Por un esperancismo sin euforia

Reseña de Cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia (de Edgar Morin -con la colaboración de Sabah Abouessalam, Barcelona: Paidós, 2020, traducción de Núria Petit).

Los viejos filósofos, los filósofos que nos han acompañado y enseñado durante décadas y décadas, siguen en plena forma. Cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia es un ejemplo. La prueba del algodón. En la página 83 escribe su autor: “Naturalmente, la política no puede crear la felicidad individual. Hay que dejar de creer que el objetivo de la política es la felicidad. La política puede y debe eliminar las causas públicas de desdicha (guerra, hambre, persecuciones). No puede crear la felicidad, pero puede favorecer y facilitar la posibilidad de que cada uno viva poéticamente, es decir, en la autorrealización plena y la comunión”. Si el pasaje les deja indiferentes, este libro no es su libro.
Un apunte (innecesario) sobre el autor. Edgar Morin (1921, el próximo 8 de julio cumplirá 100 años) es un filósofo y sociólogo parisino creador de la teoría del pensamiento complejo (o sistémico). Participó en su juventud en la resistencia la invasión alemana (se afilió al Partido Frentista, “que propugnaba la lucha en dos frentes -contra el estalinismo y contra el hitlerismo- y se oponía a la guerra”) y ha desarrollado la mayor parte de su carrera profesional en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (nuestro CSIC, con mucho más presupuesto). Galardonado con 38 doctorados honoris causa, Morin es autor de más de sesenta ensayos. Entre ellos, El hombre y la muerte (1951), El método (“afronté el problema clave de los fundamentos de nuestra forma de conocimiento y la búsqueda de un pensamiento capaz de responder a los desafíos de la complejidad del mundo, especialmente humano. Una reflexión que llevaría a cabo durante los treinta años de gestación de El método”, 1977, probablemente su más importante obra filosófica), Ciencia con consciencia (1984), La inteligencia de la complejidad (1999), Breve historia de la barbarie en Occidente (2005), ¿Hacia dónde va el mundo? (2007), La vía (2011).
Componen Cambiemos de vía (podía haberse titulado también Cambiemos de vida), el preámbulo (que debe leerse con interés y admiración, y que abre así: “Yo soy una víctima de la epidemia de la gripe española, y puede decirse que, a causa de ella, nací muerto”), la Introducción y tres capítulos. El 1º: Las quince lecciones del coronavirus: sobre nuestra existencia, sobre nuestra condición humana, sobre nuestra relación con la muerte, sobre la ciencia y la medicina, sobre las carencias del pensamiento y la acción política, sobre el despertar de nuestra civilización, sobre las descolonizaciones y la dependencia nacional…, el 2º: Los desafíos del poscoronavirus: El desafío existencial, el de la crisis política, de la preservación ecológica, el de una gran regresión,… y el 3º: Cambiar de vía (Una política de la nación, una política de la civilización, una política de la humanidad, una política de la Tierra, por un humanismo regenerado).
Sabah Abouessalam, colaboradora de Morin en el libro, es socióloga urbanista y doctora en ordenamiento urbano.
Breves apuntes sobre la Introducción y sobre cada uno de los capítulos. Para abrir su apetito.
1. De la Introducción: la primera revelación innegable de esta crisis inédita, señala Morin, “es que todo lo que parecía separado es inseparable”. La crisis general gigantesca provocada por el SARS-CoV-2 debe ser vista también “como el síntoma virulento de una crisis más profunda y general del gran paradigma de Occidente convertido en paradigma mundial: el paradigma de la modernidad, nacido en el siglo XVI europeo” (p. 20). El nuevo paradigma se está gestando necesariamente con dolor y caos, “sin que por ello podamos estar seguros de que sea capaz de emerger y de imponerse”. Ójala, señala Morin, “se traduzca en una regeneración de la política, una protección del planeta y una humanización de la sociedad: es hora de cambiar de Vía”.
2. De las lecciones: “Nuestra fragilidad estaba olvidada, nuestra precariedad estaba oculta”, nos recuerda Morin. El mito occidental del hombre cuyo destino era convertirse en “amor y señor de la naturaleza” se derrumba ante un virus. De hecho, ese mito ya estaba gravemente tocado por la conciencia ecológica “que supo demostrar desde hace décadas que cuanto más dueños somos de la biosfera, más dependemos de ella; cuanto más la degradamos, más degradamos nuestras vidas”. Sin embargo,la convicción de que el progreso tecnoeconómico constituye por sí solo el progreso humano y de que el libre comercio y el crecimiento económico son las condiciones que determinan el bienestar social sigue dominando el mundo occidental e incluso suscita el delirio eufórico del transhumanismo” (pp. 24-25).
Para Morin, el verdadero humanismo está en crisis frente a las derivas y repliegues nacionalistas y la reaparición de racismos y xenofobias y la primacía del interés económico sobre todos lo demás. Sin embargo, la conciencia de la comunidad del destino compartido de los humanos debe regenerarlo “y dar un carácter concreto a su universalismo hasta ahora abstracto: cada uno podrá entonces experimentar su integración en la aventura de la humanidad” (p. 45). Si esa conciencia se propaga por el mundo y se convierte en fuerza histórica, “el humanismo podría suscitar una auténtica política de la humanidad”.
3. De los desafíos: “Corremos el riesgo de entrar en una era ciclónica y que nos suceda lo mismo que en Sarajevo en 1914 o en Dánzig en 1939”. La bomba y la reivindicación de un iluminado provocaron en aquellas ocasiones, por reacciones en cadena totalmente imprevistas, “el estallido de dos guerras que fueron hecatombes mundiales”. No sabemos actualmente “si la constitución de los procesos regresivos [morales, intelectuales, de la democracia, belicistas] provocará una barbarie planetaria, si favorecerá la constitución de Estados neoautoritarios o si desencadenará resistencias y bajo qué formas”. Para Morin, todo este escenario conviene en irrisoria la afirmación eufórica de Steven Pinker “según la cual hemos entrado en la era más pacífica y feliz de la historia humana” (p. 58). Nada de eso. Es vital cambiar de vía.
4. Cambiar de vía: “El sentido de la palabra “desarrollo” en Occidente se circunscribe en realidad a los terrenos técnicos y económicos”, señala críticamente Morin. Para un país occidental como Francia, el sentido puede ampliarse a la cultura, “aunque tiende a identificarse con el crecimiento y con todo lo que es cuantificable, ignorando la incuantificable calidad de la vida”. El “arropamiento”, por el contrario, hace referencia a la comunidad y a la solidaridad. “Ahora bien, si las iniciativas solidarias han florecido durante el confinamiento, es porque estaban latentes en las familias, en el vecindario, en los pueblos, en el trabajo y en la nación”. La conjugación de desarrollo -para Morin el único crecimiento que debe continuar es el de la economía de las necesidades esenciales- y arropamiento significa que “el desarrollo de los bienes materiales solo tiene sentido si va acompañado de un modo de vida que conserve todo aquello que puede arropar un Yo dentro de un Nosotros: la convivencia, la comprensión del otro y la amistad” (p. 63).
Algunas erratas sin importancia: 1. Morin sigue llamando gripe española a lo que no fue, propiamente, una gripe española 2. “Antes de la década de 1980 y la irrupción del SIDA, la ciencia pensaba que había eliminado los virus y las bacterias” (p. 24). No fue el caso.
¿Críticas? En algunos momentos, pocos, muy pocos, Morin piensa sin tener en cuenta la urgencia y nuestros límites. Dos ejemplos: “las intervenciones urbanas de humanización para construir grandes aparcamientos que permitan peatonalizar el centro de las ciudades” (p. 62); “La restauración del transporte ferroviario con la reapertura de las líneas regionales y la sustitución del avión por el AVE en los desplazamientos de menos de 1.500 kilómetros” (p. 72).
Las palabras finales de Morin, que hago mías: “Sé que en la aventura del cosmos, la humanidad es como nunca sujeto y objeto de la relación inextricable entre lo que une (Eros), por una pare, y por otra, lo que opone (Pólemos), así como lo que destruye (Tánatos). La alternativa de Eros es a su vez incierta, pues puede volverse ciego, y requiere inteligencia, más inteligencia, como requiere amor, más amor. La aventura es más que nunca incierta, más que nunca aterradora, más que nunca exaltante. Nos vemos arrastrados a esa aventura y debemos comprometernos con la alternativa de Eros”. Que así sea. Que nuestro esfuerzo, racionalidad y sensibilidad nos acompañen.

Fuente: El Viejo Topo, septiembre de 2021

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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