Miscelánea 21/III/2024

Del compañero y miembro de Espai Marx, Carlos Valmaseda.
1. Una sonrisa sin gato.
2. Crisis de la democracia liberal.
3. Amor y resistencia.
4. Resumen de la guerra en Palestina, 20 de marzo.
5. Desánimo y euforia.
6. La compleja relación de Alemania con Israel.
7. La fragilidad del jarrón.
8. Nuremberg para nuestros periodistas.
9. El desgaste como arte (observación de Joaquín Miras)

1. Una sonrisa sin gato.

Según el autor, en este capitalismo crepuscular, cada vez hay más agitación política, pero menos organización. Segundo de los artículos que os paso hoy de reflexión sobre la democracia. https://newleftreview.org/

¿Instintos políticos?
Anton Jäger 19 de marzo de 2024

Dos hombres se flanquean con atuendos paramilitares raídos, sus gorras MAGA flotando sobre la marea arremolinada de banderas y megáfonos. Podemos tomar ese lugar», exclama el primero. ¿Y luego qué?», pregunta su compañero. Cabezas en picas». Tres años más tarde, estas escenas rocambolescas de la revuelta del Capitolio del 6 de enero -ahora firmemente incrustadas en el inconsciente político del liberalismo- se han convertido en un jeroglífico histórico revelador. Por encima de todo, personifican una cultura en la que la política [politics] se ha disociado de la acción política [policy]. La protesta galvanizó a miles de estadounidenses para invadir la sede del hegemón mundial. Sin embargo, esta acción no tuvo consecuencias institucionales tangibles. El Palacio de Invierno estadounidense fue asaltado, pero el resultado no fue un golpe revolucionario ni un enfrentamiento entre dos poderes. Por el contrario, la mayoría de los insurgentes (soldados de infantería de la lumpenburguesía estadounidense, desde vendedores de cosméticos neoyorquinos a agentes inmobiliarios floridanos) fueron rápidamente arrestados de camino a casa, incriminados por sus retransmisiones en directo y sus publicaciones en las redes sociales. Hoy queda poco de su fachada trumpiana, mientras el rey de la montaña se prepara para su próxima cruzada. Un golpe de Estado en Brasil también fracasó.
La misma desarticulación afecta a campañas de todo el espectro político, desde las protestas de BLM en verano de 2020, en las que casi veinte millones de estadounidenses se rebelaron contra la violencia policial y la desigualdad racial, hasta los gilets jaunes franceses y el actual movimiento de solidaridad con Palestina. En comparación con el largo periodo de relativa desmovilización y apatía de las décadas de 1990 y 2000, en el que los ciudadanos protestaron, hicieron peticiones y votaron menos, los acontecimientos que siguieron al crack financiero de 2008 marcaron un claro cambio en la cultura política occidental. The Economist informó a sus lectores a principios del verano de 2020 de que «las protestas políticas se han extendido y son cada vez más frecuentes», y que «es probable que continúe la tendencia al alza del malestar mundial». Sin embargo, estas erupciones tuvieron poco efecto en la espectacularmente sesgada estructura de clases de las sociedades occidentales; BLM no ha conseguido desfinanciar a la policía ni frenar su brutalidad; y las marchas periódicas contra el patrocinio occidental de la campaña de castigo de Israel no han detenido el derramamiento de sangre desenfrenado en Gaza. Como señaló recientemente James Butler en la London Review of Books, «la protesta, ¿para qué sirve?».
Se trata en parte de un efecto de la represión estatal. Sin embargo, podemos delinear mejor la situación actual examinando una curva diferente, descendente en lugar de ascendente. A lo largo de la reciente «década de la protesta», el declive secular de las organizaciones de masas, que comenzó en la década de 1970 y fue anatomizado por primera vez por Peter Mair en las páginas de esta revista, no hizo más que acelerarse. Sindicatos, partidos políticos e iglesias siguieron perdiendo miembros, exacerbado por el auge de un nuevo circuito de medios digitales y el endurecimiento de la legislación laboral, y agravado por la «epidemia de soledad» que hizo metástasis a partir de la actual de 2020. El resultado es una recuperación curiosamente en forma de K: mientras la erosión de la vida cívica organizada avanza a buen ritmo, la esfera pública occidental está cada vez más sujeta a instancias espasmódicas de agitación y controversia. La pospolítica ha llegado a su fin, pero lo que ha ocupado su lugar es difícilmente reconocible en los modelos políticos de masas del siglo XX.
La filosofía política contemporánea parece mal equipada para explicar la situación. Como señala Chantal Mouffe, seguimos viviendo en una era de filosofía «apolítica», en la que los académicos se reducen a ponderar por qué ciertas personas deciden convertirse en activistas o unirse a organizaciones políticas dados los costes prohibitivos del compromiso ideológico. Por el contrario, Aristóteles se atrevió una vez a sugerir que los humanos mostraban un instinto innato de socialización: una característica compartida con otros animales de manada, como las abejas o las hormigas, que también muestran fuertes rasgos cooperativos. Como criaturas excepcionalmente gregarias, sostenía, los hombres también tenían un impulso espontáneo de unirse dentro de una πολις, término que sólo se traduce escasamente por el compuesto germánico «ciudad estado», la forma más elevada de comunidad. Cualquiera que sobreviviera fuera de tal comunidad era «o una bestia o un dios».
El supuesto aristotélico clásico del hombre como zoön politikon fue cuestionado por la filosofía política moderna, empezando por Hobbes, Rousseau y Hume (estos dos últimos hobbesianos idiosincrásicos). Fue ferozmente cuestionado en el Leviatán, donde el hombre aparece como un animal instintivamente antisocial al que hay que coaccionar para que se asocie y se comprometa. Sin embargo, incluso la antropología pesimista de Hobbes esperaba restablecer la asociación política en un plano superior. Para él, los instintos antisociales del hombre abrían una perspectiva hacia estructuras colectivas aún más sólidas. Se trataba de un llamamiento implícito a la nobleza republicana europea: no debían implicarse más en guerras civiles asesinas y, por interés propio, someterse a un soberano pacífico. Del mismo modo, para Rousseau, el amour propre antisocial ofrecía la perspectiva de una asociación política superior, esta vez en la república democrática, donde podría recuperarse la libertad perdida del estado de naturaleza. También para Kant, la «insociable sociabilidad» funcionaba como presagio dialéctico de la paz perpetua. En cada caso, el postulado apolítico implicaba una conclusión potencialmente política: la falta de una sociabilidad fuerte servía para atemperar las pasiones políticas, garantizando la estabilidad del Estado y la sociedad.
En el siglo XIX se hizo más acuciante la necesidad de asegurar una pasividad política generalizada. Como ha señalado Moses Finley, ser ciudadano en la Atenas de Aristóteles era de facto ser activo, con poca distinción entre derechos civiles y políticos, y con líneas rígidas entre esclavos y no esclavos. En las décadas de 1830 y 1840, el movimiento sufragista hizo imposibles tales demarcaciones. Los proletarios trataron de transformarse en ciudadanos activos, amenazando el orden señorial construido después de 1789. Para neutralizar esta perspectiva, era necesario construir una nueva cité censitaire, en la que las masas quedaran al margen de la toma de decisiones mientras las élites podían seguir promulgando la llamada voluntad democrática. El régimen plebiscitario de Luis Bonaparte III, célebremente caracterizado como «política de saco de patatas» en El Dieciocho Brumario, ofrecía un ejemplo. Esta «antirrevolución creativa», como la llamó Hans Rosenberg, fue un intento de redimir el sufragio general situándolo dentro de las restricciones autoritarias que permitirían la modernización capitalista.
Walter Bagehot -lumbrera de The Economist, teórico de los bancos centrales y panegirista de la Constitución inglesa- defendió el golpe de Estado de Bonaparte de 1851 como el único medio de reconciliar la democratización con la acumulación de capital. «No tenemos esclavos que mantener a raya mediante terrores especiales y una legislación independiente», escribió. «Pero tenemos clases enteras incapaces de comprender la idea de una constitución, incapaces de sentir el menor apego por las leyes impersonales». El bonapartismo era una solución natural. Se planteó la cuestión al pueblo francés… «¿Seréis gobernados por Luis Napoleón, o seréis gobernados por una asamblea?» El pueblo francés dijo: «Seremos gobernados por el único hombre que podemos imaginar, y no por las muchas personas que no podemos imaginar.»‘
Bagehot afirmaba que los socialistas y liberales que se quejaban del autoritarismo de Bonaparte eran ellos mismos culpables de traicionar la democracia. Comentando el resultado de un plebiscito de 1870 que ratificó algunas de las reformas de Bonaparte, argumentó que tales críticos «deberían aprender… que si son verdaderos demócratas, no deberían volver a intentar perturbar el orden existente al menos durante la vida del Emperador». Para ellos, escribió, «la democracia parece consistir a menudo en el libre uso del nombre del pueblo contra la inmensa mayoría del pueblo». He aquí la respuesta capitalista adecuada a la política de masas: la atomización forzosa del pueblo, anulando el trabajo organizado para asegurar los intereses del capital, con el apoyo semisoberano de una sociedad desmovilizada.
Richard Tuck ha descrito las posteriores modulaciones de esta tradición en el siglo XX, visibles en la obra de Vilfredo Pareto, Kenneth Arrow y Mancur Olson, entre otros. Para estas figuras, la acción colectiva y la puesta en común de intereses eran exigentes y poco atractivas; el voto en las elecciones solía realizarse con reticencia más que con convicción; los sindicatos beneficiaban por igual a miembros y no miembros; y los términos del contrato social a menudo tenían que imponerse por la fuerza. En la década de 1950, Arrow recicló una idea original del marqués de Condorcet, según la cual era teóricamente imposible que tres votantes garantizaran una armonía perfecta entre sus preferencias (si el votante uno prefería A sobre B y C, el votante dos B sobre C y A, y el tres C sobre A y B, la formación de una preferencia mayoritaria era imposible sin una intervención dictatorial). El «teorema de la imposibilidad» de Arrow se utilizó como prueba de que la propia acción colectiva estaba repleta de contradicciones; Olson lo radicalizó para avanzar en su afirmación de que el parasitismo era la norma y no la excepción en las grandes organizaciones. La conclusión de que el ser humano no tiene una inclinación natural por la política llegó así a dominar este campo de la literatura escéptica de posguerra.
Hacia finales del siglo XX, con el drástico descenso de la participación electoral, la caída en picado de los días de huelga y el proceso más amplio de retirada de la vida política organizada, el apoliticismo humano pareció mutar de un discurso académico a una realidad empírica. Mientras que Kant hablaba de «ungesellige Geselligkeit», ahora se podía hablar de «gesellige Ungeselligkeit»: una insociabilidad social que refuerza la atomización en lugar de sublimarla.
Sin embargo, como dejó claro la década de protestas, la fórmula de Bagehot ya no es válida. No se puede asegurar el apoyo pasivo al orden gobernante; los ciudadanos están dispuestos a rebelarse en cantidades significativas. Sin embargo, los incipientes movimientos sociales siguen paralizados por la ofensiva neoliberal contra la sociedad civil. ¿Cuál es la mejor manera de conceptualizar esta nueva coyuntura? Aquí puede ser útil el concepto de «hiperpolítica», una forma de politización sin consecuencias políticas claras. La pospolítica se acabó en la década de 2010. La esfera pública se ha repolitizado y reencantado, pero en términos más individualistas y cortoplacistas, evocando la fluidez y lo efímero del mundo online. Se trata de una forma de política «baja», de bajo coste, baja entrada, baja duración y, con demasiada frecuencia, bajo valor. Es distinta tanto de la postpolítica de los noventa, en la que lo público y lo privado estaban radicalmente separados, como de la tradicional política de masas del siglo XX. Lo que nos queda es una sonrisa sin gato: una política sin influencia política ni vínculos institucionales.
Si el presente hiperpolítico parece reflejar el mundo online -con su curiosa mezcla de activismo y atomización-, también puede compararse con otra entidad amorfa: el mercado. Como señaló Hayek, la psicología de la planificación y la política de masas estaban estrechamente relacionadas: los políticos esperaban su momento durante décadas; los planificadores soviéticos leían las necesidades humanas en planes quinquenales; Mao, muy consciente de la longue durée, hibernó en el exilio rural durante más de veinte años; los nazis medían su tiempo en milenios. El horizonte del mercado, sin embargo, es mucho más cercano: las oscilaciones del ciclo económico ofrecen recompensas instantáneas. Hoy, los políticos se preguntan si pueden lanzar sus campañas en cuestión de semanas, los ciudadanos acuden a manifestarse durante un día, los influencers hacen peticiones o protestan con un tuit monosilábico.
El resultado es una preponderancia de las «guerras de movimiento» sobre las «guerras de posición», con las principales formas de compromiso político tan fugaces como las transacciones de mercado. Esto es más una cuestión de necesidad que de elección: el entorno legislativo para la creación de instituciones duraderas sigue siendo hostil, y los activistas deben enfrentarse a un paisaje social viciado y a una Kulturindustrie en expansión sin precedentes. Bajo estas limitaciones estructurales subyacen cuestiones de estrategia. Aunque Internet ha reducido radicalmente los costes de la expresión política, también ha pulverizado el terreno de la política radical, difuminando las fronteras entre partido y sociedad y generando un caos de actores en línea. Como observó Eric Hobsbawm, la negociación colectiva «por motín» sigue siendo preferible a la apatía postpolítica. La jacquerie de los agricultores europeos en los últimos meses indica claramente el potencial (derechista) de tales guerras de movimientos. Sin embargo, sin modelos de afiliación formalizados, es poco probable que la política de protesta contemporánea nos devuelva a la «superpolítica» de los años treinta. Por el contrario, es posible que dé paso a interpretaciones posmodernas de los levantamientos campesinos del antiguo régimen: una oscilación entre la pasividad y la actividad que, sin embargo, rara vez reduce el diferencial de poder general dentro de la sociedad. De ahí la recuperación en forma de K de la década de 2020: una trayectoria que no agradaría ni a Bagehot ni a Marx.

2. Crisis de la democracia liberal

El artículo me ha permitido, al menos, conocer parte de la que usan en «ciencias políticas», como epistocracia… https://www.sinistrainrete.

¿Postdemocracia o desdemocratización?
Algunas reflexiones entre historia y política sobre el debate contemporáneo
por Elia Zaru
elia.zaru2@unibo.it Universidad de Bolonia

Resumen. El ensayo reconstruye y analiza algunas coyunturas del debate contemporáneo sobre la crisis de la democracia, a la luz de las ideas de «posdemocracia» y «desdemocratización» y del vínculo entre la crisis de la democracia y el neoliberalismo respecto a la relación entre política, democracia, igualdad y acción colectiva. El primer apartado está dedicado al lema «posdemocracia» y rastrea sus raíces histórico-teóricas en la «semántica del post». El segundo apartado muestra cómo, desde una perspectiva neoliberal, la crisis de la democracia no es un problema (tal y como se entiende por «posdemocracia»), sino una solución a un problema representado por la sobredemocratización de la sociedad. Para ello, se establece un vínculo entre las consideraciones expresadas en el Informe de la Comisión Trilateral (1975) y las propuestas epistocráticas más recientes. Por último, tras un breve análisis de las críticas a la epistocracia, expuestas en el tercer apartado, el cuarto esboza algunas conclusiones que vinculan el discurso de la crisis de la democracia con la cuestión de la igualdad y la acción colectiva.
1. Crisis de la democracia y semántica del «post».
Que existe, en las sociedades occidentales, una «crisis de la democracia» está bien establecido. El primer y más inmediato indicador de esta crisis es el constante descenso de la participación electoral1, que viene acompañado de otros fenómenos como, por ejemplo, el desequilibrio de poderes a favor del ejecutivo en detrimento de los parlamentos, o lo que en el ámbito jurídico se ha definido como «desconstitucionalización «2. En el plano material, asistimos desde hace varias décadas al progresivo desmantelamiento de los derechos sociales adquiridos en el contexto del Estado del bienestar, proceso que ha conducido a «la drástica compresión de la libertad y la igualdad de los trabajadores, y de los espacios de participación real de los ciudadanos «3.
La existencia de esta crisis, en definitiva, no se cuestiona, como tampoco su cronología, que remonta su origen contemporáneo a la década de 1990 4. Para matizar esta crisis, desde principios de la década de 2000 ha surgido en el debate político internacional el término «posdemocracia». Este lema identifica un concepto que, en las intenciones de su promotor, Colin Crouch, fotografía con precisión la condición en la que se encuentran las sociedades occidentales contemporáneas. A través de la idea de «posdemocracia», Crouch pretende mostrar el progresivo vaciamiento de los supuestos sustantivos de la democracia (libertad e igualdad, sobre todo), aunque en el contexto de un mantenimiento de sus arquitecturas formales (el mecanismo electoral, el equilibrio de poderes, el Estado de Derecho, etc.)5. De hecho, la paradoja del momento «postdemocrático» consiste precisamente en que, mientras por un lado a nivel global la forma democrática experimenta una expansión6, por otro lado en el fondo las democracias más arraigadas (de países europeos y norteamericanos) muestran claros signos de agotamiento. Las causas de ello son variadas, afirma Crouch, y pueden resumirse en un desequilibrio en la acumulación de poder e intereses movilizados en la sociedad desde lo político a lo económico. Dicho de otro modo, según el politólogo británico, en la raíz del proceso postdemocrático se encuentra la incapacidad de la propia política democrática para regular, ordenar y mediar las presiones de los lobbies procedentes principalmente de determinados sectores de la sociedad, vinculados a las grandes empresas capitalistas multinacionales.
Crouch recuerda que el término posdemocracia se inserta como un tercer elemento en la dicotomía democracia/no democracia. En otras palabras, aunque no entra en la dimensión de la primera, tampoco pertenece a la esfera de la segunda7. La posdemocracia no es democracia, ya que los procesos de toma de decisiones que la caracterizan están desprovistos de un contenido sustancialmente democrático, pero, al mismo tiempo, no es no-democracia en la medida en que esos mismos procesos conservan una naturaleza formalmente democrática. Por este motivo, prosigue Crouch, la posdemocracia describe «una fase en la que nos hemos encontrado, por así decirlo, en la parábola descendente de la democracia «8. Esta situación de decadencia es analizada por Crouch a partir de lo que define como el «momento democrático» por excelencia. Éste se produce tras la afirmación democrática o inmediatamente después de «una grave crisis del régimen», es decir, cuando «el entusiasmo por la participación política es máximo «9 y existe un compromiso colectivo por parte de los grupos sociales a todos los niveles para definir y alcanzar un bien común, «prioridades públicas que correspondan finalmente a sus necesidades», es decir, a las necesidades de todos esos grupos10. Afirmar que la democracia sólo nace realmente en el momento inmediatamente posterior a la instauración del régimen democrático, o tras su crisis radical, es atribuir a la democracia un carácter eventual; se le priva así de una profundidad temporal capaz de atribuirle duración. Dada la definición de democracia de Crouch, se deduce que la posdemocracia, lejos de ser una desviación en el curso de su evolución, es más bien una especie de destino.
Esta referencia al carácter destinal de la posdemocracia no es casual. Que éste es el horizonte en el que se mueve Crouch lo demuestra, de hecho, otro elemento, que hasta ahora ha permanecido en la sombra en el debate que ha acompañado a sus tesis. Se trata de la carga teórica relativa al prefijo «post», que el politólogo atribuye a las democracias occidentales contemporáneas. La misma parábola que describe el camino de la democracia a la posdemocracia, de hecho, puede encontrarse según Crouch en la relación que une la sociedad industrial y la posindustrial y, más en general, el mundo moderno y el posmoderno. Crouch afirma: «hoy hablamos a menudo de ‘post’: postindustrial, postmoderno, postliberal, postirónico. Post» evoca la idea de una sociedad que sabe lo que fue y lo que ya no será, pero que no sabe hacia dónde va. […] Inherente a ‘post’ está la idea básica de que el fenómeno en cuestión sigue una trayectoria parabólica. […] El fenómeno social nace, se hace cada vez más importante, alcanza un clímax y luego empieza a declinar. Como es evidente, la imagen de la parábola y el prefijo «post» representan, en Crouch, la idea de una superación, de un ir «más allá» -en sentido figurado, pero también temporal.
La tesis del politólogo británico provocó varias reacciones, tres de las cuales son relevantes a efectos del discurso que aquí se aborda. Stephen Welch rechazó la idea de un declive de la democracia, afirmando por el contrario la existencia de su exceso. Las sociedades occidentales contemporáneas, según Welch, son «hiperdemocráticas», es decir, atravesadas por una serie de reivindicaciones democráticas sobre cuestiones que se prestan mal a ser gobernadas a través de las instituciones propias de la democracia (incluida la ciencia). A lo que estamos asistiendo es, para Welch, a la politización de los supuestos «prepolíticos» de la democracia -por ejemplo, la naturaleza y el alcance del demos que ejerce el kratos-, con la consecuencia de una inclinación de las funciones decisorias12. Klaus von Beyme, por su parte, destacó en la propuesta de Crouch una limitación relacionada con un exceso de descripción (y pesimismo), y abogó por la recuperación de los temas normativos en la reflexión teórico-política para suplir ese exceso descriptivo de forma prescriptiva. Partiendo, por tanto, de la afirmación de la inexistencia de cualquier «edad de oro» de la democracia13 , von Beyme propone sustituir el término posdemocracia por el de «neodemocracia» y observar los correctivos ya existentes que garantizan, en cualquier caso, un desarrollo democrático de los procesos de toma de decisiones. El término «neodemocracia», en su perspectiva, pierde el pesimismo que inerva a la «posdemocracia» y logra enmarcar con mayor precisión los fenómenos de renovación democrática manifestados, por ejemplo, por el desarrollo de nuevos modelos de participación política compatibles con la democracia representativa aunque difieran de los esquemas clásicos14. Por último, Eduardo Mendieta cuestiona la validez del concepto de posdemocracia porque, afirma, «nunca hemos sido realmente democráticos «15: aunque la imagen de la parábola fuera correcta, lejos de haber alcanzado la cima e iniciado el descenso, para Mendieta nunca hemos iniciado realmente el ascenso.
Estas tres respuestas a la hipótesis de Crouch, en su conjunto, permiten reconectar el concepto de «posdemocracia» con sus raíces histórico-teóricas. El debate provocado por Crouch se ha centrado sobre todo en la segunda palabra -democracia-, considerando el prefijo «post» una especie de mero accidente. En realidad, como se ha observado, es precisamente la imagen evocada por este prefijo (la parábola) lo que cualifica cualitativamente el concepto. No es casualidad que el propio Crouch haya vinculado el concepto de «posdemocracia» a los de «posmodernismo» y «posmodernidad», que también son instrumentos que intervienen en el intento de conceptualizar una crisis -de la modernidad, antes que de la democracia- y que han suscitado un gran debate. No es de extrañar que en el caso de la crisis de la modernidad se encuentren tres posiciones similares a las mencionadas: el concepto de «posmodernidad» también ha encontrado contrapartidas en las ideas de «hipermodernidad», «neomodernidad» o en quienes han declarado la imposibilidad de definirse como modernos tout court.
Esta superposición de términos no es accidental, sino contextual. La referencia de Crouch a conceptos como «posmoderno» y «posindustrial» para explicar el significado de la idea de «posdemocracia» matiza esta última más de lo que el propio Crouch le atribuye. De hecho, ya en el debate de los años ochenta y noventa sobre la crisis de la modernidad se tematizó el problema de una «crisis de la democracia». La vertiente epistemológico-política de ese debate solapaba modernidad y democracia (al menos, ciertas interpretaciones de las mismas, no exentas de problemas) hasta tal punto que debatir la crisis de la primera era discutir la crisis de la segunda. Los pródromos del examen de la «posdemocracia» pueden encontrarse ya en la diatriba abierta por Jürgen Habermas y JeanFrançois Lyotard sobre la diferencia entre la forma en que la modernidad y la condición posmoderna piensan un concepto pivotal como el de «institución», un término clave por su posicionamiento intermedio entre sociedad y política16.
Si, en efecto, desde una perspectiva moderna (en plena sintonía con la tarea que la modernidad se ha dado a sí misma) la institución se caracteriza por su capacidad para estructurar y estabilizar políticamente la vida social, la concepción posmoderna invierte este carácter ordenador en un contraste continuo y centrífugo marcado por la persistencia del conflicto (Lyotard), más que por la consecución del consenso (Habermas). Es este cambio, del consenso al conflicto discursivo, lo que caracteriza la interpretación posmoderna de la democracia en sus diversas declinaciones17. A pesar de las diferencias entre estas perspectivas18, comparten la necesidad de repensar la relación entre sociedad y política democrática a la luz de una crisis que ha afectado tanto a la primera como a la segunda. Los «modernos», por su parte, reafirmaron la idea de la política como ordenadora de la sociedad, mecanismo sin el cual no serían posibles ni la democracia ni la emancipación19. Bajo estas diferentes perspectivas subyacen dos concepciones epistemológico-políticas diferentes, es decir, dos formas distintas de entender la relación entre conocimiento, verdad y política. Mientras que la perspectiva posmoderna se basa en una epistemología anárquica (especialmente Paul Feyerabend), en la visión moderna es la acumulación de conocimientos posibilitada por la consecución de un cierto grado de verdad objetiva lo que constituye la base de la acción política (y de la democracia). No es casualidad que en el debate contemporáneo el fenómeno de la posdemocracia vaya acompañado del de la posverdad20 y encuentre en la confluencia entre populismo no democrático y posmodernismo el signo de su concreción21.
2. Crisis de la democracia y neoliberalismo: de la Trilateral a la epistocracia
En este nivel del debate, la cuestión de la democracia (y, con ella, de la modernidad) se aborda desde un punto de vista normativo que, por un lado, universaliza la construcción occidental de las normas democráticas (es decir, asume como punto culminante del desarrollo democrático la democracia liberal construida en el contexto europeo y occidental en general) y, por otro, no aborda la cuestión de la crisis de la democracia en relación con las relaciones sociales y económicas existentes. Dicho de otro modo, tanto la posdemocracia de Crouch (y las críticas a la misma) como el debate sobre el vínculo entre la crisis de la modernidad y la crisis de la democracia en los años ochenta y noventa discuten la cuestión de la democracia dentro de una perspectiva que otorga a la dimensión de lo político una autonomía casi total. El propio hecho de que Crouch considere la posdemocracia a la luz de una intrusión de lo económico en lo político (los grupos de presión mencionados anteriormente) es indicativo de ello. Si, como argumenta Crouch, en la raíz del proceso posdemocrático se encuentra una superposición entre economía y política tal que esta última es ahora proclive a los intereses de la primera (hasta el punto de llevar a la mayoría de la población a desinteresarse de los procesos de toma de decisiones), podría pensarse que para volver a la democracia en su sentido más pleno bastaría con restaurar la autonomía de la política.
Sin embargo, tal hipótesis pasa por alto el entrelazamiento que existe entre ambas dimensiones, y la forma en que la propia política ha sido remodelada, transformada y revolucionada por la expansión del régimen neoliberal22. Desde una perspectiva económica (es decir, desde la perspectiva del modo de producción capitalista), la posdemocracia no es un problema sino, por el contrario, la solución a un problema. Esto es evidente si se escarba más y se retrocede hasta el pensamiento contemporáneo sobre la crisis de la democracia. En 1975, la Comisión Trilateral publicó su Informe sobre la Gobernabilidad de las Democracias bajo el emblemático título Crisis de la Democracia. Los autores del estudio, Michael Crozier, Samuel Huntington y Joji Watanuki, afirman en su introducción que consideran la crisis como un «cuestionamiento» de todo el orden político y económico de las sociedades occidentales. «Ruptura del orden civil», «desintegración de la disciplina social», «debilidad de los dirigentes» y «alienación de los ciudadanos» son los epifenómenos que caracterizan esta crisis de la democracia23, a los que se añaden tres tipos de amenazas24: contextuales (es decir, derivadas del entorno exterior), sociales (la «cultura antagonista») e intrínsecas (ligadas al sistema democrático por su naturaleza)25 . La crisis, según este análisis, se abre en el momento en que emerge el dilema básico de la gobernabilidad democrática: es decir, cuando las demandas aumentan pero las posibilidades (especialmente las económicas) se estancan. El hiato entre las presiones (demandas) y las posibilidades de su realización determina el momento crítico de las democracias.
Los análisis individuales desarrollados por los autores examinan tres contextos diferentes (Europa, Estados Unidos y Japón), pero coinciden en el diagnóstico común: es la democratización sustantiva la que ha provocado la crisis de la democracia. En otras palabras, el problema de las democracias occidentales en el momento álgido de principios de los años setenta es, paradójicamente, un exceso de democracia, un exceso de reivindicaciones democráticas y de espacios democratizados. Esto ha conducido a una deslegitimación del principio de autoridad política (al que ya no se reconoce capacidad para responder a las necesidades de la sociedad) y a una sobrecarga del funcionamiento gubernamental, todo ello en detrimento de la gobernabilidad26. Al igual que en el diagnóstico, los análisis de Crozier, Huntington y Watanuki también coinciden en el pronóstico y la cura. Si las democracias occidentales quieren superar la crisis en la que se encuentran, necesitan adoptar «modelos más flexibles que puedan generar un mayor control social con una menor presión coercitiva «27 para restablecer el equilibrio entre la viabilidad y la gobernabilidad del sistema democrático mediante la adopción de un conjunto de «límites potencialmente deseables a la expansión indefinida de la democracia política «28. Desde este punto de vista, la consideración de Japón es indicativa. La ausencia de una crisis profunda de su democracia se explica, de hecho, a partir de la presencia en la sociedad japonesa de una fuerte reserva de valores tradicionales, la obediencia en primer lugar29.
No se requiere una interpretación audaz para afirmar que el blanco principal de las críticas avanzadas por la Trilateral está constituido, en el plano teórico, por la igualdad que acompaña a la idea misma de democracia, y en el plano histórico, por los movimientos sociales que, durante los años sesenta y principios de los setenta, animaron las reivindicaciones de los estudiantes, de la clase obrera, de las mujeres, de los colonizados y de las minorías oprimidas en general. Los propios autores lo dejan explícitamente claro:
el espíritu democrático es igualitario, individualista, populista e intolerante con las diferencias de clase y las condiciones sociales. La difusión de este espíritu reduce las amenazas que tradicionalmente han supuesto para la democracia grupos como la aristocracia, la iglesia y el ejército. Al mismo tiempo, sin embargo, un espíritu democrático demasiado extendido e intrusivo puede suponer una amenaza inherente y socavar todas las formas de asociación, aflojando los lazos sociales que rigen la familia, la empresa y la comunidad. Toda organización social requiere, en cierta medida, disparidades de poder y diferencias de función. En la medida en que la naturaleza democrática erosiona todos estos componentes a medida que se extiende, ejerciendo una influencia niveladora y homogeneizadora, destruye los cimientos de la confianza y la cooperación entre los ciudadanos y obstaculiza la posibilidad de colaboración para un fin común30.
Gianni Agnelli, autor del prefacio de la edición italiana del Informe, destaca una de las principales cuestiones del mismo. De hecho, en las primeras líneas de su texto, Agnelli recuerda que la Trilateral es un «organismo privado» dedicado, sin embargo, a la persecución de «intereses comunes de los países que se encuentran dentro del área geográfica y sociopolítica considerada «31 – es decir, como se señala repetidamente, Occidente32. Habría que reflexionar sobre la posibilidad de que un organismo privado pueda formular un interés efectivamente común y razonar sobre el riesgo de que, en cambio, su acción consista en la capacidad de hacer pasar por común un interés privado. Sin embargo, el texto de Agnelli no plantea tal problema. Al contrario, y ahí radica su importancia en este contexto, avanza aún más directamente por la vía trazada por la Trilateral. Según Agnelli, de hecho, lo que es importante destacar del Informe es que «el concepto de democracia, por su propia naturaleza, tiende a escapar a cualquier análisis sistemático», y por lo tanto, si se quiere hablar de democracia hay que «examinar las estructuras a través de las cuales se expresa el ‘método democrático’ de gobernar la sociedad «33. También Agnelli, a raíz del Informe, afirma la necesidad de superar la crisis de la democracia mediante un desplazamiento de la cuestión de la sustancia conceptual de la democracia a la forma aplicativa de su funcionamiento. En otras palabras, desplazar el análisis del plano de la democracia al de la gobernabilidad permite superar la crisis de la primera y orientar más provechosamente la acción de la segunda. Todo ello con el fin de transformar las «líneas de conflictividad» que atravesaron las sociedades occidentales (la italiana in primis) en los años setenta en «líneas de cooperación «34.
Esta afirmación, con la que concluye (casi simbólicamente) el prefacio de Agnelli, tiene el mérito de enmarcar inmediatamente el punto de vista desde el que se mueven los análisis de la Trilateral. En efecto, la cuestión de la democracia y de su crisis no se aborda por razones puramente teóricas, sino con el fin de encontrar la forma de reiniciar el crecimiento económico capitalista, cuyos diversos procesos de extracción y acumulación de valor habían sido bloqueados, de forma más o menos radical, por los movimientos que expresan esa «cultura antagonista» que la Trilateral incluye entre las «amenazas» internas a la democracia. Dicho de otro modo, la crisis de la democracia a la que la Trilateral busca una solución no concierne tanto a la forma democrática de gobierno como a su capacidad para convertirse en garante político de la validez y legitimidad de las relaciones sociales y económicas que se desarrollan en su seno.
El informe para la Comisión Trilateral se debatió y publicó en 1975. Michel Foucault aún no había profundizado en sus reflexiones sobre el concepto de «gubernamentalidad» y neoliberalismo (tema central de sus cursos en el Collège de France en el periodo 1977-1979)35 , pero la posibilidad de superponer sus conferencias a la continua referencia a la «gobernabilidad» que se encuentra en el Informe es evidente. Las décadas que siguieron a la publicación del texto fueron testigos de una continua aplicación de políticas neoliberales que se orientaban precisamente en torno a los ejes identificados en el Informe, con el objetivo de resolver la crisis de la democracia restableciendo la capacidad de la forma democrática de gobierno para gestionar la acumulación de capital. Mientras que, por un lado, los procesos de democratización se han ido conteniendo gradualmente, por otro, a nivel formal esto no ha conducido a un cambio de régimen en las formas de gobierno de los países occidentales, que todavía pueden, en este sentido, decirse que son democráticos. Por lo tanto, desde el punto de vista de la Trilateral, puede decirse que la crisis de la democracia se ha resuelto. Crouch, sin embargo, da a esta solución el nombre de «postdemocracia» y la califica de problema. Mientras que para este último la parábola democrática comienza su descenso precisamente en el momento en que la democracia se vacía de sus supuestos sustanciales dejando intactos los formales, para el trilateral este proceso constituye una cura, y no un mal, para la democracia.
Para captar plenamente el carácter ambiguo de una crisis que representa para unos (la Trilateral) una solución, mientras que para otros (Crouch) un problema, conviene señalar que, al final, con su Informe, los autores de La crisis de la democracia han vuelto a proponer la idea del «gobierno de todos» como fuente de desorden. Dada la imposibilidad de deducir de este supuesto una preferencia explícita por otras formas posibles de gobierno -monarquía, aristocracia, oligarquía, etc.-, no es posible deducir una preferencia clara por el «gobierno de todos» como fuente de desorden. – Ante la imposibilidad de deducir de este supuesto una preferencia explícita por otras formas posibles de gobierno -monarquía, aristocracia, oligarquía, etc.- debido a la carga política, histórica y valorativa que pesa sobre el concepto de «democracia» en la época contemporánea, Huntington, Crozier y Watanuki optaron por una transformación subrepticia de la democracia que pasa por un estrechamiento de la semántica democrática limitada ahora a su vertiente formal y procedimental36. No es de extrañar, pues, que su solución descanse en la reintroducción de elementos de mediación capaces de debilitar la reivindicación de las demandas sociales y de neutralizar el conflicto, portador del desorden. Los «límites potencialmente deseables a la expansión indefinida de la democracia política» de los que hablan los autores no son otra cosa que instrumentos capaces de debilitar el empuje democrático, devolviendo así el orden a la sociedad.
No es casualidad que en la discusión contemporánea sobre la llamada «epistocracia» se utilicen repetidamente metáforas e imágenes referidas a contextos desordenados (sucios incluso). «Pedir a todo el mundo que vaya a votar es como pedir a todo el mundo que tire la basura «37, afirma Jason Brennan en una obra emblemáticamente titulada Contra la democracia. La tesis del politólogo estadounidense es sencilla: la democracia está en crisis como consecuencia de la extensión cuantitativa del derecho de voto. En resumen: es el sufragio universal el que ha hecho entrar en barrena a la democracia, porque no ha ido acompañado de la extensión de lo que el autor denomina «el principio de competencia «38 . El electorado es «ignorante, irracional, perjudicado, inmoral, corrupto «39, es decir, vela por su propio interés aunque ello perjudique al bien común40 (la asonancia con la consideración aristotélica de la democracia como forma corrupta de gobierno es evidente).
Por ello, Brennan propone sustituir la democracia por una epistocracia, una forma de gobierno en la que se aplique el «principio de competencia» y se seleccione al electorado sobre la base de la superación de un «examen de aptitud para votar «41 estructurado a semejanza del examen de ciudadanía, o que contenga «una serie de acertijos lógicos y matemáticos», o la exigencia de «identificar al menos el 60% de los países de un mapa «42, u otras fórmulas similares. Una prueba de este tipo habría que contemplarla, según Brennan, no sólo en el caso de una «epistocracia con voto restringido», sino también en el esquema híbrido de un «sufragio universal con veto epistocrático «43 , donde, es decir, «el sistema tiene los mismos órganos e instituciones políticas que encontramos en una democracia normal: el sufragio es igual sin restricciones; todos los ciudadanos tienen derecho a votar y a presentarse a cargos públicos. Estas libertades políticas están garantizadas. Pero el sistema también prevé un consejo epistocrático, un órgano deliberativo formalmente epistocrático «44, abierto a cualquiera que supere la prueba antes mencionada, con el poder de «deshacer las leyes «45. Lo interesante aquí, más allá de la propuesta concreta y sus limitaciones, es que se presenta como un sustituto mejorador de una forma de gobierno (la democracia) incapaz de proporcionar orden y estabilidad a la sociedad. Brennan se esfuerza en reiterar que la propuesta de una acción epistocrática implementada sobre las decisiones democráticas (y a costa de ellas) constituye un correctivo, una mejora de la propia democracia, eliminando sus defectos y preservando (al menos formalmente) sus méritos46.
La propuesta de Brennan se mueve en la misma línea que el Informe Trilateral. También en este caso, la responsabilidad de la crisis de la democracia recae en un exceso de democratización: el sufragio universal sin condiciones. Y, una vez más, la solución propuesta es una restricción de los derechos adquiridos combinada con una procedimentalización formal del proceso de gobierno. Brennan, en otras palabras, da un nombre – epistocracia – a la solución concebida por la Trilateral, radicalizando sus supuestos. No cuestiona las condiciones materiales subyacentes al problema que plantea (la falta de conocimientos y habilidades del electorado), no propone (por ejemplo) como solución un aumento del gasto público en educación para transmitir pedagógicamente esas habilidades cívicas a la mayoría de la población, sino que pretende resolver el problema en su raíz simplemente quitando poder de decisión al cuerpo electoral, y restringiéndolo.
3. Crítica a la epistocracia
Brennan, después de todo, presenta una versión actualizada del «gobierno provisional», una idea basada en la convicción de que es «ridículo pensar que se puede confiar en la capacidad de la gente corriente para comprender y defender sus propios intereses, por no hablar de los intereses de la sociedad en su conjunto «47 . La crítica de Robert A. Dahl a esta perspectiva se articula en un plano lógico-formal. En pocas palabras, afirma la imposibilidad de realizar real y concretamente un «gobierno de los sabios», y ello por dos razones: a) la inexistencia de una ciencia compuesta de verdades «objetivamente válidas y validadas «48 (ciencia que debería, según la teoría del gobierno de los guardianes, ser el fundamento del conocimiento de los sabios); y b) la imposibilidad de demostrar que, aunque existiera tal ciencia, sólo sería accesible a una pequeña minoría de personas (y no, al menos en principio, a todos). En resumen, como ambos presupuestos lógicos del «gobierno de los guardianes» resultan ser falsos (pero el argumento se sostiene aunque sólo lo fuera uno de ellos), todo el argumento que lo sostiene se derrumba. Por estas razones, la epistocracia (el «gobierno de los guardianes») se presenta a los ojos de Dahl como una perspectiva limitadora, y sobre la base de estas consideraciones llega finalmente a afirmar que esta propuesta debe rechazarse «porque obstaculiza el desarrollo de las capacidades morales de todo un pueblo», mientras que la democracia ofrece «la esperanza -negada desde el principio por el gobierno de los guardianes- de que, al comprometerse en el autogobierno, todos (y no sólo algunos) puedan aprender a actuar como seres humanos moralmente responsables».
Más allá de la lógica, en un nivel más concreto, la epistocracia de Brennan manifiesta lo que Jacques Rancière ha denominado «odio a la democracia «50 . Gracias a la reflexión del filósofo francés, es posible hacer una crítica del «gobierno provisional» que afecta a la sustancia del concepto de «democracia». Rancière afirma que en la raíz del odio a la democracia se encuentra «una tesis muy simple: sólo hay una democracia buena, la que detiene la catástrofe de la civilización democrática «51. El Informe Trilateral muestra la razón de ser de tal afirmación, pero lo interesante del argumento de Rancière es el hecho de que parte de una premisa radicalmente distinta a la que ha animado la discusión sobre la crisis de la democracia observada hasta este momento. Para el francés, «la democracia nunca se identifica con una forma jurídico-política», ya que «el poder del pueblo está siempre de este lado o más allá «52 de tal forma y de sus posibles declinaciones. Lo que confiere a la democracia este estatuto es el sufragio universal en una condición de igualdad formal del electorado: la democracia no puede funcionar «sin referirse en última instancia a ese poder de los incompetentes que funda y niega el poder de los competentes, a esa igualdad necesaria para el funcionamiento mismo de la máquina de la desigualdad «53. Ahí radica el «escándalo de la democracia»:
algunos gobiernan porque son más viejos, más nobles, más ricos o más sabios. Existen modelos de gobierno y prácticas de autoridad basados en tal o cual distribución de roles y competencias. Es esa lógica la que propuse pensar bajo el término policía. Pero si el poder de los mayores ha de ser algo más que una gerontocracia, si el poder de los ricos ha de ser algo más que una plutocracia, si los ignorantes han de entender que las órdenes de los sabios han de ser obedecidas, su poder debe basarse en un requisito adicional, en el poder de quienes no tienen cualidades que les predispongan a gobernar más que a ser gobernados. El poder debe convertirse en político. Y el poder político significa, en última instancia, el poder de aquellos que no tienen ninguna razón natural para gobernar sobre aquellos que no tienen ninguna razón natural para ser gobernados. En última instancia, el poder de los mejores sólo puede legitimarse a través del poder de los iguales54.
Esta perspectiva derriba las premisas de cualquier hipótesis epistocrática y ataca su fundamento, a saber, la naturalidad de la desigualdad. Por el contrario, dice Rancière, «democracia» es el nombre que define una condición paradójica de la política, en la que «toda legitimidad se confronta con su ausencia de legitimidad última, con la contingencia igualitaria que sostiene la contingencia desigual «55. En esta paradoja reside, según Rancière, la razón del odio que provoca.
4. Igualdad y colectividad: algunas conclusiones
La reflexión de Rancière tiene el mérito de explicitar lo que está en juego en este debate: una interpretación sustancial del concepto de «democracia» y de su vínculo con la igualdad. Sin embargo, a pesar de su radicalidad, también muestra una limitación similar a la de las tesis sobre la posdemocracia, en el sentido de que se esfuerza por enmarcar la dimensión histórica y social del fenómeno que describe, representado por el neoliberalismo y la forma en que ha remodelado las relaciones entre política y economía. Sin dejar de tener esto en cuenta, Rancière parece subestimar el impacto del Informe Trilateral, que ya en 1975 esbozaba las características de las futuras democracias occidentales. Si nos tomamos en serio las afirmaciones del Informe, no podemos pensar que la solución viable para resolver la crisis de la democracia resida simplemente en reafirmar el estatus ontológico de la política democrática, su «paradojalidad».
En este punto, las reflexiones de Wendy Brown vienen al rescate, permitiéndonos explorar cómo, en el neoliberalismo, estas dos dimensiones no sólo están interrelacionadas, sino subyugadas por la «razón neoliberal». El neoliberalismo, según Brown, se distingue del liberalismo precisamente por haber superado las autonomías relativas de ambas esferas, con la consecuencia de que todo el espacio público (servicios, infraestructuras, etc.) se ha visto normalizado por la lógica del cálculo económico y del beneficio. Pero esto no ha supuesto una simple sumisión de lo político a lo económico, sino una verdadera redefinición de lo primero por lo segundo. Se trata de un proceso que Brown ha denominado «desdemocratización «56 o «economización» de la vida política57 , que ha conducido a la afirmación de políticas antidemocráticas debido al vaciamiento progresivo de los fundamentos de la democracia, empezando por la igualdad58. Sheldon Wolin ha dado a este proceso el nombre de «totalitarismo invertido «59.
Aunque estas reflexiones tienen el mérito de centrarse en el problema de la crisis de la democracia en toda su magnitud, ya que consideran central el elemento de la desigualdad en relación con las transformaciones socioeconómicas que han tenido lugar en el contexto del régimen neoliberal, su limitación radica en un exceso de tragicismo. Étienne Balibar las ha calificado de «visiones apocalípticas «60 , ya que señalan la existencia de una crisis que se cree irreversible, tras la cual «ya no será posible volver a los modos de acción anteriores «61. En este sentido, tales perspectivas comparten con el paradigma crouchiano de la posdemocracia la idea de un carácter destinal de la democracia. Por el contrario, Balibar propone «democratizar la democracia» en el sentido de un «devenir institucional» de sus principios fundadores. Se trata, para Balibar, de un diferencial «con respecto a las prácticas actuales de la política, o mejor dicho: un diferencial que disloca las prácticas políticas de tal manera que aborda abiertamente la deficiencia democrática de las instituciones existentes [ante todo, por el lado de la desigualdad] y las transforma de manera más o menos radical «62. Esto significa ampliar los derechos sociales, civiles y políticos de una ciudadanía concebida en términos de «insurrección «63.
El mérito de la reflexión de Balibar reside en que considera la igualdad no sólo en términos de principio, sino a partir de los efectos prácticos que provoca (de ahí la reflexión sobre la ciudadanía) y que se expresan en la posibilidad de formas de acción colectiva capaces de transformar las relaciones sociales.
Lo que el Informe Trilateral y las hipótesis epistocráticas tienen en común, de hecho, es el rechazo de esta posibilidad. La reducción cuantitativa y cualitativa de las pulsiones democráticas y de los procesos de legitimación política pretende precisamente privar al cuerpo social de su importancia en los procesos de toma de decisiones. Tanto la hostilidad expresada por los autores del Informe hacia la «cultura antagonista» como la idea de Brennan de que la participación política y la politización deben abandonarse por corruptoras, portadoras de enemistad y divisorias64 atacan el mismo objetivo polémico, a saber, la acción (y reivindicación) colectiva en nombre de una igualdad tendencial a la que se aspira.
Como se puede adivinar, lo que está en juego no es sólo la cuestión de la democracia, sino de la política tout court. Por un lado, en efecto, «dentro del programa neoliberal, la democracia no es un valor en sí mismo, sino un medio para alcanzar el fin de la sociedad de libre mercado «65 , como demostraron el Informe Trilateral y la Epistocracia. Por otra parte, «los individuos neoliberales no pueden acceder en modo alguno a una forma de acción colectiva y corren constantemente el riesgo de dejar a la sociedad sin dirección «66 , en un marco en el que «no es tanto el cambio de función de la forma política democrática lo que se cuestiona, sino la propia utilidad de la política como forma de llegar a decisiones colectivamente vinculantes «67. Por esta razón, «la tensión hacia la descentralización no es un valor en sí mismo, sino un medio para el fin de la sociedad de libre mercado». Por este motivo, «la tensión hacia la despolitización de lo colectivo puede […] coexistir con las instituciones democráticas», ya que «su verdadero objetivo es el movimiento hacia la democratización de la sociedad y no la democracia como régimen «68. Por la misma razón, no basta con calificar a las sociedades occidentales contemporáneas de «posdemocráticas», ya que esta formulación no capta la especificidad y la radicalidad del ataque neoliberal a la igualdad. Hablar de «desdemocratización» ayuda a resolver este problema, siempre que consideremos la igualdad no sólo en términos de principio, sino como un concepto dotado de una dinámica práctico-política, es decir, capaz de expresar a través de la acción colectiva y la reivindicación una crítica social al ordenamiento de la política.
En palabras de Balibar, «es necesario volver, desde una perspectiva democrática, es decir, desde abajo, a la cuestión fundamental que Hobbes, en los albores de la filosofía política moderna, planteó desde una perspectiva desde arriba, es decir, desde el punto de vista de una identificación completa entre la «esfera pública» (commonwealth) y el poder soberano: la cuestión de un procedimiento colectivo para la adquisición del poder en la forma de su transferencia, o de su comunicación «69. Retomar esta cuestión desde abajo significa repensar las categorías fundamentales de la democracia a la luz del giro provocado por el neoliberalismo. Esto, por otra parte, no significa hipostasiar estas categorías, ni reivindicar su naturaleza auténtica, pura, original, que el neoliberalismo habría corrompido de alguna manera. ¿Qué significado adquiere el demos en el marco del individualismo neoliberal y cómo se ha remodelado su kratos a la luz de la multiplicación global de poderes y del progresivo agotamiento del monopolio de la soberanía del Estado moderno? Para esbozar respuestas a estas preguntas, es necesario volver críticamente al aparato conceptual de la democracia y a las aporías y contradicciones que conlleva70 para concebir la «crisis de la democracia» en el sentido de «democracia como crisis». No, por tanto, como un problema (Crouch), ni siquiera como una solución (Trilateral, epistocracia), sino como una oportunidad: la oportunidad que se abre cuando la semántica democrática cuestiona el proceso de individualización y despolitización en el que se han investido las sociedades occidentales en los últimos cuarenta años.

Notas

1 Cfr. F. KOSTELKA – A. BLAIS, The generational and institutional sources of the global decline in voter turnout, «World Politics», 73, 4/2021, pp. 629-667. Le cifre riportate dagli autori e relative all’affluenza elettorale raccontano di un calo di oltre il dieci per cento (dal 77 per cento di affluenza media negli anni Sessanta ameno del 67 per cento dal 2010 a oggi).
2 A. BRANDALISE, Democrazia e decostituzionalizzazione, «Filosofia politica», 3/2006, pp. 403-414. Cfr. anche H. HOFMANN, Riflessioni sull’origine, lo sviluppo e la crisi del concetto di costituzione, in S. CHIGNOLA – G. DUSO, Sui concetti giuridici e politici della costituzione dell’Europa, Milano, FrancoAngeli, 2005, pp. 227-237. Sulla «frammentazione giuridica» come possibilità di emancipazione, e dunque come un elemento democratizzante, cfr. S. CHIGNOLA, Introduzione, in S. CHIGNOLA (ed), Il diritto del comune. Crisi della sovranità, proprietà e nuovi poteri costituenti, Verona, ombre corte, 2012, pp. 7-14.
3 L. BASSO, Trasformazioni della democrazia e percorsi soggettivi, in F. TUCCARI – G. BORGOGNONE (eds), La sovranità. Trasformazioni e crisi in età contemporanea, Roma, Carocci, 2021, p. 89.
4 Cfr. International Institute for Democracy and Electoral Assistance (IDEA), Voter Turnout Trends around the World, rapporto 2016, p. 25, fig. 4.
5 C. CROUCH, Coping with Post-Democracy, London, Fabian Society, 2000; Post-Democracy, Cambridge, Polity Press, 2004; Post-Democracy After the Crisis, Cambridge, Polity Press, 2020.
C. CROUCH, Post-Democracy, p. 1; trad. it. Postdemocrazia, Roma-Bari, Laterza, 2005, p. 3. Nel 2020 Crouch ha tuttavia corretto il dato: se nel 2006 il 13 per cento della popolazione mondiale viveva in paesi «pienamente democratici» secondo il Democracy Index, nel 2017 l’indice «è precipitato al 4,5 per cento», a ulteriore conferma di una «crisi» della democrazia (C. CROUCH, Post-Democracy. After the Crisis, p. xv; trad. it. Combattere la postdemocrazia, Roma-Bari, Laterza, 2020, p. xii.
7 Ivi, pp. 19-20; trad. it. pp. 25-26.
8 Ibidem.
9 Ivi, p. 7; trad. it. p 10.
10 Ibidem.
11 C. CROUCH, Post-Democracy. After the Crisis, p. 1; trad. it. Combattere la postdemocrazia, p. 4.
12 W. WELCH, Hyperdemocracy, New York, Palgrave Macmillan, 2013.
13 K. VON BEYME, From Post-Democracy to Neo-Democracy, Berlin, Springer, p. 102.
14 Ivi, p. 112.
15 E. MENDIETA, Post-democracy. From the depoliticization of citizens to the political automata of perpetual war, «Juncture», 22, 3/2015, pp. 203-209.
16 Sul punto cfr. E. ZARU, Crisi della modernità. Storia, teorie e dibattiti (1979-2020), Pisa, ETS, 2022, pp. 95-105.
17 Per esempio, la «democrazia infondata» di Rorty, l’agonismo politico di Chantal Mouffe, il populismo di Ernesto Laclau (cfr. R. RORTY, Contingency, Irony, and Solidarity, Cambridge, Cambridge University Press, 1989; C. MOUFFE, The Democratic Paradox, London, Verso, 2005; On the Political, London-New York, Routledge, 2005; E. LACLAU, On Populist Reason, London, Verso, 2005).
18 Differenze anche radicali: per l’anti-fondazionalismo di Rorty è impossibile parlare di «scopi democratici», mentre il post-fondazionalismo di Mouffe e Laclau tenta (non senza qualche difficoltà) un ripensamento dei presupposti della democrazia, ma non dei suoi obiettivi.
19 Cfr. S. BENHABIB, Democracy and Difference, Princeton, Princeton University Press, 1996; S. WOLIN, Fugitive Democracy and Other Essays, a cura di N. Xenos, Princeton-Oxford, Princeton University Press, 2016.
20 L. MCINTYRE, Post-Truth, Cambridge (MA), MIT Press, 2018, pp. 123 ss.
21 M. MCMANUS, The Rise of Post-Modern Conservatism, Cham, Palgrave Macmillan, 2019.
22 W. BROWN, Neoliberalism and the End of Liberal Democracy, «Theory&Event», 7, 1/2003, pp. 1-43.
23 M.J. CROZIER – S.P. HUNTINGTON – J. WATANUKI, The Crisis of Democracy, New York, New York University Press, 1975, p. 2; trad. it. La crisi della democrazia, Milano, Franco Angeli, 1977, p. 20.
24 Nell’edizione in lingua originale si parla di «challenges», ma è evidente che si tratta di sfide (come da traduzione letterale) che, nell’ottica degli autori, mettono a dura prova la tenuta dell’intero sistema, da cui la decisione di rendere in lingua italiana con il termine «minacce».
25 Ivi, pp. 3-8; trad. it. pp. 21-24.
26 Ivi, p. 162; trad. it. p. 149.
27 Ivi, p. 55; trad. it. pp. 63-64.
28 Ivi, p. 115; trad. it. p. 110.
29 Ivi, p. 152; trad. it. p. 142.
30 Ivi, pp. 162-163; trad. it. p. 149.
31 G. AGNELLI, Prefazione, in M.J. CROZIER – S.P. HUNTINGTON – J. WATANUKI, La crisi della democrazia, p. 11.
32 Ivi, p. 12.
33 Ivi, p. 13.
34 Ivi, p. 14.
35 Cfr. M. FOUCAULT, Sécurité, territoire, population, Paris, Seuil-Gallimard, 2004 (trad. it. Sicurezza, terri- torio, popolazione, Milano, Feltrinelli, 2005); Naissance de la biopolitique, Paris, Seuil-Gallimard, 2004 (trad. it. Nascita della biopolitica, Milano, Feltrinelli, 2005).
36 Un aspetto, questo, che secondo Luigi Ferrajoli si riscontra anche nella politologia italiana di quegli anni, da Bobbio a Sartori (cfr. L. FERRAJOLI, Principia iuris, Roma-Bari, Laterza, 2007). Sul punto, cfr. S. CINGARI, Postfazione, in S. CINGARI – A. SIMONCINI (eds), Lessico postdemocratico, Perugia, Perugia Stranieri University Press, 2016, p. 219.
37 J. BRENNAN, Premessa, in Contro la democrazia, Roma, Luiss University Press, 2018, p. 36.
38 «Si presume che se le decisioni di un corpo deliberativo incompetente, o decisioni prese in maniera incompetente o in cattiva fede, privano i cittadini della vita, della libertà o della proprietà, o danneggiano significativamente le loro aspettative di vita, siamo davanti a un’ingiustizia e a una violazione dei loro diritti» (J. BRENNAN, Against Democracy, Princeton-Oxford, Princeton University Press, 2016, pp. 141-142; trad. it. R. Bitetti, F. Morganti, Contro la democrazia, , p. 190). Brennan non sembra considerare la possibilità che alcune decisioni possano «privare» alcuni cittadini, ma favorirne altri (cioè, egli pare non accorgersi del fatto che la società è popolata da interessi diversi e spesso contrapposti).
39 Ivi, p. 158; trad. it. p. 207.
40 Ibidem.
41 Ivi, p. 211; trad. it. p. 262.
42 Ivi, p. 212; trad. it. p. 263.
43 Ivi, p. 215; trad. it. p. 266.
44 Ivi, pp. 215-216; trad. it. pp. 266-267.
45 Ivi, p. 216; trad. it. p. 267.
46 «Il suffragio universale con veto epistocratico sembra offrire quello che c’è di desiderabile in una epistocrazia senza per questo essere una epistocrazia. Inoltre, offre molto di quello che c’è di desiderabile in una democrazia, fornendo allo stesso tempo dei contrappesi all’irrazionalità e all’incompetenza democratica» (Ivi, p. 220; trad. it. p. 271).
47 R.A. DAHL, Democracy and its Critics, New Haven-London, Yale University Press, 1989, p. 53; trad. it. La democrazia e i suoi critici, Roma, Editori Riuniti, 1990, p. 77.
48 Ivi, p. 65; trad. it. p. 99.
49 Ivi, p. 79; trad. it. p. 120.
50 J. RANCIÈRE, La haine de la démocratie, Paris, La fabrique, 2005; trad. it. di A. Moscati, L’odio per la democrazia, Napoli, Cronopio, 2007.
51 Ivi, p. 10; trad. it. p. 10.
52 Ivi, p. 62; trad. it. p. 67.
53 Ibidem. Sul punto cfr. anche P. ROSANVALLON, La société des égaux, Paris, Éditions du Seuil, 2011; trad. it. a cura di A. Bresolin, La società dell’uguaglianza, Roma, Castelvecchi, 2013.
54 Ivi, p. 54; trad. it. p. 58.
55 Ivi, p. 103; trad. it. p. 113.
56 W. BROWN, Neoliberalism and the End of Liberal Democracy, Cfr. anche American Nightmare: Neo- conservatism, Neoliberalism and the De-Democratization, «Political Theory», 34, 6/2006, pp. 690-714.
57 W. BROWN, Undoing the Demos, New York, Zone Books, 2015, p. 17.
58 W. BROWN, In the Ruins of Neoliberalism. The Rise of Antidemocratic Politics in the West, New York, Columbia University Press, p. 23.
59 S. WOLDIN, Democracy Incorporated. Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism, Princeton-Oxford, Princeton University Press, 2008. Va specificato che sia Brown sia Wolin affermano di riferire le loro analisi al contesto nord-americano, ma le fondamenta teorico-politiche del loro ragionamento e l’affermazione pressoché globale del neoliberalismo consentono una sua estensione.
60 É. BALIBAR, Cittadinanza, Torino, Bollati Boringhieri, 2012, pp. 142-143.
61 Ivi, p. 138.
62 Ivi, p. 161.
63 Ivi, p. 170: «l’insurrezione, nelle sue diverse forme, è la modalità attiva della cittadinanza: quella che la inscrive negli atti. Si può dire dunque che il “risultato finale” è una funzione del “movimento”, che è la vera modalità di esistenza della politica. E al tempo stesso non si può pensare che esista un giusto mezzo tra l’insurrezione e la de-democratizzazione o la degenerazione della politica. Insurrezione vuol dire conquista della democrazia o diritto ad avere dei diritti, ma ha sempre come contenuto la ricerca (e il rischio) dell’emancipazione collettiva e della potenza che questa conferisce ai suoi partecipanti, in contrapposizione all’ordine costituito che tende a reprimere questa potenza».
64 J. BRENNAN, Against Democracy, pp. 54 e ss., pp. 231 e ss.; trad. it. a cura di R. Bitetti, F. Morganti, Contro la democrazia, p. 97 e ss., pp. 283 e ss.
65 M. RICCIARDI, La fine dell’ordine democratico. Il programma neoliberale e la disciplina dell’azione collettiva, in R. BARITONO – M. RICCIARDI (eds), Strategie dell’ordine: categorie, fratture, soggetti, «Quaderni di Scienza&Politica», 8/2020, p. 299.
66 Ivi, p. 300.
67 Ibidem.
68 Ivi, pp. 301-302.
69 É. BALIBAR, Cittadinanza, pp. 152-153.
70 Cfr. G. DUSO, La democrazia e il problema del governo, «Filosofia politica», 3/2006, pp. 367-390. Si veda anche G. DUSO (ed), Oltre la democrazia, Roma, Carocci, 2004.

3. Amor y resistencia

La escritora Susan Abulhawa estuvo recientemente en Gaza y ha ido publicando algunos textos sobre su experiencia. Algunos son terribles, como el titulado «En los suelos del genocidio: arena, mierda, carne en descomposición y zapatillas desaparejadas» [https://electronicintifada.], pero prefiero esta historia de amor y resistencia. Ojalá «Layan» y «Laith» vuelvan a encontrarse. https://electronicintifada.

Una historia de amor y resistencia
Susan Abulhawa La Intifada Electrónica 12 de marzo de 2024
Layan yace en una cama de hospital con las extremidades rotas y quemadas, unidas con varillas metálicas de fijación externa, injertos de piel y vendajes.
Sus heridas son tales que Layan (nombre ficticio) está inmovilizada en decúbito prono y no puede moverse, salvo para girar la cabeza de un lado a otro, un medio giro que desplaza su vista desde una pared, a través de la sábana de la cama hasta una habitación llena de otras mujeres -como ella- cuyas vidas y cuerpos han quedado destrozados para siempre por las bombas y las balas israelíes.
Una mujer duerme en el suelo junto a la cama de Layan para cuidarla, porque el hospital no tiene personal suficiente. La llamaré Ghada para disimular su nombre.
Enseguida me queda claro que son parientes, ambas tienen poco más de veinte años. «Hermanas», me confirman.
Incluso en su peor momento, son increíblemente bellas. Por su seguridad, no describiré sus rasgos físicos, pero poseen otro tipo de belleza que sólo se siente.
Está en la forma en que se cuidan con ternura, bromean y ríen en un mundo que les crea una y otra vez la miseria.
Está en cómo me acogieron en su estrecho círculo, me esperaban a diario para visitarlas y, finalmente, me confiaron información preciosa, que ahora me han dado permiso para narrar.
Nada se publicará sin su aprobación previa. Los detalles identificativos se alteran u omiten a pesar de que se trata sólo de una historia de amor, porque incluso el amor palestino se percibe como una amenaza.
La suya no es una historia de amor extraordinaria, no del tipo dramático prohibido que da para obras o películas de Shakespeare.
De hecho, es lo suficientemente común como para que pueda decirse que es aburrida. Salvo que el amor de la vida de Layan, su amado esposo Laith (nombre ficticio), es un luchador de la resistencia palestina, un grupo tan vilipendiado y deshumanizado en el discurso popular occidental que la mayoría apenas puede imaginar que posean sensibilidad o capacidad para amar.
Ghada masajea el cuello y los hombros de Layan mientras yo sostengo a la vista el móvil que comparten, pasando las fotos siguiendo las instrucciones de Layan.
Son fotos de su vida con Laith en los buenos tiempos. Reuniones familiares, paseos por la playa, abrazos cariñosos, poses felices, selfies sonrientes.
Me doy cuenta de que ambas mujeres han adelgazado mucho e imagino que Laith aún más. En las fotos, es guapo, con unos ojos amables que destilan generosidad.
La forma en que mira a Layan en algunas de las fotos es dolorosamente tierna.
«Retrocede una foto», me dice Layan. «Este es el día en que nos prometimos» y unas fotos más tarde, «esta fue en nuestra luna de miel».
Quiere contarme cada detalle de aquellos días y yo escucho feliz, observando cómo su rostro se abre al sol de los recuerdos que habitan y animan su cuerpo mientras habla.
Se parecen a cualquier pareja joven: profundamente enamorados, esperanzados y llenos de sueños. Habían ahorrado para construir una modesta casa en su terreno familiar, pidiendo prestada al banco una importante suma para terminar la construcción.
Layan y Laith pasaron más de un año eligiendo azulejos, armarios de cocina y otros acabados. Un día, Laith llegó a casa con un gato que había rescatado de la calle.
Una semana después, trajo otro herido. «No podía dejarlo sufrir y morir», le dijo a Layan cuando ella protestó.
El hombre que Layan describe es un marido cariñoso que le escribía cartas de amor y que dejaba notas juguetonas por la casa para que ella las encontrara mientras él estaba en el trabajo, todas ellas guardadas en una caja de plástico morada junto con cartas de amor más largas entre ellos.
Describe a un hijo y hermano devoto que visitaba a su madre todos los días y apoyaba a sus hermanos en todo lo que la vida les deparaba; un tío divertido adorado por sus sobrinas y sobrinos; un cuidador y protector natural que alimentaba y daba de beber a los animales callejeros; un hombre arraigado en los valores islámicos de la misericordia y la justicia; un hijo nativo que tomó las armas desinteresadamente para liberar a su país de los crueles colonizadores extranjeros.
La suya es una familia decididamente comprometida con la liberación nacional, dispuesta y preparada para sacrificarse por nuestra patria común; por la simple dignidad de rezar en la mezquita de al-Aqsa y recorrer las colinas de sus antepasados.

Una fe profunda
La pareja intentó sin éxito concebir, y a Layan le molesta no tener aún un bebé. Pero rápidamente ahuyenta la decepción, sometiéndose a la voluntad de Dios.
«Alhamdulillah», dice.
Todos vuelven a esa frase. Dios tiene un plan para cada persona y quiénes somos nosotros para cuestionarlo, dice.
La suya es una familia de profunda fe en una sociedad ya profundamente arraigada en la fe.
«Pero estamos cansados», añade a veces la gente. «Es mucho».
«Alhamdulillah», otra vez.
Pero yo me enfurezco y a menudo expreso el deseo de venganza de Dios. Ellos no.
«Dios les pedirá cuentas a su debido tiempo», dice Layan.
Llevaban menos de un año viviendo en su nueva casa cuando Israel empezó a bombardear Gaza. «Apenas pude disfrutarlo», dice Layan.
No sabían lo que iba a ocurrir ese día, pero Laith sabía que tenía que recoger a su familia y ponerla a salvo antes de coger su fusil y dirigirse a la batalla. Le hizo prometer a Layan que se llevaría a sus dos gatos.
«No es momento para eso», dijo ella. Pero él no lo aceptó.
«Son almas bajo nuestra protección. No sobrevivirán solas», dijo.
Le besó la frente, una afirmación de amor y devoción inviolables.
Besó sus labios, sus mejillas, su cuello. Y ella le besó también con las mismas fuerzas agitándose en su interior.
Se estrecharon en un largo y apretado abrazo, jurando encontrarse, por voluntad de Dios, si no en esta vida, en el más allá. Layan, con lágrimas en los ojos, rezaba por su seguridad, suplicando incesantemente a Dios que protegiera a su amado.
Seguía rezando por él a diario cuando la conocí, cinco meses después de aquella dolorosa despedida. Le habían dicho que había sido capturado por los israelíes, pero no sabía si estaba vivo o muerto.
Yo comprendía, como seguramente ella, que al menos había sido torturado y probablemente lo seguían torturando, pero no hablábamos de ello, para que el hecho de decirlo no le diera aliento de alguna manera.
No pasaría mucho tiempo después de su despedida cuando Israel redujo su nuevo hogar a escombros en cuestión de segundos. Layan volvió semanas después para ver qué podía recuperar de sus vidas.
Milagrosamente, la caja de plástico morado con sus cartas de amor había sobrevivido indemne a la destrucción de todo lo demás que poseían.

Rescatadas de los escombros
Las hermanas y su familia se trasladaron varias veces en busca de seguridad, llevándose cada vez a los gatos, hasta que la casa donde se alojaban fue blanco de un misil. Era de noche y la mayoría de los habitantes del tercer piso ya dormían.
Ghada estaba sentada junto a su madre, charlando como solían hacer antes de acostarse. No oyó el misil. De hecho, casi todo el mundo dice que la gente que está dentro de una casa atacada no oye la bomba. Dicen que si puedes oírla, es que estás lo suficientemente lejos.
En cambio, Ghada describió haber visto un destello de luz roja antes de sentir un peso en la espalda. Su brazo estaba extrañamente retorcido alrededor de su cuello y sobre su cabeza.
Pero no se oía nada, hasta que empezó a oír los crujidos de los escombros al caer. Vio cómo sus extremidades rebotaban bajo el peso del hormigón roto que golpeaba y retorcía sus piernas ante ella.
El polvo le quemaba y cegaba los ojos. Intentó tantear el terreno en busca de su madre, pero no estaba segura de que su mano se moviera.
«Ummi [madre]», gritó, pero no obtuvo respuesta.
Pronunció la shahada, el último testamento de un musulmán ante Dios en los momentos previos a la muerte. Pero seguía viva, y pronto oiría a su hermano pequeño Qusai (nombre ficticio) gritar: «¿Hay alguien vivo?».
Layan vivió el momento de forma diferente. Oyó el misil.
Normalmente, hace un silbido cuando atraviesa el aire, seguido de un estampido cuando impacta. Layan oyó el silbido y esperó el estampido, que nunca llegó, confundiéndola.
En lugar de eso, un zumbido en los oídos perforó sus pensamientos. Tenía la boca llena de grava y tierra y se esforzaba por escupirla.
Intentó moverse pero no pudo, y en ese momento se dio cuenta de que estaba enterrada entre escombros. Pronunció la shahada y esperó la muerte, pero entonces oyó la voz de su hermano Qusai que decía: «¿Hay alguien vivo?».
Gritó: «¡Estoy aquí! Estoy viva», pero no oía su propia voz. Aterrorizada, intentó gritar de nuevo, pero tampoco podía oírse a sí misma, insegura de si estaba viva o muerta.
Volvió a pronunciar la shahada y llamó a su hermano. El zumbido de sus oídos se convirtió en un aterrador silencio interior.
Oía a los rescatadores que se movían, pero no su propia voz, y creyó que se había quedado muda. Imaginó una muerte lenta bajo los escombros, sola en el frío y la oscuridad, sin nadie capaz de oír sus gritos para salvarla.
«Debí de desmayarme», dice, «porque lo siguiente que vi fue a varios rescatadores sacando mi cuerpo de entre los escombros».

«Todo nuestro mundo»
Varios miembros de su familia fueron martirizados aquel día. Israel asesinó a dos hermanos, primos, tíos y tías de Layan, a sus cónyuges e hijos, a los dos gatos que Layan prometió proteger y, lo más doloroso, a su madre.
«Ella era todo nuestro mundo», me dicen Layan y Ghada. Me enseñan fotos de ella, una querida matriarca en el centro y cabeza de su unida familia.
Ghada la llama a veces mientras duerme, despertando a otras mujeres en la habitación del hospital.
De nuevo, la única posesión que sobrevivió a la segunda bomba fue la caja de plástico morado con sus cartas y notas de amor.
«Dios perdonó nuestras cartas porque nuestro amor es verdadero, ¡no sólo un bombardeo, sino dos!», dice, y añade: «Sólo quiero saber que está bien».
A la semana de mi estancia en Gaza, me llamaron a su rincón de la habitación del hospital en cuanto entré de un largo día en otro lugar de Gaza. Las dos están aturdidas, con sonrisas dibujadas en sus hermosos rostros.
«¡Llevamos todo el día esperándote para darte la buena noticia!», dicen, y yo me emociono y siento curiosidad por oírlas.
Ella me hace un gesto para que me acerque. Acerco la oreja a su cara y me susurra: «Laith está vivo. Está en la cárcel de [nombre no revelado]».
Me llena de alegría saber que este hombre al que nunca conocí está vivo, y le pido a Dios que lo proteja y lo traiga a casa, a Layan. Rezo por su reencuentro y me siento honrado de haber podido compartir este raro momento de alivio y esperanza a estas horas.
Hace poco, la televisión israelí emitió vídeos snuff de una prisión desconocida en los que se veían abusos y torturas sistemáticas a palestinos que habían secuestrado. Me pregunté si Laith se encontraba entre los hombres obligados a adoptar posturas degradantes mientras los israelíes hablaban sobre ellos como si fueran alimañas.
Pienso en Laith cuando leo los relatos de la propaganda occidental sobre las violaciones masivas cometidas por Hamás. Sé que están repitiendo como loros las mentiras sionistas, no sólo porque no ofrecen pruebas, y no sólo porque periodistas honestos de todo el mundo han destapado agujeros en sus historias, entre los que destaca el vergonzoso reportaje del New York Times coescrito por un ex oficial militar israelí al que le gustaban los comentarios genocidas en las redes sociales, incluido uno que decía que Israel tenía que «convertir la franja en un matadero».
En el fondo sé que son mentiras porque, como la mayoría de los palestinos, comprendemos los valores que animan a Hamás.
Se puede criticar mucho a Hamás, y muchos lo hacen. Pero la violación, y mucho menos la violación en masa, no es una de ellas.
Incluso los mayores detractores de Hamás, incluido Israel, saben que tales actos nunca serían tolerados entre sus filas en primer lugar, y en la improbable circunstancia de que ocurrieran, serían castigados con la expulsión y/o la muerte.
Que Dios proteja a Laith y a todos los combatientes palestinos que dejaron a su familia para sacrificar sus vidas por nuestra liberación colectiva.
Seguiré imaginando un día en el que él y Layan vuelvan a estar juntos, con su hogar reconstruido en Gaza y lleno de la charloteo de sus hijos y las reuniones familiares de los que quedan.

4. Resumen de la guerra en Palestina, 20 de marzo

Hace días que en Rybar no publican su resumen en vídeo de la guerra en Gaza, así que sigo solo con los resúmenes de Mondoweiss.

https://mondoweiss.net/2024/

Día 166 de la «Operación Al-Aqsa»: Israel mata a funcionarios de Gaza encargados del reparto de alimentos al norte; Canadá vota a favor de detener la venta de armas a Israel
Hamás condena a Israel por «sembrar el caos» después de que un ataque aéreo israelí matara a dos policías locales encargados de asegurar y entregar alimentos al norte de Gaza. En Cisjordania, fuerzas israelíes y colonos matan a dos palestinos.
Por Mustafa Abu Sneineh 20 de marzo de 2024

Víctimas
31.923+ muertos* y al menos 74.096 heridos en la Franja de Gaza.
Más de 435 palestinos muertos en Cisjordania ocupada y Jerusalén Este**.
Israel revisa a la baja su estimación de víctimas del 7 de octubre, de 1.400 a 1.147.
594 soldados israelíes muertos desde el 7 de octubre y al menos 3.221 heridos.
*El Ministerio de Sanidad de Gaza confirmó esta cifra en el canal de Telegram. Algunos grupos de derechos humanos elevan la cifra de muertos a más de 40.000 si se tienen en cuenta los presuntos muertos.
** El número de muertos en Cisjordania y Jerusalén no se actualiza periódicamente. Según el Ministerio de Sanidad de la AP el 17 de marzo, esta es la última cifra.
*** Esta cifra la publica el ejército israelí, mostrando los soldados cuyos nombres «se permitió publicar».
Principales acontecimientos

  • Israel bombardea a miembros de clanes palestinos y a funcionarios del comité de emergencia de Gaza que se encargaban del suministro y entrega de ayuda en el norte de Gaza.
  • Entre las personas asesinadas por Israel el martes por la noche se encuentra Amjad Hathat, director del comité de emergencia de Gaza. El lunes, Israel asesinó a Faiq Mabhouh, jefe de operaciones policiales en Gaza, que se encargaba de la entrega de alimentos en el norte de Gaza.
  • Hamás acusa a Israel de sembrar el caos en el norte de Gaza en un intento de crear un «vacío administrativo» atacando a los miembros del comité de emergencia.
  • En el norte de Gaza, cada 25 personas se reparten un kilo de harina, o 20 barras de pan, durante uno o dos días. Sin embargo, miles de personas no pueden conseguir ni una sola hogaza.
  • Un médico que visitó Gaza dice a la ONU que «las infecciones son cada vez peores», y que familias enteras sufren heridas por explosivos y quemaduras.
  • Los ataques aéreos israelíes contra casas del campo de refugiados de Nuseirat matan al menos a 27 palestinos de la familia Habbash.
  • El ministro de Finanzas israelí afirma que la ampliación de los asentamientos es «una respuesta sionista holística a la declaración [de la UE]» de sanciones previstas contra los colonos israelíes en Cisjordania.
  • Fuerzas israelíes y colonos matan a dos palestinos en Cisjordania en incidentes separados.
  • Canadá suspenderá la venta de armas a Israel tras una votación no vinculante en el Parlamento.
  • El acuerdo alcanzado entre la Casa Blanca y el Congreso de Estados Unidos prohíbe los fondos estadounidenses a la UNRWA hasta marzo de 2025, según un informe de Reuters.
  • La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, afirma: «Reiteraremos nuestra oposición a una acción militar sobre el terreno por parte de Israel en Rafah que podría tener consecuencias aún más catastróficas para los civiles hacinados en esa zona.»

Israel bombardea la rotonda de Kuwait, al norte de Gaza, contra las autoridades encargadas del reparto de ayuda
Las fuerzas israelíes bombardearon un punto de reunión de decenas de palestinos cerca de la rotonda de Kuwait, en la ciudad de Gaza, matando al menos a 23 personas e hiriendo a decenas el martes por la noche.
La mayoría eran miembros de clanes palestinos y funcionarios del comité de emergencia de Gaza que se encargaban de los suministros y entregas de ayuda a la población hambrienta del norte de Gaza.
Desde el sábado, habían garantizado con éxito la llegada de 35 camiones de ayuda a las rotondas de Kuwait y Nabulsi, descargando las entregas en refugios y centros de la agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) en el barrio gazatí de Al-Tuffah y en el campo de refugiados de Jabalia.
Esta misión no podría haber tenido éxito sin que la policía de Gaza ordenara a los palestinos que no se reunieran alrededor de los camiones de ayuda en las calles Al-Rashid y Sala El-Din, en el norte de Gaza, y permitiera al comité de emergencia hacer su trabajo de descarga y distribución de alimentos.
Las misiones entre la policía local, los jefes de los clanes de Gaza y la UNRWA se coordinaron en un esfuerzo por proteger a los civiles del norte tras los numerosos ataques de las últimas semanas en los que las fuerzas israelíes dispararon y mataron a cientos de palestinos cuando las multitudes intentaban obtener alimentos y harina de los camiones en Gaza desde finales de febrero; al parecer, varios de los muertos también murieron en el aplastamiento de la multitud.
En los últimos días, los palestinos hacían cola para conseguir sus raciones de harina dentro de los locales de los centros humanitarios de Yabalia y Gaza. Entre las personas que Israel mató el martes por la noche se encuentra Amjad Hathat, director del comité de emergencia de Gaza.

Hamás dice que Israel está «sembrando el caos» en el norte de Gaza
En respuesta al ataque contra los funcionarios locales del norte de Gaza, Hamás acusó a Israel de «sembrar el caos» en un intento de crear un «vacío administrativo» atacando al comité de emergencia. Ismail Al-Thawabteh, portavoz del gobierno ante los medios de comunicación, declaró a Al-Jazeera Arabic que Israel permite que los camiones de ayuda entren en el norte de Gaza y luego bombardea a las personas que se acercan.
El lunes por la noche, Israel asesinó a Faiq Al-Mabhouh, jefe de operaciones policiales en Gaza, que gestionaba la entrada de camiones de alimentos y consiguió entregar 13 de ellos en el norte de Gaza. Israel dijo que Mabhouh era «el jefe de la Dirección de Operaciones del Servicio de Seguridad Interna de Hamás».
Tel Aviv está intentando crear una autoridad en la Franja de Gaza en lugar de Hamás, y considera que el éxito de la coordinación entre los clanes locales, la policía de Gaza y las agencias de la ONU para entregar la ayuda es una señal de la capacidad de Hamás para administrar en Gaza.
Israel sigue intentando utilizar las entregas de alimentos y medicinas como herramienta para fortalecer y empujar a algunos líderes de clanes al frente y ponerlos a cargo de la gestión de la ayuda, coordinándose con Israel y las agencias internacionales.
Sin embargo, varios clanes palestinos de la Franja de Gaza se negaron a ser «un régimen político alternativo» en la Franja de Gaza y a coordinar las misiones humanitarias con Israel.

Un kilo de harina por cada 25 personas
Aunque decenas de camiones de ayuda llegaron en los últimos días al norte de Gaza, donde miles de palestinos corren peligro de hambruna e inanición, los cargamentos siguen siendo insuficientes para satisfacer las necesidades de la población.
Al-Akhbar informó de que un camión de harina llegó el lunes al centro de acogida Abu Bakr al-Razi, en el barrio gazatí de Al-Tuffah, donde viven actualmente 8.000 personas, y contenía 1.000 bolsas de harina, cada una de 25 kilogramos.
«Damos a cada familia lo suficiente sólo para uno o dos días. No tenemos otra opción», declaró un miembro del comité de emergencia al corresponsal de Al-Akhbar.
«Cada 25 individuos se reparten un kilo de harina. Sabiendo que un kilogramo es suficiente para hacer 20 panes, significa que un gran número de personas… no conseguirán ni un solo pan» en Gaza, añadió.

Los niños de Gaza sufren graves lesiones y desnutrición mientras los hospitales tienen dificultades para funcionar
También se cargaron algunos camiones con suministros médicos y se entregaron a la clínica de la UNRWA en Jabalia y a los hospitales de Al-Awda y Kamal Adwan, en el norte de Gaza, que están agotados y funcionan parcialmente. Los hospitales de la Franja de Gaza siguen escasos de combustible, medicamentos y máquinas médicas, mientras que otros hospitales como Al-Shifa, en la ciudad de Gaza, están siendo atacados por Israel desde el domingo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva tiempo advirtiendo de que Israel está generando una hambruna en el norte de Gaza, y que «se prevé que más de un millón de personas se enfrenten a una hambruna catastrófica a menos que se permita la entrada en Gaza de una cantidad significativamente mayor de alimentos.»
Los niños ya han empezado a morir de desnutrición en Gaza, que tiene efectos a largo plazo, como «el bajo consumo de alimentos ricos en nutrientes, las infecciones repetidas y [la] falta de servicios de higiene y saneamiento ralentizan el crecimiento general de los niños», añadió la OMS.
Israel ha matado a más de 13.000 niños bombardeando Gaza desde el 7 de octubre, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
Cuatro médicos de Francia, Estados Unidos y el Reino Unido, que visitaron la Franja de Gaza, declararon durante un acto de la ONU en Nueva York que el sistema sanitario del enclave está colapsado y que trataron a niños gravemente quemados por las bombas de Israel.
Nick Maynard, cirujano oncológico de la organización benéfica británica Medical Aid for Palestinians, vio a una niña palestina tan gravemente quemada en un bombardeo israelí que podía verle los huesos de la cara.
«Sabíamos que no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, pero no había morfina que darle», explica Maynard. «Así que no sólo iba a morir inevitablemente, sino que moriría en agonía».
Maynar dijo que una invasión terrestre israelí de Rafah «será apocalíptica, por el número de muertes que vamos a ver».
Amber Alayyan, médico pediatra, dijo que los hospitales de Gaza están operando a pacientes y heridos en medio de la falta de suministros y en pésimas condiciones.
«Las infecciones son cada vez peores», dijo.
«Hemos visto pacientes que viajaban, que eran víctimas de heridas por explosivos, una familia de 11 miembros, por ejemplo, una familia entera que llegó a nuestro hospital en el sur desde el norte», dijo Alayyan a la ONU.
«Llevaban tres meses desplazándose en busca de atención hospitalaria. Fueron víctimas de explosiones. Once miembros de la familia resultaron quemados», añadió.

Un ataque israelí contra el campo de refugiados de Nuseirat mata a 27 miembros de una familia
En las últimas 24 horas, las fuerzas israelíes cometieron 10 masacres en diversas zonas de la Franja de Gaza, según informó el Ministerio de Sanidad de Gaza en Telegram, matando al menos a 104 personas e hiriendo a 162. Miles de personas permanecen bajo los escombros de los edificios bombardeados, y casi 32.000 palestinos murieron y 74.000 resultaron heridos.
Los ataques aéreos israelíes contra casas del campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de Gaza, mataron al menos a 27 palestinos de la familia Habbash e hirieron a decenas, informó la agencia de noticias Wafa.
En el norte de Gaza, Israel bombardeó los barrios de Al-Rimal y Al-Daraj. Un equipo de rescate palestino recuperó los cadáveres de 20 personas en la ciudad de Gaza tras un bombardeo israelí.
En Beit Lahia y Deir Al-Balah, la artillería israelí bombardeó varias zonas, mientras que en el campo de refugiados de Bureij se recuperó a seis palestinos de entre los escombros de una casa bombardeada.

La primera ministra italiana se opone a la invasión de Rafah, Canadá vota a favor de detener las transferencias de armas a Israel
El gobierno israelí ha prometido seguir adelante con su plan de invasión de la abarrotada ciudad de Rafah, en el sur de Gaza, a pesar de las advertencias de líderes internacionales y grupos humanitarios. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, se ha unido al coro y ha declarado que su país se opone a la ofensiva prevista.
«Reiteraremos nuestra oposición a una acción militar sobre el terreno por parte de Israel en Rafah que podría tener consecuencias aún más catastróficas para los civiles hacinados en esa zona», declaró Meloni a los legisladores en el Senado.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, declaró durante una reunión con el presidente egipcio, Abdel Fattah al-Sisi, esta semana, que le «preocupan los riesgos que una ofensiva a gran escala en Rafah tendría para la población civil más vulnerable. Esto debe evitarse a toda costa».
Una invasión israelí de Rafah, la ciudad más meridional de la Franja de Gaza donde se refugian 1,2 millones de palestinos, podría disparar las tensiones con Egipto, que vigila el lado occidental de la frontera.
Algunos funcionarios y ministros israelíes han declarado que su deseo es evacuar a los palestinos de la Franja de Gaza a Egipto. Sin embargo, Egipto está cerrando firmemente sus fronteras y no permite el flujo masivo de palestinos a sus territorios.
Mientras tanto, la Cámara de los Comunes de Canadá votó el martes a favor de detener la venta de armas a Israel, y la ministra canadiense de Asuntos Exteriores, Mélanie Joly, reafirmó el voto, afirmando que su gobierno detendría futuros envíos de armas a Israel, diciendo que «es algo real».

Smotrich llama a los asentamientos respuesta «holística» a las sanciones
El ministro de Finanzas de Israel y colono de extrema derecha, Bezalel Smotrich, sugirió que la expansión de los asentamientos era la respuesta «holística» al acuerdo alcanzado el lunes por la UE para sancionar a los colonos israelíes, que agredieron a palestinos en Cisjordania ocupada.
«Hay una respuesta sionista holística a esta declaración [de la UE]: reforzar y afianzar los asentamientos en todas las partes de la Tierra de Israel», declaró Smotrich el martes.
Afirmó que la justicia israelí podría ocuparse de los incidentes de violencia de los colonos sobre los palestinos. Las autoridades israelíes no investigan ni persiguen sistemáticamente los crímenes ideológicos contra palestinos en Cisjordania ocupada, y a menudo se les documenta uniéndose a los colonos en sus ataques contra comunidades palestinas.
El ministro de extrema derecha se opone frontalmente a la creación de un Estado palestino y es partidario de anexionar Cisjordania a Israel. En enero, afirmó que Israel debería «fomentar la migración de los residentes de Gaza como solución a la crisis humanitaria».
Estados Unidos ha sancionado recientemente a varios colonos israelíes implicados en ataques contra palestinos, entre ellos dos puestos de avanzada enteros por primera vez.

Fuerzas y colonos israelíes matan a dos palestinos en Cisjordania
El martes por la tarde murieron dos palestinos en distintos incidentes en Cisjordania.
Ziad Farhan Diab Hamran, de 31 años, del pueblo de Al-Hashimiyah, en Yenín, fue tiroteado por fuerzas israelíes cerca de la entrada del pueblo de Beit Fajjar y del asentamiento de Gush Etzion, cerca de Belén. Su cadáver permanece bajo custodia israelí.
Según Israel, Hamran disparó contra dos agentes de inteligencia del Shin Bet, que resultaron heridos en el ataque. Hamran sucumbió a sus heridas el martes por la noche.
En Nablús, colonos israelíes mataron a Fakher Bassem Bani Jaber, de 43 años, del pueblo de Aqraba, al sur de Nablús.
Wafa informó de que Jaber fue trasladado al hospital Rafidiya, donde murió. Los colonos atacaron la zona de Khirbet al-Tawil, cerca del pueblo de Aqraba, lo que llevó a los palestinos a defender sus tierras.En la Jerusalén ocupada, sólo 20.000 palestinos realizaron la oración de Al-Tarawih del Ramadán la décima noche, ya que las autoridades israelíes siguieron restringiendo el número de palestinos que podían entrar en Jerusalén desde Cisjordania. El martes por la noche también llovía y hacía frío en Jerusalén, informó Wafa.

5. Desánimo y euforia

Cuando les toque a los israelíes lo que pasan los palestinos, tendré que hacer un esfuerzo para que me importe -pero lo haré-. https://www.972mag.com/

La opinión pública israelí está desanimada. ¿Por qué está eufórica la derecha?
El mantra de la unidad nacional ha favorecido la sensación de victoria histórica de la derecha israelí. Pero gran parte de la opinión pública parece estar dándose cuenta de algunas duras verdades.
Meron Rapoport 20 de marzo de 2024

A principios de este mes, Yinon Magal, periodista israelí y ex miembro de la Knesset por el partido HaBayit HaYehudi (Hogar Judío), publicó en sus redes sociales una foto suya con Boaz Bismuth, actual legislador del Likud y ex redactor jefe del diario derechista Israel Hayom, en la que ambos aparecían haciendo ejercicio en un parque público. Magal está visiblemente exultante, con una camiseta en la que se lee «Victoria total», y Bismuth está radiante a su lado. «Preparándonos para las elecciones del 27 de octubre de 2026», reza el pie de foto.
Parece, en lo que respecta a Magal y Bismuth, que una victoria sobre Hamás en Gaza y una futura victoria electoral de la derecha israelí son una misma cosa. Un día antes, más de 100 palestinos habían muerto, la mayoría por disparos de soldados israelíes cercanos, mientras luchaban por conseguir los escasos alimentos en camiones de ayuda, y tres soldados israelíes habían muerto en Jan Yunis – pero según estos políticos de derechas, la situación nunca ha sido mejor.
La euforia que transmite esta imagen no es inusual. De hecho, desde el 7 de octubre, elementos de la derecha israelí han estado exudando un entusiasmo que raya en la euforia absoluta. El ejemplo más destacado, por supuesto, es la fiesta de baile que tuvo lugar durante la conferencia sobre el reasentamiento de Gaza en enero, a la que asistieron 11 ministros del gabinete, otros 15 miembros de la coalición de gobierno y miles de entusiastas participantes. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, afirmó que las acusaciones de que bailaban mientras se derramaba sangre de soldados en Gaza son «escandalosas». Sin embargo, es difícil negar que muchos en la derecha ven todo lo ocurrido desde el 7 de octubre a través de la lente de la redención bíblica.
«Una nación santa, la virtud de las naciones, el cachorro de león de Judá, despertado de su largo letargo para reclamar su herencia». Así describió el rabino Uzi Sharbaf -condenado a cadena perpetua por su implicación en el asesinato en 1983 de tres estudiantes palestinos en el Colegio Islámico de Hebrón, y liberado siete años después- el momento actual en la conferencia sobre los asentamientos.
Las palabras de Sharbaf se hicieron eco de las declaraciones de Amichai Friedman, rabino jefe de la base de la Brigada Nahal de las FDI. En un vídeo de principios de noviembre, Friedman proclamó que el mes transcurrido desde la masacre del 7 de octubre había sido «el más feliz de mi vida desde que nací». El pueblo de Israel sube de estatura, sube de rango, por fin descubrimos quiénes somos… Le estamos diciendo al mundo lo que son el bien, y la justicia, y la moral, y los valores, y por tanto acabaremos con el mal, y erradicaremos a Hamás, y erradicaremos a los enemigos, y destruiremos a todos».
El rabino Eli Sadan, director de la academia premilitar Bnei David en el asentamiento cisjordano de Eli, fue citado diciendo que «este periodo quedará registrado en la historia de la nación israelí como un periodo maravilloso. Una época en la que el poder de la unidad superó todas las divisiones… Una época en la que el sentido de identidad y la esencia de nuestro pueblo están estallando y revelándose en toda su gloria». Para que este periodo sea verdaderamente milagroso, advirtió Sadan, debe terminar sin «ningún lugar al que puedan regresar quienes durante décadas han alimentado y avivado las llamas del odio hacia nuestro pueblo … No habrá más gazatíes en Gaza».
Y, por supuesto, está el propio Magal, uno de los periodistas de derechas más destacados de Israel, que declaró en una entrevista con Roni Cuban el 11 de Kan que, desde el 7 de octubre, Israel se encuentra en un «periodo asombroso … Un periodo que hace bien al pueblo de Israel, que nos conecta con nuestra identidad, con nuestra esencia … Es un momento asombroso en el sentido de que, tras décadas de vivir en La La Land, la gente está recobrando la sobriedad». De repente, insisten estas voces de derechas, hay una gran «unidad entre el pueblo de Israel».

La catástrofe como oportunidad
Sin duda, la derecha nunca ha estado realmente a favor de la unidad. Más bien espera que la opinión pública israelí acabe adoptando, o al menos consintiendo, sus posiciones. También se pueden albergar dudas sobre hasta qué punto es real la «unidad» actual, pero no cabe duda de que el mantra de «juntos venceremos» ha tenido enormes implicaciones para el discurso político en Israel.
De hecho, ha sofocado prácticamente todas las críticas a la forma en que se está llevando a cabo la guerra o a la legitimidad de sus objetivos. También ha inculcado el dogma de que sólo la presión militar puede conducir a la liberación de los rehenes israelíes, una afirmación sin base fáctica, ya que la fuerza militar sólo ha conducido a la liberación de tres rehenes durante más de cinco meses de lucha, mientras que un acuerdo político con Hamás dio lugar a la liberación de más de 70 rehenes a finales de noviembre. Las operaciones militares israelíes, por su parte, han provocado la muerte de al menos diez rehenes, y posiblemente de muchos más.
Las bases de esta visión del mundo se habían construido mucho antes del 7 de octubre. Según el Dr. Avi-Ram Tzoreff, autor e investigador del Instituto Van Leer de Jerusalén, la derecha israelí lleva mucho tiempo «otorgando santidad al militarismo», percibiendo el poder militar como algo casi religiosamente «redentor». Así, el consenso nacional de que la guerra en Gaza debe terminar con la «eliminación de Hamás», y que dicha guerra podría durar meses o incluso años, es visto por la derecha como una clara victoria para su agenda política a largo plazo.

La ostensible unidad creada en el campo de batalla de Gaza ha diluido en gran medida la oleada de manifestaciones antigubernamentales que barrió Israel desde principios de 2023. El hecho de que las protestas de la calle Kaplan en Tel Aviv estén ahora luchando por sacar a las masas a la calle -a pesar del furor generalizado contra el primer ministro Benjamin Netanyahu- es en parte indicativo del poder de la consigna gubernamental. Las protestas de Kaplan supusieron la mayor amenaza a la hegemonía de la derecha en 20 años; «juntos venceremos» ha sido la tabla de salvación del gobierno.
El sentimiento de «desilusión» también ha jugado a favor de la derecha. Esta desilusión posterior a la masacre del 7 de octubre no tiene tanto que ver con la pérdida de fe en un proceso político respecto a los palestinos -que de todos modos no estaba en la agenda-, sino más bien con desprenderse de cualquier noción de los palestinos de Gaza, y quizá de los palestinos en general, como seres humanos. La inquietante afirmación de que «no hay inocentes» en Gaza es sin duda promovida por destacados derechistas como el periodista Zvi Yehezkeli, pero no es exclusiva de ellos. De hecho, la deshumanización se considera una respuesta justificada e incluso razonable a las masacres del 7 de octubre y a la creencia de que Hamás sigue gozando de un apoyo o legitimidad considerables entre los palestinos.
Esta absoluta indiferencia moral ante el sufrimiento palestino se reflejó en la respuesta israelí a los asesinatos de más de 100 palestinos durante la distribución de ayuda humanitaria en Gaza el 29 de febrero. Durante la invasión del Líbano en 1982, cientos de miles de israelíes salieron a las calles para protestar por la masacre de Sabra y Shatila, perpetrada por las milicias falangistas pero facilitada a sabiendas por el ejército israelí. Esta vez, el portavoz de las FDI y los medios de comunicación israelíes culparon sin pudor a los palestinos que mueren de hambre en Gaza de su propia muerte, a pesar de las pruebas de que los soldados israelíes les dispararon y de que la propia hambruna es consecuencia directa del asedio y los bombardeos israelíes.
La derecha está explotando esta desilusión para avanzar en su plan de «resolver el conflicto» expulsando a la mayoría o a todos los palestinos de Gaza, y más tarde de Cisjordania. A ojos de la derecha, como dice Tzoreff, «el objetivo más moral es la transferencia [de población]».
Este sentimiento quedó patente en la conferencia sobre asentamientos celebrada en Jerusalén, en la que destacó el eslogan «sólo la transferencia traerá la paz». Fomentar la «inmigración voluntaria» es «la solución moral para la Franja de Gaza», escribió Yoav Sorek, un intelectual de derechas, que incluso se ha despojado de su kipá en un intento de atraer al público laico y crear una «alianza israelí». El hecho de que un político centrista como el MK Ram Ben-Barak, de Yesh Atid, expresara su apoyo a la «inmigración voluntaria» es otro motivo de celebración entre la derecha.
Cuando se les pregunta sobre la clara mayoría que constituyen los palestinos tanto en Cisjordania específicamente, como entre el río Jordán y el mar Mediterráneo más ampliamente, muchos líderes de los colonos suelen invocar la profecía bíblica de Gog y Magog, que implica una guerra apocalíptica que no necesariamente iniciará Israel, pero que finalmente determinará el problema demográfico y el futuro judío en la tierra.
Tzoreff destaca que la visión de «la catástrofe como oportunidad es una tradición sionista». Cita a David Ben-Gurion, primer primer ministro de Israel y sionista laico, que dijo en 1942 que el Holocausto fue «un desastre de millones [pero] también una fuerza redentora de millones». Y la misión del sionismo… es imbuir a la gran catástrofe judía de grandes patrones de redención». Del mismo modo, el rabino David Sabato, que enseña en la Yeshiva Ma’ale Adumim (en un asentamiento de Cisjordania), explicó cómo la Guerra de los Seis Días de junio de 1967 fue percibida por los ojos religiosos como «un acontecimiento mítico … de magnitud bíblica».
Parece que la guerra del 7 de octubre es vista ahora del mismo modo por la derecha israelí: una intervención divina que hace realidad la visión de un Gran Israel, libre de palestinos. Esto puede explicar por qué el rabino Amichai Friedman, de la Brigada Nahal, pudo describir las semanas posteriores a la muerte de más de 1.200 israelíes como el mes más feliz de su vida. Unas pocas víctimas no ensombrecerán este momento histórico y milagroso.

Desánimo colectivo
Sin embargo, a pesar de todos los éxitos de la derecha israelí en estos últimos meses, ha fracasado estrepitosamente en un aspecto clave: arrastrar al público judío-israelí al mismo sentimiento de euforia mesiánica.
De hecho, el estado de ánimo de la gran mayoría del público judío oscila entre la profunda depresión y el desaliento prolongado. Es cierto que la mayoría de los israelíes han vuelto a sus rutinas normales, pero la sensación de angustia no les ha abandonado. En las encuestas, se prevé que el líder del partido Unidad Nacional, Benny Gantz, y el jefe de Yesh Atid, Yair Lapid, obtengan un total combinado de más de 50 de los 120 escaños en unas futuras elecciones; ninguno de los dos expresa nada parecido a la euforia de la derecha.
El abatimiento colectivo se deriva de diversos factores, como el trauma persistente del 7 de octubre, los soldados que siguen siendo asesinados en Gaza, los cientos de miles de israelíes evacuados de las regiones meridional y septentrional, la precaria situación económica y los rehenes que siguen cautivos.
Sin embargo, también refleja que una parte significativa de la opinión pública judía comprende profundamente varias cosas: que la guerra en Gaza no va a ninguna parte; que la derrota total de Hamás no es un objetivo realista; que la creencia de que la fuerza militar liberará a los rehenes es falsa; y que el traslado masivo de población palestina no es posible, tanto porque los palestinos se negarán a marcharse como porque nadie quiere acogerlos.
Pocos en el público judío-israelí se atreven a poner en palabras estas realizaciones subconscientes. Temen que la admisión pública de la inutilidad de la guerra pueda
socavar el frágil equilibrio mental que muchos judíos construyeron para sí mismos después del 7 de octubre: la ilusión de que, mediante el poder militar, están recuperando el control de su destino después de aquel oscuro día de octubre.

6. La compleja relación de Alemania con Israel.

A pesar de que digamos que «los alemanes», así en general, parecen no haber aprendido del pasado como demuestra su actuación en el conflicto palestino, en realidad, por lo que nos dice este autor en la primera parte de su artículo, no están especialmente interesados en el tema, y, si no son muy solidarios con los palestinos, no lo son mucho más con los israelíes. A este respecto, no puedo sino recordar la primera parte de este vídeo de Ahí les va en el que se cachondean de que los alemanes se tengan que arrepentir del Holocausto, pero no de haber asesinado a millones de soviéticos: https://twitter.com/

Y el último artículo de Andrés Piqueras, este en serio, va en la misma dirección: https://observatoriocrisis.

https://lefteast.org/the-new-

El nuevo chovinismo alemán – Parte I
Por Bue Rübner Hansen
19 de marzo de 2024
Uno quiere liberarse del pasado: con razón, porque nada en absoluto puede vivir a su sombra, y porque no habrá fin al terror mientras la culpa y la violencia se paguen con culpa y violencia; equivocadamente, porque el pasado que uno quisiera evadir sigue muy vivo. Theodor W. Adorno
En Alemania, los ciudadanos se ven obligados actualmente a elegir entre dos compromisos críticos y profundos: aceptar la complicidad de su gobierno en el asesinato masivo de civiles o ser acusados de antisemitismo. De forma perversa y devastadora, la memoria nacional del Holocausto hace que parezca como si la preocupación por la vida humana y el derecho internacional (la prohibición de los castigos colectivos, del uso de fósforo blanco, de las privaciones de agua, energía y alimentos a civiles y hospitales, etc.) estuvieran reñidos con las responsabilidades históricas de su nación y su compromiso de solidaridad con los judíos allí donde se encuentren. ¿Por qué las acciones del gobierno etnonacionalista de extrema derecha de Israel son defendidas por Alemania, desde el Tribunal Internacional de Justicia hasta la cancelación de innumerables intelectuales judíos de la diáspora en instituciones culturales alemanas? ¿Por qué tantos alemanes utilizan la memoria de un genocidio para defender lo que es, según la sentencia del Tribunal Internacional de Justicia, un plausible genocidio en ciernes?
Desde fuera, es fácil creer que todo esto expresa un profundo consenso alemán. Sin embargo, en una encuesta sobre las actitudes alemanas hacia el conflicto entre Israel y Palestina realizada en el verano de 2023, sólo el 18% afirmó que el conflicto le importaba, mientras que la gran mayoría dijo que le importaba poco (40%) o nada (33%), muchos menos que en cualquier otro país. Increíblemente, el apoyo directo a Israel, el segundo más alto de todos los países después del 29% de Estados Unidos, era sólo del 17%, mientras que el apoyo a Palestina era sólo ligeramente inferior, del 14%. Después del 7 de octubre, la simpatía por Israel en Alemania saltó al 38%, pero desde entonces ha descendido significativamente. En diciembre de 2023, el 59% de los encuestados en un sondeo alemán afirmó que «Israel sigue sus intereses sin preocuparse por otros pueblos», el 41% dijo que Israel es «agresivo» y el 56% afirmó que Alemania no tiene ninguna responsabilidad especial con Israel. En resumen, la solidaridad con Israel no es tan de sentido común en Alemania como puede parecer desde fuera. Se trata más bien de un proyecto promovido y vigilado por actores conscientemente implicados en la lucha por la definición de la nacionalidad alemana, el lugar de Alemania en el mundo y el lugar que ocupan en él los inmigrantes de Asia Occidental y el Norte de África. Dicho de otro modo, la fuerza extrema con la que muchos expertos, intelectuales, líderes culturales, dirigentes de partidos y activistas de izquierdas alemanes promueven la solidaridad con Israel no es un signo del poder del consenso pro-Israel en Alemania, sino más bien de su superficialidad y de la ansiedad y desconfianza que provoca en sus defensores.
La primera parte de este texto explica los antecedentes históricos de la idea de que la expiación de Alemania por el Holocausto está esencialmente relacionada con el apoyo al Estado de Israel. Trata de la profunda y bien fundada vigilancia de muchos actores sobre los peligros del revisionismo de derechas, el antisemitismo y el retorno del fascismo, y de cómo esto se inscribió en la defensa de los oportunistas intereses geopolíticos de la Alemania (Occidental) actual y durante la Guerra Fría. Se trata de cómo la lucha de la izquierda por una autocrítica nacional fue cooptada en una reconstrucción de la identidad (etno)nacional alemana sobre la base del Schuld (culpa/deuda/responsabilidad), una identidad impregnada del chovinismo moral del arrepentido. La tragedia, como veremos, es que muchas de esas voces cívicas y de izquierdas de las que cabría esperar que cuestionaran tales dinámicas se alinean en cambio estrechamente con la geopolítica y la superioridad moral de esta nueva identidad nacional. En el proceso, los progresistas alemanes se han aislado de las fuerzas progresistas del resto del mundo.
En la segunda parte de este texto, exploraremos las consecuencias del matrimonio entre la cultura alemana de la memoria y el apoyo a Israel en la propia Alemania: la aceptación de la vigilancia racista de los jóvenes inmigrantes que afirman que las vidas palestinas importan, el silencio sobre la rápida alianza antimusulmana entre la derecha alemana e israelí, y la cancelación de las voces palestinas antiantisemitas y de los judíos que se oponen a los asesinatos en masa, todo lo cual equivale a un grave debilitamiento de la lucha contra el racismo y el antisemitismo. En esta segunda parte del ensayo, exploraremos también la base olvidada y marginada de otra cultura de la memoria y la lucha antifascista: la resistencia y las vidas de todos aquellos que fueron objetivo de los nazis.
El objetivo de este texto es abrir un espacio para la autoinvestigación alemana y austriaca, y ayudar a los forasteros a comprender los fundamentos y las contradicciones, los callejones sin salida y las consecuencias de la política de memoria dominante. Lo escribí viviendo y trabajando entre Austria y Alemania, como extranjera con una profunda sensación de asfixia en medio del patrioterismo y el silencio de esta parte del mundo. Mi esperanza es que este texto -tanto por las reflexiones y refutaciones que suscita como por sus argumentos- pueda crear conversaciones y aumentar el valor de alzar la voz entre el creciente número de personas que están hartas de las presiones morales para apoyar lo insostenible.
Comunidades de memoria
La hegemonía contemporánea de la culpa en la cultura de la memoria post-nazi sólo se ha establecido realmente durante las últimas tres décadas. Pero esta hegemonía se forjó a lo largo de décadas de luchas sobre el significado de la historia nazi y el Holocausto, que se remontan a los primeros años de la posguerra. En 1946, Karl Jaspers, uno de los pocos intelectuales que ni abandonó Alemania ni se sometió a los nazis, lanzó un apasionado alegato en favor de la Schuld de los alemanes, un concepto multidimensional de culpa, responsabilidad y deuda. En La cuestión de la culpa alemana, el filósofo de Heidelberg propuso lo que con el tiempo fue aclamado por Habermas como la primera contribución al «consenso de posguerra de la República Federal» y «el texto fundacional de la nueva narrativa del «alemán europeo», de una Alemania neutral, pacifista y, sobre todo, ética». 1
Jaspers distinguió entre cuatro tipos de culpa, compartidos de forma desigual por las generaciones de la guerra: en primer lugar, estaba la culpa criminal de los líderes y colaboradores nazis, que fueron (o deberían haber sido) juzgados en el tribunal penal reunido por los vencedores en Nuremberg. En segundo lugar, Jaspers habló de la culpa política de todos los miembros del sistema político alemán, entendida como la «responsabilidad conjunta de todos los ciudadanos por los actos cometidos por su Estado», una responsabilidad que es muy real y que los vencedores imponen políticamente, pero que «deja el alma intacta». En tercer lugar, está la culpa moral de cada uno ante el tribunal de su propia conciencia: la culpa generalizada de no hablar, de creer en la ideología nazi, de obedecer ansiosamente al régimen o de relativizar los crímenes de los nazis con referencia a «lo bueno que también hicieron». Más radicalmente, está la culpa moral de quienes no actuaron, de quienes optaron por la ceguera y la indiferencia ante los actos de maldad y el sufrimiento ajeno, y de quienes corrieron con la manada para mantener sus empleos y sus conexiones sociales. Por último, está la culpa metafísica de la propia supervivencia, de la que Dios es en última instancia el juez. Jaspers define la culpa metafísica como «la falta de solidaridad absoluta con el ser humano como tal», que -de haber sido atendida- habría inducido al individuo a sacrificar su propia vida contra las injusticias nazis, desde la destrucción de la Constitución en 1933, pasando por los posteriores pogromos, deportaciones y guerra de agresión, hasta el propio Holocausto.
El texto de Jaspers constituye un poderoso llamamiento a asumir todas estas formas de culpa nacional. Aceptar los juicios de los aliados, asumir la corresponsabilidad política como nación, comprometerse en una autoindagación moral y comprender que todos y cada uno de los miembros de «la nación alemana» eran, a los ojos de Dios, culpables por no haberse sacrificado en la resistencia a los males del nazismo. Para Jaspers, levantar este peso de la culpa era «una tarea inspiradora común: no ser alemanes tal y como somos, sino convertirnos en alemanes tal y como aún no somos pero deberíamos ser».  Y a través de ella, Jaspers proyectó la posibilidad de una fuerza moral nacional, a través de la cual «sentimos toda la tarea de renovar la existencia humana desde sus orígenes», una tarea que les es dada a todos los hombres, pero «que aparece con mayor urgencia, […] cuando su propia culpa enfrenta a un pueblo cara a cara con la nada». En esta visión, podemos ver la semilla de la eventual autocomplacencia moral de Alemania. Se trata de una visión de la autoelevación moral basada en la identificación con los perpetradores, una elevación que excluye de hecho a todos aquellos inmigrantes que se identifican con las víctimas en lugar de con los perpetradores de las lecciones morales centrales de la germanidad contemporánea.
Perpetuar las concepciones nazis de la nación
Cuando Jaspers reprendió a «la nación alemana» y afirmó su misión moral histórico-mundial, aceptó implícitamente que el nacionalsocialismo excluyera a las víctimas de los asesinatos en masa nazis de la condición de nación alemana. Este borrado histórico de judíos, romaníes, sinti e izquierdistas resistentes sigue configurando, como veremos, el complejo de la memoria alemana según criterios etnonacionalistas y de la Guerra Fría. La adscripción de la culpa política y metafísica a toda la nación alemana era, para Jaspers, no sólo un análisis situacional de la culpa de las generaciones adultas durante el nazismo, sino de una culpa nacional que se extendía a través de las generaciones. «Tenemos que cargar con la culpa de nuestros padres. […] nuestra tradición nacional contiene algo, poderoso y amenazador, que es nuestra ruina moral». Estos elementos etnogenealógicos, que no son en absoluto los únicos de Jaspers, constituyen un importante aspecto psicosocial de la continuidad de la culpa alemana.
Aunque este pensamiento rechaza el contenido del pensamiento nacionalista, conserva su forma: aceptar la idea de la nación como una unidad de destino común, con un afecto nacional necesariamente compartido y un fundamento moral común. Esto tiene en común una profunda identificación con el Estado nación como portador de responsabilidades colectivas (y no de clase). Si bien este planteamiento no es sorprendente en el existencialista cristiano y anticomunista Jaspers, es más sorprendente que lo repitan tan a menudo los izquierdistas que perdieron a decenas de miles de antepasados políticos en los campos y en los pelotones de fusilamiento. Para entender el poder continuado de la creencia en el destino nacional en la izquierda, no deberíamos fijarnos en la fuerza continuada de los sentimientos de culpa alemanes, sino en lo contrario: el rechazo recurrente de la culpa y la responsabilidad en la derecha alemana y en amplios sectores de la población.
El rechazo de la culpabilidad y la represión del antisemitismo
En un amplio estudio empírico de mediados de la década de 1950, traducido como Culpa y defensa, Theodor Adorno y sus colegas del Instituto de Investigación Social de Fráncfort escribieron sobre las numerosas estrategias para negar, minimizar, relativizar o alegar ignorancia sobre lo sucedido durante el nacionalsocialismo: «No sabíamos lo que estaba pasando», decían algunos, mientras que otros afirmaban que se asesinó a menos judíos de los estimados por los Aliados, o que los alemanes también fueron víctimas, «como si Dresde compensara Auschwitz». El estudio también reveló una represión generalizada de los significantes antisemitas y nazis, pero que volvían en eufemismos, bromas y negaciones reveladoras («no tengo nada contra los judíos»). Los psicólogos y psicoanalistas de posguerra documentaron una negativa a examinar su complicidad pasada en crímenes horribles, una incapacidad para hacer el duelo y una «desrealización general que evitaba sentirse implicado y culpable».2 Esto tuvo graves consecuencias para los hijos de las generaciones de la guerra, que heredaron una conciencia inconsciente y en cierto modo pública de un crimen incalificable.3
En la RDA, el antifascismo era la ideología oficial del Estado. Sin embargo, esto dejaba poco espacio para la expiación y la conmemoración. En lugar de conmemorar la Shoa, se celebraba la resistencia antifascista. En lugar de perseguir a los criminales nazis en sus propias filas, criticó a la República Federal por no hacer lo mismo con sus (mucho mayor número de) ex-nazis empleados por el Estado. En lugar de devolver las propiedades estatales que los nazis habían confiscado a los judíos, atacó la complicidad del capital de Alemania Occidental en el genocidio.
A finales de la década de 1960, las críticas de Alemania Oriental a la República Federal se vieron amplificadas y extendidas por las luchas juveniles de Alemania Occidental. Esto tuvo una importancia trascendental a la hora de introducir la cuestión de la culpa en la agenda de la Bundesrepublik y sacar a la luz a los reprimidos. Este movimiento abordó todos los tipos de culpa esbozados por Jaspers, pero centró sus energías en las críticas materialistas e institucionales de la culpabilidad criminal y política de las generaciones progenitoras y de la República Federal Alemana, centrándose en las numerosas continuidades del personal del Tercer Reich en el nuevo Estado alemán occidental. El «consenso» reivindicado por Habermas no era tanto una realidad como un proyecto, que la propia invocación de un consenso pretendía promover.4 Otra consecuencia de este movimiento fue el rechazo de la limitación de Jaspers del juicio moral a la autoevaluación del individuo, un llamamiento que los alemanes de posguerra eludieron con demasiada facilidad. Como resultado, nació una especie de activismo moral, por el que los jóvenes exigían activamente una introspección moral de una generación en la que cualquiera podría haber sido potencialmente nazi, y una vigilancia generalizada ante cualquier indicio de proto o cripto nazismo.
El revisionismo de derechas
A mediados de la década de 1980, el revisionismo conservador pasó a la ofensiva. Para conmemorar el 40 aniversario de la rendición incondicional de Alemania, el Canciller Helmut Kohl y Ronald Reagan depositaron una corona de flores en el cementerio militar de Bitburg. La conmemoración conjunta pretendía afirmar la sólida pertenencia de Alemania Occidental al campo atlantista y normalizar la relación equiparando simbólicamente a los soldados alemanes y estadounidenses muertos, un objetivo que se vio socavado cuando se hizo público que en el cementerio había varios soldados de las SS.
Tres días después, el Bundespräsident de Alemania Occidental, Richard von Weizsäcker, pronunció un poderoso discurso que muchos consideran el punto de partida de la cultura oficial alemana de la memoria. El discurso tuvo una enorme resonancia y allanó el camino para que von Weizsäcker realizara la primera visita de Estado alemana a Israel en octubre de 1985.
Bitburgo se convirtió en la chispa de la Historikerstreit («disputa de los historiadores») de 1986-1987, en la que los historiadores conservadores volvieron a exponer ante un amplio público muchos de los motivos minimizadores y relativizadores de principios de la posguerra, ferozmente rebatidos por Jürgen Habermas e innumerables historiadores liberales y marxistas. La idea central del revisionismo conservador era rechazar la «obsesión por la culpa», un meme que sigue siendo fundamental en la política de la nueva derecha alemana. Los historiadores de derechas compararon los crímenes de Alemania con otros genocidios y asesinatos en masa, desde Stalin hasta Pol Pot. El objetivo, según Habermas, era convertir el Holocausto en un genocidio más de un siglo asesino. En esta lógica, advirtió, la especificidad de Auschwitz aparece como una simple innovación técnica (la cámara de gas) y el nazismo como una estrategia dentro de la dialéctica de las amenazas mutuas de aniquilación, tal y como se expresa en la infame afirmación de Ernst Nolte de que los nazis llevaron a cabo un acto «asiático» «porque se veían a sí mismos y a los de su clase como las víctimas potenciales o reales de un acto ‘asiático'» a manos de los bolcheviques.
La intervención de Habermas en el Historikerstreit sirvió para instanciar gran parte de lo que el experto en genocidios Dirk Moses ha descrito como el «Nuevo catecismo alemán». Este catecismo tiene unos objetivos políticos bastante específicos y comprensibles: la afirmación de la absoluta singularidad del crimen alemán contra los judíos sirve para defenderse de las relativizaciones derechistas del Holocausto. La apasionada afirmación de que todo el Volk alemán era responsable de los crímenes nazis pretende combatir las reivindicaciones derechistas del victimismo alemán y descartar la idea de que las muertes de Dresde y el asesinato y expulsión de poblaciones alemanas de Prusia Oriental y Transilvania equilibran los crímenes alemanes.
La razón clave por la que muchos liberales e izquierdistas alemanes tienen muy poca capacidad para escuchar las críticas de los extranjeros a la cultura alemana de la culpa es que cualquier crítica de este tipo invoca el peligro moral de un nacionalismo alemán renovado, liberado de la culpa. En este contexto, la afirmación de la culpabilidad alemana no es simplemente una constatación de hechos, sino un mecanismo de defensa política, una respuesta al retorno de los reprimidos y un acto renovado de represión. Comprender el esquema de estos debates explica el profundo malestar que sienten los izquierdistas alemanes ante el actual eslogan propalestino «Liberen a Palestina de la culpa alemana» o los artículos académicos con títulos como «El interminable viaje de la culpa alemana». Tales declaraciones de no alemanes no son retornos de lo reprimido, pero sí sacan a relucir los mismos significantes implicados en tal retorno. Esto causa alarma y con frecuencia conduce a proyecciones de antisemitismo sobre quienes las expresan.
Aunque comprensible, este patrón de pensamiento también es profundamente erróneo. En 1986, Habermas identificó correctamente un proyecto conservador de proporcionar legitimación histórica a los objetivos del sistema político, tal y como se expresaron en Bitburg: evitar el camino de la neutralidad y afirmar el firme arraigo de la República Federal en «la comunidad atlántica de valores» recuperando un nivel de autoconfianza nacional mediante una identificación con partes del pasado.5 Sin embargo, al extender este análisis sólo a Kohl en Bitburg y no al discurso posterior de su colega de partido, Habermas pasó por alto algo esencial: que la relativización del Holocausto no era una condición necesaria para la renovación de la confianza alemana en la escena mundial. Ya fuera por casualidad o a propósito, los actos simbólicos de los dos políticos demócrata-cristianos establecieron la dialéctica básica de la cultura oficial alemana de la memoria, por la cual la conmemoración del Holocausto y la solidaridad con Israel se convierten en los medios a través de los cuales se puede limpiar el ejército alemán y asumir públicamente la confianza y la aspiración geopolíticas de Alemania. Cuando, en noviembre de 2023, el jefe de la Luftwaffe alemana viajó a Israel para donar sangre a los soldados israelíes, vemos el éxito que ha tenido esta limpieza: hoy, el Estado que dice representar a todos los judíos acepta de buen grado la sangre militar alemana en las venas de sus soldados.
La incomprensión de esta dialéctica hace que a muchos izquierdistas les cueste ver lo extraño que es que su política se alinee con la agenda geopolítica del Estado alemán, especialmente su apoyo a Israel como «Estado de primera línea de Occidente». Pero si queremos entender por qué se impulsa la solidaridad con Israel como ideología nacional, que es aceptada por la derecha y la extrema derecha, no podemos ignorar la geopolítica racista y antiliberacionista que hay detrás de esta política.
La geopolítica de la solidaridad con Israel
Las relaciones de Alemania con Israel no pueden entenderse, por supuesto, fuera del marco de la cultura de la memoria hegemónica de esos países. Sin embargo, la relación entre la memoria nacional y el apoyo a Israel no estuvo clara desde el principio. En Alemania Occidental, el apoyo al Estado de Israel comenzó bajo el gobierno de Adenauer en la década de 1950 y, por tanto, antes de que se produjera un reconocimiento público e institucional generalizado del Holocausto. La alianza entre Alemania Occidental e Israel se mantuvo en secreto hasta 1965, en parte debido a su carácter delicado en Israel, en parte para evitar provocar a los Estados árabes para que reconocieran a la RDA.
Mientras tanto, la RDA apoyaba tanto el derecho de los judíos como el de los árabes a la autodeterminación sobre la base del principio general de autodeterminación nacional. Así, una declaración del Comité Central de 1948 describía la fundación de «un Estado judío [como] una contribución esencial que permitiría a miles de personas que sufrieron enormemente bajo el fascismo de Hitler construir una nueva vida». Sin embargo, como parte de la estrategia soviética de apoyo al nacionalismo árabe en la Guerra Fría, la RDA no reconoció a Israel hasta 1988. En cierto sentido, el apoyo de Alemania Oriental a Israel se basaba únicamente en el pasado, y éste era un pasado que no estaba sujeto a ninguna producción seria de memoria y afecto nacionales, ni de justicia.
En Alemania Occidental, por el contrario, el tema común de los debates sobre Israel durante la década de 1950 no era el pasado, sino la cuestión de la pertenencia geopolítica de Alemania Occidental en la Guerra Fría. Así pues, la condición de Israel como Estado compañero de primera línea y cliente de Estados Unidos en la Guerra Fría no fue un factor insignificante de este consenso, especialmente entre los conservadores gobernantes de la República de Bonn. En una reunión de 1960 con Ben Gurion, el propio Adenauer describió a Israel como una «fortaleza de Occidente [que] tiene que desarrollarse en interés de todo el mundo». Mientras tanto, estaba invirtiendo sistemáticamente el proceso institucional de desnazificación en su país y dando puestos a antiguos nazis con el apoyo de Estados Unidos. Como detalla Pankaj Mishra, «el propio Adenauer explicó tras su retiro que dar dinero y armas a Israel era esencial para restaurar la ‘posición internacional’ de Alemania, añadiendo que ‘el poder de los judíos incluso hoy, especialmente en Estados Unidos, no debe ser subestimado'». Declaraciones como éstas sugieren que el apoyo alemán a Israel siempre ha existido en un continuo con actitudes antisemitas, especialmente hacia los judíos de la diáspora. Además, vemos cómo la reincorporación de Alemania al «mundo civilizado» y la recodificación de los judíos de «orientales» a tropas del frente de Occidente estaban vinculadas a la geopolítica de la Guerra Fría.
El proyecto de pertenencia civilizatoria
Incluso los debates sobre el nazismo y el Holocausto estaban moldeados por este deseo de demostrar la pertenencia civilizatoria a Occidente y el distanciamiento de la «ruptura de la civilización» (Zivilisationsbruch) de los nazis, el hecho de que «un pueblo civilizado pudiera permitir que ocurriera lo monstruoso», en palabras de Habermas.6 Aunque ostensiblemente se entiende como una ruptura con la civilización humana como tal, lo negativo -la presunción racista de pueblos incivilizados, salvajes y bárbaros- no está mucho más alejado de lo que está en la noción de «hazañas asiáticas» de Nolte. Así pues, el objeto de ambos bandos del Historikerstreit era definir la identidad nacional alemana y su pertenencia geopolítica a través del pasado. ¿Formaba Alemania parte de «Occidente» porque luchó contra el bolchevismo, en cuyo caso los nazis podían contarse como tropas del frente de la civilización occidental, haciendo su trabajo sucio -el argumento de Nolte, Hillgruber y Stürmers-, o la pertenencia de Alemania a Occidente, según Habermas, dependía de convicciones de principio, arrepentimiento y asunción de valores «occidentales» como los derechos humanos y la democracia liberal? Este profundo deseo de reafirmar la pertenencia de Alemania a la «civilización occidental», compartido desde la derecha hasta los izquierdistas antiestalinistas, tenía una importante dualidad. Por un lado, marcaba una ruptura con la anterior identificación de Alemania como «Mitteleuropa», una potencia «central» con su propia reivindicación hegemónica regional. Por otro, y con mayor urgencia, fue producto del rechazo de la Guerra Fría al «totalitarismo del Este». En cualquier caso, expresaba una incapacidad racista para entender Occidente no sólo como incubadora de luchas universalistas, sino como una empresa colonial global y frecuentemente genocida. Es revelador de siglos de deshumanización colonial y provincialismo metropolitano que el filósofo pudiera afirmar que hasta Auschwitz «simplemente habíamos dado por sentada la integridad de esta capa profunda [de solidaridad entre todos los que llevan un rostro humano]».7
Simplificando mucho, en la posguerra los alemanes se vieron motivados a asumir responsabilidades históricas por tres factores: la presión moral y política desde dentro, desde fuera y el propio interés en hacerlo, como condición de pertenencia a Occidente, geopolítica e ideológicamente. La cultura de la memoria jasperiana no se hizo hegemónica en Alemania hasta después de 1989. Para las élites de la Alemania reunificada, era políticamente conveniente y oportuno construir una nueva cultura nacional en torno a la conmemoración del Holocausto: al igual que después de 1945, el país recibió un empujón por parte de los Estados occidentales, preocupados por los riesgos de una Alemania reunificada. La conmemoración del Holocausto se convirtió en una herramienta del poder blando alemán. Además, esta conmemoración del Holocausto adoptó la forma más conducente a la negación de la narrativa específica de Alemania Oriental sobre los crímenes nazis. Así, afirmó la idea de la total culpabilidad alemana, contribuyendo a borrar la contribución comunista a la derrota del nazismo y, por tanto, a cualquier cultura de la memoria autóctona del Este. Incluso en su máxima asunción de culpa, el nuevo sujeto alemán, que Jaspers soñaba que «renovaría la existencia humana desde sus orígenes», era, en la práctica, una criatura de la Guerra Fría. La idea de la singular ilustración moral de Alemania en la posguerra se combinó con la creencia en la misión civilizadora de Occidente para formar una idea inherentemente chovinista y supremacista occidental de Alemania como líder moral en la escena mundial, que está muy extendida desde el estamento de seguridad alemán hasta partes de la izquierda alemana. Implícita o explícitamente, se sugiere que sólo los alemanes, obligados por una amarga derrota, han aprendido realmente las lecciones de la historia.
El apoyo moral, político y militar a Israel, codificado en términos supremacistas occidentales, es un elemento clave de esta ideología. Fue personificado por la definición de Merkel, en un discurso de 2008 ante la Knesset, de la seguridad de Israel como parte de la razón de Estado de Alemania, Staatsräson, un comentario que desde entonces ha sido tratado como un credo cuasi-constitucional. En ese discurso, Merkel señaló una profunda conexión entre Israel y Europa a nivel de «valores, desafíos e intereses compartidos», una lógica invocada en diciembre de 2023, cuando el presidente israelí Isaac Herzog afirmó que «su guerra es una guerra que no es sólo entre Israel y Hamás. Es una guerra que pretende, de verdad, salvar a la civilización occidental». La elevación moral de Occidente, la alterización y depreciación moral de los no occidentales y la presunción de que el apoyo a Israel redime los crímenes históricos de Alemania es una ideología potente. Permite un renovado chovinismo alemán, en el que la geopolítica mortífera se reviste de una autoelevación moral que hace que las voces palestinas y propalestinas resulten inquietantes, inadmisibles y, en última instancia, incomprensibles.
Anticolonialismo
La cultura alemana de la memoria ha sido elogiada internacionalmente por su voluntad de asumir la responsabilidad de los crímenes históricos del Estado. Sin embargo, la singularización del Holocausto, originalmente una estrategia para reprimir las relativizaciones de derechas del Holocausto, lo ha convertido en un acontecimiento fuera de la historia, un mito fundacional de la Alemania moderna, algo a lo que no se puede hacer referencia en las advertencias sobre la violencia genocida contemporánea o como recordatorio para tener en cuenta la historia colonial de Alemania o Europa. En este contexto, el énfasis en la singularidad del crimen alemán y la frecuente mención exclusiva de los judíos como sus víctimas reproducen un fuerte provincialismo intelectual, moral y político alemán.
Este fue el caso de las recientes polémicas que se han bautizado como «Historikerstreit 2.0». En ella, intelectuales y periódicos de gran tirada atacaron las aportaciones del erudito judío-estadounidense Michael Rothberg, cuyo estudio seminal Multidirectional Memory: Remembering the Holocaust in the Age of Decolonization analizaba cómo el Holocausto permitió la articulación de otras historias más antiguas y más recientes de victimización, entre las que destacan los crímenes del colonialismo y la esclavitud. En la misma línea, el filósofo camerunés Achille Mbembe fue falsamente acusado de antisemitismo y de relativizar el Holocausto, una sospecha que ahora se extiende a todas las formas de pensamiento y política poscoloniales en Alemania. Este provincianismo sigue bloqueando cualquier diálogo con pensadores anticoloniales que insistieron en que el racismo colonial era «el caldo de cultivo del tipo de mentalidad fascista que se está dejando escapar hoy en Europa» (George Padmore, 1936), que el fascismo era un «efecto boomerang» de la violencia que hasta entonces sólo se había aplicado a los pueblos no europeos (Aimé Césaire, 1937), o historiadores contemporáneos que señalan que el impulso expansivo de la Alemania nazi era un intento retrasado de ponerse al día dentro de la competencia interimperialista.
Lo que es peor, el análisis de los impulsos genocidas de la política alemana anterior al nazismo se limita casi siempre al discurso antijudío y a los pogromos en el continente europeo. Sólo en 2021 el Estado alemán aceptó definir como genocidio el perpetrado contra los hereros y los nama de Namibia, en el que murieron más de 100.000 personas entre 1904 y 1908. Aunque insuficiente («el acuerdo se queda corto […] en cuanto a disculpas y reparaciones significativas», según algunos descendientes de las víctimas), supone sin embargo un cambio notable respecto a la postura anterior de los alemanes, que hasta ahora habían utilizado la idea de la incomparabilidad del Holocausto para desviar las demandas de reparaciones basadas en precedentes. Aunque el presidente Steinberger emitió una disculpa en noviembre de 2023, Alemania aún no ha reconocido el carácter genocida de su represión del levantamiento Maji Maji en el África Oriental Alemana, en el que murieron entre 250.000 y 300.000 personas.
Más adelante veremos con qué frecuencia se compara a los palestinos con los alemanes que abrazan el nazismo, y a Hamás con el propio partido nazi. Evidentemente, para muchos el objetivo de aislar el Holocausto de la historia más amplia de Occidente no es evitar la relativización del Holocausto mediante la comparación. Más bien, al reafirmar la idea de la singularidad del crimen alemán y el camino hacia él (la tesis de Sonderweg), se puede preservar la idea de la moralidad de la civilización occidental, algo esencial para el sentido de restitución moral de la Alemania reunificada y su pretensión de participar en el autoproclamado supremacismo moral de Occidente en la escena mundial.8
Los antiimperialistas y los antialemanes
Aparte de garantizar un ajuste de cuentas con los crímenes históricos, se suponía que la cultura de la memoria alemana, especialmente entre sus defensores de izquierdas, también serviría de vacuna contra cualquier tipo de deshumanización. Sin embargo, la deshumanización de la vida de los musulmanes y los árabes se ha filtrado profundamente en la cultura política alemana, incluso en partes de la izquierda, de formas no del todo ajenas a la forma en que el complejo de la memoria alemana se organizó en torno al problema del papel de Alemania dentro de la «civilización occidental». Para entender por qué gran parte de la izquierda del ámbito germanoparlante ha adoptado un discurso explícitamente antiterrorista y se muestra profundamente escéptica ante los argumentos anti, de y poscoloniales, debemos comprender la controvertida historia de la política antiimperialista en esta parte del mundo.
En la izquierda de posguerra, el apoyo a Israel estaba muy extendido a principios de los años 60, al igual que en el resto de Europa. La existencia del Estado de Israel se veía como un acto de expiación tras los horrores de la Shoa, y el sionismo como una respuesta sensata a la experiencia real de la persecución. El carácter cuasi socialista del primer Israel, simbolizado por los kibbutzim, también le daba un aire un tanto utópico. Aunque el apoyo militar de Alemania Occidental a Israel se mantuvo en secreto, su no reconocimiento oficial de Israel fue motivo de condena por parte de la izquierda. Tras la guerra árabe-israelí de 1967, las actitudes de la izquierda cambiaron rápidamente. Cada vez más grupos empezaron a apoyar el movimiento de liberación palestino, impulsados por la inspiración de los movimientos anticoloniales de la época. Esto significó también una desmitificación de Israel, pues empezó a reconocerse la exclusión sistemática de los palestinos y otros árabes tanto del «socialismo» israelí como de los relatos sobre la creación del Estado.
Como en otros lugares, la política antiimperialista alemana y austriaca surgió de los movimientos de solidaridad y antibelicistas de la década de 1970, concretamente de la resistencia a la guerra de Vietnam y del apoyo a la liberación del Tercer Mundo. Aunque estas políticas estaban profundamente entrelazadas con el ataque a las continuidades nazis en el Estado alemán, algunas sectas y grupos dieron un giro antisemita: en 1969, la célula terrorista izquierdista Tupamaros de Berlín Occidental colocó una bomba en un centro comunitario judío. En 1976, militantes alemanes de la Facción del Ejército Rojo y palestinos del FPLP-EO secuestraron un avión de pasajeros israelí y lo condujeron al aeropuerto ugandés de Entebbe, donde mantuvieron como rehenes a los pasajeros judíos y liberaron a los no judíos. Y ya en 1992, la RAF intentó volar un autobús en Budapest lleno de emigrantes judíos rusos.
En la izquierda alemana más amplia, el silencio percibido de otros antiimperialistas sobre el discurso o las acciones antisemitas de algunos de sus camaradas creó un sentimiento generalizado de complicidad. A principios de la década de 1990, esto estalló en una furiosa crítica por parte de las fracciones que llegaron a formar un nuevo sentido común proisraelí en la izquierda, cuya expresión más fuerte fueron los llamados antialemanes. Los antialemanes procedían del mismo amplio entorno político y de clase que los antiimperialistas. En su mayoría estudiantes de clase media o con posibilidades, compartían un profundo pesimismo y desprecio por la clase obrera alemana, tanto por su cooptación por el nazismo como por su percibido letargo consumista en las opulentas décadas del «Wirtschaftswunder». Mientras que actitudes similares habían llevado a los antiimperialistas a buscar potenciales revolucionarios en el extranjero, la tendencia antialemana adoptó el papel del batallón secreto de personas de mente recta que luchaban contra el fascismo en casa. Adoptando una teoría pesimista, incluso fatalista, de los potenciales políticos en Alemania, conocida como la «tesis de la fascistización», los antialemanes creían que, debido a las particularidades de la historia alemana, la crisis capitalista no crearía oportunidades para la izquierda, sino un giro hacia la extrema derecha y el nuevo fascismo. Como argumenta Leandros Fischer en su exhaustivo artículo sobre los antialemanes, gran parte de los problemas de la izquierda alemana tienen que ver con la debilidad de sus conexiones con la clase obrera y de la política de clase radical dentro de la propia clase.
Mientras que la escena antiimperialista quedó profundamente debilitada después de 1989, la corriente antialemana creció rápidamente en respuesta al riesgo de un nacionalismo alemán renovado tras la reunificación y una serie de atentados neonazis centrados en la antigua RDA. El término antialemán fue retomado por la publicación konkret para expresar solidaridad con Israel durante la Guerra del Golfo, cuando se dispararon misiles iraquíes contra ese país, y el gobierno alemán -que se negó a apoyar la invasión estadounidense- fue percibido una vez más como faltando a su deber de solidaridad con Israel. Aunque la crítica original de algunas facciones del antiimperialismo tenía buenas razones, pronto se convirtió en una incriminación general de todo el antiimperialismo y en una defensa del imperialismo estadounidense. Así, la publicación Bahamas felicitó a la coalición estadounidense por su victoria en Irak, y recientemente describió las acciones de Israel desde octubre de 2023, que han matado a decenas de miles de civiles, como parte necesaria de «la desnazificación de Gaza.»
En las últimas décadas, los antialemanes han remodelado profundamente la izquierda alemana. Aunque siguen siendo marginales en términos numéricos y a menudo ridiculizados por su patrioterismo y su mal humor, su friki capacidad para ver cuasi, proto y criptoantisemitismo en todas partes en la izquierda ha reconfigurado profundamente el discurso izquierdista. Dados los riesgos extremos a los que se enfrenta cualquier izquierdista en Alemania que sea acusado falsa o correctamente de antisemitismo, gran parte de la izquierda se ha aproximado a posturas antialemanas o ha optado por el silencio táctico en muchos temas, para evitar tormentas de mierda perjudiciales, desfinanciaciones y cancelaciones. Este es especialmente el caso después de que muchas personas socializadas en el entorno antialemán hayan conseguido puestos de liderazgo en el sector cultural, en el mundo de las fundaciones, en el campo de los estudios judíos y como «comisarios para la vida judía en Alemania y la lucha contra el antisemitismo».9 Dicho de otro modo, el consenso proisraelí en la izquierda alemana no está tan profundamente arraigado como parece. Se basa menos en la aceptación estudiada de posturas antialemanas que en las presiones morales y las sanciones materiales y sociales que pueden ejercerse sobre las personas que existen dentro de un espacio moral y cívico conformado por discursos y sentimientos de culpa y responsabilidad nacionales.
De la cultura de la memoria ascendente a la descendente
En Alemania, la cultura de la memoria nacional consciente, como proyecto, ha sido menos uniforme y exitosa de lo que a menudo se imagina en el extranjero. En términos políticos, podemos describirla como un proyecto para formular una nueva autocomprensión nacional a través de una crítica de los crímenes y fracasos de los nacionalismos alemanes del pasado. Al hacerlo, intenta moldear la forma en que la gente piensa y siente el pasado. Así, en términos psicosociales, la cultura de la memoria alemana puede describirse mejor como un complejo de memoria, un conjunto de creencias, afectos e identidades orientados al pasado y organizados en torno a una herida. Mientras que en la posguerra se trataba de una ideología contrahegemónica, en la Alemania reunificada se ha transformado en una nueva ideología nacional.
En Alemania (como en Austria10), el activismo de base, especialmente de la izquierda y antifa, desempeñó un papel clave a la hora de mantener las cuestiones de la culpa y la restitución en la agenda nacional, frente a décadas de llamamientos de la derecha a seguir adelante. Así pues, las iniciativas de la izquierda y de conmemoración cívica lograron en última instancia lanzar amplios debates en la sociedad civil y en las instituciones culturales y educativas. Pero una condición para este éxito fue que el Holocausto se presentara como un crimen nacional, llevado a cabo por cada miembro de la nación (étnica), en lugar de como un crimen instigado por la derecha y sus colaboradores locales e internacionales, y apoyado por el aparato estatal y los capitalistas que se beneficiaron de la conquista y de un régimen genocida de trabajo esclavo. Dentro de ese marco jasperiano, los crímenes del nazismo podían transformarse en un cuento de moralidad nacional, una historia de redención y renacimiento nacionales. El apoyo al Estado de Israel se convirtió en un componente central de esta historia de redención alemana, el renacimiento de una nación de las cenizas de la catástrofe moral conectado al renacimiento de otra de las cenizas de la Shoah. El atractivo moral de estas ideas es comprensiblemente profundo para muchos liberales y conservadores alemanes. Mientras tanto, muchos antiguos y actuales izquierdistas lo ven como la consagración de una larga lucha para obligar al Estado y a la élite alemanes a asumir su responsabilidad histórica. Sin embargo, detrás de las apelaciones emocionales de esta ideología también se esconden brutales intereses materiales. Más que a una victoria de la izquierda, asistimos a una renovación de la ideología nacionalista y a la utilización de la conmemoración del Holocausto para legitimar una política exterior que precede de lejos a esta conmemoración.
A favor de esta interpretación está el cambio del carácter político de la conmemoración del Holocausto. Así, a la labor de memoria cívica y democrática de los años ochenta y noventa se ha superpuesto un nuevo «consenso represivo» y un «teatro de la reconciliación», en el que los límites del discurso aceptable se imponen mediante la vergüenza pública y la difamación, y la retirada de invitaciones, financiación pública, becas y ofertas de trabajo. Lo más atroz es la Resolución BDS 2019 del Bundestag alemán, lanzada por el gobierno conservador de Merkel. La resolución pedía a los organismos públicos que retiraran la financiación a las instituciones culturales que acogieran a personas sospechosas de simpatizar con el movimiento BDS. Aunque esta resolución no es jurídicamente vinculante, se sigue haciendo referencia a ella con frecuencia a la hora de sancionar a personas e instituciones.
El cambio represivo en la cultura alemana de la memoria tiene mucho que ver con la dinámica de la política exterior alemana tras el 11-S, donde la cambiante dinámica geopolítica transformó las condiciones para ser «parte de Occidente». Durante la Guerra contra el Terror, el centro y la derecha iniciaron una nueva labor para deshacer el antimilitarismo inercial de posguerra de sus Estados y poblaciones. Una palanca clave de esta transformación fue la recodificación de la responsabilidad histórica hacia el Estado de Israel, en términos de que este último es ahora un Estado democrático de primera línea en la lucha de «Occidente» contra el terrorismo islamista. En este contexto, no debería sorprendernos que la Resolución BDS fuera provocada por propuestas similares para prohibir tal disidencia de Israel por parte del partido de extrema derecha AfD y los neoliberales populistas de derecha FDP.
Significados contemporáneos de la solidaridad con Israel
«Israel-solidaridad» significa cosas diferentes en todo el espectro político: desde auto-lavado y propaganda anti-musulmana (la extrema derecha y la derecha), a posicionamiento geopolítico y auto-promoción (la derecha, el centro y el centro-izquierda), a un elemento esencial percibido en la lucha contra el antisemitismo (el centro y la izquierda).  Además, funciona como medio de presión externa y disciplina interna dentro de Die Linke, que quiere mantener abierta la posibilidad de formar gobierno con los socialdemócratas y los verdes. Como explica Leandros Fischer, «al igual que la obediencia a la OTAN y al régimen de moneda única de la UE, el apoyo a Israel forma parte de las condiciones previas para entrar en el juego político legítimo». Esta presión no es en absoluto exclusiva de Alemania, sino una característica de la política atlantista.
Lo que es específico de Alemania es el poder con el que las invocaciones a la responsabilidad histórica de luchar contra el antisemitismo pueden utilizarse para apuntalar el apoyo a Israel. Todo esto se basa en la extendida pero falaz ecuación entre apoyo a Israel y antisemitismo. Esta idea queda desmentida por el antisemitismo rampante de muchos partidarios de Israel, desde los evangélicos estadounidenses hasta la extrema derecha europea. También se ve reforzada por la ecuación entre Israel y los judíos en general, una idea que comparten la derecha israelí y la clase política, la izquierda y la intelectualidad de habla alemana, pero que rechaza incluso la definición de antisemitismo promovida por Israel de la IHRA, así como la definición más erudita de la Declaración de Jerusalén. La creencia en esta ecuación deforma en gran medida el análisis del antisemitismo en la Alemania actual y empuja la lucha contra él a un terreno al que se oponen muchos judíos de la diáspora, especialmente en la izquierda, como los intelectuales y artistas judíos que escribieron una carta abierta al público alemán en octubre de 2023 condenando las restricciones de la libertad de expresión y de reunión que se dirigen tanto contra las expresiones de solidaridad con Palestina como contra los llamamientos a la paz. Es la fragilidad de este consenso lo que explica, en términos gramscianos, su dependencia de medidas coercitivas (cancelaciones, prohibiciones, ostracismo, etc.), legitimadas en el lenguaje de la seguridad y la necesidad de luchar contra el mal.
Sin embargo, las prohibiciones del BDS y la idea de que Israel puede «sufrir otro Holocausto» si no se le defiende (un peligroso mal uso de la memoria del Holocausto, en palabras del estudioso israelí del Holocausto Omer Bartov y sus colegas) no son en absoluto exclusivas de Alemania. Más bien, forman parte de una tendencia más amplia a interpretar las amenazas a la seguridad de Israel como cuestiones de antisemitismo y fanatismo religioso, en lugar de como oposición a décadas de ocupación (reconocida tanto por el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán como por medio siglo de resoluciones de la ONU) que sólo está contingentemente hegemonizada por un partido islamista en un territorio palestino ayudado por la derecha israelí. La equiparación de la lucha palestina con el antisemitismo, el terrorismo y el fanatismo religioso ha permitido silenciar y marginar todas las voces palestinas, incluidas las laicas y de izquierdas, e ignora convenientemente el hecho de que Hamás no es popular por ningún odio genérico contra los judíos, sino porque se resiste a Israel. Lo hacen con medios e ideas que uno puede rechazar enérgicamente y con razón, pero por razones que deberían estar a la vista de todos; cualquier pueblo que sufriera el destino de los palestinos resistiría o perecería. El hecho de que esto no sea evidente para muchos occidentales tiene mucho que ver con la forma en que los medios de comunicación y la llamada Guerra contra el Terror han profundizado el desprecio por las vidas musulmanas en Europa y Norteamérica, y han promovido la sospecha racista de que todo musulmán es secretamente un simpatizante terrorista. También ha reforzado, ataque tras ataque con aviones no tripulados, la idea de que las víctimas civiles masivas son inevitables en la lucha contra la guerrilla y los grupos terroristas, en lugar de ser una de las mayores contribuciones a su reclutamiento y determinación.
Guerra por delegación y proyección
Mientras que parte de la izquierda ha sido absorbida por las lógicas de seguridad racializadas de la Guerra contra el Terror, el establishment de seguridad ha elevado las justificaciones antifascistas de la violencia desenfrenada a razón de Estado. Hoy, el Estado alemán busca la rectitud moral a través del compromiso con la causa de una víctima pura. Los actos de esta víctima son irreprochables tanto por su opresión histórica mundial como por el crimen histórico mundial de Alemania. Esto permite a los alemanes afirmar, con poca sinceridad, que no pueden hacer juicios morales, porque ¿quiénes son ellos para juzgar a su víctima de ayer como a los perpetradores de hoy? Como si uno no tuviera que elegir siempre entre apoyar a determinados actores que dicen representar a un grupo: la derecha o la izquierda, el gobierno o la oposición, los halcones o el movimiento pacifista. Se eleva la rectitud de la causa describiendo a los enemigos de esta víctima histórica como nazis reales o potenciales, e incurriendo en burdas mistificaciones de la historia alemana y europea en el proceso: la masacre del 7 de octubre se describe como un pogromo, normalmente definido como un ataque dirigido por civiles contra una minoría racializada o religiosa por parte de un grupo mayoritario, tolerado o alentado por el Estado, y se describe a Hamás como una amenaza de otro Holocausto (como si algo así como un asesinato masivo industrializado pudiera ser cometido por la parte más débil en un conflicto).
La dificultad de nombrar el horror del ataque de Hamás sin analogías de la historia europea da testimonio de un campo discursivo organizado por la culpa, el narcisismo, un uso propagandístico de la historia y un deseo inconsciente de relativizar o compartir los crímenes alemanes. Mientras que la declaración de Benjamin Netanyahu en 2015 de que el Gran Muftí de Jerusalén había inspirado la «solución final» de Hitler causó una justificada indignación en Alemania, las comparaciones de Hamás con los nazis, del lema «Palestina libre» con «Heil Hitler» y del keffiyeh con un uniforme nazi se han generalizado desde entonces en la prensa alemana. Podría decirse que estas comparaciones se han convertido en el vector clave a través del cual se relativizan y minimizan los crímenes nazis. Esta minimización y proyección de la culpa se combina con la violencia represiva contra las minorías racializadas en Alemania y el apoyo a los asesinatos en masa en el extranjero.
En particular, la proyección de intenciones y poderes similares a los nazis a los palestinos sirve para legitimar la violencia contra los civiles palestinos, basándose en la idea común de que las inmensas bajas civiles alemanas en la Segunda Guerra Mundial eran necesarias y deseables. Este consenso abarca desde Hollywood hasta el Kremlin, desde los antiimperialistas que justifican los excesos del Ejército Rojo hasta los antialemanes que jaleaban las bajas civiles alemanas durante la Segunda Guerra Mundial con eslóganes como «Sin lágrimas por Dresde» y «Bomber-Harris – ¡hazlo otra vez!». Pero por mucho que la violencia sea necesaria para luchar contra el nazismo, y por muy comprensibles que sean estos eslóganes como reacción a los argumentos de la derecha y a la cultura victimista en Alemania, tienen consecuencias tóxicas. En primer lugar, anulan una de las lecciones clave tras la Segunda Guerra Mundial, a saber, el reconocimiento de que los asesinatos masivos de civiles, ya sea en Londres, Dresde, Varsovia o Hiroshima, deben ser prohibidos por el derecho internacional por ser tanto militarmente irrelevantes como moralmente repugnantes. En segundo lugar, contribuyen a justificar el asesinato masivo de civiles. Cuando un bando de un conflicto es considerado «nazi», sus civiles se convierten, como los civiles alemanes antes que ellos, en objetivos legítimos de la guerra total. Este es el lado oscuro de la idea de la culpa colectiva, y una lógica que es tan problemática cuando se extiende a las muertes de civiles palestinos como cuando se utiliza para legitimar o negar la matanza de judíos y no judíos el 7 de octubre. Cuando el bombardeo de Gaza se recibe, como ocurre en algunos círculos, con especial regocijo y celebración y se envían armas por miles de millones, los alemanes autocríticos podrían hacer algo peor que preguntarse si su moral vicaria está relacionada con una especie de violencia vicaria por la que los miembros de la nación ostensiblemente pacífica obtienen una salida para sus impulsos agresivos mientras se sienten engreídamente morales. O, tal vez se pregunten, ¿es ésta una forma de castigar por poderes a sus antepasados que tanta culpa les transmitieron?
Sea como fuere, el desprecio por la vida humana que la cultura de la culpa debía extirpar está muy extendido en Alemania. La frialdad selectiva ante las muertes de civiles no surge del fracaso de la memoria, como vemos en la derecha, sino a través de la forma específica del propio complejo de memoria.
Silencio o coraje
Los horrores del conflicto en Israel/Palestina están llevando a cada vez más izquierdistas a tomar distancia de los argumentos de los antialemanes y del Estado alemán. Sin embargo, muchos carecen de las herramientas o el coraje para formular posiciones alternativas. En su lugar, se unen a la mayoría de los alemanes que optan por el silencio y el tímido lamento sobre la tragedia general del conflicto, ignorando que mientras el asesinato masivo del 7 de octubre ha terminado y está fuera de su influencia, otro, y desproporcionadamente mayor, está en curso con el apoyo moral y militar de su gobierno. Lo que temen es la gran presión moral que proviene no tanto de la escena marginal antialemana de publicaciones, sino de las instituciones educativas públicas y cívicas sobre el Holocausto y de los «Comisionados para la vida judía en Alemania y la lucha contra el antisemitismo» públicos, los medios de comunicación y el establishment político, y el establishment de seguridad alemán. Lo que temen son también, comprensiblemente, las críticas de organizaciones judías alineadas con el gobierno israelí como el Zentralrat der Juden in Deutschland, autorizado por el Estado a representar a todos los judíos de Alemania, pero que en el mejor de los casos responde ante las comunidades confesionales (Gemeinden), que sólo incluyen a la mitad de los judíos de Alemania. En esta constelación transpolítica, las acusaciones de antisemitismo sirven para incriminar a cualquiera que se atreva a cuestionar la proporcionalidad de la respuesta de Israel al 7 de octubre, su bloqueo de Gaza durante décadas o 75 años de desplazamiento.
Sin embargo, hay signos de cambio de marea. La gran revista de izquierda radical Analyse und Kritik, la red antifascista Migrantifa y la Jüdische Stimme ofrecen a la gente vías para pensar y expresar sus preguntas sobre el nuevo chovinismo alemán. La creciente población judía en Alemania está desplazando la composición de la población judía hacia la izquierda, y el impacto de los emigrantes israelíes de izquierdas en Berlín es creciente y significativo.
La segunda parte de este ensayo pasa a preguntar: ¿Consigue la cultura de la memoria lo que se propone? ¿Reprime el neofascismo y el antisemitismo en Alemania? También desarrollará la crítica al marco nacional y, en última instancia, nacionalista de la responsabilidad alemana, y proporcionará una base positiva para otra cultura de la memoria: una basada en las vidas antifascistas que fueron invisibilizadas en la cultura de la memoria hegemónica y que siguen siendo silenciadas hoy en día.
Notas finales
Anson Rabinbach, «The German as pariah – Karl Jaspers and the question of German guilt» – Radical Philosophy, 075, Ene/Feb 1996, 
https://www.radicalphilosophy.
Orna Guralnik, «El bebé muerto», Diálogos psicoanalíticos 24, nº 2 (4 de marzo de 2014): 129-45; Alexander Mitscherlich y Margarete Mitscherlich, The Inability to Mourn: Principles of Collective Behavior. (Grove Press, 1975).
Kestenberg, J. S. (1982). The persecutor’s children, En M.S. Bergman & M.E. Jucovy (Eds) Generations of the Holocaust, NY: Columbia Univ. Press.
Jeffrey K. Olick, The Politics of Regret: On Collective Memory and Historical Responsibility (Routledge, 2013).
Jürgen Habermas, «A Kind of Settlement of Damages (Apologetic Tendencies),» New German Critique, no. 44 (1988): 25-39.
Ibíd.
Jürgen Habermas, «Conciencia histórica e identidad postradicional: Observaciones sobre la orientación de la República Federal hacia Occidente», Acta Sociologica 31, nº 1 (1988): 3-13.
Para una crítica histórica de la tesis de Sonderweg, véase David Blackbourn y Geoff Eley, The Peculiarities of German History: Bourgeois Society and Politics in Nineteenth-Century Germany (Oxford, Nueva York: Oxford University Press, 1984). Para una apreciación crítico-teórica de la insistencia de los intelectuales judíos alemanes exiliados en el Holocausto como parte de la modernidad occidental, véase Anson Rabinbach, «‘The Abyss That Opened up before Us’: Thinking about Auschwitz and Modernity (2003)» en Staging the Third Reich (Routledge, 2020). Esto no quiere decir que la alteridad colonial de los colonizados en términos de alteridad y la alteridad nazi de los judíos como abyectos fueran lo mismo. Véase Matthew P. Fitzpatrick, «¿La prehistoria del Holocausto? The Sonderweg and Historikerstreit Debates and the Abject Colonial Past», Central European History 41, no. 3 (septiembre de 2008): 477-503.
Para un análisis brillante y una caracterización sardónica del extraño mundo de los antialemanes («un hombre blanco alemán, club de frikis que se pelean por el marxismo de la teoría del valor y que pueden identificar los tropos antisemitas mejor que nadie»), los comisarios antiantisemitas y mucho más, escuche la entrevista con Emily Dische-Becker de la Alianza de la Diáspora Judeo-Alemana en The Dig.
En Austria, el recuerdo se retrasó mucho en comparación con Alemania. Después de la guerra, los aliados acordaron nombrar a Austria «la primera víctima del nazismo», ocultando tanto la entusiasta acogida de Hitler en Austria como el hecho de que el país ya era una dictadura fascista -en concreto el austrofascismo bajo Dolfuß- en el momento del Anschluss. La imagen de inocencia austriaca de la posguerra, pulida internacionalmente por el éxito de taquilla musical Sonrisas y lágrimas, pretendía mantener a Austria cerca del redil occidental como amortiguador del Telón de Acero. El especial estatus geopolítico de Austria (aún no ha entrado en la OTAN y no se convirtió en miembro de la UE hasta 1995), unido a su condición de víctima, le permitió convertirse en un centro diplomático, albergando varias instituciones de la ONU, y retrasó seriamente el ajuste de cuentas austriaco con su abrazo al nacionalsocialismo. El asunto Waldheim de 1985, en el que periodistas de investigación revelaron el pasado nazi de Kurt Waldheim, candidato a la presidencia austriaca y ex Secretario General de la ONU, obligó a ponerlo sobre el tapete. A pesar de esta revelación, Waldheim fue elegido en 1986, lo que marcó el inicio de una seria expansión de los esfuerzos de la izquierda por incluir en la agenda nacional una crítica a la complicidad nazi de Austria.
Bue Rübner Hansen es un historiador intelectual y sociólogo que anteriormente trabajó en la Universidad de Jena y actualmente en la Universidad de Copenhague. Especializado en teorías sobre la formación de clases e intereses, ha escrito críticamente sobre los nacionalismos en Dinamarca, España y Cataluña para revistas como Viewpoint, Jacobin, Roar, Popula, Friktion y OpenDemocracy. La principal vertiente de su trabajo, que también desarrolla a través de la escuela del movimiento Ecologías Comunes, se refiere a las condiciones para la solidaridad socioecológica y la formación de intereses en la crisis de los ecosistemas.

7. La fragilidad del jarrón

La visión de Tomaselli sobre las escasas posibilidades de Europa: un jarrón de barro entre jarrones de hierro -EEUU y Rusia-. https://enricotomaselli.

El jarrón de barro
Enrico Tomaselli 20 de marzo de 2024
Increíblemente, el declive del imperio estadounidense ha cogido a Europa por sorpresa, a pesar de que debería saber algo sobre imperios y sus declives relativos. De hecho, a pesar de las numerosas advertencias, ni los distintos gobiernos nacionales, ni siquiera los dirigentes europeos, han considerado nunca esta eventualidad, de modo que cuando se ha manifestado plenamente les ha pillado absolutamente desprevenidos. Un poco como muchos Jardineros del Azar, que se ven catapultados a un mundo desconocido y desorientador a la muerte de su benefactor, los dirigentes europeos se encuentran ante una situación que, evidentemente, nunca se habían planteado: verse privados de la protección del viejo Tío Sam. Y esto, por desgracia, no es una brillante comedia, sino la cruda realidad.
La situación en la que se encuentra hoy Europa es, por otra parte, completamente ajena a los horizontes políticos y culturales en los que se formaron las clases dirigentes europeas -especialmente las de las últimas décadas- y que representaban el conjunto esencial de parámetros que definían su mundo. Durante muchos años, a partir del final de la última guerra mundial, los europeos se consideraron parte de un mundo (Occidente), en el que la hegemonía estaba firmemente en manos de Estados Unidos, pero en el que creían desempeñar un papel por significativo que fuera; y en cualquier caso la percepción dominante era la de un intercambio provechoso, una renuncia sustancial a la soberanía por la garantía de una protección capaz de permitir un desarrollo pacífico y rico. El despertar fue estremecedor.
Especialmente en las últimas décadas del siglo pasado, y en los albores de éste, el horizonte subalterno permitió el nacimiento de la falaz creencia de que Europa es un jardín feliz (parafraseando la poco afortunada afirmación de Borrell), que se apoyaba esencialmente en tres pilares: por un lado, precisamente, la garantía ofrecida por la protección de la espada norteamericana, por otro el suministro energético continuo y a bajo coste garantizado por Rusia, y finalmente las posibilidades derivadas de la inclusión en un mercado global en el que -a pesar de ser fundamentalmente un continente pobre en recursos energéticos y materias primas- el nivel de calidad de la industria manufacturera permitía la acumulación de ricos excedentes.

El movimiento defensivo del Lord Protector estadounidense hizo saltar por los aires todo el esquema.
Si, en lo que respecta a su posición internacional, la Europa unitaria se basaba en los tres pilares mencionados, en lo que respecta a su política interior los factores de equilibrio eran -evidentemente- de otra naturaleza. En primer lugar, hay que recordar que el control hegemónico estadounidense se ejerce bajo diferentes formas sobre los países europeos, que corresponden a una valoración estratégica diferente. Naturalmente, el primer nivel es precisamente el de la hegemonía política: los distintos Estados europeos están vinculados a EEUU por una serie de relaciones -de jure y de facto- que garantizan el reconocimiento, por parte de los primeros, del papel subordinado. En un segundo nivel (pero no por ello menos importante) está el papel de la OTAN, cuya función primordial es garantizar un nivel de integración estratégica, logística, doctrinal, industrial y de mando entre los diversos ejércitos nacionales europeos y el estadounidense, lo que asegura el pleno control de la fuerza militar del continente. El tercer nivel (tal sólo porque es predominantemente oculto) es el de las redes clandestinas de control, desde el stay-behind hasta la CIA, cuya finalidad es maniobrar en la sombra cuando la presión oficial no es suficiente, y actuar eventualmente para estabilizar o desestabilizar un país.
Además de esta estratificación horizontal, también existe una diversificación vertical. Por ejemplo, el hecho de que los países con mayor concentración de bases estadounidenses, entre los europeos, sean Alemania e Italia, suele atribuirse a que son los dos países derrotados en el último conflicto mundial. Casi como si esto los hiciera potencialmente traicioneros. Naturalmente, la verdadera razón no tiene nada que ver con esto, sino que responde a necesidades estratégicas precisas. Alemania es la principal potencia industrial del continente, y esta capacidad (con la riqueza resultante) la convierte en el país clave del continente, el único capaz de asumir un posible liderazgo político continental. Italia, por su parte, representa un gran portaaviones proyectado hacia el Mediterráneo, fundamental para el control de Oriente Medio y el Norte de África.
En este marco, el equilibrio de las balanzas europeas se ha basado históricamente en el pacto franco-alemán. Alemania, una gran potencia industrial y económica, pero dependiente de los flujos energéticos del exterior, y Francia, una potencia industrial media pero con un gran componente de energía nuclear, y con un legado colonial en África del que todavía se nutre. Y que, además, no tiene bases militares estadounidenses en su territorio, ocupa un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y posee la force de frappe. A pesar de enmarcarse en una relación competitiva, el pacto entre estos dos países ha guiado de facto a la Unión Europea durante las últimas décadas.
Pero, una vez más, el paso dado por Estados Unidos también ha alterado estos equilibrios.
El conflicto en Ucrania puso inmediatamente de manifiesto el nivel de subordinación de Alemania. Lo que sin duda descuenta, por un lado, la debilidad del liderazgo de Scholtz (tanto política como personal) y, por otro, las profundas diferencias de la coalición del semáforo en estos temas. La rapidez y el silencio con que se tragó la destrucción de la Corriente del Norte fueron paradigmáticos. Y de hecho, a pesar de la aparente resistencia, siempre cedió en todo. Cuando en Washington decidieron que Kiev necesitaba los Leopard, primero Berlín dijo no, luego dijo sí pero si no somos los primeros en enviar tanques MBT, y finalmente cedió enviándolos. Los Abrams americanos, que Biden tuvo que prometer para desbloquear el nein alemán, de hecho llegaron más tarde, y además permanecieron bien escondidos en la retaguardia durante meses, por orden del Pentágono.
No es casualidad que Alemania sea, con diferencia, el mayor contribuyente económico de Ucrania, entre los europeos (que, recordemos, en conjunto ya han aportado más que Estados Unidos).
Si, por lo tanto, Berlín se alineó inmediatamente con las posiciones estadounidenses, siguiendo sus pasos y directrices, por el contrario París había adoptado inicialmente una posición más autónoma, casi reclamando un posible (aunque ilusorio) papel de posible mediador. Al que Macron (otro líder políticamente débil e inadecuado), pese a sus oscilaciones un tanto caóticas, no parece renunciar.
El punto de ruptura, en cualquier caso, llegó cuando quedó claro que Ucrania no tenía ninguna posibilidad de victoria y que, de hecho, estaba constantemente en riesgo de colapso. De hecho, ante este escenario, la administración estadounidense (también por consideraciones electorales, pero no sólo) ha adoptado una línea estratégica de desacoplamiento, que se resume esencialmente en la idea de abandonar la carga de apoyar y continuar la guerra. Hoy haciéndose cargo del apoyo en Kiev, mañana -si es necesario- interviniendo directamente.
El repentino cambio en el horizonte político ha generado pánico en Europa. Los países de la UE, en efecto, no sólo han financiado generosamente a Ucrania en los dos últimos años, sino que han vaciado sus limitados arsenales, y se encuentran hoy -en plena crisis de desindustrialización, habiendo perdido el precioso y barato gas ruso- ante la alternativa entre la sartén y las brasas. Si, en efecto, por un lado el actual bloque de poder en la Casa Blanca (dem + neocon) apunta a una delegación blanda del conflicto ucraniano a los europeos de la OTAN, por el otro Trump (probable ganador de las próximas elecciones presidenciales norteamericanas) tiene en mente un diseño sustancialmente similar, pero en términos mucho más duros (1). En esencia, el amigo americano retira la protección de su espada, y lo hace en un momento de grave dificultad para los europeos.
Inevitablemente, esto detona una crisis que lleva tiempo creciendo bajo el radar.
En este contexto, las clases dirigentes europeas tienden a responder de un modo que refleja su estado de ánimo, es decir, mostrando confianza pero dejando traslucir el pánico. De hecho, todo se está acelerando, adquiriendo perspectivas terribles pero a las que no saben cómo oponerse.

Como es obvio, los distintos países europeos miembros de la OTAN hace tiempo que empezaron a discutir confidencialmente estas perspectivas. Y si hasta no hace mucho las discusiones se centraban principalmente en cómo / cuándo / con qué financiación, realineando a los países a las necesidades implícitas derivadas del prolongado apoyo a Ucrania, y más ampliamente a las de una hipotética defensa frente a un igualmente hipotético expansionismo ruso, los nuevos escenarios requieren algo más. Los acontecimientos se precipitan, y la ventana de Overton debe ampliarse.
Por tanto, cuando el Presidente eslovaco Fico declaró que algunos países europeos estaban discutiendo el envío de tropas a Ucrania, simplemente puso las cartas sobre la mesa. Y es importante tener en cuenta que, si esto se discutió a nivel político, significa que a nivel militar, los mandos integrados de la OTAN no sólo ya se habían discutido, sino que se habían tomado decisiones operativas y se habían preparado los planes pertinentes. El marco, por tanto, es ciertamente uno en el que las estructuras de la OTAN ya han determinado la necesidad de esta intervención, y la han planificado, mientras que a nivel político -que formalmente sería la decisión final- la discusión sigue abierta, y las posturas están diversificadas.
Sin embargo, el caso de los altos oficiales alemanes que discutían atacar el puente Kersh con misiles Taurus -y especialmente la forma en que se trató en Alemania- pone claramente de manifiesto que las autoridades políticas nacionales tienen una autoridad limitada.
Podemos decir, por tanto, que el panorama general está ya determinado, no sólo por las decisiones del hegemón norteamericano, sino también por los comportamientos y posiciones asumidos hasta ahora por los europeos, que han acabado determinando un camino del que ahora es extremadamente difícil desviarse. Y es en este contexto en el que se inserta la impropia aceleración de Macron, que -a pesar de la ya mencionada inadecuación del tema- tiene, sin embargo, su propia lógica.

La premisa es que Europa está hoy más desunida que nunca, aunque intente aparentar una gran estabilidad. Y lo que era el pilar de la Unión, es decir, el poder económico y político alemán, es hoy a su vez débil y desunido. Mientras Washington presiona para aumentar el peso político de Polonia, centrándose en su rusofobia.
El movimiento de Macron, por lo tanto, sorprendió un poco a todos, no tanto por el contenido -del que estaban al tanto, y del que se venía hablando desde hace tiempo- sino más bien por la aceleración que impuso en el debate público. El punto fundamental, más allá de cualquier cálculo electoral, es que el famoso pacto franco-alemán está mutilado por la debilidad de Berlín, y por lo tanto ya no es conveniente. Romperlo, adoptar una posición intervencionista más avanzada que cualquier otra, significa de alguna manera situarse en una posición de posible liderazgo, en la perspectiva de que el marco está predeterminado, y por tanto es inevitable.

Para Francia, además, se plantea un problema estratégico importante. Si, en efecto, como ya se ha dicho, su poder energético está asegurado en gran medida por las centrales nucleares, la acción combinada de los procesos de descolonización más avanzados y de la penetración político-militar rusa en África no sólo le está privando de una parte de sus beneficios y de su control sobre el cinturón subsahariano, sino que ha afectado gravemente a su suministro privilegiado de uranio (Níger). Cosas que, por otra parte, han aumentado la dependencia occidental de… ¡los suministros rusos!
En la opción bonapartista de Macron, por tanto, no sólo está la ambición de cabalgar sobre el tigre para recuperar una grandeza (imposible), sino también la aparición de factores concretos de fricción entre Francia y la Federación Rusa.
Desgraciadamente, para él y para todos nosotros, ni Francia, ni Europa en su conjunto, están absolutamente en condiciones de afrontar semejante perspectiva. Aparte de una serie de problemas estructurales, sobre los que la UE sólo recientemente ha decidido intervenir, e incluso al margen de la obtención de los recursos necesarios, en una fase en la que la economía europea se encuentra en una situación desesperada, sigue habiendo una serie de problemas estrictamente vinculados a aspectos militares-industriales.

Como subraya Gianandrea Gaiani, director de Defense Analysis, «la Unión Europea ya no tiene nada que dar a Ucrania capaz de cambiar el resultado del conflicto, porque tenemos enormes problemas de producción» (2). Y un análisis de la CNN explica que «Rusia es capaz de producir 3 millones de municiones al año», mientras que Estados Unidos y Europa, juntos, podrían alcanzar «un máximo de 1,2 millones» (3).
Pero no se trata simplemente de una cuestión de capacidad industrial, que en cualquier caso es fundamental en una guerra de desgaste como la que ya libra la OTAN en Ucrania, sino literalmente de capacidad de combate. Incluso el envío de tropas, por tanto, no sólo no serviría para cambiar la tendencia del conflicto, sino que tendría como único resultado desencadenar una escalada mucho mayor y exponer a los países europeos a los ataques rusos.

Gaiani también recuerda: «Citaré tres ejemplos. En 2022, un informe de la Comisión de Defensa del Parlamento francés estimaba que las reservas de municiones habrían permitido al ejército de París sostener tres o cuatro días de conflicto en Ucrania. El otro día, Alemania inauguraba una nueva fábrica de municiones y hacía saber que se necesitarían 40.000 millones de euros para reponer las existencias. Por último, el último informe de la Cámara de los Comunes del Reino Unido afirma que el país podría combatir en un conflicto convencional hasta dos meses» (4).
Una escasa capacidad de combate que, por otra parte, no es prerrogativa exclusiva de los miembros europeos de la OTAN. Uno de los activos en los que la Alianza basa su idea de superioridad bélica es, por ejemplo, la aviación. Pero de un informe de la Government Accountability Office (5) se desprende que la capacidad de combate efectiva de los F-35 estadounidenses, el avión insignia de las Fuerzas Aéreas de EEUU, es del 15-30% de toda la flota (6).

La situación en la que se encuentran hoy los países europeos es dramáticamente la de un jarrón de barro entre jarrones de hierro. Por un lado, Estados Unidos que, utilizando los instrumentos históricos de control de la política europea, ha atrapado a los aliados del viejo continente en una guerra totalmente contraria a sus intereses; y por otro Rusia, con su potencial bélico, industrial y energético, que ahora desconfía totalmente del liderazgo europeo y -sintiéndose amenazada existencialmente por Occidente- está dispuesta a asumir el reto y enfrentarse directamente en una guerra con la OTAN.
Y es precisamente en el desfase entre esta situación objetiva y la línea política seguida por los liderazgos europeos donde emerge dramáticamente toda la inadecuación de estos últimos, absolutamente incapaces no sólo de liberarse del abrazo mortal del imperio americano en declive, sino tan sólo de poner en marcha una conducta capaz de defender al menos los intereses vitales de sus países.

Desgraciadamente, el estado catatónico de gran parte de las poblaciones europeas no permite albergar esperanzas de alguna forma de resiliencia. Las próximas elecciones europeas, por ejemplo, a pesar de que el parlamento de la Unión es una asamblea prácticamente insignificante, podrían ser una oportunidad para enviar una señal, induciendo quizás a estos líderes a ser más prudentes.

Por desgracia, sin embargo, no hay líderes en el horizonte capaces de catalizar esta posible resiliencia, y en cualquier caso no más allá de un alcance limitado y dentro de horizontes estrictamente nacionales. Ni siquiera hay un atisbo de verdadero liderazgo europeo. Mientras que lo que necesitamos desesperadamente es un líder capaz de sacar al viejo continente de las fauces de la guerra. Un Putin europeo, por decirlo sin rodeos.
Notas
1 – Sobre el tema, véase «We are the new proxies», Substack
2 – «Gli analisti: le armi non ribaltano la guerra», Il Fatto Quotidiano
3 – «Exclusiva: Russia producing three times more artillery shells than US and Europe for Ukraine», CNN
4 – «Gli analisti: le armi non ribaltano la guerra», Il Fatto Quotidiano
5 – El informe puede descargarse aquí
6 – Véase «70 percent or more of F-35s may not be combat capable», The Epoch Times

8. Nuremberg para nuestros periodistas

Porque no hay justicia en este mundo, porque si la hubiese, junto a nuestros políticos habría que juzgar a nuestros periodistas basura. Aquí Jonathan Cook hace un análisis impecable de su modus operandi. https://jonathancook.substack.

Cómo los medios de comunicación occidentales ayudaron a construir el caso del genocidio en Gaza
Desde ocultar el papel de Occidente en la hambruna de Gaza hasta relatos sensacionalistas de violaciones masivas cometidas por Hamás, los periodistas desempeñan el papel de propagandistas, no de reporteros.
Jonathan Cook 20 mar 2024
[Publicado por primera vez por Declassified UK]

Los últimos cinco meses han sido clarificadores. Lo que se suponía oculto ha salido a la luz. Lo que se suponía oscuro ha quedado nítidamente enfocado.
La democracia liberal no es lo que parece.
Siempre se ha definido a sí misma en contraste con lo que dice no ser. Donde otros regímenes son salvajes, ella es humanitaria. Donde otros son autoritarios, es abierta y tolerante. Donde otros son criminales, él es respetuosa con la ley. Cuando otros son beligerantes, ella busca la paz. O eso dicen los manuales de la democracia liberal.
Pero, ¿cómo mantener la fe cuando las principales democracias liberales del mundo – invariablemente denominadas «Occidente» – son cómplices del crimen de los crímenes: el genocidio?
No sólo una infracción de la ley o un delito menor, sino el exterminio de un pueblo. Y no sólo rápidamente, antes de que la mente tenga tiempo de asimilar y sopesar la gravedad y el alcance del crimen, sino a cámara lenta, día tras día, semana tras semana, mes tras mes.
¿Qué clase de sistema de valores puede permitir durante cinco meses el aplastamiento de niños bajo los escombros, la detonación de cuerpos frágiles, el deterioro de bebés, y seguir afirmando que es humanitario, tolerante, que busca la paz?
Y no sólo permitir todo esto, sino colaborar activamente en ello. Suministrar las bombas que vuelan en pedazos a esos niños o derriban casas sobre ellos, y romper los lazos con la única agencia de ayuda que puede esperar mantenerlos con vida.
La respuesta, al parecer, es el sistema de valores de Occidente.
La máscara no sólo ha caído, sino que ha sido arrancada. Lo que hay debajo es realmente horrible.

La depravación a la vista
Occidente intenta desesperadamente salir adelante. Cuando la depravación occidental se manifiesta plenamente, la mirada del público tiene que dirigirse firmemente a otra parte: a los verdaderamente malvados.
Se les da un nombre. Es Rusia. Es Al Qaeda y el Estado Islámico. Es China. Y ahora mismo, es Hamás.
Tiene que haber un enemigo. Pero esta vez, la propia maldad de Occidente es tan difícil de disimular, y el enemigo tan insignificante -unos pocos miles de combatientes bajo tierra dentro de una prisión asediada durante 17 años- que la asimetría es difícil de ignorar. Las excusas son difíciles de tragar.
¿Es Hamás realmente tan malvado, tan astuto, una amenaza tan grande que requiere una matanza masiva? ¿Cree Occidente realmente que el atentado del 7 de octubre justifica el asesinato, la mutilación y la orfandad de muchas, muchas decenas de miles de niños como respuesta?
Para erradicar tales pensamientos, las élites occidentales han tenido que hacer dos cosas. En primer lugar, han intentado persuadir a sus públicos de que los actos en los que colaboran no son tan malos como parecen. Y luego, que el mal perpetrado por el enemigo es tan excepcional, tan inconcebible, que justifica una respuesta del mismo tipo.
Ese es exactamente el papel que han desempeñado los medios de comunicación occidentales en los últimos cinco meses.

Israel mata de hambre
Para entender cómo se está manipulando a la opinión pública occidental, basta con echar un vistazo a la cobertura -especialmente de aquellos medios más estrechamente alineados no con la derecha sino con valores supuestamente liberales.
¿Cómo han tratado los medios de comunicación a los 2,3 millones de palestinos de Gaza que mueren gradualmente de hambre por el bloqueo de la ayuda israelí, una acción que carece de cualquier propósito militar obvio más allá de infligir una venganza salvaje a los civiles palestinos? Después de todo, los combatientes de Hamás sobrevivirán a los jóvenes, los enfermos y los ancianos en cualquier guerra de desgaste de estilo medieval que niegue a Gaza alimentos, agua y medicinas.
Un titular del New York Times, por ejemplo, decía a sus lectores el mes pasado: «El hambre acecha a los niños de Gaza», como si se tratara de una hambruna en África -un desastre natural o una catástrofe humanitaria inesperada- y no de una política declarada de antemano y cuidadosamente orquestada por las altas esferas de Israel.
El Financial Times ofreció el mismo perverso encuadre: «El hambre acecha a los niños del norte de Gaza».
Pero el hambre no es un actor en Gaza. Es Israel. Israel ha decidido matar de hambre a los niños de Gaza. Renueva esa política cada día, plenamente consciente del terrible precio que está infligiendo a la población.
Como advirtió el director de Medical Aid for Palestinians sobre los acontecimientos en Gaza: «Los niños están muriendo de hambre al ritmo más rápido que el mundo haya visto jamás».
La semana pasada, Unicef, el fondo de emergencia de las Naciones Unidas para la infancia, declaró que un tercio de los niños menores de dos años del norte de Gaza sufrían desnutrición aguda. Su directora ejecutiva, Catherine Russell, fue clara: «Un alto el fuego humanitario inmediato sigue siendo la única oportunidad de salvar la vida de los niños y poner fin a su sufrimiento».
Si fuera realmente el hambre el que acecha, en lugar de Israel el que impone el hambre, la impotencia de Occidente sería más comprensible. Que es lo que los medios de comunicación presumiblemente quieren que sus lectores deduzcan.
Pero Occidente no es impotente. Está permitiendo este crimen contra la humanidad -día tras día, semana tras semana- al negarse a ejercer su poder para castigar a Israel, o incluso amenazar con castigarlo, por bloquear la ayuda.
No sólo eso, sino que Estados Unidos y Europa han ayudado a Israel a matar de hambre a los niños de Gaza negando financiación a la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA), el principal salvavidas humanitario del enclave.
Todo esto queda oculto -se pretende que quede oculto- por titulares que trasladan la agencia de los niños hambrientos a un sustantivo abstracto en lugar de a un país con un ejército numeroso y vengativo.

Ataque a un convoy de ayuda
Esta distracción está en todas partes, y es totalmente intencionada. Todos los medios de comunicación occidentales lo utilizan. Fue demasiado visible cuando un convoy de ayuda llegó el mes pasado a la ciudad de Gaza, donde los niveles de hambruna inducida por Israel son más extremos.
En lo que los palestinos han dado en llamar la «Masacre de la Harina», Israel disparó contra grandes multitudes que intentaban desesperadamente conseguir paquetes de comida de un convoy de ayuda poco frecuente para alimentar a sus familias hambrientas. Más de 100 palestinos murieron por los disparos, o aplastados por los tanques israelíes o atropellados por los camiones que huían del lugar. Muchos cientos más resultaron gravemente heridos.
Fue un crimen de guerra israelí -disparar contra civiles- que se sumó a un crimen israelí contra la humanidad: matar de hambre a dos millones de civiles.
El ataque israelí contra quienes esperaban ayuda no fue un hecho aislado. Se ha repetido varias veces, aunque apenas se sepa, dada la escasez de cobertura.
La depravación de utilizar los convoyes de ayuda como trampas para atraer a los palestinos a la muerte es casi inabarcable.
Pero esa no es la razón por la que los titulares que dieron la bienvenida a este horrible incidente ocultaron o suavizaron de manera tan uniforme el crimen de Israel.
Para cualquier periodista, el titular debería haberse escrito solo: «Israel acusado de matar a más de 100 personas mientras una multitud espera ayuda en Gaza». O: «Israel dispara contra una multitud que espera ayuda alimentaria. Cientos de muertos y heridos».
Pero eso habría transferido con exactitud la agencia a Israel -ocupante de Gaza durante más de medio siglo, y su sitiador durante los últimos 17 años- en las muertes de aquellos a quienes ha estado ocupando y sitiando. Algo inconcebible para los medios de comunicación occidentales.
Así que hubo que desplazar el foco a otra parte.

Contorsiones de la BBC
Las contorsiones de The Guardian fueron especialmente espectaculares: «Biden dice que las muertes relacionadas con la ayuda alimentaria en Gaza complican las conversaciones sobre el alto el fuego».
La masacre perpetrada por Israel desapareció como misteriosas «muertes relacionadas con la ayuda alimentaria», que a su vez pasaron a un segundo plano ante la atención prestada por The Guardian a las consecuencias diplomáticas.
El titular llevó a los lectores a suponer que las verdaderas víctimas no eran los cientos de palestinos asesinados y mutilados por Israel, sino los rehenes israelíes cuyas posibilidades de ser liberados se habían «complicado» por las «muertes relacionadas con la ayuda alimentaria».
El titular de un análisis de la BBC sobre el mismo crimen de guerra -ahora reformulado como una «tragedia» sin autor- repetía el truco del New York Times: «La tragedia del convoy de ayuda muestra que el miedo a morir de hambre persigue a Gaza».

Otra de las maniobras favoritas, de la que también fue pionero The Guardian, consistió en difuminar la responsabilidad de un claro crimen de guerra. Su titular de portada decía: «Más de 100 palestinos mueren en el caos que rodea al convoy de ayuda a Gaza».
Una vez más, Israel fue eliminado de la escena del crimen. De hecho, lo que es peor, también se eliminó la escena del crimen. Los palestinos «murieron» aparentemente por la mala gestión de la ayuda. Quizá la culpa fue de la UNRWA.
El caos y la confusión se convirtieron en eslóganes útiles para los medios de comunicación deseosos de ocultar la culpabilidad. The Washington Post declaró: «El caótico reparto de ayuda se vuelve mortal mientras funcionarios israelíes y gazatíes se echan la culpa». La CNN siguió la misma línea, degradando un crimen de guerra a un «incidente caótico».
Pero incluso estos fallos fueron mejores que el interés rápidamente decreciente de los medios de comunicación a medida que las masacres israelíes de palestinos en busca de ayuda se convertían en rutina -y, por tanto, más difíciles de mistificar.
Pocos días después de la Masacre de la Harina, un ataque aéreo israelí contra un camión de ayuda en Deir al-Balah mató al menos a nueve palestinos, mientras que la semana pasada más de 20 palestinos hambrientos murieron por disparos de helicópteros israelíes mientras esperaban ayuda.
Las masacres «relacionadas con la ayuda alimentaria» -que rápidamente se habían normalizado tanto como las invasiones israelíes de hospitales- ya no merecían una atención seria. Una búsqueda sugiere que la BBC se las arregló para evitar dar una cobertura significativa a cualquiera de los incidentes en línea.

El teatro de los lanzamientos de comida
Mientras tanto, los medios de comunicación han ayudado hábilmente a Washington en sus diversas desviaciones del crimen de lesa humanidad cometido por Israel al imponer una hambruna en Gaza, agravada por la desfinanciación por parte de Estados Unidos y Europa de la UNRWA, la única agencia que podría mitigar esa hambruna.
Los locutores británicos y estadounidenses se unieron entusiasmados a los equipos aéreos mientras sus ejércitos sobrevolaban las playas de Gaza con aviones panzudos, a un gran coste, para dejar caer comidas precocinadas a algunos de los hambrientos palestinos.
Teniendo en cuenta que se necesitan cientos de camiones de ayuda al día sólo para evitar que Gaza se hunda en la hambruna, los lanzamientos no fueron más que una representación teatral. En el mejor de los casos, cada una de ellas entregó un único camión de ayuda, y sólo si las paletas no acababan cayendo al mar o matando a los palestinos a los que debían beneficiar.
La operación merecía poco más que el ridículo.
En su lugar, las dramáticas imágenes de heroicos aviadores, intercaladas con expresiones de preocupación por las dificultades de abordar la «crisis humanitaria» en Gaza, distrajeron útilmente la atención de los espectadores no sólo de la inutilidad de las operaciones, sino del hecho de que, si Occidente estuviera realmente decidido a ayudar, podría obligar a Israel a permitir la entrada de una ayuda mucho más abundante por tierra en cualquier momento.
Los medios de comunicación se vieron igualmente arrastrados por el segundo plan, aún más extravagante, de la administración Biden para ayudar a los hambrientos palestinos. Estados Unidos va a construir un muelle flotante temporal frente a la costa de Gaza para que los envíos de ayuda puedan llegar desde Chipre.
Los agujeros de la trama eran enormes. El muelle tardará dos meses o más en construirse, cuando la ayuda se necesita ya. En Chipre, al igual que en los pasos fronterizos terrestres de Gaza, Israel se encargará de las inspecciones, la principal causa de los retrasos.
Y si Estados Unidos piensa ahora que Gaza necesita un puerto, ¿por qué no se pone también a trabajar en uno más permanente?
La respuesta, por supuesto, podría recordar al público la situación anterior al 7 de octubre, cuando Gaza estaba sometida a un asfixiante asedio de 17 años por parte de Israel, el contexto del ataque de Hamás que los medios de comunicación occidentales nunca encuentran el espacio para mencionar.
Durante décadas, Israel ha negado a Gaza cualquier conexión con el mundo exterior que no pueda controlar, impidiendo incluso la construcción de un puerto marítimo y bombardeando el único aeropuerto del enclave allá por 2001, poco después de su inauguración.
Y sin embargo, al mismo tiempo, la insistencia de Israel en que ya no ocupa Gaza -sólo porque lo ha hecho a distancia desde 2005- se acepta sin cuestionamientos en la cobertura mediática.
Una vez más, Estados Unidos tiene una influencia decisiva sobre Israel, su Estado cliente, en caso de que decida ejercerla, sobre todo miles de millones en ayuda y el veto diplomático que ejerce con tanta regularidad en nombre de Israel.
La pregunta que deben hacerse los medios de comunicación en cada artículo sobre la «hambruna que acecha a Gaza» es por qué Estados Unidos no utiliza esa influencia.
En un típico artículo entusiasta titulado «Cómo el ejército estadounidense planea construir un muelle y llevar alimentos a Gaza», la BBC ignoró el panorama general para profundizar con entusiasmo en los detalles de los «enormes desafíos logísticos» y de «seguridad» a los que se enfrenta el proyecto de Biden.
El artículo repasaba precedentes, desde las operaciones de socorro en Somalia y Haití hasta el desembarco del Día D en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial.

Periodistas crédulos
En apoyo de estas tácticas de distracción, los medios de comunicación también han tenido que acentuar las atrocidades del ataque de Hamás del 7 de octubre -y la necesidad de condenar al grupo en todo momento- para contrastar esos crímenes con lo que de otro modo podrían parecer atrocidades aún peores cometidas por Israel contra los palestinos.
Esto ha exigido una dosis inusualmente grande de credulidad por parte de periodistas que normalmente se presentan como escépticos empedernidos.
Bebés decapitados, o metidos en hornos, o colgados en tendederos. Ningún escándalo inventado por Hamás ha sido demasiado improbable como para que se le haya negado el tratamiento de portada, sólo para ser abandonado en silencio más tarde cuando cada uno ha resultado ser tan inventado como debería haber sonado a cualquier reportero familiarizado con la forma en que los propagandistas explotan la niebla de la guerra.
Del mismo modo, toda la prensa occidental ha ignorado deliberadamente durante meses las revelaciones de los medios de comunicación israelíes que han ido desplazando gradualmente la responsabilidad de algunos de los incidentes más horripilantes del 7 de octubre -como la quema de cientos de cadáveres- de los hombros de Hamás a los de Israel.
Aunque los medios de comunicación occidentales no destacaron la importancia de sus declaraciones, el portavoz israelí Mark Regev admitió que el número de muertos israelíes del 7 de octubre tuvo que reducirse en 200 porque muchos de los restos calcinados resultaron ser combatientes de Hamás.
Los testimonios de comandantes y oficiales israelíes muestran que, cegadas por el ataque de Hamás, las fuerzas israelíes atacaron salvajemente con proyectiles de tanque y misiles Hellfire, incinerando indiscriminadamente a combatientes de Hamás y a sus cautivos israelíes. Los coches quemados amontonados como símbolo visual del sadismo de Hamás son, de hecho, prueba, en el mejor de los casos, de la incompetencia de Israel y, en el peor, de su salvajismo.
El protocolo militar secreto que dirigió la política de tierra quemada de Israel el 7 de octubre -el notorio procedimiento Aníbal para impedir que ningún israelí fuera hecho cautivo- parece no haber merecido mención ni por parte del Guardian ni de la BBC en sus acres coberturas del 7 de octubre.
A pesar de su interminable revisión de los acontecimientos del 7 de octubre, ninguno de los dos ha considerado oportuno informar sobre las crecientes demandas de las familias israelíes para que se investigue si sus seres queridos fueron asesinados en virtud del procedimiento Hannibal de Israel.
Ni la BBC ni The Guardian han informado sobre los comentarios del jefe de ética del ejército israelí, el profesor Asa Kasher, lamentando que el ejército recurriera al procedimiento Hannibal el 7 de octubre, calificándolo de «horrible» e «ilegal».

Denuncias de bestialidad
En cambio, los medios de comunicación occidentales liberales han vuelto a afirmar en repetidas ocasiones que han visto pruebas -pruebas que no parecen dispuestos a compartir- de que Hamás ordenó que sus combatientes utilizaran sistemáticamente la violación como arma de guerra. La implicación apenas velada es que tales profundidades de depravación explican, y posiblemente justifican, la escala y el salvajismo de la respuesta de Israel.
Nótese que esta afirmación es muy diferente del argumento de que puede haber habido casos de violación el 7 de octubre.
Y ello por una buena razón: Hay muchos indicios de que los soldados israelíes utilizan habitualmente la violación y la violencia sexual contra los palestinos. Un informe de la ONU publicado en febrero en el que se denunciaba que soldados y oficiales israelíes habían utilizado la violencia sexual contra mujeres y niñas palestinas desde el 7 de octubre no suscitó ninguno de los titulares ni la indignación de los medios de comunicación occidentales contra Hamás.
Para sostener que Hamás cambió las reglas de la guerra ese día, se ha necesitado una desviación y un pecado mucho mayores. Y los medios de comunicación occidentales liberales han desempeñado de buen grado su papel reciclando afirmaciones de violaciones masivas y sistemáticas por parte de Hamás, combinadas con escabrosas afirmaciones de perversiones necrófilas, sugiriendo al mismo tiempo que cualquiera que pida pruebas está consintiendo tal bestialidad.
Pero las afirmaciones de los medios de comunicación liberales sobre las «violaciones masivas» de Hamás -iniciadas por un artículo del New York Times que marcaba la agenda y del que se hizo eco The Guardian semanas después- se han desmoronado al examinarlas más de cerca.
Medios independientes como Mondoweiss, Electronic Intifada, Grayzone y otros han ido desmontando poco a poco la narrativa de las violaciones masivas de Hamás.
Pero tal vez lo más perjudicial de todo ha sido una investigación de The Intercept que reveló que fueron altos editores del Times quienes reclutaron a un periodista israelí novato -un ex funcionario de inteligencia israelí con un historial de apoyo a declaraciones genocidas contra la población de Gaza- para hacer el trabajo de campo.
Más sorprendente aún, fueron los editores del periódico quienes la presionaron para que encontrara la historia. En violación de las normas de investigación, la narración se elaboró a la inversa: se impuso desde arriba, no se encontró a través de la información sobre el terreno.

«Conspiración de silencio»
El reportaje del New York Times apareció a finales de diciembre bajo el titular «‘Gritos sin palabras’: How Hamas Weaponized Sexual Violence on Oct. 7». El seguimiento que hizo The Guardian a mediados de enero se basa tanto en el reportaje del Times que el periódico ha sido acusado de plagio. Su titular era: «Las pruebas apuntan al uso sistemático de la violación y la violencia sexual por Hamás en los atentados del 7 de octubre».

Sin embargo, a preguntas de The Intercept, un portavoz del New York Times se retractó de la certeza original del periódico, admitiendo en su lugar que «puede haber habido un uso sistemático de la agresión sexual». [Incluso eso parece una conclusión demasiado fuerte.
Las lagunas en la información del Times no tardaron en resultar tan evidentes que su popular podcast diario canceló un episodio dedicado a la historia tras su propia comprobación de los hechos.
La reportera novata asignada a la tarea, Anat Schwartz, ha admitido que a pesar de buscar en las instituciones pertinentes de Israel -desde instituciones médicas a centros de crisis por violación- no encontró a nadie que pudiera confirmar un solo ejemplo de agresión sexual ese día. Tampoco pudo encontrar ninguna corroboración forense.
Más tarde, en un podcast con el Canal 12 de Israel, declaró que consideraba la falta de pruebas como prueba de «una conspiración de silencio».
En cambio, el reportaje de Schwartz se basó en un puñado de declaraciones de testigos cuyas otras afirmaciones fácilmente refutables deberían haber puesto en duda su credibilidad. Peor aún, sus relatos de casos de agresión sexual no coincidían con los hechos conocidos.
Un paramédico, por ejemplo, afirmó que dos adolescentes habían sido violadas y asesinadas en el kibutz Nahal Oz. Cuando quedó claro que nadie se ajustaba a la descripción, cambió la escena del crimen al kibutz Beeri. Allí tampoco ninguno de los muertos se ajustaba a la descripción.
No obstante, Schwartz creía que por fin tenía su historia. Dijo al Canal 12: «Una persona vio lo que pasó en Be’eri, así que no puede ser sólo una persona, porque son dos chicas. Son hermanas. Está en la habitación. Hay algo sistemático, algo que me hace pensar que no es aleatorio».
Schwartz obtuvo más confirmaciones de Zaka, una organización privada ultraortodoxa de rescate, cuyos responsables ya se sabía que habían inventado las atrocidades de Hamás el 7 de octubre, incluidas las diversas denuncias de actos depravados contra bebés.

Sin pruebas forenses
Curiosamente, aunque las principales denuncias de violaciones cometidas por Hamás se han centrado en el festival de música de Nova atacado por Hamás, Schwartz se mostró inicialmente escéptica -y con razón- de que fuera el escenario de ningún acto de violencia sexual.
Como ha revelado la información israelí, el festival se convirtió rápidamente en un campo de batalla, con guardias de seguridad israelíes y Hamás intercambiando disparos y helicópteros de ataque israelíes sobrevolando en círculos y disparando a todo lo que se movía.
Schwartz concluyó: «Todos los supervivientes con los que hablé me hablaron de una persecución, de una carrera, de ir de un sitio a otro. ¿Cómo iban a tener tiempo de meterse con una mujer? O te escondes, o… o mueres. Además es público, la Nova… un espacio tan abierto».
Pero Schwartz abandonó su escepticismo en cuanto Raz Cohen, veterano de las fuerzas especiales israelíes, accedió a hablar con ella. Ya había afirmado en entrevistas anteriores, pocos días después del 7 de octubre, que había sido testigo de múltiples violaciones en Nova, incluidos cadáveres violados.
Pero cuando habló con Schwartz sólo pudo recordar un incidente: un horrible ataque en el que violaron a una mujer y luego la acuchillaron hasta matarla. Desmintiendo la afirmación central del New York Times, atribuyó la violación no a Hamás sino a cinco civiles, palestinos que entraron en tropel en Israel después de que combatientes de Hamás rompieran la valla que rodea Gaza.
En particular, Schwartz admitió al Canal 12 que ninguna de las otras cuatro personas escondidas en el monte con Cohen vio el ataque. «Todos los demás miraban en otra dirección», dijo.
Y, sin embargo, en la historia del Times, el relato de Cohen es corroborado por Shoam Gueta, un amigo que desde entonces se ha desplegado en Gaza, donde, como señala The Intercept, ha estado publicando vídeos de sí mismo hurgando en casas palestinas destruidas.
Otro testigo, identificado únicamente como Sapir, es citado por Schwartz como testigo de la violación de una mujer en Nova al mismo tiempo que le amputa un pecho con un cúter. Ese relato se convirtió en el tema central del informe de seguimiento de The Guardian en enero.

Sin embargo, no se ha presentado ninguna prueba forense que apoye este relato.

Historia inventada

Pero la crítica más contundente a la información del Times provino de la familia de Gal Abdush, la víctima principal del reportaje «Gritos sin palabras». Sus padres y su hermano acusaron al New York Times de inventarse la historia de que había sido violada en el festival Nova.
Momentos antes de ser asesinada por una granada, Abdush había enviado un mensaje a su familia en el que no mencionaba ninguna violación ni siquiera un ataque directo contra su grupo. La familia no había oído sugerir que la violación fuera un factor en la muerte de Abdush.
Una mujer que había dado acceso al periódico a fotos y vídeos de Abdush tomados ese día dijo que Schwartz la había presionado para que lo hiciera con el argumento de que ayudaría a la «hasbara israelí», término que significa propaganda diseñada para influir en audiencias extranjeras.
Schwartz citó al Ministerio de Bienestar israelí para afirmar que había cuatro supervivientes de agresiones sexuales desde el 7 de octubre, aunque el Ministerio no ha dado más detalles.
A principios de diciembre, antes del artículo del Times, funcionarios israelíes prometieron que habían «reunido decenas de miles» de testimonios de violencia sexual cometida por Hamás. Ninguno de esos testimonios se ha materializado.
Ninguno lo hará nunca, según la conversación de Schwartz con el Canal 12. «No hay nada. No se recogieron pruebas en el lugar de los hechos», afirmó.
No obstante, los funcionarios israelíes siguen utilizando los informes del New York Times, The Guardian y otros para tratar de intimidar a los principales organismos de derechos humanos para que acepten que Hamás utilizó la violencia sexual de forma sistemática.
Lo que puede explicar por qué los medios de comunicación aprovecharon con entusiasmo la oportunidad de resucitar su desgastada narrativa cuando la funcionaria de la ONU Pramila Patten, su representante especial sobre violencia sexual en los conflictos, se hizo eco de algunas de sus desacreditadas afirmaciones en un informe publicado este mes.
Los medios de comunicación ignoraron alegremente el hecho de que Patten no tenía ningún mandato de investigación y que dirige lo que en realidad es un grupo de defensa dentro de la ONU. Mientras que Israel ha obstruido los organismos de la ONU que sí tienen poderes de investigación, dio la bienvenida a Patten, presumiblemente suponiendo que sería más flexible.
De hecho, no hizo más que repetir las mismas afirmaciones no demostradas de Israel que constituyeron la base de los desacreditados informes del Times y el Guardian.

Declaraciones retractadas
Aun así, Patten incluyó importantes advertencias en la letra pequeña de su informe que los medios de comunicación prefirieron pasar por alto.
En una conferencia de prensa, reiteró que no había visto pruebas de un patrón de conducta por parte de Hamás, o del uso de la violación como arma de guerra – las mismas afirmaciones que los medios de comunicación occidentales habían estado subrayando durante semanas.
En el informe concluyó que era incapaz de «establecer la prevalencia de la violencia sexual». Además, admitió que no estaba claro si los actos de violencia sexual ocurridos el 7 de octubre eran responsabilidad de Hamás o de otros grupos o individuos.
Todo esto fue ignorado por los medios de comunicación. De forma típica, un artículo de The Guardian sobre su informe afirmaba erróneamente en su titular: «La ONU encuentra ‘información convincente’ de que Hamás violó y torturó a rehenes israelíes».
La principal fuente de información de Patten, admitió, fueron las «instituciones nacionales» israelíes, funcionarios del Estado que tenían todos los incentivos para engañarla en favor de los objetivos bélicos del país, como habían hecho antes con unos medios de comunicación complacientes.
Como ha señalado el académico judío estadounidense Normal Finkelstein, Patten también se basó en material de fuentes abiertas: 5.000 fotos y 50 horas de vídeo de cámaras corporales, cámaras de salpicadero, teléfonos móviles, CCTV y cámaras de vigilancia del tráfico. Y, sin embargo, esas pruebas visuales no arrojaron ni una sola imagen de violencia sexual. O, como dijo Patten: «No se pudieron identificar indicios tangibles de violación».
Admitió que no había visto ninguna prueba forense de violencia sexual y que no había conocido a ninguna superviviente de violación o agresión sexual.
Y señaló que los testigos y fuentes con los que habló su equipo -las mismas personas en las que se habían basado los medios de comunicación- resultaron poco fiables. Con el tiempo, adoptaron un enfoque cada vez más cauteloso y circunspecto en relación con relatos anteriores, e incluso, en algunos casos, se retractaron de declaraciones hechas anteriormente».

Colusión en el genocidio
Si algo se ha descubierto que es sistemático, son los fallos en la cobertura de los medios de comunicación occidentales de un genocidio plausible que se está desarrollando en Gaza.
La semana pasada, un análisis computacional de la información del New York Times reveló que seguía centrándose en gran medida en las perspectivas israelíes, incluso cuando la relación de víctimas mortales mostraba que Israel había matado a 30 veces más palestinos en Gaza de los que Hamás había matado a israelíes el 7 de octubre.
El periódico citaba muchas más veces a israelíes y estadounidenses que a palestinos, y cuando se hacía referencia a los palestinos era invariablemente en voz pasiva.
En Gran Bretaña, el Centro de Seguimiento de los Medios de Comunicación del Consejo Musulmán de Gran Bretaña ha analizado casi 177.000 fragmentos de programas de televisión que cubren el primer mes tras el atentado del 7 de octubre. Según este estudio, los puntos de vista israelíes eran tres veces más frecuentes que los palestinos.
Un estudio similar realizado por el Glasgow Media Group reveló que los periodistas utilizaban habitualmente un lenguaje condenatorio para referirse a los asesinatos de israelíes – «asesinato», «asesinato en masa», «asesinato brutal» y «asesinato despiadado»-, pero nunca cuando Israel mataba a palestinos. «Masacres», «atrocidades» y «matanzas» sólo se llevaban a cabo contra israelíes, no contra palestinos.
Ante un caso verosímil de genocidio -que ha sido televisado durante meses-, incluso los elementos liberales de los medios de comunicación occidentales han demostrado que no tienen un compromiso serio con los valores democráticos liberales que supuestamente deben defender.
No son vigilantes del poder, ni del poder del ejército israelí ni de los Estados occidentales que colaboran en la matanza de Israel. Más bien, los medios de comunicación son fundamentales para hacer posible la connivencia. Están ahí para disfrazarla y blanquearla, para que parezca aceptable.
De hecho, la verdad es que, sin esa ayuda, los aliados de Israel habrían sido avergonzados hace mucho tiempo para que actuaran, para que detuvieran la matanza y la hambruna. Las manos de los medios de comunicación occidentales están manchadas con la sangre de Gaza.

9. El desgaste como arte.

Un artículo sobre la guerra de desgaste que ha causado muy buena impresión en alguno de los tuiteros que escriben sobre temas militares que sigo.

https://rusi.org/explore-our-

El arte de la guerra de desgaste: lecciones de la guerra rusa contra Ucrania
Alex Vershinin 18 de marzo de 2024
Si Occidente se toma en serio la posibilidad de un conflicto entre grandes potencias, debe examinar detenidamente su capacidad para librar una guerra prolongada y seguir una estrategia centrada en el desgaste más que en la maniobra.
Las guerras de desgaste requieren su propio «arte de la guerra» y se libran con un enfoque «centrado en la fuerza», a diferencia de las guerras de maniobra, que están «centradas en el terreno». Se basan en una capacidad industrial masiva para permitir la reposición de las pérdidas, una profundidad geográfica para absorber una serie de derrotas y unas condiciones tecnológicas que impiden el movimiento rápido por tierra. En las guerras de desgaste, las operaciones militares están determinadas por la capacidad de un Estado para reemplazar pérdidas y generar nuevas formaciones, no por las maniobras tácticas y operativas. El bando que acepte la naturaleza de desgaste de la guerra y se centre en destruir las fuerzas enemigas en lugar de ganar terreno es el que tiene más probabilidades de ganar.
Occidente no está preparado para este tipo de guerra. Para la mayoría de los expertos occidentales, la estrategia de desgaste es contraintuitiva. Históricamente, Occidente ha preferido el enfrentamiento breve de ejércitos profesionales en el que «el ganador se lo lleva todo». Los juegos de guerra recientes, como la guerra del CSIS sobre Taiwán, abarcaron un mes de combates. La posibilidad de que la guerra continuara nunca entró en el debate. Esto es un reflejo de una actitud occidental común. Las guerras de desgaste se tratan como excepciones, algo que hay que evitar a toda costa y que generalmente es producto de la ineptitud de los líderes. Desgraciadamente, las guerras entre potencias casi homólogas suelen ser de desgaste, gracias a la gran cantidad de recursos disponibles para reemplazar las pérdidas iniciales. La naturaleza de desgaste del combate, incluida la erosión de la profesionalidad debida a las bajas, nivela el campo de batalla sin importar qué ejército comenzó con fuerzas mejor entrenadas. A medida que el conflicto se prolonga, la guerra la ganan las economías, no los ejércitos. Los Estados que lo comprenden y libran una guerra de este tipo mediante una estrategia de desgaste destinada a agotar los recursos enemigos preservando los propios tienen más probabilidades de ganar. La forma más rápida de perder una guerra de desgaste es centrarse en la maniobra, gastando valiosos recursos en objetivos territoriales a corto plazo. Reconocer que las guerras de desgaste tienen su propio arte es vital para ganarlas sin sufrir pérdidas abrumadoras.

La dimensión económica
Las guerras de desgaste las ganan las economías que permiten la movilización masiva de los ejércitos a través de sus sectores industriales. Los ejércitos se expanden rápidamente durante un conflicto de este tipo, requiriendo cantidades masivas de vehículos blindados, drones, productos electrónicos y otros equipos de combate. Dado que el armamento de alta gama es muy complejo de fabricar y consume ingentes recursos, para ganar es imprescindible una mezcla de fuerzas y armas de alta y baja gama.
Las armas de alta gama tienen un rendimiento excepcional, pero son difíciles de fabricar, especialmente cuando se necesitan para armar a un ejército movilizado rápidamente y sometido a un alto índice de desgaste. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial los Panzer alemanes eran tanques soberbios, pero utilizando aproximadamente los mismos recursos de producción, los soviéticos sacaron ocho T-34 por cada Panzer alemán. La diferencia de rendimiento no justificaba la disparidad numérica en la producción. Las armas de alta gama también requieren tropas de alta gama. Para entrenarlas se necesita mucho tiempo, tiempo del que no se dispone en una guerra con altas tasas de desgaste.
Es más fácil y rápido producir grandes cantidades de armas y municiones baratas, especialmente si sus subcomponentes son intercambiables con bienes civiles, lo que garantiza una cantidad masiva sin necesidad de ampliar las líneas de producción. Los nuevos reclutas también absorben más rápidamente las armas más sencillas, lo que permite la rápida generación de nuevas formaciones o la reconstitución de las ya existentes.
Alcanzar la masa es difícil para las economías occidentales más avanzadas. Para lograr la hipereficiencia, se desprenden del exceso de capacidad y luchan por expandirse rápidamente, sobre todo porque las industrias de nivel inferior se han trasladado al extranjero por razones económicas. En tiempos de guerra, las cadenas de suministro mundiales se interrumpen y los subcomponentes ya no pueden asegurarse. A este enigma se añade la falta de mano de obra cualificada con experiencia en una industria concreta. Estas habilidades se adquieren durante décadas, y una vez que se cierra una industria, se tarda décadas en reconstruirla. El informe interagencias del gobierno estadounidense de 2018 sobre la capacidad industrial de Estados Unidos puso de relieve estos problemas. La conclusión es que Occidente debe analizar en profundidad cómo garantizar el exceso de capacidad en tiempos de paz en su complejo industrial militar, o arriesgarse a perder la próxima guerra.

Generación de fuerzas
La producción industrial existe para poder canalizarla hacia la sustitución de pérdidas y la generación de nuevas formaciones. Esto requiere una doctrina y unas estructuras de mando y control adecuadas. Existen dos modelos principales: la OTAN (la mayoría de los ejércitos occidentales) y el antiguo modelo soviético.
Los ejércitos de la OTAN son altamente profesionales, respaldados por un sólido cuerpo de suboficiales con amplia formación y experiencia militar en tiempos de paz. Se basan en esta profesionalidad para que su doctrina militar (fundamentos, tácticas y técnicas) haga hincapié en la iniciativa individual, delegando un gran margen de maniobra en los oficiales y suboficiales subalternos. Las formaciones de la OTAN disfrutan de una enorme agilidad y flexibilidad para aprovechar las oportunidades que se presentan en un campo de batalla dinámico.
En una guerra de desgaste, este método tiene sus inconvenientes. Los oficiales y suboficiales necesarios para ejecutar esta doctrina requieren una amplia formación y, sobre todo, experiencia. Un suboficial del ejército estadounidense tarda años en desarrollarse. Un jefe de pelotón suele tener al menos tres años de servicio y un sargento de pelotón al menos siete. En una guerra de desgaste caracterizada por un gran número de bajas, simplemente no hay tiempo para reemplazar a los suboficiales perdidos o generarlos para nuevas unidades. La idea de que se puede dar a los civiles cursos de formación de tres meses, galones de sargento y luego esperar que actúen de la misma manera que un veterano de siete años es una receta para el desastre. Solamente el tiempo puede generar líderes capaces de ejecutar la doctrina de la OTAN, y el tiempo es algo que las enormes exigencias de la guerra de desgaste no dan.
La Unión Soviética construyó su ejército para un conflicto a gran escala con la OTAN. Se pretendía que fuera capaz de expandirse rápidamente recurriendo a reservas masivas. Todos los varones de la Unión Soviética se sometían a dos años de entrenamiento básico al salir de la escuela secundaria. La constante rotación del personal alistado impedía la creación de un cuerpo de suboficiales al estilo occidental, pero generaba una reserva masiva de personal semientrenado disponible en tiempos de guerra. La ausencia de suboficiales fiables creó un modelo de mando centrado en los oficiales, menos flexible que el de la OTAN pero más adaptable a la expansión a gran escala que requiere la guerra de desgaste.
Sin embargo, a medida que una guerra avanza más allá de un año, las unidades de primera línea van adquiriendo experiencia y es probable que surja un cuerpo de suboficiales mejorado, lo que dotaría al modelo soviético de una mayor flexibilidad. En 1943, el Ejército Rojo había desarrollado un sólido cuerpo de suboficiales, que desapareció tras la Segunda Guerra Mundial al desmovilizarse las formaciones de combate. Una diferencia clave entre los modelos es que la doctrina de la OTAN no puede funcionar sin suboficiales de alto rendimiento. La doctrina soviética se veía reforzada por suboficiales experimentados, pero no los necesitaba.
El modelo más eficaz es una mezcla de los dos, en la que un Estado mantiene un ejército profesional de tamaño medio, junto con una masa de reclutas disponibles para la movilización. Esto conduce directamente a una mezcla alta/baja. Las fuerzas profesionales de preguerra forman el extremo superior de este ejército, convirtiéndose en brigadas de bomberos que se desplazan de un sector a otro en la batalla para estabilizar la situación y llevar a cabo ataques decisivos. Las formaciones del extremo bajo mantienen la línea y ganan experiencia lentamente, aumentando su calidad hasta que adquieren la capacidad de llevar a cabo operaciones ofensivas. La victoria se consigue creando formaciones de gama baja de la mayor calidad posible.
Forjar nuevas unidades que se conviertan en soldados con capacidad de combate en lugar de turbas civiles se hace mediante el entrenamiento y la experiencia de combate. Una nueva formación debe entrenarse durante al menos seis meses, y sólo si está tripulada por reservistas con entrenamiento individual previo. Los reclutas tardan más. Estas unidades también deberían contar con soldados y suboficiales profesionales traídos del ejército de preguerra para añadir profesionalidad. Una vez completada la formación inicial, sólo deberían incorporarse a la batalla en sectores secundarios. No debe permitirse que ninguna formación descienda por debajo del 70% de sus efectivos. Retirar las formaciones antes de tiempo permite que la experiencia prolifere entre los nuevos reemplazos a medida que los veteranos transmiten sus habilidades. De lo contrario, se pierde una valiosa experiencia, con lo que el proceso vuelve a empezar. Otra implicación es que los recursos deben dar prioridad a los reemplazos sobre las nuevas formaciones, preservando la ventaja de combate tanto en el ejército anterior a la guerra (alta) como en las nuevas formaciones (baja). Es aconsejable disolver varias formaciones de preguerra (altas) para repartir soldados profesionales entre las formaciones de nueva creación (bajas) con el fin de aumentar la calidad inicial.

La dimensión militar
Las operaciones militares en un conflicto de desgaste son muy distintas de las de una guerra de maniobras. En lugar de una batalla decisiva lograda mediante maniobras rápidas, la guerra de desgaste se centra en destruir las fuerzas enemigas y su capacidad de regenerar poder de combate, preservando al mismo tiempo el propio. En este contexto, una estrategia exitosa acepta que la guerra durará al menos dos años y se dividirá en dos fases distintas. La primera abarca desde el inicio de las hostilidades hasta el momento en que se haya movilizado un poder de combate suficiente para permitir una acción decisiva. En ella habrá pocos cambios de posición sobre el terreno, centrándose en un intercambio favorable de pérdidas y en la acumulación de poder de combate en la retaguardia. La forma dominante de combate son los fuegos más que las maniobras, complementados por extensas fortificaciones y camuflaje. El ejército en tiempo de paz inicia la guerra y lleva a cabo acciones de contención, lo que proporciona tiempo para movilizar recursos y entrenar al nuevo ejército.
La segunda fase puede comenzar después de que uno de los bandos haya cumplido las siguientes condiciones.

  • Las fuerzas recién movilizadas han completado su adiestramiento y adquirido suficiente experiencia para convertirse en formaciones eficaces en combate, capaces de integrar rápidamente todos sus medios de manera cohesionada.
  • La reserva estratégica del enemigo está agotada, por lo que es incapaz de reforzar el sector amenazado.
  • Se logra la superioridad de fuego y de reconocimiento, lo que permite al atacante concentrar el fuego en un sector clave y negárselo al enemigo.
  • El sector industrial del enemigo se degrada hasta el punto de que es incapaz de reemplazar las pérdidas del campo de batalla. En el caso de luchar contra una coalición de países, sus recursos industriales también deben estar agotados o al menos contabilizados.

Sólo después de cumplir estos criterios deben comenzar las operaciones ofensivas. Deben lanzarse a través de un amplio frente, tratando de abrumar al enemigo en múltiples puntos con ataques poco profundos. La intención es permanecer dentro de una burbuja de capas de sistemas de protección amigos, mientras se estiran las agotadas reservas enemigas hasta que el frente se derrumbe. Sólo entonces debe extenderse la ofensiva hacia objetivos más profundos en la retaguardia enemiga. Debe evitarse la concentración de fuerzas en un esfuerzo principal, ya que esto da una indicación de la ubicación de la ofensiva y una oportunidad para que el enemigo concentre sus reservas contra este punto clave. La Ofensiva Brusilov de 1916, que provocó el colapso del ejército austrohúngaro, es un buen ejemplo de ofensiva de desgaste con éxito a nivel táctico y operativo. Al atacar a lo largo de un amplio frente, el ejército ruso impidió que los austrohúngaros concentraran sus reservas, lo que provocó el colapso de todo el frente. A nivel estratégico, sin embargo, la Ofensiva Brusilov es un ejemplo de fracaso. Las fuerzas rusas no lograron establecer condiciones contra toda la coalición enemiga, centrándose únicamente en el Imperio Austrohúngaro y descuidando la capacidad alemana. Los rusos gastaron recursos cruciales que no pudieron reponer, sin derrotar al miembro más fuerte de la coalición. Para insistir en el punto clave, una ofensiva sólo tendrá éxito cuando se cumplan los criterios clave. Intentar lanzar una ofensiva antes provocará pérdidas sin ninguna ganancia estratégica, jugando directamente en manos del enemigo.

La guerra moderna
El campo de batalla moderno es un sistema integrado de sistemas que incluye varios tipos de guerra electrónica (EW), tres tipos básicos de defensas aéreas, cuatro tipos diferentes de artillería, innumerables tipos de aviones, drones de ataque y reconocimiento, ingenieros de construcción y zapadores, infantería tradicional, formaciones blindadas y, sobre todo, logística. La artillería se ha vuelto más peligrosa gracias al aumento de su alcance y a los objetivos avanzados, que amplían la profundidad del campo de batalla.
En la práctica, esto significa que es más fácil masificar fuegos que fuerzas. La maniobra en profundidad, que requiere la agrupación de fuerzas de combate, ya no es posible porque cualquier fuerza agrupada será destruida por fuegos indirectos antes de que pueda lograr el éxito en profundidad. En su lugar, una ofensiva terrestre requiere una estrecha burbuja protectora para protegerse de los sistemas de ataque enemigos. Esta burbuja se genera mediante la superposición de medios amigos de contrafuego, defensa antiaérea y EW. Desplazar numerosos sistemas interdependientes es muy complicado y tiene pocas probabilidades de éxito. Los ataques superficiales a lo largo de la línea de vanguardia de las tropas tienen más probabilidades de éxito con una relación de costes aceptable; los intentos de penetración profunda quedarán expuestos a fuegos masivos en el momento en que salgan de la protección de la burbuja defensiva.
La integración de estos medios superpuestos requiere una planificación centralizada y oficiales de Estado Mayor excepcionalmente bien formados, capaces de integrar múltiples capacidades sobre la marcha. Formar a estos oficiales lleva años, e incluso la experiencia en combate no genera tales habilidades en poco tiempo. Las listas de control y los procedimientos obligatorios pueden paliar estas deficiencias, pero sólo en un frente estático menos complicado. Las operaciones ofensivas dinámicas requieren tiempos de reacción rápidos, que los oficiales semientrenados son incapaces de realizar.
Un ejemplo de esta complejidad es el ataque de un pelotón de 30 soldados. Esto requeriría sistemas EW para interferir los drones enemigos; otro sistema EW para interferir las comunicaciones enemigas impidiendo el ajuste de los fuegos enemigos; y un tercer sistema EW para interferir los sistemas de navegación espacial negando el uso de proyectiles guiados de precisión. Además, los fuegos requieren radares de contrabatería para derrotar a la artillería enemiga. Complica aún más la planificación el hecho de que el EW enemigo localizará y destruirá cualquier radar o emisor EW amigo que esté emitiendo durante demasiado tiempo. Los ingenieros tendrán que despejar los caminos a través de los campos de minas, mientras que los drones amigos proporcionan ISR sensible al tiempo y apoyo de fuego si es necesario. (Esta tarea requiere un gran entrenamiento con las unidades de apoyo para evitar dejar caer munición sobre las tropas amigas atacantes). Por último, la artillería necesita proporcionar apoyo tanto en el objetivo como en la retaguardia enemiga, apuntando a las reservas y suprimiendo la artillería. Todos estos sistemas necesitan trabajar como un equipo integrado sólo para apoyar a 30 hombres en varios vehículos que atacan a otros 30 hombres o menos. La falta de coordinación entre estos medios provocará ataques fallidos y pérdidas terribles sin llegar a ver al enemigo. A medida que aumenta el tamaño de la formación que lleva a cabo las operaciones, también lo hacen el número y la complejidad de los activos que deben integrarse.

Implicaciones para las operaciones de combate
Los fuegos profundos – a más de 100-150 km (el alcance medio de los cohetes tácticos) detrás de la línea del frente – tienen como objetivo la capacidad del enemigo para generar potencia de combate. Esto incluye instalaciones de producción, depósitos de municiones, depósitos de reparación e infraestructuras de energía y transporte. Son especialmente importantes los objetivos que requieren una capacidad de producción significativa y que son difíciles de reemplazar/reparar, ya que su destrucción infligirá daños a largo plazo. Como ocurre con todos los aspectos de la guerra de desgaste, estos ataques tardarán mucho tiempo en surtir efecto, con plazos que pueden prolongarse durante años. Los bajos volúmenes de producción mundial de municiones guiadas de precisión de largo alcance, las eficaces acciones de engaño y ocultación, las grandes reservas de misiles antiaéreos y la enorme capacidad de reparación de los Estados fuertes y decididos se combinan para prolongar los conflictos. La estratificación eficaz de las defensas aéreas debe incluir sistemas de gama alta a todas las altitudes, junto con sistemas más baratos para contrarrestar las plataformas de ataque masivo de gama baja del enemigo. Combinado con la fabricación a gran escala y una EW eficaz, ésta es la única manera de derrotar a los fuegos profundos enemigos.
El éxito de una guerra de desgaste se centra en la preservación del propio poder de combate. Esto suele traducirse en un frente relativamente estático interrumpido por ataques locales limitados para mejorar las posiciones, utilizando la artillería para la mayor parte de los combates. La fortificación y ocultación de todas las fuerzas, incluida la logística, es la clave para minimizar las pérdidas. El largo tiempo necesario para construir fortificaciones impide un movimiento significativo del terreno. Una fuerza atacante que no pueda atrincherarse rápidamente sufrirá importantes pérdidas por los disparos de la artillería enemiga.
Las operaciones defensivas permiten ganar tiempo para desarrollar formaciones de combate de bajo nivel, lo que permite a las tropas recién movilizadas adquirir experiencia de combate sin sufrir grandes pérdidas en ataques a gran escala. La creación de formaciones de combate de bajo nivel experimentadas genera la capacidad para futuras operaciones ofensivas.
Las primeras fases de la guerra de desgaste abarcan desde el inicio de las hostilidades hasta el momento en que los recursos movilizados están disponibles en gran número y listos para las operaciones de combate. En el caso de un ataque por sorpresa, puede ser posible una ofensiva rápida de uno de los bandos hasta que el defensor pueda formar un frente sólido. Después, el combate se solidifica. Este período dura al menos de un año y medio a dos años. Durante este periodo, deben evitarse las grandes operaciones ofensivas. Incluso si los grandes ataques tienen éxito, provocarán importantes bajas, a menudo por ganancias territoriales sin sentido. Un ejército nunca debe aceptar una batalla en condiciones desfavorables. En la guerra de desgaste, cualquier terreno que no tenga un centro industrial vital es irrelevante. Siempre es mejor retirarse y preservar las fuerzas, independientemente de las consecuencias políticas. Luchar en un terreno desventajoso quema las unidades, perdiendo soldados experimentados que son clave para la victoria. La obsesión alemana por Stalingrado en 1942 es un buen ejemplo de lucha en terreno desfavorable por razones políticas. Alemania quemó unidades vitales que no podía permitirse perder, simplemente para capturar una ciudad que llevaba el nombre de Stalin. También es inteligente empujar al enemigo a luchar en terreno desfavorable mediante operaciones de información, explotando objetivos enemigos políticamente sensibles. El objetivo es obligar al enemigo a gastar material vital y reservas estratégicas en operaciones sin sentido desde el punto de vista estratégico. Un escollo clave que hay que evitar es verse arrastrado a la misma trampa que se ha tendido al enemigo. En la Primera Guerra Mundial, los alemanes hicieron precisamente eso en Verdún, donde planearon utilizar la sorpresa para capturar un terreno clave y políticamente sensible, provocando costosos contraataques franceses. Por desgracia para los alemanes, cayeron en su propia trampa. No consiguieron ganar terreno clave y defendible al principio, y la batalla se convirtió en una serie de costosos asaltos de infantería por ambos bandos, con fuego de artillería devastando a la infantería atacante.
Cuando comienza la segunda fase, la ofensiva debe lanzarse a través de un amplio frente, tratando de abrumar al enemigo en múltiples puntos mediante ataques poco profundos. La intención es permanecer dentro de la burbuja de capas de los sistemas de protección amigos, mientras se estiran las agotadas reservas enemigas hasta que el frente se derrumba. Se produce un efecto cascada en el que una crisis en un sector obliga a los defensores a desplazar reservas de un segundo sector, lo que a su vez genera una crisis allí. A medida que las fuerzas comienzan a retroceder y a abandonar las fortificaciones preparadas, la moral se desploma, con la pregunta obvia: «Si no podemos mantener la megafortaleza, ¿cómo podremos mantener estas nuevas trincheras?». La retirada se convierte entonces en huida. Sólo entonces debe extenderse la ofensiva hacia objetivos más profundos en la retaguardia enemiga. La ofensiva de los Aliados en 1918 es un ejemplo. Los Aliados atacaron a lo largo de un amplio frente, mientras que los alemanes carecían de recursos suficientes para defender toda la línea. Una vez que el ejército alemán comenzó a retroceder resultó imposible detenerlo.
La estrategia de desgaste, centrada en la defensa, es contraria a la intuición de la mayoría de los militares occidentales. El pensamiento militar occidental considera la ofensiva como el único medio de alcanzar el objetivo estratégico decisivo de obligar al enemigo a sentarse a la mesa de negociaciones en condiciones desfavorables. La paciencia estratégica necesaria para establecer las condiciones de una ofensiva va en contra de su experiencia de combate adquirida en operaciones de contrainsurgencia en el extranjero.

Conclusión
La conducción de las guerras de desgaste es muy diferente de la de las guerras de maniobra. Duran más y acaban poniendo a prueba la capacidad industrial de un país. La victoria se garantiza mediante una planificación cuidadosa, el desarrollo de la base industrial y la creación de infraestructuras de movilización en tiempos de paz, y una gestión aún más cuidadosa de los recursos en tiempos de guerra.
La victoria se consigue analizando cuidadosamente los objetivos políticos propios y los del enemigo. La clave está en reconocer los puntos fuertes y débiles de los modelos económicos competidores e identificar las estrategias económicas que tienen más probabilidades de generar el máximo de recursos. Estos recursos pueden utilizarse entonces para construir un ejército masivo utilizando la mezcla de fuerzas y armas alta/baja. La conducción militar de la guerra se rige por los objetivos estratégicos políticos generales, las realidades militares y las limitaciones económicas. Las operaciones de combate son superficiales y se centran en destruir los recursos del enemigo, no en ganar terreno. La propaganda se utiliza para apoyar las operaciones militares, y no al revés. Con paciencia y una planificación cuidadosa, se puede ganar una guerra.
Por desgracia, muchos occidentales tienen la arrogante idea de que los futuros conflictos serán breves y decisivos. Esto no es cierto por las mismas razones expuestas anteriormente. Incluso las potencias mundiales medianas tienen tanto la geografía como la población y los recursos industriales necesarios para llevar a cabo una guerra de desgaste. Pensar que cualquier gran potencia se echaría atrás en caso de una derrota militar inicial es, en el mejor de los casos, una ilusión. Cualquier conflicto entre grandes potencias sería considerado por las élites adversarias como existencial y perseguido con todos los recursos de que disponga el Estado. La guerra resultante será de desgaste y favorecerá al Estado que tenga la economía, la doctrina y la estructura militar más adecuadas para esta forma de conflicto.
Si Occidente se toma en serio la posibilidad de un conflicto entre grandes potencias, tiene que analizar detenidamente su capacidad industrial, su doctrina de movilización y sus medios para librar una guerra prolongada, en lugar de llevar a cabo wargames que cubran un solo mes de conflicto y esperar que la guerra termine después. Como nos enseñó la guerra de Irak, la esperanza no es un método.
El Teniente Coronel (retirado) Alex Vershinin cuenta con 10 años de experiencia en primera línea en Corea, Irak y Afganistán. Durante la última década antes de su jubilación, trabajó como oficial de modelización y simulaciones en desarrollo de conceptos y experimentación para la OTAN y el Ejército de Estados Unidos.

Observación de Joaquín Miras:
Es un informe muy bueno. El material delicado comienza incluso con los cañones: los de altísima precisión de la OTAN se queman mucho antes. Un cañon que dispara 1.500 veces está quemado y puede dar un disgusto -lo dará en cualquier momento- pero la guerra industrial hace que los cañones deban disparar más que eso en poco tiempo, y que se les pueda cambiar el tubo. El ejército español es ejército OTAN, tiene una escuela de formación de suboficiales en Tremp, que los forma muy bien, pero eso, como dice el articulista, se quema volando. El ruso, como dice el articulista, de entrada tenía problemas de suboficiales, porque su modelo no contemplaba la academia/escuela de suboficiales. Pero eso lo ha resuelto la experiencia de guerra.

Otra cosa que ha desaparecido en la actualidad, es la sorpresa. Incluso la sorpresa táctica. Decía un militar espeñol que para un teniente, un capitán, la duda era qué habrá detrás de esa colina de ahí delante, ahora los drones de reconocimiento te dan la filmación en tiempo real. Esto hace que todavía sea más industrial la guerra industrial: no sorpresas ni genialidades. Pon material en masa y mano de obra y vas tú a ver. Los rusos farbrican un material de alta calidad, no tanta como el hiper OTAN, pero muchísimo más barato y tienen mano de obra cualificada, algo en lo que también insiste el ensayo que nos envías. Fabricar munición, de balas a obuses, es delicado, requiere personal muy cualificado, de lo contrario… Bueno que se lo pregunten a los negociantes que fabrican cohetes para las fallas de Valencia, la cantidad de «accidentes», y eso que solo es pólvora, eso, aparte de crear cadenas de producción. Los tanques rusos son sencillos de reparar. La mayoría de los tanques, en primer choque, cuando en ese choque son tocados, quedan inutilizados, pero no destruidos. Se ve en los videos. Salvo que sea un misil el que los ataca, o una bomba, o… se les meta 7 u 8 RPG y, algunos por detrás -el «bazuka» ruso, que parece un subfusil, cuando no lleva el proyectil antitanque, que es muy bueno y barato- para destruirlos, una vez un dron detecta el tanque detenido, envían drones camicaces para reventarlo. Por eso reparar es muy conveniente. Y si se averían por otras razones, la misma tripulación puede cambiar las orugas, reparar motores, etc. o se le puede cambiar el motor en una arboleda. Los de la OTAN han de ser llevados a Alemania o a Polonia. No porque los tripulantes no sepan mecánica, sino porque eso no sirve. sus tripulantes deben ser muy profesionales también. El otro día los rusos pillaron un Abrams vacío, y con el motor encendido. Los tripulantes no sabían cómo operar desde el ordenador y el tanque se había bloqueado porque un indicador había encendido una lucecita y el sistema se paró. Decía el informante que un tripulante profesional ducho hubiera sabido puentear al ordenador, pero son sistemas informáticos complejos, y el tripulante debe saber eso. Las armas rusas, aparte de ser más baratas, están pensadas para la zona. El otro día un Challenger inglés de 70 toneladas quedó hundido en el barro y no podía moverse. Los rusos son de 40 toneladas y tienen las orugas mucho más anchas. De hecho los rusos han tirado de tanques T 70 reformados, que los OTAN decían que eran antiguallas, y han dado un excelente resultado. El tanque del youtube que sale de un bosque y se carga dos tanques y tres vehículos de infantería -algo completamente excepcional- era un T 70. Apenas han usado los T 90, Armata, que son «su último grito en cosmética». Y han adaptado las bombas denominadas «tontas», las clásicas, dotándolas de planeadores dirigidos por GPS que recorren hasta 40 KMs, con lo que han convertido en semimisiles miles y miles de bombas. Eso es baratísmo en comparación con sus propios misiles,etc. No digamos la artillería multitubo, que es poco precisa pero barre una zona una vez. Caen 16 cohetes sobre ella. Etc.
Es muy, muy buen informe.

Comentario de Carlos Valmaseda:

Esto te va a gustar: noticia de hoy, de un Tolstoi, seguramente de los Tolstoi-Tolstoi, porque esa familia se ha sabido adaptar a todo tipo de gobierno en Rusia: «Vamos a matar a todos los soldados franceses que vengan a suelo ucraniano». En una entrevista a un periodista francés, para que quede claro.

[Periodista: ¿no le importa su opinión?]
Exacto.
[Periodista: ¿Y cuando dice que está listo, posiblemente, para no poner límites?]
No nos importan sus límites. No nos importa Macron, lo que dice Macron, no nos importan los límites de Macron, y vamos a matar…
[Periodista: Francia sigue siendo una potencia nuclear…]
Absolutamente, con 200 misiles. Así que vamos a matar a TODOS los soldados franceses que vengan a suelo ucraniano. ¡A todos! Porque hoy, durante el conflicto en Ucrania: 13.000 mercenarios, entre ellos 367 franceses, de los cuales 147 ya han sido muertos. Así que hay 147 ciudadanos de Francia que han sido muertos en Ucrania. Y vamos a matar a todos y cada uno de ellos, no te preocupes».

https://twitter.com/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *