Presentación (primeros apartados) de Crítica de la (sin)razón nuclear. Fukushima, un Chernóbil a cámara lenta

Presentación (primeros apartados) de Crítica de la (sin)razón nuclear. Fukushima, un Chernóbil a cámara lenta
«La marca atómica como línea de demarcación del Antropoceno.»

Si nació usted antes de 1950, señalaba Javier Salas a mediados de septiembre de 2016, “puede que ahora vaya a sentirse algo más mayor: ha vivido en dos épocas geológicas distintas”. La tierra ha entrado en una nueva página del calendario geológico, el Antropoceno, “la edad de los humanos”. Una de las pruebas de que el mundo ha cambiado para siempre, proseguía el periodista científico de El País, estaba en la playa de Tunelboca, en la ría de Bilbao, “en una franja de siete metros de sedimentos acumulados por la industrialización”. Allí se habían ido depositando durante casi un siglo escorias vertidas por los altos hornos vizcaínos.

El Anthropocene Working Group (Grupo de Trabajo del Antropoceno, AWG por sus siglas en inglés), un colectivo de 38 científicos de sistemas terrestres convocados por el geólogo Jan Zalasiewicz de la Universidad de Leicester, Inglaterra, acordó en el verano de 2016 que la Humanidad había superado el Holoceno, la hasta ahora última época geológica del período Cuaternario, un período interglaciar en el que la temperatura se hizo más suave y la capa de hielo se derritió, lo que provocó un ascenso del nivel del mar. La huella de nuestra Humanidad quedará para siempre “grabada en todo el planeta como una línea bien identificable en los estratos que se verán dentro de miles o millones de años en cuevas y acantilados, una referencia permanente para los científicos del futuro”.

Los primeros pasos que posibilitaron esta conclusión se iniciaron en 2009, cuando se solicitó al AWG que estudiara la situación e hiciera una recomendación. Tras siete años de investigación, el grupo de trabajo tomó una decisión, en una reunión celebrada entre el 27 de agosto y el 3 de setiembre de 2016, por una abrumadora mayoría de 35 votos favorables y 1 en contra: aprobar el cambio geológico señalado y datar el comienzo de la nueva era en 1950. El Antropoceno, como nos advirtiera el malogrado Ramón Fernández Durán (1947-2011), sería el momento en que nuestra especie ha cambiado con sus diversas -y frecuentemente incontroladas- actividades el ciclo vital de la tierra, el momento en el que la Humanidad ha sacado a nuestro planeta de su variabilidad natural, como ha explicado Alejandro Cearreta, un investigador y profesor de la Universidad del País Vasco que formó parte del AWG. Por primera vez una época geológica vendrá determinada por el impacto (esencial) de una única especie en vez de por la composición principal de la flora y fauna del planeta o por acontecimientos geofísicos. Nuestra humanidad se ha convertido en una fuerza equivalente a los grandes agentes de la naturaleza como los impactos de meteoritos, las erupciones volcánicas o los movimientos tectónicos que antes habían provocado esos cambios.

Pero, ¿de dónde y por qué 1950 como fecha, como año de demarcación? Porque se ha acordado, sin apenas disenso científico, que la marca que determina el cambio geológico al que aludimos son los residuos radiactivos de plutonio tras los ensayos atómicos realizados a mediados del siglo XX (y también antes por supuesto). Hablando propiamente, 1952 sería la fecha más exacta porque entonces fue el momento en el que los isótopos originados por el lanzamiento de las bombas se fueron asentando en el planeta. Para entrar en un momento geológico distinto, comenta el geólogo vasco, tenía que haber una señal inequívoca, «global y sincrónica», del cambio planetario. Aunque inicialmente se había pensado en el año 1800 por referencia a la Revolución Industrial, se descartó finalmente esa “señal”. Su huella, como sabemos, no llegó por igual y al mismo tiempo a todos los países y territorios del mundo.

La intervención humana actúa en la tierra desde hace miles de años. La diferencia es que ahora hablamos de un cambio de ciclo en el comportamiento de nuestro planeta provocado por la propia Humanidad y sus plásticos, sus emisiones de gases, su contaminación radiactiva, sus desechos industriales, la alteración de ecosistemas, la desaparición masiva de biodiversidad, la acidificación de los mares. Algunos, muchos de estos cambios, son geológicamente de larga duración. La fecha acordada, alrededor de 1950, coincide con lo que suele denominarse “momento de gran aceleración” del impacto humano.

Aunque era necesario fijar un momento determinado, no nos enfrentamos con un acontecimiento puntual sino con un proceso prolongado de deterioro medioambiental que es cada vez más irreversible. El comunicado de prensa publicado por el AWG, el texto en el que anunciaba su conclusión, señalaba:
Los cambios del sistema tierra que caracterizan la época potencial del antropoceno incluyen una notable aceleración de los grados de erosión y sedimentación, perturbaciones químicas a gran escala de los ciclos del carbono, nitrógeno, fósforo y otros elementos, el comienzo de un cambio significativo del clima mundial y del nivel del mar y cambios bióticos como los niveles insólitos de invasión de especies en todo el mundo.

Muchos de estos cambios son geológicamente duraderos y algunos son, como sabemos, efectivamente irreversibles.

Transitando por este mismo sendero, en su respuesta a una pregunta de Saral Sarkar, John Bellamy Foster señalaba en marzo de 2017 que en el Antropoceno nos enfrentamos con la posibilidad futura, si nuestras sociedades continúan por la vía hegemónica del business as usual, del fin de la civilización en el sentido de sociedad humana organizada, e incluso, potencialmente, de la misma especie humana.
Pero mucho antes de eso, cientos de millones de personas se verán afectadas por sequías crecientes, el aumento del nivel del mar y fenómenos climáticos extremos de todo tipo. Esto exige un cambio radical en la “hegemonía política y económica”, como señala Kevin Anderson, del Tyndall Centre for Climate Change Research; Anderson también insiste en una suspensión inmediata del crecimiento económico y de todo intento de estimular el crecimiento a expensas del medio ambiente.

Es necesaria la conservación, señala el ecologista y economista norteamericano, “así como cambios en el uso de recursos, tecnología y valores de uso”. Los combustibles fósiles deben quedar bajo tierra. Jorge Riechmann lleva años y años batallando y argumentando por la misma idea.

No se trata de un juicio político interesado, poco informado y extremista, como algunas voces, muy minoritarias, han reprochado a este grupo de investigadores. Hablamos de un hecho, de una conjetura científica contrastada. Se está acumulando un registro geológico. La evidencia del Antropoceno durará siempre. Su llegada es una prueba, comenta críticamente Cearreta, de «nuestro fracaso como sociedad». ¿Fue bueno o malo que se extinguieran los dinosaurios? Podemos suspender el juicio y no responder, “pero ahora se ha producido un cambio claro en el sistema tierra», asegura este científico concernido que no ha ocultado que estuvieron fuertemente presionados por Estados, instituciones y corporaciones cuando tomaron la decisión que comentamos en el Congreso Internacional de Geología celebrado en Sudáfrica en agosto de 2016. El criterio aprobado por esta comunidad científica independiente de geólogos es otra crítica contundente a la irresponsable apuesta atómica de la Humanidad, a sus países y clases sociales dominantes y hegemónicas, dicho con más precisión.

La era nuclear y sus diversos y prolongados peligros, la sinrazón atómica, la señal del nuevo marco geológico, es el asunto central de este ensayo. También es nuestro tema, la otra cara de esta más que peligrosa moneda, las prolongadas y difíciles resistencias ciudadanas. Fukushima, como no podría ser de otra manera, es uno de nuestros nudos vertebradores. Con lo sucedido, con lo que allí sigue sucediendo, hay un antes y un después en la historia de una de las industrias más peligrosas generadas por la Humanidad. Su “externalidad” más importante a largo plazo, no es la única, los residuos radiactivos, es un oscuro y peligroso legado que permanecerá con nosotros -y sin nosotros- durante miles y miles de años. Un escritor inolvidable, un gran maestro por el que sentimos una profunda admiración, Henning Mankell, nos habló de todo ello con profundo pesar, clarividencia e indignación en su autobiografía. De ello hablamos en uno de los capítulos del libro.

Para situarnos poco a poco en este incómodo escenario, recordemos brevemente algunas caras del poliedro atómico. Detengámonos de entrada en un nefasto (y ya antiguo acuerdo) que no suele ser muy citado y que ha destacado oportunamente Helen Caldicott en “Ataque de los apólogos nucleares. Peligrosa equivocación sobre la radiación nuclear”.

En los primeros días de la energía e industria nucleares, hace ya más de medio siglo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó declaraciones expresas sobre los riesgos de las radiaciones. La siguiente advertencia lleva la fecha de 1956: “El patrimonio genético es la propiedad más preciosa de los seres humanos”. Determina la vida de “nuestra progenie, la salud y el desarrollo armonioso de futuras generaciones”. Como expertos y conocedores “afirmamos que la salud de futuras generaciones es amenazada por el aumento del desarrollo de la industria atómica y las fuentes de radiación”. Las nuevas mutaciones que ocurran en “los seres humanos son dañinas para ellos y para su descendencia”.

Empero, desde 1959, apenas tres años después, la OMS no ha vuelto a hacer comentarios sobre la radiactividad y la salud humana. ¿Qué pasó, qué ha pasado durante tantos años, qué sigue pasando en la actualidad? Hablaremos de ello con detalle en un apartado del tercer capítulo. Bastará ahora con un breve apunte. El 28 de mayo de 1959, en la 12ª Asamblea Mundial de la Salud, la OMS llegó a un acuerdo, pésimo desde el punto de vista de la salud humana y el equilibrio del medio ambiente, con la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), una resolución que afirma en uno de sus puntos:
Siempre que cualquiera de ambas organizaciones tenga el propósito de iniciar un programa o actividad relativo a una materia en que la otra organización esté o pueda estar fundamentalmente interesada, la primera consultará a la segunda a fin de resolver la cuestión de común acuerdo [las cursivas son nuestras].

La primera a la segunda, la OMS a la AIEA. De este modo, la OMS otorgaba a la Agencia atómica el derecho de aprobación previa a cualquier investigación que quisiera emprender. No era, no es cualquier cosa esta concesión.

La AIEA, nos advierte Caldicott, es una agencia que mucha gente, incluidos numerosos periodistas, bastantes científicos y muchos ciudadanos, piensa que es una institución protectora. Pero no lo es, en absoluto. Es, en realidad, una organización defensora, ni crítica ni independiente, de la industria nuclear. Sus estatutos señalan que “el organismo procurará acelerar y aumentar la contribución de la energía atómica a la paz, la salud y la prosperidad en el mundo entero.” Paz y salud son aquí, con la seguridad por nos otorga la experiencia de muchos años, términos publicitarios. Cabe pensar lo mismo de lo dicho sobre la prosperidad, a no ser que se entienda de forma desarrollista y destructora del medio.

Un segundo asunto en este dibujo general que estamos trazando: los errores humanos evitables, las apuestas irresponsables…

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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