Parece que fueron los discípulos de Pitágoras quienes empezaron con el rollo. El rollo de que la esencia de las cosas son los números. Afirmación, ésta, que no todo el mundo entiende como una profunda tesis filosófica. Sin ir más lejos: los comerciantes, los financieros y otras gentes de mucho contar, que son seguramente quienes más importancia les dan a los números, no ven en ellos otra cosa que la medida de sus ganancias, y suele traerles al fresco cualquier teoría que pase de ahí. Por ejemplo la teoría de Galileo de que el lenguaje de la naturaleza es matemático. Al negociante sólo le importan los números seguidos del signo $ o el signo €.
Pero entre la concepción rastreramente crematística y la sublimemente científica de los números existe la supersticiosa, que seguramente es la que goza de mayor predicamento y arraigo popular después de la primera. Me refiero a las especulaciones sobre la buena o mala suerte que puedan acarrear ciertos números. Sin ir más lejos, el número del año que acaba de empezar ha dado pie a todo género de asociaciones de ideas sobre la base de ciertas propiedades curiosas, como el hecho de que 2025 sea el cuadrado de 45, que a su vez es la suma de los nueve primeros números naturales, siendo además 2025 la suma de los cubos de esos mismos números. ¿Quiere eso decir algo? Los nacidos el año 45 del siglo pasado, si fuéramos supersticiosos, podríamos caer en la tentación de creer que este año nos va a salir todo “cuadrado”, que para los pitagóricos era un adjetivo tanto o más positivo que “redondo”. Pues no señor: los números no tienen más significado que el puramente matemático, Dejando de lado el hecho de que la numeración de los años de la Era Cristiana es casi con toda seguridad errónea (Jesucristo, según diversos cálculos, no nació hace exactamente 2024 años más los días que llevamos desde el 25 de diciembre pasado), todas esas propiedades y relaciones numéricas no significan nada, salvo que la aritmética es una bella ciencia exacta. Pero esa misma exactitud ejerce, al parecer, una cierta fascinación sobre mentes fantasiosas adictas a la creencia de que todas las cosas, además de ser lo que son, son también signos que remiten a algo distinto de ellas. Por esa vía llegaríamos a la peregrina conclusión de que este mundo nuestro es el signo de otra cosa. ¿Otro mundo? Bueno, eso es, en esencia, lo que piensan quienes creen en “la otra vida” (creencia, por cierto, muy difícil de refutar, pues es obvio que nadie podrá demostrarles, después de muertos, que estaban equivocados…).
Lo cierto es que, mientras a la mayoría de la gente parecen resultarle poco gratas las matemáticas puras y duras, a gran parte de esa mayoría, en cambio, le apasiona la numerología, esa creencia en que a las cosas (todas o algunas de ellas) les corresponden otros tantos números, de cuyas propiedades aritméticas se pueden inferir otras propiedades más tangibles. Semejante creencia, apenas menos extendida que la astrología (ambas igualmente carentes de todo fundamento racional), se manifiesta hoy, por ejemplo, en cosas tan prosaicas como la elección y compra de números en el juego de la lotería o en los juegos de casino. Pero ha habido épocas, como la baja Antigüedad, en que la superstición numerológica alcanzó cotas delirantes. Así, por ejemplo, la atribución que el último libro de la Biblia cristiana, el Apocalipsis o Revelación, hace del número 666, o en algunas versiones el 616, al Anticristo (o “la Bestia”), es uno de los casos más representativos de esa forma de superstición. El presunto “fundamento” de la numerología es la equivalencia de las letras de alfabetos como el griego, el hebreo y el latino con otros tantos números, ya que los sistemas numéricos de esas culturas utilizaban las letras para representar los números. Basándose en ello, era fácil asignar números a personas o cosas mediante el expediente de sumar los valores numéricos de las letras que componían sus nombres.
En cuanto al encanto que parecen tener los números cuadrados perfectos (como nuestro neonato año 2025),quizá se deba a que en la tradición pitagórica la elevación de números al cuadrado (o como se dice hoy, a la segunda potencia) permitió salvar un tremendo escollo científico con el que toparon Pitágoras y sus muchachos (ignoramos si también había muchachas en aquella secta, pero es más que dudoso, pues los pitagóricos asociaban lo masculino con el bien y lo femenino con el mal). El escollo era ―y es― el siguiente: resulta imposible medir la diagonal de un cuadrado con la misma regla usada para medir el lado de dicha figura y obtener en ambos casos un número exacto, por muy pequeña que hagamos la unidad de medida. Es lo que se conoce técnicamente como la inconmensurabilidad de la diagonal del cuadrado con su lado. Pero bueno, ¿qué tiene eso de malo? Pues muchísimo. Un auténtico escándalo intelectual. En efecto, si tú crees, como Pitágoras y los suyos, que todo está basado en números y piensas asimismo que la base de todo número es la unidad, ¿cómo puedes explicarte que no exista en absoluto una unidad de medida básica que sirva para medir de manera exacta todos los objetos del mundo por igual? Y, colmo de los colmos, que eso ocurra incluso con dos elementos tan estrechamente relacionados como la diagonal y el lado de un cuadrado. Es algo que parece chocar de lleno con la razón. Y, en efecto, por eso a los números que expresan esa relación irreductible a números perfectamente calculables se les llama irracionales.
Pues bien, allá que fue la segunda potencia al rescate de Pitágoras y su secta, que de otro modo quizá habrían acabado en suicidio colectivo (de la misma manera que asesinaron o intentaron asesinar al pobre tipo que descubrió la dichosa inconmensurabilidad, un tal Hípaso de Metaponto, que asistía a la escuela pitagórica como simple “oyente”, pero demostró tener la mente más despierta que los discípulos “oficiales”). En efecto, para alivio de sus acongojadas meninges, los pitagóricos descubrieron que, si bien entre la diagonal y el lado del cuadrado no existía una relación numérica exacta, sí que la había entre los cuadrados de ambos segmentos: nada menos que la relación de 2 a 1. Y, claro, como corolario de esa demostración surgió lo que hoy se conoce como “teorema de Pitágoras”, válido ya no sólo para el triángulo formado por la diagonal y dos lados adyacentes de un cuadrado, sino para los tres lados de cualquier triángulo que tenga entre sus ángulos un ángulo recto.
Volviendo a la actualidad: a la vista del interés que parece despertar el hecho de que este año se denomine con un número cuadrado perfecto, ¿no será que todavía quedan en el siglo XXI pitagóricos anhelantes de un orden racional, de una vida tejida de acciones calculables, no sometida a los impredecibles vaivenes y altibajos de una economía dirigida por egoístas intereses minoritarios y una política guiada por la irracionalidad más absoluta, cual es la impuesta por un imperio en decadencia que se resiste con uñas y dientes a perder su hegemonía, aliado a una jauría de fanáticos genocidas que pretenden ser el pueblo elegido por Dios y, tras haber sido víctimas de un holocausto, no descartan imitar a Sansón con tal de matar a todos los “filisteos” mediante un holocausto nuclear?
Sea como fuere, no confiemos demasiado en los números, como no sea para llevar las cuentas domésticas. Pues, al fin y al cabo, por cada número exactamente calculable hay infinitos números irracionales.