DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
ÍNDICE
1. Amenaza existencial para Irán.
2. Las nuevas alianzas militares en Asia occidental.
3. La estructura y la industria militar estadounidenses.
4. Un sufrimiento generalizado.
5. La resistencia en Minneapolis.
6. Musk y la libertad de expresión.
7. Hay que recordar Stalingrado.
8. Cuba y la fraternidad.
1. Amenaza existencial para Irán.
No está muy claro si Trump decidirá finalmente atacar Irán. Si es así, los iraníes lo considerarán una «guerra existencial», como hacen los rusos con Ucrania, y actuarán en consecuencia.
https://www.middleeasteye.net/opinion/for-iran-another-us-israel-attack-would-be-an-existential-war
Para Irán, otro ataque estadounidense-israelí sería una «guerra existencial»
Seyed Hossein Mousavian
27 de enero de 2026
Teherán responderá de una manera que elimine cualquier incentivo para la moderación, desencadenando un conflicto que sería imposible de controlar
Irán se enfrenta a una crisis sin precedentes en décadas. Entre los disturbios internos, la inestabilidad económica y el aumento de las tensiones con Estados Unidos e Israel, Teherán navega por un panorama peligroso con profundas implicaciones regionales y globales.
Estados Unidos ha llevado a cabo un importante refuerzo militar alrededor de Irán, desplegando fuerzas navales, aviones y medios de apoyo adicionales en medio de la escalada de tensiones. Se trata de una de las concentraciones militares estadounidenses más importantes cerca de Irán en décadas, y se considera que esta medida es una preparación para un posible enfrentamiento, lo que ha provocado duras advertencias por parte de Teherán.
En el primer año de su segundo mandato, el presidente estadounidense Donald Trump ha aplicado una estrategia de cambio de régimen en Irán.
El pasado mes de junio, Israel lanzó una espectacular campaña militar basada en una estrategia conocida como «colapso del Gobierno de arriba abajo, levantamiento de abajo arriba». Los planificadores israelíes y estadounidenses asumieron que, al asesinar a altos cargos políticos, militares, de seguridad y nucleares iraníes, la población acogería con satisfacción el cambio de régimen y saldría a las calles.
Además, asumieron que, al atacar la capacidad misilística de Irán, impedirían cualquier contraataque, allanando el camino para un rápido colapso. Los ataques de junio mataron a docenas de altos funcionarios iraníes, pero la población se unió en gran medida en apoyo del Gobierno.
Irán respondió con cientos de ataques con misiles y drones contra Israel, lo que supuso un importante contraataque. Los analistas coinciden ahora en que estos dos factores fueron decisivos en el fracaso de la operación de 2025.
En respuesta, Trump autorizó ataques contra tres instalaciones nucleares iraníes clave, lo que podría retrasar varios años el avance nuclear de Irán. A continuación se produjo un alto el fuego temporal, destinado principalmente a proteger a Israel de nuevos ataques con misiles iraníes.
Sin embargo, a finales de 2025, las quejas económicas habían desencadenado una nueva ola de protestas, ya que los comerciantes de Teherán salieron a las calles para denunciar el colapso del rial y el aumento del coste de la vida. Los disturbios se extendieron rápidamente a otras ciudades.
Protestas secuestradas
Este entorno creó una oportunidad para que Estados Unidos e Israel desplegaran el Plan B, cuya estrategia podría resumirse como «levantamiento de abajo arriba, asalto militar de arriba abajo».
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, acusó a redes afiliadas a Israel de infiltrarse en las protestas, participar en sabotajes, ataques selectivos y actos de violencia para intensificar los enfrentamientos y aumentar el número de víctimas.
Trump indicó que un aumento de las muertes de civiles podría justificar la intervención militar de Estados Unidos. Las víctimas entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes fueron significativamente más numerosas que en anteriores rondas de disturbios.
Pero la estrategia estadounidense-israelí de secuestrar las protestas fracasó finalmente. La repulsa pública contra los infiltrados violentos llevó a cientos de miles de personas a unirse a una manifestación organizada por el Gobierno en la segunda semana de enero, en señal de oposición a la injerencia extranjera. Las fuerzas de seguridad iraníes desmantelaron las redes internas, cortaron las comunicaciones externas y detuvieron a miles de personas, lo que obligó a Estados Unidos a retirarse de la acción militar directa.
La siguiente fase potencial de la estrategia estadounidense-israelí podría consistir en un intento de derrocar al máximo líder de Irán, un escenario que invita a comparaciones con la reciente operación en Venezuela.
Trump ha declarado públicamente que ha llegado el momento de derrocar al líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, mientras que el senador republicano Lindsey Graham ha comparado el régimen iraní con los nazis, señalando en X (antes Twitter): «No podemos dejar pasar este momento histórico… La caída del ayatolá y su régimen sería comparable a la caída del Muro de Berlín».
El presidente iraní Masoud Pezeshkian ha advertido contra tal medida, prometiendo que «un ataque contra el gran líder de nuestro país equivaldría a una guerra a gran escala con la nación iraní».
Además, los halcones proisraelíes con sede en Estados Unidos han sugerido que, en lugar de lanzar una invasión a gran escala, el presidente Trump debería revivir una propuesta de 1979 del almirante James «Ace» Lyons, que pide la toma de la terminal petrolera iraní de Kharg —responsable de aproximadamente el 90 % de sus exportaciones de petróleo— como forma de paralizar económicamente al país y forzar potencialmente un cambio de régimen.
Riesgo de desestabilización
Varios factores determinarán la trayectoria de Irán en los próximos días y meses. El primero es la gobernanza interna y la cohesión social. Las dificultades económicas, el desempleo, la corrupción y las profundas divisiones sociales siguen siendo las principales fuentes de malestar social.
Aunque el Gobierno ha recuperado el control por el momento, el descontento latente podría reavivar las protestas a gran escala. La fragmentación política entre las cuatro corrientes principales de Irán —conservadores, reformistas, moderados y nacionalistas— complica la cohesión nacional, lo que hace que una reforma amplia y la unidad sean esenciales para la estabilidad a largo plazo.
El pueblo iraní no puede soportar la tendencia al alza de los precios y la inflación. Por lo tanto, el factor más importante es cómo la clase dirigente iraní puede contener la crisis económica y mejorar las condiciones de vida de la población frente a las devastadoras sanciones estadounidenses.
Además, los miles de muertos y heridos en los disturbios de enero de 2026 han dejado a miles de familias iraníes en duelo, lo que ha supuesto un golpe devastador para la psique del pueblo.
El segundo factor es la campaña estadounidense-israelí para cambiar el régimen. La hostilidad descontrolada de ambas naciones, combinada con las sanciones punitivas, crea un nivel de presión externa sin precedentes sobre Irán. Los llamamientos abiertos de Trump para cambiar el régimen en Teherán marcan una escalada histórica en décadas de relaciones bilaterales.
Estas presiones no solo amenazan la seguridad de Irán, sino que también corren el riesgo de desestabilizar toda la región. Queda por ver si Trump entablará negociaciones con Irán para alcanzar un acuerdo mutuamente satisfactorio que le permita salvar las apariencias, al tiempo que se distancia de las políticas de Israel, o si continuará con el enfoque de «rendición o guerra».
El tercer factor que determinará la trayectoria de Irán tiene que ver con las capacidades de los aliados de Estados Unidos en la región. Es fundamental señalar que los Estados árabes alineados con Estados Unidos —entre ellos Arabia Saudí, Egipto, Omán y Qatar— se han opuesto a la intervención militar en Irán, ante el temor a una escalada regional y la visión del primer ministro Benjamin Netanyahu de un «Gran Israel» en constante expansión.
¿Podrán los países musulmanes aliados con Estados Unidos evitar otra guerra y facilitar un acuerdo con Irán, o prevalecerán las ambiciones de Israel?
El camino a seguir
El cuarto factor en este contexto es que Irán ha reforzado sus lazos con Rusia y China, uniéndose a la Organización de Cooperación de Shanghái y al BRICS.
Esta alineación busca proporcionar a Teherán apoyo militar, económico y político frente a los esfuerzos de desestabilización occidentales, creando un nuevo eje de tensiones geopolíticas. Esto supondrá una prueba crucial para la política de «giro hacia Oriente» de Irán, con implicaciones de gran alcance para el futuro de la región.
Por último, pero no por ello menos importante, varios de los principales aliados regionales de Irán, a menudo denominados «Eje de la Resistencia», han advertido públicamente de que entrarían en un conflicto más amplio si Estados Unidos o Israel atacaran Irán. Los líderes de Hezbolá en el Líbano han expresado que no permanecerían neutrales.
El Gobierno hutí de Yemen, respaldado por Irán, ha insinuado que está dispuesto a reanudar los ataques contra los buques en el mar Rojo. Además, el grupo paramilitar iraquí Kataib Hezbolá ha lanzado una amenaza directa en respuesta a cualquier ataque contra Irán, advirtiendo de que el resultado sería una «guerra total» en la región.
Esto sugiere que, a diferencia de conflictos anteriores en los que los aliados regionales de Teherán se mantuvieron en gran medida al margen, un ataque contra Irán corre ahora el riesgo de activar a partes del «Eje de la Resistencia» en una guerra más amplia.
Algunos expertos estadounidenses y europeos me han dicho que Trump ha tomado la decisión de llevar a cabo un nuevo ataque contra Irán.
Este momento es una «pausa sangrienta» antes de una posible «explosión regional». Para Irán, un próximo ataque estadounidense-israelí sería una «guerra existencial», que eliminaría cualquier incentivo para la moderación y desencadenaría un conflicto imposible de controlar.
Si se quiere evitar la catástrofe, el presidente Trump debe replantearse una «estrategia basada en la rendición» y avanzar hacia un «acuerdo amplio que salve las apariencias» con Irán, poniendo fin a 47 años de confrontación antes de que la región se vea empujada a una guerra irreversible.
Seyed Hossein Mousavian es investigador colaborador visitante de la Universidad de Princeton y exjefe del Comité de Seguridad Nacional y Relaciones Exteriores de Irán. Sus libros: «Irán y Estados Unidos: una visión desde dentro del pasado fallido y el camino hacia la paz», publicado en mayo de 2014 por Bloomsbury, y «Un Oriente Medio libre de armas de destrucción masiva», publicado en mayo de 2020 por Routledge. Su último libro, «Una nueva estructura para la seguridad, la paz y la cooperación en el Golfo Pérsico», fue publicado en diciembre de 2020 por Rowman & Littlefield Publishers.
2. Las nuevas alianzas militares en Asia occidental.
Y relacionado con lo anterior, la remodelación geoestratégica militar en Asia occidental.
https://thecradle.co/articles/a-new-military-axis-rises-to-counter-israels-divide-and-rule-tactics
¿Surge un nuevo eje militar para contrarrestar las tácticas de «divide y vencerás» de Israel?
La incipiente alianza de defensa entre Arabia Saudí, Pakistán y Turquía amenaza con frustrar los planes de Israel y los Emiratos Árabes Unidos de balcanizar Asia Occidental.
F.M. Shakil
26 DE ENERO DE 2026
En Asia Occidental se está produciendo una silenciosa carrera armamentística. Con el apoyo implícito de Washington, Tel Aviv y Abu Dabi están consolidando una alianza nuclear con la India. Mientras tanto, los informes indican que Turquía está a punto de establecer un pacto de defensa trilateral con Pakistán y Arabia Saudí, centrado en una «respuesta rápida compartida y recíproca» a cualquier ataque contra cualquiera de los miembros.
En respuesta, los Emiratos Árabes Unidos actuaron rápidamente el 19 de enero para formalizar un acuerdo de defensa nuclear más estructurado con Nueva Delhi. La India minimizó cautelosamente este acontecimiento, intuyendo que la colaboración en materia de defensa entre la India y los EAU afectaría a la diáspora india en Arabia Saudí. El secretario de Asuntos Exteriores de la India, Vikram Misri, declaró a los medios de comunicación que la «carta de intenciones» sobre cooperación en materia de defensa no significaba que Nueva Delhi fuera a participar en un conflicto regional.
El pacto nuclear entre la India y los EAU incluye disposiciones sobre la seguridad de la energía atómica y el despliegue de reactores, y parece contar con el respaldo tácito de Tel Aviv. Los medios de comunicación israelíes no tardaron en calificarlo de alianza tripartita entre Israel, la India y los EAU. El veterano columnista Shakil Ahmad, que publica regularmente en los principales periódicos urdu de Pakistán, declara a The Cradle:
«De hecho, Israel quiere una ruptura entre las naciones de Asia Occidental para poder continuar con sus nefastos planes. La India colabora estrechamente con Israel para este fin. Debemos ver el reciente acuerdo de defensa entre la India y los EAU en este contexto. El único objetivo de este acuerdo es crear animadversión entre las potentes economías de Asia Occidental para que no haya resistencia contra los planes expansionistas de Tel Aviv».
En cuanto a la adhesión de Turquía al acuerdo entre Arabia Saudí y Pakistán, Ahmad observa que Riad tenía diferencias sectarias con Teherán, a diferencia de Ankara, con la que solo tenía desacuerdos políticos, pero ahora ambas partes entienden que su ruptura mutua solo beneficiaría a sus enemigos:
«Pakistán, Arabia Saudí y Turquía aportan cada uno contribuciones únicas a la mesa. Pakistán puede aprovechar su profundidad estratégica, su capacidad en materia de misiles y su disuasión nuclear, como se demostró en la guerra de cuatro días con la India».
El auge del eje Riad-Ankara-Islamabad
Un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán confirma a The Cradle que Ankara ha propuesto formalmente una alianza militar con Riad e Islamabad.
«Podría tratarse de una cooperación transitoria y provisional con objetivos y alcance limitados», afirma el funcionario, sin dar más detalles sobre cuáles son esos «objetivos».
Aun así, tanto las autoridades pakistaníes como las turcas han señalado que la alianza sigue adelante. Afirman que pronto comenzarán las operaciones conjuntas en el marco de un plan diseñado para llevar «estabilidad y paz» a Asia Occidental.
Según Ahmad, el nuevo eje une las fortalezas fundamentales de los tres Estados: la profundidad estratégica y la disuasión nuclear de Pakistán, los vastos recursos financieros de Arabia Saudí y el ejército convencional de Turquía, probado en combate, y su creciente industria armamentística.
Este reajuste se produce tras la operación sin precedentes Al-Aqsa Flood de Hamás en octubre de 2023 y la brutal respuesta de Israel; las ecuaciones regionales han cambiado drásticamente. Los Emiratos Árabes Unidos y Tel Aviv se han atrincherado en Estados fallidos o fragmentados, desde Libia y Sudán hasta Egipto y Somalia. Su estrategia: explotar la debilidad de los Estados para ampliar su influencia y normalizar las relaciones con Israel.
Por el contrario, Arabia Saudí y Turquía se han alineado en torno a una doctrina diferente, que apoya a gobiernos centrales fuertes capaces de resistir a Tel Aviv y a sus socios del Golfo. El fortalecimiento de los lazos de defensa es fundamental para ese plan.
«Arabia Saudí y Turquía no se ponían de acuerdo debido a varias cuestiones históricas, políticas y geoestratégicas, pero en los últimos años sus diferencias mutuas se han reducido y han comenzado a converger en torno a las amenazas de seguridad comunes que emanan del apoyo incondicional de Estados Unidos a las atrocidades israelíes y su bombardeo injustificado de Irán», explica Ahmad.
Se intensifica la expansión militar de Riad
Arabia Saudí está redoblando sus esfuerzos. Junto con la iniciativa de Pakistán y Turquía, Riad está buscando ahora la cooperación militar con Egipto y Somalia, en respuesta directa a las maniobras de poder de los Emiratos en África y el Mar Rojo.
Se espera que el presidente somalí, Hassan Sheikh Mohamud, ultime un pacto de defensa con el reino. Este acuerdo se produce tras la reciente anulación por parte de Somalia de los acuerdos portuarios y de seguridad con los Emiratos Árabes Unidos, a los que acusó de socavar la soberanía somalí.
Las consecuencias no se han hecho esperar, con la retirada de los Emiratos Árabes Unidos del teatro de operaciones yemení tras los ataques aéreos saudíes contra los aliados respaldados por los Emiratos Árabes Unidos y la postura abierta de Riad contra la presencia militar disruptiva de Abu Dabi. El reino está especialmente indignado por las propuestas de Israel a Somalilandia, que considera parte de un plan más amplio para desestabilizar el Cuerno de África.
Mark Kinra, analista geopolítico indio especializado en Asia Occidental, explica a The Cradle que el giro de Riad tiene menos que ver con su fricción con los EAU y más con el menguante compromiso de Washington con la región.
«Pakistán ha actuado tradicionalmente como el principal garante de la seguridad de Arabia Saudí, y la actual posición de Estados Unidos en Asia Occidental, junto con su enfoque indiferente, ha llevado a ambas naciones a reevaluar y ajustar sus estrategias de defensa».
Kinra añade que la alianza influirá en las tensiones entre Estados Unidos e Irán; en general, Estados Unidos dejará de ser el garante exclusivo de la seguridad en Asia Occidental. Además, cualquier intervención letal de Estados Unidos en Irán exacerbará las tensiones entre los iraníes y los socios de la alianza, especialmente si estos ofrecen algún tipo de apoyo a Estados Unidos.
Los Emiratos Árabes Unidos y la India responden
Los socios de Tel Aviv están muy atentos. Cuando se conoció la noticia de la incipiente alianza entre Arabia Saudí, Pakistán y Turquía, el presidente emiratí Mohammed bin Zayed (MbZ) realizó una visita relámpago a la India. En cuestión de horas, los dos Estados firmaron un amplio pacto de defensa, que no solo abarca el ámbito militar, sino también el gas natural licuado (GNL), el comercio, el espacio y la energía atómica.
La declaración conjunta causó revuelo en Islamabad. Incluía una vaga condena del «terrorismo transfronterizo», a menudo utilizado por la India para vilipendiar a Pakistán.
Tel Aviv celebró el acuerdo, que incluso ha sido calificado por algunos analistas como la formalización de un eje militar entre Israel, la India y los EAU.
Kinra descarta la idea de que el pacto entre los EAU y la India rivalice con la alianza entre Arabia Saudí, Pakistán y Turquía como asociación estratégica en lugar de como bloque militar. Sin embargo, señala que el elemento de cooperación nuclear es significativo, especialmente dada la participación de Israel.
Turquía busca profundidad estratégica
Para Ankara, esta iniciativa trilateral ofrece múltiples beneficios. Turquía y Pakistán firmaron un importante pacto de cooperación en materia de defensa en marzo del año pasado, y desde entonces Turquía ha acelerado los acuerdos de localización de la defensa con Arabia Saudí. Un reciente acuerdo entre Saudi Arabian Military Industries (SAMI) y el fabricante turco de drones Baykar señala una mayor integración militar.
«Sin duda, Turquía se beneficiará del acceso a los recursos financieros de Arabia Saudí, lo que también supondrá un impulso para el sector militar turco. Además, la influencia de Turquía seguirá creciendo tanto en Asia Occidental como en Asia Meridional gracias a este acuerdo», afirma Kinra.
Turquía considera que la alianza es una respuesta a la agresión descontrolada de Tel Aviv en Gaza, Siria y Líbano, y a la falta de voluntad de Washington para frenarla.
La alianza no está dirigida contra los Emiratos Árabes Unidos, sino que refleja la urgencia compartida por los Estados musulmanes de consolidar su poder ante las crecientes amenazas.
Aunque aún está por ver si el eje Riad-Ankara-Islamabad puede convertirse en un contrapeso a largo plazo para Tel Aviv y sus aliados occidentales, su aparición supone un claro rechazo a décadas de tácticas de «divide y vencerás».
3. La estructura y la industria militar estadounidenses.
Y también relacionado, el estado de la industria y la estrategia militar en Estados Unidos según Tomaselli.
https://targetmetis.wordpress.com/2026/01/26/gli-artigli-dellaquila/
Las garras del águila
Tal y como se desprende tanto de la Estrategia de Seguridad Nacional como de la más reciente Estrategia de Defensa Nacional, la defensa de la posición dominante residual de Estados Unidos, y más aún el intento de invertir el declive, requieren un instrumento militar capaz de responder adecuadamente a los retos de este segundo cuarto de siglo. Desafíos que provienen no solo del crecimiento de actores globales capaces de competir con los Estados Unidos, o de actores regionales que no están dispuestos a desempeñar un papel subordinado, sino también de las propias ambiciones estadounidenses y de la forma en que imaginan estratégicamente perseguirlas.
Sin embargo, el enorme problema al que se enfrentan principalmente, muy probablemente insuperable, está intrínsecamente ligado a la naturaleza del sistema estadounidense; lo que en el pasado, en una fase de ascenso y dominio imperial, constituía una ventaja —es decir, una extraordinaria capacidad industrial, dentro de un sistema capitalista— hoy ya no existe, y no solo parece irrecuperable, sino que incluso se ha convertido en una desventaja.
Cuando Estados Unidos interviene en la Segunda Guerra Mundial, que representará el paso fundamental para convertirse en una potencia mundial, el elemento decisivo, capaz de cambiar el equilibrio de fuerzas tanto en el Pacífico como en Europa, es precisamente la capacidad de producción industrial a gran escala. Al mismo tiempo, la hipertrofia de la producción bélica, alimentada por un conflicto de alcance casi planetario, llevará a la creación de lo que el general Dwight D. Eisenhower, en su discurso de despedida a la nación al término de su mandato presidencial, denunciará como «complejo militar-industrial». Un bloque de intereses y poder que ejercerá una influencia decisiva en la política estadounidense durante las décadas siguientes y hasta la actualidad.
Sin embargo, este bloque sufrió al menos dos cambios estructurales decisivos entre la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del siglo XXI.
El primero se producirá tras la caída de la URSS. La desaparición de una potencia militarmente simétrica, de hecho, así como la ilusión del fin de la Historia, determinarán un cambio estratégico significativo: la función de las fuerzas armadas estadounidenses ya no es enfrentarse a un adversario capaz de desplegar fuerzas sustancialmente equivalentes, sino que se convierten en el instrumento para mantener el orden dentro del imperio o en sus fronteras, por lo que la estructura se adapta a la nueva perspectiva de guerras asimétricas y limitadas.
Además, a raíz de la experiencia de la guerra de Vietnam, se toma conciencia de que un ejército de reclutas —y un empleo militar que contempla un elevado número de víctimas— presenta un margen de riesgo político demasiado elevado. En consecuencia, el modelo militar estadounidense —que es el determinante en toda la OTAN— se inclina hacia una composición y una concepción operativa diferentes. Las fuerzas se profesionalizan cada vez más, tanto para disponer de una mano de obra más motivada como porque, paralelamente, las fuerzas armadas apuestan estratégicamente por la supremacía tecnológica como instrumento para imponer la voluntad estadounidense. Las guerras asimétricas son tales no solo porque los países enemigos son infinitamente más débiles, en todos los aspectos, que Estados Unidos, sino también porque este es capaz de dominarlos utilizando sistemas de armas infinitamente más avanzados.
Por lo tanto, desde el punto de vista operativo, el modelo es el de guerras capaces de alcanzar rápidamente los objetivos y reducir al mínimo las pérdidas. Desde el punto de vista productivo, en cambio, se pasa de la producción en masa a una de alcance mucho más limitado (ya no hay guerras de alto consumo), pero con altos estándares tecnológicos. Y esto encaja perfectamente en el sistema industrial militar, que es un sistema de capital privado y, por lo tanto, quiere ser altamente rentable. En lugar de producir 21 000 tanques Sherman (1943, pico de producción), se pasa a producir un millar de Abrams, pero a un coste de 10 millones de dólares (y más) cada uno.
Esta doble conversión permitirá, por un lado, mantener la hegemonía militar estadounidense y, por otro, obtener un amplio margen de beneficio para la industria bélica.
El segundo cambio estructural se producirá con la globalización. No solo la economía occidental, y la estadounidense en particular, dará un salto hacia la financiarización, sino que se iniciará un tumultuoso proceso de deslocalización de la producción industrial, en lo que respecta a los Estados Unidos, hacia México y, sobre todo, hacia Extremo Oriente.
Este proceso no afectará directamente al sector industrial militar, cuya producción —de alto valor añadido— permanecerá dentro de Estados Unidos, pero sí lo hará indirectamente, ya que determinará la desaparición de un ecosistema industrial circundante, aumentando la dependencia de las cadenas de suministro, en particular de algunos materiales cada vez más necesarios para las tecnologías de alta tecnología, de los que Estados Unidos dispone en medida muy insuficiente.
Como resultado de estos procesos, las fuerzas armadas estadounidenses se encuentran hoy en día en una situación de dependencia estructural de un modelo operativo específico, que es precisamente el de las guerras asimétricas, hipertecnológicas, rápidas y decisivas. Sin embargo, este modelo entra en conflicto con la realidad actual.
De hecho, en los últimos años se han producido al menos dos nuevos factores que han debilitado aún más este modelo.
En primer lugar, la guerra en Ucrania y la del Oriente Medio, ambas caracterizadas por su larga duración y su elevado consumo, han agotado casi por completo los arsenales de Estados Unidos, y su reposición llevará años, si no décadas, precisamente porque la capacidad industrial no está preparada para alimentar conflictos de alta intensidad. Y todo esto se refleja directamente en las decisiones políticas de las administraciones estadounidenses. Es bastante evidente, por ejemplo, aunque nunca se haya destacado, que una de las razones que llevaron a la Casa Blanca a buscar una solución negociada al conflicto en Ucrania fue precisamente la creciente brecha entre la producción bélica estadounidense y la velocidad de consumo en los campos de batalla ucranianos. Por no hablar de la creciente capacidad productiva rusa. Del mismo modo, una de las razones por las que Washington solicitó un alto el fuego separado con el movimiento yemení Ansarullah fue el agotamiento de las municiones antimisiles para los barcos en el Mar Rojo.
Además, esta brecha entre la capacidad (y los costes) de producción y la necesidad de uso operativo alcanza en algunos casos niveles de absoluta insensatez. Si tomamos como ejemplo el sistema de interceptación antimisiles THAAD, considerado el mejor del mundo en su sector, no solo el coste de una batería (seis lanzadores, un radar, una unidad de mando) ronda los dos mil millones de dólares, sino que cada misil cuesta entre 12 y 18 millones de dólares. Pero el verdadero problema de este sistema de armas es que una sola batería (hay seis en total) cuenta con 18 misiles, pero la producción apenas alcanza las treinta unidades al año. Lo que equivale a decir que nos encontramos ante un sistema —como se ha visto durante la guerra de los 12 días— con unos costes estratosféricos, pero que prácticamente solo puede estar operativo durante unos días como máximo, después de lo cual se necesitarán al menos otros seis meses antes de que pueda volver a estar activo. En la práctica, un juguete inútil en un contexto de guerras de alta intensidad.
Otro factor que ha determinado un cambio significativo ha sido el rapidísimo desarrollo de innovaciones tecnológicas capaces de modificar el campo de batalla, en particular los drones y los misiles hipersónicos, sectores en los que el retraso de Estados Unidos sigue siendo considerable.
También en este caso es necesario sintetizar las razones de todo ello. Durante la fase de la Guerra Fría, que suponía un conflicto simétrico, la doctrina fundamental de Estados Unidos siempre fue, en esencia, la de la AirLand Battle: dominio del aire, ataques aéreos y luego masas de blindados. Cuando se abre la temporada de guerras asimétricas, el paso casi natural fue la eliminación del componente terrestre. Las fuerzas armadas estadounidenses disponían de una aviación muy potente, que permitía tanto proyectar a distancia la capacidad ofensiva como desarrollar una gran intensidad de fuego y limitar al máximo las pérdidas. De hecho, esto sigue siendo el eje central de las operaciones militares de Estados Unidos, como demuestran las operaciones Midnight Hammer y Absolute Resolve. La propia Marina de los Estados Unidos no es en realidad más que un instrumento de apoyo y proyección de la fuerza aérea, y de hecho sus seis flotas se basan en portaaviones.
Pero, por razones obvias, intentar contrarrestar esta capacidad militar estadounidense-occidental, situándose en el mismo plano, era una batalla perdida de antemano. Y solo China, en tiempos más recientes, ha podido librarla parcialmente. La elección que hizo Irán, por ejemplo, fue otra.
En primer lugar, hay que decir que, contrariamente a lo que se piensa, la República Islámica comprendió hace décadas que el verdadero enemigo no es Israel, sino Estados Unidos. Y que, tarde o temprano, se producirá una guerra decisiva entre Washington y Teherán. Desde el punto de vista iraní, por lo tanto, prepararse para enfrentarse a los Estados Unidos significaba esencialmente dos cosas: desarrollar una capacidad de reacción, asimétrica pero potente, y, por lo tanto, desarrollar una capacidad para prolongar el conflicto. La respuesta a esta necesidad fue la producción de grandes cantidades de misiles, en particular hipersónicos, y sobre todo de drones.
Debemos recordar que fueron precisamente los iraníes quienes proporcionaron a los rusos los primeros drones Shahed, que luego se desarrollarían aún más a nivel nacional en los Geran. Aunque ya existían desde hacía tiempo grandes UAV de reconocimiento y ataque, como los estadounidenses MQ-9 Reaper o los turcos Bayraktar, fueron los iraníes quienes introdujeron la novedad de los drones de ataque de tamaño mucho más pequeño y de coste infinitamente menor, producidos a gran escala. La aparición de los Shahed/Geran en el campo de batalla ucraniano ha dado lugar a una auténtica revolución táctico-operativa, aún en curso, que una vez más ve a los ejércitos occidentales persiguiendo sustancialmente a sus adversarios, tanto en el plano tecnológico como en el del empleo operativo.
La situación actual de las fuerzas armadas de los Estados Unidos puede resumirse en estos términos.
La doctrina y las capacidades operativas están sustancialmente ligadas al modelo de proyección de fuerza, ejercida principalmente a través del componente aero-naval-misilístico, que apunta a lograr resultados en poco tiempo, minimizando las pérdidas.
El principal activo en el que se centran sigue siendo la supremacía tecnológica, es decir, sistemas de armas sofisticados, costosos y en cantidades limitadas. En la fase actual, se presta mucha atención al uso militar de la IA, en el que Estados Unidos considera que sigue teniendo el predominio y que alimenta la burbuja en la que se sustenta actualmente el PIB estadounidense.
La producción industrial, a pesar de las presiones ejercidas por la administración Trump, se mantiene en los niveles actuales, que se orientan precisamente hacia cantidades relativamente limitadas, pero con un valor añadido muy alto (para el capital inversor).
De ello se deduce que la capacidad de utilizar el instrumento militar es estratégicamente limitada, al menos en dos aspectos.
Por un lado, las fuerzas armadas estadounidenses no están en absoluto capacitadas para afrontar un conflicto simétrico, ni siquiera uno asimétrico pero prolongado. En general, no están en condiciones de sostener una guerra de desgaste, con un alto consumo de hombres y materiales. Todo lo que pueden poner en campo es la capacidad de proyección antes mencionada, pero precisamente con la condición de que pueda producir resultados tangibles, que no exponga a represalias dolorosas y, en cualquier caso, en un número limitado de episodios a lo largo del tiempo, ya que, incluso en estas condiciones, el consumo de municiones es un factor crítico, siempre peligrosamente cerca del umbral de producción para la reposición de las existencias. Y esto, obviamente, también significa que la antigua doctrina estratégica —según la cual Estados Unidos debía ser capaz de sostener y ganar simultáneamente dos conflictos en dos escenarios diferentes— ha quedado definitivamente archivada, e incluso la gestión de dos crisis militares en el mismo periodo de tiempo presenta márgenes de riesgo.
De ello encontramos amplios indicios en las dos estrategias mencionadas al principio, en las que no solo se habla de «contención» más que de lucha, sino que, sobre todo, se insiste en la necesidad de delegar a los países vasallos una parte significativa de esta carga. De ahí se deduce fácilmente que la hipótesis de una disolución de la OTAN simplemente no entra dentro de los intereses de Washington y, por lo tanto, no se producirá. En cambio, es mucho más probable que los distintos países miembros sean puestos a raya, para estar operativa y políticamente preparados para responder a las necesidades estratégicas de Estados Unidos.
Obviamente, esta es una fotografía del statu quo, que la administración Trump querría modificar, precisamente porque es consciente de que las capacidades militares de sus adversarios siguen creciendo, mientras que las suyas se estancan. Tanto las presiones sobre las industrias militares como el vertiginoso aumento del presupuesto del Departamento de Guerra no son más que paliativos, ante el hecho de que una gran parte de este presupuesto se absorbe por los costes «muertos» (desde la asistencia a los veteranos hasta el mantenimiento de una miríada de bases en todo el mundo), así como por el aumento de los costes.
Volver a una situación en la que el instrumento militar pueda utilizarse de forma plena y eficaz requiere, como mínimo, una capacidad industrial adecuada, como la que tienen Rusia y China. Y el proceso de reindustrialización, siempre que sea posible, es una tarea que requiere años y años. Algo de lo que Estados Unidos no dispone en cantidad suficiente.
Durante los próximos cinco o diez años, Estados Unidos simplemente no podrá utilizar sus fuerzas armadas más que de forma limitada. Lo que, a su vez, limita el alcance de los objetivos que entran dentro de sus capacidades de resolución. Irán, por ejemplo, es un caso crítico, limítrofe, en el que las probabilidades de éxito (en sentido amplio, no solo y exclusivamente militar) están peligrosamente cerca de las de una derrota, lo que sería insostenible tanto para la administración como para los propios Estados Unidos.
Por lo tanto, la ventana de oportunidad es limitada, tanto en términos de tiempo como de capacidad ofensiva. Lo cual, obviamente, no quita que la tentación de recurrir a ella sea, paradójicamente, tanto mayor cuanto más se reducen las opciones posibles. Todo hace suponer que volveremos a ver en acción las garras del águila americana.
4. Un sufrimiento generalizado.
Los gilipollas que hablan de «paguitas» quieren que esto se generalice.
https://jacobin.com/2026/01/us-safety-net-social-programs
La ya maltrecha red de seguridad social estadounidense se está deshilachando aún más
- Fran Quigley
Estados Unidos gasta mucho menos en programas sociales que otros países comparables, y las barreras burocráticas impiden que millones de personas que reúnen los requisitos para recibir ayuda nunca la reciban. Los republicanos están destrozando aún más la red de seguridad social, cuando lo que deberíamos hacer es repararla y ampliarla.
«Sigue buscando ayuda. Hay muchos recursos disponibles si los buscas».
En innumerables ocasiones, mis alumnos de la clínica jurídica y yo nos hemos presentado ante jueces que repiten este tópico a nuestros clientes, mientras esos mismos jueces ordenan el desahucio de una familia, deniegan la cobertura sanitaria a una persona con discapacidad o impiden que alguien que ha sido despedido reciba prestaciones por desempleo.
Los think tanks de derecha insisten en que nuestro sistema de bienestar social es generoso, e incluso los programas de trabajo social bienintencionados afirman que nuestros programas garantizan que las personas satisfagan sus necesidades básicas. Eso no es cierto.
Estados Unidos es la nación más rica del mundo. También es una de las que, en comparación con naciones similares, tiene una tasa de pobreza significativamente más alta, más personas sin atención médica y medicamentos, más niños que viven con hambre y más personas que viven sin refugio.
Este sufrimiento generalizado puede vincularse directamente a nuestra maltrecha red de seguridad social. Estados Unidos gasta el 18,5 % de su producto interior bruto (PIB) en vivienda, asistencia sanitaria y otras necesidades económicas, una cantidad notablemente inferior a la de otros países democráticos y basados en el mercado. Alemania, por ejemplo, gasta más del 25 % de su PIB en ayudas proporcionadas por el Gobierno; Japón gasta el 22,6 %; y Francia, casi el 31 %.
Estados Unidos gasta el 18,5 % de su PIB en vivienda, asistencia sanitaria y otras necesidades económicas, una cantidad notablemente inferior a la de otros países democráticos y basados en el mercado.
La Ley One Big Beautiful Bill (OBBBA) del año pasado está dificultando aún más la situación de muchas personas con dificultades en Estados Unidos. A continuación se exponen las formas en que nuestros programas actuales se quedan muy cortos a la hora de satisfacer las necesidades de quienes cumplen los requisitos.
Alimentación
El Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP), también conocido como Cupones para Alimentos, es, con diferencia, el mayor programa alimentario de Estados Unidos, con casi cuarenta y dos millones de personas que reciben prestaciones. Pero esas prestaciones del SNAP distan mucho de lo que se necesita para alimentar a las familias. El análisis del Urban Institute muestra que incluso la asignación máxima del SNAP es significativamente inferior al coste de las comidas de precio modesto. En las zonas urbanas, las comidas típicas pueden costar un 28 % más de lo que cubren las prestaciones del SNAP. Por lo tanto, no es de extrañar que un tercio de los hogares que reciben prestaciones del SNAP también tengan que recurrir a bancos de alimentos o comedores sociales.
Peor aún, muchas personas que reúnen los requisitos para recibir el SNAP nunca lo reciben. Las trabas burocráticas para solicitar la ayuda alimentaria, por no hablar del intimidatorio proceso de recertificación de la elegibilidad, hacen que el 14 % de los niños que reúnen los requisitos no reciban ninguna ayuda del SNAP. Tres de cada cinco personas mayores que reúnen los requisitos para recibir el SNAP no obtienen ninguna prestación.
La OBBBA restringió aún más la inscripción en el SNAP, ampliando los requisitos laborales para los adultos de hasta 64 años, incluidos los veteranos y las personas sin hogar. Los requisitos laborales para los programas de prestaciones pueden parecer razonables a primera vista, pero tienen un largo historial de extralimitación, creando una barrera burocrática que expulsa a personas que ya están trabajando o que viven con discapacidades. La OBBBA también descalifica de la ayuda alimentaria a muchos refugiados, solicitantes de asilo y supervivientes de violencia doméstica que antes tenían derecho a recibirla.
Apoyo familiar
Los programas estadounidenses que proporcionan ayuda económica a las familias empobrecidas se han visto condicionados durante mucho tiempo por dos factores. El primero es la condena de los padres solteros, especialmente de las madres negras. El segundo es el compromiso de la élite empresarial de garantizar que las personas en edad de trabajar estén lo suficientemente desesperadas como para buscar y aceptar trabajos con salarios de miseria. Esas motivaciones repugnantes perduran, en parte debido a los niveles espantosamente bajos de las prestaciones que se proporcionan.
El programa, conocido inicialmente como Ayuda a Familias con Hijos Dependientes (AFDC), que en 1996 pasó a denominarse Asistencia Temporal para Familias Necesitadas (TANF), proporciona prestaciones en efectivo que varían según los estados. Pero una característica común es que la ayuda proporcionada es muy inferior a la cantidad que una familia necesita para sobrevivir. Las prestaciones máximas del TANF son inferiores al 60 % del nivel federal de pobreza en todos los estados y inferiores al 20 % del nivel federal de pobreza en más de un tercio de los estados. En mi estado natal, Indiana, por ejemplo, la prestación mensual máxima del TANF para una familia de tres miembros es de solo 513 dólares, lo que cubre solo una fracción del alquiler típico, por no hablar de otros gastos. Al igual que con el SNAP, incluso esta mísera suma se niega a millones de familias necesitadas.
Las prestaciones máximas del TANF son inferiores al 60 % del nivel federal de pobreza en todos los estados y inferiores al 20 % del nivel federal de pobreza en más de un tercio de los estados.
El término «temporal» del nombre del TANF tampoco es ninguna broma. La Ley de Reconciliación de la Responsabilidad Personal y la Oportunidad Laboral (en sí misma un nombre orwelliano) fue aprobada por el Congreso de Newt Gingrich en 1996 y promulgada por el presidente Bill Clinton. La base punitiva del TANF, que provocó la dimisión en protesta de dos altos funcionarios de la política de bienestar social de Clinton, creó un límite nacional de sesenta meses para las prestaciones familiares. Los estados son libres de imponer límites aún más restrictivos: en Indiana, el máximo es de solo veinticuatro meses.
Antes de la reducción de 1996, casi el 70 % de las familias con hijos en situación de pobreza recibían asistencia de la AFDC. Ahora, estos límites de tiempo, junto con los requisitos laborales y otras barreras burocráticas como las obligaciones de recertificación, han limitado la TANF a solo el 21 % de esas familias.
Renta de subsistencia
Más allá de unos pocos proyectos aislados, Estados Unidos no cuenta con un programa de renta mínima garantizada, a pesar de la eficacia probada de dichos programas para satisfacer necesidades básicas como la alimentación, la vivienda y la atención sanitaria. Lo más parecido que tenemos es la Seguridad de Ingreso Suplementario, conocida como SSI. La SSI es un programa federal para personas que viven con discapacidades graves que les impiden trabajar y tienen pocos o ningún ingreso o activo. Muchos de los clientes de nuestra clínica que se enfrentan a desahucios, y muchas personas sin hogar, se encuentran entre los 7,5 millones de personas que reciben SSI.
En pocas palabras, las normas del SSI garantizan que todos los que lo reciben estén condenados a la pobreza extrema. Para una persona, el cheque mensual máximo del SSI es de 967 dólares. Las parejas que cumplen los requisitos para recibir el SSI tienen un límite de 1450 dólares al mes. Muchos de nuestros clientes que reciben SSI gastan literalmente hasta el último centavo de sus cheques en el alquiler, sin que les quede nada para otros gastos de subsistencia. No pueden acceder a ningún otro recurso para cubrir sus gastos, ya que corren el riesgo de ser excluidos del programa si reciben más de 20 dólares en efectivo o en especie de familiares u otras personas.
Al menos están inscritos en el SSI. Los onerosos requisitos financieros y de discapacidad del programa dan lugar al rechazo de más de la mitad de todas las solicitudes de SSI. Prácticamente todos los solicitantes rechazados que vemos son claramente elegibles para el programa, pero se ven atrapados en una cruel trampa: las mismas discapacidades y barreras causadas por la pobreza que les llevan a necesitar el SSI contribuyen a que se vean sobrecargados por los trámites burocráticos del proceso de solicitud.
Atención sanitaria
Medicaid es el programa de seguro médico para personas con bajos ingresos financiado conjuntamente por el Gobierno federal y los gobiernos estatales. Medicare proporciona seguro médico a personas mayores de 65 años y a algunas personas con discapacidades; puede solaparse con Medicaid cuando las personas cubiertas también tienen bajos ingresos.
Más de 70 millones de personas en Estados Unidos tienen cobertura sanitaria a través de Medicaid, incluidos dos de cada cinco niños del país. Esa cifra debería ser mucho mayor.
Más de 70 millones de personas en los Estados Unidos tienen cobertura sanitaria a través de Medicaid, incluidos dos de cada cinco niños del país. Esa cifra debería ser mucho mayor.
Los complicados requisitos de solicitud han impedido durante mucho tiempo que millones de personas reciban Medicaid. Los onerosos requisitos de recertificación han dejado fuera a muchas personas que antes estaban inscritas. Luego, Donald Trump y los republicanos del Congreso decidieron empeorar la situación.
La OBBBA impuso requisitos laborales para Medicaid, a pesar de que la mayoría de los afiliados menores de sesenta y cinco años ya están trabajando, viven con discapacidades o tienen otras barreras que les impiden realizar un trabajo remunerado. Las cargas administrativas de los requisitos laborales de Medicaid que ya están en vigor en estados como Arkansas han provocado que decenas de miles de personas pierdan la asistencia sanitaria sin que ello haya supuesto un aumento del empleo. La OBBBA también puso fin a la cobertura de Medicaid y Medicare para muchos inmigrantes legales que son refugiados, asilados y supervivientes de violencia doméstica.
Medicaid es popular, y tres cuartas partes de los estadounidenses apoyan el programa. Pero tiene defectos importantes, derivados en gran medida de la privatización generalizada del programa. La mayoría de los afiliados a Medicaid tienen su atención médica controlada por organizaciones de atención gestionada. Esas empresas tratan de maximizar sus beneficios restringiendo las redes de proveedores y bloqueando la atención mediante medidas como los requisitos de autorización previa, barreras que se aplican con más frecuencia a los afiliados a Medicaid que a los que tienen otras formas de seguro.
Esas medidas de contención de costes son muy perjudiciales. Una encuesta realizada en 2024 por la Asociación Médica Americana reveló que una gran mayoría de los médicos afirmaban que la autorización previa a menudo retrasa la atención hasta el punto de que los pacientes abandonan el tratamiento o tienen que ser hospitalizados. De hecho, muchos afiliados a Medicaid con requisitos de autorización previa nunca reciben la atención recomendada por su proveedor.
Barreras administrativas como estas, junto con las bajas tasas de reembolso, hacen que muchos proveedores se nieguen a aceptar pacientes de Medicaid. El problema es especialmente grave en el ámbito de la salud conductual. Casi el 40 % de los afiliados a Medicaid padecen un trastorno de salud mental o de consumo de sustancias, pero solo alrededor de un tercio de los psiquiatras aceptan nuevos pacientes de Medicaid.
Seguro de desempleo
El impacto de los empleadores con salarios bajos en la red de seguridad social de Estados Unidos puede sentirse más profundamente en el programa de seguro de desempleo del país. La presión incesante de las élites empresariales ha conseguido que, cuando un trabajador estadounidense pierde su empleo, es poco probable que reciba ninguna prestación. Menos de tres de cada diez trabajadores desempleados estadounidenses reciben prestaciones por desempleo.
Casi el 40 % de los afiliados a Medicaid padecen un trastorno de salud mental o de consumo de sustancias, pero solo alrededor de un tercio de los psiquiatras aceptan nuevos pacientes de Medicaid.
El 70 % restante se ve bloqueado por múltiples restricciones: retrasos obligatorios antes de recibir las prestaciones; descalificación de los trabajadores temporales, los trabajadores estacionales y muchos trabajadores a tiempo parcial; ingresos mínimos previos al empleo exigidos; barreras burocráticas; oposición de los empleadores a las solicitudes de prestaciones; y límites de tiempo para las prestaciones. En conjunto, impiden que los trabajadores que lo merecen reciban asistencia.
Si tienen la suerte de cumplir los requisitos, las prestaciones de los trabajadores desempleados estadounidenses son, de media, menos de la mitad de su salario antes de perder el empleo, mucho menos que en países comparables. Dado que los estados establecen sus propios niveles de prestaciones, los pagos del seguro de desempleo en muchos estados son incluso más bajos.
Vivienda
Por muy defectuosos que sean los programas de alimentación, atención sanitaria y apoyo a los ingresos de Estados Unidos, los patéticos esfuerzos del país en materia de vivienda son aún peores. Al menos, todos los que pueden demostrar que cumplen los requisitos para recibir SNAP, TANF, SSI, Medicaid y el seguro de desempleo lo reciben. Se trata de programas de prestaciones sociales. No ocurre lo mismo con las ayudas a la vivienda en Estados Unidos.
Al igual que los subsidios para el cuidado de los niños, la falta de financiación de los programas de vivienda crea una loca carrera por los escasos recursos. Es una competencia en la que hay muchos más perdedores que ganadores: más de tres de cada cuatro hogares que reúnen los requisitos para recibir vales de vivienda o unidades subvencionadas no los reciben. Se mantienen largas listas de espera, llenas de nombres de familias y personas que buscan ayudas para la vivienda. Las listas de espera suelen estar cerradas, y en las raras ocasiones en que se abren se producen auténticas estampidas.
Sin embargo, el hecho de que el nombre de un hogar sea retirado de la lista de espera tampoco garantiza un alojamiento seguro. El mayor programa de ayuda al alquiler de Estados Unidos es el programa Housing Choice Voucher, que impone a los beneficiarios la carga de encontrar propietarios del mercado privado que acepten su vale. Al no existir ningún requisito federal que obligue a los propietarios a aceptar inquilinos con vales (algunas localidades y estados prohíben la discriminación contra los titulares de vales), la búsqueda de los posibles inquilinos suele ser inútil. Más del 40 % de los titulares de vales no encuentran un propietario dispuesto, y los que lo consiguen dedican una media de setenta y ocho días a la búsqueda.
La trágica ironía de la desgastada red de seguridad social de Estados Unidos también debería motivar los esfuerzos para mejorarla: los programas, por deficientes que sean, siguen logrando resultados notables.
Quienes pueden acceder a las cada vez más escasas viviendas públicas no tienen que buscar un propietario. Pero décadas de recortes presupuestarios por parte de los legisladores a las agencias de vivienda pública hacen que los inquilinos de viviendas públicas a menudo encuentren sus edificios y unidades en mal estado y poco seguros.
Sin embargo… la red de seguridad puede funcionar
La trágica ironía de la desgastada red de seguridad social de Estados Unidos también debería motivar los esfuerzos para mejorarla: los programas, por deficientes que sean, siguen logrando resultados notables. Un análisis de dos décadas de los programas TANF, SNAP y Medicaid ha demostrado que la participación en los programas redujo significativamente las dificultades económicas y la insuficiencia de alimentos. Se ha demostrado que la recepción de prestaciones por desempleo reduce a la mitad las tasas de pobreza de los hogares.
Se ha demostrado que Medicaid contribuye a la estabilidad financiera de las familias, junto con una mejor salud física y mental para todos los miembros del hogar y un mayor nivel educativo de los niños cubiertos. Del mismo modo, la vivienda asequible aumenta los ingresos del hogar, la longevidad de los adultos y el éxito escolar de los niños.
Las deficiencias de estos programas hacen que a demasiados hogares estadounidenses se les nieguen injustamente estas prestaciones. Sería mejor ampliar estos programas y reducir las barreras de acceso a ellos, como hizo nuestro Gobierno hace solo unos años en respuesta a la pandemia de COVID-19. Cuando eso ocurrió, las tasas de pobreza se redujeron drásticamente y el bienestar general aumentó. Ese éxito demuestra lo que se puede conseguir si nos comprometemos a reparar las numerosas lagunas de nuestra red de seguridad.
Fran Quigley dirige la Clínica de Salud y Derechos Humanos de la Facultad de Derecho McKinney de la Universidad de Indiana.
5. La resistencia en Minneapolis.
No está muy claro si la extrema derecha en el gobierno estadounidense busca que haya una reacción violenta para imponer un régimen de excepción. Aunque hay respuesta, muy sabiamente es a través de la organización popular.
https://jacobin.com/2026/01/
Minneapolis pasa a la ofensiva contra ICE
- Entrevista con Aru Shiney-Ajay
Hablamos con un organizador de Minneapolis sobre la infraestructura de organización comunitaria que existe allí en respuesta a ICE, por qué funciona atacar a las empresas que se benefician de ICE y cómo otras ciudades podrían hacer lo mismo en su lucha contra el terror de ICE.
- Entrevista realizada por Eric Blanc
La campaña de terror de la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE) y la Patrulla Fronteriza en Minnesota se ha cobrado la vida de Renee Good y Alex Pretti y ha provocado el secuestro de Liam Conejo Ramos, de cinco años, entre otros muchos. Minneapolis ha respondido con una sorprendente oleada de valentía. Las charlas de Neighborhood Signal y las patrullas diarias de vigilancia comunitaria han convertido las aceras en líneas de ayuda y defensa mutuas, mientras que la huelga general estatal del 23 de enero demostró la voluntad de los residentes de detener la actividad habitual en desafío a la violenta represión del ICE.
El Twin Cities Sunrise Movement ha llevado la resistencia al terreno ofensivo, apuntando a los hoteles Hilton que alojan discretamente a los agentes del ICE. Esta campaña ha dado lugar a una impresionante serie de victorias locales, entre ellas la de conseguir que un Hilton local se niegue a prestar servicio al ICE, lo que ha provocado la indignación del Departamento de Seguridad Nacional y la posterior capitulación de Hilton a nivel nacional ante la administración.
Eric Blanc, de Jacobin, habló con Aru Shiney-Ajay, director ejecutivo del Movimiento Sunrise y residente de toda la vida en Minneapolis, sobre la organización de la resistencia en Minneapolis y cómo los opositores al ICE pueden pasar a la ofensiva a nivel nacional presionando a empresas como Hilton, Enterprise y Home Depot para que dejen de colaborar con la agencia.
Eric Blanc
¿Cómo se ha sentido ser residente y organizador en Minneapolis durante estos dos últimos meses?
Aru Shiney-Ajay
Es como vivir en una zona de guerra. Al principio me costaba mucho decirlo, pero cada pocas horas recibo un mensaje de Signal sobre el ICE, normalmente a poca distancia de donde me encuentro. Hace dos semanas, un amigo mío recibió un arma apuntándole a la cabeza por parte de agentes del ICE, y tengo amigos a los que han sacado a rastras de sus coches y detenido. Es como si estuvieras caminando y en cualquier momento te pudieran agarrar y secuestrar. Se ha llegado a un punto en el que algo tan simple como grabar una interacción con ICE puede acarrear que te disparen, lo que supone un nivel de miedo realmente diferente.
Al mismo tiempo, también es la comunidad más organizada que he visto nunca. En Minneapolis hemos alcanzado una densidad en la que más del 4 % de cada barrio participa en un chat de Signal a nivel vecinal, y puede que sea más, porque esos son solo los chats de Signal que seguimos de forma centralizada. En St. Paul hay un barrio llamado Frogtown. Tiene una gran población hmong. Todos los días creamos un chat de Signal de respuesta rápida para las personas que patrullan activamente en Frogtown, y todos los días, a las 11 de la mañana, ese chat alcanza su límite de mil personas, lo que significa que, en cualquier momento dado, hay mil personas patrullando en un barrio.
¿Puede hablar más sobre el sentido de comunidad que ha surgido?
Siento más por Minnesota de lo que nunca he sentido. Y eso que he crecido aquí. Pero ahora sé que, cuando voy por la calle, hay cientos de personas que acudirán en mi ayuda si lo necesito, y que yo acudiré en su ayuda.
Hay momentos de protesta muy intensos, como cuando recoges a alguien que ha sido rociado con gas lacrimógeno y le limpias la cara con nieve. Pero también hay un sentimiento cotidiano de solidaridad, porque todo el mundo va por ahí con silbatos. Si oyes un silbido, de repente la gente empieza a acudir en masa hacia ti. Nunca me había sentido tan respaldado. Es como si fuéramos todos un gran equipo, como una ciudad. Es increíble.
Es como desarrollar un músculo de solidaridad que trasciende las razas y las clases. Es algo de lo que la izquierda habla mucho, pero nunca lo había experimentado así. Y se trata de gente realmente corriente, no de organizadores o activistas mayoritarios. Es gente que nunca ha organizado nada en su vida, pero que sabe que algo va mal y quiere hacer algo al respecto.
¿Puedes hablar más sobre el miedo y cómo lo ha superado la gente?
Parte de ello es que se empieza con cosas muy pequeñas, y luego las cosas pequeñas se vuelven más arriesgadas, y no quieres renunciar a ellas. Lo primero que enseñamos a todo el mundo fue a quedarse quieto y grabar con el teléfono. Monarca Unidos, un grupo de inmigrantes de aquí, formó a unas 24 000 personas en funciones de observadores legales: quedarse quietos y grabar con el teléfono.
Todo el mundo estaba preparado para hacerlo, pero luego se convirtió en algo arriesgado. Sin embargo, era una identidad que la gente había asumido —«Puedo quedarme aquí de pie y grabar con un teléfono»— y no querían renunciar a ella.
Otro ejemplo es que repartir comida a personas indocumentadas que no pueden arriesgarse a salir a la calle se planteó como algo de bajo riesgo que se podía hacer. Pero en la última semana, los agentes del ICE han empezado a seguir a personas blancas que llevan bolsas de la compra, porque creen que eso les llevará hasta las personas indocumentadas.
Así que ahora las personas que reparten alimentos —lo cual, repito, es una actividad de muy bajo riesgo— han recibido formación para saber que, en caso de que el ICE los detenga, nunca deben anotar la lista de direcciones en un dispositivo digital. Hay que escribirla en un papel y, si el ICE te detiene, hay que comerse el papel.
Este tipo de cosas están motivando el coraje en este momento. Lo que hacemos es muy básico: dar comida a la gente y grabar con nuestros teléfonos móviles. Y cuando no se te permite hacer eso, cuando eso se convierte en algo de alto riesgo, tienes la sensación de que se están violando tus derechos fundamentales.
Obviamente, es más difícil ir y enfrentarse directamente a un agente del ICE. Eso es muy arriesgado. Pero repartir comestibles no debería serlo. Viola el sentido de dignidad y los derechos básicos de las personas, y eso es lo que genera valor.
Los sindicatos progresistas y las organizaciones comunitarias de Minneapolis convocaron un día de «sin colegio, sin compras, sin trabajo» el 23 de enero. ¿Cómo fue?
Me sentí muy orgulloso. Caminaba entre la multitud y en muchos momentos sentí ganas de llorar, había mucha gente. Conozco a varias personas, entre ellas algunos inmigrantes, para quienes era su primera protesta. También conozco a mucha gente que se dio de baja por enfermedad en el trabajo: peluqueros, conductores, todo tipo de personas. Vi muchos pequeños comercios cerrados, no solían ser los grandes. Pero fue muy conmovedor.
Fue un comienzo fantástico. Nos queda mucho camino por recorrer para demostrar nuestro poderío paralizando la economía. Pero incluso popularizar la idea de que la gente común tiene control sobre cómo funciona la sociedad era esencial. Las huelgas generales reales que pueden paralizar una economía no se producen en una semana, se necesita mucho más trabajo. Pero lo que hicimos fue increíble.
¿Puedes hablar sobre el trabajo que ha estado haciendo Twin Cities Sunrise Hub en torno a los hoteles?
Hemos visto redes de respuesta increíblemente rápidas en Minneapolis y en todo el país. Eso es fantástico y necesario. Pero la valoración de Sunrise fue: también necesitamos un componente ofensivo. Porque, ¿cómo vamos a impedir que el ICE haga lo que está haciendo?
El marco que utilizamos es el de los «pilares de apoyo». ¿Cuáles son las formas literales que apoyan la capacidad de ICE para moverse y operar en nuestra ciudad? En noviembre, hicimos un análisis e identificamos un par de pilares: las empresas de alquiler de coches y los hoteles. También identificamos el transporte por carretera, los restaurantes y la entrega de comida al edificio Whipple, que es donde se llevan a cabo las deportaciones y detenciones. Hay muchos tipos de apoyo. Entonces lo redujimos: ¿sobre cuáles tenemos más control y acceso, de modo que podamos interferir de forma no violenta?
A finales de noviembre y principios de diciembre, decidimos lanzarnos a una campaña contra los hoteles. Creamos una amplia infraestructura para identificar dónde se alojaba el ICE y empezamos a aparecer en mitad de la noche y a hacer ruido fuera.
La lógica es simple: si haces ruido fuera de los hoteles, los agentes del ICE no querrán alojarse allí y los hoteles no querrán alojarlos. Si suficientes hoteles no quieren alojar al ICE, entonces no tendrán dónde quedarse. Se trata tanto de la logística real como de socializar la idea de que la gente común dirige las instituciones que apoyan el funcionamiento del ICE.
Me entusiasma hacer esto con los hoteles, pero también que la gente comprenda la lógica lo suficiente como para que empiecen a pensar en ello en todos los lugares donde interactúa el ICE: empresas de alquiler de coches, restaurantes. Ha funcionado muy bien con los hoteles en general, y con Hilton en particular.
Hubo un hotel que se negó públicamente a alojar a ICE, lo que se convirtió en una gran noticia nacional cuando el DHS se lanzó a por ellos. Ese era un hotel al que nos habíamos dirigido, y fue principalmente gracias a nuestra presión. Conseguimos que otros dos hoteles cerraran temporalmente para evitar alojar a ICE y mantener a salvo al personal.
Otros dos hoteles han dicho que van a echar a ICE porque quieren evitar las manifestaciones ruidosas. Creemos que eso también está ocurriendo en otros lugares. Hay otros lugares en los que los gerentes o el personal del hotel nos dijeron que el ICE se marchó tras las manifestaciones ruidosas porque no querían que los despertaran en mitad de la noche.
Así que está funcionando, y tenemos que ampliarlo en Minneapolis y a nivel nacional. Lo que realmente queremos es que las empresas hoteleras retiren su apoyo al ICE. Lo ideal no es que lo haga cada gerente por separado, pero crear una ola de hoteles que lo hagan es el primer paso.
¿Cómo ve el papel de los empleados, tanto los administrativos como los que trabajan de cara al público, en estas empresas?
La organización de la plantilla es fundamental. Muchos de estos hoteles están gestionados por inmigrantes. Según nuestra experiencia, muchos trabajadores hoteleros no quieren que ICE esté allí y solicitan manifestaciones ruidosas en sus hoteles o nos avisan cuando ICE se aloja en ellos.
Tenemos muy claro, tanto para los organizadores como para los participantes, que nunca dirigimos nuestra ira hacia el personal del hotel, que no es la razón por la que el ICE se aloja en los hoteles, y nunca participamos en la destrucción de la propiedad. Existe la oportunidad de colaborar y elaborar estrategias con los trabajadores, en particular con los sindicalizados, para determinar de qué hoteles hay que expulsar al ICE.
¿Puedes hablar más sobre tu estrategia de pasar a la ofensiva? Porque mucha gente está tratando de averiguar cómo podemos detener al ICE. Y lo que hemos visto, más allá de la importante labor de defensa local y de conocer nuestros derechos, son principalmente protestas puntuales o vagas llamadas en Internet para boicotear a las empresas. Lo que tú haces parece diferente.
Yo lo veo como influencia y poder: buscar en todos los ámbitos en los que la gente común tiene influencia y ver dónde podemos ejercer esa influencia.
En una democracia que funciona, se juega con la opinión pública. Si se convence a la mayoría, se puede conseguir una legislación o ganar unas elecciones. Pero lo que vivimos ahora mismo no es una democracia. En muchos sentidos, el ciclo de retroalimentación entre la opinión pública y los resultados lleva mucho tiempo roto. Se ha roto por el dinero en la política, por la configuración de nuestro Senado, por el gerrymandering. Y ahora podrían intentar robar las elecciones directamente.
La opinión pública sigue siendo importante. Es importante que tengamos a la mayoría de nuestro lado. Pero nos engañamos si pensamos que la opinión pública por sí sola se traducirá en victorias, o que las elecciones de mitad de mandato y las de 2028 serán elecciones normales.
Muchos grupos de defensa del establishment parecen esperar que demostremos a Estados Unidos que Trump es realmente malo y que, en las elecciones de mitad de mandato, recuperaremos el poder, repitiendo lo ocurrido entre 2018 y 2020. No creo que eso sea cierto: basta con ver lo que está haciendo Trump ahora y lo similar que es a cómo los autoritarios de otros países han tomado el poder.
Por lo tanto, hay que pasar de las campañas puramente persuasivas a la lógica de la no cooperación. Hay que fijarse en las formas en que la gente común está sosteniendo directamente la capacidad logística de un régimen: dónde fluye el dinero, pero también cómo comen, cómo duermen, quién está haciendo el trabajo literal que permite que todo funcione.
Las empresas no son el único método para analizar eso. Hay muchos. Los gobiernos locales son una parte. Pero sí creo que las empresas son realmente clave, en particular las empresas a las que el público tiene mucho acceso e influencia.
Muchas de las empresas que colaboran con el ICE son oscuras y operan en segundo plano. Pero también hay empresas como los hoteles, lugares en los que todos reservamos, dormimos y gastamos dinero, que realmente podemos cambiar, porque tenemos influencia sobre ellos. Esa es la lógica que hay detrás de las campañas corporativas: identificar los lugares en los que la gente corriente está permitiendo directamente que funcione el régimen de Trump.
Si lo miras de esa manera, hay docenas y docenas de pequeños botones que puedes empezar a pulsar. También hemos estado pensando en muchos otros. Por ejemplo: los agentes del ICE circulan por las carreteras, ¿podríamos conseguir que el gobierno municipal realizara obras en las entradas y salidas de la autopista del edificio Whipple? Cosas así. La pregunta es: ¿cuáles son las formas concretas en las que se desplazan y cómo se puede interponer en su camino utilizando todas las palancas no violentas a las que se tiene acceso?
Nos centramos en los hoteles porque queríamos elegir algo que cualquiera, en cualquier lugar, pudiera reconocer inmediatamente: «Hay un Hilton cerca de mí. Podría hacer una reserva y cancelarla. Podría dejar una mala reseña en Booking.com». Hay que elegir campañas sobre las que todo el mundo tenga poder, porque nuestra fuerza proviene de la participación de un gran número de personas corrientes. Si solo son los mismos activistas que llevan años haciendo esto, no podemos ganar.
¿Podría explicar un poco más por qué considera que la cuestión de la viabilidad es tan importante en este caso? Porque hay una tensión: si nuestro único criterio para elegir objetivos es ir tras los que son más importantes para el funcionamiento del ICE, habría que empezar por los objetivos más difíciles: Palantir y Amazon.
Pero, aunque es importante educar a la gente sobre su papel, no tengo claro que podamos empezar ahí con nuestras campañas, porque Palantir y Amazon serán probablemente las dos últimas empresas en romper con la administración, precisamente porque están muy vinculadas al ICE.
La viabilidad es clave. Cuando se organiza a la población contra una dictadura, es importante comprender cuáles son las principales barreras emocionales que se interponen en el camino de las personas. En muchos países, eso acaba siendo el miedo. Me fijo mucho en Otpor, en Serbia, como ejemplo: identificaron el miedo como la principal barrera y dijeron: «¿Cuál es el antídoto contra el miedo? El antídoto contra el miedo es el humor. Vamos a ser divertidos en todas nuestras acciones para que la gente no tenga miedo». Fue genial.
No creo que la principal barrera en Estados Unidos sea el miedo. Es el escepticismo. La mayoría de la gente no cree en nuestra capacidad para cambiar las cosas. Por eso, una de las cosas más importantes para los organizadores en este momento es elegir campañas que sean ambiciosas, tangibles y ganables, victorias que no sean tan pequeñas que parezcan insignificantes, pero que sean realmente alcanzables. Porque una de las cosas más importantes que tenemos que demostrar a la gente corriente en este momento es que realmente tenemos poder sobre el funcionamiento del gobierno y sobre lo que ocurre en nuestra sociedad.
La posibilidad de ganar siempre es importante, pero en este momento es especialmente importante en Estados Unidos. Esa es una de las razones por las que elegimos hoteles y Hilton: el modelo de negocio de Hilton nos hace directamente relevantes para la forma en que ganan dinero, lo que resulta muy útil para ejercer presión. Lo mismo ocurrió con la campaña de suscripción a Disney+ en torno a Jimmy Kimmel y la campaña Tesla Takedown. Se trata de identificar dónde hay influencia directa, dónde podemos interferir en la forma en que ganan dinero de manera que pueda dañar significativamente su marca.
Y estoy de acuerdo con lo de Amazon y Palantir. No creo que sea malo informar a la gente sobre ellos. Pero sí creo que existe el peligro de abrumar a mucha gente en este momento. Mucha gente nos dice: «No sé dónde se supone que debo comprar. No sé qué se supone que debo hacer. Cualquier interacción que tenga es mala». Eso puede ser paralizante. No mueve a la gente a la acción y no la lleva a organizarse. Necesitamos construir y profundizar nuestro impulso.
Es mucho más eficaz decir: «Vamos a ir a por uno o varios objetivos cada vez. Vamos a derribarlos y luego pasaremos a los siguientes», en lugar de: «Aquí tienes una lista de cincuenta empresas en las que no debes comprar y cincuenta cosas por las que debes sentirte culpable en tu vida cotidiana».
Creo que el primer paso es ir a por las empresas con las que ICE interactúa físicamente, porque eso es más fácil de entender y ver para alguien que no está todo el tiempo pendiente de la política en su teléfono. Eso significa hoteles, empresas de alquiler de coches y lugares que permiten a ICE instalarse en sus aparcamientos o entrar directamente en sus lugares de trabajo, lo que concretamente suele significar Hilton, Enterprise y Home Depot. Esos objetivos parecen más claros y urgentes para la gente común que las empresas que apoyan financieramente a ICE a través de contratos (o que hasta ahora se han negado a tomar una postura pública en contra de ICE).
Para cada una de esas tres empresas, las demandas son claras: dejen de alojarlos, dejen de alquilarles coches, dejen de permitirles instalarse en sus instalaciones y dejen de permitir que ICE entre en sus lugares de trabajo.
Y algo de esto se está moviendo. Ha habido muchas protestas en Target en Minneapolis, lo cual tiene sentido porque la empresa tiene su sede en nuestra ciudad. Creo que esta semana hay una reunión con el director ejecutivo de Target para que Target se convierta en un lugar de trabajo protegido por la Cuarta Enmienda, lo que dificultaría mucho más la entrada del ICE. Eso podría ser realmente estupendo y un gran paso adelante.
Estoy de acuerdo en que es crucial tener algunas campañas ganables pero ambiciosas como esa. Más allá de esos tres objetivos —Hilton, Enterprise y Home Depot—, ¿crees que hay algo más que los organizadores podrían hacer para presionar a otras empresas?
Un paso realmente importante y básico que la gente puede dar inmediatamente en sus ciudades es exigir que todas las empresas, incluidas las pequeñas, se nieguen a dejar entrar al ICE en sus lugares de trabajo. Un elemento fantástico de la organización vecinal, que se está volviendo más ofensiva en Minneapolis, es que dos veces esta semana, cuando estaba sentado en diferentes cafeterías, alguien entró y pidió a la cafetería que se convirtiera en un lugar de trabajo de la Cuarta Enmienda y colocara un cartel en su puerta sobre el cierre el 23 de enero y la prohibición de entrar al ICE.
Muchos de los negocios a los que entro en Minneapolis tienen ese cartel en la puerta —«El ICE no está permitido aquí»—, lo cual es fantástico. No es lo mismo que un objetivo corporativo, porque a menudo es más fácil trasladar negocios de propiedad individual. Pero es una táctica muy importante a nivel de barrio.
Parece que una gran organización nacional como Indivisible o MoveOn podría imprimir un montón de carteles de «ICE no está permitido aquí» y pedir a todos sus seguidores en todo el país que vayan a hablar con todos los negocios locales para que coloquen el cartel.
No es difícil. Es fácil entrar en tu cafetería o tienda de la esquina y decir: «¿Puedes colocar el cartel?». Está dentro de sus derechos y no es una petición descabellada para la mayoría de los propietarios de negocios, es intuitivo. Es una especie de siguiente paso al increíble trabajo de movilización masiva que Indivisible ya ha estado realizando. Cuentan con una gran cantidad de líderes en todos los rincones del país y, aquí en las Ciudades Gemelas, han sido uno de los grupos que han ayudado a impulsar campañas clave.
¿Qué otras tácticas has visto que son eficaces en Minneapolis?
En cuanto a los hoteles, además de las manifestaciones ruidosas en mitad de la noche, también hemos estado haciendo y cancelando reservas, lo que sabemos que les está volviendo locos por sus resultados económicos. Hay un hotel en el centro que hemos reservado hasta mayo, lo que esperamos que signifique que los agentes del ICE no puedan reservarlo porque está lleno, y también significa que el hotel está perdiendo dinero.
Estamos empezando a bombardearlos con críticas negativas en Booking.com. Y actualmente estamos aplicando una estrategia para presionar al ayuntamiento para que revoque las licencias de venta de alcohol de los hoteles que alojan a ICE. Ese podría ser un punto de presión muy inteligente. Las licencias de venta de alcohol se revocan por etapas, por lo que si se revoca una o dos, se puede asustar rápidamente a los demás para que se pongan en fila. Afortunadamente, contamos con un ayuntamiento muy comprensivo que está buscando activamente formas de obstaculizar las actividades del ICE.
Para el gobierno local, tanto en Minneapolis como en cualquier otro lugar, el punto clave es que los hoteles tienen licencia y existe una amplia red burocrática para que una ciudad funcione. Este es el momento de utilizar esa burocracia para el bien: encontrar todos los permisos, licencias, multas de tráfico, cualquier cosa que permita que un negocio funcione, y dejar claro que, en este momento, el ICE está asesinando a ciudadanos de Minneapolis y aterrorizando a comunidades de todo el país. Si un negocio va a apoyar eso, entonces no debería recibir el apoyo de la ciudad.
Las tácticas no violentas que hacen perder tiempo o dinero a una empresa son realmente eficaces. En el caso de Enterprise, hemos hecho y cancelado reservas de coches, alegando que las carreteras están demasiado heladas. También me interesan los bloqueos de las oficinas de Enterprise con conducción lenta: conducir a dos o tres millas por hora con cincuenta coches rodeando una oficina de Enterprise para que el ICE no pueda entrar ni salir físicamente para reservar sus coches. Aún no lo hemos probado, pero podría ser una táctica interesante.
¿Qué pueden hacer los sindicatos y las organizaciones sin ánimo de lucro para apoyar la ofensiva contra el ICE?
Veo que muchas organizaciones consolidadas no saben cómo responder en este momento, y las campañas corporativas son en realidad una forma muy clara de conectar a la gente y generar impulso. A veces incluso pueden ser digitales. Si lo único que tienes es una lista de correo electrónico gigante, dile a todos los que están en esa lista que reserven y cancelen reservas en Hilton todos los días. Es una buena forma de aprovechar el tiempo y la energía de la gente.
Así que mi consejo es: elige un objetivo estratégico, o varios, y ve a por ellos. Si tienes una base que puede movilizarse en persona y hacer cosas como manifestaciones ruidosas o presentarse en una oficina de Enterprise y cancelar reservas, hazlo. Si no tienes una base que pueda presentarse en persona, pero tienes una lista o presencia en las redes sociales, también hay tácticas digitales que son realmente útiles en este caso. Es fácil unirse, y cuantos más seamos, mejor. Pero tenemos que ir más allá de las protestas puntuales contra las empresas: lo que necesitamos es centrarnos en campañas de presión sostenidas contra objetivos estratégicos y ganables. Es fundamental explicar a la gente la lógica de centrarse en romper los pilares de apoyo del ICE.
La cuestión sindical es importante. Sería estupendo que los sindicatos crearan líneas de información para obtener datos sobre los establecimientos que el ICE utiliza para hoteles y alquiler de coches. Y creo que las huelgas por prácticas laborales injustas son una idea interesante para los trabajadores de los lugares que están siendo objeto de ataques. Se trata de una cuestión laboral. Los trabajadores se encuentran en condiciones inseguras en este momento: los detienen en el trabajo y los detienen cuando van y vienen del trabajo. Se trata de condiciones realmente inseguras, especialmente si eres una persona de color en Minneapolis, independientemente de si eres ciudadano o no. Los trabajadores logísticos, como los camioneros, también tienen un enorme poder disruptivo para detener cosas como las entregas de alimentos a los centros de operaciones del ICE.
Para los sindicatos que se toman en serio la protección de los trabajadores y la democracia, existe un enfoque centrado en los trabajadores que es extremadamente relevante en este momento y que podría interferir en la capacidad de las empresas para apoyar al ICE.
Incluso si las personas no pertenecen a un sindicato, siguen teniendo todo tipo de derechos individuales y colectivos y poder de influencia en el trabajo. Los trabajadores de un Hilton no sindicalizado, por ejemplo, pueden seguir ejerciendo presión contra el ICE: es más difícil sin el apoyo de un sindicato establecido, pero es factible. Y este momento podría ser una oportunidad para que aquellos en el movimiento sindical que están pensando seriamente en derrotar el autoritarismo y organizar a toda la clase trabajadora digan a nivel nacional: ¿Trabajas en un Hilton, Enterprise o Home Depot? ¿Tienes miedo por culpa del ICE? Vamos a apoyarte para que estés a salvo luchando contra ellos. Hay organizaciones como el Comité de Organización de Emergencia en el Lugar de Trabajo que están deseosas de apoyar a cualquier trabajador de estas empresas u otras que quiera luchar contra el ICE en su trabajo.
La gente está ansiosa por participar. Están realmente asustados y quieren conocer sus derechos. Pero, sobre todo, hay un nivel de «estoy listo para hacer cosas» que se siente realmente sin igual, al menos en Minneapolis. Y se extenderá al resto del país a medida que el ICE se expanda, que la gente comprenda plenamente lo que está sucediendo y que mantengamos el impulso a través de las victorias en el camino.
Copublicado con Labor Politics.
Aru Shiney-Ajay es director ejecutivo del Movimiento Sunrise.
Eric Blanc es profesor adjunto de estudios laborales en la Universidad de Rutgers. Escribe un blog en Substack Labor Politics y es autor de We Are the Union: How Worker-to-Worker Organizing is Revitalizing Labor and Winning Big.
6. Musk y la libertad de expresión.
A estas alturas no es sorpresa para nadie que Twitter es una pocilga. Pero mientras no haya alternativas masivas, imagino que ahí seguiremos… Esta vez las críticas de Amar van dirigidas a Musk.
https://swentr.site/news/
Israel es donde la libertad de expresión de Musk encuentra su límite
Las recientes revelaciones de Grok sugieren que se está suprimiendo masivamente el contenido antisionista
Por Tarik Cyril Amar
X —antes Twitter— y las tonterías vienen de lejos.
Elon Musk, propietario de X —que también es el oligarca más rico del mundo, un importante contratista bélico, un globalista cooptado por el Foro Económico Mundial que aspira a ser «antiglobalista» y un autoproclamado «absolutista de la libertad de expresión»— ha afirmado que su plataforma «se esfuerza por ser la plaza pública de Internet promoviendo y protegiendo la libertad de expresión.»
Pero eso, por desgracia, es totalmente falso. En realidad, Musk es un hombre de opiniones firmes: no solo es un ultracapitalista, sino también un libertario de extrema derecha lleno de extrañas inquietudes, lo suficientemente fuertes como para producir un montón de publicaciones sobre la desaparición de los blancos y su «civilización» y, cuando está de muy buen humor, un saludo que parece una imitación perfecta del saludo fascista. Todo eso ya sería bastante malo. Pero Musk también se ha dedicado a promocionar a personas que le gustan personalmente desde el punto de vista político y cultural, por ejemplo, aquellas que glorifican, presionan y excusan a Israel.
Si esto es una «plaza pública», entonces es una en la que se necesita un micrófono para ser escuchado, y ese micrófono está bajo el control de un alcalde parcial y autoritario y sus amigos. O, como ha dicho el propio equipo de Musk, los usuarios de X tienen «libertad de expresión, pero no de alcance».
Por otro lado, la plataforma también suprime sistemáticamente todo lo que no le gusta al propietario, sea lo que sea y sea quien sea. Gran parte de esta censura de facto —pero no toda— la impone lo que la propia X ha descrito eufemísticamente como «un proceso de moderación más razonable, proporcionado y eficaz», es decir, a menudo mediante una degradación masiva (deboosting) en lugar de una prohibición directa. Si usted dice cosas que no gustan a Musk, a sus compinches ideológicos, a sus socios comerciales y a sus financieros, es menos probable que X simplemente le expulse —aunque esa opción también existe— que le meta silenciosamente en una caja hermética e insonorizada. Usted puede pensar que está hablando con otros, pero X se asegura de que su voz no llegue a casi nadie. ¡Que suene la libertad! Pero en modo silencioso, por favor.
No hay ningún tema en X en el que todo lo anterior sea más evidente que en Israel. O, para ser más precisos: Palestina y la interminable serie de crímenes que los israelíes y sus cómplices están cometiendo contra los palestinos, desde la desposesión violenta, a menudo mortal, hasta el apartheid, pasando por el secuestro masivo de facto, la tortura masiva (incluida la violación) y la limpieza étnica mediante el genocidio.
Recientemente, Grok, la IA interna de X, ha revelado que se está suprimiendo masivamente a los críticos de los crímenes israelíes. Su alcance se ve reducido entre el 80 y casi el 100 % de lo que sería en otras circunstancias. Ante una frase concreta, que los usuarios de X han compartido ampliamente, Grok ha estado proporcionando información detallada sobre cómo el algoritmo de X censura a quienes mencionan y protestan contra el actual genocidio de Israel en Gaza, su brutalidad generalizada y sus guerras de agresión contra el Líbano, Siria e Irán, su costumbre de asesinar, incluso a élites científicas y políticas de otros países (como en Irán y Yemen) o la influencia perversa que ejerce sobre los Estados Unidos y, en general, sobre la política occidental. Según al menos un observador normalmente bien informado, se trata de una campaña masiva, en la que Elon Musk «censura a cientos de millones de personas por un gobierno extranjero [es decir, el israelí]». A cambio, los propios clientes de Musk le califican de «una gran amenaza para la libertad de expresión» y «un traidor».
Políticamente, los objetivos de esta campaña de represión de X son muy diferentes entre sí. Entre ellos se encuentran personas idiosincrásicas de extrema derecha, como Candace Ownes, así como voces generalmente de izquierda, como los periodistas y disidentes Max Blumenthal y Ali Abunimah.
Para ser sinceros, también se incluye a un servidor (también de izquierdas). Y es un caso bastante representativo: la supresión de la cuenta X «@TarikCyrilAmar», según informa Grok, es masiva y exhaustiva, incluyendo su ocultación y la de su actividad, y, en general, alcanza entre el 78 y el 85 %. Pero lo más típico es la gran mentira utilizada para justificar esta censura: que, de alguna manera, las críticas abiertas y honestas de la cuenta hacia Israel y sus crímenes, así como su posición explícitamente antisionista y antifascista, se solapan con el «antisemitismo». Esta es la calumnia principal utilizada por todos los defensores de Israel y su genocidio: que estar en contra de estos crímenes y del Estado que los comete sin un final a la vista es indicativo de «antisemitismo».
Esta tonta mentira ha perdido hace tiempo toda credibilidad entre aquellos que tienen al menos medio cerebro. Excepto en el mundo de Musk, donde todavía es suficiente para determinar lo que los usuarios de X no solo pueden decir, sino también oír. Tanto la libertad de expresión activa como la pasiva son una broma allí. Y todo eso por Israel.
Ahora están surgiendo afirmaciones en X de que, de alguna manera, este escándalo no es del todo real, que Grok no estaba proporcionando datos reales, sino una mera simulación. Eso parece muy, muy inverosímil y es probable que resulte ser otra falsedad más. Por un lado, X tiene un historial demostrado de suprimir lo que no le gusta a Israel. El año pasado, por ejemplo, el propio Grok fue suspendido cuando calificó el genocidio de Gaza como tal, un genocidio. Claramente, la IA de Musk se había vuelto un poco demasiado perspicaz —y honesta— para sus amos. En octubre de 2023, mientras Israel lanzaba su genocidio —y hablaba de ello con orgullo—, X purgó cientos de cuentas palestinas, privando a las víctimas de otra forma más de comunicarse y contribuyendo así a la política de asedio, bloqueo y apagón de Israel.
No está claro por qué Musk se comporta así: ¿convicción? ¿Miedo? Acosado por algunas señales (reales) de antisemitismo propias, Musk ha «hecho penitencia» repetidamente sirviendo a Israel y a su propaganda.
Lo que está claro es que sus motivos son de importancia decididamente secundaria. Lo que importa es el atroz fracaso moral, no el único, pero sí el peor. E irónicamente, Musk, que se enorgullece de ser un poco inconformista y rebelde, es demasiado representativo de las élites podridas de Occidente en su conjunto. ¡Ojalá fuera más excepcional!
7. Hay que recordar Stalingrado.
No creo que entre nosotros haga mucha falta, pero no está de más recordar una vez más lo que supuso Stalingrado.
https://mronline.org/2026/01/26/stalingrad-and-the-politics-of-forgetting/
Stalingrado y la política del olvido
Por Tunç Türel (Publicado el 26 de enero de 2026)
El año 2026 marca el 83.º aniversario de la batalla de Stalingrado. La batalla no fue solo un enfrentamiento militar decisivo en la Segunda Guerra Mundial, sino una ruptura histórica que redefinió la trayectoria del siglo XX. Librada entre agosto de 1942 y febrero de 1943, supuso la primera derrota estratégica total de la Alemania nazi y destrozó el mito de la invencibilidad fascista en el que se basaba la guerra de conquista de Hitler. Sin embargo, en gran parte de la memoria histórica dominante actual, especialmente en el mundo anglófono, Stalingrado se reduce a un episodio dramático, abstraído de su significado político y separado de sus consecuencias. Esta minimización no es accidental. Reconocer Stalingrado como el punto de inflexión de la guerra es reconocer la importancia central de la Unión Soviética en la derrota del fascismo y, por extensión, afrontar el incómodo hecho de que la mayor victoria sobre el nazismo no la logró el capitalismo liberal, sino un Estado socialista que luchaba por su propia supervivencia.
En la historiografía y la cultura popular occidentales, la narrativa de la Segunda Guerra Mundial se ha reorganizado persistentemente para centrar a Estados Unidos y sus aliados como los principales agentes de la derrota del fascismo, mientras que la contribución soviética se trata como secundaria, incidental o moralmente comprometida. La fijación de Hollywood por el desembarco de Normandía en junio de 1944, la batalla de las Ardenas en diciembre de 1944 y el teatro del Pacífico contrasta radicalmente con el relativo silencio que rodea al frente oriental, donde se decidió la guerra. Este desequilibrio no es una cuestión de descuido, sino de ideología. Desde los inicios de la Guerra Fría, la memoria de la guerra se remodeló para conciliar dos hechos incompatibles: que el nazismo fue el mayor crimen del siglo XX y que fue derrotado principalmente por un Estado socialista. El resultado ha sido una minimización sistemática del sacrificio militar, económico y humano soviético, sustituido por una narrativa despolitizada en la que el fascismo se derrumba bajo el peso abstracto de la «unidad aliada», en lugar de ser aplastado por una prolongada y devastadora guerra de clases en el Este.
Ya en 1941, la Operación Barbarroja se concibió no como una campaña militar convencional, como las que la maquinaria bélica nazi había llevado a cabo en los Países Bajos o en Francia en 1940, sino como una guerra de aniquilación (Vernichtungskrieg), destinada a la destrucción física del Estado soviético y a la erradicación biológica, social y política de poblaciones enteras. La estrategia nazi en el Este fusionó la conquista militar con el genocidio: el hambre planificada de decenas de millones de personas, el exterminio de judíos, romaníes, comunistas y funcionarios soviéticos, y la reducción de los pueblos eslavos a una reserva de mano de obra esclava.[1] Como escribe el historiador Stephen G. Fritz:
«Los Ostarbeiter (trabajadores del Este), en su gran mayoría hombres y mujeres jóvenes, a menudo apenas adolescentes (su edad media era de veinte años), fueron puestos a trabajar, normalmente en condiciones deplorables, en las fábricas, minas y campos del Reich. A finales de julio, más de 5 millones de trabajadores extranjeros estaban empleados en Alemania, mientras que, en el verano de 1943, la mano de obra extranjera total había aumentado a 6,5 millones, una cifra que aumentaría a finales de 1944 a 7,9 millones. En ese momento, los trabajadores extranjeros representaban más del 20 % de la mano de obra total alemana, aunque, en el sector del armamento, la cifra superaba el 33 %. En algunas fábricas y líneas de producción específicas, los trabajadores extranjeros superaban habitualmente el 40 % del total; de hecho, en el verano de 1943, el bombardero en picado Stuka estaba, como se jactaba Erhard Milch, «fabricado en un 80 % por rusos». [2]
La Wehrmacht no era un instrumento neutral arrastrado a regañadientes a este proyecto, sino un participante activo en él. Stalingrado debe situarse en este contexto. No fue simplemente una batalla por el territorio o las rutas de suministro, sino un momento decisivo en una guerra cuyos objetivos eran abiertamente coloniales y genocidas. Perder en Stalingrado significaba, para los dirigentes nazis, enfrentarse a los primeros límites concretos de un proyecto basado en la violencia ilimitada.
El frente oriental no era un teatro de guerra entre otros; era la guerra. Entre 1941 y 1944, la inmensa mayoría de las fuerzas militares alemanas se desplegaron contra la Unión Soviética. «El 1 de octubre de 1943, unos 2 565 000 soldados —el 63 % de la fuerza total de la Wehrmacht— luchaban en el Este, al igual que la mayor parte de los 300 000 soldados de las Waffen SS», escriben los historiadores David M. Glantz y Jonathan M. House. «El 1 de junio de 1944, un total de 239 divisiones alemanas equivalentes, o el 62 % de toda la fuerza, se encontraban en el frente oriental».[3] Y fue allí donde la Wehrmacht sufrió la mayor parte de sus bajas. Aproximadamente tres cuartas partes de todas las muertes militares alemanas se produjeron en el frente oriental, al igual que la destrucción de ejércitos enteros cuya pérdida nunca podría ser reemplazada. En comparación, el frente occidental, aunque importante desde el punto de vista militar y político, no se abrió hasta que el Ejército Rojo ya había quebrado la columna vertebral del poder militar nazi. Stalingrado es la expresión más clara de esta asimetría. Fue a orillas del Volga, y no en las playas de Normandía, donde se arrebató irreversiblemente a la Alemania de Hitler la iniciativa estratégica de la guerra.
La magnitud de la victoria soviética en Stalingrado no puede entenderse sin confrontar la magnitud del desastre que la precedió. Cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética en junio de 1941, el Ejército Rojo se vio profundamente desprevenido para una guerra de tal velocidad, coordinación y concentración tecnológica. Formaciones enteras fueron rodeadas y destruidas, millones de soldados murieron o fueron capturados, y vastos territorios fueron invadidos en cuestión de meses. Esta falta de preparación no era solo militar, sino estructural: un Estado socialista en rápida industrialización se enfrentaba a un ataque existencial por parte de la maquinaria bélica más avanzada que el capitalismo había producido hasta entonces, respaldada por los recursos de la Europa ocupada. Por lo tanto, Stalingrado no surgió desde una posición de fuerza, sino desde el borde del colapso. El hecho de que la Unión Soviética fuera capaz de absorber estos golpes, reorganizar su economía, reubicar su industria y reconstruir sus fuerzas armadas en condiciones de guerra total es en sí mismo uno de los logros más extraordinarios y menos reconocidos del siglo XX.
Stalingrado marcó el momento en que la maquinaria bélica nazi dejó de avanzar y comenzó, de forma irreversible, a sangrar. La ofensiva alemana hacia el Volga en el verano de 1942 tenía como objetivo asegurar los recursos petrolíferos, cortar las rutas de transporte soviéticas y asestar un golpe simbólico al corazón del Estado soviético. En cambio, culminó en una prolongada batalla urbana que anuló las ventajas operativas de Alemania y arrastró a sus fuerzas a una guerra de desgaste que no podía ganar. Calle por calle, fábrica por fábrica, el Ejército Rojo transformó Stalingrado en un campo de batalla que consumió divisiones alemanas enteras. El cerco y la destrucción del Sexto Ejército no fue solo una derrota táctica; fue la primera vez que un ejército de campaña alemán completo fue aniquilado, en lugar de obligado a retirarse. A partir de ese momento, la iniciativa estratégica pasó decisivamente a la Unión Soviética y, con ella, el destino de la guerra.
La victoria en Stalingrado se pagó con un coste humano casi sin precedentes, soportado en su mayor parte por soldados y civiles soviéticos cuyas vidas quedaron subordinadas a las exigencias de la supervivencia colectiva. Barrios enteros quedaron reducidos a escombros; el hambre, la exposición al frío y el agotamiento fueron tan letales como la artillería y las bombas. Sin embargo, lo que distinguió a Stalingrado no fue simplemente la resistencia, sino la forma social que esta adoptó. La defensa de la ciudad se basó en la movilización masiva, el compromiso político y un grado de disciplina colectiva que no puede explicarse únicamente por la coacción. Los trabajadores lucharon en las ruinas de las fábricas que ellos mismos habían construido; los civiles mantuvieron la producción y la logística bajo los bombardeos; los soldados defendieron posiciones medidas en metros, no en kilómetros. No se trataba de actos abstractos de patriotismo, sino de expresiones de una sociedad que luchaba una guerra que amenazaba su propia existencia y en la que la derrota no significaba la ocupación, sino la aniquilación.
El impacto de Stalingrado se extendió mucho más allá del campo de batalla, remodelando el panorama político y estratégico de toda la guerra. Por primera vez desde 1939, la expansión fascista no solo se ralentizó, sino que se revirtió de forma decisiva, lo que causó conmoción tanto entre los líderes del Eje como en la Europa ocupada. Justo antes de la invasión, Hitler había dicho a sus generales: «Solo tenemos que derribar la puerta y toda la estructura podrida se derrumbará». Para Hitler, y hay que decir que también para muchos de sus generales y gran parte de la población alemana, se daba por sentado que el ejército soviético era incapaz de hacer frente a la Wehrmacht. Se le consideraba podrido y débil, lo que supuestamente reflejaba la inferioridad de los pueblos que componían la Unión Soviética. Sin embargo, esta suposición resultó ser catastróficamente falsa. El Ejército Rojo no se limitó a aceptar la derrota, sino que aprendió de ella. A través de una amarga experiencia, dominó el arte moderno de la guerra, perfeccionando y aplicando los conceptos tácticos y operativos de la batalla profunda y la operación profunda con una eficacia cada vez mayor.[4] Pero no solo eso, los movimientos de resistencia de todo el continente recuperaron la confianza tras la derrota del Sexto Ejército alemán, mientras que los cálculos estratégicos de los Aliados se vieron fundamentalmente alterados al darse cuenta de que el Ejército Rojo llevaría la guerra hacia el oeste. Stalingrado también rompió el aura ideológica de inevitabilidad que había rodeado la conquista nazi, demostrando que el fascismo podía ser derrotado mediante una resistencia masiva sostenida, en lugar de solo mediante maniobras diplomáticas o superioridad tecnológica. A partir de ese momento, la cuestión ya no era si Alemania perdería la guerra, sino cuán rápido y a qué costo humano adicional. Ese costo fue determinado por la resistencia cada vez más fanática del ejército de Hitler y el continuo apoyo político y social que recibía de amplios sectores de la sociedad alemana.[5]
Al final de la guerra, la magnitud del sacrificio de la Unión Soviética eclipsó al de todas las demás potencias aliadas. Aproximadamente veintisiete millones de ciudadanos soviéticos, tanto soldados como civiles, perdieron la vida, regiones enteras quedaron devastadas y gran parte de la base industrial y agrícola del país quedó en ruinas. Estas pérdidas no fueron incidentales a la victoria, sino que constituyeron su base material. Sin embargo, en el orden de posguerra que surgió bajo la hegemonía estadounidense, esta realidad quedó cada vez más oculta. A medida que se endurecían los antagonismos de la Guerra Fría, el sufrimiento soviético se desvinculó de los logros soviéticos, reconocidos en cifras pero despojados de significado político. Stalingrado pasó a considerarse un episodio trágico en lugar de un triunfo decisivo, y su importancia se diluyó para adaptarse a una narrativa en la que no se podía atribuir al socialismo el mérito de haber salvado a Europa del fascismo. La deuda con el Ejército Rojo se transformó así en un inconveniente ideológico, que debía minimizarse, relativizarse u olvidarse por completo.
Esta distorsión del significado de Stalingrado no se limita al pasado, sino que es un proceso político activo también en el presente. En toda Europa y América del Norte, con la ayuda de historiadores e investigadores burgueses, películas o videojuegos, que constituyen componentes clave de la superestructura, el registro histórico de la Segunda Guerra Mundial se reescribe cada vez más a través del prisma del anticomunismo, equiparando el fascismo y el socialismo y ocultando el carácter genocida de los objetivos bélicos nazis. En este marco revisionista, el Ejército Rojo no aparece como una fuerza de liberación, sino como un opresor simétrico, y la guerra de aniquilación librada contra la Unión Soviética es sustituida por narrativas de «totalitarismo» abstracto. Tales distorsiones sirven a los intereses imperiales contemporáneos, legitimando la rehabilitación de los movimientos de extrema derecha, la militarización de la memoria histórica y la normalización de la guerra sin fin. Recordar Stalingrado con precisión no es, por tanto, un acto de nostalgia, sino un acto de resistencia contra los usos políticos del olvido.
Stalingrado no ofrece lecciones reconfortantes y sencillas, pero sí ofrece claridad. Demuestra que el fascismo no se derrota con apelaciones morales, gradualismo institucional o compromisos abstractos con la «democracia», sino mediante una lucha organizada y colectiva capaz de enfrentarse a la violencia imperial en sus raíces. Revela la magnitud del sacrificio que se exige cuando la crisis capitalista se convierte en una guerra exterminadora, y el precio que se paga cuando se permite que dicha guerra avance sin control. Por encima de todo, Stalingrado afirma que la historia no se mueve por la inevitabilidad, sino por la acción masiva en condiciones de extrema restricción. La victoria soviética no fue accidental ni predeterminada, sino que se forjó a través de la voluntad política, la movilización social y la disposición a soportar pérdidas que las sociedades liberales —entonces y ahora— prefieren no imaginar.
Al conmemorar el aniversario de la batalla de Stalingrado, la cuestión no es simplemente cómo se recuerda la batalla, sino quién controla su significado. Tratar Stalingrado como una tragedia lejana o un episodio militar neutral es vaciarlo de la fuerza histórica que aún tiene. Fue allí donde se frustró el proyecto de aniquilación nazi, y fue allí donde se alteró de forma decisiva el destino de la guerra y de millones de personas más allá del campo de batalla. En un momento en el que el fascismo vuelve a normalizarse, la guerra imperial se presenta una vez más como una necesidad y el socialismo se descarta sistemáticamente como un error histórico, Stalingrado se erige como un contrapunto perdurable. Nos recuerda que la mayor derrota del fascismo en la historia se logró gracias a la resistencia colectiva, la organización social y la defensa inquebrantable de un futuro que, en aquel momento, aún no podía garantizarse.
Notas
[1] Stephen G. Fritz, Ostkrieg: Hitler’s War of Extermination in the East (Lexington: University Press of Kentucky, 2011), xx; Hans Heer y Christian Streit, Vernichtungskrieg im Osten: Judenmord, Kriegsgefangene und Hungerpolitik, 2020.
[2] Fritz, Ostkrieg, 222. Milch fue secretario de Estado del Ministerio de Aviación del Reich entre 1933 y 1944 e inspector general de la Luftwaffe entre 1939 y 1945.
[3] David M. Glantz y Jonathan M. House, When Titans Clashed: How the Red Army Stopped Hitler (Lawrence: University Press of Kansas, 2015), 357.
[4] David M. Glantz, Soviet Military Operational Art: In Pursuit of Deep Battle (Nueva York: Frank Cass, 1991).
[5] Nicholas Stargardt, The German War: A Nation Under Arms, 1939–1945 (Nueva York: Basic, 2015).
Acerca de Tunç Türel
Tunç Türel es historiador antiguo y miembro del Partido de los Trabajadores de Turquía. Escribe para destacadas revistas marxistas y de arte y cultura turcas, entre ellas Ayrım (www.ayrim.org) y Corpus (www.corpusdergi.com), y actualmente está trabajando en un libro que aleja la mirada de la historia de la Antigua Roma de las narrativas tradicionales de emperadores y gobernantes, para centrarse en las vidas, las luchas y las experiencias de los pueblos, los oprimidos y los gobernados.
8. Cuba y la fraternidad.
Las cosas están muy mal en Cuba, pero no olvidemos su ejemplo solidario a lo largo de tantos años.
La globalización de la fraternidad: una alternativa a la lógica del capitalismo global
- Pedro Monzón Barata
- Fuente: Al Mayadeen English
- 25 de enero de 2026
La batalla también es cognitiva: mientras Washington impone una narrativa de explotación, millones de pacientes agradecidos a Cuba construyen un verdadero poder blando basado en la gratitud y la legitimidad moral.
Una isla que se globalizó sin capitalismo
En el mapa del siglo XXI, Cuba aparece como una anomalía tanto geopolítica como ética. Una nación insular del Caribe, que entonces albergaba a solo once millones de personas y estaba sometida a uno de los bloqueos económicos más largos y agresivos de la historia, ha logrado proyectarse en la escena mundial, no a través del capital, las armas o los instrumentos típicos del poder blando imperial, sino a través de la solidaridad concreta: médicos en zonas remotas, desarrollo de recursos humanos en países empobrecidos, vacunas desarrolladas en centros científicos y laboratorios nacionales, y una ética internacionalista que antepone la vida al lucro.
La solidaridad cubana ha sido multifacética y siempre basada en principios éticos. Ha sido un faro de apoyo para la descolonización de África y decisiva en la lucha por la independencia de Angola, actos de fraternidad antiimperialista que aceleraron la liberación de Namibia y la caída del régimen del apartheid. Estos impulsos de hacer el bien han llegado ampliamente a sectores tan vitales como la educación humana y la salud.
Esta paradoja, una pequeña nación que desafía el orden unipolar no con fuerza militar sino con batas blancas, no es un incidente aislado ni una excepción romántica. Es la expresión política, histórica y civilizatoria de un proyecto alternativo: la globalización de la fraternidad. Este concepto, derivado del pensamiento y la acción de Fidel Castro, encarna el núcleo de sus convicciones internacionalistas y la praxis revolucionaria cubana durante más de seis décadas. Frente a la globalización capitalista, que homogeneiza los mercados, despoja de soberanía y exporta violencia, Cuba ha construido, desde el Sur Global, una red de cooperación Sur-Sur basada en los principios de reciprocidad, no intervención, no comercialización de la salud y prioridad a los más vulnerables.
En un mundo en transición hacia la multipolaridad, donde el consenso liberal se derrumba y surgen nuevos polos de poder, este contraste ya no es simbólico, es existencial. La globalización neoliberal ha revelado su cara terminal: una lógica de muerte que sacrifica a pueblos enteros en nombre del lucro, la seguridad energética o la hegemonía militar. Sin embargo, en los intersticios de este sistema en crisis, florece otra racionalidad: la racionalidad de la vida. No como una especulación idealista, sino como política de Estado, como estrategia de resistencia y como proyecto civilizatorio.
Este artículo explora esta confrontación desde una perspectiva rigurosa y objetiva. En primer lugar, propone articular un marco teórico que defina y contraste ambas globalizaciones. En segundo lugar, analiza la materialización concreta de la fraternidad globalizada en la política exterior cubana, mostrando que constituye un sistema estructural, no meros gestos ocasionales. En tercer lugar, examina la respuesta imperial a esta alternativa y, por último, defiende la urgencia de su proyección en un mundo amenazado por crisis sistémicas que el capitalismo ya no puede resolver. La hipótesis central es clara: la globalización de la fraternidad no es solo una opción ética entre otras, es el único camino viable para la supervivencia humana en el siglo XXI.
I- Dos racionalidades mutuamente excluyentes
- Globalización capitalista: acumulación, violencia y declive hegemónico
La globalización no es un fenómeno reciente ni neutral. Ya en el Manifiesto Comunista (1848) se describía cómo la burguesía, «por primera vez en la historia universal», había forjado un mercado mundial, imponiendo su dominio en todos los rincones del planeta. Esta internacionalización del capital ha pasado por distintas fases: el imperialismo clásico de finales del siglo XIX, la Guerra Fría bipolar (1945-1991) y, tras el colapso del bloque socialista, la globalización neoliberal unipolar que ha dominado desde principios de la década de 1990.
Esta última fase se caracterizó por el triunfo retórico del «fin de la historia» y la naturalización del libre mercado como un destino inexorable. Sin embargo, la realidad ha sido diferente: la profundización de las contradicciones estructurales del capitalismo. Lejos de generar prosperidad universal, ha exacerbado las divisiones de clase, destruido los tejidos productivos nacionales, financiarizado la economía y convertido los bienes esenciales —salud, agua, educación, medio ambiente— en mercancías sujetas a la especulación.
Además, en su fase de declive hegemónico, el capitalismo global ha recurrido cada vez más abiertamente a la violencia como modo de reproducción. Como señaló Lenin, el sistema, una vez que agota sus vías de acumulación en el centro, debe expandirse violentamente hacia la periferia. Esta tesis se actualiza hoy en una globalización multifacética de la violencia:
- Violencia económica: bloqueos, sanciones extraterritoriales, confiscación de reservas y presión financiera que asfixian economías enteras, como en los casos de Cuba, Venezuela, Irán y Siria.
- Violencia política: financiación de grupos de oposición, campañas de desestabilización, reconocimiento de «gobiernos paralelos» —como en el caso de Guaidó en Venezuela, y ahora se está intentando algo similar con el arbitrario Premio Nobel otorgado a María Corina Machado— y el uso de ONG como instrumentos de injerencia, entre ellas la Fundación Nacional para la Democracia y USAID.
- Violencia militar: Intervenciones directas, una red global de bases militares y amenazas explícitas de guerra en el siglo XXI. Entre ellas se incluyen el despliegue permanente de la Séptima Flota de los Estados Unidos en el Indo-Pacífico, la escalada de tensiones en el Mar de China Meridional, la concentración sin precedentes de fuerzas navales estadounidenses cerca de las costas de Venezuela y Cuba, y las formas persistentes de piratería moderna en el Caribe, evidentes en la interceptación, el apresamiento y la apropiación ilegales de petroleros, el acoso a pequeñas embarcaciones y el asesinato de sus tripulantes. Nada ilustra mejor esta lógica de exterminio que el genocidio en curso contra el pueblo palestino en Gaza. Bajo el silencio cómplice o la justificación abierta de las potencias occidentales, «Israel» —el brazo armado del imperialismo en Oriente Medio— ha desatado una campaña sistemática de aniquilación que ha dejado decenas de miles de muertos, en su mayoría mujeres y niños, y ha reducido a escombros hospitales, universidades, centros de producción de alimentos y sistemas de abastecimiento de agua. Este horror no es una aberración aislada, sino la manifestación extrema de una globalización que convierte a los pueblos discriminados, oprimidos y antiimperialistas en objetivos legítimos de la violencia estructural. La impunidad con la que se comete este crimen refuerza la tesis de que el capitalismo global, en su fase de descomposición, ya ni siquiera necesita ocultar su rostro genocida.
- Violencia cognitiva: imposición de narrativas mediáticas que criminalizan la disidencia, retratan a los Estados no alineados como «fracasados» y ocultan las causas estructurales de las crisis inducidas.
En esta lógica, la vida humana se vuelve prescindible. Cuando los individuos o las comunidades ya no generan plusvalía o enriquecimiento, o se atreven a desafiar el orden internacional injusto, se les considera prescindibles y se les trata como enemigos. Así, el capitalismo contemporáneo no se limita a explotar, sino que extermina. Las sanciones contra Venezuela han causado, según la relatora especial de la ONU Alena Douhan, más de 40 000 muertes evitables. El bloqueo de Cuba es un arma de destrucción masiva que, mantenida durante décadas, está deliberadamente diseñada para infligir sufrimiento a la población civil con el fin de provocar un cambio de régimen.
- La globalización de la fraternidad: la racionalidad del humanismo
Ante esta racionalidad del dolor y la muerte, el pensamiento revolucionario —especialmente en su vertiente cubana— ha articulado una alternativa de facto: la racionalidad de la vida. No se basa en la acumulación, sino en la reproducción social; no en la competencia, sino en la cooperación; no en la dominación, sino en la solidaridad.
Este modelo no es una reacción defensiva, sino un proyecto civilizatorio con profundas raíces. José Martí ya hablaba de «Nuestra América» como un espacio de unidad contra el imperialismo. El Che Guevara definió el internacionalismo proletario como el sentimiento de que «la miseria de uno es la miseria de todos». Pero fue Fidel Castro quien, en el contexto del Período Especial y en medio de las dificultades extremas que atravesaba la isla, elevó esta ética a principio geopolítico. Su postura fue coherente: frente a la globalización neoliberal, debemos globalizar la solidaridad.
Esta idea no es una abstracción. Para Fidel, el internacionalismo era «un principio fundamental de la Revolución», no un acto de caridad. «Damos lo que tenemos, no lo que nos sobra», repitió muchas veces. En su discurso del 7 de septiembre de 1977, declaró: «El internacionalismo es la esencia más hermosa, la esencia más revolucionaria del marxismo-leninismo». Y en 2005, al dirigirse a la primera promoción del Programa Latinoamericano de Formación Médica, resumió el contraste: «Hoy exportamos médicos, no soldados; exportamos salud, no guerra; exportamos conocimiento, no ignorancia; exportamos solidaridad, no egoísmo».
Este pensamiento se condensa en el lema de Fidel: «Médicos, no bombas». Lejos de ser un eslogan, es un axioma ético y político que establece una dicotomía irreconciliable entre dos civilizaciones:
- La civilización de la muerte: invierte billones en armas: drones, portaaviones y complejos militares-industriales.
- La civilización de la vida: invierte en atención médica, vacunas, hospitales de campaña, formación de médicos y transferencia de tecnologías soberanas.
La fraternidad, en este sentido, no es un sentimiento abstracto, sino una política concreta: intercambio no mercantilizado, cooperación sin condiciones políticas, prioridad para los más pobres y desarrollo de las capacidades nacionales. En definitiva, es una globalización poscapitalista en construcción.
II- La praxis cubana: fundamentos estructurales de la solidaridad sistémica
La solidaridad médica cubana, iniciada en 1963 con el envío de una brigada a Argelia tras la independencia de ese país y en medio de una grave crisis sanitaria provocada por la guerra colonial francesa, no es una iniciativa espontánea ni una herramienta de propaganda. Es el resultado de una inversión estratégica del Estado en dos pilares fundamentales: la formación masiva de médicos y el desarrollo científico-biotecnológico. Estos dos pilares se refuerzan mutuamente, creando un sistema de cooperación internacional sostenible incluso bajo el asedio del bloqueo.
Pilar I: Formación masiva de médicos
En 1959, Cuba contaba con 6286 médicos para 6 millones de habitantes. Tras la emigración de miles de profesionales —como consecuencia directa del rechazo de sectores de la burguesía criolla a la nacionalización de la sanidad y a las reformas revolucionarias—, el gobierno revolucionario convirtió la universalización y la masificación de la educación médica en una prioridad nacional. El resultado fue un sistema único con la ratio de médicos por habitante más alta del mundo.
Se crearon veinticuatro facultades de medicina en todas las provincias. El modelo de «educación a través del trabajo», en el que los estudiantes rotan por policlínicas, hospitales y comunidades desde su primer año, se convirtió en la norma. La especialización obligatoria en medicina familiar reforzó la atención primaria, y el sistema ahora gradúa a unos 10 000 nuevos médicos al año, además de más de 30 000 profesionales de la salud en total.
Esta masa crítica ha permitido a Cuba mantener su sistema sanitario interno —considerado un referente por la OMS— y, al mismo tiempo, desplegar más de 24 000 profesionales en 56 países (datos de 2025).
Pilar II: Desarrollo científico y biotecnológico
Paralelamente, Cuba apostó por la ciencia como eje del desarrollo nacional. Bajo el lema de Fidel de convertir al país en «una nación de mujeres y hombres de ciencia», se crearon instituciones como el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), el Centro de Inmunología Molecular (CIM) y el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC).
Hoy en día, el conglomerado BioCubaFarma agrupa a más de 30 centros y emplea a 20 000 personas, muchas de ellas científicos altamente cualificados.
Sus logros son notables, con numerosos medicamentos únicos en el mundo. Entre ellos se encuentra un fármaco que reduce drásticamente las amputaciones debidas a úlceras del pie diabético: Heberprot-P. La primera vacuna terapéutica del mundo contra el cáncer de pulmón, desarrollada en el CIM —CimaVax-EGF— ha beneficiado a pacientes en Cuba y en ensayos clínicos en el extranjero. Nimotuzumab es un anticuerpo monoclonal utilizado en tratamientos oncológicos. Y las vacunas soberanas —contra la hepatitis B, la meningitis y las altamente eficaces Abdala y Soberana contra la COVID-19— han garantizado la soberanía sanitaria incluso bajo un bloqueo reforzado.
Esta capacidad científica no solo protege a la población cubana, sino que también refuerza la solidaridad internacional. Durante la pandemia, Cuba no solo inmunizó a su propia población, sino que también compartió conocimientos con docenas de países, así como otros medicamentos importantes como el Interferón Alfa-2b y Jusvinza.
Programas emblemáticos
Esta doble capacidad —humana y científica— se materializa en programas con impacto global.
La Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada en 1999 tras los huracanes Mitch y George, ha formado gratuitamente a más de 31 000 médicos de 122 países, dando prioridad a los jóvenes de comunidades rurales, indígenas y marginadas. Como declaró Fidel en su inauguración: «Vamos a demostrar que se puede hacer más con la salud que con las armas». La ELAM no exporta productos básicos, sino capacidad humana con conciencia social.
El Contingente Internacional «Henry Reeve», creado en 2005 tras el cínico rechazo de Estados Unidos a la ayuda cubana tras el huracán Katrina, se ha desplegado en 55 países, atendiendo a más de 8 millones de personas y salvando más de 166 000 vidas. Ha intervenido en Pakistán en respuesta al devastador terremoto que azotó el país (2005), en el brote de ébola en África Occidental (2014), en la pandemia de COVID-19 en Italia, Brasil y Andorra, y en los terremotos de Turquía y Siria (2023). En 2017, recibió el Premio de Salud Pública Dr. Lee Jong-wook de la OMS/OPS.
La Operación Milagro, puesta en marcha en 2004 con Venezuela, ha realizado más de 4 millones de operaciones oculares gratuitas en 34 países, devolviendo la vista a personas que nunca hubieran podido acceder a ese tratamiento en el mercado.
El Programa Niños de Chernóbil, entre 1990 y 2011, recibió a más de 26 000 menores de Ucrania, Bielorrusia y Rusia afectados por la radiación. Fue gratuito y completo —médico, psicológico, recreativo— y generó investigaciones dosimétricas reconocidas internacionalmente.
En el caso de Timor Oriental, tras su independencia en 2002, con solo 30 médicos para un millón de habitantes, Cuba no solo envió brigadas, sino que creó una escuela de medicina desde cero, formando a más de 800 médicos nacionales. Hoy en día, Timor Oriental es una referencia sanitaria en Oceanía. Como embajador de Cuba en ese país, mantuve una conversación con su entonces presidente, Xanana Gusmão, en la que me dijo que, con la ayuda de Cuba, su objetivo no era solo superar el número de médicos necesarios para atender a su propia población, sino también ayudar a otros países de la región, tal y como está haciendo Cuba.
En total, la cooperación médica cubana ha atendido a más de 2300 millones de personas, ha salvado 12 millones de vidas, ha realizado 17 millones de intervenciones quirúrgicas y ha formado a decenas de miles de profesionales en sus propios países. Este fenómeno no tiene precedentes en la historia de la humanidad.
III- La respuesta imperial: persecución, desprestigio y resistencia
El éxito de este modelo no ha pasado desapercibido. Para Estados Unidos, la solidaridad médica cubana es una triple amenaza: políticamente, por su prestigio en el Sur Global; ideológicamente, por demostrar que existe una globalización más humana; y económicamente, porque es una fuente de divisas para la isla.
Desde la administración Trump —y con el senador Marco Rubio como artífice— se ha desatado una campaña de asedio multidimensional: desprestigio mediático mediante acusaciones infundadas de «trabajo forzoso», sanciones directas a través de restricciones de visados a funcionarios de países que contratan a médicos cubanos y presión diplomática para forzar la ruptura de acuerdos. Esto llevó a la salida de Cuba del programa «Mais Médicos» de Brasil en 2018, como resultado directo de las políticas inhumanas y anticubanas de la extrema derecha del expresidente Jair Bolsonaro.
Sin embargo, esta ofensiva ha encontrado una firme resistencia. En 2020, 14 países del Caribe emitieron una declaración conjunta rechazando la presión y reafirmando sus compromisos con Cuba. La OMS ha elogiado repetidamente los esfuerzos cubanos. En 2022, su director general, Tedros Adhanom, agradeció «la solidaridad de los trabajadores sanitarios cubanos que prestaron servicio en otros países durante la pandemia». Los gobiernos de África, Asia y América Latina han renovado sus acuerdos, reconociendo que los médicos cubanos son los únicos que atienden a poblaciones remotas y olvidadas.
Así, la batalla es también cognitiva: mientras Washington impone una narrativa de explotación, millones de pacientes agradecidos construyen un verdadero poder blando basado en la gratitud y la legitimidad moral.
IV- Multipolaridad y fraternidad: hacia un internacionalismo del siglo XXI
En el escenario multipolar emergente, la experiencia cubana adquiere relevancia estratégica. La aparición de nuevos polos —China, Rusia, India y un Sur Global articulado— abre intersticios donde pueden expandirse modelos alternativos. Sin embargo, aunque la multipolaridad ya señala el fin de las terribles determinaciones de la unipolaridad imperial, no resolverá automáticamente todos los problemas que obstaculizan la solidaridad humana.
Aquí radica la contribución distintiva de Cuba: asumir que la cooperación entre polos debe basarse en principios de fraternidad concreta y no debe estar subordinada a intereses económicos o al mercado. Un avance internacional significativo en este ámbito se expresa en las relaciones con China, que hoy giran en torno al noble proyecto de una «comunidad con un futuro compartido», que, a pesar de los matices, resuena con la visión de Fidel.
El reto es doble: evitar nuevas dependencias —no sustituir la dependencia de Estados Unidos por la de otros actores, sino fortalecer la soberanía tecnológica, alimentaria y energética— e institucionalizar la fraternidad incorporando sus principios en nuevos mecanismos multilaterales (BRICS, CELAC, ALBA-TCP), promoviendo el comercio en monedas nacionales, redes energéticas compartidas y sistemas farmacéuticos comunes.
En última instancia, la globalización de la fraternidad no es un capricho ideológico. Es la necesidad colectiva de los pueblos del Sur y de las necesidades humanas frente a un sistema que, a medida que se agota, se vuelve más agresivo, destructivo e irracional. En un mundo amenazado por pandemias, colapso ecológico y crisis alimentarias, la lógica del capital se revela como un callejón sin salida.
Cuba, a pesar de sus grandes limitaciones, ha demostrado que otra globalización es posible. Cada médico que salva una vida en Haití, cada vacuna compartida en África, cada estudiante que regresa a su comunidad con un título de medicina en la mano, son actos de construcción concreta de un mundo fraternal. También es una afirmación de la soberanía moral frente a un imperio que, al gastar billones en bombas, pierde su alma.
La frase «Médicos, no bombas» trasciende el ámbito médico. Es una metáfora completa del socialismo del siglo XXI: educación, no ignorancia; comida, no hambre; libros, no dogmas; y cooperación, no competencia.
Fidel comprendió que esta es la esencia de la batalla decisiva del siglo XXI. Mientras el imperio gasta su capital moral en guerras interminables, Cuba lo acumula en cada vida salvada.
La historia absolverá no solo a los revolucionarios cubanos, sino a todos aquellos que defienden —con hechos, no con palabras— la globalización de la fraternidad como el único camino hacia un futuro digno para la humanidad.
Bibliografía
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