No sé si es realmente una tendencia universal o atribuible sólo a cierto número y clase de individuos, pero lo cierto es que, a primera vista, parece que la mayoría preferimos la seguridad que brindan los entornos cuya estructura y funcionamiento no están sometidos periódicamente a revisión y modificación, sino que cabe calificar de definitivos. A contrario, se diría que la mayoría sentimos diversos grados de prevención ante lo provisional.
Sea esto dicho en un país, España, cuyo gobierno vive desde hace más de dos años en la más absoluta provisionalidad, sin una mayoría parlamentaria claramente cohesionada ni una línea política ideológicamente coherente. Si hubiéramos de referirnos a eso con una metáfora, nunca emplearíamos la imagen de un sólido tronco, sino la de una gavilla de espigas a las que sólo mantiene unidas el temor a perder las prebendas del poder en caso de ruptura interna, reforzado por el paralelo temor de un amplio (pero seguramente menguante) sector de la sociedad ante el posible advenimiento de una derecha cuyos años de hegemonía (de 1996 a 2004 y de 2011 a 2018) supusieron retrocesos en materia de política social y se vieron jalonados por sonoros casos de corrupción (materia ésta, sin embargo, en que las diferencias entre unos y otros se reducen notablemente).
Claro que la provisionalidad en España se remonta muy atrás en el tiempo. Empezando por la larga Guerra de Sucesión (1701-1715), con la que inauguramos el siglo XVIII, y siguiendo por las diversas regencias y cambios de régimen del siglo XIX, llegamos a las dos dictaduras, inicialmente consideradas provisionales, del siglo XX (la de Primo de Rivera y la de Franco, aunque esta segunda trató de perpetuar su régimen, sin conseguirlo). Siguieron los tres agitados años de la Transición (1975-1978), tras lo que pareció que la Constitución aprobada ese último año asentaba definitivamente un régimen político formalmente democrático según los cánones de la (socialmente muy imperfecta) «democracia liberal».
Pero hete aquí que los padres constitucionales, llevados de un excesivo celo descentralizador, con el que acaso creyeron compensar en el terreno de la política territorial las concesiones hechas a la herencia franquista en otros ámbitos, como la escasa, por no decir nula, renovación de instituciones como la judicatura, el ejército y la policía, decidieron dejar notablemente abierta la organización territorial del Estado a partir del artículo 2 y de todo el título octavo de la Constitución, facilitando una especie de emulación entre las Comunidades Autónomas con vistas a acaparar más y más competencias y tajadas cada vez mayores de la tarta presupuestaria. De manera que se puede decir que, de facto, nos regimos por una Constitución plagada de elementos provisionales que hacen del tiempo transcurrido desde 1978 una especie de período constituyente inacabado y sin plazos establecidos para su finalización.
Nada tiene, pues, de extraño que proliferen las propuestas, alentadas por el mismísimo presidente del Gobierno, de avanzar hacia la conversión de España en un Estado confederal, aunque torticeramente calificado de federal. Por la vía de los hechos, el artículo 149, que establece las competencias exclusivas de la Administración central del Estado, ha sido forzado, por no decir violado, mediante concesiones como las hechas a Cataluña en materia de controles fronterizos. Política que más de uno, abusando quizá de los juegos de palabras, podría, en alusión a las cesiones destinadas a complacer a ciertos personajes de la mayoría parlamentaria que apoya al Gobierno, calificar de «rufianesca».
Pero bueno, casi mueve a risa ver cómo nos preocupamos algunos por la inestabilidad de este país, cuando la inestabilidad mundial es de una profundidad abismal. Y no sólo ni principalmente por las aparentemente caprichosas decisiones del actual inquilino de la Casa Blanca (dicho entre paréntesis: bajo ese aparente caos reina una lógica aplastante, la de intentar revertir el proceso de decadencia económica y de pérdida de influencia política de los Estados Unidos de América; otra cosa es que sea o no acertada para el logro de esos fines). Las causas de la inestabilidad actual vienen de lejos. Y seguramente la principal es la siguiente: seguir aplicando modelos imperialistas a las relaciones internacionales cuando la hegemonía del imperio occidental (Japón incluido) se está desmoronando ante el auge de diversos centros de poder no occidentales, como (principalmente) China, la India y una Rusia renacida después de su casi destrucción por aquel inefable y beodo amigo de Bill Clinton llamado Borís Yeltsin.
Unas relaciones internacionales basadas en el reconocimiento práctico de esa realidad multipolar habrían evitado guerras como la terrible confrontación actual entre la OTAN y Rusia en Ucrania, que se ha cobrado ya no menos de dos millones de muertos entre ambos contendientes. Confrontación que ha tenido a su vez graves consecuencias económicas para muchos países, tanto implicados (como los europeos) como no implicados en el conflicto. Y ello sin olvidar las consecuencias negativas para el cumplimiento de los compromisos de lucha contra el cambio climático (como simple botón de muestra: se calcula que el metano, gas de efecto invernadero, liberado en la atmósfera a raíz de la voladura de los gasoductos Nord Stream, produjo efectos equivalentes al de las emisiones de 50 millones de automóviles circulando durante un mes).
Para hacer aún más honda la fosa que los belicistas europeos y norteamericanos vienen cavando, como mínimo desde 2014, la decisión tomada por los miembros de la OTAN de asignar enormes cantidades de dinero a la compra de armamentos (en detrimento, inevitablemente, de los fondos destinados a los servicios públicos y a las políticas sociales redistributivas) no hace sino convertir en profecía autocumplida la previsión de que hacia finales de esta década estaremos en guerra con Rusia. De modo que, hablando de provisionalidad, ¿qué más provisional que la existencia de unas poblaciones europeas expuestas al riesgo de una hecatombe nuclear?
Por supuesto, la vida humana, al ser limitada en el tiempo, no puede considerarse definitiva. En el fondo, pues, todo lo que hay en el mundo es provisional, empezando por nuestra especie. Pero sería bueno que pudiéramos librarnos definitivamente de unas élites codiciosas y fanáticas del poder que todo lo consideran provisional menos su dominio sobre el planeta. Y no estaría nada mal que Rusia, independientemente de lo simpáticos o antipáticos que nos caigan sus dirigentes, nos echara una manita en esa tarea…