Estos días hemos podido leer unas cuantas posibles explicaciones acerca de la razón detrás de la concesión de ese premio, llamado de la Paz, a la Sra. Machado. Una de las más difundidas habla de la colusión entre el Comité que decide el premio y los ataques asesinos que viene recibiendo algunas embarcaciones venezolanas. Por así decirlo, esos señores noruegos están echando una mano al gobierno gringo en su designio de volver a convertir Venezuela en una satrapía de su imperio. No es una explicación desdeñable, pero nosotros tenemos otra que nos parece mejor por más que tampoco podamos probarla.
Todos sabemos que a Donald Trump se había encaprichado con la idea de obtener ese premio, quizás por simple envidia hacia Obama, quien lo logró en su primer año de mandato presidencial. Convencido, como está, de que todos han de doblegarse a sus deseos -convencimiento al que ayuda el hecho cierto de que muy pocos lo hacen- puso en marcha todo el poder que tiene para presionar al Comité decisorio. Lo hizo en público, con declaraciones conocidas por todos, y también en privado a través de sus agentes oficiales y oficiosos en Oslo. Cabe entonces, sabiendo todo esto, preguntarse ¿cómo es que no lo ha conseguido?
Desde luego no ha sido por la independencia de criterio de los cinco componentes de ese Comité. Menos aún por su apego a respetar las condiciones impuestas por Alfred Nobel a la hora de otorgar el premio. Y es de todo punto inconcebible que se lo hayan negado por salvaguardar el, ya inexistente a estas alturas, prestigio del premio. A este respecto podemos recordar algunos de los nombres de los premiados anteriores, como el propio Obama: el presidente que inicio la práctica de firmar la autorización para los asesinatos (por el momento sólo fuera de los Estados Unidos) cometidos contra quienes son considerados enemigos peligrosos de su imperio y los firmó a montones. O Kissinger, el hombre detrás, junto a Richard Nixon, del asesinato de Salvador Allende. Así que es claro que estos cinco hombres noruegos, sometidos a la presión creciente de Trump, se encontraron en la tesitura de confesar abiertamente que están a sus órdenes y en el primer tiempo del saludo, lo que hubiera acarreado un gran descrédito, no del premio que ya tiene muchísimo, sino del suyo personal ante la élite política noruega, o hallar una salida al atolladero. Pero esta salida tenía que ser de tal carácter que encajara perfectamente con el sesgo político trumpiano e imperial. No cabía esta vez recurrir a alguna de esas coartadas que, muy de vez en cuando, intentan encubrir la realidad del premio. Por ejemplo, el premio del año pasado o los concedidos en el pasado a Esquivel o Rigoberta Menchú. Debía premiarse a alguien que no propiciara un berrinche político del gran señor de Occidente, por más que el berrinche personal no pudiera ser evitado.
La élite política noruega es ducha en esto, lleva decenios arrodillándose ante quienes tienen más poder que ellos y esto les ha acarreado una serie de ventajas y distinciones internacionales. Podemos mencionar a quien fue primer ministro -laborista por cierto- noruego, luego Secretario General de la Organización Terrorista del Atlántico Norte y ahora ministro de Finanzas. Pero podemos ir más atrás en el tiempo y encontraremos lo mismo. En efecto, hace 90 años un ministro de Justicia noruego -también laborista por cierto- fue quien arrojó de Noruega a Lev Trotski, por presiones exteriores e interiores, unos meses después de que este llegará allí. Lo que Trotski escribió sobre este suceso sigue estando de total actualidad a la hora de caracterizar a los políticos burgueses, noruegos o no. Años después Trygve Lie, que era el nombre de ese ministro, llegó a ser el primer Secretario General de Naciones Unidas.
Con estos antecedentes no es extraño que la premiada haya sido la Sra. Machado. Una gran «pacifista», como prueba el texto que reproducimos, de una carta del 2018 enviada a Macri (el Milei argentino de entonces) y a Netanyahu (otro posible premiado futuro), donde llama a la invasión de Venezuela, como sigue haciendo en estos días.
No cabe duda de que el Comité ha conseguido salir habilmente del laberinto en que los caprichos y envidias de Trump les había encerrado. El premio de este año aumenta notablemente el desprestigio que ya le afectaba, pero secunda abiertamente la política guerrerista y antidemocrática en la que se ha embarcado el imperio occidental. En cuanto a que sirva a los propósitos de Trump contra el pueblo venezolano (ese contra el que la Sra. Machado desearía ser Quisling, como este lo fue contra el pueblo noruego), esto ya es harina de otro costal. A este tenor basta recordar a los premiados del 2021, 2022 y 2023. Aunque habría que recordar mucho, ya que nadie es capaz de decir sus nombres (aquí tampoco les vamos a hacer ese favor) sin buscarlos en la wikipedia. Pero sí diremos que el primero era ruso, el segundo bielorruso y la tercera iraní y que tienen en común el triste honor y la eterna vergüenza de ser títeres del imperio occidental contra sus propios pueblos, no meramente contra sus gobiernos, pues es evidente que carecen de la más mínima influencia en aquellos. Seguramente por esta razón han sido olvidados en Occidente, luego de haber sido usados en la ceremonia del Nobel. Es decir usar y tirar, como los kleenex. El mismo destino que, desde aquí, le deseamos a la Sra. Machado.
https://www.cronica-politica.es/noruegos-dentro-del-laberinto/.