Del compañero y miembro de Espai Marx, Carlos Valmaseda.
1. Clase y partido.
2. El principio del fin de la agricultura europea.
3. Arte palestino.
4. Vuelta al peligro de una guerra nuclear.
5. De nuevo sobre las movilizaciones campesinas en Francia.
6. Más sobre el ataque a la UNRWA.
7. Problemas en Israel.
8. Imaginar salidas (observación de Joaquín Miras)
1. Clase y partido
Como ya os había pasado la primera parte de estas reflexiones del editor de la Ontología de Lukács en italiano, os paso la segunda, en la que reflexiona sobre clase y partido, y en la que el caso de Podemos es analizado con una cierta extensión.
https://socialismodelsecoloxxi.blogspot.com/2024/01/la-cassetta-degli-attrezzi-postille_26.html
Viernes 26 de enero de 2024
LA CAJA DE HERRAMIENTAS. POSTILLA A «GUERRA Y REVOLUCIÓN»
En «Guerra y Revolución» (2 vols. Meltemi, Milán 2023) he abordado algunas cuestiones «escabrosas» sobre las que el marxismo occidental no puede evitar reflexionar si quiere salir del marasmo en el que décadas de oportunismo, sectarismo y dogmatismo lo han sumido. Personalmente, creo que el oportunismo (véanse las recurrentes tentaciones electoralistas y la consiguiente disposición al compromiso con las burguesías liberales), aunque pernicioso, ha causado menos daño que el sectarismo y el dogmatismo, es decir, la repetición ritual y obtusa de dogmas que un siglo de historia ha falsificado sin piedad. Es este calambre ideal el que ha impedido que las formaciones neocomunistas arraiguen en la esfera social y recaben apoyos (me refiero al reclutamiento de nuevos militantes, no a unos cuantos puñados de votos) entre los trabajadores y las nuevas generaciones. En este artículo ofrezco algunas reflexiones sobre las cuestiones abordadas en el libro que salió a la venta hace unos meses. No tocaré -si acaso marginalmente- las cuestiones relacionadas con las transformaciones estructurales del capitalismo tardío y las nuevas formas de socialismo surgidas en China y América Latina, porque son temas sobre los que ya he vuelto en estas páginas, para centrarme en cambio: 1) en la crítica de los «ismos» (economicismo, progresismo, eurocentrismo, universalismo, etc.) que han esterilizado el marxismo occidental; 2) en la cuestión de la forma de partido.
PS. En esta segunda parte, he intentado reducir al mínimo el aparato de notas, ya que se trata de un texto muy largo (el doble que el anterior), por lo que, de haber aplicado el mismo criterio, las notas habrían superado el medio centenar y quizá se habrían acercado al centenar, lastrando la lectura. Para referencias bibliográficas más exhaustivas remito a la bibliografía general de «Guerra y Revolución». Por último, me gustaría señalar que el último libro de Alessandro Visalli («Classe e partito», Meltemi 2023) inspiró muchas de las reflexiones que encontrarán en las primeras páginas, aunque no se cite directamente.
II. CLASE, PARTIDO, ESTADO
1. Composición de clase
a) Conceptos generales
La ortodoxia marxista postula la existencia de una única clase social verdaderamente revolucionaria, un Sujeto de la Historia que, en la medida en que experimenta un estado de opresión que no puede superar dentro del modo de producción capitalista, está «naturalmente» destinado a derrocarlo. Esta clase es la clase obrera. A lo largo del tiempo, este dogma ha sido cuestionado desde diversos puntos de vista: se ha dicho que los trabajadores de los centros metropolitanos han dejado de actuar como motor de la historia porque disfrutan de una parte del excedente generado por la explotación de los pueblos periféricos, que han heredado la tarea de destruir el capitalismo; o se ha confiado el papel de dirigir la lucha anticapitalista a nuevos sujetos como los trabajadores del conocimiento, el proletariado juvenil, las «multitudes», las mujeres, etc. Sin embargo, la lógica «esencialista» que supone la existencia de un sujeto revolucionario «natural» no ha desaparecido. Yo argumentaría aquí, por el contrario, que necesitamos construir una red de grupos sociales y comunidades que puedan integrarse en un proyecto compartido de cambio sistémico. Esta red incluye ciertamente a la clase obrera, radicalmente debilitada por los procesos de reestructuración tecnológica, descentralización productiva, financiarización y globalización del capital, etc.; sin embargo, se trata de identificar nuevas líneas de oposición que puedan sustituir a la clásica oposición bipolar patronal/trabajadores, permitiendo trazar una red que perimetra el material social, cultural y antropológico de las masas movilizables contra el capitalismo.
Empecemos por los ingresos. La contrarrevolución liberalista ha labrado un profundo surco entre una ínfima minoría de super-ricos y una gran mayoría de pobres y muy pobres: trabajadores pobres, parados y semi-parados, trabajadores precarios (por cuenta ajena y por cuenta propia), pequeños y medianos empresarios, profesionales proletarizados, endeudados, etc. Sin embargo, la pobreza no es un criterio suficiente para definir el tipo de subjetividad que nos interesa. Hay que distinguir entre los que viven exclusivamente de su trabajo y los que disfrutan de otras fuentes de ingresos. Por otra parte, la propiedad de los medios de producción no es un factor decisivo (a menos que hablemos de medios de producción masivos): la condición social del ciclista no se define por el hecho de que el ciclomotor en el que circula le pertenezca. Lo mismo cabe decir de los propietarios de pequeñas o muy pequeñas empresas que las han puesto en marcha tras ser expulsados del mercado laboral. El autoempleo tampoco es en sí mismo un criterio significativo, ya que la proporción de autoempleo ficticio no deja de crecer.
Pasemos a los individuos que, además de percibir una renta del trabajo, disfrutan de una pequeña renta (el alquiler de un piso heredado o comprado con los propios ahorros, bonos del Tesoro u otros). Thomas Piketty ha demostrado (1) que en Estados Unidos y Europa existe una proporción de entre el 30% y el 40% de ciudadanos que disfrutan de ingresos suficientes para garantizar un nivel de vida superior al que podrían permitirse con su trabajo. Se trata de una clase media que, a pesar de los procesos de empobrecimiento generados por la crisis, detenta un tercio de la riqueza nacional en los distintos países occidentales, y que de hecho está aliada con las élites superricas, tanto porque comparte algunos de sus intereses como porque encarna una promesa de movilidad social a los ojos de las capas más bajas.
Más complejo es el discurso sobre los nuevos estratos profesionales generados por las tecnologías digitales, los llamados «trabajadores del conocimiento». Los post-trabajadores sostienen que la revolución digital ha creado un estrato de trabajadores con una gran propensión a la cooperación social y a la autonomía frente al mando capitalista, potencialmente capaces de asumir el control directo de la producción. En realidad, la inmensa mayoría de estos trabajadores son meros «obreros», desposeídos de la capacidad de comprender el proceso total de producción en el que operan como engranajes individuales. Por el contrario, la minoría de cuadros de las grandes empresas de la Nueva Economía son funcionarios del capital encargados de desarrollar modelos y procedimientos de gobierno, control y mando sobre los demás empleados, sobre las redes de mano de obra pretendidamente autónoma, sobre los consumidores y, más en general, sobre la totalidad de las relaciones sociales, por lo que pertenecen a todos los efectos a la élite neoburguesa.
Queda por establecer hasta qué punto la posición dentro del proceso de creación de plusvalía determina la pertenencia de clase. ¿Qué importancia tienen las distinciones entre trabajo productivo e improductivo, manual e intelectual, material e inmaterial, servicios y producción, creación y realización de valor, etc.? Veamos el par trabajo productivo-trabajo improductivo: el debate sobre el tema está contaminado por el prejuicio de que sólo el trabajo manual sería productivo. Pero en el inédito capítulo VI de El Capital, Marx deja claro que el trabajo que genera plusvalía para el capitalista es productivo, sin distinción del tipo de actividad realizada. Es más: a medida que la producción se hace más compleja e integrada, y crece el nivel de cooperación entre todas las operaciones de una empresa cada vez más socializada, el atributo de trabajo productivo debe ser reconocido al trabajador colectivo que lo pone en funcionamiento (2).
En conclusión, sólo nos queda atenernos al criterio de que pertenecen a la clase proletaria quienes viven de la venta de su fuerza de trabajo y no pueden determinar su precio, teniendo en cuenta que, si bajamos de este nivel de abstracción y tenemos en cuenta la realidad concreta del actual modelo productivo se hace difícil definir quién pertenece «objetivamente» a la clase obrera, y teniendo en cuenta que definir quién pertenece a la «clase per se», no es lo mismo que definir el conjunto de los que constituyen la «clase para sí», es decir, los sujetos privilegiados a los que debe dirigirse una fuerza política revolucionaria.
b) El conflicto centro/periferia
Se trata de una oposición escalable a diferentes niveles: naciones metropolitanas frente a naciones periféricas; regiones ricas, densamente pobladas e hiperconectadas frente a regiones pobres, escasamente pobladas y aisladas, ciudad frente a campo, etc. La ubicación geográfica y los altos niveles de movilidad física y virtual ofrecen ventajas competitivas, mientras que quienes se encuentran atrapados en zonas periféricas con escasa movilidad y menor densidad de valor tienen pocas oportunidades de regatear el precio de su trabajo. La diferencia entre quienes pueden «fijar su propio precio» por estar situados en el centro y quienes lo sufren por estar enjaulados en una zona periférica es un elemento estratégico del conflicto de clases. Las grandes ciudades se han convertido en un privilegio reservado a los ricos; a la movilidad física y social metropolitana se opone la sedentarización de las pequeñas y medianas ciudades periféricas, que viven mayoritariamente del empleo público y de las actividades tradicionales, tienen mayores tasas de desempleo, utilizan servicios sociales más caros y de menor calidad, y tienen menos oportunidades de movilidad social. El conflicto entre naciones centrales y periféricas es también a todos los efectos una forma de conflicto de clases: los intereses de las clases subalternas de los centros no coinciden con los de las clases subalternas de las periferias, lo que también es aplicable a procesos de colonización interna como el del sur de Italia por las regiones del norte.
La dimensión espacio-geográfica del conflicto de clases también puede representarse como un antagonismo entre flujos y lugares: el capital global y financiarizado -formado por flujos acelerados de bienes, servicios, capitales y personas que ignoran las fronteras- oprime y explota los territorios en los que vive la inmensa mayoría de quienes no disfrutan de las oportunidades de movilidad física y social reservadas a las élites. Estos dos mundos, sostiene el geógrafo francés Christophe Guilluy (3), están desconectados y son opuestos hasta el punto de que su suma «ya no hace sociedad». Las metrópolis generan dos tercios del PIB y su columna vertebral ya no está formada por capas sociales tradicionales, sino por una neoburguesía emergente. Todas las oportunidades se concentran en estos espacios debido a su mayor tasa de integración en la economía mundial. La cultura de esta neoburguesía metropolitana, basada en las metáforas del movimiento y del progreso, que ensalza los derechos humanos (pero no los derechos sociales) y practica un multiculturalismo y un antirracismo teñidos de hipocresía, encuentra su expresión política en la izquierda liberal progresista, y la sordera ante el resentimiento de las mayorías periféricas expuestas a la marginación está en el origen del tsunami populista.
c) Nota sobre el trabajo digital
La revolución digital de los años 90 inspiró la exaltación del supuesto potencial emancipador de las nuevas tecnologías: nació el mito de la cultura hacker, alimentando el sueño de una sociedad democrática y «horizontal», fundada en una red de comunidades libres, autogestionadas y cosmopolitas, emancipadas de las restricciones del poder político y sus reglas (4); los «trabajadores del conocimiento» fueron celebrados como la nueva vanguardia revolucionaria. Estas teorías, ciegas al contenido de clase de la tecnología en general y de las tecnologías digitales en particular, dieron origen a una utopía que atribuía a los trabajadores del conocimiento tanto las habilidades como la conciencia de que podían explotarlas para tomar el control de la producción y reproducción social. En la primera década de los 2000, estas utopías fueron barridas por la crisis que aceleró el proceso de concentración monopolística de los sectores de alta tecnología, apagando las expectativas sobre el supuesto potencial emancipador y democratizador de la Red.
En otro lugar (5) he descrito los modos de ataque a las relaciones de poder de las clases trabajadoras posibilitados por la colonización digital de la totalidad de las relaciones sociales, políticas y económicas. No sólo se han remodelado las organizaciones empresariales y las relaciones laborales, sino también los ritmos y los modos de vida, las identidades individuales y colectivas, las necesidades, los deseos y las aspiraciones, la relación entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo, etc.; se ha puesto a trabajar a los usuarios-consumidores, movilizados para generar los big data en los que se basan los modelos de negocio de las empresas de Internet; se ha creado una fractura entre una capa privilegiada de técnicos hiperespecializados y la masa de la mano de obra: los primeros encargados de organizar el tiempo de vida y de trabajo de los segundos para mejorar su productividad; se ha acelerado el proceso de individualización de los trabajadores mediante la creación de complejas cadenas de valor que descienden hasta los esclavos de la gig economy (conductores de Uber, mensajeros de empresas de reparto, trabajadores de centros de llamadas, etc.). ). Todo esto hace cada vez más difícil activar relaciones independientes y directas entre los diferentes fragmentos del cuerpo de clase, ahora unificados exclusivamente por los centros de mando que coordinan su explotación desde arriba.
Concluyo con una consideración cultural-antropológica. El proceso de fragmentación social afecta no sólo a las clases trabajadoras, sino a todo el cuerpo social, que estalla en una nube de átomos individuales, cada vez más aislados e incapaces de desarrollar relaciones solidarias y comunitarias. La proliferación de identidades que sustituyen no sólo a la identidad de clase, sino también a los vínculos tradicionales de género, familiares, profesionales, religiosos, de proximidad territorial, etc., es una consecuencia de este fenómeno. La anomia y la soledad se combaten inventando nuevas «tribus» en un intento de situarse en un marco simbólico compartido. La mentalidad liberal-progresista exalta estas prácticas como un proceso de «emancipación» de los vínculos sociales tradicionales, a los que el individuo fue «arrojado» desde su nacimiento, sin posibilidad de elección, mientras que el individuo posmoderno puede optar libremente entre distintas posibilidades. Esto es pura ilusión, sobre todo en el caso de los sujetos comprimidos en la pirámide social por un estatus de clase que ya no parece convertible en identidad compartida, solidaridad, etc. Para estos sujetos, las alternativas sustitutivas de reconocimiento y autoestima son precarias, irrisorias, inestables. La cultura dominante llama pomposamente a estos fenómenos «resiliencia», cuando son meros recursos de supervivencia. El bajo perfil cultural y de valores, y la falta de expectativas de futuro que caracteriza a la mayoría de la gente se proyecta también sobre sus inversiones políticas: no es casualidad que los nuevos movimientos hayan abandonado toda ambición de cambio sistémico y sólo aspiren a condicionar el poder para «limitar los daños», dando por sentado que las lógicas socioeconómicas de base son inmutables y, si se intenta atacarlas, se producen daños peores. Por cierto: todo el aparato lingüístico políticamente correcto que impregna el discurso político, las instituciones educativas, la industria cultural y la comunicación mediática (periódicos, TV, cine, publicidad, etc.) trabaja a toda máquina para neutralizar, o desviar hacia falsos blancos, la tasa de agresividad generada por las condiciones de frustración en las que las masas se ven obligadas a vivir.
2. Populismo y soberanismo
a) La teoría populista
En otro lugar (6) he definido el populismo como la forma que tiende a adoptar la lucha de clases en la era del capitalismo globalizado y financiarizado. También he argumentado que el populismo no es una ideología. No existe un cuerpo ideal común de movimientos populistas comparable a los que definen los campos liberal y socialista. Por último, he argumentado que el populismo no es en sí mismo regresivo, fatalmente destinado a asumir connotaciones de «derechas». El mérito de haber desacreditado este tópico corresponde a Ernesto Laclau (7), un autor en el que convergen sugerencias marxistas, estructuralistas y postestructuralistas. Al margen de este eclecticismo, Laclau describe con lucidez las transformaciones que han experimentado los sistemas democráticos liberales en las últimas décadas. En primer lugar, rechaza la tesis de que el populismo no es más que una técnica de manipulación de las masas para subvertir el sistema democrático liberal y sustituirlo por regímenes totalitarios. Esta acusación suscita sugerencias a la Gustave Le Bon, que atribuía a las multitudes y a su comportamiento un carácter patológico, caracterizado por fenómenos de «contagio» psicológico. ¿Por qué no pensar, responde Laclau, que el contagio no es una enfermedad, sino la expresión de un contenido común compartido por un grupo de personas, difícil de verbalizar directamente y expresable sólo a través de representaciones simbólicas? Pero sobre todo: ¿por qué no pensar que el contagio encarna una exigencia de democracia radical que el sistema no puede satisfacer?
Esta última pregunta, junto con el concepto de «momento populista», constituye el núcleo esencial del pensamiento de Laclau. El momento populista es el resultado de una situación en la que un sistema hegemónico ya no es capaz de responder diferencialmente a las demandas que le llegan del cuerpo social. Se establece así una «cadena equivalencial» entre las demandas no atendidas; se produce «una acumulación de demandas no escuchadas y una creciente incapacidad del sistema institucional para absorberlas de manera diferencial de modo que se establece entre ellas una relación de equivalencia que radicaliza el conflicto entre el sistema institucional y el pueblo: «Cuanto más estable e incuestionado es el orden social», escribe Laclau, «más prevalecen las formas institucionales y se organizan en un sistema sintagmático de posiciones diferenciales. Cuanto más el conflicto entre grupos defina la escena social, más se dividirá la sociedad en dos campos, hasta llegar al límite de una dicotomización total del espacio social a partir de dos posiciones: nosotros y ellos». El populismo surge en el momento en que se forma una frontera amigo-enemigo entre la gente y el poder, lo que sucede siempre y cuando las demandas adopten la forma de reivindicaciones. En ese momento, se crean las condiciones para unificar a los sujetos que realizan las reivindicaciones mediante el reconocimiento de objetivos y enemigos comunes.
Mientras que el marxismo señala las raíces de los conflictos sociales y la posibilidad de su unificación en las contradicciones inmanentes a las relaciones de producción, para Laclau las reivindicaciones comparten la oposición a un régimen oligárquico (élite, casta, etc.) vivido como «malo», por lo que la posibilidad de su unificación se da exclusivamente en el plano simbólico. Hay que admitir que las características de muchos movimientos sociales surgidos en las últimas décadas se asemejan más a las así descritas que a las teorizadas por la tradición marxista; sin embargo, este modelo teórico no permite distinguir entre revoluciones con potencial emancipador y revoluciones pasivas. Otros elementos de ambigüedad son el resultado del mal uso de las categorías gramscianas, empezando por el concepto de hegemonía: Laclau no piensa en la hegemonía de una clase o un bloque social en particular, sino en la capacidad de una reivindicación concreta para encarnar simbólicamente toda la cadena equivalencial. Una vez que asume este papel, puede emanciparse de su límite corporativo y extender la cadena a grupos cada vez más heterogéneos hasta construir un bloque social. La lucha por el poder no se gana construyendo alianzas de clase, sino mediante la «performatividad» de un lenguaje capaz de integrar el contenido simbólico de todos los discursos de la cadena equivalencial.
Aunque atribuye un papel central al lenguaje, Laclau reconoce que para construir un pueblo hace falta algo más: hacen falta vínculos eróticos, procesos de identificación que se desarrollen tanto horizontalmente (identificación mutua entre los miembros del grupo) como verticalmente (identificación entre los miembros del grupo y el líder). Ninguna insurgencia populista puede triunfar si se limita a una dimensión horizontal de agregación: el movimiento debe dotarse de una dimensión vertical que pueda asumir tanto el aspecto de la organización como el de la identificación con el líder. Aunque volveré más adelante sobre esta intersección de vectores horizontales y verticales, concluiré resumiendo las razones por las que creo que la contribución de Laclau es útil incluso con todas sus limitaciones. En particular, acojo con satisfacción las siguientes sugerencias 1) si es cierto que los sistemas políticos actuales son posdemocráticos (8), el momento populista interpreta una reivindicación de democracia radical que la sociedad dirige a un sistema político por el que ya no se siente representada; 2) el pueblo no es una entidad predeterminada sino una construcción política 3) es justo reconocer la autonomía de la esfera política, a condición de precisar que esta autonomía no es absoluta, ni puede limitarse al marco simbólico-discursivo en el que Laclau la inscribe, sino que es el resultado del trabajo de un sujeto político capaz de interpretar y representar el conflicto de clases.
b) El fracaso de los populismos de izquierda: el caso de Podemos
La «materia prima» de la que nace Podemos es variada: algunos círculos de la Universidad Complutense de Madrid; La Tuerka, una tertulia semanal de éxito; los movimientos sociales de 2011-2013 (15M y Mareas); los contactos de los fundadores con experiencias latinoamericanas. La composición ideológica también es variada: movimientos estudiantiles inspirados en el modelo de los Monos Blancos, cuadros comunistas y de izquierda radical, líderes de movimientos sociales. Campolongo y Caruso (9) insisten en el papel de La Tuerka, subrayando cómo Podemos fue el primer partido de la izquierda radical en asumir el espacio mediático como terreno estratégico. De hecho, fue su éxito como tertuliano lo que convirtió a Iglesias en el líder indiscutible de Podemos. Por otro lado, es erróneo describir a Podemos como una proyección política del 15M, un movimiento que rechazaba cualquier tipo de representación política organizada, ya que sus fundadores creían firmemente en la «autonomía del político», y pretendían construir una máquina electoral capaz de utilizar el fermento social como combustible para un proyecto mayoritario. Las energías se centraron en ganar elecciones y llegar al gobierno, y la herramienta estratégica fue la comunicación. El mejor resultado de esta estrategia se consiguió con la política de 2016, cuando Podemos superó el 20%. Después, al darse cuenta de que era imposible ganar una mayoría en solitario, se aceptó la idea de formar alianzas y se decidió formar una coalición con Izquierda Unida. Tras tomar esta decisión frente a Íñigo Errejón, que quería una alianza con el PSOE, Iglesias teorizó sobre el fin del ciclo populista y la necesidad de pasar «de la guerra de movimientos a la guerra de posiciones». Ante este giro «gramsciano», era legítimo esperar que el partido adquiriera connotaciones abiertamente socialistas, comprometiéndose a echar raíces sociales. Pero Iglesias, ante la crisis catalana y la emergencia de la derecha neofranquista, decidió buscar una alianza con el Psoe. Comenzó así un tira y afloja con este partido, hasta que Sánchez aceptó formar un gobierno de coalición en el que Podemos quedó relegado a un papel marginal.
El «relato» de Podemos pasó por dos fases. En la primera, el objetivo era agregar una serie de demandas sociales heterogéneas en torno a un núcleo simbólico que se construiría a través de la figura del líder y de campañas mediáticas. Se trataba de reunir un consenso transversal desvinculado de sectores sociales e ideológicos concretos: jóvenes, mujeres, estudiantes, autónomos y precarios, pensionistas, comerciantes, pequeños y medianos empresarios, profesionales, artesanos, excluyendo sólo a «los poderosos que gobiernan sin presentarse a las elecciones». En la segunda fase, se recupera un lenguaje anticapitalista y abogan por reparar los fracasos generados por las políticas neoliberales mediante un programa socialdemócrata radical: transición energética, nuevo modelo productivo, reindustrialización, financiación de la modernización tecnológica, reforma fiscal, creación de un banco nacional enteramente público, abolición del artículo constitucional que consagra la obligación de paridad presupuestaria. Sin embargo, el giro ideológico no va acompañado de un giro organizativo: el partido sigue caracterizándose por una fuerte centralización, mientras que la articulación territorial, basada en círculos, no juega un papel significativo: estamos en presencia de un partido «light» y vertical, típico de los movimientos personalizados y mediatizados de las últimas décadas.
La composición del electorado refleja estas opciones: Podemos ofrece representación a las clases medias cultas y en particular a sus capas juveniles, y obtiene consenso en los grandes centros urbanos más que en las provincias. El partido es votado principalmente por estudiantes y trabajadores cualificados, aunque también recaba apoyos entre los obreros y las clases medias bajas, queda por detrás del Psoe en este ámbito. El proyecto original de construir una mayoría socioeconómica e ideológicamente transversal fracasó, pero tampoco puede decirse que haya tenido éxito el intento posterior de crear una izquierda radical de nuevo tipo. El defecto que más penalizó el proyecto fue el comunicacionalismo: desde el momento en que asumió el espacio mediático como terreno estratégico de su praxis, Podemos se embarcó en una peligrosa pendiente que generó una progresiva atrofia de la capacidad de elaborar pensamiento estratégico; finalmente, el déficit organizativo le impidió adquirir un conocimiento real de la sociedad. En lugar de radicalizar el choque de clases, Podemos ha continuado mezclando la retórica «ciudadanista» con el legado libertario y horizontalista de los movimientos posteriores a los años sesenta. Así consiguió llegar al gobierno, pero en una posición subordinada al Psoe, cuyas políticas antipopulares impuestas por la UE comparte ahora tanto como la línea imperialista de la OTAN. Una estrategia que ha dado sus frutos con el vaciamiento de su base electoral.
c) Soberanismo, cuestión nacional y marxismo
En un breve y denso ensayo (10) Carlo Galli parte de la constatación de que la soberanía de los modernos no está legitimada por factores trascendentes, sino que debe hacer frente a los desafíos que la historia lanza a un orden político que es fruto de la construcción, y no de factores naturales y/o tradicionales. Esta «infundamentación» significa que el orden político nunca puede darse por sentado: por mucho que no reconozca ningún otro poder por encima o al lado de sí mismo y reivindique el monopolio de la violencia legítima, «nunca consigue despolitizar completamente la sociedad», que produce continuamente nuevos desórdenes y nuevas demandas de orden. Dicho de otro modo, «el poder constituyente nunca está plenamente constituido», siempre existe la posibilidad de que un pueblo o una clase social «irrumpa» en el espacio público, generando una nueva soberanía. Este principio de subversión es lo que hace que la categoría de soberanía sea indigerible para las derechas liberales, y significa que las derechas reaccionarias sólo pueden exaltarla neutralizando su tensión interna. Luego están los factores universalistas que se oponen a la soberanía en la medida en que vive de límites, fronteras, determinaciones: el derecho y la moral, que se presumen universales, pero sobre todo la economía liberalista para la que la legitimación del orden político es inútil, incluso un obstáculo, en la medida en que se considera capaz de autolegitimarse.
Por su parte, la izquierda condena la soberanía nacional por arbitraria, represiva, autoritaria y «de derechas» y pide su superación por las instituciones supranacionales, sin darse cuenta de que estas últimas encarnan una «soberanía al cuadrado» mucho más arbitraria, autoritaria y antidemocrática. Afirmando que «describir el mundo globalizado como un mundo sin centros de poder soberano», escribe, «es en realidad decir algo equivocado», Galli añade que soberanía nacional no significa necesariamente nacionalismo, y que distinguir entre dentro y fuera no significa necesariamente xenofobia, sino más bien un deseo de definir el espacio en el que los ciudadanos pueden decidir libremente sobre las opciones que afectan a sus vidas. Por último, refuta la acusación de que la reivindicación de la soberanía es expresión de una ideología «antipolítica», de derechas: lo cierto es que estamos ante la exigencia de devolver a la política el control sobre los «espíritus animales» de la economía, y si hoy esta exigencia está siendo interceptada por la derecha, la responsabilidad recae en una izquierda ciega ante la devastación social producida por el liberalismo.
En los escritos dispersos de Marx y Engels sobre el tema de las reivindicaciones de soberanía nacional, la premisa era que sólo debían apoyarse aquellos movimientos nacionales que promovieran el desarrollo de las fuerzas productivas acelerando la formación de la clase obrera. Basándose en este criterio, Marx y Engels apoyaron el irredentismo polaco e irlandés (11). Por el contrario, ante la colonización de la India, Marx acunó la ilusión -desmentida por la historia- de que redimiría a la India de su «atraso», promoviendo su desarrollo industrial, civil y social. Posiciones inestables de las que es difícil extraer un modelo. Además, un siglo de luchas de liberación de los pueblos coloniales, apoyadas por los países socialistas sobre la base de una reformulación teórica de las relaciones entre la lucha de clases y la lucha entre naciones, nos separa de la época en que Marx y Engels llevaron a cabo estas reflexiones; nos separa del fracaso de las predicciones de que la revolución tendría lugar en los países industrialmente avanzados; nos separa de la derrota del proletariado occidental por la contrarrevolución liberal tras el hundimiento de la Unión Soviética; y, por último, de la crisis del proceso de globalización, del regreso prepotente de un Estado-nación que se daba por muerto y enterrado, y del resurgimiento de los conflictos entre grandes potencias que nos arrastran hacia la III Guerra Mundial.
El debate marxista sobre la cuestión nacional fue largo y articulado hasta los años 70, tras lo cual el (supuesto) fin de la era colonial (12) hizo que la izquierda occidental convirtiera el tema en un tabú político, acusando a quienes lo revivían de populistas, reaccionarios y nacionalistas. Esta polarización se profundizó a medida que avanzaba el proceso de construcción de la Unión Europea, dividiendo el campo marxista en tres grandes áreas: los entusiastas del proyecto unitario, los partidarios con reservas críticas y los detractores. Entre los más fervientes partidarios «desde la izquierda» destaca Antonio Negri, quien en 2005, durante la campaña del referéndum francés sobre la aprobación del proyecto de Constitución europea, a un entrevistador que le preguntó por qué un «manifestante radical» como él se había declarado partidario del sí, respondió: «Porque la Constitución es un medio para luchar contra el Imperio, la nueva sociedad capitalista globalizada. Europa tiene la oportunidad de ser una barrera contra el pensamiento único del unilateralismo económico» (¡sic!) Y añadió: «Sabe, el espíritu de la Constitución tiene una base liberal… ¿y qué? Sí, está llena de defectos, de lagunas, pero introduce nuevos derechos a través de la Carta de los Derechos Fundamentales. Hay que ser pragmático». Y de nuevo: «Ahora sólo en el terreno europeo puede plantearse la cuestión de los salarios como la de los ingresos, la definición de los derechos como la de las dimensiones del bienestar, la cuestión de las transformaciones constitucionales dentro de cada país como la cuestión constitucional europea. Hoy, fuera de este terreno, no existe realismo político» (13). Es una lástima que von Hayek dijera que la unificación europea era la solución ideal para aplastar las ambiciones de los trabajadores de negociar salarios, ingresos y derechos…
A los marxistas que sostienen que los intereses de clase deben prevalecer sobre los de nacionalidad, citando la frase del Manifiesto de que los obreros no tienen patria, Lenin respondió: ‘Habéis tomado una sola cita del Manifiesto y parecéis querer aplicarla sin reservas, llegando incluso a negar las guerras nacionales. Todo el espíritu del marxismo exige que cada situación sea examinada sólo a) históricamente; b) sólo en conexión con otras; c) sólo en conexión con la experiencia concreta de la historia. […] La tesis sobre la patria y su defensa no puede ser igualmente aplicable en todas las condiciones. El Manifiesto Comunista afirma que los trabajadores no tienen patria. Cierto. Pero no sólo afirma esto. Afirma que en la formación de los estados nacionales la función del proletariado es bastante particular. Si se toma la primera tesis (los obreros no tienen patria) y se olvida su conexión con la segunda (los obreros se constituyen como clase nacionalmente, pero no como burguesía), se comete un grave error» (14).
3. Comunismo, libertad, democracia
a) Más allá de la utopía clásica
Lukács escribe en La ontología del ser social: «Todas las utopías que se mueven en el plano filosófico no pueden (y en general no quieren) afectar sin más al futuro inmediato de una manera directa […] la objetividad y la verdad directa de la utopía pueden ser también muy problemáticas, pero es precisamente en esta problematicidad donde su valor para el desarrollo de la humanidad se pone en juego una y otra vez, aunque a menudo de manera confusa. A la luz de acontecimientos como el hundimiento del socialismo en Rusia y el extraordinario éxito del socialismo «a la china», no podemos contentarnos con esta reflexión. La catástrofe soviética restó credibilidad a la versión «clásica» de la utopía comunista, mientras que el resultado del experimento chino generó un modelo novedoso de transición al socialismo. Para recordar lo alejado que está el modelo en cuestión de la tradición marxista, retomo los argumentos de Vladimiro Giacché.
Analizando la Crítica del Programa de Gotha de Marx y el Anti Duhring de Engels, Vladimiro Giacché recuerda que para los «clásicos», el socialismo se caracterizaba no sólo por la socialización de los medios de producción, sino también por el fin de la producción mercantil y de las relaciones monetarias. Un punto de vista que ni Lenin ni Bucharin cuestionaron en los años inmediatamente posteriores a la Revolución de 1917. Sin embargo, ya en 1921-23, Lenin criticó a quienes sostenían que se podía pasar directamente al socialismo sin una larga fase de transición caracterizada por la persistencia de relaciones mercantiles y monetarias. En cuanto a China, Giacché escribió: «si se asume la desaparición de la producción mercantil como único parámetro del carácter socialista de una sociedad, ni la China de Mao, ni la de Deng y sus sucesores, pueden considerarse como tales». Para algunos, esto basta para poner en duda el carácter socialista de China. Sin embargo, Lenin había declarado en 1918: «Estamos lejos incluso del final del período de transición del capitalismo al socialismo (…). Sabemos lo difícil que es el camino del capitalismo al socialismo, pero tenemos el deber de decir que nuestra república soviética es socialista, porque hemos emprendido este camino. Por tanto, es correcto decir que nuestro Estado es una república soviética socialista» (15).
La cuestión sigue siendo si China es un país en transición hacia un modelo que ya poseen otros países o un modelo por derecho propio. Giovanni Arrighi ha abordado esta cuestión (16) argumentando que el fenómeno chino sólo puede explicarse aceptando que puede haber un desarrollo de mercado no capitalista. Desde una perspectiva marxista ortodoxa, esto es una herejía. Pero Arrighi nos invita a tomar nota de la necesidad de un cambio de paradigma. La predicción «globalista» de Marx sobre el advenimiento de un mundo aplanado según el modelo occidental no se ha hecho realidad. En cambio, la historia nos ha deparado la gigantesca novedad de un país de mil quinientos millones de habitantes que ha sabido explotar tres factores estratégicos: 1) una tradición milenaria basada en la estabilidad social y la preocupación por el bien de la comunidad, 2) el impulso innovador de una revolución de liberación nacional guiada por la ideología marxista-leninista, 3) la utilización del mercado bajo el estricto control del partido-Estado. Al mismo tiempo, la vía de la reforma emprendida por Deng y sus sucesores no ha cuestionado el papel central de las empresas estatales ni, mucho menos, el papel dirigente del PCCh, que mantiene el control sobre el Estado, la sociedad y la economía, impidiendo el acceso de la neoburguesía china al poder político.
Las reflexiones de Rita di Leo (17) sobre la NEP permiten a su vez establecer una analogía con el giro reformista del PCCh . Cuando se dio cuenta de que «los hombres del trabajo eran incapaces de gestionar los lugares de trabajo recién conquistados», Lenin rompió con el extremismo de aquellos dirigentes que pensaban que podrían lograr la transición al socialismo de la noche al día, e ideó una estrategia para «comprar» a los expertos que habían gestionado el poder en nombre de los patrones hasta la revolución y que eran los únicos con los conocimientos necesarios para hacer funcionar la economía y la administración. Lenin, concluye, «fue en busca de una teoría del socialismo que no podía ser la clásica», adoptando un programa que podría describirse como una especie de «utilización bolchevique del capitalismo».
La cuestión central es el papel del Estado en la transición al socialismo. Para Lenin y la dirección china, este papel es insustituible y decisivo; mientras que para los críticos de «izquierda» del socialismo real, esta centralidad del Estado es la prueba de que estamos en presencia de formas de capitalismo de Estado que no pueden emancipar al trabajo de la explotación. La cuestión también está en el centro del debate en América Latina: hablando sobre el tema, el ex vicepresidente boliviano Linera critica la ideología «antiestatista» de la izquierda radical, reiterando que la lucha por la emancipación de las clases subalternas pasa necesariamente por la lucha por hacerse con el control del Estado. Quienes niegan esta evidencia confunden al Estado con un «instrumento», ignorando su naturaleza como relación social: el Estado «es un proceso, una aglomeración de relaciones sociales que se institucionalizan, regularizan y estabilizan»; es «el proceso de formación de hegemonías y bloques de clase», no un Moloch a derrocar, sino un campo de fuerzas sobre el que es imprescindible que las clases subalternas se midan para tomar el control» (18).
En resumen, las experiencias revolucionarias que se han desarrollado en Asia y América Latina comparten un marcado alejamiento de los modelos «clásicos» de revolución socialista. Pero, ¿hasta qué punto un renacido movimiento comunista occidental puede inspirarse en el modelo chino y/o latinoamericano? Si algo nos ha enseñado la historia es que no hay modelos. Por eso Samir Amin ha sustituido el concepto abstracto de modo de producción por el de formación social: no existen el capitalismo y el socialismo, existen formaciones sociales capitalistas y socialistas concretas, que tienen características propias determinadas por la historia, las tradiciones y las culturas de los países en los que evolucionaron. La tarea de los comunistas occidentales, además de analizar la composición y las contradicciones de clase de sus propios países, consiste por tanto en comprender los factores que influyen en su cultura y su historia, incluidas las formas ideológicas que adopta el conflicto político. Esto no excluye que haya algo que aprender de las experiencias de otros, empezando por la redefinición de la relación del movimiento socialcomunista con la democracia y el liberalismo.
b) Socialismo y democracia
Las Constituciones aprobadas en Bolivia, Ecuador y Venezuela han puesto de manifiesto la dificultad de hacer coexistir las nuevas instituciones de democracia directa y participativa con las reglas tradicionales de la democracia representativa. Las situaciones de guerra civil progresiva que caracterizan la vida política de esos países nos hacen ver que la coexistencia en cuestión es una forma de dualismo de poder destinada tarde o temprano a disolverse con la prevalencia de uno de los dos sistemas. Véase la contradicción entre la lentitud de los procesos de transformación del sistema económico y social y la rapidez impuesta por los plazos electorales, contradicción que alimenta el riesgo de que una derrota electoral destruya súbitamente años de trabajo. En pocas palabras: mantener las reglas de la democracia burguesa tiene un alto coste para las fuerzas revolucionarias, que se ven obligadas a realizar un enorme esfuerzo para mantener el consenso mayoritario incluso en momentos de crisis que les obligan a adoptar medidas impopulares.
¿Cómo es posible, en tales condiciones, avanzar por la vía del socialismo, y qué tipo de democracia puede apoyar el proceso? La hipótesis de Linera (19) es la de un progresivo agotamiento de las instituciones de la democracia representativa en paralelo al progresivo fortalecimiento de la democracia directa y participativa. Una perspectiva que parece hipotetizar una evolución en un sentido «consiliar» del sistema político, asociado a un proceso de construcción comunitaria «desde abajo», respecto del cual partido y Estado tendrían la tarea de facilitadores. Por eso, aunque crítico con el antiestatismo de principios de la izquierda radical (véase más arriba), sostiene que «no hay posibilidad de realizar el socialismo a través del Estado» y revive la utopía de la extinción del Estado, aunque sigue siendo impreciso sobre cómo debería ocurrir: el salto a una fase posterior de la construcción del socialismo sólo puede tener lugar si y cuando «la propia sociedad se proponga democratizarse». Esta visión probablemente se resiente de la experiencia de la primera fase de la revolución boliviana, caracterizada por la democracia de base de los cabildos, pero el golpe de 2019 ha demostrado que sin el monopolio estatal/partidario del poder, las utopías de la construcción desde abajo pueden ser barridas de la noche a la mañana.
Paso al tema de la democracia china. China representa la refutación de la tesis de que la democracia liberal de corte occidental es el sistema hacia el que evoluciona toda nación cuando se integra en el mercado mundial y alcanza ciertos niveles de prosperidad. Pero a los ciudadanos chinos no les interesa la concepción procedimental de la democracia, ya que prefieren medir el grado de democracia de su sistema en relación con el nivel de seguridad que puede garantizar el partido-estado y su capacidad para servir a los intereses de la mayoría del pueblo. Como resultado de sus extraordinarios logros, el nivel de legitimidad del sistema político es muy superior al nivel de legitimidad que los ciudadanos occidentales conceden a sus gobiernos. Dicho esto, es falso que no exista ninguna forma de democracia en China. En 2008, novecientos millones de personas ejercieron su derecho al voto participando en las elecciones a los comités de aldea; las candidaturas a estas elecciones tampoco están reservadas al PCCh, sino abiertas a candidatos independientes que actúan como controles de las estructuras locales del partido. Además de estas formas de democracia de base, hay que señalar que existen otros partidos políticos y representantes de minorías étnicas en la Asamblea Popular Nacional. Además, los trabajadores y los campesinos, si consideran que no se reconocen sus intereses, organizan luchas que consiguen obligar a la dirección del Estado/partido a cambiar de línea (20). Daniel Bell (21) denomina a este sistema de gobierno «meritocracia democrática vertical». Una definición que justifica describiendo los procedimientos de selección de los dirigentes: una vez superado el duro obstáculo de los cursos universitarios, los candidatos a las carreras políticas o estatales sólo pueden acceder a los niveles inferiores de la administración aprobando oposiciones, mientras que cualquier promoción posterior depende de la calidad de los resultados. Esta carrera de obstáculos dura toda la vida, lo que significa que los cuadros más experimentados, que han desarrollado la conciencia de sí mismos, el sentido de los límites y la empatía, aprenden a vivir para la política y no de la política, aterrizan en la cima. Dicho esto, no es posible ignorar la distancia entre un sistema político como el chino, que mezcla los principios y valores comunitarios de la cultura marxista con los de la tradición confuciana, y el nuestro, que tiene a sus espaldas siglos de individualismo. Por el contrario, tendríamos mucho que aprender de las experiencias revolucionarias latinoamericanas, y sus intentos de promover una eutanasia suave y no violenta de la democracia burguesa y sustituirla progresivamente por instituciones de democracia directa y participativa.
c) Comunismo y liberalismo
El rechazo radical de todas las formas de liberalismo debería ser un elemento definitorio del movimiento comunista. De hecho, todas las variantes -clásicas y posmodernas, de derechas y de izquierdas- de esta ideología comparten principios y valores, como el individualismo y la concepción occidental -ilustrada, burguesa y eurocéntrica- de los derechos civiles e individuales, así como de los derechos humanos «universales», inspirados en las visiones anticomunistas de autores como Popper y Hayek. Sin olvidar que, en nombre de estos principios y valores, se han cometido y se siguen cometiendo los peores crímenes contra las clases trabajadoras y los pueblos del mundo. Sin embargo, esta posición no es compartida por la mayoría de los intelectuales y militantes que se reclaman comunistas, e incluso marxistas inteligentes con un lúcido espíritu crítico hacia la civilización occidental critican a Marx por su rechazo intransigente de los valores liberales.
Lukács nos recuerda que, para Marx, el derecho burgués nunca va más allá de una concepción económica de la igualdad: el comprador reivindica el derecho a prolongar la jornada laboral, el vendedor reivindica el derecho a limitar su duración: derecho contra derecho, ambos consagrados por la ley del intercambio de mercancías, pero entre derechos iguales, la fuerza decide. En cuanto a los derechos del hombre, Marx los descarta así: «Ninguno de los llamados derechos del hombre va más allá del hombre egoísta, del hombre como miembro de la sociedad civil, es decir, del hombre replegado sobre sí mismo, sobre su interés privado y su voluntad privada, y aislado de la comunidad». Sin embargo, incluso Domenico Losurdo escribió que los comunistas no debían devaluar los logros del liberalismo, sino apropiárselos (22). A las críticas de los liberales, recuerda, la cultura comunista reaccionó de dos maneras: por un lado, contraponiendo la libertas minor (la libertad negativa, o libertad de, esculpida sobre el derecho del propietario individual) a la libertas maior (la libertad positiva, o libertad para, esculpida sobre los derechos colectivos de la comunidad de productores); por otro lado, elaboró ese concepto de democracia progresiva que Losurdo resume de la siguiente manera: «Combinar el poder y la hegemonía obrera con el imperio de la ley, acabando con la vulgata marxista que tachaba de irrelevantes las libertades formales sancionadas por la revolución democrático-burguesa». Según Losurdo, esta tesis de Togliatti era el resultado de la idea de que los comunistas, en lugar de negar o devaluar los logros liberales y democráticos, deberían haberlos universalizado y haberlos hecho válidos incluso en la materialidad de las relaciones económicas y sociales. El escritor, en cambio, considera acertado el primer punto de vista, compartido por Marx, quien, polemizando con el anarquismo, sostenía que poner en el centro la libertad individual significa no poder mirar más allá de una sociedad de empresarios privados.
Creo que estos malentendidos reflejan la idea de que la revolución socialista representa la puesta en práctica de los principios y valores de la revolución democrática burguesa, que no se aplican porque están penalizados por el dispositivo limitador que los confina a la esfera de la protección de los derechos de propiedad y de las libertades negativas. Esto es tres veces erróneo 1) porque la historia no es una sucesión ordenada de etapas; 2) porque la revolución burguesa y la revolución socialista son fenómenos estructuralmente diferentes, en el sentido de que la burguesía conquista el poder político después de haber conquistado ya el poder socioeconómico, mientras que el proletariado está desprovisto de todo poder, por lo que sólo puede vencer destruyendo las formas de poder existentes; 3) porque la tesis de Togliatti elimina el hecho de que la libertad liberal no se limita a la esfera económica, sino que coincide totalmente, en forma y estructura, con esa esfera, por lo que no es aplicable a otros contextos.
Cayendo en esta trampa, los comunistas han pactado con la derecha liberal para cerrar el paso a la extrema derecha; se han alineado con los objetivos de los movimientos sociales poscomunistas aceptando sus principios y valores individualistas y antiestatistas con la ilusión de poder hegemonizarlos, acabando hegemonizados por ellos, opciones que les han costado la pérdida del consentimiento de las masas populares. Por no hablar de que existen partidos y movimientos que se autodenominan comunistas que, en nombre de la defensa de los principios de la democracia liberal y los derechos humanos universales, acusan a los países socialistas de totalitarismo y se oponen a la guerra imperialista que EEUU, la UE y la OTAN libran contra Rusia y todos los países que no aceptan la hegemonía occidental con un pacifismo genérico, evitando tomar partido por el frente mundial de resistencia antiimperialista.
4. La construcción del partido de clase
a) La paranoia «horizontalista»
La primera generación de movimientos poscomunistas, nacidos de la crisis de la izquierda «alternativa» en los años 70 (grupos marxistas leninistas, grupos obreristas, primera ola feminista), como los que surgieron tras el derrumbe del socialismo real y confluyeron en el caldero de un amplio y variado espacio cultural (sucesivas olas feministas, movimiento no-global, ecopacifistas, etc.) comparten un rechazo radical a cualquier organización vertical. La forma de partido y la forma de Estado son expulsadas del acervo ideal de los nuevos movimientos como «políticamente incorrectas». Un lúcido análisis de las paradojas y contradicciones generadas por esta postura ideológica se debe, curiosamente, al filósofo brasileño Rodrigo Nunes (23), que fue también uno de los coorganizadores del Foro Social Mundial. Es él quien utiliza el término «paranoia horizontalista» y la define como una obsesión por el riesgo de que la organización esté asociada a la posibilidad de su apropiación por intereses particulares, pero sobre todo por el riesgo de que el poder de hacer cosas se transforme en poder sobre los demás, de que la potentia se convierta en potestas. Pero esto, argumenta, significa considerar el asunto sólo desde el punto de vista de su posible exceso, ignorando las implicaciones de su ausencia.
El primer efecto secundario de la manía de percibir la organización siempre y sólo como un riesgo, es que cualquier intento de mejorar la coordinación entre los sujetos comprometidos en un determinado proyecto político se atribuye a intenciones malignas, tras lo cual se pierde toda posibilidad de acción concreta. Otro aspecto paradójico del fenómeno consiste en que, si bien la cultura de los nuevos movimientos ha abandonado el determinismo (las cosas suceden porque las impulsa la necesidad histórica), la renuncia a la fe teleológica y la conciencia de que sólo la acción subjetiva puede cambiar el mundo no la llevan a reconocer la necesidad de la organización. Probablemente porque ello implicaría reconocer que ningún sujeto puede actuar aisladamente, sino que debe operar como parte de una unidad mayor, y puesto que tal reconocimiento implicaría aceptar límites a la propia libertad, se rechaza por incompatible con los principios y valores libertarios. En resumen, nos estamos negando a nosotros mismos los medios con los que pensar en la acción colectiva organizada justo en el momento en que, habiendo perdido la fe en su necesidad histórica y reconocido el papel de la contingencia, la necesitamos más que nunca.
Otro aspecto paradójico de la paranoia horizontalista consiste en la eliminación de los efectos de la ley de la oligarquía de Robert Michels que, escribe Nunes, funciona no sólo para los partidos sino también para los movimientos, incluidos los de inspiración anarquista. La cuestión es que lo que llamamos espontáneo siempre está en cierta medida organizado, por lo que la horizontalidad pura no existe en la medida en que nada puede suceder en ausencia de una estructura organizativa, aunque sea informal. Pero sobre todo: ¿puede existir una estructura organizativa libre de todo principio jerárquico? No, responde Nunes, porque aunque se predique la necesidad de que la acción esté «distribuida», esto sólo significa que no se organiza en torno a un único centro, sino que nunca está completamente dispersa o descentralizada. Lo que se acaba de afirmar es evidente cuando se consideran los modos de organización y movilización que explotan las tecnologías digitales, erróneamente consideradas como horizontales y democráticas «por naturaleza». Lo cierto es que no hay nada en las redes como tales que las haga necesariamente igualitarias: los nodos más conectados monopolizan de hecho las relaciones (como bien saben los vendedores online y los expertos en campañas), lo que significa que, en el momento en que uno se conecta, ya está organizado de facto (además sin ser consciente de esta manipulación incrustada en los propios modos de funcionamiento del medio). Los movimientos pueden adoptar la forma de una nube o de una red, tras lo cual sólo puede variar su grado de centralización, que nunca podrá restablecerse.
Junto con la narrativa de Internet como medio «democrático», señala Nunes, son los paradigmas de las ciencias de la complejidad (biología molecular, teoría de la información, cibernética, teoría de sistemas, etc.) los que alimentan el mito de la autoorganización, pero quienes pretenden aplicarlos a la praxis de los movimientos políticos eliminan el hecho de que son axiológicamente neutros, pueden asociarse a las posiciones políticas más dispares, ya que el único objetivo que cuenta para un sistema natural que se organiza es su propia estabilidad. Una crítica similar puede hacerse a la tesis de Nunes sobre la capacidad autoorganizativa de la multitud, a la que se asocian los objetivos revolucionarios, imaginando que la autoorganización incorpora una teoría de la justicia. Pero la verdad, escribe Nunes citando a Laclau, es que las multitudes nunca son espontáneamente «multitudinarias», mientras que sólo pueden llegar a serlo a través de la acción política. El sujeto político nunca es el resultado de una germinación espontánea sino de una construcción política y, desde este punto de vista, añade inexplicablemente Nunes, Lenin se adelantó a Luxemburg en el camino de la superación del determinismo marxista.
¿De la crítica de la paranoia horizontalista a la conversión neoleninista? No exactamente. Mi amigo Nunes busca una tercera vía entre la tradición centralista/verticalista del leninismo marxista y el horizontalismo de los nuevos movimientos: reconoce la inevitabilidad de que surjan formas de liderazgo a partir de la praxis de las luchas, pero cree que la función del líder no implica necesariamente la posición del líder, por lo que el líder carismático sería sustituible por formas de liderazgo distribuido; reconoce que surgen nuevas formas de hegemonía, pero piensa que hegemonía y autonomía se excluyen mutuamente; por último, cree que el colectivo no es más que (¡sic! ) una determinada configuración de los individuos que lo componen, con lo que corre el riesgo de volver a caer en el caldero individualista/libertario que neutraliza cualquier posibilidad de cambiar el actual estado de cosas.
b) Sobre el partido de clase
Prefiero hablar de cómo construir el partido de clase que hablar de cómo reconstruir el partido comunista. No sólo porque en Italia el segundo argumento suena dudoso, dados los precedentes poco alentadores de las últimas décadas, sino también porque, en el contexto histórico actual, la construcción de clase y la construcción del partido van de la mano. El concepto de construcción asociado al de clase puede sonar extraño a oídos de quienes están acostumbrados a razonar a partir de los dogmas de la tradición marxista, que describen la clase como una entidad que existe «en sí misma», una realidad objetiva generada por las relaciones sociales de producción. Pero si es cierto, como lo es, que la clase obrera occidental aparece hoy como una entidad fantasmal, un anacronismo decimonónico, después de que décadas de guerra de clases desde arriba, reestructuraciones tecnológicas, deslocalizaciones, ‘reformas’ legales e institucionales y traiciones de partidos y sindicatos reconvertidos al neoliberalismo la hayan transformado en una nebulosa de átomos individuales desposeídos de su estatus profesional y legal, pero sobre todo inconscientes de pertenecer a una única entidad social que comparte intereses, necesidades y expectativas; si todo esto es cierto, significa que efectivamente hay que construir la clase; una tarea titánica aunque sólo sea en el plano de la investigación teórica y empírica de los instrumentos necesarios para lograrlo.
La tarea no corresponde a la sociología académica, sino a una organización política arraigada en los diversos fragmentos en que se ha dividido la clase hasta tal punto que pueda realizar el trabajo de análisis sobre el terreno -lo que antes se llamaba con-investigación- y de generalización teórica de los resultados. La organización política en cuestión debería ser un partido comunista renacido, que tal y como están las cosas no existe, por lo que la construcción de la clase y la construcción del partido son procesos necesariamente entrelazados. El partido sólo puede nacer y crecer seleccionando a los sujetos más valientes e inteligentes generados por los núcleos de resistencia anticapitalista que siguen existiendo, a pesar de la situación de retroceso y derrota del proletariado. No creo que este proceso pueda venir «desde abajo», como resultado de una agregación espontánea de las vanguardias de lucha; sin embargo, tampoco creo que pueda ser piloteado desde arriba adoptando el modelo leninista en su forma «clásica», aunque pienso que su espíritu puede ser salvado a través de la construcción de un «plan superior» constituido por cuadros políticos e intelectuales orgánicos, capaces de elaborar teoría y coordinar la acción político-organizativa.
Esta fase será larga, y no podemos engañarnos pensando que podemos acortarla voluntariamente, aunque la situación de crisis económica y política mundial requiera poco tiempo. Mientras tanto, cualquier deseo de construir un bloque social revolucionario correría el riesgo de ser prematuro y contraproducente. Es cierto que las revoluciones asiáticas y latinoamericanas nos ofrecen ejemplos de construcción de amplios frentes de clase antiimperialistas y anticapitalistas, pero se trata de modelos nacidos de composiciones de clase, historias y tradiciones político-culturales radicalmente diferentes de las nuestras. Aquí no hay amplias masas campesinas, ni una pequeña y mediana burguesía verdaderamente «progresista», ya que un buen 30-40% de la población -incluidas las clases medias «reflexivas» representadas por la izquierda- forman parte del bloque social hegemonizado por las élites neoliberales. Aquí, en nuestro país, construir el bloque social significará durante mucho tiempo reforzar los trozos en los que se han separado las clases trabajadoras, mientras que sólo en una fase posterior será posible razonar sobre posibles alianzas. El fracaso de los populismos de izquierdas, como hemos visto, se debió a la inversión de esta prioridad, que llevó a estos movimientos a apostar por las clases medias como prioridad. Esto no significa que de los populismos de izquierda, en particular de los sudamericanos, no haya nada que aprender. Empezando por la capacidad de elaborar eslóganes capaces de movilizar a distintas capas sociales en torno a objetivos concretos y de desarrollar un lenguaje accesible a las masas y no lastrado por anacronismos del siglo XX.
c) La herencia envenenada del eurocomunismo
Lo que más llama la atención al examinar la base cultural de los partidos neocomunistas surgidos de la disolución del PCI. es la falta de capacidad para comprender cómo el mayor partido comunista occidental fue capaz de transformarse, en relativamente poco tiempo, no en un partido socialdemócrata, sino directamente en un partido neoliberal. La reflexión teórica es sustituida por sentimientos de ira, decepción, resentimiento y acusaciones de traición contra el grupo dirigente. Pero, ¿cómo surgió ese grupo dirigente? Aquí andamos a tientas en la oscuridad; véase el hecho de que no es raro escuchar panegíricos de un líder como Enrico Berlinguer, el hombre que ofició el compromiso histórico con la DC y, tras proclamar el agotamiento del «empuje propulsor» de la Revolución de Octubre, declaró sentirse seguro bajo el paraguas protector de la OTAN; el hombre que, antes de presentarse a las puertas de la Fiat en 1980, cuando la batalla ya estaba perdida, bendijo el giro oportunista de la CGIL, giro que en las décadas siguientes se convirtió en entrega total a todas las «reformas» deseadas por la patronal y sus representantes políticos.
Si no se puede llegar a un acuerdo con la figura del fundador del eurocomunismo, mucho menos se puede esperar que se critique el legado teórico-político de los «mejores». Sin embargo, la interpretación de Togliatti del concepto gramsciano de «nacionalidad popular» ha tenido no poca repercusión en la evolución posterior: durante décadas, las bases se hicieron la ilusión de que la tesis de la «larga marcha a través de las instituciones» era una diversión táctica, en la que se subvertía la visión marxista histórica de la relación entre reforma y revolución. Primero Engels y luego Luxemburg habían dejado claro que la verdadera alternativa no está entre reformas y revolución, sino entre reformas como medio para preparar la revolución y reformas como fin en sí mismas. El quid de la cuestión ni siquiera es la alternativa entre la revolución violenta y la conquista del poder por medios pacíficos, sino más bien: ¿se llega al poder para gobernar el sistema, aunque «democratizando» sus instituciones y mecanismos, o porque se considera que es el primer paso hacia un cambio sistémico? Leyendo las Constituciones que entraron en vigor tras las revoluciones venezolana y boliviana, se comprende que su objetivo era este último; el imaginado ascenso al poder de Togliatti preveía, en cambio, lograr una convivencia (la que Berlinguer volvería a proponer mediante la fórmula del Compromiso Histórico) con los partidos burgueses que no permitiera un cambio sistémico (que se consideraba imposible por nuestra ubicación geopolítica). No se trata de acusar al PCI de «estatista» -como hizo la izquierda radical cuyo antiestatismo provocó peores desastres- sino de comprender cómo aquel reformismo, que no cuestionaba la naturaleza, funciones y objetivos del Estado, limitándose a reclamar la aplicación de los principios de la Constitución del 48, inspiró una larga serie de componendas con el enemigo de clase.
Esta combinación de electoralismo y oportunismo es la herencia que el PCI transfirió a Rifondazione y a todos los demás «arbustos» neocomunistas: a medida que perdían votos y afiliados, crecía el esfuerzo espasmódico por ganar una pizca de diputado, senador, consejero regional o municipal. Los escasos recursos organizativos y económicos se invirtieron en lograr este objetivo a cualquier precio, en lugar de en reconstruir el partido de clase. Esta obsesión, alimentada por las mezquinas ambiciones de un personal político de calidad decreciente, condujo a la fragmentación y a la competencia entre «marcas» rivales, hasta el grotesco resultado de la plétora de símbolos de la hoz y el martillo que decoran vallas publicitarias y papeletas electorales. Huelga añadir que estas formaciones nunca han iniciado una reflexión seria sobre la renovación teórica del marxismo, sobre las razones del hundimiento soviético y del éxito chino, sobre la crisis del sistema capitalista mundial, y mucho menos sobre las transformaciones socioculturales experimentadas por las clases trabajadoras.
Hay que decir que incluso la evolución de la izquierda antagonista en los años 70 estuvo fuertemente condicionada por el giro eurocomunista: después de combatirlo en nombre de una ideología «marxista leninista» que Lenin habría catalogado de extremismo infantil (24), y tras ser alquitranados por la contraofensiva capitalista, se «fundieron» en los movimientos posmodernos de las décadas siguientes, convirtiéndose a su vez al liberalismo, aunque en versión progresista. Su confluencia con los veteranos del PCI tras el ‘suicidio’ de la Bolognina creó las condiciones previas para el experimento bertinottiano, un caldero en el que se mezclaron los peores defectos del viejo PCI (electoralismo y tacticismo oportunista) con los peores defectos del movimientismo (palabrería extremista, individualismo, democratismo pequeñoburgués, autorreferencialidad de las clases medias reflexivas). Este intento de «disolver el partido en el movimiento», que apenas sobrevivió al desastre de Génova 2001, se ha prolongado siguiendo el mismo destino que los demás matorrales, es decir, perdiendo afiliados y votos hasta casi extinguirse.
d) ¿Existe una alternativa a la forma de partido leninista?
Acabamos de ver cómo incluso un filósofo movimientista como Nunes expresa la convicción de que estamos viviendo un «momento Lenin», en el sentido de que, en el contexto histórico actual, sólo un reequilibrio de la organización en sentido vertical podría garantizar algunos resultados concretos. Pero, ¿es imaginable que pueda darse una organización leninista sin asumir sus formas, procedimientos y métodos ‘clásicos’? Esto es lo que han intentado algunos populismos de izquierda como Podemos, cuyo fracaso, descrito anteriormente, certifica que la empresa es ardua. En Italia, el espacio político y electoral liberado por la transformación de la izquierda tradicional en partidos neoliberales ha sido ocupado por el M5S, que, más que una verdadera izquierda populista, ha sido el colector de las ambiciones «subversivas» de viejas y nuevas capas pequeñoburguesas, penalizadas por la crisis y en estado de ebullición desde los tiempos de Tangentopoli, pero también ha actuado como megáfono de la cólera de las clases trabajadoras, pescando militantes y votantes de las fuerzas políticas que las habían traicionado.
Como esta falsa alternativa ha perdido su energía propulsora, la galaxia de partidos neocomunistas acaricia la ilusión de poder heredar su efímero consenso popular. El proyecto es claro: se trata de interceptar parte de la base electoral de las bases y utilizarla como atajo para eludir el duro y arduo trabajo cotidiano necesario para seleccionar a las vanguardias presentes en los distintos frentes de lucha, formarlas como cuadros políticos, reunir a los miembros disidentes del movimiento comunista, elaborar un programa creíble y forjar las herramientas organizativas para aplicarlo. Los viejos vicios resurgen – oportunismo, cobardía, electoralismo, demagogia – agravados por la urgencia de responder a los retos impuestos por la crisis económica y política mundial. Se da demasiado crédito al movimiento No Vax, sin distinguir la sacrosanta cólera popular que lo inspira de los desvaríos conspirativos y pseudocientíficos de algunos de sus exponentes. Uno hace guiños a los movimientos soberanistas de derechas, que planean improbables acuerdos electorales con interlocutores ambiguos para conseguir un escaño a cualquier precio. Creen que pueden construir un quimérico partido de masas sobre estos arenosos cimientos, sin «perder el tiempo» construyendo un partido de cuadros. Los componentes más sanos de este sector, que aunque se esfuerzan por reunir a los miembros desunidos de la diáspora comunista, evitan perseguir quimeras electorales y se esfuerzan por contribuir al análisis del contexto histórico actual (a decir verdad, más en el plano internacional que en el nacional), adolecen de una serie de limitaciones penalizadoras la elevada edad media hace que prevalezcan los sentimientos nostálgicos por un pasado glorioso y el espíritu testimonial, lo que, por un lado, se refleja en el lenguaje anacrónico (retórico y poco comprendido por las masas de trabajadores y jóvenes); por otro, conduce a la reintroducción de modelos y procedimientos organizativos obsoletos (afiliación, comités centrales, secretariados, comisiones de trabajo, secciones, militantes, etc.), todo ello aderezado con el uso del «viejo» lenguaje, que no siempre es el mismo. ), todo ello aderezado con la inevitable y ritual referencia a los principios del centralismo democrático, sin tener en cuenta que la escasa consistencia numérica de los grupos implicados corre el riesgo de hacer que todo parezca la escenificación de recuerdos de un pasado feliz.
Por supuesto, todo esto no basta para demostrar la imposibilidad de reconstruir un partido leninista, ya que podría argumentarse que los fracasos que acabamos de describir son atribuibles a las limitaciones subjetivas de los cuadros dirigentes. Personalmente, estoy convencido de que la cuestión es más bien el hecho de que el contexto histórico actual (empezando sobre todo por los cambios en la composición de clase y la cultura de masas) hace necesario explorar nuevas soluciones; por lo tanto, vuelvo a plantear la pregunta anterior: ¿es posible asumir el reto del ‘momento Lenin’ sin volver a proponer el modelo de partido leninista par paro par? No tengo la presunción de poder ofrecer una respuesta clara e inequívoca, por lo que me limitaré a esbozar algunas reflexiones a partir de las hipótesis que Mimmo Porcaro formuló en una serie de artículos publicados entre el cambio de siglo y el final de su segunda década. En 2003 (25) Porcaro, razonando sobre el concepto de partido de masas, distingue entre un partido de integración de masas y un partido electoral de masas: el primero tiene como objetivo la aculturación de las clases subalternas y la selección de grupos directivos alternativos a los dominantes, el segundo es una máquina electoral que sirve para elegir a un grupo directivo cuya formación también puede tener lugar fuera del partido. Dado que la evolución parece apuntar en esta última dirección, comenta: «más que el esfuerzo de miles de militantes vale ahora el trabajo de una sola agencia de publicidad» y añade que vamos hacia una cultura política «sólo capaz de adaptarse a los procesos sociales y no de intervenir en ellos para transformarlos».
Para salir de esta situación, escribe en el mismo artículo, tenemos que desarrollar un nuevo modelo de partido que él denomina «partido conectivo de masas». Se trata de reconocer que unificar toda la acción social en un único sujeto político se ha vuelto imposible, por lo que lo que se necesita es un organismo capaz de conectar varios tipos de acción y diferentes asociaciones de la sociedad civil autónomas del partido, pero mientras que el partido tiene la tarea de conectar las luchas con la esfera del poder estatal, los otros organismos son «monotemáticos». En un artículo de 2006 (26), se subraya la diferencia introduciendo dos nuevos conceptos: por un lado, el partido formal, con su estatuto, procedimientos de reclutamiento, ideología y nombre oficial; por otro, el partido real, que incluye también asociaciones populares, sindicatos, cooperativas, órganos de prensa, círculos intelectuales, etc. Entre los dos momentos puede haber intercambios de papeles, en el sentido de que ambos pueden desempeñar la función de conexión dependiendo del contexto. Una de las preocupaciones que inspiran este modelo parece ser la de calmar la paranoia horizontalista (véase más arriba), en el sentido de que si la función de dirección no genera «una casta intocable de dirigentes» no hay que temer que dé lugar automáticamente a concentraciones de poder.
La sensación es que en aquellos años el autor daba cierta credibilidad al proyecto de partido ‘híbrido’, una suerte de contaminación entre el partido clásico y los movimientos, que puede asociarse al experimento bertinottiano. Pero ya en un texto de 2012 (27) asistimos a un punto de inflexión: conceptos como democracia progresista, contrapoder obrero, sujetos «deseantes», multitud, escribe Porcaro, dan por sentado que el capitalismo está «por naturaleza» destinado a extinguirse. Esta visión de un proceso histórico animado por un principio inmanente de necesidad, señala, es un rasgo paradójicamente común a los neoestalinistas y a los teóricos de la multitud, aunque para los primeros el «motor» del proceso sea el desarrollo de las fuerzas productivas mientras que para los segundos sea la cooperación social de los «cognoscentes». Complementa la ilusión de un progresivo vaciamiento del poder del Estado y del capital la idea de que, en la medida en que la globalización socava los Estados nacionales, existe la posibilidad de una inmediata transformación mundial del modo social de producción. Frente a esta visión irenista, Porcaro reivindica la necesidad de volver a poner a las clases y al Estado en el centro del análisis, lo que implica volver a la lección de Lenin, lo que no significa, sin embargo, añade, volver al leninismo: «Lenin», escribe, «es la redefinición continua de la situación sobre la base de la dinámica de la lucha de clases y de los espacios que de vez en cuando se abren o se cierran. Es la atención a la singularidad, la irrepetibilidad de cada momento histórico, el movimiento continuo de ruptura de convicciones, líneas políticas y formas organizativas que tienden inercialmente a repetir problemas y soluciones’. La invitación es clara: si ser leninista no significa repetir por inercia líneas políticas y formas organizativas que ya no responden a la concreción del momento histórico, esto significa que el modelo ‘leninista’ de partido también puede y debe ser superado. Pero, ¿cuál es la alternativa?
Cinco años después (2017) Porcaro constata (28) que el partido conectivo, aparte de algunas experiencias latinoamericanas (volveré sobre esto en un momento), nunca ha logrado resultados significativos. Observa también que, entretanto, han surgido partidos como Podemos y M5S, a los que define como «partidos de movilización civil», que, según algunos, sería la forma de partido más adecuada a la realidad contemporánea, pero ¿ese ser «adecuada» significa que sea también la más capaz de transformarla? Nada convencido, Porcaro lanza su hipótesis: si es verdad que es la estrategia la que produce la conexión y no al revés, es necesario construir el partido estratégico que, escribe, «no puede identificarse con los movimientos ni pretender traer conciencias de fuera, debe ser un centro autónomo de elaboración que se mantenga externo al movimiento precisamente para condensar y sistematizar las ideas justas que en el curso de las luchas se producen continuamente y luego se olvidan», luego añade que «puede ser un partido pequeño y ágil vinculado a todos los demás componentes del frente, o un grupo ejecutivo transversal compuesto por células presentes en todas las organizaciones del movimiento». Aproximadamente un año antes, el escritor había publicado La variante populista (29), un ensayo en el que expresaba conceptos bastante similares, intentando imaginar cómo podría funcionar una organización de vanguardia capaz de hegemonizar, reorientándola hacia objetivos compatibles con una mutación sistémica radical, la base de los movimientos populistas ante su más que probable crisis (30). En los años siguientes, por un lado la evolución de la situación internacional, caracterizada por la pandemia del Covid, la precipitación de la crisis y el inicio de lo que el Papa Francisco ha llamado acertadamente la Tercera Guerra Mundial a trozos; por otro la crisis endógena que ha arrastrado a nuestro sistema político al caos, han hecho irrealizable este escenario. Después de esto, quedan, en mi opinión, los retos teóricos que he tratado de describir hasta ahora.
5. Como apunte final
Antes he afirmado que la construcción de clase y la construcción de partido son procesos entrelazados; también he argumentado que plantear la cuestión del bloque social revolucionario antes de que estos dos procesos hayan alcanzado un nivel adecuado de madurez es erróneo porque tiende a dar la hegemonía a las clases medias «reflexivas». Las revoluciones bolivarianas parecerían desmentir esta tesis, ya que han sido protagonizadas por movimientos populistas cuyas características pueden evocar el concepto de partido conectivo del que hablaba Porcaro hace unos años (véase más arriba). Pero los movimientos en cuestión son el producto de condiciones socioeconómicas, culturales e históricas muy diferentes de las nuestras: fueron revoluciones antiliberales y antiimperialistas de emancipación nacional y racial, realizadas en contextos regionales que favorecieron la convergencia de intereses entre las masas étnicas campesinas, la clase obrera y la subclase urbana, y la pequeña y media burguesía progresista en torno a objetivos radicales de reforma constitucional, redistribución de la riqueza y cambio de la matriz productiva; Fueron dirigidos por líderes revolucionarios de gran capacidad política como Chávez; Morales y Linera, templados por largas y duras experiencias de lucha, que supieron innovar creativamente la teoría socialista y movilizar vanguardias políticas experimentadas y fiables; por último, el proceso revolucionario supo aprovechar las estructuras de democracia directa y participativa surgidas en el curso de luchas anteriores. Por el contrario, los partidos comunistas locales, caracterizados por posiciones ideológicas dogmáticas, no pudieron asumir un papel hegemónico y acabaron integrados en partidos como el PSUV venezolano y el MAS boliviano.
El intento de Podemos de «clonar» estas experiencias en los países capitalistas avanzados fracasó porque pretendió «construir un pueblo» antes de trabajar en la unificación de las clases trabajadoras y en la construcción de un partido enraizado en lo social; ha intentado hegemonizar los movimientos de masas mediante el uso de los nuevos medios digitales y no organizando políticamente a sus vanguardias; ha intentado obtener rápidamente una mayoría electoral y ganar el gobierno sin darse cuenta de que la dirección del gobierno, en ausencia de un proyecto de cambio sistémico, sería efímera y no permitiría cambiar las relaciones de poder entre las clases. Esta línea política no sólo produjo graves compromisos en cuestiones estratégicas, como la actitud hacia el bloque atlántico y sus guerras imperialistas y la no protección de los intereses populares frente a las políticas neoliberales de la UE, sino que también erosionó progresivamente el consenso electoral. Aquí como en América Latina, los comunistas, organizados en partidos tradicionales, han desempeñado un papel marginal. Tanto en España como en Italia (así como en todos los países occidentales), no es momento de celebraciones nostálgicas ni de descansar en la esperanza de que los éxitos de los comunistas en China y otros países del Sur global resolverán nuestros problemas. Nos enfrentamos a una dura alternativa: evolución o extinción.
Notas
(1) Véase T. Piketty, Le capital au XXI siécle, Seuil, París 2013.
(2) Esto no excluye que en una sociedad socialista el criterio pueda cambiar, en la medida en que se supone que aquí la productividad del trabajo se define en función de su utilidad social, por lo que actividades como el marketing, la publicidad, etc., que para el capitalista son productivas, serían consideradas improductivas.
(3) Véase La France périphérique, Flammarion, París 2014 y No society. La fin de la classe moyenne occidentale, Flammarion, París 2018.
(4) Una ideología que no cuestiona el sistema capitalista, dado que la iniciativa privada y el libre mercado siguen siendo dogmas incuestionables, una especie de anarcocapitalismo que ha servido de legitimación ideológica a los distintos Bill Gates, Steve Jobs, Sergej Brin, Jeff Bezos y Zuckerberg para construir sus imperios monopolísticos.
(5) Cf. Felices y explotados, Egea, Milán 2011.
(6) Cf. La variante populista, DeriveApprodi, Roma 2016.
(7) Cf. E. Laclau, La ragione populista, Laterza, Roma-Bari 2008; véase también Le fondamenta retoriche della società, Mimesis, Milán 2017 y, con C. Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy, Verso, Londres 1985.
(8) En palabras de Wolfgang Streeck (El tiempo ganado, Feltrinelli, Milán 2013), el divorcio entre la tradición liberal -basada en el Estado de derecho, la protección de los derechos humanos y el respeto de las libertades individuales- y la tradición democrática -caracterizada por las ideas de igualdad, identidad entre gobernantes y gobernados, soberanía popular- es un hecho consumado e irreversible.
(9) Cfr. F. Campolongo, L. Caruso, Podemos e il populismo di sinistra, Meltemi, Milán 2021.
(10) Cfr. C. Galli, Soberanía, il Mulino, Bolonia 2019.
(11) Es bien sabido que Marx cambió radicalmente su posición sobre la cuestión irlandesa, admitiendo que durante mucho tiempo había pensado que Irlanda sólo podría ser liberada tras el triunfo de la clase obrera inglesa, para convencerse de que, por el contrario, la clase obrera inglesa sólo podría emanciparse tras la liberación nacional de Irlanda. Este giro marca el fin de la fe «ingenua» de Marx en la vocación «naturalmente» revolucionaria del proletariado, en la medida en que coincide con la toma de conciencia del papel soporífero que el colonialismo es capaz de ejercer sobre la conciencia del proletariado en las potencias coloniales.
(12) Samir Amin echó por tierra esta idiotez demostrando que el colonialismo nunca ha terminado, sólo ha cambiado de forma, generando aún más miseria y opresión que el «clásico».
(13) Citado en A. Barile, La Unión Europea y la cuestión nacional en el pensamiento marxista, en «Rivista di Studi Politici», nº 1/2017, pp. 135-165.
(14) V. I. Lenin, Obras Completas vol. XXXV, Editori Riuniti, Roma 1959, p. 172. A la posición de Lenin se opusieron Trotsky y Luxemburg, que negaban a priori la posibilidad de atribuir a la cuestión nacional igual dignidad respecto a la lucha de clases.
(15) En Economía de la revolución, recopilación de textos de Lenin editada por V. Giacché, il Saggiatore, Milán 2017.
(16) Cf. G. Arrighi, Adam Smith en Pekín, Feltrinelli, Milán 2007.
(17) Cf. R. Di Leo, El experimento profano, Futura, Roma 2011.
(18) Citado en A. G. Linera, Democracia, Estado, Revolución, Meltemi, Milán, 2020.
(19) Cf. A. G. Linera, op. cit.
(20) Ref: R. Sciortino, Los diez años que trastornaron el mundo, Asterios, Trieste, 2019.
(21) Cf. D. Bell, El modelo chino. Meritocracia política y límites de la democracia, Luiss, Roma 2019.
(22) Cf. D. Losurdo, La questione comunista. Storia e futuro di un’idea, Carocci, Roma 2021.
(23) Cf. R. Nunes, Ni vertical ni horizontal, Verso, Londres 2021.
(24) Cf. V. I. Lenin, El extremismo, enfermedad infantil del comunismo,Ediciones Lucha Comunista, 2005.
(25) M. Porcaro, «Preconditions for the effective action of the parties of the radical left in Europe», Contribución a la 4ª Conferencia Europea de la Fundación Rosa Luxemburg, Varsovia, octubre de 2003.
(26) Ref: «Mimmo Porcaro: El partido conectivo» https://bellaciao.org/it/.
(27) Ref: M. Porcaro, «Ocupar Lenin» https://www.infoaut.org/.
(28) Cf. M. Porcaro, «Maquiavelo 2017», https://contropiano.org/.
(29) Véase la nota 6.
(30) A finales de los años veinte del año 2000, el que suscribe, junto con Alessandro Visalli, Mimmo Porcaro y otros amigos y camaradas intentaron, partiendo del contexto problemático definido por los textos citados en las últimas páginas de este artículo, dar vida a un proceso agregativo denominado «Nueva Dirección», intento que fracasó tanto por el agravamiento de una serie de factores de crisis política, económica y cultural, como por la aparición de desacuerdos internos sobre la táctica a seguir.
2. El principio del fin de la agricultura europea
Otro, como Baerbock, que confunde un giro de 180º con uno de 360º, pero, por lo demás el artículo está muy bien. https://www.elsaltodiario.com/
El colapso de la agricultura europea empieza en Francia
El actual modelo se ha de acabar, necesitamos una verdadera transición ecológica del sistema alimentario, sacarlo de una vez de la dinámica del libre mercado global.
Javier Guzmán director de Justicia Alimentaria 31 ene 2024 06:32
Empezamos a sufrir las consecuencias directas de las movilizaciones de los agricultores franceses, que tienen bloqueadas las carreteras más importantes del país. No es una acción reivindicativa aislada, ya que hace días que la movilización agraria del país vecino está volcando el contenido de camiones provenientes de España sin que ningún medio de comunicación haya puesto mucho interés para llegar al fondo de la cuestión, y eso que la movilización es masiva, como antes ya sucedió en Alemania y Holanda.
No sólo nos ha de llamar la atención lo impactante de las imágenes, ya que los problemas que de la agricultura y ganadería francesa son los mismos que afectan a nuestro país y al resto de Europa. Pero antes de analizar la actual crisis, una aclaración: cuando hablamos de agricultores/as, no se trata de un colectivo homogéneo, los hay pequeños dónde es más importante su trabajo que el capital, y grandes empresarios de la agroindustria. Y es que no es igual un agricultor ecológico de verduras y frutas que vende en el mercado local, que las macrogranjas de cerdo y megainvernaderos del sur de España.
La protesta, la colère, pone de manifiesto algo que ya es sabido pero que ahora asistimos a su explosión en tiempo real, que no es sino el fracaso del actual modelo neoliberal globalizado de la alimentación. Es obvio que esta crisis no es de ahora y que lleva décadas de manera silenciosa llevándose por delante el modelo de la agricultura familiar, un modelo atrapado por la falta de renta, de relevo generacional, de aumento de poder por parte de la cadena alimentaria y grandes supermercados y distribuidoras compitiendo en el mundo global. Si ahora explota de manera tan virulenta, en esta época del tardocapitalismo, es porque han aparecido nuevos factores que también amenazan a las grandes empresas agrarias y propietarios. No en vano, quiénes impulsan estas protestas son las patronales agrarias más importantes de Francia.
Este modelo les ha favorecido durante años y sus tentáculos se impulsaron en Europa por los partidos de gobierno durante décadas. Son los mismos que decidieron que la alimentación estuviera dentro de los acuerdos de libre comercio y la expansión de los mismos, y la Política Agraria Común se alineó justamente para favorecer la agroindustria exportadora, acabando con los pocos instrumentos regulatorios que quedaban. Además, una política que ha demostrado ser profundamente injusta en el reparto de sus ayudas, en la que el 20% más pudiente acapara el 80% de las ayudas, y que erosionó el modelo tradicional europeo hasta fulminarlo porque no era “competitivo”.
El problema es la solución, y la que plantea la patronal agraria es seguir en la dinámica de mercado puro y duro. No en vano el lema más repetido y principal reivindicación sigue siendo “queremos competir con las mimas armas”. Pero la cosa tiene enjundia, porque ha llegado el momento de decidir. Una decisión que se ha ido aplazando durante años impulsando a que el modelo agroalimentario corriera con los ojos cerrados hacia delante con la esperanza de que algo cambiara como por arte de magia. El problema es que no corríamos huyendo de nada, sino que lo hacíamos hacia el precipicio. Y ahora el precipicio está aquí, a unos pocos centímetros de nuestros pies.
Se acabó la energía barata. Se acabó el agua. Se acabó hacer ver que el patrón climático no ha cambiado. Se acabó el uso indiscriminado de pesticidas. Se acabaron los fertilizantes sintéticos. Se esfumó la fertilidad natural de los suelos. Se acabó hacer ver que las granjas intensivas no contaminan. Se acabó la época donde la economía pasaba por encima de los grandes conflictos entre bloques. Bienvenidos a la enfermedad asociada a la alimentación procesada y a los trastornos alimentarios que asolan a la población. Ya no hay parches posibles para salvar al actual modelo. La ilusión ha terminado, bienvenidos al desierto de lo real.
¿Y ahora qué? Pues ahora vemos los estertores del modelo y, como acostumbra a pasar, son espasmos violentos. Las patronales agrarias más importantes, situadas frente al abismo, se dan media vuelta y piden algo así como “dejadnos contaminar”, “dejadnos seguir usando el agua que no hay”, “dadnos la energía barata que no existe” o “dejadnos exportar lo que ya no se puede”. Y, la verdad, es una reacción que se entiende perfectamente. El actual modelo les ha llevado hasta ahí. Les hemos obligado a ir hasta ahí.
La contrarreforma agraria se entiende, pero no se puede compartir. Los tímidos avances en materia ambiental o climática a nivel europeo han sido duramente contestados por una gran parte de las organizaciones agrarias europeas. Normal. La patronal, que ve como le llega el agua al cuello -agua que ya tiene ahogados a miles de agricultores familiares de pequeña escala- y pone como objetivo derribar las barreras que necesita para mejorar su competitividad, siguiendo el actual paradigma que nos ha llevado hasta aquí. La misma patronal que ha decidido que la culpa no es de los tratados de libre comercio y desregulación, sino de las normativas medio ambientales y contra el cambio climático. En el mismo momento que la UE está negociando nuevos tratados de libre comercio con los países de Mercosur.
Normativas que en realidad llegan tarde, y que han sido pocas. No tenemos más que ver como a final de año se prorrogó el uso de pesticidas tóxicos como el glifosato o como no salió adelante la normativa para la reducción de pesticidas.
Nos preguntábamos, ¿y ahora qué? Si la descarbonización es obligada. Si queremos proteger el futuro de nuestros hijos. Si la agricultura de Europa no puede ir contra la vida, ¿ahora qué? Pues es el momento de la agricultura familiar y local. Un modelo que es indispensable para los europeos para asegurar nuestra alimentación, salud y medioambiente en este nuevo contexto.
El actual modelo se ha de acabar, necesitamos una verdadera transición ecológica del sistema alimentario, sacarlo de una vez de la dinámica del libre mercado global abandonando este modelo agroexportador basado en el consumo de agua, los hidrocarburos y la explotación de trabadores migrantes.
Se trata de poner la soberanía alimentaria en el centro de la política agraria, nuestra salud y medio ambiente. Necesitamos políticas de transición que aborden de una vez por todas la reconversión de este sistema. No podemos abandonar a los agricultores/as a su suerte. Necesitamos repensar la alimentación y realizar un giro de 360º. La protesta y revolución será necesaria, pero hacia el lado contrario.
3. Arte palestino
El último boletín del Tricontinental está dedicado una vez más a Palestina, especialmente a un mural realizado por una pintora palestina, Malak Mattar. En español su apellido suena bastante mal, y no sé en árabe, pero en hindi ‘matar’ significa ‘guisante’.
https://thetricontinental.org/
El único derecho que no se le ha negado al pueblo palestino es el derecho a soñar | Boletín 5 (2024) 1 de febrero de 2024
Queridos amigos y amigas,
Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
El 26 de enero, los jueces de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) declararon que es “plausible” que Israel esté cometiendo genocidio contra el pueblo palestino de Gaza. La CIJ instó a Israel a “tomar todas las medidas a su alcance para impedir el cometimiento de todos los actos” que violan la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de la ONU (1948). Aunque la CIJ no llamó explícitamente a un alto el fuego (como hizo en 2022 cuando ordenó a Rusia “suspender [su] operación militar” en Ucrania), incluso una lectura superficial de esta orden evidencia que, para cumplir con la sentencia del tribunal, Israel debe poner fin a su asalto a Gaza. Como parte de sus “medidas provisionales”, la CIJ pidió a Israel que respondiera al tribunal en el plazo de un mes y explicara cómo ha aplicado la orden.
Aunque Israel rechazó las conclusiones de la CIJ, la presión internacional sobre Tel Aviv va en aumento. Argelia pidió al Consejo de Seguridad de la ONU que haga cumplir la orden de la CIJ, mientras que Indonesia y Eslovenia han iniciado procedimientos separados en la CIJ —que comenzarán el 19 de febrero— para solicitar una opinión consultiva sobre el control y las políticas de Israel en los territorios palestinos ocupados, de conformidad con una resolución de la Asamblea General de la ONU adoptada en diciembre de 2022. Además, Chile y México han pedido a la Corte Penal Internacional (CPI) que investigue los crímenes cometidos en Gaza.
La reacción de Israel a la orden de la CIJ fue notoriamente despectiva. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, calificó a la CIJ de “tribunal antisemita” y afirmó que “no busca la justicia, sino la persecución del pueblo judío”. Curiosamente, Ben Gvir acusó a la CIJ de haber “guardado silencio durante el Holocausto”. El Holocausto llevado a cabo por el régimen alemán nazi y sus aliados contra personas judías europeas, romaníes, homosexuales y comunistas tuvo lugar entre finales de 1941 y mayo de 1945, cuando el Ejército Rojo soviético liberó a los prisioneros de Ravensbrück, Sachsenhausen y Stutthof. Sin embargo, la CIJ se creó en junio de 1945, un mes después de que finalizara el Holocausto, y comenzó su labor en abril de 1946. El intento de Israel de deslegitimar a la CIJ diciendo que permaneció “en silencio durante el Holocausto” cuando, de hecho, aún no existía, y luego utilizar esa falsa afirmación para calificar a la CIJ de “tribunal antisemita” demuestra que Israel no tiene respuesta a los méritos de la orden de la CIJ.
Mientras tanto, continúan los bombardeos contra las y los palestinos de Gaza. Mi amigo Na’eem Jeenah, director del Afro-Middle East Centre de Johannesburgo (Sudáfrica), ha estado revisando los datos de varios ministerios gubernamentales de Gaza, así como los informes de los medios de comunicación, para hacer circular una ficha diaria de información sobre la situación. La ficha del 26 de enero, fecha de la orden de la CIJ y 112º día del genocidio, detalla que más de 26.000 palestinas y palestinos, al menos 11.000 de ellos niños, han muerto desde el 7 de octubre; 8.000 están desaparecidos; cerca de 69.000 han resultado heridos; y casi todos los 2,3 millones de residentes de Gaza han sido desplazados. Las cifras son desconcertantes. Durante este período, Israel ha dañado 394 escuelas y universidades, destruyendo 99 de ellas, así como 30 hospitales y matando al menos a 337 miembros del personal médico. Esta es la realidad que dio lugar al caso de genocidio en la CIJ y a las medidas provisionales del tribunal, en las que un juez, Dalveer Bhandari de la India, fue más allá al decir claramente que “todos los combates y hostilidades [deben] cesar inmediatamente”.
Entre las y los muertos se encuentran muchos pintores, poetas, escritores y escultores palestinos. Una de las características más sorprendentes de la vida palestina en los últimos 76 años, desde la Nakba (‘Catástrofe’) de 1948, ha sido la constante riqueza de la producción cultural palestina. Un rápido recorrido por cualquiera de las calles de Yenín o de la ciudad de Gaza revela la omnipresencia de estudios y galerías, lugares donde las y los palestinos insisten en su derecho a soñar. A finales de 1974, el militante y artista sudafricano Barry Vincent Feinberg publicó un artículo en la revista afroasiática Lotus que comienza con una interacción en Londres entre Feinberg y un “joven poeta palestino”. Feinberg tenía curiosidad por saber por qué en Lotus “un número inusualmente elevado de poemas procede de poetas palestinos”. El joven escritor, divertido por la observación de Feinberg, respondió: “Lo único que nunca se le ha negado a mi pueblo es el derecho a soñar”.
Malak Mattar, nacida en diciembre de 1999, es una joven artista palestina que se niega a dejar de soñar. Malak tenía 14 años cuando Israel llevó a cabo su Operación Protective Edge [Borde Protector] (2014) en Gaza, matando a más de dos mil civiles en poco más de un mes, una cifra espantosa que se sumó al bombardeo del Territorio Palestino Ocupado que se ha prolongado durante más de una generación. La madre de Malak la animó a pintar como antídoto contra el trauma de la ocupación. Los padres de Malak son refugiados: su padre es de al-Jorah (ahora llamado Ashkelon) y su madre de al-Batani al-Sharqi, una de las aldeas palestinas situadas a lo largo de lo que ahora se llama Franja de Gaza. El 25 de noviembre de 1948, el recién formado gobierno israelí aprobó la Orden no. 40, que autorizaba a sus tropas a expulsar a los palestinos de pueblos como al-Batani al-Sharqi. “Su papel es expulsar a los refugiados árabes de estas aldeas e impedir su regreso destruyéndolas (…) Quemen las aldeas y derriben las casas de piedra”, escribieron los comandantes israelíes.
Los padres de Malak cargan con estos recuerdos, pero a pesar de la ocupación y la guerra incesantes, intentan transmitir a sus hijos sueños y esperanza. Malak cogió un pincel y empezó a imaginar un mundo luminoso de colores brillantes e imaginario palestino, incluido el símbolo del sumud (‘firmeza’): el olivo. Desde su adolescencia, Malak ha pintado a niñas y mujeres, a menudo con bebés y palomas, aunque, como le dijo a la escritora Indlieb Farazi Saber, las cabezas de las mujeres suelen estar inclinadas hacia un lado. Esto se debe, según ella, a que “si estás derecha, erguida, demuestras que eres estable, pero con la cabeza inclinada hacia un lado, evoca una sensación de estar rota, de debilidad. Somos humanos, vivimos guerras, momentos brutales (…) la resistencia a veces se escurre”.
Malak y yo hemos mantenido correspondencia a lo largo de este periodo de violencia, sus temores son patentes, su fortaleza notable. En enero, escribió: “Estoy trabajando en un cuadro enorme que representa muchos aspectos del genocidio”. En un lienzo de cinco metros, Malak creó una obra de arte que empezaba a parecerse al célebre “Guernica” (1937), que Pablo Picasso pintó para conmemorar una masacre perpetrada por la España fascista contra un pueblo de la región vasca. En 2022, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA, por su sigla en inglés) publicó un perfil sobre Malak, llamándola “la Picasso de Palestina”. En el artículo, Malak decía: “Picasso me inspiró tanto que, al principio de mi viaje artístico, intenté pintar como él”. Este nuevo cuadro de Malak refleja la angustia y la firmeza del pueblo palestino. Es una denuncia del genocidio israelí y una afirmación del derecho de los palestinos a soñar. Si lo miran de cerca, verán a las víctimas del genocidio: trabajadores médicos, periodistas y poetas; las mezquitas y las iglesias; los cuerpos insepultos, los prisioneros desnudos y los cadáveres de niños pequeños; los coches bombardeados y los refugiados que huyen. Hay un cometa volando en el cielo, un símbolo del poema de Refaat Alareer “Si debo morir” (“debes vivir para contar mi historia (…) para que un niño, en algún lugar de Gaza, mientras mira al cielo a los ojos (…) vea la cometa, mi cometa que tú hiciste, volando arriba y piense que hay un ángel allí trayendo de vuelta el amor”).
La obra de Malak tiene sus raíces en las tradiciones pictóricas palestinas, inspiradas en una historia que se remonta a la iconografía árabe cristiana (tradición desarrollada por Yusuf al-Halabi de Alepo en el siglo XVII). Ese “estilo de Alepo”, como escribió el crítico de arte Kamal Boullata en Istihdar al-Makan, evolucionó hacia el “estilo de Jerusalén”, que animó la iconografía introduciendo flora y fauna procedentes de miniaturas y bordados islámicos. Cuando vi por primera vez la obra de Malak, pensé en lo acertado de que hubiera rescatado la vida de Zulfa al-Sa’di (1905-1988), una de las pintoras más importantes de su época, que retrató a héroes políticos y culturales palestinos. Al-Sa’di dejó de pintar tras verse obligada a huir de Jerusalén durante la Nakba de 1948; sus únicos cuadros que se conservan son los que llevó consigo a caballo. Sa’di pasó el resto de su vida enseñando arte a niños palestinos en una escuela de la UNRWA en Damasco. Fue en una de esas escuelas de la UNRWA donde Malak aprendió a pintar. Parecía que Malak cogía los pinceles de al-Sa’di y pintaba por ella.
No es de extrañar que Israel haya puesto en su punto de mira a la UNRWA, consiguiendo que varios gobiernos clave del Norte Global dejen de financiar la agencia, creada por la Resolución 302 de la Asamblea General de la ONU en 1949 para “llevar a cabo programas de ayuda directa y obras para los refugiados de Palestina”. En un año cualquiera, medio millón de niños palestinos como Malak estudian en escuelas de la UNRWA. Raja Khalidi, director general del Instituto de Investigación de Política Económica Palestina (MAS), señala sobre esta suspensión de fondos: “Dada la precariedad de las finanzas de la UNRWA desde hace mucho tiempo (…) y a la luz de su papel esencial en la prestación de servicios vitales a la población refugiada palestina y a unos 1,8 millones de personas desplazadas en Gaza, recortar su financiación en un momento como este agudiza la amenaza de muerte contra palestinos que ya corren el riesgo de ser víctimas de genocidio”.
Les animo a difundir el mural de Malak, a recrearlo en muros y espacios públicos de todo el mundo. Que penetre en las almas de quienes se niegan a ver el genocidio en curso del pueblo palestino.
Cordialmente,
Vijay
4. Vuelta al peligro de una guerra nuclear
En el número de febrero de Monthly Review aparece este artículo de John Bellamy Foster sobre un socialista británico que escribió durante la guerra fría sobre los riesgos de una guerra nuclear y la búsqueda de EE.UU. de una nueva primacía en este campo. https://monthlyreview.org/
La búsqueda estadounidense de la primacía nuclear: La doctrina de la contrafuerza y la ideología de la asimetría moral
por John Bellamy Foster (01 de febrero de 2024)
Este artículo fue escrito originalmente para A New Global Geometry? The Socialist Register 2024 (Merlin Press, de próxima publicación). Ha sido ligeramente editado para Monthly Review.
Cuando llegue el momento de estudiar en detalle algunos de los argumentos de estos nuevos escritores militares sobre la guerra nuclear, necesariamente tendré que adoptar muchos aspectos de sus propios métodos y terminología, es decir, tendré que encontrarme con ellos en el terreno metodológico de su propia elección. Por lo tanto, quiero disculparme de antemano por la nauseabunda inhumanidad de gran parte de lo que tengo que decir.
-P. M. S. Blackett1
La desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991 dio lugar a que Washington declarara en ese mismo momento que se iniciaba un nuevo orden mundial unipolar, con Estados Unidos como única superpotencia. Estados Unidos, apoyado por sus aliados de la OTAN, inició inmediatamente una gran estrategia de cambio de régimen o «imperialismo desnudo» en los Balcanes, Oriente Medio, el norte de África y a lo largo de todo el perímetro de la antigua Unión Soviética. Esto fue acompañado por la rápida expansión de la propia OTAN hacia el este, hacia los antiguos países del Pacto de Varsovia y las regiones que antes formaban parte de la URSS.2 El objetivo fundamental de esta expansión, como explicó el ex Asesor de Seguridad Nacional de EE.UU., Zbigniew Brzezinski en El Gran Tablero de Ajedrez, era incorporar a Ucrania a la OTAN, lo que crearía las condiciones geopolíticas y geoestratégicas para la dominación final y la ruptura forzada de la Federación Rusa.3
Subyacente a este diseño imperial para la formación de un orden mundial unipolar estaba el esfuerzo de Washington por restablecer su dominio nuclear absoluto de los primeros años de la Guerra Fría, cuando tenía el monopolio nuclear (1945-49), seguido de un período de superioridad nuclear cuantitativa (1949-53) -antes de que la Unión Soviética alcanzara la paridad nuclear efectiva con Estados Unidos.4 A principios de la década de 1960, durante la administración de John F. Kennedy, se intentó pasar a la contrafuerza (el ataque contra las armas nucleares y los sistemas de mando soviéticos) como medio de restablecer la hegemonía nuclear estadounidense. Sin embargo, pronto se abandonó por poco práctica en aquel momento, y la postura de disuasión nuclear de Estados Unidos en las décadas de 1960 a 1980 siguió siendo la de la destrucción mutua asegurada (MAD), en la que las armas nucleares se dirigían principalmente contra ciudades enemigas u objetivos de contravalor. Pero, con la desaparición de la URSS de la escena mundial en 1991, Washington abandonó abruptamente la MAD como su estrategia nuclear, sustituyéndola por la contrafuerza, a veces denominada NUTS (por las teorías de uso nuclear o Selección de Objetivos de Utilización Nuclear).5 Irónicamente, la desaparición de la Unión Soviética condujo en Estados Unidos (y en la OTAN) al triunfo de la postura de máxima disuasión, a pesar de varios acuerdos sobre armas estratégicas, y a la aparente derrota final de quienes habían defendido durante mucho tiempo una postura de disuasión mínima.6
La contrafuerza tiene como objetivo la primacía nuclear o capacidad de primer ataque, es decir, el uso de armas nucleares para «decapitar» las armas nucleares del enemigo antes de que puedan ser lanzadas (lo que a veces se denomina un «verdadero primer ataque»).7 Además, la contrafuerza también se presta a la idea de guerra nuclear limitada y, por tanto, puede considerarse que opera dentro de un continuo que también incluye las armas nucleares no estratégicas o tácticas y las armas convencionales, representando así la plena integración de las armas nucleares en la estrategia militar a todos los niveles. Bajo la MAD, basada en el contravalor, las armas nucleares se consideraban inutilizables para promover fines políticos y militares (sólo para ser empleadas en caso de represalias masivas), mientras que la revolución de la contrafuerza iniciada por Washington en la era posterior a la Guerra Fría tenía como objetivo precisamente hacer que las armas nucleares fueran utilizables.8
El prolongado debate sobre la disuasión nuclear entre los minimalistas (a veces denominados «revolucionarios nucleares»), como Patrick Blackett, George Kennan y Bernard Brodie, y los maximalistas, como Albert Wohlstetter, Herman Kahn, Henry Kissinger y Thomas Schelling, en lo que a veces se denomina la «edad de oro» de la estrategia de disuasión nuclear, giró principalmente en torno a la cuestión del objetivo de contravalor frente al de contrafuerza.9 Para los minimalistas, la MAD, basada en el contravalor y la paridad nuclear, era la condición más estable de la disuasión, ya que ninguna de las partes podía esperar beneficiarse de una guerra nuclear, creando un estancamiento nuclear duradero. Por el contrario, los maximalistas defendían el desarrollo de una estrategia de contrafuerza dirigida a la primacía nuclear de Estados Unidos (y la OTAN) como única solución estable al problema de la disuasión nuclear. El argumento maximalista -como demostró Blackett, el célebre socialista británico, premio Nobel de física y fundador de la investigación operativa militar- derivaba su coherencia del supuesto de la «asimetría moral» entre Oriente y Occidente, una postura que representaba el fracaso de la razón.10 Fue la temprana crítica de Blackett a la postura de máxima disuasión la que constituye el desafío teórico más penetrante a la doctrina de la contrafuerza hasta nuestros días.11
La coincidencia del declive de la hegemonía estadounidense en la economía mundial con el intento de Estados Unidos de asegurar el dominio unipolar por medios militares, en línea con su actual política de máxima disuasión mediante la contrafuerza y la primacía nuclear, ha llegado a su punto álgido en la actual guerra por poderes en Ucrania entre Estados Unidos/OTAN y Rusia, y en las crecientes tensiones sobre Taiwán entre Estados Unidos y la República Popular China. Los conflictos en curso sobre Ucrania y Taiwán constituyen los principales focos de la Nueva Guerra Fría que emana de Washington, que implica una guerra por poderes real y potencial en las mismas fronteras de las superpotencias. Esto ha aumentado enormemente la probabilidad de una guerra termonuclear global. Esto, a su vez, plantea la amenaza de un omnicidio global con el inicio del invierno nuclear, ya que el humo y el hollín de los incendios que lo abarcarían todo en cien o más ciudades bloquearían la radiación solar, reduciendo drásticamente las temperaturas globales y provocando, en un par de años, la aniquilación efectiva de la población mundial.12
La crítica de la máxima disuasión
Con la desaparición de la Unión Soviética, los maximalistas consiguieron dominar por completo a los minimalistas dentro de los círculos del establishment, lo que quedó marcado por la primera «Revisión de la postura nuclear» de Estados Unidos en 1994.13 Sin embargo, la crítica a la disuasión máxima que surgió en las décadas anteriores, y que ha estado estrechamente ligada a los movimientos pacifistas mundiales, necesita ser desenterrada y resucitada en la crisis nuclear de nuestros tiempos.
La mayor crítica a la doctrina de la disuasión máxima en la «edad de oro» de la disuasión nuclear fue lanzada por Blackett en su libro de 1948, Fear, War, and the Bomb: Military and Political Consequences of Atomic Energy, que apareció casi simultáneamente con el anuncio de que había recibido el Premio Nobel de Física por su trabajo experimental en física nuclear.14 A ese libro siguieron otros dos sobre la estrategia de las armas nucleares: Atomic Weapons and East-West Relations (1956) y Studies of War: Nuclear and Conventional (1962).
Blackett fue un destacado pensador socialista británico, parte del movimiento de las relaciones sociales de la ciencia, asociado con J. D. Bernal, y colega cercano de otros socialistas británicos, entre ellos Bernal, J. B. S. Haldane, C. H. Waddington y Solly Zuckerman.15 Blackett fue presidente de la izquierdista Asociación de Trabajadores Científicos de 1943 a 1947. También era amigo íntimo del físico Robert Oppenheimer en Estados Unidos, que dirigió el Proyecto Manhattan.16 En su ensayo de 1935, «La frustración de la ciencia», que aparece en un libro del mismo nombre -un volumen al que también contribuyó Bernal, y que tenía un prólogo de Frederick Soddy- Blackett abogaba por el «socialismo completo» y declaraba que el capitalismo era un «movimiento retrógrado» que se desviaba hacia el fascismo. Sentía una gran admiración por los logros de la Unión Soviética en los ámbitos de la ciencia y la industria17.
Al igual que otros científicos de izquierdas, en particular Bernal, Haldane y Zuckerman, Blackett, que había servido en la marina británica, fue una figura destacada en la formación de la estrategia militar británica durante la Segunda Guerra Mundial. Fue el «padre» del campo de la investigación operativa militar. Desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la cadena de radares que iba a resultar el arma clave en la guerra aérea, conocida como la Batalla de Inglaterra, y en la organización de las defensas antiaéreas. Su mayor logro en la guerra, sin embargo, fue «ayudar a idear el sistema de convoyes para hacer frente a la ofensiva de los submarinos [alemanes] en el Atlántico».18
En agosto de 1945, el Primer Ministro británico Clement Attlee nombró a Blackett miembro del recién creado Comité Asesor sobre Energía Atómica. También fue nombrado miembro del Comité de Jefes de Estado Mayor sobre Futuras Armas. Blackett se opuso firmemente al desarrollo británico de armas nucleares y apoyó una política de neutralidad hacia la Unión Soviética. Tras la disolución del Comité Asesor en 1947, participó públicamente en el debate sobre el uso de armas nucleares.19
En Fear, War and the Bomb, Blackett abordó la decisión estadounidense de lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Aquí se argumentaba por primera vez que «el lanzamiento de las bombas atómicas no fue tanto el último acto militar de la Segunda Guerra Mundial, como la primera gran operación de la fría guerra diplomática con Rusia que estaba en curso». Los japoneses ya habían ofrecido negociar los términos de la paz, mientras que una invasión estadounidense de Japón aún estaba en fase de planificación y no iba a tener lugar hasta dentro de algún tiempo. Más que un resultado de la necesidad de «salvar vidas estadounidenses», como se afirma comúnmente, la prisa por lanzar la bomba sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, y luego una segunda bomba sobre Nagasaki tres días después, tuvo que ver con el hecho de que la Unión Soviética se estaba preparando para entrar en guerra contra Japón el 8 de agosto, comenzando su ofensiva en Manchuria el 9 de agosto. El objetivo de Estados Unidos, explicó Blackett, era forzar una rendición incondicional de Japón antes de que los soviéticos pudieran avanzar mucho en Manchuria, y asegurarse de que la rendición japonesa fuera sólo ante Estados Unidos.20
El análisis de Blackett fue objeto de duras críticas en un foro sobre su libro en el Bulletin of Atomic Scientists, pero recibió el apoyo del físico del Proyecto Manhattan Philip Morrison, quien indicó que los científicos encargados de fabricar la bomba fueron presionados para cumplir un «misterioso» plazo en el que debía estar lista para «una fecha cercana al diez de agosto. «21 La proposición de que el lanzamiento de las bombas atómicas no fue, en realidad, el último acto de la Segunda Guerra Mundial, sino el primero de la Guerra Fría, sería verificada en estudios históricos posteriores por figuras como Gar Alperovitz y Robert Jay Lifton.22
Blackett demostró en Fear, War and the Bomb que inicialmente existía un fuerte sentimiento en los círculos estratégicos de Estados Unidos a favor de utilizar la bomba atómica sobre ciudades soviéticas en un primer ataque, ya que la URSS no disponía en aquel momento de la bomba y no se esperaba que la desarrollara y dispusiera de reservas hasta 1953. En 1948, Winston Churchill había abogado por amenazar a la Unión Soviética con una guerra nuclear preventiva. Sin embargo, Blackett, tratando de promover la cordura, argumentó en aquel momento que desde un punto de vista militar, las bombas atómicas, por devastadoras que fueran, no podrían derrotar a la Unión Soviética, al igual que los bombardeos estratégicos no habían sido eficaces contra Alemania. La Unión Soviética tenía un gran ejército convencional y, en caso de un primer ataque nuclear de Estados Unidos y la OTAN, casi con toda seguridad invadiría Europa.
Cuando Blackett escribió Armas atómicas y relaciones Este-Oeste, la situación había cambiado por completo. La Unión Soviética realizó su primera prueba de armas atómicas en agosto de 1949, apenas cuatro años después de que Estados Unidos bombardeara Hiroshima y Nagasaki. En agosto de 1953, la URSS realizó su primera prueba con una bomba de hidrógeno, menos de un año después que Estados Unidos. En ese momento, la Unión Soviética había alcanzado la paridad nuclear efectiva con Estados Unidos en todo menos en el lanzamiento. Fue entonces cuando el debate sobre la disuasión nuclear cobró fuerza. Blackett insistió en la importancia del estancamiento estratégico entre Estados Unidos y la Unión Soviética: «Hoy en día las armas atómicas estratégicas no sólo se han anulado a sí mismas y, por tanto, han hecho que la guerra total sea extremadamente improbable, sino que han abolido definitivamente la posibilidad de victoria únicamente mediante el poder aéreo contra una gran potencia…. Creo que deberíamos actuar como si las bombas atómicas y de hidrógeno hubieran abolido la guerra total y concentrar nuestros esfuerzos en averiguar cuántas bombas atómicas y sus portadores son necesarios para mantenerla abolida.»
Reconociendo que la OTAN estaba recurriendo a las armas nucleares tácticas como respuesta a la mayor fuerza convencional de la Unión Soviética, junto con la desgana europea a la hora de afrontar el gasto que supondría igualarla, Blackett veía esas armas nucleares no estratégicas como un problema importante. Su respuesta fue considerar una política de «no utilizar bombas atómicas en absoluto, ni siquiera en el campo de batalla».23 Se mostró firmemente en contra de la doctrina maximalista estadounidense de la «disuasión gradual» o la noción del uso de armas nucleares en varios niveles de escalada, desde el uso en el campo de batalla hasta un verdadero primer ataque, con el fin de lograr objetivos políticos y militares.24
Blackett apoyó firmemente a Oppenheimer, que por aquel entonces había sido objeto de ataques en el ambiente macartista de Estados Unidos. Explicó que la oposición concreta inicial de Oppenheimer a la bomba de hidrógeno se había basado en su mal diseño. Pero la posterior oposición más profunda de Oppenheimer, y la de los científicos del Proyecto Manhattan en general, fue una respuesta a la forma en que la bomba atómica se había utilizado, innecesariamente, en la guerra. Como señaló Blackett, «hay un pasaje poco notado en las audiencias. Cuando se le preguntó a Oppenheimer cuándo comenzó su oposición a la bomba H, respondió: ‘Creo que fue cuando me di cuenta de que este país tendería a utilizar cualquier arma que tuvieran'».25
A pesar de su enorme prestigio como premio Nobel de Física y como fundador de la investigación operativa militar, el intento de Blackett de promover una estrategia de disuasión racional y minimalista que restara importancia a las armas nucleares o incluso las eliminara dio lugar a ataques al estilo de la Guerra Fría, en los que se le tachaba de compañero de viaje comunista. Fue «el más franco y el más vilipendiado de los científicos británicos que se opusieron a las políticas nucleares estadounidense y británica desde mediados de los años 40 hasta alrededor de 1960».26 George Orwell incluyó a Blackett en su lista negra secreta de criptocomunistas, aunque aparentemente no sabía quién era Blackett, caracterizándolo incorrectamente como un «divulgador científico». El sociólogo de la Guerra Fría Edward Shils escribió un artículo para el Bulletin of the Atomic Scientists titulado «Blackett’s Apologia for the Soviet Position», en el que calificaba el cuidadoso análisis de Blackett en Fear, War and the Bomb de «regalo para la propaganda soviética».27 Tanto el MI5 británico como el Federal Bureau of Investigation estadounidense le tenían bajo vigilancia, y el MI5 grabó todas sus llamadas telefónicas pero no descubrió nada. Blackett fue atacado en Scientific American por tener un «prejuicio pro soviético».28 Sin embargo, era imposible ignorar a Blackett o dejarlo totalmente de lado debido a su enorme credibilidad tanto en círculos científicos como militares, sus convincentes argumentos sobre la disuasión nuclear y su confrontación directa con maximalistas nucleares como Wohlstetter, Kahn y Kissinger.
La primera parte de Studies of War de Blackett sobre la disuasión nuclear consistía en ensayos que había escrito entre 1948 y 1962, solapándose los primeros con sus dos primeros libros sobre el tema. Sin embargo, Studies of War también incluía ensayos escritos sobre estrategia nuclear entre 1958 y 1962. Durante este periodo, entre el lanzamiento soviético del Sputnik en 1957 y la crisis de los misiles cubanos de 1962, el debate nuclear se había intensificado. Especialmente notable fue el artículo de Blackett de 1961 «Critique of Some Contemporary Defence Thinking», que constituyó su contribución más importante a lo que se conoce como el debate Blackett-Wohlstetter, que representa las opiniones minimalistas frente a las maximalistas sobre la guerra nuclear.29 Aunque el trabajo anterior de Blackett sobre la disuasión nuclear había hecho que se le calificara de «hereje atómico», Studies of War, que apareció en la época de la crisis de los misiles de Cuba, fue recibido favorablemente en los círculos superiores de Occidente, así como por el público en general, y se consideró que representaba el consenso nuclear de la época.30 Por tanto, los maximalistas de los años posteriores establecieron la anulación del análisis de Blackett como uno de sus principales objetivos en su campaña para hacer utilizables las armas nucleares.
En «Critique of Some Contemporary Defence Thinking» y en otros ensayos de Studies of War, Blackett ofreció una crítica clásica en el sentido de la filosofía alemana y la teoría marxiana, en la que se mostraba que la lógica interna y las contradicciones de la postura maximalista sobre las armas nucleares representaban la destrucción irracionalista de la razón. Argumentó que la paridad nuclear soviética con Estados Unidos había creado un punto muerto nuclear en el que el uso de armas nucleares contra otra nación nuclear con armamento similar era impensable «para cualquier nación que quisiera sobrevivir».31 Su argumento iba dirigido contra tres de los principales pensadores maximalistas: Kissinger, Kahn y Wohlstetter. El libro de Kissinger Nuclear Weapons and Foreign Policy (1957) argumentaba en contra de la política entonces vigente de confiar en la MAD, y en su lugar abogaba por que Estados Unidos desarrollara armas nucleares no estratégicas o tácticas que pudieran utilizarse para una guerra nuclear limitada y estuvieran disponibles como una extensión de la política.32
La postura de Kissinger fue fuertemente rechazada por Blackett y por el principal pensador minimalista estadounidense, Kennan, más conocido como el desarrollador de la estrategia de «contención» de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Blackett señaló que el argumento de Kissinger se basaba en que Occidente desplegara unilateralmente armas nucleares tácticas que pudieran dirigirse contra las fuerzas convencionales soviéticas, con Europa, tanto Oriental como Occidental, como campo de batalla. Según Kissinger, la OTAN podría utilizar armas nucleares tácticas en un primer ataque con la expectativa de que los soviéticos no responderían con represalias masivas, poniendo así en peligro a su propio país. Además, en una guerra nuclear limitada, argumentaba Kissinger, los soldados occidentales serían superiores a los soviéticos en el uso de armas nucleares tácticas, incluso en el caso de que estos últimos desarrollaran tales capacidades, una opinión que Blackett calificó de «pura patraña». Blackett se opuso a quienes, como Kahn, en obras como On Thermonuclear War (1960) y Thinking About the Unthinkable (1962), sostenían que se podría ganar y sobrevivir a una guerra nuclear con medidas como la defensa civil. Blackett replicó que la defensa civil en una guerra nuclear era impracticable.34
Kahn acuñó la distinción entre contravalor y contrafuerza.35 Con la aparición de la paridad nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética y el predominio de la MAD, que declaraba inutilizables las armas nucleares, los maximalistas dedicaron todos sus esfuerzos a argumentar que cualquier equilibrio nuclear era inestable y que la única respuesta para Estados Unidos era el desarrollo de armas de contrafuerza dirigidas a una capacidad de primer ataque o primacía nuclear. El principal defensor de esta postura a principios de la década de 1960 fue Wohlstetter, que, al igual que Kahn, Schelling y otros maximalistas, trabajaba para la RAND Corporation.
El trabajo clave para lanzar el argumento de que la MAD era inestable y defender que Estados Unidos cambiara a una estrategia de contrafuerza fue «The Delicate Balance of Terror» (El delicado equilibrio del terror), de Wohlstetter, publicado en la revista del Consejo de Relaciones Exteriores, Foreign Affairs, en 1959.36 Wohlstetter criticó duramente a Blackett y a otros que defendían que la «extinción mutua» era «el único resultado» de una guerra nuclear general, adoptando así la posición MAD. En su lugar, Wohlstetter argumentaba que el ataque de contrafuerza o primer ataque podía eliminar teóricamente la capacidad del otro bando para llevar a cabo un segundo ataque, planteando así la cuestión de la «capacidad de supervivencia» de la capacidad nuclear de segundo ataque en la nación atacada. En opinión de Wohlstetter, un primer ataque podría considerarse una política «sensata» para un atacante. Esto obligaba a Estados Unidos a buscar la capacidad de primer ataque o la primacía nuclear y la modernización de las armas nucleares para lograr una mayor precisión y la máxima disuasión. Sutilmente integrada en el argumento de Wohlstetter, pero constituyendo toda la base de su afirmación de que la actual paridad nuclear era inestable, estaba la presunción de que los soviéticos no se dejarían disuadir por diez millones o incluso más de muertes, ya que habían sufrido veinte millones de muertes en la Segunda Guerra Mundial. Además, toda la argumentación de Wohlstetter se basaba en la suposición de que existía lo que Blackett denominó en su crítica una «asimetría moral» entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en la que la primacía nuclear estadounidense no representaba ningún peligro para la URSS, mientras que la paridad nuclear rusa representaba una amenaza muy real de ataque nuclear contra Estados Unidos.37
La respuesta de Blackett a Wohlstetter fue devastadora. El célebre historiador militar británico Michael Howard la calificó de «crítica feroz». «38 Utilizando ejemplos aritméticos, señaló el hecho de que la verdadera capacidad de primer ataque requeriría la destrucción, no sólo del 90% de las armas nucleares del otro bando -lo que en sí mismo es imposible dados los problemas técnicos implicados, el número de objetivos, las respuestas casi automáticas del otro bando con sólo pulsar un botón y las inmensas dificultades de inteligencia-, sino que de hecho requeriría la destrucción del 99% de las fuerzas nucleares contrarias, e incluso eso no sería suficiente si se quisieran evitar megamuertes tanto en el bando del atacante como en el del atacado. Por lo tanto, una mayor precisión no obviaría «la locura esencial de una política de primer ataque». Blackett señaló que Wohlstetter creía que un primer ataque estadounidense contra la Unión Soviética habría sido cuerdo en la época en que Estados Unidos tenía el monopolio nuclear o incluso cuando simplemente tenía superioridad nuclear. Para personas como Wohlstetter, el objetivo era restablecer las bases para un primer ataque «sensato».39
Lo más importante fue la crítica de Blackett a la noción de Wohlstetter de la «asimetría moral» entre Estados Unidos y la URSS. Como escribió Wohlstetter, «ellos [los soviéticos] toman decisiones estratégicas sensatas y nosotros no», lo que significa que sin duda utilizarían la superioridad nuclear (o incluso la paridad nuclear) como base de un ataque nuclear para lograr sus fines, pero Estados Unidos no lo haría, debido a su mayor moralidad.40
En respuesta, Blackett afirmó: «La doctrina de Wohlstetter parece ser que Occidente debe planificar en función de la capacidad del enemigo, pero la URSS debe planificar en función de las intenciones de Occidente», que se suponen benignas. Al «introducir un amplio y arbitrario grado de asimetría moral entre los dos contendientes» como «dispositivo metodológico», Wohlstetter, según Blackett, consideraba que «el periodo de 1954 a 1957 [cuando Rusia «no tenía ningún poder efectivo de golpear a América en absoluto» con misiles]… era un periodo seguro porque, aunque América tenía una gran superioridad nuclear, era pacífica, mientras que el momento actual es peligroso porque esta superioridad es menor y la URSS es agresiva. «41 Era este tipo de lógica peligrosa, insistía Blackett, la que estaba detrás de las demandas de los maximalistas de que Estados Unidos intentara «recuperar una primera capacidad de contrafuerza mediante misiles mejorados y satélites de reconocimiento».42
Argumentando enérgicamente a favor de «la política de la disuasión mínima», Blackett insistió en que «ya es suficiente».43 Sin embargo, si los maximalistas se salían con la suya y conseguían que Washington persiguiera la capacidad de contrafuerza o de primer ataque, la Unión Soviética y China tendrían que responder en un momento dado adoptando medidas para garantizar la capacidad de supervivencia de su disuasión como una cuestión de pura defensa, lo que desencadenaría una interminable carrera armamentística nuclear y aumentaría los peligros de una guerra nuclear.44 Criticó duramente a aquellos que en la RAND, como Schelling, utilizaban la teoría de juegos para crear falsos escenarios de guerra nuclear limitada y estrategias de contrafuerza en la búsqueda irracional de un gasto continuado en modernización nuclear. En 1962, Blackett volvió a plantear la cuestión del desarme nuclear, que, sugirió, tendría que hacerse a una escala extremadamente grande o sería ineficaz.45
En la década de 1980, las administraciones de Jimmy Carter y Ronald Reagan intentaron colocar misiles de crucero con armamento nuclear y misiles Pershing II en Europa, aparentemente como respuesta al SS-20 soviético, un misil de alcance intermedio más resistente que se consideraba que reducía la capacidad de primer ataque de la OTAN.46 La respuesta estadounidense fue la introducción de nuevos misiles de contrafuerza con Europa como base de operaciones. A esto se unió el plan estadounidense de introducir la Iniciativa de Defensa Estratégica, más conocida como Guerra de las Galaxias, un sistema global de defensa antimisiles. Esto también sólo tenía sentido en términos de un primer ataque o de un ataque de contrafuerza. El resultado fue el desarrollo de un enorme movimiento antinuclear en Europa, en el que el historiador marxista E. P. Thompson desempeñó un papel fundamental como principal portavoz del Desarme Nuclear Europeo.47 En Estados Unidos, estos acontecimientos generaron el movimiento de congelación nuclear. En este contexto, Wohlstetter volvió a criticar a Blackett, fallecido en 1974, por sus críticas a la disuasión máxima y a la teoría de juegos. Zuckerman respondió refiriéndose de nuevo a la cuestión de Blackett sobre la asimetría moral incrustada en el trabajo de Wohlstetter y de todos los demás estrategas estadounidenses de la contrafuerza.48
La búsqueda estadounidense de la primacía nuclear: Desde 1991 hasta ahora
Es una de las grandes ironías de nuestro tiempo que la desaparición de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría condujeran al triunfo inmediato de la doctrina de máxima disuasión en Washington y a la búsqueda de la primacía nuclear mediante el desarrollo de capacidades de contrafuerza. A pesar de los acuerdos sobre armamento nuclear que se establecieron inicialmente y de las reducciones de cabezas nucleares, la estructura básica de las fuerzas nucleares quedó intacta, mientras que Washington vio en ello una oportunidad para asegurarse la primacía nuclear mundial o una verdadera capacidad de primer ataque y, por tanto, el dominio nuclear absoluto. La «disuasión mínima», según Lawrence Freedman y Jeffrey Michaels en su obra clásica, La evolución de la estrategia nuclear, «seguía teniendo partidarios, pero constituían una minoría», y estaban muy debilitados.49 Se abría entonces el camino a la puesta en marcha de una estrategia de contrafuerza total. Como declaró Janne E. Nolan, de la Asociación para el Control de Armamentos, «la contrafuerza sigue siendo el principio sacrosanto de la estrategia nuclear estadounidense».50
Dado que la estrategia nuclear estadounidense se basa en la contrafuerza, en la creación de la capacidad para un primer ataque que llegue como un «rayo caído del cielo», con sistemas antimisiles que acaben con las pocas armas que sobrevivan, requiere la unificación de las armas nucleares «ofensivas» y «defensivas».51 El objetivo general es garantizar la no supervivencia de los centros de mando y control y de los sistemas de armas nucleares del otro bando. Los sistemas de misiles antibalísticos, que se consideran prácticamente inútiles para defenderse de un primer ataque a gran escala, no son principalmente armas defensivas, sino que pretenden garantizar que las pocas armas nucleares del país atacado que consigan sobrevivir ante un primer ataque sean eliminadas antes de que puedan alcanzar sus objetivos. Por lo tanto, los sistemas de defensa antimisiles nucleares están destinados principalmente a mejorar la capacidad de primer ataque.52
Ante la perspectiva de un primer ataque, una potencia nuclear sólo puede proteger su disuasión de cuatro maneras: (1) la redundancia de dichas armas, ya que cuantos más objetivos haya, más difícil será para un atacante llevar a cabo un primer ataque con éxito; (2) el endurecimiento de los silos de misiles para proteger la disuasión estratégica de los misiles entrantes; (3) la ocultación de las armas nucleares, mediante armas nucleares basadas en submarinos y misiles/lanzadores de misiles terrestres móviles; y (4) (la más cuestionable de todas) la confianza en las máquinas del día del juicio final, que permiten una represalia masiva que puede desencadenarse en cualquier momento, casi automáticamente, sin apenas intervención humana. 53
Teniendo en cuenta estas condiciones, es posible entender las acciones aparentemente contradictorias de Washington con respecto al control y desarrollo de armas nucleares desde la desaparición de la Unión Soviética. Todos los presidentes estadounidenses, desde Reagan hasta Joe Biden, han hecho gran hincapié en el desarrollo de sistemas de defensa antimisiles nucleares, considerados cruciales para una estrategia eficaz de contrafuerza. La administración de George H. W. Bush, al tiempo que se alejaba de la Guerra de las Galaxias de Reagan, optó por promover el programa de «Protección Global contra Ataques Limitados». Esto fue impulsado por la administración de Bill Clinton, que ofreció un esquema para la Defensa Nacional de Misiles. Sin embargo, los sistemas de defensa antimisiles no podían ponerse en funcionamiento mientras Estados Unidos siguiera vinculado al Tratado sobre Misiles Antibalísticos de 1972, lo que llevó a la administración de George W. Bush a retirarse unilateralmente del tratado en 2002. En 2007, la administración Bush decidió ampliar sus dos emplazamientos de defensa antimisiles en California y Alaska y añadir un «Tercer Emplazamiento» en Europa, con la excusa de proteger a Europa de Irán (una potencia no nuclear), pero los rusos entendieron naturalmente que esto iba dirigido a ellos. En 2008, este sistema se integró en el sistema general de misiles de defensa de la OTAN. La administración de Barack Obama revisó este plan colocando sistemas de defensa antimisiles dirigidos contra misiles balísticos de mayor alcance (aunque también capaces de lanzar misiles ofensivos con armamento nuclear) en Polonia y Rumanía.54
Al mismo tiempo, a medida que se introducían sistemas de defensa antimisiles en Europa, se reducían los arsenales de ojivas nucleares en poder de Estados Unidos y Rusia.55 No obstante, en 2023 Estados Unidos seguía teniendo 5.244 ojivas nucleares estratégicas, Francia 290, el Reino Unido 225 y Rusia (que pretendía igualar a las tres potencias nucleares de la OTAN) 5.889. China, por su parte, tenía 410.000 ojivas nucleares estratégicas. China, por su parte, tenía 410.56
Las reducciones de Washington en el número de cabezas nucleares, en línea con las reducciones paralelas de Moscú, parecen haber tenido como objetivo enfriar las tensiones nucleares. Sin embargo, esta política se ajustaba a su estrategia general de contrafuerza, ya que la redundancia en el número de este tipo de armas es uno de los principales medios para garantizar la supervivencia de una fuerza nuclear disuasoria. Junto con la modernización de sus sistemas de armas nucleares para una mayor precisión y la mejora de los medios de detección de submarinos nucleares y misiles terrestres móviles, Estados Unidos pudo avanzar rápidamente hacia su objetivo de primacía nuclear. Según Cynthia Roberts, del Instituto Saltzman de Guerra y Paz de la Universidad de Columbia, en «Revelaciones sobre la política de disuasión de Rusia», «los rusos perciben las nuevas mejoras estadounidenses de las fuerzas estratégicas, tanto convencionales como nucleares, como parte de un esfuerzo continuo para acechar la disuasión nuclear de Rusia y negar a Moscú una opción viable de segundo ataque», con el objetivo de eliminar efectivamente su disuasión nuclear mediante la «decapitación».57
En 2006, los analistas nucleares de todo el mundo se sobresaltaron con la aparición en Foreign Affairs, la principal publicación del Consejo de Relaciones Exteriores, de un artículo de Keir A. Lieber y Daryl G. Press titulado «The Rise of U.S. Nuclear Primacy» («El ascenso de la primacía nuclear estadounidense»).58 Lieber y Press indicaron que Estados Unidos había estado buscando una verdadera capacidad de primer ataque desde el final de la Guerra Fría y que ahora estaba «a punto de alcanzar la primacía nuclear. … A menos que cambie la política de Washington o que Moscú y Pekín tomen medidas para aumentar el tamaño y la preparación de sus fuerzas, Rusia y China -y el resto del mundo- vivirán a la sombra de la primacía nuclear estadounidense durante muchos años». De hecho, «el peso de la evidencia», escribieron, «sugiere que Washington está, de hecho, buscando deliberadamente la primacía nuclear».59
Estados Unidos, sostenían Lieber y Press, ya había obtenido la primacía nuclear en relación con China, que entonces no podía proteger ni sus silos de misiles reforzados ni sus submarinos nucleares (debido al nivel de ruido, aunque éste se estaba reduciendo), y estaba cerca de tener también una capacidad creíble de primer ataque en relación con Rusia. Armas como los misiles de crucero con armas nucleares, los submarinos nucleares capaces de disparar sus misiles mucho más precisos con cabezas nucleares de bajo rendimiento cerca de la costa, y los bombarderos sigilosos B-2 de baja altura y los cazas sigilosos portadores de misiles de crucero y bombas nucleares de gravedad podrían eliminar con mayor eficacia los silos de misiles endurecidos. Una tecnología de teledetección más avanzada, en la que Estados Unidos llevaba la delantera, había mejorado enormemente su capacidad para detectar y apuntar a misiles terrestres móviles y submarinos nucleares.60 La ampliación hacia el este de la OTAN hizo posible situar los sistemas de armas nucleares (incluidos los sistemas de defensa antimisiles) mucho más cerca de Moscú. Además, la mayor precisión de los misiles y las bombas de gravedad guiadas estadounidenses significa que las armas nucleares de los países objetivo son cada vez más vulnerables a las armas convencionales con ojivas no nucleares.61
El anuncio de que Estados Unidos estaba, al menos teóricamente, a punto de tener capacidad de primer ataque hizo saltar las alarmas en Rusia y China, lo que dio lugar a nuevos esfuerzos masivos para proteger la capacidad de supervivencia de sus armas nucleares y a medidas para defenderse de una estrategia de contrafuerza mediante el desarrollo de una nueva tecnología de misiles hipersónicos, que podría eludir los sistemas de misiles antibalísticos. China se ha referido a esto como una «maza asesina», un arma principalmente ventajosa para aquellos que desafían a un oponente más poderoso.62 En 2007, molesto por el intento estadounidense de obtener la primacía nuclear y la consiguiente expansión de la OTAN, el presidente ruso Vladimir Putin declaró inequívocamente que no habría un mundo unipolar.63 Sin embargo, la OTAN declaró en 2008 que tenía la intención de incorporar a Ucrania a la OTAN y siguió adelante con sus planes de colocar sistemas de defensa antimisiles en Polonia y Rumanía. Las instalaciones de defensa contra misiles balísticos Aegis que se instalaron en estos países son también armas ofensivas potenciales capaces de lanzar misiles de crucero Tomahawk con armamento nuclear.64
Estados Unidos, a través de la OTAN, siempre ha confiado en una estrategia de primer ataque basada tanto en armas nucleares no estratégicas como estratégicas, formando el núcleo de la defensa de la OTAN, primero contra las fuerzas convencionales de la Unión Soviética, y después contra las de Rusia, bajo el paraguas de la «disuasión ampliada» estadounidense. «65 Aunque la Unión Soviética, al igual que China en la actualidad, tenía una política de no-primer-ataque -mientras que la Rusia post-soviética ha declarado que sólo utilizará armas nucleares en un primer ataque si el estado/territorio ruso está directamente amenazado- todos los presidentes estadounidenses hasta el actual han reconfirmado la política estadounidense de primer-ataque.66 Para Washington, las armas nucleares (tanto estratégicas como tácticas) están «sobre la mesa» en todo el mundo, incluso en algunos casos contra potencias no nucleares, una política reforzada por el alcance imperial de Estados Unidos, que mantiene al menos ochocientas bases militares en el extranjero.67 Aunque Obama había declarado en su carrera a la presidencia que pretendía buscar «un mundo en el que no haya armas nucleares», adoptó una postura más maximalista al entrar en la Casa Blanca, al tiempo que rechazaba la promesa de no ser el primero en atacar.68 El vicesecretario adjunto para la política nuclear y de defensa antimisiles de la administración Obama encargado de redactar la Revisión de la Postura Nuclear de 2010 fue Brad Roberts, un halcón nuclear profundamente comprometido con una estrategia de primer uso nuclear. La Revisión de la Postura Nuclear de 2010 «reafirmó una doctrina de contrafuerza y rechazó el cambio para centrarse en objetivos de contravalor». Poco después de dejar la administración, Roberts publicó The Case for U.S. Nuclear Weapons in the Twenty-First Century (El caso de las armas nucleares estadounidenses en el siglo XXI), que argumentaba que Estados Unidos debería estar listo y dispuesto a participar en la lucha nuclear a todos los niveles. La administración Obama inició una mejora de treinta años y un billón de dólares en las armas nucleares estadounidenses en línea con la estrategia de contrafuerza.69
En 2014, Estados Unidos respaldó la revolución/golpe de Estado del Maidán en Ucrania, que destituyó al presidente democráticamente elegido Víktor Yanukóvich. Esto condujo a una guerra civil en Ucrania entre el gobierno de Kiev controlado por los nacionalistas ucranianos apoyados por la OTAN, por un lado, y los separatistas de habla rusa en la región de Donbass, apoyados por Rusia, por el otro. En 2022, Rusia, después de que la OTAN ignorara continuamente sus líneas rojas, intervino firmemente del lado de los separatistas. Enfrentada a una guerra indirecta de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania, Rusia puso sus fuerzas nucleares en alerta.70 De repente, un intercambio termonuclear global que pusiera en peligro de aniquilación a toda la población mundial (a través del invierno nuclear) se convirtió en una amenaza inminente.
La administración de Donald Trump, mientras tanto, se había retirado unilateralmente del Tratado de Fuerzas Nucleares Intermedias en 2019 y del Tratado de Cielos Abiertos en 2020. La retirada unilateral de estos tratados fue favorable para Washington al permitirle desarrollar aún más sus capacidades de contrafuerza. La Guía para la Disuasión Nuclear en la Era de la Competencia entre Grandes Potencias (2020) del Instituto de Investigación Louisiana Tech, escrita por expertos en armamento nuclear para los cerca de treinta mil miembros de la fuerza Global Strike de las Fuerzas Aéreas estadounidenses y setecientos mil aviadores en total, declaraba que «Estados Unidos nunca se ha contentado con una mera capacidad de segundo ataque», y estaba preparado para un primer ataque y para ganar una guerra nuclear como parte de su postura de máxima disuasión.71
A principios de enero de 2023, Estados Unidos autorizó el uso del avión de transporte C-17A de la Fuerza Aérea para el envío de bombas nucleares B61-12 a Europa, en una introducción más rápida de las bombas que la programada originalmente.72 La bomba nuclear B61-12 ha sido designada por National Interest como «el arma nuclear más peligrosa del arsenal estadounidense», porque es la más utilizable, ya que cumple la doble función de arma nuclear estratégica capaz de un primer ataque de contrafuerza contra silos de misiles reforzados, a la vez que también funciona como arma nuclear táctica en el campo de batalla.73
La B61-12, aunque forma parte de la clase B61 de bombas nucleares introducidas por primera vez tras la Crisis de los Misiles de Cuba, es un arma nueva en el sentido de que, en palabras de Hans Kristensen, experto en armas nucleares de la Federación de Científicos Estadounidenses, es «la primera bomba nuclear de gravedad guiada de EE.UU.», con un conjunto de cola guiada que le confiere una precisión mucho mayor (una ojiva el doble de precisa es ocho veces más letal). Las bombas nucleares estadounidenses existentes tienen probabilidades de error circular (PEC) de entre 110 y 170 metros, mientras que la B61-12 tiene una PEC de 30 metros. Se considera un arma nuclear de «bajo rendimiento». Sin embargo, tiene un rendimiento superior tres veces superior al de la bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima. También puede penetrar en la tierra, lo que significa que puede explotar bajo tierra. Lanzada contra un objetivo subterráneo, su capacidad destructiva en relación con su objetivo, según la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares, es «equivalente a la de un arma de explosión en superficie con una potencia de 1.250 kilotones, es decir, el equivalente a 83 bombas de Hiroshima», lo que la convierte en un arma de primer ataque extraordinariamente potente.74
El B61-12 es también un arma de «dial-a-yield» en la que la potencia explosiva puede reducirse hasta 0,3 kilotones o elevarse hasta 50 kilotones. Por lo tanto, se considera un arma nuclear tanto «táctica» como «estratégica». Puede ser lanzada a sus objetivos por aviones de combate, como el caza furtivo F-35, así como por bombarderos estratégicos. Estados Unidos la utilizará para sustituir a sus actuales armas nucleares en Europa. Como arma nuclear más «utilizable», que también se considera un arma de campo de batalla, el B61-12 está reduciendo el umbral nuclear en Europa. Según Rusia, el B61-12 resulta especialmente amenazador por su proximidad a objetivos rusos. Aunque Rusia dispone de dos mil armas nucleares tácticas, todas ellas se encuentran actualmente almacenadas, mientras que las nuevas bombas B61-12 van a ser desplegadas (representando las únicas armas nucleares tácticas desplegadas en todo el mundo) y situadas en Italia, Alemania, Turquía, Bélgica y Holanda, «a un corto vuelo de las fronteras rusas». Polonia, que acaba de obtener el caza F-35, solicita ahora que las bombas B61-12 también se ubiquen en su territorio.75 En caso de guerra, según el acuerdo de reparto nuclear de la OTAN, Estados Unidos podría entregar estas armas nucleares a las distintas naciones.
La Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos de 2018 de la administración Trump fue escrita en gran parte por el halcón antichino Elbridge A. Colby, entonces subsecretario adjunto de Defensa para Estrategia y Desarrollo de Fuerzas. Se centró en China como la principal amenaza estratégica para Estados Unidos (una posición adoptada posteriormente por la administración Biden) y estipuló que la política de primer ataque de Estados Unidos permitiría el uso de armas nucleares contra un ciberataque indeterminado. Además, por primera vez en la historia, la preparación para una guerra nuclear limitada se integró formalmente en la gran estrategia nuclear estadounidense. Colby es más famoso por su ultraagresiva «estrategia de negación» hacia China, promovida por su think tank Iniciativa Maratón. Esto incluye escenarios para el uso estadounidense de armas nucleares de contrafuerza en un conflicto sobre Taiwán. La lógica de la política estadounidense con respecto a Taiwán, incluida la de los dos partidos políticos dominantes, apunta así a cruzar las líneas rojas de China, amenazando de nuevo al mundo entero76.
Desde su primera prueba nuclear en 1964, China ha mantenido una postura inequívoca de que «nunca, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia, será la primera en utilizar armas nucleares».77 A diferencia de Estados Unidos y Rusia, las armas nucleares de China se mantienen en estado de alerta, sin que las cabezas nucleares se acoplen a los misiles, aunque ahora cuenta con un submarino nuclear en el mar en todo momento.78 Sus armas nucleares están deliberadamente orientadas a la MAD, sin la precisión necesaria para la contrafuerza. Según Benjamin C. Jamison, actual teniente coronel de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que presta servicio en la división de empresas nucleares del Mando Europeo de Estados Unidos, el «arsenal nuclear de China incluye exclusivamente grandes megatones y armas imprecisas que se adaptan mejor a una estrategia de contrafuerza». No ha buscado la paridad nuclear con Estados Unidos y Rusia. El objetivo de China «sigue siendo preservar una opción de segundo ataque con capacidad de supervivencia». Desde el punto de vista tecnológico y de los recursos, no hay ninguna razón por la que China no pueda construir una fuerza nuclear que rivalice con la de Estados Unidos o Rusia, pero ha decidido no hacerlo».79 En consonancia con esto, China se ha abstenido de desarrollar un arsenal de armas nucleares tácticas.80 China insiste en que ninguna nación debe emplazar armas nucleares en otro Estado. Sin embargo, con Estados Unidos centrado en la capacidad de primer ataque, China ha iniciado recientemente la modernización y expansión de su arsenal nuclear con el objetivo de aumentar la capacidad de supervivencia de su capacidad de segundo ataque. Los documentos de defensa estadounidenses más recientes indican que China ha conseguido mantener una disuasión nuclear de segundo ataque reducida y con capacidad de supervivencia.81
Sin embargo, nada de esto ha alterado la búsqueda occidental de la primacía nuclear. «En el plano nuclear, las defensas antimisiles y los ataques de precisión», escribió el politólogo noruego Even Hellan Larsen en junio de 2023, «hacen que el adelantamiento total de las represalias nucleares sea una perspectiva realista». En otras palabras, comprometerse con una estrategia de primer ataque contra otras potencias nucleares puede considerarse una política «racional» por parte de la principal potencia de contrafuerza, Estados Unidos/OTAN.82
El declive hegemónico de Estados Unidos y la amenaza del Armagedón nuclear
Los estrategas nucleares y los planificadores militares estadounidenses, casi todos ellos maximalistas en la actualidad, no se refieren, por regla general, en ninguno de sus análisis a los efectos totales de un intercambio termonuclear global, ni siquiera cuando se contempla una guerra nuclear a gran escala. Así, no se menciona el invierno nuclear, que aniquilaría a casi toda la población humana mundial, a pesar de que esto se ha afirmado una y otra vez en estudios científicos.83 Más a menudo, los planificadores militares estadounidenses actuales sostienen que una estrategia de contrafuerza de primer ataque con armas nucleares estratégicas de «bajo rendimiento» relativo (aunque generalmente de mayor rendimiento que las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki) puede decapitar la capacidad de segundo ataque del otro bando, mediante un rayo caído del cielo, eliminando la posibilidad de una represalia masiva. A esto se suman los planes de guerra nuclear limitada que presuponen que el país atacado será capaz de distinguir entre un ataque parcial y un verdadero primer ataque y que se puede contar con él para responder de forma igualmente «limitada», sin amenaza de escalada. Sin embargo, una y otra vez se ha demostrado que estos supuestos, aunque rigen la estrategia nuclear estadounidense, son falsos e irracionales. La peligrosa realidad que los análisis nucleares maximalistas ignoran convenientemente la describe mejor Daniel Ellsberg, que en su día fue estratega nuclear de la RAND Corporation: «Estados Unidos y Rusia tienen cada uno una auténtica Máquina del Juicio Final. No es el mismo sistema relativamente barato que Herman Kahn imaginó (o que Stanley Kubrick retrató)…. Pero, sin embargo, existe una contrapartida para cada país: un sistema muy caro de hombres, máquinas, electrónica, comunicaciones, instituciones, planes, formación, disciplina, prácticas y doctrina que, en condiciones de alerta electrónica, conflicto externo o expectativas de ataque, provocaría con una probabilidad desconocida pero posiblemente alta la destrucción global de la civilización y de casi toda la vida humana en la Tierra».84
En la actualidad, la guerra por poderes de Estados Unidos en Ucrania, en la frontera rusa, y el comportamiento amenazante de Washington hacia Pekín en relación con Taiwán (reconocido por todo el mundo como parte de China, pero con un gobierno diferente) han llevado la cuestión de un intercambio termonuclear general al primer plano de la preocupación mundial. Como escribió el ex Secretario de Defensa estadounidense Robert S. McNamara en 2005 en «Apocalypse Soon», «lanzar armas contra un oponente equipado nuclearmente sería suicida. Hacerlo contra un enemigo no nuclear sería militarmente innecesario, moralmente repugnante y políticamente indefendible». La idea de que «las armas nucleares podrían utilizarse de alguna manera limitada» es «fundamentalmente errónea», ya que los efectos sobre la población civil no pueden contenerse, mientras que «no hay ninguna garantía contra una escalada ilimitada una vez que se produce el primer ataque nuclear».85
Blackett, sin embargo, sigue siendo el mayor crítico de la estrategia nuclear maximalista. Para Howard, que escribía en 1984, las «opiniones de Blackett serían etiquetadas ahora por los teóricos estratégicos [occidentales] como ‘disuasión mínima’ o MAD (destrucción mutua asegurada) y consideradas tan primitivas que apenas merece la pena tenerlas en cuenta. En mi opinión, sin embargo, siguen siendo tan válidas hoy como lo eran hace 20 años: la única base sobre la que puede sustentarse tanto una política de defensa aceptable como una política de control de armamentos creíble».86
Destacan cinco elementos de la crítica de Blackett: En primer lugar, un primer ataque de contrafuerza contra otras naciones nucleares importantes es estratégica, operativa y matemáticamente imposible de llevar a cabo sin megamuertes por ambas partes. Por lo tanto, todos los sueños de primacía nuclear son ilusiones peligrosas. En segundo lugar, una guerra nuclear limitada con armas nucleares tácticas o no estratégicas pronto se saldría de control. En tercer lugar, todos los argumentos occidentales a favor de la máxima disuasión nuclear, que rechazan la idea de un estancamiento nuclear, se basan en la noción de asimetría moral para justificar la búsqueda de la primacía nuclear. En cuarto lugar, todas las naciones deben adoptar la postura de no ser el primero en atacar. En quinto lugar, las armas nucleares deben limitarse a objetivos contravalorados, que es también la única base desde la que se puede proceder al desarme nuclear.
Es significativo que hoy en día la única nación nuclear importante que ha aplicado todos los preceptos de Blackett sea la República Popular China. El mero hecho de que China, tanto en su doctrina nuclear como en la práctica, se haya adherido estrictamente a una línea minimalista en materia de armas nucleares sugiere que esto también es posible para otras naciones nucleares.
Por el contrario, la estrategia nuclear maximalista de Estados Unidos, que va en contra de todos los preceptos de Blackett, se justifica hoy en día en los círculos de disuasión nuclear en términos de una supuesta asimetría moral que sitúa a Estados Unidos excepcionalmente por encima de otras naciones. Los estrategas nucleares estadounidenses suelen argumentar que el poderoso «tabú» creado por el lanzamiento estadounidense de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki hace «improbable que Estados Unidos emplee un ataque nuclear de contravalor incluso en respuesta a un ataque contra la América continental». Por lo tanto, las amenazas nucleares de contravalor ya no son creíbles para la disuasión estadounidense». Esto se atribuye a los presuntos valores morales más elevados de Estados Unidos en relación con otros estados, y a su mayor reticencia a utilizar armas nucleares en ciudades y contra poblaciones civiles, con el resultado de que Estados Unidos no tiene más remedio que orientar su estrategia nuclear a contrarrestar el primer ataque, o primacía nuclear. Sin embargo, «el contraataque sigue siendo válido para otros estados nucleares», como Rusia y China, que no están tan sujetos al tabú sobre el uso de armas nucleares, ya que carecen de los elevados valores morales de Estados Unidos y de los países occidentales en general, por lo que no se opondrían a las represalias masivas contra objetivos civiles.87
La ironía de todos estos argumentos basados en la asimetría moral es que la única nación que ha empleado realmente armas nucleares, matando a cientos de miles de personas -como demostró Blackett, no como el último acto militar de la Segunda Guerra Mundial, sino como el primer acto político de la Guerra Fría-, la nación, además, responsable de la muerte de unos dieciocho millones de personas sólo en guerras e intervenciones desde 1945, se ve a sí misma (y a la OTAN) tan por encima moralmente de otros Estados nucleares importantes (como Rusia y China) que se ve obligada a buscar una capacidad de contrafuerza o de primer ataque88. Una estrategia de este tipo tiene como objetivo iniciar y ganar una guerra nuclear, no simplemente confiar en las armas nucleares para una represalia masiva. Se complementa con planes de guerra nuclear limitada y de dominación en cada escalón de la escalada.
La estrategia nuclear maximalista estadounidense, basada en la suposición de que Estados Unidos puede dominar en todas las etapas de la escalada convencional y nuclear e incluso ganar una guerra nuclear, es un factor importante en la inducción de una falsa sensación de poder por parte de los responsables de la toma de decisiones, lo que lleva a la agresividad de Washington hacia Pekín y Moscú en la actual Nueva Guerra Fría. El resultado más probable de la actual visión occidental de que las armas nucleares pueden utilizarse para lograr fines políticos y militares es que, efectivamente, acabarán utilizándose, con la destrucción de prácticamente toda la humanidad.89 El hecho de que toda la estrategia nuclear occidental desde 1991 se haya basado en la selección de objetivos de contrafuerza, la capacidad de primer ataque, la primacía nuclear y la guerra nuclear limitada, considerando las armas termonucleares como instrumentos útiles en la lucha por asegurar un orden mundial unipolar, significa que Estados Unidos/la OTAN constituyen hoy la mayor amenaza existencial para la humanidad a través de una Tercera Guerra Mundial (es decir, al margen de la crisis ecológica planetaria). Sólo un enfoque minimalista, y no maximalista, de las armas nucleares puede encaminar a la humanidad hacia el desarme nuclear. En última instancia, sin embargo, la respuesta reside en un cambio mundial que se aleje de un capitalismo moribundo hacia lo que Blackett denominó socialismo completo.
Notas
- ↩ M. S. Blackett, Studies of War: Nuclear and Conventional (New York: Hill and Wang, 1962), 130.
- ↩ “Excerpts from the Pentagon Plan: Preventing the Emergence of a New Rival,” New York Times, March 8, 1992; Wesley K. Clark, Don’t Wait for the Next War (New York: PublicAffairs, 2014), 37–40; John Bellamy Foster, Naked Imperialism (New York: Monthly Review Press, 2006); “Notes from the Editors,” Monthly Review 73, no. 11 (April 2022): c2–67.
- ↩ Zbigniew Brzezinski, The Grand Chessboard (New York: Basic Books, 1997), 46, 92–96, 103; Grey Anderson, “Weapon of Power, Matrix of Management: NATO’s Hegemonic Formula,” New Left Review, 140/141 (March–June 2023): 16, 21–22.
- ↩ M. S. Blackett, Atomic Weapons and East-West Relations (Cambridge: Cambridge University Press, 1956), 27–33; Keir A. Lieber and Daryl G. Press, “The Rise of U.S. Nuclear Primacy,” Foreign Affairs 85, no. 2 (2006): 42–54; Lawrence Freedman and Jeffrey Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy (London: Palgrave Macmillan, 2019), 649–63.
- ↩ John T. Correll, “The Ups and Down of Counterforce,” Air and Space Forces Magazine, October 1, 2005; Daniel Ellsberg, The Doomsday Machine: Confessions of a Nuclear War Planner (New York: Bloomsbury, 2017), 120–23; 178–79; Spurgeon M. Keeny and Wolfgang K. H. Panofsky, “MAD vs. NUTS: Can Doctrine or Weaponry Remedy the Mutual Hostage Relationship of the Superpowers?,” Foreign Affairs 60, no. 2 (1981): 287–304; William D. Hartung, “Bush’s Nuclear Doctrine: From MAD to NUTS?,” Institute for Policy Studies, December 1, 2000, ips-dc.org.
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 649.
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 668.
- ↩ Nina Tannenwald, The Nuclear Taboo (Cambridge: Cambridge University Press, 2008), 22.
- ↩ Michael Joseph Smith, “Nuclear Deterrence: Behind the Strategic and Ethical Debate,” Virginia Quarterly Review 63, no. 1 (1987): 1–22; Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 666, 672; Michael Howard, “Brodie, Wohlstetter and American Nuclear Strategy,” Survival: Global Politics and Strategy 34, no. 2 (1992): 107–16.
- ↩ Blackett, Studies of War, 138.
- ↩ Rajesh Basrur, “Nuclear Deterrence: The Wohlstetter-Blackett Debate Revisited,” RSIS Working Paper No. 271, S. Rajaratnam School of International Studies, Nanyang Technological University, Singapore, April 15, 2014; Mary Jo Nye, Blackett: Physics, War, and Politics in the Twentieth Century (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 2004), 65–99.
- ↩ See John Bellamy Foster, “‘Notes on Exterminism’ for the Twenty-First-Century,” Monthly Review 74, no. 1 (May 2022): 1–17.
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 649–50.
- ↩ M. S. Blackett, Fear, War and the Bomb: Military and Political Consequences of Atomic Energy (New York: McGraw Hill, 1949). The subtitle of the book was the title of the 1948 British edition; the title Fear, War and the Bomb was added for the U.S. edition.
- ↩ On the British Marxist scientists and the social relations of science movement, see John Bellamy Foster, The Return of Nature (New York: Monthly Review Press, 2020), 367–73, 457–76.
- ↩ Blackett, Atomic Weapons and East-West Relations, 73.
- ↩ M. S. Blackett, “The Frustration of Science,” in The Frustration of Science, eds. Daniel Hall et al. (New York: Books for Libraries Press, 1935), 137, 140–44.
- ↩ Gregg Herken, Albert Wohlstetter, Thomas Powers, and response by Lord Zuckerman, “‘Counsels of War’: An Exchange,” New York Review of Books, November 21, 1985; Nye, Blackett, 67–85.
- ↩ Blackett, Fear, War and the Bomb, v–vi; Bernard Lovell, “Blackett in War and Peace,” Journal of the Operational Research Society 39, no. 3 (1988): 228.
- ↩ Blackett, Fear, War and the Bomb, 131–39.
- ↩ Philip Morrison, “Blackett’s Analysis of the Issue,” Bulletin of the Atomic Scientists 5, no. 2 (1949): 40; Nye, Blackett, 91. Morrison was a columnist for Monthly Review from 1956 to 1961.
- ↩ Gar Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb (New York: Vintage, 1996); Robert Jay Lifton and Greg Mitchell, Hiroshima in America (New York: Harper, 1996); Ben Norton, “Atomic Bombing of Japan Was not Necessary to End WWII: US Government Documents Admit it,” Geopolitical Economy, August 7, 2023.
- ↩ Blackett, Atomic Weapons and East-West Relations, 99–100.
- ↩ Michael Howard, “Blackett and the Origins of Nuclear Strategy,” Journal of the Operational Research Society 36, no. 2 (1985): 92.
- ↩ Blackett, Atomic Weapons and East-West Relations, 78; In the Matter of J. Robert Oppenheimer, April 15–May 6, 1954, Before the Personal Security Board (Washington, DC: U.S. Government Printing Office, 1954), 250.
- ↩ Nye, Blackett, 66.
- ↩ Nye, Blackett, 2–4, 66, 90–93; Edward Shils, “Blackett’s Apologia for the Soviet Position,” Bulletin of the Atomic Scientists 5, no. 2 (1949): 34–37.
- ↩ Camille Rebouillat-Sarti, “MI5 and Atomic Scientists (1945–1958): The Case of Patrick Blackett,” September 11, 2022, byarcadia.org; Nye, Blackett, 92; Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 72.
- ↩ Blackett’s essay “A Critique of Defence Thinking” was first published in Encounter magazine in April 1961 and was reprinted, along with most of his other articles on nuclear deterrence, in his Studies of War. Encounter was a publication of the social democratic, anti-Communist left, and was one of a number of publications secretly funded by the CIA. Blackett, as a Nobel laureate, was clearly sought out for the publication. But unlike others who published in Encounter, he did not engage in attacks on the left but devoted his article entirely to the critique of the nuclear establishment.
- ↩ Blackett, Studies of War, 73–77.
- ↩ Blackett, Studies of War, 77.
- ↩ Henry Kissinger, Nuclear Weapons and Foreign Policy (New York: Harper Brothers [for the Council on Foreign Relations], 1957).
- ↩ Blackett, Studies of War, 58–63.
- ↩ Nye, Blackett, 95–97, 218; Herman Kahn, On Thermonuclear War, (New Brunswick, New Jersey: Transaction Publishers, 2007).
- ↩ See Carl Sagan and Richard Turco, A Path Where No Man Thought: Nuclear Winter and the End of the Arms Race (New York: Random House, 1990), 215.
- ↩ Albert Wohlstetter, “The Delicate Balance of Terror,” Foreign Affairs 37, no. 2 (1959): 211–34.
- ↩ Wohlstetter, “The Delicate Balance of Terror,” 212, 217, 222, 226; Blackett, Studies of War, 128–46.
- ↩ Howard, “Blackett and the Origins of Nuclear Strategy,” 94.
- ↩ Blackett, Studies of War, 131–34.
- ↩ Wohlstetter, “The Delicate Balance of Terror,” 222.
- ↩ Blackett, Studies of War, 162.
- ↩ Blackett, Studies of War, 135–41.
- ↩ Blackett, Studies of War, 153.
- ↩ Blackett, Studies of War, 157.
- ↩ Blackett, Studies of War, 144, 163–64.
- ↩ Freeman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 415–16.
- ↩ See E. P. Thompson and Dan Smith, eds., Protest and Survive (New York: Monthly Review Press, 1981); E. P. Thompson, Beyond the Cold War (New York: Pantheon, 1982); Steve Breyman, Why Movements Matter: The West German Peace Movement and U.S. Arms Control Policy (Albany: State University of New York Press), 2001; Christos Efstathiou, P. Thompson: A Twentieth-Century Romantic (London: Merlin Press, 2015), 116–65.
- ↩ Wohlstetter and Zuckerman in “‘Counsels of War.’” Wohlstetter wrote a highly polemical essay attacking Blackett principally, but also Zuckerman and C. P. Snow for their criticisms of, in Wohlstetter’s ironic language, “the excessively sophisticated theory of the American” game theorists in the development of nuclear deterrence strategy which had come to “corrupt” the “intuitive common sense of English thinkers,” forgetting perhaps that he was criticizing, in the case of Blackett in particular, both one of the world’s greatest physicists and also the founder of military operational research. Albert Wohlstetter, “Sins and Games in America,” in Game Theory and Related Approaches to Social Behavior, ed. Martin Shubik (New York: John Wiley and Sons, 1964), 209–25.
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 649, 671.
- ↩ Janne Nolan quoted in Correll, “The Ups and Downs of Counterforce.”
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 651.
- ↩ Andrey Baklitskiy, James Cameron, and Steven Pifer, “Missile Defense and the Offense-Defense Relationship,” Freemann Spogli Institute for International Studies, October 28, 2021, fsi.stanford.edu; Keir A. Lieber and Daryl G. Press, “The New Era of Counterforce,” International Security 41, no. 4 (2017): 12, 49.
- ↩ Lieber and Press, “The New Era of Counterforce,” 16–17; Lieber and Press, “The Rise of U.S. Nuclear Primacy,” 44–45; Ellsberg, The Doomsday Machine, 306, 323.
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 657–61; Jack Detsch, “Putin’s Fixation with an Old-School U.S. Missile Launcher,” Foreign Policy, January 12, 2022.
- ↩ Hans M. Kristensen, “How Presidents Arm and Disarm,” Federation of American Scientists, October 12, 2014, fas.org.
- ↩ Hans Kristensen, Matt Korda, Eliana Johns, and Kate Kohn, “Status of World Nuclear Forces,” Federation of American Scientists, March 31, 2023.
- ↩ Cynthia Roberts, “Revelations About Russian Nuclear Deterrence Policy,” War on the Rocks (Texas National Security Review), June 19, 2020, warontherocks.com.
- ↩ Lieber and Press, “The Rise of Nuclear Primacy.”
- ↩ Lieber and Press, “The Rise of Nuclear Primacy,” 43, 50.
- ↩ Lieber and Press, “The Rise of Nuclear Primacy,” 45; Lieber and Press, “The New Era of Counterforce,” 18–19; Kris Osborn, “US Air Force Stealth Bomber Missions Deploy Over Europe,” Warrior Maven, Center for Military Modernization, August 22, 2023.
- ↩ Ian Bowers, “Counterforce Dilemmas and the Risk of Nuclear War in East Asia,” supplement 1, Journal for Peace and Nuclear Disarmament 5 (2022): 9, 14.
- ↩ Richard Stone, “‘National Pride Is at Stake’: Russia, China, United States Rush to Build Hypersonic Weapons,” Science, January 8, 2020. As Bowers notes, Chinese submarines are also vulnerable due to the fact that China’s “access routes to the Pacific are difficult to traverse without detection, as the Chinese vessels must transit through Japanese- and U.S.-controlled choke points.… There is data that China’s emphasis on controlling the South China Sea is in part driven by the need to create a protected patrol area where its SSBN fleet could securely operate” (Bowers, “Counterforce Dilemmas and the Risk of Nuclear War in East Asia,” 12).
- ↩ Diana Johnstone, “Doomsday Postponed?” in From MAD to Madness: Inside Pentagon Nuclear War Planning, ed. Paul Johnstone (Atlanta: Clarity, 2017), 277.
- ↩ NATO, Bucharest Summit Declaration, April 3, 2008, nato.int; Detsch, “Putin’s Fixation with an Old-School U.S. Missile Launcher.”
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 640–45, 678; Anderson, “Weapon of Power, Matrix of Management,” 112.
- ↩ Octavio Bellomo, “Russian Tactical Nuclear Weapons Use and Deterrence Over Ukraine,” Finabel: European Army Interoperability Centre, January 26, 2023, finabel.org; Gregory Kulacki, “Would China Use Nuclear Weapons First in a War with the United States?,” The Diplomat, April 27, 2020.
- ↩ David Vine, The United States of War: A Global History of America’s Endless Conflicts from Columbus to the Islamic State (Berkeley: University of California Press, 2020), 2, 279–97.
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 652–54.
- ↩ Freedman and Michaels, The Evolution of Nuclear Strategy, 654.
- ↩ John Bellamy Foster, John Ross, and Deborah Veneziale, Washington’s New Cold War (New York: Monthly Review Press, 2022), 81–83; Shannon Bugos, “Putin Orders Russian Nuclear Weapons on Higher Alert,” Arms Control Association, March 2022.
- ↩ Guide to Nuclear Deterrence in the Age of Great-Power Competition (Bossier City, Louisiana: Louisiana Tech Research Institute, 2020), 37, atloa.org; Alan Kaptanoglu and Stewart Prager, “US Defense to its Workforce: Nuclear War Can Be Won,” Bulletin of the Atomic Scientists, February 2, 2022, thebulletin.org; Stewart Prager and Alan Kaptanoglu, “Rebuttal: Current Nuclear Weapons Policy Not Safe or Sane,” Bulletin of the Atomic Scientists, May 24, 2022.
- ↩ This paragraph and the following two paragraphs draw on “Notes from the Editors,” Monthly Review 75, no. 1 (May 2023): c2–63, written by the author.
- ↩ Zachary Keck, “Why the B-61-12 Bomb Is the Most Dangerous Nuclear Weapon in America’s Arsenal,” National Interest, October 9, 2018.
- ↩ Hans Kristensen, “The C-17A Has Been Cleared to Transport B61-12 Nuclear Bomb to Europe,” Federation of American Scientists, January 9, 2023; “B61-12: New US Nuclear Warheads Coming to Europe in December,” International Campaign to Abolish Nuclear Weapons (ICAN), December 22, 2022; Hans Kristensen, “Video Shows Earth-Penetrating Capability of B61-12 Nuclear Bomb,” Federation of American Scientists, January 14, 2016; “B61-12: New US Nuclear Warheads Coming to Europe in December,” ICAN, December 22, 2022.
- ↩ Hans Kristensen and Robert S. Norris, “The B61 Family of Nuclear Bombs,” Bulletin of the Atomic Scientists 70, no. 3 (2014): 82–83; Guy Faulconbridge, “Russia Says U.S. Lowering ‘Nuclear Threshold’ with Newer Bombs in Europe,” Reuters, October 29, 2022; Len Ackland and Bert Hubbard, “Obama Pledged to Reduce Nuclear Arsenal, Then Came This Weapon,” Reveal, July 14, 2015; “Poland Wants American Nuclear Warheads for its New F-35 Stealth Fighters: Will Nuclear Sharing Expand to Warsaw?,” Military Watch Magazine, July 1, 2023.
- ↩ Elbridge A. Colby, “America Must Prepare for a War Over Taiwan,” Foreign Affairs, August 10, 2022; Elbridge Colby, The Strategy of Denial (New Haven: Yale University Press, 2021); Elbridge A. Colby and Yashar Parsie, “Building a Strategy for Escalation and War Termination,” Marathon Initiative, November 2022, 23; Manpret Sethi, “The Idea of Limited Nuclear War,” Indian Foreign Affairs Journal 14, no. 3 (2019): 235–47. When applied to nuclear weapons, the term strategy of denial is a euphemism for counterforce. “A counterforce first strike is a denial strategy” (Benjamin C. Jamison, “The Counterforce Continuum and Tailored Targeting: A New Look at United States Nuclear Targeting Methods and Modern Deterrence,” Wright Flyer Papers, Air Command and Staff College, Maxwell Air Force Base, Alabama, 2022, 6).
- ↩ David Logan, “The Dangerous Myths About China’s Nuclear Weapons,” War on the Rocks (Texas National Security Review), September 18, 2020.
- ↩ Luke Caggiano, “China Deploys New Submarine-Launched Ballistic Missiles,” Arms Control Today 53 (May 2023).
- ↩ Jamison, “The Counterforce Continuum and Tailored Targeting,” 6, 13; see also Benjamin C. Jamison, “Nuclear Targeting Methods and Modern Deterrence,” Æther: A Journal of Strategic Airpower and Spacepower 1, no. 2 (2022): 43–56.
- ↩ Logan, “The Dangerous Myths About China’s Nuclear Weapons.”
- ↩ Kulacki, “Would China Use Nuclear Weapons in a War with the United States?”; Office of the Secretary of Defense, Military and Security Developments Involving the People’s Republic of China (Washington, DC: U.S. Department of Defense, 2022), 98; Brad Marvel, “4 New Developments in China’s Nuclear Deterrent,” Asia Pacific Advanced Network, community.apan.org; Bowers, “Counterforce Dilemmas and the Risk of Nuclear War in East Asia,” 6–23.
- ↩ Even Hellan Larsen, “Deliberate Nuclear First Use in an Era of Asymmetry: A Game Theoretical Approach,” Journal of Conflict Resolution 17, no. 16 (2023).
- ↩ See Steven Starr, “Turning a Blind Eye Towards Armageddon—U.S. Leaders Reject Nuclear Winter Studies,” Public Interest Report (Federation of American Scientists) 69, no. 2 (2016–17): 24; Alan Robock, Luke Oman, and Georgiy L. Stenchikov, “Nuclear Winter Revisited With a Modern Climate Model and Current Nuclear Arsenals,” Journal of Geophysical Research: Atmospheres 112, no. D13 (2007): 1–14; Joshua Coupe, Charles G. Bardeen, Alan Robock, and Owen B. Toon, “Nuclear Winter Responses to Nuclear War Between the United States and Russia in the Whole Atmosphere Community Climate Model Version 4 and the Goddard Institute for Space Studies ModelE,” Journal of Geophysical Research: Atmospheres 124, no. 15 (2019): 8522–43; Alan Robock and Owen B. Toon, “Self-Assured Destruction: The Climate Impacts of Nuclear War,” Bulletin of the Atomic Scientists 68, no. 5 (2012): 66–74; Steven Starr, “Nuclear War, Nuclear Winter, and Human Extinction,” Federation of American Scientists, October 14, 2015.
- ↩ Ellsberg, The Doomsday Machine, 339.
- ↩ Robert S. McNamara, “Apocalypse Soon,” Asia-Pacific Journal 3, no. 5 ( May 19, 2005), reprinted from Foreign Policy (May/June 2005): 29–35, apjjf.org.
- ↩ Howard, “Blackett and the Origins of Nuclear Strategy,” 95.
- ↩ Jamison, “The Counterforce Continuum and Tailored Targeting,” 2–13; Jamison, “Nuclear Targeting Methods and Modern Deterrence,” 47; Tannenwald, The Nuclear Taboo, 16.
- ↩ David Michael Smith, Endless Holocausts (New York: Monthly Review Press, 2023), 208–9, 256–57.
- ↩ Jamison, “The Counterforce Continuum and Tailored Targeting,” 20.
5. De nuevo sobre las movilizaciones campesinas en Francia
En Jacobin lat han publicado esta traducción del francés de otro artículo sobre las movilizaciones en Francia que, a pesar de ser un poco repetitivo con lo que ya conocemos, tiene elementos de interés.
La revuelta de los tractores
En Francia, los agricultores en huelga conducen sus tractores hacia París y los medios de comunicación hablan de una revuelta rural. Pero la etiqueta oculta el contenido de clase del conflicto, que opone a pequeños y grandes productores.
«Estamos de rodillas», «Campesinos en revuelta», «Todo está patas arriba», «Queremos alimentar a la gente, no morir de hambre». El otoño pasado, este tipo de pancartas siguieron apareciendo por toda la Francia rural, especialmente a lo largo de las principales carreteras del país. Pero en los últimos días, las acciones de los agricultores se han intensificado, con un llamamiento a bloquear París el viernes pasado.
Las raíces de la ira de los agricultores son profundas: su incapacidad para llegar a fin de mes, su exasperación con la burocracia, su rechazo a los acuerdos de libre comercio y, a veces, su oposición a normas medioambientales consideradas excesivamente restrictivas. Pero mientras las asociaciones oficiales de la agroindustria FNSEA (Federación Nacional de Sindicatos de Agricultores) y Jeunes Agriculteurs intentan imponer su dirección al movimiento, este parece escapar a sus garras. Las protestas son una oportunidad para señalar por fin la hipocresía de estas asociaciones, que pretenden defender a los agricultores encerrándolos en un modelo fracasado.
De la queja a la revuelta
Desde los últimos meses del año pasado los agricultores venían desplegando su ya habitual abanico de acciones en pequeñas ciudades y pueblos de toda Francia: procesiones de tractores, vertido de estiércol frente a edificios oficiales y demás acciones de boicot, que incluyeron por ejemplo el lanzamiento de huevos a supermercados acusados de obtener beneficios excesivos. Sin embargo, los medios de comunicación nacionales dieron poca cobertura a estas protestas. Aunque seguramente su interés estaba ocupado de otro modo, el hecho de que París no se viera afectada por ninguna manifestación, unido a cierto desprecio por los «pueblerinos», sin duda explica en parte esta falta de atención.
En estas últimas semanas, sin embargo, acciones más intensas y espectaculares, con bloqueos de carreteras y autopistas que se extienden desde el suroeste por toda Francia, han contribuido a llamar la atención sobre las protestas. Estos modos de acción, que recuerdan a los de los gilets jaunes, preocupan cada vez más a las autoridades. Algunos manifestantes destacados, como el ganadero (no sindicado) Jérôme Bayle, han amenazado con boicotear el Salón Internacional de la Agricultura de París. El gobierno teme que los bloqueos a gran escala vistos en otros lugares de Europa puedan ser imitados en Francia y está intentando apagar el fuego enviando a ministros y funcionarios locales a reunirse con los agricultores, pero hasta ahora no ha tenido éxito.
El afán negociador del gobierno de Emmanuel Macron contrasta con su enfoque habitual hacia los movimientos sociales, que consiste en demonizarlos y reprimirlos. Esto es sorprendente, dado que las acciones de los agricultores a veces toman un cariz violento, como cuando se lanzaron proyectiles contra agentes de policía en Saint-Brieuc el 6 de diciembre, o cuando el Comité d’Action Viticole reivindicó la explosión de un edificio vacío de la DREAL (Dirección Regional de Medio Ambiente, Ordenación del Territorio y Vivienda) en Carcasona el 19 de enero. Se ha generalizado el vertido de estiércol y residuos agrícolas en las prefecturas, las oficinas locales del ministerio del Interior.
Normalmente, ante las protestas, los medios de comunicación se apresuran a denunciar el menor incendio de cubos de basura o barricada levantada con bicicletas. Sin embargo, esta vez se muestran mucho más conciliadores. La doble víctima mortal de Ariège, donde un agricultor y su hija fueron atropellados por un coche en una barricada, también podría haber servido de argumento para que el gobierno pidiera el levantamiento de los bloqueos. En lugar de eso, el ministro del Interior, Gérald Darmanin, pide «gran moderación» a las fuerzas del orden, que solo deben ser enviadas «como último recurso».
Sin represión (por ahora)
Aunque este trato pueda sorprender, puede entenderse a la luz de varios factores: la imagen pública de los agricultores, las características particulares de este grupo social y la simbiosis entre la FNSEA y el gobierno.
En primer lugar, los agricultores —encarnación de una Francia rural trabajadora, de evidente utilidad para la sociedad— gozan de una considerable simpatía pública. Una encuesta del 23 de enero sitúa el apoyo a este movimiento en el 82%, 10 puntos más que los gilets jaunes al comienzo de su movilización. Del mismo modo, aunque el número de agricultores ha disminuido considerablemente en las últimas décadas (hoy son unos 400.000), su voto sigue siendo muy codiciado en todo el espectro político, aunque solo sea para evitar aparecer como cosmopolitas desconectados del resto del país.
En segundo lugar, los agricultores son un grupo difícil de reprimir. Cuando las manifestaciones tienen lugar en el campo, los gendarmes y los agricultores suelen conocerse, lo que hace menos probable la confrontación. Los enfrentamientos también serían complicados: el imponente tamaño de los tractores y el hecho de que sea difícil acceder a sus cabinas protegen a los agricultores de una posible represión. Además, muchos agricultores son también cazadores y, por tanto, van armados.
Por último, el gobierno mantiene muy buenas relaciones con los dos grandes sindicatos de agricultores. La FNSEA y el movimiento Jeunes Agriculteurs obtuvieron juntos el 55% de los votos en las elecciones de 2019 a las Cámaras de Agricultura del país, que representan a los productores. Su visión de la producción intensiva y orientada a la exportación coincide plenamente con la del gobierno de Macron, que quiere que la agricultura esté cada vez más mecanizada, robotizada y digitalizada para impulsar la productividad.
El apoyo del presidente de la FNSEA a Macron durante la primera reforma de las pensiones en 2019 y la creación de la célula Demeter —una unidad de inteligencia de los gendarmes dedicada a perseguir a los activistas ecologistas opuestos a la agroindustria— dan fe de ello. Por tanto, cuando la FNSEA y Jeunes Agriculteurs llaman a los agricultores a movilizarse, es solo para reforzar mejor su posición negociadora con el gobierno.
Las raíces de la ira
Cuando comenzaron las protestas hacia fines de 2023, los dos sindicatos buscaban especialmente concesiones del gobierno sobre una proyectada Ley de Orientación Agrícola, y de la Unión Europea (UE) para el Pacto Verde y la Ley de Restauración de la Naturaleza. En el fondo, la FNSEA y Jeunes Agriculteurs esperan reforzar su propio poder sobre la comunidad agrícola francesa. Sin embargo, si esto pudo funcionar en aquel momento, el movimiento actual parece escapar a su control.
Todos los agricultores dicen lo mismo: es extremadamente difícil vivir del propio trabajo, pese a trabajar incansablemente todos los días. Aunque los precios de los alimentos se han disparado estos dos últimos años, esta ganancia inesperada sigue siendo acaparada por industriales, supermercados y comerciantes que especulan con los precios agrícolas: entre fines de 2021 y el segundo trimestre de 2023, el margen bruto de la industria alimenticia pasó del 28% al 48%.
Mientras tanto, muchos agricultores venden sus productos a pérdida. Esto es especialmente cierto en el caso de la leche, donde la industria, dominada por unos pocos grandes actores, se niega a revelar sus márgenes. El chanchullo también se organiza aguas arriba, con unos pocos grandes proveedores de productos fitosanitarios, fertilizantes, semillas y equipos agrícolas. Últimamente los precios han escalado debido a factores externos, como la guerra de Ucrania, pero también por puro afán de lucro.
Así pues, los agricultores dependen del goteo de subvenciones: ayudas a la inversión, ayudas a la renta de la Política Agrícola Común (PAC) de la UE basadas en el número de hectáreas cultivadas o en el tamaño del rebaño, ayudas para pasar a la agricultura biológica, para mantener los setos… Hay algo para casi todo, aunque hay que rellenar una montaña de formularios para obtener el beneficio y luego esperar que la administración lo tramite a tiempo. Pero años de austeridad y procedimientos cada vez más complejos han hecho que la burocracia sea incapaz de cumplir con sus obligaciones y los agricultores a gran escala son a menudo los únicos que se benefician de las subvenciones. Es fácil ver por qué los edificios administrativos están en el punto de mira.
En un momento en que la ecuación económica ya es insostenible para los pequeños agricultores, una nueva ola de libre comercio se abate sobre ellos. Tras la competencia de España en frutas y verduras, y de los productores de carne de cerdo alemanes y polacos, ahora se enfrentan a la competencia de Nueva Zelanda, con la que la UE acaba de firmar un acuerdo de libre comercio. En medio de una emergencia ecológica, importar carne y leche de oveja del otro lado del planeta constituye una curiosa prioridad.
La UE también está ultimando los pasos para eliminar las barreras aduaneras con el Mercosur. Frente a las granjas industriales de Brasil y Argentina, que cultivan soja y carne de vacuno en vastas extensiones, está claro que nadie —excepto los mayores actores franceses— puede competir. El hecho de que estos países utilicen antibióticos, hormonas de crecimiento, pesticidas y todo tipo de productos prohibidos en Europa está vagamente reconocido por la Comisión Europea, que señala «cláusulas espejo» en el acuerdo, pero sin concretar nada. Por último, la UE está acelerando constantemente la integración de Ucrania, cuyos productos han invadido los mercados centroeuropeos en detrimento de los agricultores polacos y húngaros.
¿Antiambientalistas?
Sin embargo, aunque estos motivos de enfado son comunes entre los agricultores, no son el núcleo de las reivindicaciones de la FNSEA y Jeunes Agriculteurs. En su lugar, los dos sindicatos dirigen principalmente su oposición contra las medidas destinadas a la transición del sector hacia métodos de producción más ecológicos. En concreto, denuncian una subida de los impuestos sobre los pesticidas y una tasa sobre el agua de riego. Destinados a financiar el Plan Hidrológico del gobierno y a reducir la pulverización de pesticidas para preservar este recurso cada vez más escaso, estos dos impuestos se abandonaron en diciembre. El fin gradual de la exención fiscal sobre el combustible utilizado por la maquinaria agrícola también es objeto de críticas, aunque la FNSEA tiene algunas dificultades en este frente: en un acuerdo con el gobierno este verano, aceptó este aumento a cambio de una reforma de la fiscalidad de las plusvalías agrícolas, en beneficio de los agricultores con mayores ingresos.
Además de los impuestos, la FNSEA y JA se oponen especialmente a las nuevas normas medioambientales de la UE, como la estrategia europea «de la granja a la mesa» y el «Pacto Verde». La primera pretende garantizar que el 25% de las tierras de cultivo sean ecológicas para 2030, mientras que el segundo plan ya ha sido en gran parte desmantelado. Para el jefe de la FNSEA, Arnaud Rousseau, esta transición —aunque tímida— a la agroecología significa «decrecer la agricultura», dejándola incapaz de satisfacer las necesidades alimentarias de Francia. Agitando los temores de escasez, la FNSEA espera desbaratar los limitados intentos de reconvertir el sector hacia planteamientos más sostenibles. En su opinión, la solución a los problemas de productividad que plantean el agotamiento del suelo, el cambio climático, el aumento de las epidemias y la crisis de la biodiversidad reside únicamente en el progreso técnico, ya sea en forma de drones, digitalización, megagranjas, robotización u organismos genéticamente modificados.
El flagrante desprecio del mayor sindicato de agricultores por el medio ambiente no es, sin embargo, representativo de las perspectivas de todos los agricultores. En primera línea de los efectos del calentamiento global, primeras víctimas de los pesticidas y testigos del agotamiento de la tierra y la escasez de agua, muchos apoyan un cambio de modelo. Pero aunque la transición a la producción ecológica lleva años y los préstamos que hay que devolver son a menudo considerables, ninguna transición es posible sin una ayuda sustancial del gobierno.
Sin embargo, las ayudas para la transición —y el mantenimiento— de la agricultura ecológica son notoriamente insuficientes, y rara vez se pagan a tiempo. Además, el mercado ecológico se redujo de hecho un 4,6% en 2022, una tendencia que continuó en 2023. Excesivamente caros —debido en parte a los márgenes comerciales de los supermercados—, estos productos son cada vez más rechazados por los consumidores afectados por la inflación.
Más allá del sector ecológico, los llamamientos en favor de una mayor agroecología no van acompañados de recursos suficientes. Un ejemplo de ello es la movilización que tuvo lugar en Bretaña el pasado otoño (encabezada por la Confederación de Agricultores y los Centros de Innovación para la Valorización de la Agricultura y las Zonas Rurales) para pedir más fondos dedicados a medidas agroecológicas y climáticas que animen a los ganaderos a dedicar una mayor parte de sus explotaciones a pastizales. A muchos ganaderos les gustaría adoptar prácticas más respetuosas con el medio ambiente y con el bienestar de los animales, pero sencillamente no tienen medios para hacerlo.
En lugar de combinar el necesario cambio ecológico de la agricultura con las medidas necesarias para hacerlo realidad (proteccionismo y mayores salarios para los agricultores), la FNSEA, y en menor medida los Jeunes Agriculteurs, rechazan de plano esta transición. Esto no debería sorprender: a pesar de pretender representar a todos los agricultores, la FNSEA solo defiende a los más ricos. Los salarios de los dirigentes del sindicato, revelados en 2020 por Mediapart, expresan esta desconexión con los productores de a pie: el entonces director general cobraba 13.400 euros brutos al mes, más que el ministro de Agricultura, mientras que el antiguo presidente, que solo trabajaba tres días a la semana, recibía en un mes tanto como el agricultor medio al año.
El perfil del actual presidente de la FNSEA ilustra bien los intereses que defiende. Diplomado en Ciencias Empresariales, Arnaud Rousseau comenzó su carrera en el comercio de materias primas, es decir, en la especulación. Después se hizo cargo de la explotación cerealista familiar de 700 hectáreas, encarnación perfecta de la agricultura de producción intensiva atiborrada de subvenciones europeas. Más allá de su granja, Rousseau también es director general de una empresa de metanización, director del grupo Saipol, el principal transformador de semillas en aceites de Francia, y presidente de Sofiprotéol, una empresa que ofrece créditos a los agricultores, y de una docena de empresas más. Y lo que es más importante, es director general de Avril, un enorme consorcio industrial. En 2022, las ventas de este monstruo agroalimentario y de los agrocombustibles habían alcanzado unos 9.000 millones de euros.
Jefe de un grupo agroindustrial que gana dinero a costa de los agricultores, promotor del endeudamiento de los agricultores y antiguo comerciante de materias primas, Rousseau tiene intereses en casi todos los sectores responsables de la muerte de la agricultura francesa. No es de extrañar, por tanto, que la FNSEA se contente con emitir escuetas declaraciones contra los acuerdos de libre comercio sin llamar a la movilización para derrotarlos, o que defienda ardientemente una Política Agrícola Común de la UE que solo beneficia a las mayores corporaciones. Lo mismo puede decirse de la defensa que hace la FNSEA de los embalses de agua de las «megacuencas»: presentadas como solución a la sequía generalizada, estas cuencas benefician a los mayores agricultores, que se niegan a cambiar sus métodos y quitan agua a los más pequeños para producir alimentos a menudo destinados a la exportación.
¿Y ahora qué?
Normalmente, la venta de su base por la FNSEA y Jeunes Agriculteurs suscita poca respuesta real. Esta vez, sin embargo, parece que sus intentos de controlar el movimiento están fracasando. En Toulouse, un representante sindical que invitaba a los agricultores a irse a casa y dejar que su sindicato negociara en su nombre fue fuertemente abucheado. La acción en una fábrica de leche de Lactalis en Haute-Saône —bloqueada con estiércol y basura— es de un tipo que la FNSEA probablemente nunca habría apoyado. En general, los agricultores que protestan prefieren no hacer alarde de su afiliación sindical —cuando la tienen— y evitan que los políticos los coopten.
Entonces, ¿qué respuestas políticas ha habido? La línea del gobierno no está clara y su historial en siete años en el poder no es como para presumir. Sin embargo, es probable que los macronistas acaben llegando a un acuerdo con la FNSEA sobre la ayuda de emergencia y la abolición de las normas medioambientales con la esperanza de calmar la ira. Si son necesarios cambios legislativos, esto no debería plantearle demasiados problemas: los republicanos conservadores, formalmente un partido de la oposición y sin embargo también aliados oficiosos del gobierno, están totalmente alineados con las demandas de la FNSEA.
La Rassemblement National de Marine Le Pen es más crítica con la FNSEA, pero hace suyos la mayoría de sus argumentos de fondo. La única diferencia notable es la cuestión del libre comercio, a la que la extrema derecha se opone firmemente. Esto acerca a Le Pen a la Coordination Rurale, sindicato agrícola que defiende desde hace tiempo el «excepcionalismo agrícola» en el contexto de la globalización. Aunque es evidente que Le Pen y compañía intentan cooptar el movimiento y apuntar directamente a la UE en sus críticas (con la esperanza de aumentar su puntuación en las elecciones europeas de junio), no tienen prácticamente nada que proponer en materia de regulación de precios, reforma de la Política Agrícola Común, rentas agrarias o medio ambiente.
La respuesta de la izquierda
La izquierda se encuentra en una situación muy parecida a la de la Confederación de Agricultores, que encarna este campo político entre los sindicatos agrícolas. Aunque las protestas de los agricultores se hacen eco de muchas de las advertencias lanzadas por la Confederación a lo largo de los años (denuncia de los tratados de libre comercio, de la insensatez de la liberalización de los mercados y del fin de las cuotas de producción, de la injusticia de las subvenciones, de la imposibilidad de ecologizar la agricultura sin apoyo financiero, de la adaptación de las normas a las condiciones reales de las pequeñas explotaciones, etc.), esto no se traduce necesariamente en un apoyo a las propuestas del sindicato. Para la izquierda, el reto actual es reparar su imagen entre los agricultores oponiéndose al discurso del «ataque a la agricultura» o de la «bohemia burguesa» vegana, citadina y hostigadora.
Las recientes intervenciones de diputados de izquierdas ofrecen la esperanza de romper con esta imagen. François Ruffin, Mathilde Hignet (ella misma antigua trabajadora agrícola) y Christophe Bex, de France Insoumise, así como la diputada verde Marie Pochon (hija de viticultores), han culpado claramente a los verdaderos adversarios del mundo agrícola: los minoristas, los industriales agroalimentarios, las granjas industriales en el extranjero y la FNSEA.
A estos legisladores no les han faltado propuestas, desde la fijación de precios mínimos hasta el control de los márgenes, pasando por medidas proteccionistas, una revisión para simplificar las subvenciones y apoyar un modelo más ecológico, y una revisión de los criterios de licitación para que los comedores del sector público favorezcan a los productos franceses. El 30 de noviembre, France Insoumise propuso la introducción de un precio mínimo para los productos agrícolas, que fue rechazada en el parlamento por solo seis votos. A más largo plazo, la introducción de un sistema de seguridad social para la alimentación —una reivindicación que está calando hondo en la izquierda y de la que cada vez hay más experimentos locales— podría proporcionar un nuevo marco para una verdadera desmercantilización de la agricultura.
Es cierto que esto puede parecer muy lejano. Es probable que el movimiento actual acabe remitiendo ante la fatiga de la gente movilizada en pleno invierno, la necesidad de mantener las explotaciones en funcionamiento para devolver los préstamos y el probable acuerdo entre la FNSEA, los Jeunes Agriculteurs y el gobierno para calmar a la multitud. El hecho de que este movimiento siga limitado a un sector no augura nada bueno para su resistencia. Pero ya ha reabierto debates cruciales sobre el abastecimiento alimentario, la globalización, el trabajo y la muy desigual distribución del valor. Al hacerlo, ha roto el marco neoliberal en el que la FNSEA quiere confinar todo debate político sobre la agricultura. Esto es en sí mismo una victoria.
[*] El artículo anterior fue publicado originalmente en Le Vent Se Lève.
6. Más sobre el ataque a la UNRWA
De nuevo sobre la ignominia de intentar acabar con la institución que supone un poco de alivio a los palestinos en Gaza.
https://www.middleeasteye.net/
Guerra contra Gaza: ¿Por qué Occidente se traga el plan israelí de destruir la UNRWA?
David Hearst 1 de febrero de 2024
Si Israel lograra convencer a Biden de que desguace la UNRWA y transfiera lo que hacen a otras agencias, la ONU dejaría de reconocer como refugiados a hasta cinco millones de palestinos
Ahora está muy claro lo que los funcionarios israelíes tenían en mente cuando informaron al New York Times y al Wall Street Journal sobre la supuesta infiltración de Hamás en el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (UNRWA).
Todavía me cuesta entender cómo los gobiernos de todo el mundo occidental se tragaron el anzuelo, sin ningún tipo de comprobación de los hechos, y cómo, en un abrir y cerrar de ojos, 17 países, que representan algo más de 440 millones de dólares, la mitad del presupuesto operativo de la Unrwa, suspendieron la financiación.
El fin de semana en el que estos países deberían haber estado pensando en desfinanciar a Israel tras el veredicto de la Corte Internacional de Justicia sobre medidas provisionales en el caso de genocidio de Sudáfrica contra Israel, todo el mundo hablaba de desfinanciar a la única agencia de la ONU que mantiene con vida a los palestinos en Gaza.
Por si todo el mundo lo ha olvidado, allí hay una guerra.
La UNRWA da cobijo actualmente a más de un millón de palestinos desplazados en Gaza en 154 emplazamientos. No se trata sólo de los 13.000 palestinos que emplea; Unrwa es la mayor agencia de ayuda que opera en esta zona de guerra, una zona de destrucción sin parangón.
Camiones de la UNRWA conducidos por conductores de la UNRWA recogen los escasos suministros en las fronteras. Se encargan de la carga y descarga, cambian la ayuda en sus almacenes y la distribuyen. Suministran a otras agencias de la ONU.
«Si UNRWA desapareciera, las consecuencias para Gaza serían catastróficas», afirma Juliette Touma, directora de comunicación de UNRWA .
Y sin embargo, el cese de las operaciones de UNRWA es ahora una posibilidad muy real. «Si no se reanuda la financiación, no podremos continuar nuestra labor humanitaria, incluida la de Gaza, más allá de finales de febrero. No tenemos reservas, ni ahorros a los que podamos recurrir en un día lluvioso», añadió Touma.
Una lista creciente de mentiras
Nada de esto se nos ocurrió cuando 17 países suspendieron la financiación.
En un abrir y cerrar de ojos, el ejército israelí, que ha matado a más de 152 miembros del personal de la UNRWA en Gaza, se convirtió, en sus mentes, en la víctima de la agencia de la ONU que había sido «infiltrada por Hamás».
Los medios de comunicación internacionales reprodujeron sin rechistar el «dossier» de supuestas pruebas que Israel distribuyó a los periodistas, dossier que nunca entregó formalmente a la propia UNRWA .
La agencia de la ONU supo por primera vez de la acusación de que inicialmente 12, luego 190 y después 1200 de sus empleados eran «miembros de Hamás» cuando leyó sobre ello en los medios de comunicación. La Unrwa comparte regularmente listas de sus empleados con Israel y con los gobiernos de los países que acogen a refugiados palestinos.
El pasado mes de mayo entregó a Israel una lista de todos sus empleados en Gaza, Cisjordania ocupada y Jerusalén Este. «Nunca recibimos una respuesta, y mucho menos una objeción», explicó Touma.
Seguramente, si Israel hubiera estado reuniendo información de inteligencia sobre la penetración de Hamás en una agencia vital de la ONU con tantos empleados en los territorios ocupados, habría señalado estas preocupaciones en 2023 o en cualquier año anterior.
Un Estado anfitrión tiene la oportunidad de hacerlo y, sin embargo, esto nunca ha sucedido. La UNRWA existe desde hace tanto tiempo como el Estado de Israel.
Nadie se ha parado a examinar la credibilidad de las afirmaciones del ejército israelí, ni a sopesarlas con la creciente lista de invenciones conocidas que el mismo ejército ha fabricado para cubrir sus huellas sobre los civiles que ha matado en Gaza.
Una de las afirmaciones israelíes más increíbles es que los soldados encontraron un ordenador en el que figuraban los miembros de Hamás y lo cotejaron con la lista de personal facilitada por la agencia de la ONU. Como resultado, dedujeron que alrededor del 10% de los 13.000 empleados que la agencia tenía en Gaza eran miembros de Hamás.
Pregunte a cualquier experto en contrainsurgencia cómo se organizan los movimientos islamistas y le dirá que no existe tal lista. Hamás no tiene una lista de miembros. Ni siquiera en países como Jordania, donde la Hermandad Musulmana está reconocida oficialmente, existen listas de miembros de la Hermandad. Tampoco existen en Egipto ni en ningún país donde la Hermandad tenga presencia política.
Este fue el problema al que se enfrentó el ex diplomático británico John Jenkins cuando escribió su informe sobre la presencia de la Hermandad Musulmana en Gran Bretaña. En aquel momento me dijo: «La Hermandad no tiene una dirección postal en este país. No hay nada que confiscar, aunque quisiéramos».
Hay una razón para ello: Los movimientos islamistas se organizan y financian en células cuya existencia se mantiene en secreto.
Poca información fiable
Esto es especialmente cierto en el caso de una organización militar como Hamás.
Los cuatro hombres de Gaza que organizaron el atentado del 7 de octubre mantuvieron el plan en secreto para todos los miembros de Hamás fuera de Gaza, incluido el dirigente adjunto Saleh al-Arouri, asesinado por los israelíes en Beirut el mes pasado.
El atentado del 7 de octubre sorprendió a todos los que en la diáspora afirmaban estar en contacto con Hamás, organización proscrita en el Reino Unido.
El secretismo está integrado en todos los niveles de la estructura de Hamás, por eso se sabía tan poco sobre el número de combatientes que tiene, sus métodos de reclutamiento o el alcance de la red de túneles. Su arsenal de granadas propulsadas por cohetes que rompen tanques también supuso una desagradable sorpresa para el ejército.
Tantas sorpresas equivalen a muy poca información fiable.
Para defenderse de las críticas internas de que no estaba avanzando en su campaña terrestre, el ejército israelí afirmó en un momento dado que había descubierto un importante alijo de armas en uno de los túneles. Para Hamás fue fácil negarlo.
No tienen almacenes de armas. Toda su potencia de fuego está distribuida y cuidadosamente escondida por la razón militar básica de que un depósito de armas de cualquier tamaño sería vulnerable a los ataques aéreos.
Cualquier periodista o gobierno que repita como un loro estas afirmaciones israelíes debería recordar en cuántas ocasiones en los últimos cuatro meses el ejército israelí ha sido sorprendido inventando pruebas sobre lo que estaba haciendo en Gaza.
El asesinato selectivo del periodista Hamza al Dahdouh, hijo del jefe de la oficina de Al Jazeera en Gaza, Wael al Dahdouh, es uno de los muchos ejemplos recientes.
Hamza y su amigo Mustafa Daraya formaban parte de un grupo de periodistas que cubrían la escena de un ataque aéreo. Daraya era la persona a la que se recurría para tomar imágenes con drones en Gaza y su dron se elevó brevemente para inspeccionar la escena de devastación.
Instantes después, el convoy de periodistas que se alejaba fue alcanzado por dos ataques con drones, el segundo contra un coche en el que murieron Hamza y Mustafa. El ejército israelí afirmó que el objetivo eran «personas implicadas en grupos que atacan activamente a las IDF».
Todo periodista que haya cubierto el conflicto sabe que los periodistas son objetivo frecuente de los soldados israelíes, desde el francotirador que mató a Shiren Abu Akleh, periodista palestino-estadounidense, hasta los al menos 117 periodistas asesinados por Israel en Gaza durante este conflicto.
Las afirmaciones de los servicios de inteligencia que Israel hace públicas no pueden tomarse al pie de la letra.
Así pues, ¿por qué habría de creerse a un ejército con un historial de generar noticias falsas sobre una operación que está llevando mucho más tiempo del que se pensaba acerca de una organización de la ONU que lleva muchos años queriendo abolir?
Derecho al retorno
Así que vayamos a la verdadera razón por la que Israel está tratando de «colapsar» la UNRWA .
Esto no tiene nada que ver con Hamás y poco con la actual guerra en Gaza. Para ello tenemos que retroceder en el tiempo hasta las resoluciones de la ONU de 1947, la creación de Israel como Estado en 1948 y su admisión como Estado en la ONU.
El derecho al retorno de los refugiados palestinos fue formulado por primera vez por el Mediador de la ONU para Palestina, Folke Bernadotte, que lo impulsó durante una tregua acordada en junio de 1948.
«Sería una ofensa a los principios de la justicia elemental si a estas víctimas inocentes del conflicto se les negara el derecho a regresar a sus hogares mientras los inmigrantes judíos afluyen a Palestina y, de hecho, ofrecen al menos la amenaza de una sustitución permanente de los refugiados árabes arraigados en la tierra desde hace siglos», escribió en su primer informe general al secretario general en 1948.
Bernadotte, un sueco que salvó a miles de judíos de ir a los campos de concentración, fue asesinado por un grupo clandestino judío bajo el liderazgo del futuro primer ministro israelí Yitzhak Shamir. Pero su derecho al retorno se incorporó a la Resolución 194 de la ONU.
Esta fue una condición para la admisión de Israel en la ONU en 1949. Al representante de Israel en la ONU, Abba Eban, se le preguntó si Israel cumpliría con sus obligaciones en virtud de la resolución 194. Eban respondió: «Puedo dar una respuesta afirmativa sin reservas a la segunda pregunta sobre si cooperaremos con los órganos de las Naciones Unidas con todos los medios a nuestro alcance en el cumplimiento de la resolución relativa a los refugiados».
La UNRWA se creó en 1949 para proporcionar educación, asistencia sanitaria y servicios sociales a los 700.000 refugiados creados por Israel.
Sin UNRWA no hay refugiados
Hoy en día es la única organización de la ONU que define al refugiado palestino como alguien cuyo lugar de residencia fue Palestina entre junio de 1946 y mayo de 1948 y que perdió su hogar como consecuencia del conflicto.
El estatuto de refugiado se aplica a todos sus descendientes, lo que significa que ahora ayuda a más de cinco millones de refugiados palestinos registrados en Líbano, Siria, Jordania, Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza.
Si Israel consiguiera convencer al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, de que elimine la Unrwa y transfiera lo que hace a otras agencias como el ACNUR o el Programa Mundial de Alimentos, la ONU dejaría de reconocer como refugiados a hasta cinco millones de palestinos.
Sin UNRWA , no hay refugiados. Sin refugiados, no hay problema. Israel acusa a la UNRWA de «perpetuar el problema de los refugiados palestinos» al permitir que éstos transmitan su condición de refugiados a las generaciones futuras.
De hecho, Israel es el único responsable, en serie y en repetidas ocasiones, de crear refugiados y de negar su derecho a regresar a casa. El domingo, 12 ministros del actual gabinete se esforzaron por crear más refugiados.
Asistieron a una conferencia en la que se pedía el reasentamiento en la Franja de Gaza, un escalofriante ejemplo público de incitación al genocidio que está siendo examinado por el Tribunal Mundial.
Uno de los fundadores del movimiento para reasentar a Gaza es un asesino convicto, Uzi Sharbaf, que cumplió siete años de condena por matar a tres estudiantes en el Colegio Islámico de Hebrón en 1983.
Naturalmente, a la conferencia asistieron los «malos»: el ministro de Seguridad Nacional de extrema derecha, Itamar Ben Gvir, y el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich. Pero también asistió una nutrida representación del Partido Likud.
En la conferencia se debatió el concepto de «emigración voluntaria» de los civiles palestinos de Gaza. Nada menos que el ministro de Comunicaciones del Partido Likud, Shlomo Karhi, explicó que en la guerra «voluntario es a veces un estado que impones [a alguien] hasta que da su consentimiento».
Colapso estadounidense
Estados Unidos sermonea al mundo sobre un orden mundial basado en la ley. El Tribunal Mundial ha ordenado a Israel que tome todas las medidas a su alcance para impedir actos de genocidio y castigar los actos de incitación.
Esta es la respuesta de 12 ministros del gabinete a la sentencia del Tribunal Mundial y Washington no hace nada.
En lugar de forzar el cumplimiento de Israel con el Tribunal Mundial, un grupo de demócratas judíos de la Cámara discutió alternativas a la Unrwa con el coronel Elad Goren, jefe del departamento civil de la unidad de Coordinación de Actividades Gubernamentales en los Territorios (COGAT) de Israel.
Goren negó públicamente que se esté produciendo una hambruna masiva en Gaza y afirmó que Israel ha hecho todo lo posible para facilitar el flujo de ayuda a Gaza.
Por si alguien tenía alguna duda sobre la intención de Israel, Netanyahu declaró el miércoles que era fundamental poner fin a la misión de la UNRWA .
Estados Unidos está siendo conducido no sólo a una guerra regional. Se le está conduciendo por un camino para destruir las vidas de millones de refugiados en todo el mundo árabe, un acto que de un plumazo desestabilizaría Jordania y Líbano, así como todos los territorios ocupados.
Es una locura que Estados Unidos esté accediendo a esto. Hasta ahora Washington no ha dado muestras en absoluto de darse cuenta de lo peligroso que es este camino para el orden mundial.
Cuando las generaciones futuras escriban la historia del colapso de Estados Unidos como líder mundial, serán momentos como éste los que pasarán a la historia como los puntos seminales de la decadencia de Estados Unidos como gran potencia mundial.
7. Problemas en Israel
Según este periodista, para Orient XXI y que anteriormente estuvo en Le Monde, empiezan a aparecer grietas en el sistema político israelí, algo que ya hemos ido viendo en otros artículos.
Ofensiva contra Gaza. Primeras fracturas en Israel
Casi cuatro meses después del inicio de un asalto sin cuartel que se ha ido convirtiendo poco a poco en una guerra genocida, el fracaso militar del Estado hebreo es patente, incapaz de alcanzar ninguno de sus objetivos declarados. Este callejón sin salida está alimentando la creciente impopularidad del primer ministro Benyamin Netanyahu y provocando una revuelta en el seno de su gabinete de guerra.
Sylvain Cypel 1 de febrero de 2024
Salen a la luz las primeras desavenencias en Israel, no sólo sobre la forma en que se está llevando a cabo su ofensiva en Gaza, sino también sobre la necesidad de continuarla. Se manifiestan incluso en el seno del gabinete de guerra creado por el primer ministro Benyamin Netanyahu. Es bien sabido que el ambiente dentro del gabinete es gélido. La principal manzana de la discordia se refiere al destino de los rehenes civiles y soldados retenidos por Hamás desde el 7 de octubre en Gaza. Enfrenta a Netanyahu y sus partidarios con dos antiguos jefes de Estado Mayor, Benny Gantz y Gadi Eisenkot. Para el primero, la «liberación de los rehenes» sólo puede producirse una vez asegurada la «victoria», es decir, la «erradicación» de Hamás. Para el segundo, como declaró Eisenkot en el canal 12 de televisión, no puede haber victoria sin la liberación previa de los rehenes. Traducción: sin negociar con Hamás, que, para devolver a los rehenes, exige un alto el fuego duradero y la liberación de todos los palestinos retenidos en Israel, algo que Netanyahu rechaza.
En una conferencia de prensa celebrada el 18 de enero, el general Eisenkot ya había «reconocido que los dirigentes israelíes no dicen toda la verdad sobre la guerra». Se negó a responder a una pregunta sobre su confianza en Netanyahu y promovió el tema de una rápida liberación de los rehenes, aunque el precio sea alto. Por último, propuso [celebrar] elecciones dentro de unos meses»1. En otras palabras, una estrategia opuesta a la preconizada por Netanyahu, con la ventaja añadida de su retirada de la escena política una vez terminada la guerra. Es comprensible que los ánimos estén un poco fríos. El termómetro bajó varios grados más el 22 de enero, después de que 21 soldados israelíes (todos reservistas de entre 25 y 40 años) murieran en un ataque con cohetes de milicianos de Hamás. Después de tres meses y medio de una guerra en la que Israel tiene una ventaja militar desmesurada, este ataque en el campo de refugiados palestinos de Maghazi, a sólo 600 metros de la frontera israelí, acentuó la sensación de fracaso que domina a los judíos israelíes desde el 7 de octubre, a pesar de las declaraciones diarias de victoria del ejército. También sacó a la luz una pregunta que se ha formulado repetidamente a pesar de la reticencia de muchos: ¿es esta guerra «imposible de ganar»?
Ningún objetivo alcanzado
De repente, una serie de hechos han echado por tierra la idea hasta entonces muy extendida en Israel de que la guerra contra Hamás había terminado de una vez por todas. ¿Cómo es posible que después de más de tres meses de bombardeos aéreos sin precedentes sobre Gaza, que hasta ahora han causado casi 27.000 muertos, el desplazamiento de casi 2 millones de personas y la destrucción igualmente enorme de las infraestructuras y los hogares de la población de Gaza, Hamás siga siendo capaz de asestar golpes tan duros? Las lenguas se mueven.
Nos enteramos de que el «plan» inicial del ejército israelí preveía el «control operativo» total de las tres principales ciudades de la Franja (Ciudad de Gaza, Jan Yunes y Rafah) para finales de diciembre. El plazo se ha incumplido en un mes y el objetivo no se ha logrado. También nos enteramos de que la red de túneles de las fuerzas armadas de Hamás era mucho más extensa de lo que se pensaba, y que tomarla mediante operaciones terrestres causaría muchas más víctimas de las previstas. Sobre todo, el Wall Street Journal reveló que sólo se había destruido el 20% de los túneles en más de tres meses.
Otra revelación: por razones económicas, el ejército está teniendo que retirar de Gaza a un gran número de sus reservistas. Por último, 117 días después de la matanza del kibbutz, el jefe político de Hamás en Gaza, Yahya Sinwar, y los dos dirigentes de su brazo armado, Mohammed Deif y Marwan Issa, siguen sin aparecer.
Denuncia de «capituladores» y «enemigos del pueblo
Lo paradójico es que el hombre que dirige la batalla para poner fin rápidamente a la guerra y evitar un estancamiento, negociando la devolución de los rehenes civiles y los soldados israelíes cautivos, es precisamente el hombre que «inventó» la doctrina militar que llevó a Israel a cometer los terribles crímenes de Gaza. Gadi Eisenkot es, de hecho, el antiguo Jefe del Estado Mayor que ideó la doctrina Dahiya2 según la cual, en las «guerras asimétricas» entre un Estado y un enemigo no estatal, la única manera de ganar es imponer el peor destino posible a las poblaciones civiles que acogen a los «terroristas». Esta visión se incorporó oficialmente al arsenal estratégico del ejército israelí en 2008.
¿Será porque acaba de perder a un hijo de 25 años y a un sobrino de 23, ambos destinados en Gaza? Sea como fuere, el general Eisenkot pide hoy que se negocie una tregua mínima con Hamás. De repente, Chuck Freilich, antiguo número dos del Consejo de Seguridad de Israel, baja la guardia: «No parece que vayamos a conseguir nuestros objetivos», dice3. Andreas Krieg, experto del King’s College de Londres, cree que Israel se encuentra militarmente «en un punto muerto»4.
Este sentimiento de fracaso, tan desconocido e insoportable para una gran parte de los judíos israelíes, también tiene consecuencias internas. Los miembros de la extrema derecha colonial, aliados de Netanyahu, se están endureciendo. Hasta ahora, eran los partidarios de las negociaciones con Hamás a quienes denunciaban como «capitulardos». Ahora también consideran «enemigos del pueblo» a las familias de los soldados muertos en Gaza que se unen a los manifestantes para negociar una salida a la crisis. Las instrucciones del gobierno son «reprimir con mano de hierro» las voces israelíes que se manifiestan contra la guerra. Estas voces siguen siendo marginales, pero sus manifestaciones van en aumento, al igual que la desilusión de la opinión pública.
El «rey de Israel» quiere ganar tiempo
Netanyahu intenta restablecer su autoridad ganando tiempo. De momento, no lo ha conseguido. La prensa informa de enfrentamientos en el seno de su gobierno. Haaretz cita las confidencias (anónimas) de uno de sus miembros.
Esta guerra no tiene ni objetivo ni futuro; es sólo una forma de que Netanyahu aplace la cuestión de su responsabilidad. (…) En cada reunión (del gobierno), repite que la guerra durará mucho tiempo. Creo que él mismo sabe que tiene pocas posibilidades de alcanzar sus objetivos. Sólo intenta ganar tiempo. […] En cuanto a la destrucción de Hamás, los éxitos logrados en el norte de la Franja de Gaza ya se están erosionando.
La guerra aún no ha terminado y, sin esperar a las comisiones de investigación que vendrán después y que inevitablemente le pondrán en una situación difícil, el «Rey de Israel» del último cuarto de siglo sólo cuenta con el 16% de los votantes a su favor, según un sondeo reciente. En cuanto a su partido, el Likud, que disfruta de una mayoría relativa en el Parlamento con 32 escaños de 120, se reduciría a sólo 16 si mañana se celebrasen elecciones. Según Mairav Zonszein, analista israelí del International Crisis Group, la única estrategia de Netanyahu es la «guerra sin fin»5. Pero esta estrategia beneficia más a la derecha radical colonial, que es más coherente que él en este aspecto. En consecuencia, Netanyahu parece prisionero de sus aliados, movido más por sus intereses personales que por el bien público.
Para Netanyahu, la amenaza reside ante todo en la posibilidad de que Joe Biden «deje caer la pelota». Este riesgo no parece muy creíble, a juzgar por la actitud del presidente estadounidense desde el comienzo de esta guerra. Pero la posición de Biden se erosiona día a día en su propio campo. El 18 de enero, 60 demócratas electos -un tercio de sus representantes en la Cámara- declararon en una carta al Secretario de Estado Antony Blinken que estaban «profundamente preocupados por la retórica extremista de ciertos funcionarios israelíes», en particular por sus llamamientos a la limpieza étnica de los habitantes de Gaza. Nunca antes una petición antiisraelí había reunido a un número tan elevado de miembros electos del Partido Demócrata, históricamente favorable a Tel Aviv. Es más, la reacción del primer ministro israelí al llamamiento público del presidente estadounidense para allanar el camino a un Estado palestino una vez terminada la guerra enfureció a los congresistas demócratas. «Nunca cederé en el control total de la seguridad entre el río Jordán y el mar», respondió el Primer Ministro israelí.
El 19 de julio, una encuesta mostraba que tres cuartas partes de los demócratas de entre 18 y 29 años eran hostiles al apoyo incondicional de la Casa Blanca a Israel. En resumen, aunque todavía no hay señales de ruptura entre Israel y Estados Unidos, ésta se está profundizando dentro del partido presidencial, y Biden necesita un éxito político espectacular para ser reelegido. Existe el persistente rumor en Estados Unidos de que el presidente Biden apoyó la guerra israelí, ya que se libró precisamente con la idea de que, una vez terminada, un acuerdo político entre israelíes y palestinos podría conducir a una «solución de dos Estados». Aunque parezca mentira. Mientras tanto, un tribunal californiano ha admitido a trámite una querella presentada por el Center for Constitutional Rights, una importante asociación jurídica estadounidense, que acusa a Joe Biden, a su secretario de Estado Antony Blinken y a su secretario de Defensa Lloyd Austin de «complicidad en genocidio».
Un tribunal «parcial» y «antisemita»
Pero la mayor conmoción en Israel se produjo el 26 de enero, cuando la Corte Internacional de Justicia (CIJ) se pronunció sobre la denuncia de Sudáfrica de que la guerra de Israel contra Gaza era un «genocidio». Aunque la Corte no exigió el cese de los combates, lo que Netanyahu utilizó inmediatamente para cantar victoria, el veredicto no fue visto como un éxito por nadie más en Israel. Quienes se esforzaron por leer la decisión se dieron cuenta de que el cese de facto de los combates estaba escrito en ella. Como dijo Naledi Pandor, Ministra de Asuntos Exteriores de Sudáfrica: «¿Cómo se puede entregar ayuda y agua sin un alto el fuego? Si se lee la decisión del Tribunal, significa que debe declararse un alto el fuego». Como era de esperar, la extrema derecha y muchos otros comentaristas vilipendiaron inmediatamente al Tribunal calificándolo de «parcial» y «antisemita».
Sobre todo, al exigir al Estado judío que «haga todo lo que esté en su mano para evitar el genocidio», el Tribunal sugiere o bien que el inicio de la acción en este sentido ya ha comenzado, o bien que el futuro genocidio es una realidad potencial. Su argumento más sólido sobre la intencionalidad del genocidio consiste en una larga lista de declaraciones realizadas públicamente por diversos dirigentes israelíes, tanto políticos como militares, que expresan deseos o intenciones incuestionablemente genocidas. Al día siguiente de la aprobación de la orden, un portavoz declaró que «tras la sentencia de la CIJ, el ejército israelí intensificará su vigilancia de los vídeos y publicaciones en los que se escuchen llamamientos a la creación de asentamientos en la Franja de Gaza y declaraciones que inciten a la violencia contra los palestinos».
Pero el 29 de enero, la derecha israelí organizó una «Conferencia para la Victoria de Israel» en una sala de 3.000 localidades de Jerusalén. Se trataba claramente de una respuesta a la orden de la CIJ. La «transferencia» de palestinos fuera de Gaza fue el tema principal. Un abogado, Aviad Visoli, argumentó que «una Nakba 2 está plenamente justificada por las leyes de la guerra». El padre de un soldado detenido por Hamás, el colono Eliahou Libman, declaró: «Hay que expulsar a los que no mueren, no hay inocentes». El ministro de Policía, Itamar Ben Gvir, más moderado, abogó por la «emigración voluntaria» de los gazatíes. Quince miembros del actual gobierno de Netanyahu, de la extrema derecha, del Likud e incluso -una novedad- del partido religioso ortodoxo Unidad de la Torá, estaban en el podio.
¡Qué demonios! Si ya no podemos mostrar nuestra alegría cantando y bailando sobre los escombros de las casas y en medio de los cuerpos destrozados y enterrados de civiles palestinos, a los que los oficiales de este mismo ejército habían presentado como otros tantos «animales humanos», es como si ya no entendiéramos nada, se pregunta el valiente soldadito israelí, hasta ahora convencido de que tenía razón.
Notas
1. « Amos Harel : « For Netanyahou, avoiding decisions on Gaza and Lebanon is the game plan », Haaretz, 21 enero 2024.
2. Literalmente «suburbio» en árabe, en referencia a los suburbios del sur de Beirut, bastión de Hezbolá.
3. Chuck Freilich, « We in Israel are far more dependent on the U. S. than we ever knew », Haaretz Podcast, 23 enero 2024.
4. Ronen Bergman & Patrick Kingsley, « In strategic bind, Israel Weighs Freeing hostages against destroying Hamas », New York Times, 28 janvier 2024.
5. « Netanyahu under pressure over Israel troop losses, hostages », AFP, 23 enero 2024.
8. Imaginar salidas
Entrevista a uno de los newgreendealistas españoles más destacados. No he leído el libro. Las discusiones sobre alternativas artísticas y culturales ante la crisis ecosocial, aunque reconozco que son muy importantes, se me escapan.
JAIME VINDEL GAMONAL / INVESTIGADOR
«El ecologismo no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro de la época neoliberal”
Aurora Fernández Polanco 1/02/2024
Cultura fósil. Arte, cultura y política entre la Revolución industrial y el calentamiento global (Akal, 2023) es un libro imprescindible para cualquiera que quiera acercarse a los imaginarios del progreso en el arco temporal señalado en el título. Aterrizamos en imágenes que nos llevan de viaje desde las “nubes tormentosas” de las que hablaba John Ruskin en el XIX, hasta los versos de Pasolini, “veremos pantalones remendados;/ atardeceres rojos en suburbios vacíos de motores”. No necesitamos cruzar fronteras para encontrarnos con trabajos transversales, libros que unan la crítica cultural y la ecología, algo muy poco frecuente todavía en nuestro país, tan dado a los estrechos (y ciegos) cauces por los que transcurren las disciplinas, y que este extenso estudio acomete con pasión. Lo activo políticamente es que el libro está escrito sobre la urgencia de las brasas que todo intelectual debe pisar sin remedio, las de la crisis climática, ecológica y energética que nos asola. Con su autor, Jaime Vindel (1981), investigador del CSIC, vamos a tener el gusto de conversar.
Son tantos los asuntos tratados en esta estupenda panorámica que me gustaría detenerme en aquellos que tengan que ver con la necesidad actual (y urgente) de reconectar con determinados momentos en los que las cosas pudieron ser de otra manera; lo que tú denominas resistencia frente a la fatalidad. Un sí hay futuro. ¿Más allá del trabajo de un investigador académico ha sido esto parte del ánimo político y social que te ha invitado a escribir el libro?
Sí, claro. Mi impresión es que el ecologismo, pese a sus indudables logros, no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro que asociamos con la época neoliberal. De hecho, en ocasiones tiende a reforzarla de acuerdo a la difusión de alertas sobre la gravedad de la emergencia ecosocial que no van acompañadas de propuestas que puedan aglutinar a las mayorías sociales. Su insistencia en la toma de conciencia no se ve acompañada de medidas que, sin ignorar los límites marcados por la situación (que no son solo ecológicos, sino también sociales, políticos, culturales, etc.), planteen la apertura de posibles horizontes de futuro deseables, en una escala que abarque desde ambiciosas transformaciones en los imaginarios culturales hasta la implementación de políticas públicas con un contenido más pragmático. Por decirlo de manera telegráfica, creo que una parte sustancial del ecologismo es refractaria a dar la disputa por la hegemonía, absorbida por la crudeza de los diagnósticos, la parálisis que generan filosofías de la naturaleza con un grado mínimo de incidencia social y unos imaginarios tributarios de la lógica de la desconexión, donde el Estado (y, más en general, el ámbito institucional) aparece como un problema y no también como parte de la solución. En contraposición, el libro trata de mostrar que, a lo largo de la modernidad industrial, los imaginarios culturales de la ecología han sido, entre otras cosas, una lucha por la hegemonía y la contra-hegemonía. Haber perdido parcialmente esto de vista representa, ante todo, un síntoma más del cierre de la imaginación política descrito por autores como Mark Fisher y Fredric Jameson. En ese sentido, revertir el fracaso del ecologismo, por emplear una expresión de Jorge Riechmann, implica aliarse con fuerzas sociales que lo exceden y que han tratado de combatir las desigualdades y los malestares que nos afectan, antes que fomentar cosmovisiones como la teoría de Gaia, que resultan muy estimulantes en términos cognitivos, pero bastante estériles en términos políticos.
Falta nos hacía también, Jaime, el hecho de reconectar con determinados imaginarios de la energía que buena parte de los estudios académicos (culturales, artísticos, literarios) han opacado y que desvelas y denuncias como creadores de naturalización de los desastres del capitalismo fósil. Consideras necesario que los análisis científicos deterministas se atraviesen con este imaginario (que nos configura) y que lleva en sí su carga política, económica y social. Es tu aportación a entender los problemas desde el materialismo de una manera distinta a la del marxismo duro, ¿no?
Así es. Como señalo en el libro, la historia de la energía es fascinante porque concentra con claridad lo que acabo de describir. La energía durante la modernidad industrial se ha configurado a la vez como una dimensión física y como una dimensión cultural. En este último ámbito, las imágenes y discursos que rescato en el libro han naturalizado o cuestionado una determinada percepción de la energía, muy dependiente de la ideología productivista, desarrollista y crecentista, por la cual presuponemos que es inagotable e inmaterial. La energía se ha configurado como un vórtice de las disputas por la hegemonía política. Casi todos los regímenes de los siglos XIX y XX, desde la Inglaterra victoriana hasta la España franquista, pasando por las democracias de posguerra, han articulado una relación entre progreso y poder mediada por la energía. Pensemos en los imaginarios del carbón o de las presas hidroeléctricas. Como refleja el término inglés “power”, que significa a la vez potencia y poder, la energía ha impregnado la historia política de la modernidad industrial. En ese sentido, como tú dices, lo que me interesa en el libro es suscitar un doble debate. Si aceptamos que la energía –y, más ampliamente, la ecología– ha sido un objeto activo de disputa política y cultural, entonces debemos deshacernos no solo de las posiciones deterministas del marxismo que concebían la cultura como una expresión superficial y burguesa de relaciones sociales opresivas que se situaban en otro lugar (la matriz productiva de la economía, la fábrica), sino también del cientificismo que atraviesa ciertos discursos sobre la energía, donde cualquier acontecimiento global tiende a emerger como un epifenómeno del pico del petróleo. Esos determinismos materialistas comparten la ilusión ideológica según la cual una situación de crisis revolucionaria o de colapso ecológico facilitará que al fin las cosas se vean tal como son, sin los velos de los discursos y los imaginarios, como si estos no acompañaran necesariamente cualquier coyuntura que afecte a las sociedades humanas. En realidad, ese tipo de posiciones suelen evidenciar la marginalidad política de quien las enuncia. El libro es también un intento de interpelarlas.
Tu crítica y posicionamiento al consumismo exacerbado que vivimos hoy en el corazón del neoliberalismo necesita de un apoyo utópico que te ayude a buscar una salida, y lo encuentras en las ecologías morales de los estudios culturales ingleses de la avanzada posguerra, tan ligados a la clase, porque imaginaron nuevas formas de vida “que impulsaran nuevos modos de percepción e intervención en la realidad”.
Lo que me interesa de la historia social y cultural en autores como E. P. Thompson o Raymond Williams es el modo en que abordan ese componente utópico, que en mi opinión posee unas raíces románticas evidentes, desde una reconstrucción minuciosa de la micro-política que opera en cualquier proceso de transformación gestado desde abajo (algo que echo en falta en los discursos ecologistas, más interesados en moralizar desde una perspectiva ético-filosófica que en comprender desde una perspectiva histórico-política). Pese a las diferencias entre ambos autores, los dos concedieron una gran importancia a la cultura como forma de producir a través de las palabras, las imágenes y las instituciones los vínculos y afectos sociales que atravesaron la construcción histórica del movimiento obrero. Describieron procesos de emergencia de una contra-hegemonía popular opuesta al elitismo cultural de los relatos burgueses de la cultura, a la construcción desde arriba que impulsan los discursos populistas sin base social y a la sociofobia que prima entre aquellas voces del ecologismo que niegan al pueblo la empatía que reclaman para nuestra relación con la biosfera.
Cuando hablas de Raymond Williams, señalas que en los años ochenta plantea un descentramiento de lo productivo en beneficio de la vida, justamente el lugar donde situaba el concepto de cultura. Recoges este testigo, algo recurrente y políticamente relevante en todo el libro, y lo traes al presente, donde dices que se enlazan las luchas ecosociales con las demandas del ecofeminismo. Me consta la transversalidad y porosidad en tus proyectos de investigación, donde propuestas concretas de las compañeras vienen a aterrizar y situar muchos de los problemas teóricos ¿No está el ecofeminismo un poco ausente en tu estudio? ¿Quizá al focalizar en la clase no hay lugar para ello?
Se trata más bien de una cuestión de honestidad política e intelectual. Creo que hay compañeras que están trabajando desde esa perspectiva con una profundidad y radicalidad que yo solo podría asumir de un modo impostado. Sería oportunista por mi parte. Dicho esto, como señalas, en el libro resalto los puntos de intersección entre las genealogías que rescato y algunas de las trayectorias del ecofeminismo (sobre el que conviene, por cierto, hablar en plural). Y, por otra parte, sin ánimo de excusarme, varias de las voces críticas más relevantes del ensayo son mujeres (desde Susan Buck-Morss hasta Roxanne Durban-Ortiz, pasando por las artistas del productivismo soviético), aunque no sean reconocidas habitualmente como escritoras o artistas ecofeministas. Por cierto, esto es algo que me preocupa: creo que, lamentablemente, tendemos a encasillar la crítica ecologista realizada por mujeres en el ámbito del ecofeminismo, como si su punto de vista no fuera relevante en otras discusiones sobre la transición ecosocial. Por lo demás, pienso que el ecofeminismo ha explorado con mucho más calado la vertiente subjetiva de la transformación ecosocial. La revolución cultural que reclaman estas autoras está habitualmente más encarnada que las apelaciones un tanto abstractas que suelen primar en otros discursos ecologistas.
Tu libro, Jaime, no es únicamente el de un erudito que nos muestra el reverso tenebroso de nuestro lugar de procedencia, el capitalismo fósil, el colonialismo extractivista, sino que, como hemos comentado, se hace propositivo en el hoy. Otra conexión importante que haces en este sentido tiene que ver con los imaginarios sobre la energía de la época del New Deal que pones en relación con la actual del Green New Deal, en cuanto a encontrar una alternativa a los combustibles fósiles.
Así es. He estudiado las películas que la administración Roosevelt promovió durante los años treinta con el objetivo de impulsar una nueva matriz energética. El New Deal realizó infraestructuras a gran escala en ecosistemas fluviales como el del río Misisipi, cuyos impactos socioecológicos negativos hoy conocemos bien. Pero, como contrapartida, encontramos en esas películas una imaginación política propositiva, que defendía la intervención de los poderes públicos en la transición energética. Pensemos que en ese momento el gobierno federal mantenía un pulso judicial con las grandes corporaciones del negocio fósil, lo que dotaba a estas producciones culturales de un compromiso político directo. Estas películas fueron capaces de crear una narrativa en torno a la energía hidroeléctrica como una nueva fuente de poder (recordemos la ambivalencia del concepto en inglés), impulsando una serie de imaginarios culturales situados en la historia de la propia nación norteamericana. Son producciones audiovisuales privilegiadas para repensar en el presente la relación entre imaginarios culturales, formaciones sociales, políticas públicas y crisis ecológica (de hecho, las tormentas de arena de comienzos de la década propiciaron procesos de aridificación de los suelos que presagiaban algunos de los peores efectos del cambio climático). La pregunta que nos deberíamos plantear entonces hoy es qué narrativas podemos incentivar para promover una transición ecosocial que parta de que toda construcción de hegemonía está siempre condicionada por elementos imaginarios de la historia heredada, sin que eso implique renunciar a combatir los aspectos socioecológicos más cuestionables de proyectos políticos como el New Deal (que, como defiendo en el libro, ya fue un Green New Deal). Frente al platonismo del ecologismo de la verdad, y sin minusvalorar la importancia de esta, nos convendría aceptar que las imágenes tienen una potencia esencial para el cambio histórico, en la medida en que permiten desdoblar la realidad en dos (ese es el trabajo de la ficción) e impulsan la movilización subjetiva de los cuerpos de la multitud. Lo que nos cuesta no es admitir la gravedad de la crisis ecológica, sino experimentar la sensación cierta de que existen salidas viables y estimulantes a la situación en que nos encontramos. Y hay que imaginarlas.
Observación de Joaquín Miras:
No sé hasta qué punto este amigo se entera de lo que sí proponen Thompson y Williams,… a pesar de que Thompson escriba un libro sobre William Morris, y esto último también me sirve. Porque la praxeología, en el caso de Thompson y Williams, el control de la actividad local, la producción, meter una oveja a pastar en los rastrojos privados, ejercer poder en el bosque para hacerse con la leña caida, defender y preservar en comunidad el uso para la comunidad de un pozo de arena sito en un río, etc, los casos que explica, que no son solamente «el delito de anonimato», sino las «costumbres en común», no es -no lo es- el «interaccionismo simbólico», la lingüistizacióm de la política, entendiendo por lengua la acción comunicativa, no el hablar que nos permite ponernos de acuerdo para crear acción nueva y usos y costumbres nuevos. Lenguaje entendido como el medio creador de actividad intersubjetiva, que a su vez crea cultura y mundo nuevo y antropología nueva. Porque Thompson era un gramsciano polanyano, y Williams era un gramsciano. Somos el ser que intersubjetivamente, mediante la praxis, genera su cultura material. Eso es un acto de imaginación y producción. Una imaginación, que al ir vinculada inherentemente a la experiencia de control sobre la actividad, a la experiencia de poder cambiarla, así sea en migajas, y a la experiencia de que eso cambia la realidad (esa experiencia tarda más en ser consciente de sí misma, y de que haber hecho esa nueva actividad, ha cambiado al sujeto, que ya no es el mismo, pues nuestra antropología está tan en devenir como la acción nueva y la cultura mundo nuevo por la praxis generados), favorece y da sentido a la generación de imaginación nueva, práxica, da sentido al imaginar nuevas cosas que hacer, y a la posibilidad dialéctica -sic venia verbum, que es usado habitualmte como papel higiénico- de ir generando en común una eticidad nueva, una cultura material nueva . No es, por tanto, un acto de «Fantasía», fantasear el futuro mediante arte y literatura, que es, cuando se lo trata de hacer, por ejemplo mediante el arte, un arte buenista que aburre a las propias ovejas y para los ratos buenistas de quien no sabe qué hacer: Noticias de ninguna parte, de W. Morris , es buen ejemplo de tostón bondadoso. Cómo vas a competir, memo, con una novela burguesa como, por ejemplo, Doctor Zhivago, que sí se basa en experiencias de vida, interpela por tanto a nuestra imaginación experiencial, y nos presenta a la imaginación (imaginación, no fantasía) una tragedia . No tener en cuenta eso, lo que es lenguaje que organiza praxis en común y lenguaje como interaccionismo simbñolico o como acción comunicativa, es lo que hace que se pueda confundir un movimiento organizado para la protesta y la difusión de información y debate, con un movimiento organizado que trate de controlar la actividad de la vida cotidiana. Ejemplos no un sindicato, sí un comité de fábrica, orgánico de una asamblea formada por el activo de los que generan la actividad, y que puede, pues, desde imponer por los hechos, cadencias de trabajo distintas, intervenir en la actividad. Cambios reales que dan control sobre la actividad, control sobre la actividad, que es la definición de poder. Esta es la idea de los hegelianos. Lukacs, su democratización de la vida cotidiana, Gramsci, la generación de una cultura material de vida a partir de la generación activa de un sujeto, sujeto que debe autocrearse, y que no se genera desde el discursito de la vanguardia, sino desde la articulación organizada de millones de personas, que, eso sí, debe ser mediada desde dentro del sujeto bloque, (el «partido» es el conjunto de los activistas de todas las leches…es el intelectual orgánico, es decir, interno, y es dinámico, hay nuevos individuos que se incorporan a la creación de la red que media entre los grupos micros, cotidianos, práxicos, y los hay que, por mucho carnet que tuvieran o tuviesen, «ya no lo son», porque han dejado de hacer esa función de mediación, en unos casos, porque se jubilan de ello, o en otros casos, porque pasan a ser activistas de las organizaciones de vanguardia y se convierten en un orgánico de un grupo que pretende …digamos, otras cosas, tener escaños, o lo que sea. Para salir al paso: No estoy contra los escaños, sí en favor de que sea el sujeto emergente nuevo el que los elija. El ecologismo no ha salido del momento de la crítica como protesta y denuncia, movilización en manifestaciones, actos de visibilización de los mismos grupos, visibilización mediante performances que a veces fija nuestra atención sobre el «gesto» artístico performativo, y nos aparte del mensaje que debiera ser lo fundamental, etc., y la erudición necesaria. Del feminismo… en fin, el feminismo, la inmensa mayoría es liberal y su pretensión es que las mujeres sean iguales que los hombres, sin cuestionarse el iguales en qué, lo mismo que pasa con el movimiento hoy mayoritario, USA negro, según hemos leído. No se trata, para ese movimiento, de, por ejemplo, universalizar democráticamente el acceso al saber, sino de que entre la aristocracia culta, haya el porcentaje adecuado de negros, en correspondencia con su número. El feminismo praxeológico, el de una Giulia Adinolfi, que, en vida luchaba por preservar las culturas cotidianas anteriores a la cultura cotidiana generada por lo que Lukács denomina manipulación de la vida cotidiana por el capitalismo para el consumo. Culturas del cuidado, de la comunidad, que habían sido controladas por las mujeres, y había que evitar tirarlas y convertir la subcultura de la mujer en el calco de la del hombre y del hombre liberal woke, sino luchar por universalizarlas. Proponerlas como germen embrión de saberes para una nueva praxis capilar y masiva generadora de cultura nueva, esto es de eticità viva…claro que Adinolfi es quien me recomendó que leyera el capítulo cinco de la Fenomenología del espíritu, y era una gramsciana que sabía qué es eso de la filosofía de la praxis, no en vano, esta buena napolitana había estudiado, becada, en el Instituto Croce. La verdadera constitución de un estado es su eticidad, su cultura material de vida, y esa es la idea de Hegel.
Lo dejo aquí, pero hay errores de apercepción en esa entrevista, errores que se basan en una a mi juicio incorrecta apercepción de lo que se la Ontología humana, la Ontología del ser social que es una nada en devenir…dicho sea para provocar una miaja.