“Puigdemont, un incidente menor” por Luis Caldeiro

Hay géneros artísticos que revelan el alma de un país. En Italia, por ejemplo, surgió la ópera, que es hija del sentido del drama y la teatralidad de sus habitantes. España, en cambio, ha dado al mundo la picaresca y el esperpento. El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define este último como “concepción literaria creada por Ramón María del Valle-Inclán hacia 1920, en la que se deforma la realidad acentuando sus rasgos grotescos”. Separados por cuatro siglos (el primero aparece en el XVI y el segundo en el XX), nada como ellos sintetiza y representa el espíritu español. Lo increíble es que un territorio que continuamente reivindica su diferencia (e incluso incompatibilidad) con España, acabe de dar una de las muestras más elevadas de un género tan profundamente hispánico como el Esperpento.

No voy a fatigarles con el detalle de unos hechos que, seguramente, ya conocen. Lo único que cabe preguntarse es: ¿De verdad es posible una concatenación tal de circunstancias como la que se produjo en la huida de Carles Puigdemont? Porque, pese a haber anunciado su retorno a España, nadie (ni el CNI ni la Policía Nacional ni la Guardia Civil) vigiló la frontera cuando entró. Y tampoco cuando salió del país, tras darse a la fuga. Los Mossos d’Esquadra no le detuvieron mientras se dirigía tranquilamente, por las calles de Barcelona, a dar un mitin desde un escenario que, por cierto, había sido instalado previamente con autorización del Ayuntamiento. ¿Y cómo se volatilizó a dos pasos de la institución más poderosa de Cataluña (el Parlament), en una zona infestada de Mossos y ante miles de testigos? El macro-operativo posterior (pomposamente bautizado como “Operación Jaula”) controló arterias principales de Barcelona, pero también se reveló impotente para arrestarle. Tanto, que en el colmo del esperpento, hasta los semáforos parecieron conspirar para facilitar la huida. Así lo relata el digital El Español: “(…) los agentes no lograron alcanzar el coche porque «cambió la fase de los semáforos» al llegar a la confluencia entre la vía de circunvalación, que rodea el parque de la Ciudadela, y la calle Ramon Trias Fargas. Es decir, cambió el color de los semáforos y el tráfico que comenzó a atravesar la calle impidió que los agentes pudieran seguir persiguiendo el vehículo en el que viajaba Puigdemont”.

¿Mala suerte? ¿Ineptitud? ¿Montaje? ¿Todo a la vez? Nunca lo sabremos. Lo peor es que llueve sobre mojado: la actitud de los Mossos recuerda demasiado a la que tuvieron ante los colegios electorales el 1 de octubre de 2017. O a la del Gobierno de Rajoy, cuando ese mismo año fue incapaz de detectar las urnas y las papeletas del referéndum o evitar la fuga del mismo personaje. Un país que vuelve a quedar (nuevamente) como una república bananera, al igual que cuando años más tarde el PSOE pactó la investidura del presidente de España precisamente con aquellos que habían puesto el país patas arriba en un intento de secesión de ella. Es decir, vivimos un dejà vu cíclico, cuyo efecto inmediato es que la ciudadanía, hastiada, ve ya natural la degradación continua de la vida pública, dominada por el todo vale.

Se podrá debatir si es justa o no la decisión del Tribunal Supremo de denegar la aplicación de la ley de Amnistía al ciudadano Carles Puigdemont. Pero lo que no es admisible es que existan dos clases de prófugos: los Premium, a los que se permite atravesar fronteras tranquilamente, dar discursos, fugarse gracias a un semáforo y regresar impunemente por la misma frontera; y los Pringaos (o sea, usted o yo), sobre quienes cae todo el peso de la ley si se nos ocurre inflingirla. Un episodio rocambolesco que ha tenido, como tantas veces en este país, el mismo epílogo: Autoridades que se acusan unas a otras y, por supuesto, ni una sola dimisión. En esto, una vez más, Cataluña demuestra ser muy, pero que muy española.

Pero tranquilos, que el ministro Bolaños ya ha rebajado el episodio a un “incidente menor”, porque aquí lo importante es que se abre una nueva etapa en Cataluña y que el “Procés” ha muerto, aunque haya fallecido por el extraño método de irle concediendo, paso a paso, todo aquello que ha ido pidiendo. Lo último, algo que siempre resultó impensable en este país: un Concierto Económico para una autonomía que representa nada menos que el 20% del PIB nacional. Si esto llega a implementarse (y el portavoz de ERC, Josep Maria Jové, ya ha avisado de que el “sí” de su partido a la investidura de Illa es un pacto “bajo estricta vigilancia de cumplimiento”) ya sólo quedará la última frontera, el último hito, el truco final.

¿Impensable? Se admiten apuestas.

https://www.cronica-politica.es/puigdemont-un-incidente-menor/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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