MISCELÁNEA 6/1/2026

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
Desgraciadamente, en Middle East Eye han dejado de hacer el seguimiento en directo de la guerra en Palestina, por lo que no podemos seguir publicando ese último mensaje de la Miscelánea. Al menos hasta que no encontremos una alternativa, porque la guerra, lamentablemente, sigue.

ÍNDICE
1. El estado canalla.
2. La multipolaridad no será suficiente.
3. La normalización de la barbarie.
4. La respuesta de Venezuela.
5. El peso de las sanciones.
6. Craig Murray sobre Venezuela.
7. Propa-Gandhi.
8. Dominio sin dirección.

1. El estado canalla.

Hedges amplia su primera reacción al ataque a Venezuela con este artículo en el que explica por qué EEUU se ha convertido en un rogue state, un estado canalla.

https://chrishedges.substack.com/p/america-the-rogue-state

Estados Unidos, el Estado canalla

La destrucción del Estado de derecho tanto a nivel nacional como internacional consolida a Estados Unidos como un Estado canalla.

Chris Hedges

5 de enero de 2026


El asesinato más atroz, por Mr. Fish

La clase dirigente de Estados Unidos, alejada de un universo basado en hechos y cegada por la idiotez, la codicia y la arrogancia, ha sacrificado los mecanismos internos que impiden la dictadura y los mecanismos externos diseñados para proteger contra un mundo sin ley de colonialismo y diplomacia de las cañoneras.

Nuestras instituciones democráticas están moribundas. Son incapaces o no están dispuestas a frenar a nuestra clase dirigente mafiosa. El Congreso, infestado de grupos de presión, es un apéndice inútil. Hace mucho tiempo que renunció a su autoridad constitucional, incluido el derecho a declarar la guerra y aprobar leyes. El año pasado envió a la mesa de Donald Trump un mísero total de 38 proyectos de ley para que los convirtiera en ley. La mayoría eran resoluciones de «desaprobación» que revocaban regulaciones promulgadas durante la administración Biden. Trump gobierna por decreto imperial a través de órdenes ejecutivas. Los medios de comunicación, propiedad de corporaciones y oligarcas, desde Jeff Bezos hasta Larry Ellison, son una caja de resonancia de los crímenes del Estado, incluyendo el actual genocidio de palestinos, los ataques a Irán, Yemen y Venezuela, y el saqueo de la clase multimillonaria. Nuestras elecciones, saturadas de dinero, son una farsa. El cuerpo diplomático, encargado de negociar tratados y acuerdos, prevenir guerras y construir alianzas, ha sido desmantelado. Los tribunales, a pesar de algunas sentencias de jueces valientes, como la que bloqueó el despliegue de la Guardia Nacional en Los Ángeles, Portland y Chicago, son lacayos del poder corporativo y están supervisados por un Departamento de Justicia cuya función principal es silenciar a los enemigos políticos de Trump.

El Partido Demócrata, supuestamente nuestra oposición, pero vinculado a las grandes empresas, bloquea el único mecanismo que puede salvarnos —los movimientos populares de masas y las huelgas— sabiendo que su corrupta y despreciada dirección será barrida. Los líderes del Partido Demócrata tratan al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani —un destello de luz en la oscuridad— como si tuviera lepra. Prefieren hundir todo el barco antes que renunciar a su estatus y privilegios.

Las dictaduras son unidimensionales. Reducen la política a su forma más simple: Haga lo que yo digo o le destruiré.

Los matices, la complejidad, el compromiso y, por supuesto, la empatía y la comprensión, están más allá del reducido abanico emocional de los gánsteres, incluido el gánster en jefe.

Las dictaduras son el paraíso de los matones. Los gánsteres, ya sea en Wall Street, Silicon Valley o en la Casa Blanca, canibalizan su propio país y saquean los recursos naturales de otros países.

Las dictaduras invierten el orden social. La honestidad, el trabajo duro, la compasión, la solidaridad y el sacrificio son cualidades negativas. Quienes encarnan estas cualidades son marginados y perseguidos. Los despiadados, corruptos, mentirosos, crueles y mediocres prosperan.

Las dictaduras empoderan a los matones para mantener inmovilizadas a sus víctimas, tanto en el país como en el extranjero. Matones de la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE). Matones de la Fuerza Delta, los Navy Seals y los equipos de operaciones encubiertas de la CIA, que, como cualquier iraquí o afgano puede decirles, son los escuadrones de la muerte más letales del planeta. Matones del FBI y la DEA —a los que se vio escoltando al presidente Nicolás Maduro esposado en Nueva York—, el Departamento de Seguridad Nacional y los departamentos de policía.

¿Puede alguien argumentar seriamente que Estados Unidos es una democracia? ¿Existen instituciones democráticas que funcionen? ¿Existe algún control sobre el poder del Estado? ¿Existe algún mecanismo que pueda hacer cumplir el estado de derecho en el país, donde los residentes legales son secuestrados por matones enmascarados en nuestras calles, donde una fantasmal «izquierda radical» es una excusa para criminalizar la disidencia, donde el tribunal más alto del país otorga a Trump un poder y una inmunidad similares a los de un rey? ¿Puede alguien fingir que, con la demolición de las agencias y leyes medioambientales —que deberían ayudarnos a afrontar el inminente ecocidio, la amenaza más grave para la existencia humana—, existe alguna preocupación por el bien común? ¿Puede alguien argumentar que Estados Unidos es el defensor de los derechos humanos, la democracia, un orden basado en normas y las «virtudes» de la civilización occidental?

Nuestros gánsteres reinantes acelerarán el declive. Robarán todo lo que puedan, tan rápido como puedan, en su caída. La familia Trump se ha embolsado más de 1800 millones de dólares en efectivo y regalos desde la reelección de 2024. Lo hacen mientras se burlan del Estado de derecho y refuerzan su férreo control. Las paredes se están cerrando. Se ha abolido la libertad de expresión en los campus universitarios y en las ondas. Quienes denuncian el genocidio pierden sus puestos de trabajo o son deportados. Se difama y se censura a los periodistas. El ICE, impulsado por Palantir —con un presupuesto de 170 000 millones de dólares en cuatro años— está sentando las bases para un estado policial. Ha aumentado el número de sus agentes en un 120 %. Está construyendo un complejo nacional de centros de detención. No solo para los indocumentados. Sino para ustedes. A los que están fuera de las puertas del imperio no les irá mejor con un presupuesto de un billón de dólares para la maquinaria bélica.

Y esto me lleva a Venezuela, donde un jefe de Estado y su esposa, Cilia Flores, fueron secuestrados y trasladados a Nueva York en abierta violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas.

No hemos declarado la guerra a Venezuela, pero tampoco la declaramos cuando bombardeamos Irán y Yemen. El Congreso no aprobó el secuestro y el bombardeo de instalaciones militares en Caracas porque no se le informó.

La administración Trump disfrazó el crimen, que se cobró la vida de 80 personas, como una redada antidroga y, lo que es más extraño, como una violación de las leyes estadounidenses sobre armas de fuego: «posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos; y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos».

Estos cargos son tan absurdos como intentar legitimar el genocidio en Gaza como el «derecho de Israel a defenderse».

Si se tratara de drogas, el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández no habría sido indultado por Trump el mes pasado, después de haber sido condenado a 45 años de prisión por conspirar para distribuir más de 400 toneladas de cocaína en Estados Unidos, una condena que se justificó con pruebas mucho más sólidas que las que respaldan los cargos presentados contra Maduro.

Pero las drogas son solo un pretexto.

Envalentonados por el éxito, Trump y sus funcionarios ya hablan de Irán, Cuba, Groenlandia y quizás Colombia, México y Canadá.

El poder absoluto en casa y el poder absoluto en el extranjero se expanden. Se alimentan de cada acto ilegal. Se convierten en una bola de nieve que conduce al totalitarismo y al desastroso aventurerismo militar. Cuando la gente se da cuenta de lo que ha pasado, ya es demasiado tarde.

¿Quién gobernará Venezuela? ¿Quién gobernará Gaza? ¿Importa?

Si las naciones y los pueblos no se inclinan ante el gran Moloch de Washington, son bombardeados. No se trata de establecer un gobierno legítimo. No se trata de elecciones justas. Se trata de utilizar la amenaza de muerte y destrucción para conseguir una sumisión total.

Trump lo dejó claro cuando advirtió a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, que «si no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que Maduro».

El secuestro de Maduro no se llevó a cabo por tráfico de drogas o posesión de ametralladoras. Se trata del petróleo. Es, como dijo Trump, para que Estados Unidos pueda «dirigir» Venezuela.

«Vamos a hacer que nuestras grandes empresas petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, entren, gasten miles de millones de dólares, reparen la infraestructura gravemente dañada, la infraestructura petrolera, y empiecen a generar dinero para el país», dijo Trump durante una conferencia de prensa el sábado.

Los iraquíes, un millón de los cuales murieron durante la guerra y la ocupación de Estados Unidos, saben lo que vendrá después. La infraestructura, moderna y eficiente bajo el régimen de Sadam Husein —informé desde Irak bajo el régimen de Husein, por lo que puedo dar fe de esta verdad— fue destruida. Los títeres iraquíes instalados por Estados Unidos no tenían ningún interés en gobernar y, según se informa, robaron unos 150 000 millones de dólares en ingresos petroleros.

Al final, Estados Unidos fue expulsado de Irak, aunque controla los ingresos petroleros iraquíes, que se canalizan al Banco de la Reserva Federal de Nueva York. El Gobierno de Bagdad está aliado con Irán. Su ejército incluye milicias respaldadas por Irán en las Fuerzas de Movilización Popular de Irak. Los principales socios comerciales de Irak son China, los Emiratos Árabes Unidos, la India y Turquía.

Las debacles de Afganistán e Irak, que le costaron al pueblo estadounidense entre 4 y 6 billones de dólares, fueron las más caras de la historia de Estados Unidos. Ninguno de los artífices de estos fiascos ha rendido cuentas.

Los países seleccionados para un «cambio de régimen» implosionan, como en Haití, donde Estados Unidos, Canadá y Francia derrocaron a Jean-Bertrand Aristide en 1991 y 2004. El derrocamiento provocó el colapso social y gubernamental, la guerra entre bandas y el agravamiento de la pobreza. Lo mismo ocurrió en Honduras cuando un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en 2009 derrocó a Manuel Zelaya. Hernández, recientemente indultado, asumió la presidencia en 2014 y transformó a Honduras en un narcoestado, al igual que hizo el títere de Estados Unidos Hamid Karzai en Afganistán, quien supervisó la producción del 90 % de la heroína mundial. Y luego está Libia, otro país con vastas reservas de petróleo. Cuando Muamar el Gadafi fue derrocado por la OTAN durante la administración Obama en 2011, Libia se fragmentó en enclaves liderados por señores de la guerra y milicias rivales.

La lista de intentos desastrosos de Estados Unidos por llevar a cabo un «cambio de régimen» es exhaustiva, incluyendo Kosovo, Siria, Ucrania y Yemen. Todos son ejemplos de la locura de la extralimitación imperial. Todos predicen hacia dónde nos dirigimos.

Estados Unidos ha apuntado a Venezuela desde la elección de Hugo Chávez en 1998. Estuvo detrás del fallido golpe de Estado de 2002. Impuso sanciones punitivas durante dos décadas. Intentó ungir a Juan Guaidó, político montamosde la oposición, como «presidente interino», aunque nunca fue elegido para la presidencia. Cuando esto no funcionó, Guaidó fue abandonado con la misma crueldad con la que Trump abandonó a la figura de la oposición y Premio Nobel de la Paz María Corina Machado. En 2020, montamos un intento de los Keystone Cops por parte de mercenarios mal entrenados para provocar un levantamiento popular. Nada de eso funcionó.

El secuestro de Maduro da comienzo a otra debacle. Trump y sus secuaces no son más competentes, y probablemente lo sean menos que los funcionarios de administraciones anteriores, que intentaron doblegar al mundo a su voluntad.

Nuestro imperio en decadencia avanza a trompicones como una bestia herida, incapaz de aprender de sus desastres, paralizado por la arrogancia y la incompetencia, incendiando el estado de derecho y fantaseando con que la violencia industrial indiscriminada recuperará la hegemonía perdida. Capaz de proyectar una fuerza militar devastadora, su éxito inicial condujo inevitablemente a atolladeros contraproducentes y costosos.

La tragedia no es que el imperio estadounidense esté muriendo, sino que se está llevando consigo a tantos inocentes.

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2. La multipolaridad no será suficiente.

La opinión de Tarik Cyril Amar sobre el ataque de EEUU a Venezuela.

https://swentr.site/news/630524-us-venezuela-noone-safe/

La guerra relámpago estadounidense contra Venezuela: nadie está a salvo

La incursión militar y el secuestro de Nicolás Maduro demuestran lo normalizado que se ha vuelto lo escandaloso

Por Tarik Cyril Amar

Tras cinco meses —en realidad, dos décadas y media— de preparativos cada vez más intensos, con una escalada de la guerra diplomática, económica y clandestina, Estados Unidos ha llevado a cabo finalmente una invasión para cambiar el régimen en Venezuela. El ataque final, centrado en el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en la capital, Caracas, fue breve.

Pero la campaña ciertamente no ha sido incruenta. Aunque sabemos poco sobre lo que ocurrió exactamente sobre el terreno, los ataques perfectamente criminales de Washington contra supuestos barcos de contrabando en el mar, que sirvieron como núcleo de la avalancha propagandística preparatoria del ataque, ya han causado más de 100 víctimas, por no hablar de las víctimas ignoradas de las sanciones.

Luego, lo que los funcionarios estadounidenses han denominado un «ataque a gran escala» contra Venezuela en las primeras horas del 3 de enero no solo tuvo como objetivo Caracas, sino varios lugares de todo el país. Por alguna razón, la resistencia a esta operación «oscura y mortal» (en palabras del presidente Donald Trump) parece haber sido mínima. Teniendo en cuenta el largo y muy visible aumento de la presencia militar, así como la campaña de guerra psicológica que precedió a estas incursiones nocturnas, es difícil creer que fueran una sorpresa. Es muy posible que la traición, la subversión y los acuerdos secretos y desagradables hayan desempeñado un papel importante.

Aunque es probable que estas cuestiones sigan siendo confusas durante un tiempo, o para siempre, otros aspectos más importantes de la invasión estadounidense de Venezuela están muy claros: Es absolutamente ilegal, una violación masiva y abierta de la prohibición de las guerras de agresión de la Carta de las Naciones Unidas. Incluso algunos de los vasallos «atlantistas» más leales a Estados Unidos en Europa tienen que admitirlo, por ejemplo, un reciente artículo de opinión en el periódico alemán Die Zeit.

Los pretextos de Washington son, como suele ocurrir, insultos endebles para cualquiera con dos dedos de frente. Venezuela y Maduro no están contribuyendo en nada significativo —si es que contribuyen en algo— a los interminables problemas de drogas de Estados Unidos, ni en lo que respecta a la cocaína ni al fentanilo. Y la elección de Maduro en 2024 puede haber sido justa o no. Lo decisivo y concluyente es que estas cuestiones deben tratarse dentro de un país soberano y nunca pueden justificar una intervención militar desde el exterior. ¿O quién será el siguiente? ¿Alemania, por la forma extremadamente dudosa (expresión educada) en que sus partidos mayoritarios han excluido al partido de nueva izquierda BSW del Parlamento, en lo que bien podría considerarse un golpe de Estado encubierto?

Las extrañas divagaciones, también escuchadas recientemente, sobre Irán y Venezuela, son también pretextos. Pero, indirectamente, apuntan a algunas verdades reales. Maduro ha sido castigado por atreverse a defender abiertamente a las víctimas palestinas del genocidio que Israel y Estados Unidos están cometiendo conjuntamente en la actualidad. Y los políticos israelíes, siempre tan agresivos, ya han aprovechado el ataque de Trump a Venezuela para amenazar a Irán con una violencia similar. Trump, por su parte, ha querido situar su ataque en el contexto del asesinato del general iraní Qassem Soleimani y del ataque igualmente criminal contra Irán durante la «Operación Martillo de Medianoche».

No es difícil entender las verdaderas razones del ataque estadounidense a Venezuela, en parte porque los funcionarios estadounidenses, incluido el propio Trump, han hablado abiertamente de ellos. Venezuela tiene las mayores reservas nacionales de petróleo del mundo y, además, importantes yacimientos de oro, tierras raras y otras materias primas.

Trump ha afirmado que muchas de estas riquezas pertenecen en realidad a Estados Unidos y a sus empresas (lo que para él es lo mismo) y ha prometido reconquistar a ellos, lo que está haciendo ahora. La codicia, simple y llanamente, es el principal motor de esta sucia guerra relámpago contra una víctima militarmente indefensa. Como el propio Trump ha admitido, se trata de «una enorme cantidad de riqueza».

Pero la codicia no lo es todo. También está la geopolítica. Como la reciente injerencia electoral de Washington en Argentina y Honduras, la presión continua sobre Brasil (que actualmente está disminuyendo un poco, pero quién sabe por cuánto tiempo), Colombia (a la que Trump amenaza con un destino similar al de Venezuela), Nicaragua y Cuba. Si a esto le sumamos el descarado indulto a un auténtico narcotraficante y político de Honduras, el ataque a Venezuela es también una aplicación de lo que se ha denominado la «Doctrina Donroe». El significado de esta última es, en esencia, sencillo: se trata de la vieja y mala Doctrina Monroe —que se remonta a más de 200 años— pero aún peor.

Marco Rubio, antiguo detractor de Trump y ahora obsequioso consejero y ejecutor (como secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, una combinación que no se veía desde los días nefastos de Henry Kissinger, criminal de guerra extraordinario) se encargó de subrayar la amenaza contra Cuba en particular. Aparte de Trump, la política exterior estadounidense está en manos de un hombre absolutamente despiadado con intereses personales en el Caribe y en América Latina en general, y con ambiciones de ser el sucesor de Trump como presidente.

Tal y como se acaba de detallar en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Washington prestará especial atención a sus vecinos y víctimas del sur, que tanto han sufrido. Un «corolario Trump», que se hace eco deliberadamente del antiguo «corolario» imperialista del presidente Theodore Roosevelt, tiene como objetivo consolidar el dominio estadounidense por todos los medios y asegurar aún más el «patio trasero» del imperio estadounidense mediante la instalación y el apoyo de títeres y la represión de la resistencia.

Por último, pero no por ello menos importante, Estados Unidos también intensificará la antigua política de privar a los países latinoamericanos de su propia política exterior —otro elemento esencial de la soberanía— castigando a «ellos» por establecer relaciones con «forasteros», sobre todo ahora con China, pero también con Rusia. Ese fue uno de los muchos «pecados» de Venezuela, y nadie en la región habrá pasado por alto la cruel lección que Washington acaba de impartir.

Trump no puede imaginar el fracaso. Ha declarado que «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado. No sucederá». Pero, por supuesto, en realidad, el fracaso es una posibilidad real para él, al igual que para otros mortales arrogantes. A largo o corto plazo, su violenta estrategia hiperimperialista bien podría fracasar. Incluso podría provocar una reacción devastadora. Sin embargo, como suele ocurrir con Estados Unidos, sus fiascos también dejan a sus víctimas en ruinas.

Mientras tanto, incluso el fiable impulsor del imperialismo estadounidense Hal Brands ha advertido de que los métodos de Trump pueden ser contraproducentes al sentar un precedente, por ejemplo, en cómo China puede decidir algún día tratar con Taiwán. La comparación es profundamente demagógica y errónea, ya que Pekín tiene un reclamo plausible sobre Taiwán, mientras que Washington no tiene ninguno sobre Venezuela o sobre secuestrar a Maduro y a su esposa, como Brands intenta fingir de forma vergonzosa.

Y, para ser sinceros, aunque Brands no se haya dado cuenta desde su atalaya en la Cátedra Henry Kissinger, Estados Unidos lleva mucho tiempo sentando un precedente tras otro por infringir todas las leyes, todas las normas y todas las normas morales básicas, como al ser cómplice del genocidio de Gaza junto con Israel. Pero la embestida contra Venezuela añade otra faceta más a la ilegalidad estadounidense.

Irónicamente, algunos aspirantes a amigos de Washington nunca comprenderán el egoísmo y la inmoralidad absolutos de la política estadounidense. Dos figuras cómicamente inadaptadas son Vladimir Zelensky, de Ucrania, y María Corina Machado, de Venezuela.

Zelensky solía publicar sobre el «avistamiento» de agentes rusos en Venezuela, tratando de congraciarse con los Estados Unidos contribuyendo personalmente al asedio de ese país. A estas alturas, como «cliente» rebelde y cada vez más inútil, es muy posible que él mismo sea objeto del cambio de régimen estadounidense. Machado, que se ha esforzado indecentemente por impresionar a los estadounidenses con lo dispuesta que está a obedecerles y a vender su país y sus recursos, acaba de ser descartada por Trump como si fuera un felpudo usado. En su triunfalista rueda de prensa, el presidente estadounidense la mencionó de pasada, como alguien que no tiene lo que hay que tener para liderar Venezuela. Ahí queda la recompensa por la traición y el peloteo. Deje de lanzar, María, acaba de ser despedida. Jolani pasó el corte de los subordinados, usted no.

Irónicamente, la escandalosa recepción del Premio Nobel de la Paz por parte de Machado puede haberle perjudicado al final. Trump es un hombre celoso, y es seguro que pensó que el premio debería haber sido para él. Y, en cierto modo, incluso tiene razón. Aunque él no lo merece en absoluto, tampoco se puede decir que Machado lo mereciera más. El Premio Nobel de la Paz ha sido durante mucho tiempo una broma de mal gusto. Pero su uso como parte de una campaña de preparación para la invasión sigue siendo particularmente atroz. Es hora de acabar con esta vergonzosa farsa.

En general, la rueda de prensa del presidente estadounidense fue una auténtica actuación de Trump, con su habitual grandilocuencia en pleno apogeo. Atribuyéndose el mérito personal del «espectacular» asalto a Venezuela, lo elogió como «una de las demostraciones más impresionantes, eficaces y poderosas del poderío y la competencia militar estadounidense» y una hazaña sin parangón desde la Segunda Guerra Mundial. Trump estaba demasiado ocupado alardeando como para darse cuenta de que sus propias revelaciones sobre la operación implicaban un escenario menos heroico: se utilizó una fuerza estadounidense «abrumadora» y no se perdió ni un solo soldado estadounidense ni siquiera «una pieza de equipo». Fuera lo que fuera, no fue una gran lucha, ni una lucha justa.

El presidente estadounidense confirmó en gran medida lo que ya sabemos: Estados Unidos quiere básicamente todo lo que tiene Venezuela, pero el petróleo es lo primero en su lista de deseos. Washington considera que debe «dirigir» el país hasta que se pueda llevar a cabo una «transición de liderazgo», es decir, la instalación de un régimen títere, obviamente. En otras palabras, una aplicación franca del «el poder es lo que cuenta», con solo un mínimo de retórica sobre cómo se beneficiarán los venezolanos de a pie y «también se les cuidará». Si eso suena involuntariamente siniestro, es porque lo es. Y todo ello bajo la sombra de la misma armada estadounidense que acaba de asaltar el país y está a la espera de volver a hacerlo, cuando Washington lo considere oportuno. Política mafiosa 101.

A su manera, la rueda de prensa del presidente representó algo importante sobre esta guerra. A saber, lo extrañamente normal que se ha vuelto lo absolutamente anómalo. Lo que Washington acaba de hacer es un horror de criminalidad, codicia y arrogancia. Pero también es lo que cabía esperar. Lo mismo puede decirse de las reacciones ridículamente hipócritas de sus vasallos de la OTAN y la UE, que consideran que lo mejor que pueden hacer es «observar». ¡Buena suerte con eso!

En un mundo más normal, aunque lejos de ser perfecto, todo el mundo entendería por fin que el Estado más peligroso del mundo, con diferencia, es Estados Unidos. Esto es cierto tanto si se mide en términos de capacidad como de pura locura moral, corrupción y brutalidad. En un mundo más normal, incluso los peores antagonistas encontrarían la manera de cooperar para contener y disuadir a este Godzilla geopolítico a toda velocidad. Pero, por ahora, ese mundo aún no está surgiendo. La multipolaridad por sí sola no será suficiente.

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3. La normalización de la barbarie.

Fazi empieza a publicar en el británico The Telegraph, y su primer artículo es este sobre Venezuela.

https://www.telegraph.co.uk/news/2026/01/03/we-will-regret-the-dawn-of-a-might-makes-right-world/

Lamentaremos el amanecer de un mundo en el que «el poder hace la fuerza»

La incursión de Trump en Venezuela alejará a más países del sistema occidental

Thomas Fazi
3 de enero de 2026

Por fin ha sucedido. Tras meses de refuerzo militar en el Caribe, el asesinato ilegal de más de un centenar de personas en barcos pesqueros venezolanos —muchos de ellos civiles— y la incautación igualmente ilegal de petroleros venezolanos, la Administración Trump ha intensificado drásticamente su agresión contra Venezuela.

En la madrugada del sábado, las fuerzas estadounidenses lanzaron un ataque militar a gran escala contra varios objetivos, incluida la capital, Caracas, que se saldó con la captura —o, más exactamente, el secuestro— del presidente venezolano Nicolás Maduro.

Las bases para esta operación se han estado preparando durante meses. La principal justificación fue la afirmación de que Venezuela es un Estado «narcoterrorista» en el centro del comercio de fentanilo, responsable de la crisis de sobredosis en Estados Unidos, una acusación que ha sido completamente desmentida.

Rápidamente se añadieron otras acusaciones: que el país alberga a «terroristas respaldados por Irán» (otra afirmación sin fundamento) y, inevitablemente, la afirmación de que el cambio de régimen tiene como objetivo llevar la «democracia» y la «libertad» al pueblo venezolano.

Pero, en última instancia, una vez despojado de todas las capas de propaganda, este ataque se reduce a una sola cosa: un acto de agresión completamente injustificado y flagrantemente ilegal contra un país que no representaba una amenaza real para Estados Unidos.

Los objetivos reales son transparentes. En primer lugar, obtener el control de las vastas reservas de petróleo de Venezuela, las mayores del mundo. En segundo lugar, derrocar a un aliado clave del bloque geopolítico no occidental alineado con China y Rusia. En resumen, se trata de otra guerra más para cambiar el régimen, por parte de un presidente que hizo campaña precisamente para poner fin a las «guerras eternas» de Estados Unidos.

En este sentido, el ataque es revelador no solo por lo que hace, sino por lo que indica sobre la naturaleza cambiante de la política exterior estadounidense. Según varios analistas, la recientemente publicada Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, junto con los esfuerzos de Trump por negociar un acuerdo en Ucrania y reducir los compromisos militares en Europa, indica una aceptación sobria del orden multipolar emergente y un alejamiento de la tradicional dependencia de Washington de la contención militar directa de las grandes potencias rivales.

Sin embargo, el ataque a Venezuela sugiere una conclusión diferente: que Estados Unidos sigue decidido a ralentizar o frenar la transición hacia la multipolaridad, aunque no mediante un conflicto frontal con China o Rusia, sino redoblando una estrategia globalizada de guerra por poderes que se centra en los eslabones más débiles del sistema rival. Venezuela encaja perfectamente en esta lógica.

La operación supone la ampliación de un modelo ya probado en otros lugares, en el que la escalada se desplaza a escenarios periféricos: cualquier país vulnerable que se niegue a alinearse con Estados Unidos y sus aliados se convierte en un objetivo potencial, especialmente aquellos situados en lo que Washington vuelve a reivindicar como su esfera de influencia «otorgada por Dios»: el hemisferio occidental. Esto equivale a un renacimiento de la Doctrina Monroe en una forma actualizada y abiertamente militarizada.

Esto no apunta al fin de la confrontación entre grandes potencias, sino a un cambio en la forma en que la gestiona Estados Unidos: mediante la desestabilización permanente y el caos provocado, en el que se descartan incluso las reglas más elementales de la coexistencia internacional.

En este sentido, el ataque a Venezuela es quizás la demostración más clara hasta ahora del colapso del llamado «orden basado en normas». Se podría objetar que este orden siempre fue una ficción. El derecho internacional, la soberanía y la no intervención fueron violados sistemáticamente por Estados Unidos y sus aliados, incluso cuando se aplicaban selectivamente contra otros. Desde golpes de Estado encubiertos hasta campañas de bombardeos e invasiones directas —Granada, Panamá, Irak—, Washington ha ignorado durante mucho tiempo las mismas normas que afirmaba defender.

Sin embargo, hoy en día existe una diferencia cualitativa. En el pasado, Estados Unidos al menos intentaba encubrir sus acciones con un lenguaje legal o moral y fabricar un consenso nacional e internacional, por fraudulento que fuera. Esa moderación ha desaparecido, reducida a palabras vacías en las que pocos creen.

La administración Trump también actúa sin tener en cuenta la opinión pública. Las encuestas recientes muestran una abrumadora oposición de Estados Unidos a la acción militar contra Venezuela, al igual que hubo una fuerte oposición al bombardeo de Irán y a la complicidad occidental en la matanza masiva de Israel en Gaza. Nada de esto ha importado.

Esta normalización de la barbarie tiene graves consecuencias. A nivel internacional, acelera el descenso hacia la anarquía total, donde «la fuerza hace el derecho» es la única regla que queda. Esto es especialmente peligroso en un mundo en el que Estados Unidos ya no tiene el monopolio de la violencia global, como demostró la invasión de Ucrania por parte de Rusia. De hecho, el ataque a Venezuela —y el silencio de la UE al respecto— pone al descubierto la hipocresía de los discursos occidentales sobre Ucrania, lo que los socava aún más a los ojos de gran parte del mundo.

También plantea una pregunta obvia: ¿sobre qué base moral o jurídica podría, por ejemplo, Occidente oponerse a la acción china contra Taiwán, cuando Washington acaba de aplicar la misma lógica a Venezuela, es decir, la violencia preventiva dentro de una esfera de influencia autodeclarada?

El hecho de que sea poco probable que China siga este camino solo subraya el contraste: el atractivo global de Pekín se basa en parte precisamente en su compromiso de construir un nuevo orden mundial basado en la no intervención y la igualdad soberana, los mismos principios que Occidente está demoliendo.

En última instancia, este último ataque alejará a más países del sistema occidental, incluso aunque Estados Unidos responda intensificando las amenazas contra los que lo hagan.

Y las consecuencias no se limitarán a la geopolítica. A medida que las élites occidentales descarten las restricciones legales y morales en el extranjero, se sentirán cada vez más justificadas para hacerlo en sus propios países, acelerando la erosión de las garantías constitucionales y las libertades civiles.

Este proceso ya está muy avanzado. La cuestión ya no es si el llamado orden basado en normas se ha derrumbado, sino cuánta destrucción se producirá, tanto en el extranjero como en los propios países, antes de que las sociedades occidentales se vean obligadas a afrontar las consecuencias de la anarquía desatada por sus élites.

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4. La respuesta de Venezuela.

Entrevista a un exdiplomático venezolano sobre la situación política y económica en Venezuela y una posible salida desde la izquierda.

https://jacobinlat.com/2026/01/la-respuesta-de-venezuela-al-ataque-de-donald-trump/

La respuesta de Venezuela al ataque de Donald Trump

UNA ENTREVISTA CON Carlos Ron
Traducción: Natalia López

Un exdiplomático venezolano le cuenta a Jacobin cómo están respondiendo el Estado, las Fuerzas Armadas y las fuerzas populares frente a la agresión militar de Estados Unidos, y qué puede venir después.

Entrevista de Bhaskar Sunkara

Este sábado Estados Unidos llevó a cabo un ataque militar directo contra Venezuela, secuestrando al presidente Nicolás Maduro y realizando bombardeos en las inmediaciones de Caracas, una grave violación del derecho internacional, que amenaza con arrastrar a la región a un conflicto de mayor escala.

Para comprender cómo interpretan estos acontecimientos los funcionarios venezolanos y los partidarios del proyecto bolivariano, y qué creen que vendrá a continuación, el editor fundador de Jacobin, Bhaskar Sunkara, habló anoche con Carlos Ron, exdiplomático venezolano que se desempeñó como uno de los principales interlocutores del gobierno con Estados Unidos, durante años de sanciones y confrontación diplomática.

Carlos, ¿podrías presentarte ante los lectores?

Actualmente soy investigador y analista independiente en geopolítica, pero anteriormente integré el servicio exterior venezolano. Representé a Venezuela en Brasil y en Estados Unidos, y me desempeñé entre mayo de 2018 y enero de 2025 como viceministro de Relaciones Exteriores para América del Norte.

Antes de eso, pasaste un período significativo viviendo y estudiando en Estados Unidos. ¿Cómo llegaste a identificarte e involucrarte con la Revolución Bolivariana bajo Hugo Chávez y qué representó personalmente eso?

La vida migrante en Estados Unidos ayuda a construir conciencia de clase, a comprender la desigualdad y a aspirar a la justicia social. Estados Unidos tiene una rica historia de luchas y procesos sociales que pueden resultar muy inspiradores y moldear una ideología política progresista. La Revolución Bolivariana irrumpió mientras yo estudiaba esas ideas políticas, por lo que resultó muy lógico que un proyecto que llamaba a redactar una nueva Constitución y a radicalizar la democracia fuera también un llamado para que yo formara parte y me sumara a los esfuerzos colectivos por transformar la sociedad.

Mi abuelo se enfrentó a la dictadura fascista de Marcos Pérez Jiménez, respaldada por Estados Unidos. Así que el llamado de Chávez resonó con mi historia personal y también con la tradición radical estadounidense, con las ideas de Martin Luther King Jr. y Malcolm X, y con la convicción de que el sufrimiento de los pobres debe ser superado, ya sea en Appalachia, en el South Bronx o en el Barlovento venezolano.

¿Qué podrías confirmar sobre el estado actual del Poder Ejecutivo en Venezuela y cómo se están tomando las decisiones en medio de la presión militar imperialista?

En la noche del 3 de enero de 2026, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela determinó que, a la luz del secuestro del presidente Nicolás Maduro por fuerzas militares estadounidenses, la vicepresidenta Delcy Rodríguez debía jurar de manera temporal como presidenta para garantizar la continuidad administrativa y la defensa de la nación. Todos los miembros del gabinete, todos los comandantes de las Fuerzas Armadas y todas las autoridades de los gobiernos estadales permanecen en sus cargos. Venezuela tiene un presidente constitucional, Nicolás Maduro, que fue secuestrado, pero no se produjo ningún cambio de régimen.

¿Qué está funcionando con normalidad en este momento dentro de Venezuela y qué se vio claramente afectado, como las comunicaciones, la energía, el transporte o la gobernabilidad?

La mayor parte del país funciona con normalidad: las comunicaciones siguen activas y los medios públicos, privados y comunitarios operan normalmente. En las zonas impactadas por los ataques se registraron cortes de energía. Los aeropuertos de La Carlota y Charallave sufrieron ataques. Está previsto que se reanuden los vuelos comerciales en los principales aeropuertos del país. Diría que, más allá del secuestro del presidente, la gobernabilidad se mantiene en gran medida y no se vio afectada.

¿Cómo están posicionadas políticamente las Fuerzas Armadas venezolanas en este momento?

Tal como expresó el ministro de Defensa durante la noche del ataque, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana se movilizó en defensa de la nación, en rechazo a la agresión militar estadounidense y al secuestro del presidente. Las Fuerzas Armadas mostraron una notable unidad y cohesión frente a la agresión externa. El país, en general, se encuentra en un estado de calma y normalidad.

Los críticos sostienen que hoy el proyecto bolivariano se apoya más en la coerción que en la soberanía popular. ¿Qué podrías señalar para demostrar que existe un apoyo real al gobierno?

Esa narrativa fue impulsada por quienes, a lo largo de los años, no lograron obtener apoyo popular para su proyecto político neoliberal y conservador. Esto se debe al enorme impacto que tuvo la Revolución Bolivariana en cuanto a la superación de la pobreza, la exclusión política y la privación de derechos. Si hiciéramos una comparación, el proyecto bolivariano para las masas excluidas de Venezuela tuvo un impacto equivalente al que tuvieron el New Deal y el movimiento por los derechos civiles sobre la población estadounidense privada de derechos en el siglo XX.

La oposición extremista intentó muchas veces ocultar sus fracasos políticos con acusaciones de coerción, pero en realidad el proceso bolivariano sigue siendo ampliamente popular entre los sectores mayoritarios por su carácter directo y participativo. La gente siente que tiene un espacio directo para expresar su voluntad, priorizar políticas públicas que la afectan e incidir en la toma de decisiones. Mientras tanto, la oposición mostró reiteradamente su falta de capacidad de movilización. Es muy revelador que, en un momento en el que el presidente fue secuestrado, todavía no tenga fuerza para convocar ninguna movilización significativa. En cambio, hoy las calles de Venezuela estuvieron llenas de simpatizantes del gobierno y de personas que rechazaron la intervención extranjera.

¿Cómo le responderías a quienes, incluidos venezolanos, se oponen a la intervención estadounidense pero también son críticos del desempeño democrático del gobierno y de su gestión económica?

Celebro su patriotismo al oponerse al intervencionismo estadounidense. Nadie puede amar a su país y al mismo tiempo pedir una intervención extranjera; es una contradicción fundamental. Las demás diferencias que podamos tener en materia de política económica u otros temas políticos deben resolverse de manera pacífica e interna entre los venezolanos, no por medio de actores externos.

Hablemos de la situación económica del país. ¿Está mejorando pese a la presión de Estados Unidos? Y, en una mirada de largo plazo sobre la última década y más allá, ¿la atribuís enteramente al prolongado período de sanciones y asedio económico, o creés que también hubo errores económicos reales cometidos por el gobierno?

El mayor problema económico de Venezuela fueron las sanciones de Estados Unidos desde 2015, en particular las vinculadas a la industria petrolera. En un momento, las pérdidas del sector fueron enormes: por ejemplo, los ingresos en 2020 fueron un 90 por ciento más bajos que en 2014. Sin embargo, el gobierno del presidente Maduro implementó medidas de recuperación que, hacia fines de 2025, mostraron un crecimiento económico del 9 por ciento, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL). Esto significa que la economía venezolana registró crecimiento durante veinte trimestres consecutivos.

Venezuela logró esto mediante la creación de catorce motores o sectores productivos, que se desarrollaron rápidamente por necesidad debido al régimen de sanciones. La producción de alimentos, por ejemplo, que históricamente dependía en gran medida de las importaciones, se expandió hasta el punto de que hoy Venezuela produce más del 80 por ciento de sus necesidades alimentarias.

¿En qué aspectos el proceso bolivariano logró construir un poder popular duradero y en cuáles se quedó corto?

Creo que las comunas, con su participación democrática directa en espacios territoriales específicos, fueron el logro más grande y más duradero de la revolución. Ese es, a mi entender, el mayor avance. Sin embargo, no todo el territorio nacional contó con las mismas condiciones para desarrollar procesos comunales de manera equitativa. Las condiciones geográficas, culturales y productivas dificultaron la construcción de proyectos comunales exitosos en algunas zonas del país. Pienso que esas condiciones todavía pueden construirse, pero es una cuestión de tiempo.

Si esta crisis fuerza una renovación del proyecto en lugar de su derrota, ¿cuáles podrían ser las fuentes de esa renovación dentro de Venezuela?

Creo que esta crisis va a poner de relieve la necesidad de profundizar el proceso comunal y de garantizar que, como nación, seamos capaces de defendernos frente a la agresión y la dependencia externas. El proceso comunal venía avanzando de manera sostenida en la superación del burocratismo y en garantizar su interconectividad. Sin duda, esto va a recibir un nuevo impulso como resultado de esta crisis. Cuanto más consolidado esté el proceso comunal, mejor podremos garantizar su irreversibilidad.

Mirando al conjunto de América Latina, ¿ves este ataque como una señal de que terminó la tolerancia de Estados Unidos hacia la soberanía de gobiernos de izquierda en la región? ¿Cuáles son las consecuencias para gobiernos socialdemócratas como el de de Brasil y para la Revolución Cubana?

Veo un proyecto de Estados Unidos orientado a reafirmar su dominio sobre lo que históricamente consideró su esfera de influencia. El Proyecto 2025 de MAGA planteó la «rehemisferización» como una necesidad para garantizar las cadenas de suministro y el dominio económico estadounidense. La Estrategia de Seguridad Nacional publicada recientemente también contempló un relanzamiento de la Doctrina Monroe para asegurar el control de Estados Unidos sobre los recursos estratégicos de la región. En este escenario, parece que Washington va a intentar aplastar los proyectos independientes que no estén alineados con sus objetivos. Vimos intervencionismo en procesos electorales como los de Argentina u Honduras. Vimos amenazas y coerción incluso contra proyectos progresistas no radicales, como en Colombia, Brasil o México. Proyectos más revolucionarios como Venezuela y Cuba son blancos directos de la agresión.

¿Cuáles son los mecanismos de coordinación regional entre los partidos de izquierda, los sindicatos y los movimientos sociales de América Latina?

Creo que las organizaciones sociales y populares de la región necesitan abrir una amplia conversación sobre cuál debería ser una agenda colectiva mínima. En Venezuela existió una iniciativa llamada Alternativa Social Mundial en 2023 y 2024, que fue un intento de construir una agenda de ese tipo. Hubo otras experiencias también. Parte de esa conversación debe superar las divisiones sectarias e incluir soluciones prácticas a los problemas cotidianos de nuestros pueblos; debe expresar solidaridad y defensa de los proyectos transformadores y revolucionarios en Cuba, Nicaragua y Venezuela; y debe sentar las bases de una identidad cultural común de la izquierda.

¿Qué deberían estar haciendo ahora mismo las fuerzas antibélicas en Estados Unidos?

Creo que el movimiento antibélico estadounidense hizo mucho para denunciar la agresión contra Venezuela. Tal vez necesite mejorar la construcción de puentes entre organizaciones políticas y reforzar sus demostraciones de fuerza.

Dentro de cinco años, ¿cómo se vería una renovación de la Revolución Bolivariana y cómo se vería una derrota?

Dentro de cinco años, la renovación sería la consolidación de comunas más fuertes, una mejor interacción entre las organizaciones populares y las instituciones del Estado, y un país más soberano e independiente. La derrota sería el regreso al neoliberalismo y a la influencia de Estados Unidos.

En un momento como este, ¿qué te mantiene políticamente comprometido e incluso esperanzado?

Tengo la esperanza de que este momento impulse a la izquierda latinoamericana hacia una mayor cohesión y articulación. No es un momento fácil; muchos en la izquierda están frustrados por el avance de la extrema derecha, pero confío en que la necesidad va a ser una fuerza motriz poderosa.

Creo que los revolucionarios deben ejercer coherencia política. Si se combate a la injusticia cuando las condiciones son favorables, también hay que estar dispuesto a hacerlo cuando son extremadamente adversas.

Creo en la diplomacia; pienso que hablar con franqueza y respeto puede lograr éxitos inimaginables, y por eso siempre voy a optar por la diplomacia antes que por cualquier tipo de confrontación. Estoy comprometido con la revolución porque sé que un mundo mejor es posible. Lo vi suceder en la Venezuela de Chávez y vi cómo el país fue atacado después de la elección de Maduro.

El socialismo no es una utopía para mí; fue algo real, difícil de construir, pero real. Viví en el marco de la lucha por construir el socialismo y quiero verlo triunfar. La mayor amenaza mundial para ese horizonte socialista es el imperialismo estadounidense, en particular ahora, en una fase más desesperada y peligrosa. La única posibilidad de salvar el planeta y construir justicia social es derrotar al imperio.

Carlos Ron es un exdiplomático venezolano que se desempeñó como viceministro para América del Norte entre 2018 y 2025.

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5. El peso de las sanciones.

Zhok, ante la gusanera que defiende el ataque estadounidense, recupera una entrada que ya publicó hace unos meses sobre la insoportable carga de las sanciones para Cuba y Venezuela.

https://www.facebook.com/andrea.zhok.5/posts/pfbid0343JVey5JJtRBLQYPx9nXcHUxH8RxDgAEdYJnCx7napbpzHRZQ15S46cHEpw5XV91l

Pido disculpas, pero como sigo viendo a personas que, aparentemente normales, justifican con toda seriedad la operación estadounidense en Venezuela como una acción de liberación y apoyo a la población empobrecida por el régimen, me permito hacer algo tan empalagoso como volver a publicar un post del pasado mes de octubre.

Pido disculpas por la repetición.

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De vez en cuando hay alguien que recuerda lo dura que es la vida en Cuba o en Venezuela, cómo sufre la población, cómo la economía está en graves apuros. A menudo, estas personas continúan asumiendo, o sosteniendo sin duda, que esto es responsabilidad de gobiernos antiliberales, que por lo tanto sería deseable ver derrocados, permitiendo así finalmente emancipar al pueblo de la miseria.

No se sabe si por ignorancia o por malicia, pero estas personas siempre olvidan mencionar un detalle.

Países como Cuba y Venezuela están sometidos a devastadoras sanciones internacionales promovidas por Estados Unidos.

Cuba ha estado siempre bajo sanciones, desde que se atrevieron a expulsar al dictador proestadounidense Fulgencio Batista (1959).

Venezuela está bajo embargo, con la prohibición de vender su petróleo y acceder al sistema crediticio internacional desde 2017 (primer mandato de Trump). Entre 2017 y 2024, Venezuela ha sufrido pérdidas estimadas en alrededor de 226 000 millones de dólares debido a este yugo.

Ahora bien, el juego estadounidense es siempre el mismo, en cualquier parte del mundo: ejercen una combinación de chantajes económicos, amenazas (o sin duda intervenciones) militares y financiación de las fuerzas proestadounidenses dentro del país sobre el que quieren poner sus manos. Este desgaste continúa hasta que consiguen que uno de sus títeres llegue al poder, de formas que se hacen pasar por «expresión espontánea de la voluntad popular».

Ya sea Pinochet en Chile o Al-Jolani en Siria, ya sea en Guatemala, Nicaragua, Bolivia, Libia, etc., el esquema se repite con pequeñas variaciones.

No hay nada misterioso en ello. Se trata de la política imperialista habitual.

Lo único que roza el misterio en este panorama es la reactividad de los «emancipadores de resorte» en las tierras occidentales. Se trata de unos tontos tan embarazosos como frecuentes, en su mayoría baizuo, que, de vez en cuando, se despiertan con el periódico de la mañana en la piel de intrépidos libertadores de pueblos oprimidos.

Hasta la noche anterior ni siquiera sabían de la existencia de tal o cual terrible régimen antiliberal y hambreador de pueblos, pero al día siguiente, de repente, se descubren protectores de los campesinos y de los derechos civiles en algún país remoto donde —qué casualidad— se está gestando un «cambio de régimen made in USA».

Luego, como es habitual, al día siguiente de que el nuevo régimen «amigo» haya tomado el poder, se olvidan en tiempo real de la existencia del país en cuestión, seguros —suponemos— de que, a partir de ese momento, la suerte de los pueblos que tanto les importaban ha mejorado definitivamente, hasta el punto de que ya no vale la pena ocuparse de ellos.

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6. Craig Murray sobre Venezuela.

Murray recuerda un hecho que discutisteis hace poco por aquí: Delcy Rodríguez es hija de un activista torturado hasta la muerte por el régimen de Pérez.

https://www.craigmurray.org.uk/archives/2026/01/venezuela-and-truth/

Venezuela y la verdad

4 de enero de 2026

Ayer, los principales medios de comunicación cubrieron sin descanso la actualidad de Venezuela. Mencionaron muchas veces a Delcy Rodríguez, vicepresidenta, porque Trump afirmó que ahora ella está al mando. Nunca mencionaron que en 2026 se cumple el 50.º aniversario de la tortura hasta la muerte de su padre, el activista socialista Jorge Rodríguez, a manos de los servicios de seguridad respaldados por la CIA del régimen de Pérez, alineado con Estados Unidos, en Venezuela.

Por supuesto, eso estropearía la narrativa de los malvados comunistas contra los buenos demócratas que se está imponiendo a todo el mundo.

Tampoco mencionaron que los gobiernos elegidos de Hugo Chávez redujeron la pobreza extrema en más de un 70 %, redujeron la pobreza en un 50 %, redujeron a la mitad el desempleo, cuadruplicaron el número de personas que reciben una pensión estatal y lograron el 100 % de alfabetización. Chávez llevó a Venezuela de ser la sociedad más desigual en cuanto a distribución de la riqueza en América Latina a ser la más igualitaria.

Tampoco han mencionado que María Corina Machado proviene de una de las familias más ricas de Venezuela, que dominaba las industrias eléctrica y siderúrgica antes de la nacionalización, y que sus patrocinadores son las mismas familias que estaban detrás de esos regímenes asesinos controlados por la CIA.

Las sanciones económicas impuestas por Occidente —y otra cosa que no han mencionado es que el Reino Unido ha confiscado más de 2000 millones de libras esterlinas de los activos del Gobierno venezolano— han dificultado que el Gobierno de Maduro pueda hacer mucho más que consolidar los logros de los años de Chávez.

Pero que Venezuela sea un importante punto de producción o tráfico de narcóticos que entran en Estados Unidos es simplemente una tontería. Nicolás Maduro tiene sus defectos, pero no es un capo del narcotráfico. Esa afirmación es una auténtica basura.

La disposición de Occidente a aceptar los dudosos recuentos de votos de la oposición en las elecciones presidenciales de 2024 no legitima la invasión y el secuestro.

Ayer, casi todos los gobiernos occidentales emitieron una declaración en la que respaldaban el bombardeo y el secuestro de Trump —claramente ilegales según el derecho internacional— y, al mismo tiempo, afirmaban apoyar el derecho internacional. La hipocresía es realmente desmesurada. Son precisamente las potencias occidentales que apoyan el genocidio en Gaza las que apoyan el ataque a Venezuela.

El genocidio en Gaza demostró el fin de las esperanzas —que eran extremadamente importantes para mi propia visión del mundo— de que el imperio del derecho internacional prevaleciera sobre el uso brutal de la fuerza en las relaciones internacionales. El secuestro de Maduro, la prisa de las potencias occidentales por aceptarlo y la incapacidad del resto del mundo para hacer nada al respecto han puesto de manifiesto que el derecho internacional está simplemente muerto.

En la larga lista de premios Nobel de la Paz espantosos, ninguno puede ser peor que el último otorgado a la traidora venezolana María Corina Machado, destinada a promover y llevar adelante activamente el ataque imperialista de Estados Unidos contra Venezuela.

Es muy difícil encontrar una decisión peor que la de otorgar el premio a Kissinger inmediatamente después del bombardeo masivo de Laos y Camboya. Fue un premio terrible, pero su objetivo era reconocer el supuesto acuerdo de paz de París y empujar a Estados Unidos a respetar el proceso de paz. Inicialmente fue un premio conjunto con el negociador vietnamita Lê Đức Thọ (que sensatamente lo rechazó).

El premio a Kissinger fue un terrible error, pero el Comité buscaba poner fin a una guerra, partiendo de la voluntad de cooperar con una realpolitik sin principios. Con el premio a Machado, buscan deliberadamente respaldar y promover el inicio de una guerra. Eso es algo muy diferente.

Del mismo modo, el premio a Obama fue un momento de esperanza enloquecida tras la desesperación de la invasión de Irak. Fue una combinación de la creencia errónea de que Obama sería mejor y la idea errónea de que eso le animaría a serlo.

Acepto que la línea que trazo es muy fina; recompensar a los autores de la agresión occidental está a solo un paso de fomentar realmente la agresión occidental. Pero, sin embargo, se ha cruzado una línea.

La grosera hipocresía del presidente del Comité, Jørgen Watne Frydnes, moralmente en bancarrota, al afirmar que el premio es por la acción no violenta en Venezuela, en el mismo momento en que Trump reunía frente a Venezuela la mayor fuerza de invasión desde Irak, me hace sentir hacia Frydnes algo que no debería hacerme merecedor de ningún premio de la paz. Siento lo mismo hacia Guterres y todos los demás que hoy abandonan su supuesto papel internacional para lamerle las botas a Trump.

¿Y ahora qué pasará con Venezuela? Bueno, en la interpretación más optimista, la acción de Trump fue teatral. Tenía que hacer algo para evitar las burlas del Gran Duque de York después de esa inmensa concentración de fuerzas frente a Venezuela, y ha montado un espectáculo que en realidad cambia poco.

Según esta interpretación, los estadounidenses pueden estar cometiendo el mismo error que cometieron en Irán, al creer que la estrategia de decapitación y los bombardeos provocarán una revolución interna. En Irán, en realidad reforzaron el apoyo al Gobierno.

Ayer por la tarde, el Gobierno bolivariano de Caracas aún no sabía realmente qué había sucedido, hasta qué punto había habido connivencia en las fuerzas armadas en el secuestro de Maduro y si aún tenían el control del ejército.

La clara señal de Trump de que Estados Unidos considera a Rodríguez como la responsable, y el desdén con el que Trump ha descartado a Machado —el único punto positivo en un día espantoso— podrían hacer reflexionar a cualquiera en Venezuela que espere un apoyo activo de Estados Unidos a un golpe de Estado.

A quienes afirman que Maduro era un tirano, les remito a la cómica ópera del golpe de Guaidó del 30 de abril de 2019. Guaidó había sido declarado presidente de Venezuela por las potencias occidentales a pesar de no haber sido nunca candidato. Intentó dar un golpe de Estado y deambuló por Caracas con secuaces fuertemente armados, autoproclamándose presidente, pero solo consiguió que el ejército, la policía y la población se rieran de él.

En cualquier país del mundo, Guaidó habría sido condenado a cadena perpetua por intentar un golpe de Estado armado, y supongo que en la mayoría de los casos habría sido ejecutado. Maduro se limitó a darle una palmadita en la cabeza y a volver a subirlo a un avión.

Hasta aquí la malvada dictadura.

Por pura casualidad, el viernes le envié un mensaje de texto a Delcy Rodríguez sobre los preparativos para el viaje y la acreditación, para poder ir a Venezuela e informarles sobre la verdad de ese país que los medios de comunicación les ocultan. Dejé claro que no estaba pidiendo apoyo financiero. Obviamente, la situación es inestable en este momento, pero sigo teniendo la intención de ir allí.

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7. Propa-Gandhi.

Prashad se enorgullece de que Fox News lo vea como uno de los organizadores de la insidiosa campaña contra el ataque a Venezuela. Emoji

https://luciddialectics.substack.com/p/high-praise-from-fox-news

Elogios de Fox News

Propa-Gandhi

Vijay Prashad

5 de enero de 2026

Hay un artículo en Fox News que nos acusa a mí y a otros de llevar a cabo una operación de propaganda, y luego ofrece este análisis: «Desde el punto de vista de la inteligencia militar, los expertos dicen que la secuencia de la noche anterior tiene las características de una red de influencia preposicionada que ejecuta una operación de respuesta rápida. La sincronización de los mensajes, la publicación escalonada de contenidos en plataformas alineadas y la transición inmediata de la agitación en línea a la movilización física apuntan a un ecosistema diseñado no para la protesta espontánea, sino para la guerra ideológica».

Sin duda, un gran elogio.

Incluso Elon Musk encontró la historia «interesante».

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8. Dominio sin dirección.

Fineschi no escribe directamente sobre Venezuela, sino, con una perspectiva más amplia, sobre «hegemonía real y guerra en el capitalismo crepuscular».

https://marxdialecticalstudies.blogspot.com/

Domingo, 4 de enero de 2026

¿Dominio sin dirección? Hegemonía real y guerra en el capitalismo crepuscular

Publico en línea la ponencia incluida en las actas del foro de la Red de Comunistas titulada «El jardín y la selva», celebrado los días 18 y 19 de marzo de 2023, en la que sintetizaba varias cosas dichas en el período anterior y que me parecen actuales.

¿Dominio sin dirección?

¿Hegemonía real y guerra en el capitalismo crepuscular?

1) ¿Geopolíticas abstractas? Una respuesta inadecuada

La guerra no es ciertamente una novedad del mundo contemporáneo; desde que existen sociedades complejas, los seres humanos siempre han hecho guerras; desde siempre los filósofos se han ocupado de ella, pero más recientemente ha surgido una disciplina que, de manera más políticamente correcta, ha tratado de abordarla de forma aún más explícita: las relaciones internacionales. En ellas se intenta deshacer el nudo de la guerra, no para justificarla desde un punto de vista moral, sino para explicar su necesidad factual en el mundo político (las relaciones de poder producen equilibrios que no se trata de juzgar como buenos o malos, sino simplemente porque establecen un orden) o en el intento de evitarla precisamente por sus características. Tanto los enfoques realistas y neorrealistas como los que, por el contrario, han buscado una vía diplomática y no violenta para la solución de las controversias internacionales de tipo liberal o neoliberal (Bobbio, por ejemplo), tienen, en mi opinión, una cuestión filosófica fundamental que consiste en partir de una concepción que, desde el punto de vista de Marx, es criticable, a saber, el contractualismo: considerar la formación de la institución estatal como un contrato social, que naturalmente se resuelve de manera diferente en distintos filósofos.

Una vez instaurada una sociedad que de alguna manera frena la violencia anárquica del estado de naturaleza a nivel interno, el problema se repite a nivel externo en las relaciones internacionales, en las que, de nuevo, los individuos funcionan como átomos anárquicos. Según algunos, su interacción conduce naturalmente a un equilibrio entre fuerzas opuestas y, al final, establece un orden que no es necesariamente justo o bello, pero es un orden. En cambio, según otros, este orden debe construirse de alguna manera replicando la dimensión contractual a través de instituciones terceras que logren, desde una posición super partes, reconciliar y recomponer la discordia atómica de la anarquía. Los últimos acontecimientos han relanzado sin duda enfoques realistas o neorrealistas: el sistema inestable en el que nos encontramos desde el fin del bipolarismo de la guerra fría y luego con la crisis de un potencial unipolarismo de Estados Unidos como potencia hegemónica mundial constituye un sistema de equilibrio inestable en el que diversas fuerzas buscan sus propios espacios para una posible recomposición general; aquí, el elemento de la guerra es dramáticamente una carta que jugar, una carta que se ha jugado no solo en Ucrania, sino también en otras partes del mundo. Esto no significa reducir todas las guerras a tácticas geopolíticas; existen motivaciones internas y específicas de la crisis de la sociedad ucraniana que sin duda son anteriores a la guerra actual y que, de hecho, la han preparado; sin embargo, sobre ellas también insisten intereses más generales que, no obstante, tienen un peso considerable en la dinámica interna.

2) ¿Geopolítica o reproducción social global en forma capitalista?

La teoría de Marx añade elementos de análisis útiles para comprender cómo actúan estas fuerzas internacionales y nacionales en su intento de imponer su voluntad. Uno de los problemas de las teorías realistas, o al menos de aquellas que se basan en la idea de los Estados como sujetos individuales, reside en la limitada capacidad para establecer cuáles son las motivaciones y, sobre todo, el contexto estructural en el que actúan estos Estados. La lógica del poder, del poder, etc., es sin duda un elemento decisivo, pero probablemente abstracto, o mejor dicho, parcial; no permite comprender en su totalidad las razones profundas o, al menos, reduce la complejidad de las causas, que a menudo no se pueden atribuir únicamente a las decisiones de los gobiernos individuales. Según Marx, no existen Estados abstractos que actúan; estos se sitúan en configuraciones peculiares que tienen características históricamente determinadas y que responden a una lógica específica que, de hecho, crea un contexto económico, social y político en el que existe una gama de opciones posibles; un contexto que no coincide, sino que trasciende la suma de las decisiones individuales, a menudo sobredeterminándolas.

Ignorar este aspecto —y no lo dice solo Marx, por supuesto— no permite comprender plenamente la gama de posibilidades, las alternativas que se plantean a los actores políticos reales que luego toman las decisiones. Marx denomina a este marco modo de producción capitalista, un sistema de reproducción social que no habla del ser humano en general, de la sociedad en general, sino de una estructura peculiar que tiene una evolución determinable y que, precisamente, establece límites a esta evolución. De hecho, el modo de producción capitalista existe en formaciones económico-sociales específicas (los «capitalismos»).

Parece imposible, incluso sin ser marxistas, marxianos o como quiera que se quiera connotar una orientación de este tipo, negar que en el modo de producción capitalista el motor fundamental de la acción es la valorización del capital: esta es la conditio sine qua non que hace que el sistema se mantenga en pie, no simplemente que se decida hacer la guerra o no hacerla: es una condición no solo histórica o fáctica, sino ontológica de la existencia de la modernidad. Esta precondición tan abstracta se configura luego en sistemas más complejos que, más allá del capital en general, incluyen claramente capitalismo históricamente y geográficamente determinados, etcétera. Todo ello implica unas dinámicas que, a la larga, según Marx, modifican de alguna manera la propia naturaleza del capitalismo, socavando sustancialmente los cimientos sobre los que se basa. En este sentido, generalizando aún más, la teoría del capital es una teoría dialéctica en la que la idea de conflicto, de autocontradicción, es intrínseca al sistema. Es la propia naturaleza de la realidad la que, en el modo de producción capitalista, se caracteriza como un proceso de valorización que, en un momento dado, pone en crisis las propias condiciones de dicho proceso; el capitalismo no se reproduce de forma circular, sino creciendo sobre sí mismo, alcanzando, en un momento dado, una condición en la que pone en crisis el funcionamiento «natural» del proceso de valorización.

¿Cuáles son los elementos que lo caracterizan? El uso cada vez más masivo de tecnologías, de máquinas, los avances de la ciencia que Marx ni siquiera podía imaginar, que aumentan la producción de plusvalía relativa y que, paralelamente, excluyen a una masa creciente de mano de obra, provocando así un desempleo masivo, una sobreproducción masiva, todas ellas condiciones que, de hecho, ponen en crisis el mecanismo de valorización. A esta condición estructural, aquí solo brevemente mencionada, la llamo capitalismo crepuscular; un elemento clave de esta fase consiste precisamente en la incapacidad del sistema para mantenerse y progresar simplemente sobre la base del mecanismo «natural» de valorización. Hay obstáculos que el propio sistema no puede eliminar por sí solo, se enreda en sí mismo.

Si este es el marco general en el que se mueve la dinámica fundamental, delimita los límites dentro de los cuales la acción política y la intervención de las instituciones pueden actuar de hecho como un factor que elimina los obstáculos y que, de alguna manera, relanza el proceso. Esto puede hacerse de manera pacífica a través del estado del bienestar, la inversión estatal tanto económica como social (los llamados mecanismos keynesianos), pero en realidad también se puede intervenir por medios violentos: es posible, en esencia, imponer condiciones de valorización que no serían «naturales», es decir, que no se darían en función del desarrollo del modo de producción capitalista tal y como es.

 

Al alterar estas restricciones de manera «extraeconómica», se permite de hecho una valorización.

3) ¿Qué tiene que ver la guerra?

¿Qué tiene que ver esto con la guerra? Una de las posibilidades, no necesariamente la única, pero sí una de las que se barajan, es recurrir a la violencia para imponer determinadas condiciones de valorización o para bloquear las condiciones de valorización de capitales movidos por otros países o que nacen en otras naciones; el recurso a la violencia y a la guerra como manifestación principal de la violencia, como violencia organizada, estatal y perpetrada con medios de destrucción masiva, puede encajar en un marco de este tipo, es decir, puede convertirse en una de las cartas que jugar, o incluso, en ciertos casos, en una carta excelente.

En la situación actual, sin hablar directamente de Ucrania, es evidente que, además de la dimensión específica, existe un problema de reubicación mundial entre potencias que representan grandes sistemas: claramente Estados Unidos por un lado, China por otro, Rusia en una posición intermedia (por no hablar de los llamados «países emergentes»). Los sistemas de penetración son diferentes entre sí: por un lado, China actúa sobre la base de su capacidad productiva, de hegemonía real, gracias a la cual entra comprando, construyendo y realizando inversiones. Es una modalidad imposible fuera de China porque se realiza gracias a la sinergia entre el capital privado y el capital público, que de manera coordinada realizan operaciones que serían inimaginables en un sistema puramente capitalista, donde nadie apoyaría con tanta fuerza inversiones que no garantizan un rendimiento seguro. Las grandes instituciones financieras chinas lo hacen porque es una decisión política, ligada a la propiedad estatal de las mismas. En el capitalismo puro esto no ocurre porque el banco, el inversor, solo actúa con la garantía de un rendimiento. Esto le da a China una ventaja competitiva notable.

Por un lado, hay un país en gran expansión productiva, comercial y financiera que sin duda ve en Rusia un posible aliado, al menos temporal, y por otro lado está la gran fuerza tradicional de Estados Unidos, probablemente en declive, que no puede competir a estos niveles y que claramente considera la guerra como una de las posibilidades. En realidad, todos la consideran, pero la ventaja de Estados Unidos es que es el más fuerte militarmente. Con esto no se quiere reducir la compleja cuestión únicamente a las dinámicas imperialistas estadounidenses; las variables en juego son más amplias e incluyen otros intereses de terceros igualmente poco nobles. La cuestión es que, en un contexto general de este tipo, la guerra es una de las cartas que pueden jugar estas grandes potencias, en particular aquellas que, por las razones expuestas, tienen más interés y ventaja en hacerlo. En este momento, el equilibrio internacional está fragmentado; si lo que está en juego es renegociar las condiciones, en un sistema de capitalización difícil, sin duda la posibilidad de la guerra es una de las que consideran los «responsables de la toma de decisiones».

4) ¿Dominio sin dirección? ¿Fuerza sin hegemonía?

¿Qué papel pueden desempeñar Europa e Italia? A estos países les conviene establecer relaciones con China y Rusia, y ya lo están haciendo. Esta guerra es, entre otras cosas, sin duda una llamada al orden, sobre todo a Alemania, el único de los países europeos capaz de decir su palabra en la gran mesa mundial. Si esta llamada al orden perjudica a las economías europeas, las condiciones son tales que no es posible desvincularse de Estados Unidos, tanto por razones militares como porque vincularse a otros nuevos amos es una incógnita.

Sí, porque la decisión es a qué amo someterse en última instancia. Una vez hechos todos los cálculos, por ahora se prefiere al antiguo, por mucho que sea evidente la necesidad de desvincularse o renegociar las condiciones de vasallaje.

La incapacidad de transformarse en un sujeto político efectivo margina a los distintos países europeos en las negociaciones internacionales, y la política neomercantilista alemana, que ha exprimido sin piedad a los demás países, ciertamente no ha creado consenso para que Alemania pueda desempeñar un papel de liderazgo verdaderamente unitario. Esperaban que, al despojar a los demás, podrían sentarse de forma autónoma a la mesa de los grandes. Esta ducha fría les devuelve a la dura realidad del vasallaje.

En resumen, la administración estadounidense, al menos por ahora, parece obtener varios resultados muy útiles para sí misma: 1) Rusia en un atolladero, 2) Europa (Alemania) castigada por su exuberancia, 3) el proyecto de la Ruta de la Seda muy complicado en su terminal europea (nuevo muro entre el este y el oeste), 4) pedidos militares y gas por las nubes para los superbeneficios de las grandes corporaciones. Parece que la idea es jugar la partida mientras se pueda manejar desde una posición militar de fuerza. Habrá que ver hasta dónde están dispuestos a llegar para obligar a los diversos disidentes a doblegarse. De hecho, cada vez son más los que, algunos de ellos aliados históricos, empiezan a percibir que tal vez el viento está cambiando y están llegando a acuerdos para desvincularse del dólar con acuerdos bilaterales que eluden al antiguo interlocutor único. Por eso, Estados Unidos está presionando a los países que no se han alineado, amenazándoles con represalias si compran a Rusia los excedentes debidos a las sanciones, pero el efecto secundario es empujar a estos países a organizarse por su cuenta.

Dadas las actuales relaciones de poder, los países occidentales, todavía semiocupados militarmente, probablemente no puedan hacer otra cosa, aunque salgan perdiendo. Pero, ¿puede ser una operación de contrapartida cero? ¿Pura fuerza? Si fuera así, comenzaría una nueva fase en la que los «aliados» solo tendrían miedo, sin perspectivas generales de ventaja. ¿Solo dominio y nada de dirección? Se convertiría en una dinámica potencialmente peligrosa e inestable. ¿Cómo se puede imaginar a largo plazo un equilibrio nacional e internacional en el que quien maneja los hilos solo toma y no reparte? ¿Que domina con la mera fuerza?

La hegemonía real no consiste solo, como a veces se cree ingenuamente, en la propaganda y la convicción subjetiva; se trata más bien de procesos reales que, por un lado, incluyen la propaganda, pero, por otro, la transformación efectiva de las dinámicas reales de producción y reproducción que modifican, en términos en parte ventajosos, también las condiciones de los subordinados. Por ejemplo, la hegemonía estadounidense de la posguerra no se basaba solo en la propaganda libertaria anticomunista, sino sobre todo en la creación de condiciones materiales que permitieron un progreso efectivo de «Occidente» y la mejora general del nivel de vida, convirtiendo en una práctica social efectiva la «personalidad»: no solo la ideología de la libertad individual, sino su existencia en la práctica. Todo ello a condición de la vasallaje: dominio y dirección, fuerza y hegemonía. Precisamente este es el mecanismo que parece estar resquebrajándose: Estados Unidos ya no parece estar en condiciones de perpetuar una hegemonía real, pero una vasallaje construida únicamente sobre el dominio/la fuerza no puede durar mucho tiempo.

En resumen, parece configurarse una crisis de la hegemonía occidental en el proceso de globalización. Si la integración objetiva de la economía mundial como proceso estructural del modo de producción capitalista es ya irreversible y representa su tendencia fundamental, sin duda se pueden distinguir configuraciones históricamente determinadas de este proceso que pueden prever fases de aceleración, de ralentización, de hegemonía de algunos Estados/bloques durante períodos más o menos largos.

Ahora me parece que nos encontramos en una fase de renegociación y transición de la hegemonía (lo que también puede implicar una redefinición de las cadenas de suministro y de valor en un sentido más restrictivo, pero que como tal no modifica la tendencia a largo plazo).

5) Conclusiones más que provisionales

En conclusión, volviendo a Marx, me gustaría subrayar cómo su teoría permite considerar otros tipos de guerra y otros tipos de conflicto que, por ahora, han pasado desapercibidos. El juego de las potencias internacionales también tiene una dinámica interna, nacional, igualmente marcada por los conflictos. Sin querer sacar a relucir el conflicto de clases, llamémoslo como se prefiera, parece evidente que en este momento, dentro de la sociedad china, rusa, italiana y estadounidense, existe una fase de conflicto potencial extremo debido precisamente a la crisis del modo de producción capitalista, que no solo ya no garantiza el pleno empleo, sino que está produciendo desempleo masivo, empobrecimiento constante de las clases medias, etcétera, etcétera. En resumen, Marx intenta reunir la dinámica interna en su proyección externa como parte de un proceso articulado, pero unitario. Añade, en mi opinión, instrumentos interesantes para intentar comprender esta complejidad en la que la dimensión de la violencia y la guerra resultan intrínsecas a la profunda crisis sistémica del modo de producción capitalista. Esto no significa que este se derrumbe, ni que haya una revolución, ni quién sabe qué; pero es evidente la existencia de una profunda crisis cuyas dinámicas producen el conflicto o la guerra entre sus principales variables.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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