendo es: ¿Buscan una voz de la razón? Esa seríamos nosotros. No duden en unirse a nosotros.

Como se ha mencionado anteriormente, hubo muchos más puntos dignos de mención. Mi recomendación es que escuche toda la entrevista con atención. Las detalladas declaraciones de Lavrov sobre las causas de la guerra de Ucrania, la negativa de Rusia a permitir que la OTAN integre Eurasia y los tres puntos cruciales en los que Ucrania (y Occidente) podrían haber conseguido mejores acuerdos, por ejemplo, no son del todo sorprendentes, pero merecen una atención especial.

Parte de la entrevista también es entretenida: la «Führer» de la UE (término de Lavrov) Ursula von der Leyen y el Napoleón de bolsillo francés (término mío) Emmanuel Macron reciben sus merecidos golpes laterales.

Para este texto, sin embargo, me he centrado en lo que creo que son temas subyacentes importantes. Espero que los lectores lo encuentren útil.

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6. La pelota está en el tejado de Trump

Escobar, con su estilo sarcástico, analiza la negativa de Putin a la propuesta de alto el fuego norteamericana.
https://www.unz.com/pescobar/

Putin quita las máscaras de la tregua Kabuki

Pepe Escobar • 14 de marzo de 2025

Putin nunca sacrificará las exigencias de «indivisibilidad de la seguridad» de Rusia planteadas a Washington en diciembre de 2021, y que recibieron una respuesta de no respuesta.

El «alto el fuego» anunciado con grandilocuencia característica por el Equipo Trump 2.0 debe verse como un kabuki de mal gusto dentro de una barata matrioska.

A medida que vamos quitando las sucesivas máscaras, la última que queda dentro de la matrioska es un travesti despierto y bailarín diminuto: un Minsk 3 en drag.

Ahora, vamos con un nuevo «alto el fuego»: el presidente Putin con uniforme solo por segunda vez desde el inicio de la OMS, muy serio, visitando el frente en Kursk.

Finalmente, la señal de la operación de retirada real: la conferencia de prensa de Putin después de su reunión con Lukashenko en Moscú.

¿Cese al fuego? Por supuesto. Lo apoyamos. Y luego, metódica y diplomáticamente, el presidente ruso hizo un Caravaggio y se lanzó a un claroscuro total sobre cada detalle geopolítico y militar de la táctica estadounidense. Una deconstrucción ingeniosa y consumada.

Resultado final: la pelota está ahora de nuevo en el tejado de Donald Trump. Por cierto, el líder del Imperio del Caos en proceso de renovación que no tiene (cursiva mía) las cartas.

El arte del matiz diplomático

Así es como funciona la diplomacia al más alto nivel, algo fuera del alcance de los palurdos estadounidenses de la variedad Rubio.

Putin tuvo la amabilidad de agradecer «al presidente de los Estados Unidos, el Sr. Trump, por prestar tanta atención a la resolución del conflicto».

Después de todo, los estadounidenses también parecen estar involucrados en «lograr una noble misión, una misión para detener las hostilidades y la pérdida de vidas humanas».

Luego fue a por el golpe de gracia: «Este alto el fuego debería conducir a una paz a largo plazo y eliminar las causas iniciales de esta crisis».

Como en todos los imperativos clave de Rusia, ampliamente conocidos desde al menos junio de 2024, tendrán que ser satisfechos. Después de todo, es Rusia la que está ganando la guerra en el campo de batalla, no Estados Unidos, la OTAN, ya fragmentada, y mucho menos Ucrania.

Putin se mostró inflexible con el alto el fuego: «Estamos a favor».

Pero hay matices; una vez más, se llama diplomacia. Empezando por la verificación, posiblemente el quid de la cuestión en el razonamiento de Putin:

«Estos 30 días, ¿cómo se utilizarán? ¿Para continuar la movilización forzosa en Ucrania? ¿Para recibir más suministros de armas? ¿Para entrenar a las unidades recién movilizadas? ¿O no sucederá nada de esto?

¿Cómo se resolverán las cuestiones de control y verificación? ¿Cómo podemos tener la garantía de que no sucederá nada de esto? ¿Cómo se organizará el control?

Espero que todo el mundo entienda esto con sentido común. Todos estos son problemas graves».

No: la eurocracia colectiva, sumida en una rusofobia demencial, no entiende el «sentido común».

Una vez más, Putin se remitió, diplomáticamente, a la «necesidad de trabajar con nuestros socios estadounidenses. Quizá hable con el presidente Trump».

Así que habrá otra llamada telefónica pronto.

Trump, por su parte, que siempre flota en las nubes de la grandilocuencia, ya ha ejercido «presión» en las negociaciones, incluso antes de la detallada respuesta de Putin al kabuki del alto el fuego.

Ha aumentado las sanciones al petróleo, el gas y la banca rusos, permitiendo que la exención a las ventas de petróleo ruso expire esta semana.

Eso significa en la práctica que los vasallos de la UE y otros «aliados» variados ya no pueden comprar petróleo ruso sin evadir las sanciones de EE. UU.

Incluso antes de eso, elementos de la banda criminal de Kiev estaban suplicando más sanciones a Rusia como parte de un plan de «paz». Trump obviamente estuvo de acuerdo eludiendo la diplomacia básica una vez más. Solo aquellos con un coeficiente intelectual inferior a cero pueden creer que Moscú apoyará un alto el fuego o un «proceso de paz» cuando está siendo sancionada por intentar poner fin a una guerra que en realidad está ganando en el campo de batalla, desde Donbass hasta Kursk.

Las sanciones tendrán que estar en el centro de las posibles negociaciones entre Estados Unidos y Rusia. Al menos algunos de esos miles tendrán que irse desde el principio. Lo mismo ocurre con los aproximadamente 300 000 millones de dólares en activos rusos «incautados» (es decir, robados), la mayoría de ellos aparcados en Bruselas.

Anexo, luego existo

El cuadro de Caravaggio sobre el alto el fuego de Putin revela que no tiene ningún interés en enemistarse con el notoriamente volcánico Trump, ni en poner en peligro la posibilidad de una distensión entre Estados Unidos y Rusia.

En cuanto a Kiev y los euro-chihuahuas, siguen en el menú, y no en la mesa.

Como era de esperar, los medios de comunicación occidentales, como una ola de detritus tóxicos golpeando una orilla prístina, están haciendo girar que Putin dijo «Nyet» a la táctica del alto el fuego como preludio para frustrar cualquier negociación al respecto.

Estos especímenes no entenderían el significado de «diplomacia» ni aunque fuera un cometa atravesando los cielos.

En cuanto al giro sobre los británicos «ayudando» a los estadounidenses y a los ucranianos a inventar la táctica del alto el fuego, eso ni siquiera califica como un sketch de mierda de Monty Python.

Las clases dirigentes británicas, el MI6, sus medios de comunicación y sus think tanks simplemente aborrecen cualquier negociación. Están en guerra directa y frontal con Rusia, y su plan A, sin plan B, sigue siendo el mismo: infligir una «derrota estratégica» a Moscú, como el SVR sabe de sobra.

El quid de la cuestión es el Mar Negro. El análisis de Vladimir Karasev, tal y como explicó a TASS, es acertado: «Los británicos ya han entrado en la ciudad de Odesa, que consideran un lugar clave. Sus servicios especiales están muy involucrados allí. Los británicos no ocultan su deseo de establecer una base naval en Odesa».

Odesa ya forma parte del extenso menú de recursos de Ucrania, en tesis, entregado a los británicos en virtud del turbio —y completamente ilegal— acuerdo de 100 años firmado entre Starmer y la sudadera sudada en Kiev.

Según el turbio acuerdo y sus notas a pie de página hechas a la sombra, Zelensky ya cedió a los británicos todo tipo de control sobre minerales, centrales nucleares, instalaciones subterráneas de almacenamiento de gas, puertos clave (incluido el de Odessa) y centrales hidroeléctricas.

En la actual saga de los minerales/tierras raras en 404, o lo que quede de ella, los británicos están en una competencia feroz y directa con los estadounidenses. La CIA obviamente está al tanto. Todo esto se pondrá muy feo en poco tiempo.

Un debate serio que se está llevando a cabo en círculos informados en Moscú es que Putin nunca sacrificará las demandas de «indivisibilidad de la seguridad» de Rusia planteadas a Washington en diciembre de 2021, y que se encontraron con una respuesta de no respuesta. La OTAN, por supuesto, nunca estará de acuerdo. La decisión final tendrá que venir de POTU.S.

Y eso nos lleva al papel, en última instancia patético, de la OTAN, ilustrado gráficamente por el POTU.S., en el Despacho Oval, ampliando alegremente su impulso de anexionar tanto Canadá como Groenlandia, ambos parte de la OTAN, justo delante del lamentable tonto holandés Tutti Frutti o-Rutti, el secretario general de la OTAN.

Esa amorfa losa de queso gouda holandés rancio no solo no emitió ni un pío sobre las anexiones: estaba reluciente como un bebé frente a Trump.

Eso fue la OTAN desnuda: la Voz de su Amo manda como él quiere, y sea lo que sea que decida, incluso la «seguridad» y la integridad territorial de los estados miembros pueden estar en peligro. Así que vuelvan a jugar en su cajón de arena. Adelante con la próxima llamada telefónica entre Putin y Trump.

(Publicado por Strategic Culture Foundation con permiso del autor o representante)

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7. La violencia extractivista

Un repaso al extractivismo de los recursos fósiles, especialmente en África, en esta reseña del libro de Adam Hanieh. https://roape.net/2025/03/12/

Crude Capitalism: Conectando el Delta del Níger, Palestina y el sistema global de explotación 12 de marzo de 2025

En esta reseña del reciente libro de Adam Hanieh, Crude Capitalism: Oil, Corporate Power, and the Making of the World Market, Amina Adebisi Odofin destaca sus conexiones con el Delta del Níger, Palestina y el sistema global de explotación.

La violencia de la extracción, argumenta Odofin, no se limita a los campos petrolíferos o a la degradación ecológica. La violencia de la extracción se extiende hasta el borrado de futuros enteros, incluido el futuro de la vida misma. Por Amina Adebisi Odofin La violencia de la extracción, argumenta Odofin, no se limita a los campos petrolíferos o a la degradación ecológica. La violencia de la extracción se extiende hasta el borrado de futuros enteros, incluido el futuro de la vida misma.

Por Amina Adebisi Odofin

El último libro de Adam Hanieh, Crude Capitalism: Oil, Corporate Power, and the Making of the World Market, ofrece una exploración crítica de las intersecciones entre la extracción de recursos y el capitalismo global, exponiendo las fuerzas de desposesión y explotación que sustentan los imperios corporativos y el sistema mundial moderno. Al diseccionar cómo los combustibles fósiles y otros recursos están integrados en la lógica del capital y la construcción de imperios, Hanieh ilumina los profundos costes de este sistema. Aunque su atención se centra principalmente en los países del Golfo y Oriente Medio, su marco también puede aplicarse a África, en particular al delta del Níger, donde la extracción de petróleo ha ejemplificado durante mucho tiempo estas dinámicas.

Comprender la importancia del delta del Níger en el mercado mundial del petróleo proporciona información esencial sobre las implicaciones más amplias de la extracción de recursos. Como principal exportador de petróleo de África, Nigeria ocupa entre el noveno y el decimoquinto lugar a nivel mundial, según el tipo de informe que consultemos. El delta del Níger, situado en el sureste de Nigeria, es la región petrolera más rica de África, pero su riqueza contrasta con las pésimas condiciones de vida de sus habitantes. La esperanza de vida en el delta ronda los 41 años, y tiene algunas de las tasas más altas del mundo de cáncerpobreza, desempleo y violencia. La educación y las infraestructuras están muy por detrás de otras regiones, lo que refleja el abandono sistémico de la región.

Raíces coloniales de la explotación petrolera en Nigeria

El descubrimiento del potencial comercial del petróleo en el delta del Níger se remonta a 1956, justo antes de la independencia de Nigeria en 1960. Bajo el dominio colonial británico, la empresa británica Shell (entonces Shell BP) obtuvo el monopolio de la extracción de petróleo. Los archivos de los Archivos Nacionales Británicos revelan que las licencias de exploración concedidas a Shell eran válidas por 30 años, lo que garantizaba el control continuo del petróleo de Nigeria por parte de sus gobernantes coloniales incluso después de la independencia.

Este acuerdo ejemplifica lo que el erudito ghanés y primer primer ministro de la Ghana independiente, Kwame Nkrumah, denominó «neocolonialismo», donde la independencia política enmascara la dominación económica continuada. Aunque el monopolio de Shell terminó con la independencia de Nigeria, las compañías petroleras estadounidenses como ExxonMobil y Chevron se trasladaron rápidamente, reflejando su expansión en los países del Golfo durante el mismo período, como también se explica en Crude Capitalism de Hanieh.

En Crude Capitalism, Hanieh analiza cómo el petróleo es invisible, pero también lo es su contaminación. El poder destructivo del petróleo no siempre es obvio. No se trata solo de los derrames de petróleo que se asientan en la superficie de la tierra o el mar; el daño puede ser invisible, como el aire contaminado o la lluvia tóxica. Recuerdo haber entrevistado a una activista ecofeminista en su jardín delantero en el delta del Níger. Empezó a llover, y no le di importancia con 40 grados de calor. Pero ella se apresuró a entrar, advirtiéndome que la lluvia, contaminada por la quema de gas, podría quemarme la piel. Son estas devastaciones silenciosas las que revelan las cicatrices más profundas de la extracción de petróleo, erosionando lentamente la salud y los ecosistemas sin que el resto del mundo se dé cuenta.

Conectando Nigeria y Palestina

Si no conocía la catástrofe ecológica de Nigeria provocada por el petróleo, puede deberse a que el antiblackness es un fenómeno global que determina lo que se considera digno de atención. Incluso los discursos medioambientales, que afirman dar prioridad a la vida y la sostenibilidad, a menudo reproducen estas jerarquías de valor. La invisibilización del sufrimiento de los negros y los indígenas y la destrucción del medio ambiente en lugares como el delta del Níger refleja el profundo enredo del antiblackness con el pensamiento ecológico.

Algunas ecologías se consideran dignas de preservación y cuidado, mientras que los entornos negros e indígenas, como el delta del Níger o Palestina, son tratados como zonas desechables y sacrificables que existen únicamente para servir al consumismo occidental o a las estructuras supremacistas blancas. Las organizaciones medioambientales más grandes y ricas han guardado silencio sobre el ecocidio que se está produciendo en Gaza desde hace más de un año. La resistencia ecológica también se invisibiliza: el movimiento contra los capitalistas petroleros en el delta del Níger comenzó mucho antes de la llegada de las organizaciones medioambientales internacionales lideradas por Occidente; piense en Ken Saro-Wiwa y los Nueve Ogoni.

Las infraestructuras petroleras que dominan los paisajes del delta del Níger, en particular las operadas por corporaciones como Shell, han destruido ecosistemas, envenenado comunidades y arraigado la violencia estructural. Estas dinámicas no son aisladas y se extienden más allá de las fronteras del delta del Níger. Se conectan con otras geografías de extracción y despojo, como Palestina. Desde hace 466 días, los palestinos han estado transmitiendo en directo su genocidio al mundo, después de resistir y seguir resistiendo al colonialismo de los colonos durante más de 76 años. La entidad sionista, Israel, se ha mantenido gracias a las redes globales de capital, poder político y flujos de recursos, incluido el petróleo, como demuestra Hanieh en su libro.

El mismo crudo extraído del delta del Níger alimenta en parte la maquinaria de la ocupación israelí, vinculando el despojo de las vidas y las tierras palestinas a la explotación de los recursos nigerianos. Alrededor del 37 % del petróleo utilizado por Israel procede de tres países africanos: el 22 % de Gabón, el 9 % de Nigeria y el 6 % de la República del Congo. Este mismo crudo, producido en medio del sufrimiento de las comunidades del delta del Níger, alimenta la ocupación de las tierras palestinas.

Tanto Nigeria como Palestina comparten una historia de dominio colonial británico, que sentó las bases de sus luchas actuales. En Nigeria, las políticas coloniales británicas aseguraron que la riqueza de la extracción de petróleo permaneciera bajo control externo, como lo demuestran los acuerdos de 30 años de Shell asegurados antes de la independencia. Del mismo modo, en Palestina, el colonialismo británico facilitó el establecimiento de estructuras sionistas, que desde entonces han evolucionado hacia un sistema de despojo y ocupación continuos.

El legado de la guerra de Biafra

A diferencia de la guerra de los seis días en Oriente Medio, que se libró entre diferentes naciones, la guerra de Biafra también se conoce como la guerra civil nigeriana. El conflicto duró desde el 6 de julio de 1967 hasta el 15 de enero de 1970, tras la proclamación de independencia de la zona sudoriental como República de Biafra. Esta región abarca la mayor parte del territorio del delta del Níger. Las causas subyacentes de este conflicto interno fueron multifacéticas, abarcando divisiones étnicas, inestabilidad gubernamental y, lo que es más significativo, la lucha por el control de los recursos petrolíferos.

La población del delta del Níger consideraba que los ingresos del petróleo se concentraban principalmente en ciudades como Lagos y Abuja, mientras ellos se empobrecían, a pesar de vivir sobre estos campos petrolíferos. La guerra fue testigo de combates devastadores entre el gobierno nigeriano, respaldado por las potencias europeas, y las fuerzas biafranas. Un bloqueo nigeriano provocó una hambruna masiva, que causó entre uno y tres millones de muertes, en su mayoría civiles. Biafra se rindió en 1970 y Nigeria adoptó una política de «ni vencedor ni vencido», pero la guerra dejó cicatrices duraderas en el panorama étnico y político de la nación y en el control del petróleo.

A pesar de la brutalidad de la guerra civil, gigantes petroleros como Eni (una compañía italiana de gas y petróleo) y Shell mantuvieron sus operaciones sin disculparse, sin mostrar signos de detener sus actividades. Vemos un comportamiento similar hoy en día en Palestina, donde a Shell y Eni se les concedieron licencias de exploración pocas semanas después del genocidio de Gaza. La búsqueda de petróleo y gas en medio de un genocidio expone de alguna manera la moral y la ética de estas corporaciones fósiles y lo mucho que valoran los fósiles por encima de las vidas humanas.

Esta conexión expone una verdad más amplia, que la violencia de la extracción no se limita a los campos petrolíferos o a la degradación ecológica, aunque esto es lo que los ecologistas convencionales impulsarán, como un intento de despolitizar las catástrofes climáticas. La violencia de la extracción se extiende hasta el borrado de futuros enteros: el futuro de los estudiantes, del conocimiento y de la vida misma.

La destrucción por parte de Israel de todas las universidades de Gaza ha eliminado espacios que fomentaban la resistencia, la creatividad y la esperanza. Esto es lo que revela una ecología negra cuando observamos más de cerca el petróleo: que la lógica del capitalismo racial y el colonialismo no se limitan a un lugar o un tiempo. Operan a través de las fronteras, vinculando Nigeria, Palestina y otros lugares de lucha en una historia compartida de extracción, violencia y resistencia.

Amina Adebisi Odofin es una nigeriana marroquí candidata a doctorado en el Grupo de Investigación de Conflictos de la Universidad de Gante. Investiga el perdurable legado colonial de la petropolítica en el delta del Níger, examinando su intersección con el género y sus manifestaciones espaciales en los paisajes de la región.

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8. El destino y Trump

Las referencias de Trump al «destino manifiesto» en su discurso inaugural sorprendió al autor, que no lo consideraba un «excepcionalista», y pasa a continuación a repasar la tradición histórica de la política exterior estadounidense. https://newleftreview.org/

¿Destino americano?

Anders Stephanson 14 de marzo de 2025

Cuando Donald Trump invocó el «destino manifiesto» en su discurso inaugural, lo hizo en su significado más antiguo como expansión territorial: el derecho americano predestinado y otorgado por Dios a reclamar y adquirir nuevas tierras, de forma más extravagante que nunca en este caso, colocando una bandera americana en Marte (un regalo para Elon Musk). El término «destino manifiesto» se acuñó en este sentido en la década de 1840, cuando la Unión estaba a punto de absorber el territorio desde Texas hasta California en el suroeste y Oregón en el noroeste, con el objetivo de «extenderse por todo el continente». Trump también imaginó la nación restaurada bajo su liderazgo rebosante de «excepcionalismo», de hecho, «mucho más excepcional que nunca». Estados Unidos, deprimido, se convertiría en un país aún más estadounidense, haciéndolo brillantemente adecuado a su concepto. Su perorata sobre el Estado de la Unión ante el Congreso seis semanas después predijo un futuro glorioso para «la civilización más dominante de la historia», ahora que se había recuperado «el poder imparable del espíritu estadounidense».

Estas fueron ocasiones para el exceso retórico, al que Trump se inclina de todos modos. Pero, sin embargo, me sorprendió la referencia. No lo tenía como un excepcionalista ni, para el caso, como un «destinatario». Plantear la cuestión de esa manera puede, de hecho, atribuir a la política de Trump una coherencia y una profundidad que no tiene. Rasque la superficie y la esencia ideológica parece ser la persona del propio Donald Trump. Caprichos, mentiras, trampas, ilegalidades, egocentrismo, venganza, brutalidad, cinismo sin límites y toda una serie de prejuicios espantosos: ¿se puede resumir todo esto en una «posición»? Parece que no. Y, sin embargo…

Cuando empecé a pensar en Trump hace diez años, todavía era una especie de celebridad turbia en Nueva York, un advenedizo con una carrera accidentada en el desarrollo inmobiliario, construida originalmente sobre el imperio de su padre de edificios de apartamentos monótonos en los barrios periféricos y luego trasladada a los deslumbrantes alrededores de la ciudad (es decir, Manhattan); un capitalista de riesgo que había fracasado más de una vez y solo encontró su nicho (después de convertirse en una «marca» de licencias) como maestro de un programa de juegos en televisión basado en la falsa idea de que era el mejor agente inmobiliario de la historia, o algo por el estilo. Pero ahora, a pesar de no tener experiencia política alguna, a Trump se le había metido en la cabeza que podría beneficiarle presentarse a las saturadas primarias republicanas para la nominación presidencial.

Era difícil tomarlo en serio y no era obvio que él mismo lo hiciera, dada la corriente de opiniones escandalosas y menosprecios que desataba. Pensé que era un farsante, un demagogo cuyo elemento natural no era la política, sino el negocio teatral de la lucha libre profesional y el concurso de Miss Universo (había tenido intereses financieros en ambos). Que llegara a la nominación me pareció muy descabellado. La élite republicana, sin duda, pondría fin a ello. Trump acabó con esa ilusión. A pesar de algunos contratiempos, procedió a pulverizar a la multitud de rivales (Jeb Bush, Marco Rubio y Ted Cruz entre los más destacados) con grandilocuencia, intimidación y ridículo, iniciando así su asombrosa subyugación del Partido Republicano. Una década después nos encontramos, fantásticamente, con el enfermo y pronto a partir Mitch McConnell como una figura solitaria de la oposición.

La segunda presidencia de Trump, a diferencia de la primera, está bien preparada, es disruptiva y bastante peligrosa. Después de cuatro años en tierra de nadie legal, Trump ha perfeccionado su actuación: tiene confianza y control, ejerce el poder de forma decretal como le parece y a menudo sin fundamento constitucional, con un ojo puesto, como siempre, en lo que funciona en pantalla. Su comentario espontáneo tras el altercado con Zelensky en el Despacho Oval —«será grande para televisión»— fue acertado, sintomático de una figura orientada a la imagen mediática y no dada a la lectura. Lo que me interesa de sus primeros movimientos e incursiones en las relaciones exteriores es cómo encajan con otras ofensivas en la historia de Estados Unidos. El discurso de Trump ante el Congreso reiteró las anteriores conversaciones sobre comprar o «tomar» Groenlandia de Dinamarca, retomar la Zona del Canal de Panamá, convertir a Canadá en el estado número 51 y convertir a Gaza en un complejo turístico inspirado en Jared y limpio de palestinos. México, por el contrario, será amurallado, marcado en la mente de Trump por violadores, cárteles de la droga y millones de personas indeseables. México y Canadá se verían afectados simultáneamente por fuertes aranceles, las dos naciones que dependen económicamente en mayor medida de las exportaciones a Estados Unidos. Ucrania, por su parte, será amenazada para que firme algún acuerdo de «paz» y ofrezca recursos minerales adecuados para Estados Unidos. Rusia disfrutará de la eliminación de las sanciones y la normalización de las relaciones. ¿Qué pasa con Europa, o lo que cuenta para ella? No es muy importante y, en cualquier caso, está muy atrasada en su gasto en defensa.

Los objetivos inmediatos de la hostilidad aquí son principalmente los «aliados», aliados que supuestamente disfrutan de la protección estadounidense a bajo precio mientras se dan un festín con las bondades de una economía estadounidense abierta. El remedio, por supuesto, es poner a Estados Unidos primero haciéndoles pagar; pagar mucho más por su seguridad y pagar mucho más en aranceles. La era del parasitismo llegará a su fin. Más allá de la temática de los aliados ingratos e intrigantes y la aparente arbitrariedad de la lista, el marco aquí es realmente un ataque al «orden mundial liberal», como se le ha conocido retrospectivamente en la última década más o menos. Más concretamente, es un ataque al papel de Estados Unidos como condición de posibilidad, el quid de la cuestión, de ese orden.

Tanto los defensores como los trumpistas piensan que toda la era de la posguerra (digamos, de 1947 a 2017 o 2025) puede periodizarse en consecuencia: el orden fue construido, engrasado y protegido por EE. UU. Los liberales aplauden este sistema mundial de capitalismo, comercio bastante abierto y, a veces, democracia, mientras que los trumpianos piensan que la nación se ha estado disparando en el pie. Otra forma de delinear el contraste es decir que los liberales consideran a Estados Unidos «la nación indispensable» , un término inventado durante la administración Clinton a finales de la década de 1990, pero que condensa bastante bien cómo se ha visto a sí misma la clase dirigente de la política exterior en un espíritu bipartidista desde el Plan Marshall y la fundación de la OTAN, mientras que los trumpianos, sin interés en normas difusas, democracia nominal o dirigir un sistema mundial abierto, ponen a Estados Unidos en primer lugar y cultivan relaciones cómodas con personas de ideas afines en otros lugares, como Putin.

Las credenciales liberales del orden mundial liberal están sujetas a cuestionamientos históricos: la periodización subsume la Guerra Fría, por ejemplo, y el «mundo libre» a menudo no era muy libre. Sin embargo, desde el momento original después de la Segunda Guerra Mundial, el escenario de la indispensabilidad y la noción de «mundo libre» pueden verse como ejemplos del consagrado tropo estadounidense de un «destino» nacional sobredeterminado. Pocos en la cultura política de Estados Unidos cuestionarían la afirmación de que «América», de principio a fin, siempre ha tenido un significado histórico mundial y una eventual preeminencia. La historia mundial «depende» de lo que Estados Unidos haga y deje de hacer. Uno podría discrepar sobre el origen último de esta feliz circunstancia, ya sea Dios, la Historia Progresista o la historia en el sentido de hecho contingente pero innegable. También se podría discrepar sobre las tareas asignadas y las implicaciones que conllevan; básicamente, la intervención en la política mundial o la retirada de la misma.

Sin embargo, sobre la naturaleza histórica mundial del proyecto estadounidense en sí mismo podría haber pocas discrepancias. En esto, los internacionalistas liberales y los trumpianos están de acuerdo. También están de acuerdo en la necesidad imperiosa de actuar con vigor, aunque discrepan en cuanto a la forma que debe adoptar ese vigor y el fin que persigue. En última instancia, sin embargo, no hay ninguna necesidad real de que los trumpianos apelen a ningún poder trascendente, legitimador o gobernante, ya sea religioso o secular. Lo que importa es el ejercicio del poder estadounidense para tales fines, definidos de manera estricta, como uno considere oportuno. En resumen, lo que decidamos hacer es correcto porque creemos que es correcto y tenemos el poder para hacerlo. Si se le presiona contra la pared, sin duda, Trump afirmaría que este derecho y poder de Estados Unidos, su propia grandeza y esplendor, está sancionado (como él) por una autoridad superior, Dios o lo que sea. Eso, sin embargo, es evidente y, por tanto, no es el factor operativo. El destino restaurado es simplemente lo que hace que el espacio y el lugar de «Estados Unidos» sean competitivamente inigualables, un Estados Unidos rebosante de «excepcionalismo». El resto es pura palabrería.

Las reflexiones de Trump sobre el «excepcionalismo» y el «destino manifiesto» pueden, por tanto, significar poco más allá de la piedad, si acaso. Resulta tentador considerar su concepción aquí como una forma de pensamiento inmobiliario, que (a menudo) implica un juego de suma cero: o lo tengo yo o lo tienes tú. No hay ningún principio moral asociado a la propiedad como tal. Se trata de poder, control territorial, proyectos y financiación. Su apuesta sin complejos en Gaza, por ejemplo, se justifica por sí misma. Cuando se le preguntó con qué autoridad «tomaría» Gaza y la convertiría en un complejo turístico, respondió sin pestañear: «con la autoridad de Estados Unidos». El objetivo es una oportunidad contingente. El destino entra en juego solo como el derecho histórico mundial a actuar como uno considere oportuno.

Sin embargo, sigue siendo cierto que el impulso de Trump es notablemente espacial y, de alguna manera vaga, está relacionado con la antigua noción de «destino manifiesto» como expansión continental hacia el oeste, a través de la frontera móvil. Ha mirado el mapa y ha encontrado Groenlandia en América del Norte y disponible: «una población muy pequeña pero un pedazo de tierra muy, muy grande», como lo describió sucintamente al Congreso. Así que, de una forma u otra, Dinamarca, aliada de la OTAN, será despojada de su (bastante limitado) poder aquí y reemplazada por unos Estados Unidos benevolentes. No es que los menos de sesenta mil ciudadanos de Groenlandia vayan a constituir un estado en la Unión, por supuesto. Groenlandia será para siempre un territorio no incorporado, una versión enorme de Guam.

Es en el mismo contexto, pero en un idioma diferente, que Trump está poniendo su mirada codiciosa en Canadá. Trudeau hizo bien en tomar la idea de Trump de anexión como una propuesta real. Después de todo, es una idea antigua, que se remonta al menos a Thomas Jefferson a principios del siglo XIX y que ha estado intermitentemente en el aire desde entonces, incluso después de que Canadá se convirtiera en un estado unificado en 1867, el año en que el secretario de Estado William Seward compró Alaska a Rusia. Puede parecer un poco extraño adquirir un estado de cuarenta millones de personas de lealtades políticas inciertas y un área más grande que todos los EE. UU. Uno no agrega un estado y dos senadores a menos que esté bastante claro a quién apoyarán. Sería aún más tonto desde un punto de vista republicano convertir los diez territorios individuales de Canadá en diez estados. ¿No pasarían a ser demócratas? Alaska y Hawái se unieron finalmente en 1958-59 porque se suponía que uno era republicano y el otro demócrata, lo que efectivamente resultó ser el caso, aunque inesperadamente con sus etiquetas políticas invertidas.

En resumen, hay rumores subterráneos de destinarianismo en el escenario de Trump para un nuevo mapa de América del Norte y unos EE. UU. enormemente expandidos. Puede ser útil situar esos rumores con mayor precisión en el contexto de momentos pronunciados en los que la noción histórica mundial estadounidense se articuló en movimientos expansivos frente al exterior. Tengo en mente cuatro momentos históricos de este tipo: las décadas de 1830 y 1840, que culminaron en la guerra entre México y Estados Unidos, 1846-48; 1898: la guerra con España, la conversión de Cuba en protectorado, la anexión de Puerto Rico, Guam y Filipinas anexionadas, seguidas de la contrainsurgencia contra la resistencia nativa en este último; el proyecto y fracaso de Woodrow Wilson (1917-1919); y la Guerra Fría (1946-1963, «líder del mundo libre»). En cada caso, diferentes coyunturas y movimientos que responden a diferentes preguntas y objetivos:

En 1846, el objetivo era la expansión continental, sin que estuviera claro hasta dónde hacia abajo y hacia arriba, pero esencialmente la colonización contigua hacia el oeste, siendo el «destino» (y la meta) la dominación y apropiación de una parte muy sustancial de América del Norte.

En 1898, el objetivo era sacar a España de Cuba y el Caribe, lo que inesperadamente dio lugar a que Estados Unidos se convirtiera en una potencia naval y «civilizadora» en Asia-Pacífico, una comprensión diferente del «destino» muy en sintonía (durante un breve periodo) con el imperialismo europeo contemporáneo, en el caso de Estados Unidos vendido como un imperio civilizatorio de una escala, competencia y poder supuestamente inigualables. Las nuevas posesiones se enmarcaron fuera de la réplica de la mismidad original («territorio» que se convierte en un nuevo «estado») que era el brillante concepto de expansión política hasta entonces. Nadie en 1898 ni en adelante pensó que Guam se convertiría en un estado. Fue, en virtud de una decisión del Tribunal Supremo, definido como un «territorio no incorporado», un instrumento del Congreso de los Estados Unidos para ser manejado según el caso lo requiera. La adquisición imperial de territorios llegó entonces a su fin porque el mundo ya estaba dividido y, en cualquier caso, la Primera Guerra Mundial lo hizo políticamente dudoso, lo que no quiere decir que las posesiones, excepto Filipinas, fueran entonces cedidas. El control de los mercados se hizo más importante que la propia tierra en este período, aunque los recursos naturales y los intereses estratégicos prolongaron el colonialismo.

En 1917-19, el destino se materializó en el inútil intento de Wilson de transformar el orden mundial de acuerdo con un simulacro de «principios estadounidenses», que él consideraba universales, entre los que destacaba la «autodeterminación». Todo ello encontraría una forma organizativa en la Sociedad de Naciones, en la que Estados Unidos debía desempeñar un papel crucial (que, como es sabido, no se produjo). El destino de EE. UU. (y del propio Wilson) era también el destino del mundo, y fracasó.

Finalmente, en 1947-63 (con ecos desde entonces) surgió la figura de una hegemonía globalizada que resistía a las fuerzas del mal y mantenía la progresión desigual hacia un orden mundial propiamente liberal (bueno, tal vez no si se trata de Nixon/Kissinger). El papel de Líder del Mundo Libre —no exactamente libre, excepto en la medida en que estaba más allá del poder inmediato de la Unión Soviética (y la República Popular China)— se planteó en términos de deber y obligación: «Sabemos lo que pasó después del fracaso de Wilson. Solo nosotros podemos desempeñar el papel, etc.».

Para los trumpistas, la única resonancia temática en las cuatro figuraciones es la excepcionalista. Wilson y el papel neowilsoniano de asegurar el mundo libre son obviamente erróneos, de hecho, espectacularmente erróneos, la antítesis misma de America First. El expansionismo continental y el colonialismo son más agradables: Canadá por un lado, el Canal de Panamá por el otro; Andrew Jackson (identidad etnorracial y expansión por cualquier medio) y William McKinley (aranceles y colonialismo) por encima de Woodrow Wilson en cualquier momento. Quizá el siglo XIX sea, por tanto, la época en la que Estados Unidos fue realmente «grande». Si es así, no es un modelo fácil de reinventar.

El enfoque de los primeros cien días en el territorio en lugar de en los mercados parece extraño, pero, de nuevo, Trump piensa en términos de espacio y le da mucha importancia. También está el deseo de poner su nombre en las cosas o, en su defecto, cambiarles el nombre. Pero la medida más llamativa hasta ahora se encuentra en otro lugar: la feroz expansión del poder ejecutivo a nivel nacional, aplicando el enorme poder que siempre ha estado potencial y realmente alojado en la oficina presidencial con respecto a la política exterior al sistema a menudo inerte y lento del país, apuntando a él con una ráfaga de ataques disruptivos que, por supuesto, cuentan con la ayuda de un Congreso y un Tribunal Supremo dóciles. De hecho, los tribunales disidentes pueden tener un poder limitado para hacer cumplir la ley, en caso de que la Casa Blanca decida llevar las cosas al extremo. Ahora no estamos en esa situación, pero tenemos motivos para preocuparnos. Un estado de excepción no es en absoluto inconcebible.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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