“Muere Almudena Grandes, la escritora que noveló la épica de los perdedores” por Tereixa Constela

La autora de los ‘Episodios de una guerra interminable’ muere en Madrid a los 61 años de un cáncer (con un comentario complementario de Carlos Valmaseda).

Nadie como Almudena Grandes, la escritora madrileña fallecida este sábado a los 61 años por un cáncer, ha tenido la fuerza y la constancia para darle a los derrotados del siglo XX español la épica literaria que les faltaba. A partir de 2007, cuando publicó El corazón helado, la carrera de Grandes encontró un sentido que trascendía lo literario. Ella ya era una autora de éxito y de prosa sólida (algunas de sus novelas anteriores como Los aires difíciles o Atlas de geografía humana fueron celebradas por la crítica especialmente), pero cuando acabó El corazón helado, donde por primera vez se detenía en las vidas de aquellos exiliados republicanos y sus generaciones de inadaptados posteriores, vio el agujero negro por el que se perdían una buena parte de los españoles del siglo XX.
Sensibilizada y conectada con el movimiento de memoria histórica, Grandes comenzó en 2010 uno de los proyectos literarios de más largo alcance de la narrativa en español contemporánea: los Episodios de una guerra interminable, una saga de seis novelas que atravesaban lo peor de la historia del siglo XX. Antes de sacar el primer título a la calle, Inés y la alegría, Grandes ya sabía qué iba a contar en los cinco siguientes. Era ese tipo de escritores que monta los andamios y delinea planos antes de empezar el edificio. Su objetivo era lograr un fresco histórico, al estilo de Galdós con el XIX, que permitiese retratar lo micro y lo macro, la atmósfera de un país cuarteado por una guerra y las historias reales que habían sido ocultadas. Si gracias al primer título los lectores descubrieron aquella tentativa fracasada de los comunistas exiliados en Francia, que invadieron el Valle de Arán en el Pirineo de Lérida en octubre de 1944, en el que le valió el premio Nacional de Narrativa, Los pacientes del doctor García (2017), saca a la luz la red montada por Clara Stauffer en Madrid para refugiar a nazis en una dictadura que tanta simpatía había mostrado hacia Hitler.
En el último publicado hasta ahora, La madre de Frankenstein, indagó en la biografía de Aurora Rodríguez Carballeira, acaso la parricida más famosa del siglo XX español, que tiroteó a su hija Hildegart Rodríguez Carballeira para evitar perder su control sobre ella, a la que había moldeado para convertirla en un modelo de mujer ideal. Aurora, que acabaría ingresada en el manicomio de Ciempozuelos, atrapó a la escritora, que la eligió para novelar de su mano los crudos años cincuenta. “Yo comprendo que hay que odiarla, que es fácil que a la gente le parezca odiosa, pero a mí me parece más fascinante que odiosa”, explicaba la novelista a EL PAÍS en enero de 2020, durante una visita por las instalaciones de Ciempozuelos donde transcurría la obra.
Grandes tenía la curiosidad de la historiadora y la potencia de la novelista. Ambas cualidades le permitían construir unos artefactos redondos, donde el rigor científico y la documentación estaban al servicio de una trama pensada para emocionar y remover. La literatura nació para eso, para vivir otras vidas y llorar otras penas. La historia lo hizo para acreditar que otras vidas y otras penas existieron. Almudena Grandes, desde luego, no inventó la novela histórica, pero sí una manera de hacer novela histórica singular, marcada por su propia formación como historiadora, que la empujaba a acreditar cada detalle real (no hay más que ver las notas finales de libros, donde expone cuáles fueron los hechos y cuáles las elucubraciones literarias), sin que nada de esto empañase su pulso narrativo.
El pulso estaba ahí desde siempre, desde que protagonizó uno de los estrenos más exitosos de la joven literatura de la joven democracia. Con Las edades de Lulú (1990), su primer libro, se convirtió en un fenómeno. El erotismo, narrado desde una óptica femenina, arrasó en ventas. Pero fue uno de esos libros que no solo medían su impacto en cifras, de alguna manera conectó y retrató el espíritu de una época, donde el deseo y la sexualidad de las mujeres estaban en plena transformación.

Nota de Carlos Valmaseda
No vale mucho la pena insistir. Quizá no tendría que haberlo enviado porque solo nos separa un poco más. Pero si quieres algunos ejemplos, en las respuestas al tuit de Pere Aragonès -correcto para ser él, a pesar del ridículo ‘el estado español pierde…’- encontrarás algunos. Los que no lo critican precisamente por hablar de ‘estado español’ son indepes con la cantinela habitual: ‘¿Si se muere un escritor francés o italiano también tuiteas’, un ‘Qui?’ burlón o algunos que recuerdan algún artículo de Grandes contra el independentismo: https://twitter.com/perearagones/status/1464642881122185229
He visto alguno más por ahí, pero no voy haciendo listas. 🙂

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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