Miscelánea (18/08/2022)

Del compañero Carlos Valmaseda, de Espai Marx.

1. Lo dice hasta Aramco

Hasta los tiburones que negocian con combustibles fósiles, como el autor de este tuit, citando a uno de los principales productores, la Aramco de Arabía Saudita, ponen fecha al fin de todo esto: en los próximos 8 años pronostican una brecha de 30 millones de barriles, es decir, de un 30%. Es la fecha que hemos utilizado siempre como referencia en el mundo peakoilero: 2030. Recordad que, entre otras cosas, la revista 15/15\15 se llama así porque en 2015 se pronosticaba que en 15 años -2030-, dispondríamos de un 15% de la disponibilidad de petróleo de la que ‘disfrutábamos’ entonces.

Fuente: https://twitter.com/Josh_Young_1/status/1559189575225991168

2. Por qué un vegetarianismo agroindustrial no es la solución

Interesante artículo de Gustavo Duch en su blog -y antes en CTXT-:

https://gustavoduch.wordpress.com/2022/08/16/capitalismo-vegano/

Capitalismo Vegano

Revista CTXT, 4 de agosto 2022

Hasta no hace mucho tiempo, seis o siete décadas atrás, la alimentación mayoritaria de la población rural era austera, equilibrada y sujeta a las posibilidades de sus territorios. En paralelo al desarrollismo y a la concentración de la población en las ciudades, desde centros de estudios, universidades y revistas de prestigio –en coordinación con la industria alimentaria– se difundió el mensaje de la necesidad de mejorar los patrones alimentarios, aumentando el consumo de proteínas, especialmente las de origen animal. A fuerza de mucha publicidad y propaganda, pensemos en el caso del fastfood, el mensaje permeó culturalmente y se instaló en el imaginario como el patrón a seguir. Para satisfacer esta demanda “creada”, se justificó, se agradeció y se encumbró a la industria alimentaria capaz de producir mucha leche, carne y sus derivados a precios baratos, sin contemplar ni preocuparse por sus desmedidas externalidades. Se llegó a despreciar y ridiculizar la alimentación y la agricultura tradicional, afectando cuerpos y territorios. De comprar y cocinar alimentos frescos se pasó a los ultraprocesados recalentados en el microondas y la industria salió claramente vencedora. Algo tan íntimo como nuestra alimentación ha acabado delegándose en pocas megaempresas controladas por fondos de inversión.

Sabiendo de lo ocurrido, y ahora que las tendencias alimentarias veganas están alcanzando cuotas importantes, ¿puede ser que se esté repitiendo la historia? ¿Es un éxito inducido culturalmente? Y, si fuera así, ¿son nuevos actores o los de siempre?

Aunque pueda parecer contradictorio, las principales empresas transnacionales de producción industrial de carne son quienes están detrás de los alimentos que, basados en vegetales o en proteínas cultivadas en laboratorios, se presentan como sustitutos de la carne, el pescado, los huevos y la leche. En el informe Proteínas y Políticas de la entidad Ipes-Food o en las páginas de la plataforma científica ALEPH2020 se puede encontrar mucha información sobre esta realidad. Por ejemplo, la empresa Vivera,

muy conocida en Alemania, Holanda y Reino Unido por sus más de cien referencias tipo salmón vegano o pollo kebab vegano, pertenece a la brasileña JBS, la mayor productora del mundo de carne avícola y de vacuno y la número dos en producción de carne de cerdo. En la cartera de JBS también descubrimos que es la accionista mayoritaria de la española BioTech Foods, dedicada al sector de la carne cultivada. En Estados Unidos, dos de las principales empresas cárnica del país, Tyson Foods y Smithfield, han creado divisiones propias para producir sus nuggets y salchichas a base de vegetales para competir con las dos líderes en el sector, Impossible Foods (asociado con Burger King) y Beyond Meat. En España nos encontramos con el mismo fenómeno. La mayor integradora del país, líder en macrogranjas de pollos y cerdos, Vall Companys, lanzó en 2019 el proyecto empresarial Zyrcular Foods para elaborar sucedáneos de carne a partir de guisantes, trigo o soja llegada de muy lejos, del cual ya podemos encontrar productos en diferentes supermercados con su marca blanca. Y su expansión seguirá si se les concede los 134 millones de euros presentados a los fondos de recuperación Next Generation para abordar nuevos retos en este campo.

3. El futuro del agua

Ya lo he comentado varias veces, pero es que es uno de los problemas futuros que más me preocupa: la desaparición de los glaciares en el Himalaya y en la meseta tibetana puede suponer que dos mil millones de personas se queden en el futuro sin agua: las cuencas del Indo, Ganges, Brahmaputra, río Amarillo, Yangtze, Mekong… https://twitter.com/PCarterClimate/status/1559803862374002688

4. Gran Marruecos

Un líder religioso marroquí con vínculos con la corona llama a recuperar las ‘fronteras históricas’ de Marruecos. Además del Sahara Occidental incluye toda Mauritania, parte de Argelia y de Malí. Y supongo que las Canarias: https://twitter.com/JalilWs/status/1559506755469676544

5. El horror

Los superarrastreros en acción:

Stop the madness… end super trawlers!

6. Entrevista a Marcello Musto sobre los Grundrisse

En el siempre interesante canal de Youtube de la Escuela de Cuadros han publicado una entrevista a Musto de introducción a los Grundrisse: Grundrisse | con Marcello Musto

Tienen muchas otras, como otra con el mismo Musto sobre el viejo Marx (https://www.youtube.com/watch?v=gITe9H_s5YA) que tiene buena pinta. Y también un ‘Hegel para marxistas’ de Rubén Zardoya, que no conozco (https://www.youtube.com/watch?v=hRPKcffhDvI) Propongo de paso que publiquemos alguno de estos vídeos en nuestra página.

7. Leninismo climático y transición revolucionaria

Vi este artículo en Jacobin lat, y veo que lo acaban de publicar también en Viento Sur. Sobre el siempre peliagudo problema de la transición… Probablemente, el más importante que tenemos ahora mismo.

https://jacobinlat.com/2022/08/14/leninismo-climatico-y-transicion-revolucionaria/

Leninismo climático y transición revolucionaria. Kai Heron y Jodi Dean

Traducción: Rolando Prats

Por muy inspiradoras que sean las visiones del futuro que tiene la izquierda, se suele evadir el problema clave de la transición hacia un futuro poscapitalista.

El problema de nuestra época es la transición. Transiciones energéticas, transiciones tecnológicas, transiciones verdes, transiciones políticas, transiciones justas… revolución. Cuando nuevas variantes de la COVID-19 matan a millones, cuando hábitats y especies desaparecen de la faz de la tierra, cuando hogares enteros se ven barridos o son pasto de las llamas, cuando no se dan las cosechas y cuando decenas de miles de refugiados se ahogan en el Canal de la Mancha o mueren de insolación en los desiertos de México, nadie puede ignorar que las cosas no podrán seguir así. Sean cuales fueren nuestras convicciones políticas, la cuestión de la transición es insoslayable.

Como es bien sabido, Marx y Engels llamaron comunismo “al movimiento real que anula y supera el actual estado de cosas[1]”. En cuanto tal movimiento, comunismo significa transición. Comunismo es la abolición de la relación salarial, de la forma valor, de la propiedad privada, del Estado y de los regímenes racializados y de género de la violencia en que el sistema halla su sostén. Nada de lo cual desaparece de la noche a la mañana. “Entre la sociedad capitalista y la comunista —escribe Marx en otro lado— se extiende un período de transformación revolucionaria de la una en la otra. A ello corresponde también un período de transición política en que el Estado no puede ser otra cosa que la dictadura revolucionaria del proletariado[2].”

Transición es revolución. Los empujes y tirones de la transición, sus retrocesos y sus avances, ocupan un lugar central en las tradiciones revolucionarias marxistas y no marxistas. Y, sin embargo, movimientos y teóricos de hoy en día rara vez prestan al asunto suficiente atención. La transición es una caja negra que se encuentra entre el presente y nuestras visiones idealizadas del futuro, trátese de un radical Green New Deal, de comunismo o de un futuro de decrecimiento. En un extremo, algunos han rechazado por entero la cuestión de la transición y se han dado a concebir la posibilidad de implantar de manera inmediata el comunismo por medio de “medidas comunizantes“. En el otro, la transición se pospone en favor del objetivo en apariencia más urgente de luchar por la supervivencia en el capitalismo.

Por muy inspiradoras que sean las visiones que del futuro tiene la izquierda anticapitalista, por mucho que queramos apocar el problema de la transición a la adopción de medidas inmediatas y por muy comprensible que sea priorizar la inmediatez de la supervivencia, en los tres casos se evade el problema de la transición, se rechaza su duración o se reniega del hecho de que la transición es comunismo en ciernes. La forma en que salgamos del capitalismo determinará nuestro destino. Porque tenemos que salir del capitalismo.

Un laboratorio de la transición

Al igual que en las anteriores veinticinco conferencias de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, se esperaba que la Conferencia de Glasgow (COP26) se convirtiera en el foro en que líderes de todo el mundo encontrarían soluciones políticas aceptables para la catástrofe ecológica. A ese respecto, la cumbre fracasó. Sin embargo, en otro sentido, la COP26 fue un éxito. Mostró cómo el pensamiento capitalista marcha muy por delante de la izquierda a la hora de pensar la transición. Una aproximación dialéctica a la COP26, que preste atención a su forma al mismo tiempo que elimine su contenido capitalista, nos ayudará a abordar el problema de la transición revolucionaria hoy.

En lugar de orientarse hacia una transición justa, la COP26 perpetuó los intereses del capitalismo imperialista y fósil. En primer lugar, el acuerdo de Glasgow hizo hincapié en la “reducción progresiva” del carbón cuando esta debería haberse hecho extensiva al trío de combustibles fósiles del carbón, el petróleo y el gas. El carbón sigue siendo esencial para economías como la de China y la India, que se recuperan de siglos de subyugación colonial, pero no para los Estados Unidos, principal productor mundial de gas y de petróleo. La transición geopolítica y energética que imagina la COP26 beneficia a las potencias imperialistas, no a la mayoría del planeta. Los productores de petróleo y de gas y los Estados en deuda con el capital fósil “compensarán” sus emisiones mediante “soluciones basadas en la naturaleza”, mientras se hace intervenir en el proceso a las llamadas energías renovables, sin por ello sustituir los combustibles fósiles a tiempo para evitar el desastre del calentamiento.

En segundo lugar, los Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido y Australia suprimieron del texto final del acuerdo de Glasgow toda referencia al servicio de financiación por pérdidas y daños. Propuesto por la totalidad de los 138 países en desarrollo, ese servicio es la ayuda financiera que los países más ricos deben a los más pobres. Los países “desarrollados” suprimieron igualmente del acuerdo final toda referencia a un servicio similar por pérdidas y daños exigido por los países insulares, ante el temor de que tales cláusulas pudieran dar lugar a responsabilidades jurídicas por pasadas emisiones y abrir puertas a solicitudes de reparación.

En cuanto a la adopción de medidas para ponerle freno al calentamiento global y mantener bajo tierra los combustibles fósiles y a las cuestiones relacionadas con la justicia global, la COP26 fue un completo fracaso. No obstante, algunos elementos de las deliberaciones de la COP26 apuntan más allá de su contenido capitalista hacia un horizonte comunista: dan cuerpo a una teoría de la transición verde a la escala pertinente. El reconocimiento por la COP26 de que se necesita un proyecto a gran escala de restauración del paisaje terrestre y marino y un giro hacia prácticas agrícolas ecológicamente saludables para sustentar la vida en la Tierra es un paso de avance.

Así, las soluciones a la crisis climática “basadas en la naturaleza” tuvieron una presencia destacada en la cumbre. Cuarenta y cinco gobiernos convinieron en redoblar sus esfuerzos para proteger la naturaleza no humana y avanzar hacia prácticas agrícolas sostenibles. En total, “se prometieron más de 4.000 millones de libras en nuevas inversiones en el sector público para la innovación agrícola, en particular en cultivos resistentes al clima y en soluciones regenerativas para mejorar la salud del suelo” con el objetivo de que esas prácticas sean costeables para “cientos de millones de agricultores”. Los ecosistemas restaurados y la agricultura regenerativa pueden aumentar la biodiversidad, reparar los suelos deteriorados, aumentar la retención de agua en el suelo, reducir las inundaciones, reducir los insumos no agrícolas, aumentar el rendimiento, fortalecer la resiliencia climática y empoderar a agricultores y comunidades agrícolas. Desde luego, en el marco de la COP26, “agricultura sostenible” y “cultivos resistentes al clima” también pueden significar cultivos genéticamente modificados patentados e insumos no agrícolas que desempoderan a los agricultores empujándolos hacia sistemas de agricultura verticalmente integrada que acumulan rentas o generan valor para las agroindustrias globales. Y, lo que es peor, como han subrayado líderes de comunidades indígenas y de pastoreo, las “soluciones basadas en la naturaleza” podrían otorgar mayor peso a prácticas de conservación que terminen desplazando de sus tierras a esas comunidades en nombre de la protección de una idea eurocéntrica de la “naturaleza” como algo prístino y ontológicamente independiente de nosotros.

Estamos ya en presencia de los elementos necesarios para una transición hacia un futuro poscapitalista, comunista, como quedó demostrado incluso en la imperialista COP26. Habida cuenta de que las temperaturas en la Tierra se elevan ya a más de un grado centígrado por encima de los niveles preindustriales y de que los recortes previstos son insuficientes para reducir las emisiones de carbono a los niveles necesarios, la única respuesta adecuada son la nacionalización, la regulación y la prohibición de los combustibles fósiles dentro de un marco global en que los países imperialistas acepten su responsabilidad por el cambio climático y proporcionen todo el apoyo financiero necesario que requieren los países pobres. Lo cual resulta obvio y no es particularmente complicado si no se está encadenado por leyes y suposiciones relativas a la propiedad privada.

El imperialismo ha puesto en marcha un futuro que aumenta la deuda y la dependencia de los pueblos colonizados y descolonizados y que intensifica la miseria y la explotación en todo el mundo. Los gobiernos del capital fósil no tienen compromiso alguno con ninguna solución basada en la naturaleza que exija respetar la soberanía de los pueblos indígenas. Los objetivos de los imperialistas son el dinero y el poder, el capital y el control. El movimiento climático no puede seguir adelante como si nuestro objetivo fuera persuadir a esos gobiernos de que es hora de pasar a la acción.

La revolución es, pues, una respuesta práctica y mesurada a la catástrofe climática que se despliega ante nuestros ojos. Tras décadas de incapacidad capitalista para transformar la producción cuando todavía estábamos a tiempo de evitar que las temperaturas aumentasen más de un grado por encima de los niveles preindustriales, la revolución ha pasado de ser una respuesta posible a las crisis ramificadas del mundo a ser la respuesta más probable. La convulsión social revolucionaria será resultado de la migración en masa de quienes huyan de las inundaciones, los incendios y las sequías, de quienes se amotinen para conseguir alimentos, refugio y energía y de quienes se apoderen de lo que por derecho propio les pertenece. Será resultado de reaccionarios armados, indignados y racistas, hartos de las “extralimitaciones” de los gobiernos y dispuestos a tomar el poder en sus propias manos en legítima defensa. La cuestión es la dirección que tomarán las revoluciones: hacia la abolición del eco-apartheid y el establecimiento de sociedades equitativas y habitables o hacia el afianzamiento del autoritarismo, el fascismo y el neofeudalismo. El hecho de que sea esa la cuestión hace de la transición política el principal problema a que nos enfrentamos en la izquierda.

Política de la transición

Hace una década, en Tropic of Chaos, Christian Parenti resaltaba el hecho de que la crisis climática era una crisis política. Mientras otros presentaban —y siguen presentando— el cambio climático en términos morales y ontológicos, Parenti reconocía la necesidad imperiosa de generar la voluntad política necesaria para enfrentarse al sistema capitalista que sirve de motor del calentamiento global y derrotarlo[3]. Partiendo de ese reconocimiento, Parenti pudo nombrar la contradicción subyacente. Tenemos necesidad de una izquierda poderosa, capaz de utilizar el poder del Estado para afrontar y reparar los efectos flagrante y globalmente desiguales del cambio climático, pero no tenemos tiempo para construirla.

Los propios problemas estructurales que nuestros sistemas políticos plantean a la hora de abordar el cambio climático erigen otras tantas barreras a la hora de construir un sólido contrapoder de izquierda. Los enormes recursos financieros de que dispone el sector de los combustibles fósiles sirven para echarse en el bolsillo a no pocos políticos. Pocos funcionarios electos confían en que la preocupación expresa de sus electores por la catástrofe ambiental en curso refleje a su vez un apoyo al sacrificio o al cambio, especialmente tras décadas de imposición de la austeridad y de redistribución de la riqueza hacia las clases más favorecidas. Para la mayoría de las campañas políticas, el cambio climático no es un tema ganador. No es de extrañar, entonces, que el único enfoque de la transición tolerado por la clase política estadounidense sea el más afín al capitalismo fósil y a los propios intereses geopolíticos de los Estados Unidos; al igual que las élites de otros países del núcleo capitalista, las de los Estados Unidos planean defenderse de lo peor del calentamiento global sin dejar de reforzar sus fronteras contra la inevitable ola de refugiados climáticos. Vivimos en un mundo de eco-apartheid: un régimen imperialista de acumulación de capital basado en la explotación de la naturaleza no humana y de los pueblos racializados en zonas de sacrificio que se extienden desde las periferias hasta los centros.

Dados los obstáculos que interpone la política electoral, las manifestaciones de masas y la desobediencia civil parecen una vía prometedora de cambio. Por muy satisfactorias que por un momento puedan ser esas actividades, no hacen hincapié en el problema mismo que las convierte en alternativas: el fracaso de las democracias capitalistas. Las manifestaciones de masas son eficaces cuando logran influir en la adopción de decisiones políticas. Ello, sin embargo, presupone la presencia de personas con capacidad de decisión dispuestas a adoptar decisiones difíciles y potencialmente impopulares, lo cual nos lleva de regreso al estancamiento político general. ¿De qué sirven los llamamientos al cambio si nadie que pueda hacer que cambien las cosas los escucha?

Ante ese estancamiento político, no pocas movilizaciones climáticas tratan de dirigirse a los agentes del mercado, ya sean consumidores, bancos, instituciones sin ánimo de lucro o empresas. El objetivo de dirigirse, por ejemplo, a los conductores de vehículos devoradores de gasolina es generar cambios en el modo de vida. Ese tipo de acciones y otras similares, orientadas a los consumidores, se proponen objetivos loables. Aun así, en los Estados Unidos los gastos en consumo per cápita no han dejado de aumentar desde la década de 1970 (a pesar del pronunciado declive y de la rápida recuperación en 2020 durante la pandemia). A falta de cambios en la producción y las políticas, los esfuerzos centrados en el objetivo de propiciar cambios voluntarios en las pautas de consumo seguirán siendo inadecuados.

Otra de las estrategias que ha emergido de algunos de los movimientos es la desinversión: algunos activistas ejercen presión en universidades y museos para que vendan sus inversiones en empresas de petróleo y de gas. Ese movimiento se anotó una victoria visible en septiembre de 2021, cuando la Universidad de Harvard anunció que cesaría sus inversiones indirectas en el sector de los combustibles fósiles, tras antes haberlo hecho con sus inversiones directas. Sin embargo, los críticos de la desinversión como estrategia señalan su falta de impacto en el mundo real. No sólo porque avergonzar a las instituciones para que desinviertan no impide que las empresas de combustible fósil obtengan capital, sino porque además, como estrategia, ello presupone la existencia de un cuerpo social unido en torno a valores comunes, como si no hubiera gente motivada por la perspectiva de que se encuentre más petróleo y se hagan más perforaciones. Por cada escolar que deja de ir los viernes a la escuela, hay otros tantos aislacionistas preocupados por la independencia energética y otros tantos conductores para quienes su libertad va de la mano con el motor de sus vehículos. Cuando la división llega hasta el fondo, la presuposición de valores comunes es incapaz de sostenerse; de hecho, es precisamente en la ausencia de esos valores comunes que radica el problema que hace que las democracias capitalistas se atasquen y que la revolución sea tan probable como necesaria. No es posible avergonzar a políticos desvergonzados que ni están aislados ni están solos y a cuyas bases electorales no les preocupan ni la explotación y la desigualdad capitalistas ni el cambio climático.

En 2011, Parenti arrostró sin titubeos el problema político que el cambio climático suponía para las democracias capitalistas:

Lo cierto es que, en lo que respecta al clima, se nos ha agotado el tiempo. O el capitalismo resuelve la crisis o acabará por destruir la civilización. O el capitalismo se da ahora mismo a la tarea de encarar la crisis, o tendremos que hacer frente al colapso de la civilización desde estos inicios del nuevo siglo. No podemos esperar por una revolución socialista, o comunista, o anarquista, o de ecología profunda, neoprimitiva; ni por una conversión localista y nostálgica que nos lleve de vuelta a la mítica economía provinciana de unos Estados Unidos preindustriales, como algunos ya proponen[4].

Hace una década ya se nos había acabado el tiempo. Pero incluso entonces Parenti era demasiado optimista. Hasta cuando su análisis describe las formas en que el imperialismo agudiza el impacto mortal del cambio climático en toda la gama de países eviscerados por el colonialismo y el militarismo, en última instancia Parenti cree que el capitalismo en que estamos atrapados puede ayudar a resolver algunos de los problemas, especialmente si ello estuviese acompañado del reconocimiento de la necesidad de que el Estado adopte las medidas necesarias y de que se logren avances tecnológicos en captura de carbono[5]. Parenti da a entender que existe una disyuntiva entre el capitalismo, por un lado, y el colapso de la civilización, por otro, como si el propio capitalismo no destruyera culturas y comunidades, como si su continuación no fuera la fuerza motriz del colapso. No anda errado Parenti cuando nos dice que se ha agotado el tiempo. Ni cuando, en sentido más amplio, arguye sobre la necesidad del Estado. Ni tampoco cuando afirma que hay elementos del sistema actual que pueden y deben desplegarse en una transición comunista verde. Parenti se queda corto, sin embargo, cuando renuncia al proyecto de una toma socialista del poder del Estado y de reconstrucción de la sociedad.

Es una fantasía imaginar que el capitalismo pueda gestionar una transición de los combustibles fósiles a las llamadas “energías renovables” de una manera que no suponga la muerte y la catástrofe para incontables millones de vidas humanas y no humanas. La Alianza Financiera de Glasgow para las Cero Emisiones Netas (GFANZ), anunciada en la COP26, se comprometió a recaudar hasta 130 billones de dólares para financiar la transición respecto de los combustibles fósiles. Del análisis que hace Whitney Webb sale a la luz la depredación imperialista que subyace a esa iniciativa. Integrada por los bancos más poderosos del planeta, la GFANZ está creando “una arquitectura financiera internacional” que invertirá enormes sumas de capital en proyectos de países específicos. Los bancos multilaterales de desarrollo, como el Banco Mundial, desempeñarán un papel fundamental en la orientación de esas inversiones. Los países en desarrollo se verán atrapados en la deuda, su deuda se utilizará para obligarlos a “desregular los mercados (específicamente los mercados financieros), privatizar activos del Estado y aplicar políticas de austeridad impopulares”. El cambio climático es la nueva justificación para imponer políticas a los países en desarrollo, políticas que benefician al capital, al mismo tiempo que desmantelan a los sectores públicos y empobrecen a las poblaciones. La respuesta capitalista al cambio climático es un imperialismo verde depredador intensificado. El capitalismo como colapso de la civilización.

La industria de los combustibles fósiles y los mayores productores de petróleo y de gas del mundo se resistirán por todos los medios a cualquier recorte real de la producción. Los acuerdos internacionales y los cambios de política no han servido hasta ahora para alterar el equilibrio de fuerzas. En los días inmediatamente posteriores a la COP26, Bernard Looney, Director Ejecutivo de BP, se mostraba imperturbable ante los acuerdos para alcanzar el objetivo de cero emisiones netas. “Puede que no sea popular decir que el petróleo y el gas van a seguir siendo durante décadas parte del sistema energético, pero la realidad es esa“—dijo en declaraciones a la CNBC. A menos que se produzca una revolución, las próximas dos décadas se definirán por una lucha entre capitales en pugna —el capital fósil por un lado, el capital “verde” por otro, mientras el capital financiero les saca a ambos su tajada—, que se disputarán entre sí una cuota más grande del uso cada vez mayor y cada vez más insostenible de la energía en el mundo. De acuerdo con las proyecciones de la Administración de Información Energética (EIA) de los Estados Unidos, para 2050 el consumo mundial de energía habrá aumentado en un 50 %, algo que, según nos muestran los estudiosos del decrecimiento, apenas podemos permitirnos, aunque una mayor parte de ese consumo proviniera de las llamadas energías renovables.

Sin embargo, al menos en una cuestión estamos de acuerdo con los capitalistas verdes, los empresarios tecnológicos y los gobernantes imperialistas de todo el mundo que sueñan con una transición sin fricciones hacia sistemas de energía renovable, granjas verticales de alto rendimiento, carnes de laboratorio y disociación entre el “crecimiento” (acumulación de capital) y el rendimiento material: algún tipo de transición es ineludible. Nunca se insistirá demasiado en ello. La transición se ha convertido en la cuestión de nuestra época, tanto para el capitalismo —a medida que las crisis ecológicas agravadas empiezan a corroer la ficción de la compatibilidad del capital con el florecimiento humano y no humano— como para los movimientos radicales y los revolucionarios.

Una, dos, muchas renegaciones de la transición

El problema de la transición se hace sentir en la proliferación de imaginarios poscapitalistas.  Colectivamente, hemos imaginado Green New Deals, futuros de decrecimiento, pactos rojos, futuros de pequeñas granjas, comunismos de lujo totalmente automatizados, socialismos en la mitad de la Tierra, horizontes feministas descolonizados, matrices agroecológicas, y más. Sin embargo, cada uno de esos imaginarios se salta, esquiva o pospone el problema de la transición. ¿Cómo llegamos de aquí, de un mundo en llamas, a allí, a un mundo que se regenere lenta pero inexorablemente de siglos de violencia, saqueo y explotación? ¿Cuál es nuestra estrategia? ¿Cuáles son nuestras tácticas inmediatas? Es ese un problema que no se puede eludir.

En Corona, Climate, Chronic Emergency[6], Andreas Malm sostiene que ni el horizontalismo anarquista ni la socialdemocracia son capaces de descarbonizar la sociedad con suficiente rapidez como para evitar las nefastas consecuencias del colapso ecológico. Malm repite una conocida crítica marxista del anarquismo, que considera a esa tradición demasiado descentralizada, demasiado opuesta a los programas, a la disciplina y a las posibilidades del Estado como instrumento de transición revolucionaria. La socialdemocracia resulta igualmente inadecuada para la crisis por su incapacidad para actuar de manera rápida y resuelta. “La socialdemocracia —escribe Malm— opera bajo el supuesto de que el tiempo está de nuestro lado, de que nos debe de quedar tiempo de sobra.” El problema —y en esto Malm lleva razón— es que el tiempo no está de nuestro lado. Incluso en el supuesto de que en el próximo ciclo electoral apareciera otro Bernie Sanders u otro Jeremy Corbyn, e incluso en el supuesto de que fueran elegidos por una mayoría aplastante, un sistema social democrático con un progresista al frente tendría que ir más allá de sí mismo para poder responder a tiempo a la crisis ecológica. Tendría que aplicar medidas extraordinarias. Tendría que actuar con una premura que no se ha visto en las socialdemocracias salvo en períodos de guerra.

Si ni el anarquismo ni la socialdemocracia están a la altura de las circunstancias, ¿qué nos queda? La respuesta de Malm quiere ser provocadora: eco-leninismo y comunismo de guerra. Inspirándose en la movilización de masas de la Rusia revolucionaria entre 1918 y 1921, Malm propone un proyecto de rápida nacionalización, disolución de las clases y los privilegios y redistribución de la tierra y la riqueza. Todo esto —dice Malm— lo consiguieron los bolcheviques y los campesinos y trabajadores rusos en las circunstancias más inhóspitas tras la Primera Guerra Mundial, sin acceso a recursos esenciales y en medio de una invasión imperialista contrarrevolucionaria. ¿Podría ser posible lograr algo similar en las inhóspitas circunstancias actuales y contra nuestras propias fuerzas reaccionarias? ¿Podemos dejar de imaginar una respuesta comunista de guerra al colapso ecológico? Para Malm, el comunismo de guerra funciona como un mapa cognitivo, una manera de que los movimientos anticapitalistas de hoy se orienten en un mundo de inevitables trastornos, revolución y contrarrevolución.

Desde nuestra perspectiva, la propuesta de Malm evade el problema de la transición revolucionaria. El comunismo de guerra es un plan para lo que viene después de que un movimiento revolucionario haya tomado el poder o después de que, lo cual parece improbable, los movimientos sociales, por medio de una campaña coordinada de desobediencia civil masiva y sabotaje (como sostiene Malm en Cómo dinamitar un oleoducto[7]), hayan persuadido a los Estados capitalistas de pasar a la acción. Lo que necesitamos es construir de algún modo nuestras fuerzas y capacidades políticas en el presente, apoyarnos a nosotros mismos por entre las catástrofes que se avecinan y conquistar un futuro comunista. Se supone que el comunismo de guerra sea un espejo de nuestra difícil situación y que, con ello, nos muestre la distancia que nos queda por recorrer. Pero necesitamos algo más que espejos; necesitamos una política capaz de obrar en las condiciones materiales de lucha a que nos enfrentamos, no una que tome distancia de ellas. Necesitamos una política de transición revolucionaria.

En el ensayo Disaster Communism, de Out of the Woods Collective (OWC), las tareas de la supervivencia diaria se convierten en medios de construir esa política[8]. OWC se adentra en la caótica realidad del colapso ecológico, inspirándose en el estudio de Rebecca Solnit sobre las “comunidades de desastre” y las relaciones temporales de ayuda mutua y solidaridad que surgen tras desastres socio-naturales como el huracán Katrina o la COVID-19. Los estudios de Solnit muestran que, inmediatamente después de un desastre, la gente tiende a dejar de lado diferencias y sus propios intereses, en lugar de caer en situaciones a lo Mad Max. Las cocinas comunitarias, las donaciones, los fondos de solidaridad y el préstamo de artículos esenciales para sobrevivir y reconstruir crean un sentido más profundo de colectividad y sociabilidad.

Pero las comunidades de desastre son efímeras. El Estado capitalista, orientado a la protección de la propiedad privada, la forma salarial y la jerarquía de raza y de género, invariablemente interviene para reimponer su orden a la vez que la emprende contra la autoorganización y la solidaridad. La cuestión del colectivo se convierte, por tanto, en la cuestión de cómo “desmantelar los órdenes sociales que hacen que los desastres sean tan desastrosos, al mismo tiempo que hacen que se vuelva ordinario el comportamiento extraordinario que suscitan”. ¿Cómo ir más allá de las efímeras comunidades de desastre para hacer realidad un “comunismo de desastre” que perdure? El colectivo no insinúa que sean necesarios más desastres para incitar al comunismo de desastre; OWC apuesta más bien a que las comunidades de desastre se conviertan en desastres para el capitalismo. Lo que se necesita —escribe— es un “proceso revolucionario de desarrollo de nuestra capacidad colectiva de perdurar y florecer que surja de esas luchas. El comunismo de desastre es un movimiento dentro, en contra y más allá del desastre capitalista en curso”.

La insistencia de OWC en la cuestión de cómo abrir un espacio más allá del capitalismo dentro del capitalismo es esencial. Es la cuestión que plantean los organizadores sindicales cada vez que los trabajadores se disponen a declararse en huelga: ¿cómo podemos crear solidaridad a partir de la competencia cuando la supervivencia está en juego? Al mismo tiempo, las propuestas prácticas de OWC siguen siendo impresionistas. Llama a “apoderarse de los medios de reproducción social”, a prestarse ayuda mutua y a ampliar y sostener los momentos de colectividad y abundancia comunitaria. “El comunismo de desastre —escribe— es una movilización transgresora y transformadora.” Pero deja sin abordar cuestiones como quién se ocupará de la movilización, con qué formas de organización y cómo.

Algunos podrán pensar que es injusto esperar respuestas a esas preguntas. La autoorganización de las clases trabajadoras habrá de darles respuesta en la lucha y a través de ella. Sin embargo, la consabida postración ante el hecho de que la revolución produce sus propias formas de lucha sitúa a la revolución a distancia de nosotros, como si fuéramos observadores en lugar de participantes en las luchas de nuestra época. Y da a entender que, de alguna manera, no es a nosotros a quienes nos corresponde actuar, tomar partido, correr riesgos, nombrar movimientos, sujetos y formas organizativas que puedan hoy llevar a cabo la transición revolucionaria. Es esa una distancia que no podemos permitirnos en una época de catástrofe socio-ecológica generalizada.

En los últimos años, la construcción de bases se ha convertido en otra respuesta popular a esas preguntas[9].La construcción de bases acierta en ver las limitaciones de saltarse el problema de la transición. Sus partidarios abogan por que en lugar de proyectar nuestros imaginarios en futuros distantes desafiemos al capital “por medio de sindicatos industriales o sindicatos de inquilinos, asociaciones de ayuda mutua y cooperativas para construir un ‘poder dual’ contra el Estado capitalista, creando una sociedad de trabajadores de organizaciones de masas que sean independientes de cualquier partido político capitalista”. Se esfuman de ese modo las lagunas antes observadas en el pensamiento de Malm y OWC sobre la transición. ¿Quién lleva a cabo la movilización? “Un grupo pequeño y comprometido de personas con una idea común de socialismo y construcción de bases debe estar dispuesto a unirse y consagrarse a la tarea de construir bases socialistas.” ¿Qué tipo de movilización se requiere? “Organizar a los no organizados” mediante la prestación de ayuda mutua, sindicatos de inquilinos, campañas de proselitismo, programas de distribución de alimentos, y otros medios.

Sin embargo, por muy importante que sea esa labor, los constructores de bases tienen una visión definitivamente difusa respecto de la cuestión de cómo satisfacer las necesidades materiales inmediatas de los trabajadores y las comunidades en las transiciones del capitalismo a la lucha revolucionaria. Habida cuenta de la devastación causada por treinta años de austeridad neoliberal, ¿cómo pueden los esfuerzos para hacer frente a los problemas reales de la gente transitar hacia una política que reconozca al capitalismo como la causa subyacente?

Los constructores de bases tienen consciencia de ello. En un artículo publicado en Regeneration, Teresa Kalisz, del ya desaparecido Marxist Center, señala que la construcción de bases no es una táctica intrínsecamente revolucionaria; es un objetivo estratégico que “deberá hacer suyo toda organización política saludable, ya sea comunista, socialista o anarquista; hasta grupos liberales a menudo se dedican a la construcción de bases”. El problema es que, “al no ir más allá de esas tácticas y vincularlas con una visión política”, la izquierda marxista “corre el riesgo más que real de proyectarse y participar en nuestra movilización de manera apolítica”. Se pospone así la transición, dejada de lado en medio de interminables exigencias dictadas por incesantes necesidades cotidianas. “¡Solidaridad, no caridad!” es el grito de guerra de los constructores de bases, pero en la práctica no siempre es fácil definir la línea que separa solidaridad y caridad y, por tanto, lo que la construcción de bases gana con respecto a Malm y OWC, por un lado, lo pierde por otro. La construcción de bases reconoce los límites de saltarse el problema de la transición, sólo para después tener que lidiar con el aplazamiento de la transición desde la dirección opuesta.

Saltos y rupturas

El reto ineludible de la transición, de pasar de donde estamos a donde necesitamos estar, es un reto político. Como ha esgrimido Christian Zeller, el “nosotros” tiene que producirse, generarse, construirse, perdurar más allá de las semanas y los meses iniciales del desastre y extenderse más allá de los vecindarios, las relaciones personales y los miembros de una comunidad que se comprometan con la prestación de ayuda mutua (obsérvese, de paso, cómo el lenguaje de la comunidad oscurece las divisiones, especialmente las de clase: propietarios y dueños no tienen necesidad de compartir). El “nosotros” necesario para un enfoque antimperialista del cambio climático, para una transición justa, comunista, debe tener conciencia de sí mismo en cuanto ese “nosotros”.

Es más, esa conciencia debe estar vinculada con una comprensión común de dónde estamos y dónde tenemos que estar y a un reconocimiento de que podemos llegar a donde tenemos que estar sólo mediante una acción organizada y colectiva. Ese “nosotros” debe ser legible para sí mismo y para los demás como una unidad práctica. Por último, además de satisfacer esas necesidades de perdurabilidad, de escala y de conciencia colectiva, ese “nosotros” debe tener la voluntad y la capacidad de actuar colectivamente, como un todo, desafío que compele a producir el nosotros que el propio desafío presupone. Nos unimos porque sólo así podremos triunfar. Y tenemos que triunfar: el florecimiento de las personas y del planeta depende de que superemos el reto de una transición justa.

Las políticas globales sobre el cambio climático se ven enfrentadas a problemas de escala y coordinación. Es fácil comprender la magnitud de la escala: necesitamos formas de lucha que sean más que asambleas de vecinos y comunidades experimentales de resistencia. Necesitamos enfoques organizativos que operen a escala nacional e internacional y que sean capaces de adoptar perspectivas y estrategias nacionales e internacionales.

¿Cómo adoptamos decisiones sobre estrategias, tácticas y prioridades a escala nacional e internacional? ¿Qué presupuestos sirven de guía a nuestras deliberaciones a esas escalas más grandes? Es ahí donde valores compartidos y principios comunes revisten una importancia enorme. Es ahí donde entra en juego la cuestión de nuestra política: ¿cuál es la línea que sostenemos en común, los principios por los que nos comprometemos a luchar? Todos sabemos que a medida que se intensifique la catástrofe climática, también lo harán los etno-nacionalismos. Necesitamos ya establecer un compromiso internacional antimperialista irrevocable que dé prioridad a las regiones y los pueblos más inmediata e intensamente afectados por el cambio climático. Para ello, por supuesto, habrá que dar acogida a refugiados climáticos y proporcionar todo el apoyo material y financiero necesario para una transición justa.

Por consiguiente, el reto de la transición nos empuja hacia esa forma de organización política que sea capaz de perdurar, operar a la escala adecuada, sostener una conciencia colectiva y propiciar acciones coordinadas. La teoría y la práctica de Lenin apuntan a esa forma: el partido. La forma partido es una respuesta concreta a un desafío concreto; a saber, el imperativo de prepararse para una situación que jamás se podrá ni predecir ni determinar a plenitud. La izquierda no estaba preparada para la crisis financiera y la Gran Recesión de 2008. No estaba preparada para sus éxitos en 2011 y, por tanto, no fue capaz de defenderlos y ampliarlos. No estaba preparada para la pandemia de COVID, crisis ecológica planetaria a partir de la cual ninguna fuerza de izquierda estaba en condiciones de construir nada. No podemos ya darnos el lujo de la espontaneidad. Para que el cambio climático no intensifique la opresión y acelere la extinción, tenemos que construir y unirnos a organizaciones capaces de responder como es debido al reto de pensar la transición y llevarla a vías de hecho.

El imperativo de la forma partido surge del análisis de nuestra coyuntura: ¿cómo perdurar, operar a la escala adecuada y elaborar estrategias? ¿Cómo alzarnos con la victoria? No podemos esperar que las manifestaciones de masas ejerzan suficiente presión para conseguir que los gobiernos promulguen los cambios necesarios para una transición justa. Esas manifestaciones pueden empujar a los gobiernos a hacer algo, pero ese algo protegerá la propiedad y las ganancias de las clases dominantes y promoverá los intereses de las potencias imperialistas. Dada la inevitabilidad de los incendios, las inundaciones, las sequías, las hambrunas y las migraciones en masa, es de esperar que cambien los gobiernos. Habrá insurrecciones. La revolución está sobre el tapete. Tenemos que construir el poder organizativo capaz de aprovechar esas oportunidades para apoderarnos del Estado y encauzar la reestructuración de la energía, la producción y la sociedad. En eso al menos, Malm y el Colectivo Zetkin[10] aciertan cuando subrayan que el próximo período será de una polarización y una confrontación cada vez más intensas. La política de la extrema derecha en lo que respecta al cambio climático debería hacer trizas cualquier ilusión que pudiera quedar de que es posible renunciar a los combustibles fósiles por medio de algún tipo de transición gradual y coherente. El hecho de ese conflicto significa que debemos prepararnos para una transición caótica, incierta y revolucionaria.

En una manifestación de Extinction Rebellion en noviembre de 2021, el ecologista y locutor canadiense David Suzuki anunció que “habrá oleoductos dinamitados si nuestros dirigentes no prestan atención a lo que está ocurriendo”. Y tiene razón; los habrá. Pero ese hecho no da nombre a ninguna política; no señala ninguna línea política. ¿Qué se desprende de esos actos aparte de la intensificación inmediata de la violencia y la represión por el Estado? ¿Rechazarán de inmediato ciudadanos y observadores el uso de la fuerza por el Estado o se dejarán influir por décadas de propaganda contra el terrorismo? ¿Responderán algunos imitando la táctica y propagando el descontento? ¿Sacarán otros entonces sus arsenales de fusiles de asalto en legítima defensa?

El leninismo climático nos conmina a prepararnos políticamente para tales acontecimientos, a concebirlos como tácticas aplicadas por un partido tras un análisis de la correlación de fuerzas. Se deberá adoptar la perspectiva de la revolución como punto de observación desde el cual evaluar los medios y los fines, las estrategias y las tácticas, evaluación que tendrá que llevar a cabo una organización con la capacidad de ejecutarla. Debemos asumir la actualidad de la revolución y prepararnos para su eventualidad. Insistamos, no obstante, en que no podemos saber cuándo y dónde estallará la revolución y cómo habrá de desenvolverse. Sin embargo, al igual que las agencias de inteligencia y los grupos de reflexión de las potencias imperialistas, también nosotros tenemos que contar con el hecho de que el cambio climático provocará extraordinarias convulsiones sociales. Ya lo ha hecho, como nos lo demuestra más de una década de crisis de refugiados y guerras por los recursos.

Leninismo climático es, por tanto, el nombre que damos a la política necesaria en esta coyuntura de imperialismo y emergencia climática. El partido revolucionario es su premisa básica. A ese respecto, anticipémonos a una objeción conocida: la construcción de un partido revolucionario —especialmente en un contexto de generalizado anticomunismo— llevará demasiado tiempo (como dirá cualquier número de partidarios decepcionados).

Por un lado, ello es cierto. La construcción de partidos puede ser un trabajo lento, el reclutamiento de a uno y de a dos cuando lo que se necesita son millones. Por otro lado, el cambio se produce a tropezones. La historia —como, tras los pasos de Lenin, dice Daniel Bensaïd—, avanza por medio de saltos y rupturas[11]. Nadie, antes del verano de 2019, habría podido predecir que los Estados Unidos serían escenario de las mayores protestas de masas de su historia (más de 35 millones de personas) a raíz del asesinato de George Floyd.

Cuando se establece una sólida base partidista y se inicia un período de convulsión política, el crecimiento puede ser rápido y espectacular. El número de bolcheviques aumentó diez veces entre febrero y septiembre de 1917 (de 20.000 a 200.000 miembros). Una vez reconocido el hecho de que el tiempo político no es lineal, podremos aceptar la necesidad de utilizar los reflujos del movimiento y las épocas de inactividad política para construir y prepararnos, para adquirir las habilidades y establecer los vínculos que nos permitan aprovechar las oportunidades en cuanto se presenten. Ese reconocimiento nos permite formular el leninismo climático de forma más precisa como preparación más no-linealidad en las condiciones materiales existentes; en otras palabras, la organización de una colectividad con la capacidad de responder a la emergencia climática.

¿De qué manera vincular entonces la construcción de partidos con la catástrofe climática o, a la luz de los debates antes evocados, cómo combinar las mejores ideas de Malm, Out of the Woods Collective y los constructores de bases? Dicho de otro modo, ¿cómo la labor de construcción de partidos se encarga al mismo tiempo de la tarea de luchar contra el cambio climático o cómo convertimos las prácticas de los movimientos en avances en dos frentes, la construcción de partidos y la militancia climática?

Formular esas preguntas nos conduce a los lugares en que surgirán las respuestas. El arsenal de tácticas que dominan los actores de los movimientos —bloqueos, ocupaciones, marchas, concentraciones— se convierte en un medio para reclutar cuadros partidistas, construir alianzas coherentes y tejer un hilo rojo a través de los movimientos. Del mismo modo, los experimentos en agricultura, horticultura urbana y microiniciativas similares orientadas a la supervivencia pueden hacerse extensivos al repertorio de prácticas de los partidos, tratadas como oportunidades para crear aptitudes y fomentar la camaradería. En cada caso, actividades antes separadas —un bloqueo aquí, un mecanismo de ayuda mutua allá— se integran conscientemente en una teoría y un plan más amplios a fin de construir el poder necesario para llevar a cabo una transición justa.

La transición política, económica, energética y social requiere una planificación centralizada. Así lo reconocen los capitalistas. En un artículo de Financial Times, por ejemplo, se abogaba por que un organismo de planificación central formulara planes para la transición en materia de energía, transporte, edificaciones, industria y agricultura, ya que “el mecanismo de los precios tiene dificultades para coordinar una transformación rápida a semejante escala”. Una transición justa, antimperialista y orientada a las luchas de los oprimidos, exige todavía más coordinación y planificación: tenemos a un enemigo capitalista que derrotar y una hegemonía que deshacer.

Por esa razón, es indispensable que haya partidos revolucionarios organizados y conectados entre sí. Esos partidos facilitan la formación y la coordinación; aprendemos unos de otros. Es la misma labor de coordinación que se necesita para responder a la crisis climática. Construir organizaciones políticas para luchar por una transición justa es también construir las capacidades y las infraestructuras humanas y organizativas que necesitamos para llevarla a cabo. Centralizar en un partido las luchas climáticas, antirracistas, antimperialistas y otras hacen de la preparación y el análisis disciplinados la escuela de planificación que se necesita para aplicar las medidas que requiere la transición justa. En resumen, el partido es una forma de construir alianzas a largo plazo y de formar cuadros, requisitos para cualquier política en respuesta al cambio climático que reconozca la actualidad de la revolución.

La construcción de bases y las comunidades de supervivencia no logran operar a la escala adecuada, pues su foco de atención es local; trabajan con ahínco por resolver problemas locales. Un partido —y una Internacional— ven las cosas desde perspectivas más amplias: la nacional, la regional y la global. Esas perspectivas más amplias son las que nos impone la crisis climática. Y son vitalmente necesarias para librar una lucha política que nos prepare para los retos que tenemos por delante.

Coalición internacional de los oprimidos

La exhortación a construir un partido revolucionario podría asemejarse a la respuesta demasiado familiar que suele darse a los atolladeros de la democracia capitalista. Pero el leninismo climático no puede aplicar mecánicamente las prescripciones políticas de Lenin. El leninismo climático debe significar algo más amplio. Debe situarse en el interior de toda la tradición de lucha y pensamiento revolucionarios que se ha posicionado como continuación de la Revolución Rusa y apoyarse en esa tradición, que también abarca a revolucionarios anticoloniales que, en palabras de Fanon, descubrieron que debían “estirar” a Lenin y las lecciones de la revolución, reconfigurándolas para su época y su contexto propios: intelectuales y organizadores como Walter Rodney, Amilcar Cabral, Samir Amin, José Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci, A. M. Babu, Harry Haywood, Sam Moyo y Rossana Rossanda. Y que abarca además las luchas en China, Viet Nam, Guinea Bissau, Angola, la isla de Irlanda, Burkina Faso y Cuba, entre otros. Lo que une a esos pensadores y movimientos por encima de sus diferencias es el conocimiento de la necesidad de la revolución, la toma del poder del Estado y el papel de los campesinos, los trabajadores, las mujeres y las minorías nacionales. La propia Revolución Rusa habría sido imposible sin el desarrollo de esa “coalición de los oprimidos”, como la llamó Lenin.

Esas coaliciones no pueden darse por sentadas. Deben componerse en las luchas comunes y a través de ellas, de actos de solidaridad y de construcción de partidos. El leninismo climático requiere la construcción de coaliciones entre pueblos indígenas, trabajadores del Norte Global, pastores y pequeños agricultores, mujeres, comunidades racializadas y otros grupos oprimidos y explotados en cuestiones de importancia ecológica, económica y política.

El leninismo climático nos recuerda que no podemos —como hacen numerosos marxistas— fetichizar a los trabajadores industrializados y sindicalizados del Norte Global o aplicar programas nacionales de transición verde sin tener en cuenta sus repercusiones en las tierras y la mano de obra en el Sur Global. Como ha revelado un reciente informe, la resistencia de los pueblos indígenas ha prevenido el 25 % de las emisiones anuales previstas en los Estados Unidos y el Canadá, lo que equivale aproximadamente a cuatrocientas nuevas centrales eléctricas alimentadas con carbón. Se calcula que los pueblos indígenas, que representan aproximadamente el 5 % de la población mundial, defienden el 80 % de la biodiversidad del planeta. El leninista peruano José Carlos Mariátegui comprendió bien las luchas de los pueblos indígenas y su importancia para la revolución. Los pueblos indígenas —sostuvo— no podían remediar su opresión ni ver resarcido el robo de sus tierras mediante reformas legislativas o exhortaciones morales. Sólo la socialización total de los sistemas agrarios y alimentarios, guiada por el “socialismo práctico” directamente experimentado por los pueblos indígenas, sería suficiente para lograr ese objetivo.

Del mismo modo, los pastores y los pequeños agricultores del Sur Global producen alrededor de un tercio de los alimentos del mundo, con insumos de combustibles fósiles y emisiones de carbono mucho menores que la agricultura industrializada y a pesar de décadas de intervenciones económicas destinadas a erosionar sus modos de vida, sus conocimientos ecológicos tradicionales y el lugar que les corresponde. Thomas Sankara reconoció el papel revolucionario de los pequeños agricultores. Inmediatamente después de llegar al poder, Sankara proclamó la creación del Consejo Nacional de la Revolución y llamó a los campesinos y trabajadores a formar Comités Populares. Los primeros surgieron en barrios pobres de la capital de Burkina Faso antes de propagarse a otras ciudades y vecindarios rurales. Se estableció una relación de rendición de cuentas y de luchas comunes entre el partido y organizaciones democráticas locales. Se formó una dialéctica de la transición. En su discurso El imperialismo es el pirómano de nuestros incendios y sabanas, Sankara muestra cómo la lucha antimperialista y la lucha ecológica son una y la misma cosa. En poco más de un mes, el Gobierno de Sankara impartió cursos básicos de gestión económica y ambiental a más de 35.000 campesinos. En época de Sankara, también se plantaron millones de árboles en Burkina Faso para hacer retroceder la amenaza de desertificación, se realizó una exitosa campaña de vacunación y alfabetización y se lograron enormes aumentos en términos de productividad agrícola y regadío. Todo ello fue posible porque el partido y el pueblo trabajaron a la escala adecuada para llevar a cabo una transición revolucionaria.

Hoy, el leninismo climático debería inspirarse en esas luchas. Debería escuchar a los firmantes del Acuerdo de los Pueblos suscrito en Cochabamba y solidarizarse con los llamamientos a la soberanía económica y alimentaria que hacen movimientos campesinos como La Vía Campesina y el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra del Brasil, así como con los llamamientos a la libre determinación nacional y a la devolución de tierras que hacen pueblos indígenas y colonizados de todo el mundo. Esas luchas y sus demandas de desvinculación de las divisiones globales del trabajo establecidas por el capital deben ser el punto de partida de una política climática anticapitalista radical en el Norte y en el Sur. Al igual que lo han hecho pensadores como Max Ajl y Keston Perry, el leninismo climático debería poner en el centro de su internacionalismo las reparaciones climáticas y las transferencias de tecnología.

En un reciente boletín de investigación de la Red Agraria del Sur, Paris Yeros propuso que los movimientos anticapitalistas del mundo lucharan por una nueva conferencia de Bandung que fuera “un frente de solidaridad internacional de los campesinos, los trabajadores y los pueblos” y que pusiera sus miras en el objetivo de “reiniciar y reforzar una transición socialista mundial en la primera mitad del siglo XXI”. El propósito sería “establecer un marco para el diálogo sistemático entre movimientos y partidos y proporcionar apoyo ideológico, político y logístico a las luchas a medida que evolucionen”. Yeros lanza un ambicioso llamado a celebrar una reunión internacional de representantes de partidos socialistas, movimientos de liberación nacional, movimientos sociales de campesinos, trabajadores y pueblos indígenas y otros pueblos tradicionales en 2025, “que coincida con la conmemoración del septuagésimo aniversario de la conferencia afroasiática de Bandung“.

Se trata de un llamamiento urgente, que encierra una teoría climática leninista de la transición revolucionaria: construcción de partidos, antimperialismo y una coalición global de los oprimidos. Una COP26 para antimperialistas. La misma forma —transiciones planetarias, aspiraciones planetarias— con un contenido diferente, revolucionario.

Si seguimos desmenuzando el mercado vegano, acabamos encontrando a más empresas multinacionales que desde hace décadas controlan la alimentación mundial, como Cargill, Nestlé, Danone, etc. Además, también encontramos fondos de inversión como BlackRock, el mayor del mundo (apoyando a Tyson o JBS entre otras), o Breakthrough Energy Ventures presidido por Bill Gates (participando activamente en Impossible Foods y Beyond Meat).

El aterrizaje de las multinacionales alimentarias en este “segmento” no podía hacerse sin la seguridad de haber seducido previamente a la población. Como siempre han hecho empresas tan competitivas entre ellas, no tienen ningún problema para encontrar lugares comunes, como la plataforma EAT, gracias a la cual –con “la ciencia” amaestrada y los inversionistas mencionados– se encargan de transmitir y cabildear a favor de estos nuevos patrones alimentarios. Repitiendo cual mantras las maravillas de esta dieta vegana para frenar la crisis climática y garantizar la salud eterna, han conseguido imponer un relato que ha calado en la población y en las administraciones. Y lo cierto es que reducir la solución de todos nuestros males a retirar de nuestras dietas la proteína animal no solo es un relato reduccionista, también es incorrecto. ¿Por qué no abordan las diferencias en los modelos productivos de proteína animal, sabiendo como se sabe de la importancia de los herbívoros en el ciclo de los nutrientes, el aprovechamiento que hacen de alimentos que no compiten con la población humana, su papel de fertilizadores de la tierra, etc.? ¿Ignoran que una alimentación a base de proteínas de guisantes, soja, maíz o trigo es replicar el mismo modelo de monocultivos responsables de los problemas que dicen quieren solucionar? ¿Por qué no se reconoce la dependencia del petróleo para tanto procesamiento, viajes y plásticos que visten a estos pseudoalimentos? 

¿Creíamos que el veganismo era un éxito del trabajo de sensibilización de algunas oenegés? Cárnico o vegano, el capitalismo alimentario de siempre nos aleja de la soberanía que urge recuperar y que solo puede establecerse adaptando nuestra dieta a los ciclos de la abundancia de la tierra que campesinas y campesinos, pastores y pastoras de nuestros territorios correspondientes saben gestionar: en sus huertos y en sus granjas. Lo sencillo es hermoso.

8. Sapir de nuevo sobre la situación económica en Rusia

No muy boyante, pero, sin duda, mejor de lo que dice la propaganda y las organizaciones otanistas.

https://twitter.com/russeurope/status/1559190419384287236

Traduzco el hilo del francés:

I.Pequeño hilo para los periodistas y otros lectores de #Twitter que desconocen las estadísticas y en particular las rusas sobre el estado de Rusia a partir del 1 de julio

II.Las estadísticas del PIB trimestral ruso se dan como porcentaje del mismo trimestre del año anterior. Para obtener el resultado anual hay que hacer «Potencia ¼; (Q1*Q2*Q3*Q4)»

III.Esta fórmula supone, no obstante, que cada trimestre representa el 25% de la producción total. Este no es el caso. En 2021 tenemos T1=24,7%, T2=25%, T3=25%, T4=25,4%.

IV. Se asumirá el 25% para simplificar. Sabemos que el resultado de T1 = +3,5% y T2=-4%. Sin embargo, se afirma que el crecimiento ruso será del -6% en 2022 o peor. ¿Cuáles deberían ser los resultados del tercer y cuarto trimestre?

V.Para llegar al -6%, dado el «crecimiento adquirido», estos 2 trimestres tendrían que estar al -11,5%. No es creíble.

Si los 2 trimestres estuvieran en el -4% (como el 2T) el crecimiento anual estaría en el -2,2%. Esto es más creíble.

VI. Asumir un crecimiento lineal es, sin embargo, un error. Si miramos las cifras de la producción industrial, vemos cómo evoluciona. La industria manufacturera está cayendo, la industria extractiva está empezando a subir de nuevo.

VII.Un análisis más preciso muestra que algunas de las ramas manufactureras aumentan en junio en comparación con mayo de 2022 (equipos eléctricos, maquinaria, automóviles, medios de transporte)

VIII. Esto indica que la economía rusa probablemente esté repuntando, como creen los colegas del IPE-ASR de Moscú (cifras de transporte de mercancías por ferrocarril). La evolución de las importaciones parece demostrarlo.

IX. Sin embargo, estas cifras deben interpretarse con precaución. Indican una caída de las importaciones del -22,4% en el segundo trimestre. Sin embargo, sabemos que la caída fue del -50% en abril y del -30% en mayo. Esto indicaría que las importaciones volvieron a la normalidad en junio.

X.Este resultado debería reflejarse en un aumento de la producción industrial debido a la reconstrucción de las líneas de importación de componentes importantes para la producción.

XI.No obstante, estas cifras se encuentran, como siempre, en una escala móvil. Las importaciones fueron escasas en 2021. Si calculamos en función del fuerte aumento del primer trimestre y trasladamos este aumento al segundo trimestre (potencial), obtenemos un descenso del -30,7%.

XII. De ser así, las importaciones de junio se situarían en un -12%, lo que sigue siendo mucho mejor que el -50% de abril y el -30% de mayo.

XIII.Volvamos al cálculo del PIB: suponiendo que 3T = -3,5% y 4T = -2,5%. El PIB en 2022 caería un -1,7% como consecuencia del «acervo de crecimiento». Por tanto, la horquilla del -2,2% al 1,7% me parece razonable.

XIV.Vemos que estamos lejos de las previsiones cataclísmicas de los periodistas y organismos internacionales (el FMI sigue previendo un -8%…)

XV.Esto demuestra que hay mucha ideología antirrusa en los anuncios periodísticos, pero también una profunda ignorancia de las reglas básicas de la estadística…

Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator

9. Energía

De vuelta de las vacaciones, espero que no os moleste que vuelva a ‘bombardearos’ con algunos enlaces y artículos que voy encontrando por la red. Algunos los he ido guardando durante las vacaciones, así que, para no pasarme demasiado, los iré dosificando. Os envío hoy una primera remesa…

-Los suizos se están preparando para los cortes de energía el próximo invierno. Cortes rotatorios de cuatro horas, doce diarias en total… https://twitter.com/Inconforme75/status/1559631839593201667

-Alemania. Según una encuesta, el 66% de los alemanes apoyan la apertura del gasoducto Nordstream 2. Lástima que se pueden quedar incluso sin el 1… https://twitter.com/staunovo/status/1559406744396333058

-Rusia, tras el accidente en Matanzas, envía gratuitamente un petrolero con 700.000 barriles de crudo a Cuba. https://twitter.com/JhonnyNicaragua/status/1558883964550582281

-«No hay suficientes minerales en las reservas globales estudiadas actualmente para construir siquiera una generación de baterías para todos los vehículos eléctricos y para almacenamiento de energía estacionario». Simon Michaux. Servicio Geológico de Finlandia. https://twitter.com/AAretxaba/status/1558923240566841353

-Hungría y Eslovaquia pagaron a Ucrania por el tránsito de petróleo ruso a través del oleoducto de Druzhba.

Transfirieron dinero a Kiev porque Transneft no podía pagar el tránsito debido a las restricciones de las sanciones. Los costes tuvieron que ser cubiertos por la UE. https://twitter.com/Levi_godman/status/1557317571652861952

-La crisis energética en el sur de Asia puede empeorar pronto, ya que los proveedores de petróleo evitan vender a las naciones con problemas de liquidez

Algunos bancos dejan de financiar las importaciones de energía de Pakistán
Sri Lanka lucha por conseguir combustible de la India
Bangladesh provoca apagones para ahorrar combustible

https://twitter.com/SStapczynski/status/1552520931129847808

-En julio, Gran Bretaña se vio obligada a obtener su electricidad de Bélgica para evitar un apagón y pagó el precio más alto registrado: un 5.000% más alto que el precio normal. https://twitter.com/FelixMorenoRC/status/1552540923309002753

10. Un nuevo debate sobre colapsismo

En El País publicaron hace unos días (09/08/2022) un artículo titulado «El discurso del colapso divide a los ambientalistas».

Inmediatamente empezaron a surgir reacciones de algunos de los citados. La mayor parte, muy negativas. Por ejemplo,esta es la de Turiel:

https://twitter.com/amturiel/status/1556919057810595843

Y esta la de su frecuente colaborador Bordera: https://twitter.com/JuanBordera/status/1558482777447796736

Desde ‘el otro lado’ hubo esta respuesta de Emilio Santiago: https://twitter.com/E_Santiago_Muin/status/1557868276243468288

Que provocó la respuesta de Luis González Reyes: https://twitter.com/luisglezreyes/status/1558348316563443712

Son todos ellos hilos bastante largos, así que no los reproduzco aquí en su totalidad.

La última personalidad destacada en intervenir ha sido Yayo Herrero en un artículo para la comunidad de CTXT que ha tenido tando éxito que han decidido ‘abrirla’ al público en general. Me parece muy sensata, aunque con una cierta condescendencia hacia los otros participantes. Considera, por ejemplo, que la polémica es un poco ‘cosa de hombres’. Lo que dice no deja de ser bastante obvio: no hay nada escrito. Y como nota optimista cita el ejemplo de Chile. Dado su interés, este sí lo reproduzco en su totalidad:

https://ctxt.es/es/20220801/Firmas/40556/yayo-herrero-carta-a-la-comunidad-crisis-eco-capitalismo-cambio-climatico.htm

Contra el capitalismo del desastre

Sería catastrofista pensar que no hay nada que hacer ante los datos, que los seres humanos somos un virus, que la historia está marcada por el determinismo energético o climático, que el devenir material y político sigue una trayectoria inexorable

Yayo Herrero 16/08/2022

Querida comunidad de Contexto:

Llevamos varios meses leyendo y escuchando en medios de todas las tendencias que a partir del otoño se desencadenará una profunda crisis humanitaria. Se anuncia que, como siempre, afectará más a los países y sectores de población empobrecidos y que partes crecientes de población, que no están o no se perciben en riesgo, engrosarán los porcentajes de empobrecimiento.

Las noticias detallan la confluencia de una serie de factores que provocan una tormenta perfecta. Los efectos de la crisis del coronavirus, la crisis energética y la falta de fertilizantes químicos provocada por la agresión de Rusia a Ucrania, o la disminución de los rendimientos de las cosechas a causa del cambio climático son algunos de los que se están destacando en mayor medida.

A la vez, la sucesión de olas de calor, los incendios inapagables, la amenaza de déficit hídrico, que tarden dos semanas en darte cita con el pediatra o la subida generalizada de los precios de alimentos y materias primas, van sumando y provocan una percepción generalizada de inquietud, tristeza y enfado ante el desmoronamiento de algunas certezas anteriores, de eso que llamábamos normalidad.

Todo esto ya existía, pero ahora muchos medios de comunicación exponen un presente y futuro distópico. Es una novedad. Hasta ahora, las crisis materiales interconectadas estaban camufladas y el futuro, tecnológico y moderno, aparecía como un horizonte esperanzador y deseable. Ahora, dependiendo del color político del medio, o se buscan chivos expiatorios que canalicen la rabia y el miedo, o se ofrece un repertorio de soluciones personalizadas que se resumen en apriétese individualmente el cinturón, búsquese la vida o pase de todo y disfrute, mientras avanza la dinámica de acumulación, acaparamiento, explotación y erosión de los derechos. Es el capitalismo del desastre.

Lo que a mí más me preocupa es lo que sucede en los ámbitos progresistas, en las izquierdas y en muchos movimientos sociales. Estamos ante el avance de una crisis humanitaria conocida, prevista desde hace tiempo, que genera comentarios tipo “la que se va a liar” o “se está preparando una buena”, pero ante la que no hay capacidad de respuesta. Me preocupa la sensación de impotencia –e incluso pereza– política a todos los niveles. El exponente más triste de la pérdida del sentido histórico y político es lo que sucede en los lugares –demasiados, por desgracia– en los que las izquierdas asumen la inexorable llegada de un gobierno de derecha y ultraderecha, y dedican el grueso del tiempo no a tratar de evitarlo, sino a destrozarse entre sí.

Creo que los movimientos sociales y las izquierdas institucionales se tienen que responsabilizar y actuar coherentemente con los diagnósticos que se hacen. La cuestión es ver si se puede intentar estar a la altura del momento histórico que nos ha tocado vivir. 

Me da rabia que algunas de nuestras mentes más brillantes, con mejor o peor estilo, dediquen tanto tiempo y parte de su indudable talento a acusarse mutuamente de maximalistas e intolerantes, de reformistas o flojos, o a pontificar desde la estratosfera de las redes sociales, qué es lo que el pueblo puede ser o no capaz de entender. Detesto los estériles debates entre los catalogados como colapsistas y los calificados como newgreendealistas. Me cargan las alharacas, un tanto machunas, y excesos en los hilos de Twitter y artículos, las acusaciones mutuas de superioridad intelectual o de ignorancia.

Todos los contendientes reconocen y comparten que esta organización social se desmorona y que este desmoronamiento no es un botón que se aprieta y todo salta por los aires, sino una degradación paulatina material, política y social que erosiona desigualmente las condiciones de vida de la gente y favorece el crecimiento de la desigualdad y la emergencia de la xenofobia, la misoginia y la violencia.

Comparten, también, la necesidad de transformaciones rápidas que conduzcan a la disminución del extractivismo y de las emisiones, a la adaptación a la “nueva normalidad” del cambio climático y del declive de energía y materiales, de forma que se puedan garantizar la cobertura de las necesidades de las personas, a la vez que se hace hueco al resto del mundo vivo y se favorecen la restauración y regeneración del funcionamiento de los ecosistemas. Ya es mucho compartir, me parece a mí. Las mayores diferencias se establecen en torno a los ritmos y las estrategias sociales, políticas y/o electorales para lograrlo. Pues bien, no hace falta ponerse de acuerdo en todo. Pueden y deben intentarse transformaciones en todos los ámbitos. Que cada cual empuje donde crea que es más útil.

En mi opinión, es una obligación conseguir que instituciones renovadas, como poco, dejen de obstaculizar, y deseablemente abran paso a otras políticas y a otros discursos sociales. Es verdad que los cambios institucionales siempre parecen pocos, pero esos pocos tienen una importante repercusión sobre las vidas de la gente. Mantener una sanidad y educación públicas, apostar por un cuidado digno de la vida de las personas mayores, garantizar derechos y suministros básicos para todas, proteger el territorio…

En definitiva, blindar un suelo mínimo de necesidades para todos y todas en el corto y medio plazo necesita de la política pública, y obviamente, no da igual quien gobierne. Cualquiera que estudie, por ejemplo, la política pública en Barcelona, encontrará evidentes y enormes diferencias con la de Madrid. No será todo a lo que aspiramos pero no saber encontrar y reconocer la diferencia es un ejercicio irracional y peligroso.

Por otra parte, es más que obvio que alcanzar las instituciones no garantiza tener poder. Y si no tienes detrás a los grandes medios, a grandes fortunas o al poder financiero y económico; si te vas a encontrar con la acción de entramados y cloacas que mienten, confabulan y conspiran, la única forma de llegar y permanecer sin claudicar es contar con un apoyo social organizado y sólido, que esté dispuesto a exigir –y a exigirte– debates, acuerdos y rendición de cuentas.

Los movimientos sociales, por su parte, también tienen la obligación de organizar la resistencia, presionar, desobedecer, abrir camino, disputar la hegemonía cultural, poner en marcha alternativas, construir laboratorios de experiencias y tejer núcleos comunitarios.

Es absurdo y poco fino tildar los movimientos sociales de inútiles o maximalistas. El movimiento ecologista que yo conozco ha sido capaz de aplicar en todo momento un tremendo pragmatismo utópico. Se han elaborado estudios e investigaciones cruciales. Hemos peleado los avances en las leyes, artículo por artículo; hemos alegado con rigor contra cientos de proyectos, chapuzas y desastres y se han llegado a acuerdos con gobiernos de todos los colores sin perder de vista ni dejar de intentar construir una alternativa que cambiase de raíz las bases de las relaciones con la naturaleza y entre las personas.

No dudo que quienes hablan de un movimiento ecologista inflexible y dogmático se hayan encontrado con personas así pero, a veces, se hacen afirmaciones de trazo grueso poco dignas de la finura y capacidad de quienes las hacen. No es, desde luego, mi experiencia y me encantaría que la capacidad de debatir, escuchar, cambiar el propio punto de vista, generar liderazgos compartidos, intentar resolver creativamente los conflictos internos, y respetar y apreciar a los y las compañeras que yo he vivido se extendiese a otros movimientos o a los partidos.

Creo, como dice Bruno Latour, que la racionalidad ecologista, que reconoce las dependencias materiales humanas y los límites, es la más necesaria en el momento actual. Soy poco dada a los optimismos naíf preelectorales y cada vez me carga más el adjetivo ilusionante como pin que se autoprende en el pecho quien quiere ilusionar. La ilusión, el compromiso y la fuerza no los genera desde luego un informe con datos, pero tampoco una lista electoral que no esté fuertemente conectada con un movimiento de base. En este momento de incertidumbre y bajona generalizada, creo que conviene nombrar a las cosas por su nombre, no eludir los grandes conflictos, que mucha gente intuye.

Nombrar y diseccionar los problemas no es catastrofista. Hay una tendencia a confundir los datos con la catástrofe. La catástrofe no son los datos por malos que sean. Lo catastrófico es extraviar la pulsión y el deseo intenso de estar vivos, de permanecer con vida. Y lo terrible en el plano político es no extender esa pulsión a la vida de todos y todas.

Sería catastrofista pensar que no hay nada que hacer ante los datos, que los seres humanos somos un virus, que la historia está escrita y marcada por el determinismo energético, climático o de cualquier otro tipo, que el devenir material y político sigue una trayectoria inexorable o inevitable. La historia no está escrita y podríamos hacer que pasen muchas cosas que eviten o mitiguen las proyecciones más negativas.

La economía doméstica, las pensiones, o que se pague un seguro de entierro, muestran que las personas son capaces de prever y renunciar a algunos bienes en el corto plazo para hacer menos incierto el futuro. Es catastrofista pensar que los seres humanos estamos incapacitados para desarrollar una racionalidad de la precaución y la cautela. 

Pero, en mi opinión, también es tremendamente catastrofista declarar de forma taxativa que lo que sería necesario hacer para afrontar el desmoronamiento de los sistemas socioeconómicos fosilistas en tiempos de cambio climático es inviable políticamente. Es otro tipo de determinismo, que viene marcado por la falta de confianza en lo que las personas pueden comprender y construir en común.

Si lo necesario en tiempos de potenciales catástrofes es percibido como políticamente inviable, entonces ¿para qué la política? Esa afirmación, la de que lo que necesitamos sea inviable, sí que me asusta y me desanima. Si lo necesario no es viable ¿cómo se van a sostener las vidas? ¿Qué vidas son las que se van a priorizar? ¿Cuáles son las que se van a abandonar? ¿A quién –como se preguntaba Javier Padilla en su libro– vamos a dejar morir? La ultraderecha lo tiene claro, y por ello en su discurso quiebra la razón humanitaria. En su lógica, como no caben todos, hay personas a las que hay que abandonar. Para hacerlo con comodidad les retira su condición de humanidad y las declara amenaza.

Quienes creemos, como dice Judit Butler, que toda vida perdida merece ser llorada, que todas las vidas valen, no podemos renunciar a lo necesario. Es por eso que creo que la idea de lo posible no puede ser un horizonte político. Es un peligro que el alivio y descanso que produce centrarse en eso indeterminado y ambiguo que llamamos lo posible, haga tragable no llegar a lo necesario. Otra cosa es que haya que construir las condiciones de viabilidad, pero si divorciamos el propósito de la política de la persecución de lo necesario, entonces, creo que la política corre el riesgo de desorientarse.

El decrecimiento de la esfera material de la economía es un dato. El declive de energía y materiales, o la disminución de cosechas en las que incide el cambio climático o los problemas de agua son un hecho. Ni el modelo alimentario actual, ni el de transporte, ni el energético, ni el de consumo se sostendrán en un contexto de contracción material. Sufrir contracción material en el orden económico y político actual, sin transformar las relaciones que se dan en él es situar la política en la balsa de la Medusa, en donde las únicas opciones son matar o morir.

Quienes no queremos matar o morir debemos esforzarnos porque el marco de relaciones y el tablero político sea otro. A mí solo se me ocurre uno basado en el principio de suficiencia –como derecho y como obligación–, el del reparto de los bienes y los deberes, y el de la sostenibilidad de la vida, de todas las vidas, como principio organizador de la política.

Es obvio, que hay que empezar forzando el umbral de lo posible, de modo que lo acerquemos cada vez más al de lo necesario. Podemos aprender de otros. La apuesta, por ejemplo, de Gustavo Petro y Francia Márquez por un vivir sabroso, consciente de los problemas territoriales, de la violencia brutal, del extractivismo, del cambio climático, es un esfuerzo por cambiar el escenario, por salir de la balsa de la Medusa y construir otras en las que quepamos todas.

O la de Chile. Llegué a Chile con mi compañero el 26 de octubre de 2019. Días antes de ir, quienes organizaban las charlas que yo iba a dar me advertían que era posible que no hubiese mucha receptividad ni asistencia. “Aquí no se mueve nada”, decían. La doctrina del shock aplicada en Chile se había convertido en el paradigma del éxito neoliberal en América Latina. Me contaban que tantos años de individualismo fomentado, de inexistencia de lo común y lo público y de educación neoliberal, habían hecho que no hubiese ningún tipo de posibilidad de mover nada. Solo había algunos movimientos de protesta sectorial: los pensionistas, el movimiento contra los peajes en las carreteras, la juventud, las afectadas por problemas de salud mental, la defensa de las fuentes de agua, los feminismos…

El 19 de octubre se había producido el estallido social que nadie había previsto. Los editoriales de los periódicos se preguntaban cómo era posible que no lo hubiesen visto venir. Los sectores progresistas en el gobierno tenían miedo de que en una sociedad desvertebrada, el desorden desembocase en una suerte de estado fallido manejado por mafias y cárteles de diferente tipo. Pero no fue eso lo que sucedió. La gente se articuló en asambleas y cabildos barriales o municipales y empezó a hablar.

Mirando el cuaderno que escribí durante aquel viaje, encuentro lo que me dijo una mujer de Buin, cerca de Santiago de Chile, cuando hablaba de la represión del estallido: “Se está haciendo una deconstrucción a palos de lo que nos enseñaron que era la calidad de vida”. Se produjo un movimiento inesperado de encuentro, cooperación, lucha y reconstrucción. Emergió la convicción de que hacerse cargo unos de otros era imprescindible y de que es imposible garantizar vejez ni juventud digna si no se construye colectivamente.

Lo que los sectores progresistas en el Gobierno consideraban posible en Chile estaba tan separado de lo que era necesario, que la gente se arremangó para construir un nuevo marco que hiciera que vivir con dignidad fuese una posibilidad.

Esa explosión comunitaria no surgió de la nada, sino que se condensó alrededor de pequeños coágulos de encuentro y organización previos. La lucha por las pensiones dignas, la rebelión contra los peajes de pago, la resistencia en las zonas de sacrificio, las violencias machistas, el colonialismo… De no haber existido esos pequeños tumores dentro de la normalidad, hubiese sido difícil articular un movimiento que en dos meses se atrevía a proyectar un nuevo horizonte de deseo.

En septiembre se someterá a votación la nueva constitución, la primera que piensa en cómo se puede organizar la vida en común en un contexto de translimitación y cambio climático. Espero que se apruebe, pero en cualquier caso el camino político está iniciado, y ha quedado demostrado que las personas en poco tiempo son capaces de comprender, articularse y cambiar el marco político en el que desean vivir.

Ojalá cuando lleguen los momentos convulsos a nuestras sociedades –que llegarán– tengamos tantos núcleos de comunidad y apoyo mutuo que permitan que sea más fácil que surjan movimientos de cooperación y reconstrucción que dinámicas de todos contra todos.

Hace mucho que decidí no perder ni un rato en pelearme con aquellos de los que no me separa gran cosa. Me interesan los debates teóricos solo si tienden lazos y se dejan permear por lo que sucede en los territorios y en los cuerpos concretos y me parecen absurdos y contraproducentes si su resultado es el de establecer categorías estancas que solo aportan diferenciación o atrincheramiento. La permanencia constante en la abstracción es el privilegio de quienes no tienen la obligación de ocuparse de lo concreto.

Con todo respeto, me atrevo a sugerir autocontención, humildad y silencio en los momentos en los que solo podemos expresar rabia o desprecio por la postura del otro, aunque se revista de la consabida pátina de racionalidad o creamos saber cómo hay que hacer las cosas. Recomendaría que de vez en cuando leamos del tirón nuestros propios tuits de los últimos meses y revisemos si hay coherencia entre las prioridades que definimos y a quién le damos cera.

No olvidemos que, por el momento, a ninguno nos están saliendo muy bien las cosas y que las lecciones que damos desde todas las partes no están avaladas por una práctica exitosa o ganadora en términos de máximos. No caigamos en el error de pensar que hemos ganado cuando perdemos menos que otros.

Hay tanto, tanto, por hacer que seguro que al menos parte del camino lo podemos caminar con otros diferentes y, si no es así, no pasa nada porque esos caminos sean paralelos. No hay que estar de acuerdo en todo. Por mi parte, nunca sola, decidí hace tiempo dedicarme a tiempo completo a esa reconstrucción, en los movimientos en los que participo, en la relación con las personas que quiero, en la cooperativa en la que trabajo. Tengo la suerte de tener una fuente de sentido vital inagotable. Me siento fuerte y tengo alegría. La cuido, porque creo que no nos podemos permitir perderla.

Uno de esos espacios desde los que intentar crear un marco en el que no haya que escoger entre matar o morir, desde el que hacer que lo posible y lo necesario se acerquen, es el de la Revista Contexto. Y agradezco poder estar aquí.

Un fuerte abrazo.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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