Al abandonar los principios ilustrados, racionalistas e igualitarios –que definieron a la izquierda clásica– ha perdido el rumbo y las pautas para la acción política. Quien no tiene claro qué quiere, no sabe hacia dónde ir.
A la izquierda costará mucho recuperarse de los desastres de su historia reciente, entre los cuales destaca la frivolidad intelectual. Al abandonar los principios ilustrados, racionalistas e igualitarios -que definieron a la izquierda clásica- ha perdido el rumbo y las pautas para la acción política. Quien no tiene claro qué quiere, no sabe hacia dónde ir, y fácilmente termina retrocediendo. Así ha sucedido con los entusiasmos nacionalistas y los aplausos a privilegios basados en la identidad de grupo: a un tris de reivindicar sociedades estamentales y derechos históricos. No es que la izquierda se haya olvidado de la Revolución francesa; es que parece reclamar los Estados Generales.
En este contexto, no resulta extraño que la derecha -siempre reacia al debate de ideas, cuando no entregada a refrendar los dislates de la izquierda- sucumba a la tentación del escarnio: ya en el empleo sardónico del sintagma socialdemócrata, ya en la descalificación de los esfuerzos por reorientar el desnorte, inmediatamente señalados como quiméricas ensoñaciones de una supuesta «verdadera izquierda». Sin que nadie replique, si cabe replicar a las declamaciones: una victoria lograda por incomparecencia del adversario. El resultado final es que, sin separar el trigo de la paja, se han desestimado no solo los errores, sino también las buenas razones de la izquierda. (Para entender parcialmente el crecimiento de la llamada «extrema derecha», debemos atender a esa circunstancia: durante años los ciudadanos hemos estado intimidados por la corrección política, por las malas razones con las que la izquierda defendía incluso las mejores causas; al quedar expuesta la fragilidad de esos argumentos, se abrió el camino para los peores instintos, y ante la desnudez del rey, la fiera se soltó).
En esos terrenos ya no hay lugar para los argumentos. De nada sirve recordar a los descalificadores de la socialdemocracia que una cosa son los principios y otra su institucionalización, y que dudar de esta no erosiona necesariamente aquellos, por la misma razón que el fracaso de los sistemas habituales de evaluación no desacredita la meritocracia, sino que obliga a revisar los procedimientos para reconocer el mérito. Y lo mismo ocurre ante las burlas a cuenta de la «verdadera izquierda»: es posible una crítica razonada desde la izquierda a la izquierda al mando, una crítica desde los principios que han articulado con mayor coherencia su historia. Si se descarta esa posibilidad, resultan ininteligibles las denuncias de la «deriva reaccionaria» o del «falso progresismo». Más sencillo aún, para que tenga sentido el lamento «este tomate no sabe a tomate», hacen falta dos ideas distintas de tomate, el que tengo delante y el «de toda la vida». Del mismo modo, para que resulte inteligible la afirmación «la izquierda ha abandonado las ideas de izquierdas», es necesario distinguir dos usos del término izquierda por la misma razón por la que existe una crítica feminista (de la igualdad) al último feminismo. Más en general, el uso vulgar de las palabras (las definiciones léxicas, recogidas en el diccionario) no invalida los conceptos precisos, las definiciones estipulativas, propias de la reflexión analítica. Ocurre también con términos como romanticismo, inflación, depresión.
En breve: hay lugar para reivindicar una tradición comprometida -desde Robespierre, aclaro para ignaros: repasen sus escritos- con los ideales y proyectos de libertad, igualdad, democracia y derechos sociales. Y para defenderlos con buenas razones. Sencillamente: el debate de ideas sigue estando justificado. Lo ilustraré con el debate más clásico: la contraposición liberal entre libertad e igualdad, que ha permitido retratar a la izquierda como ineludiblemente totalitaria.
El liberalismo, en su versión más austera y precisa, se define como una filosofía comprometida con la maximización de libertad, entendida la «libertad» como «ausencia de obstáculos»: A es libre para hacer X (viajar, opinar) si nada se lo impide. La libertad tendría prioridad -en eso consiste maximizar- sobre cualquier otro valor, sean la igualdad o la democracia. Los liberales, eso sí, defienden que, en el sentido anterior, todos disfrutamos de igual libertad. Es su compromiso con el ideal de ciudadanía. De ahí sus apelaciones a la «igualdad de oportunidades». Como argumentó Amartya Sen, premio Nobel de Economía, todas las modernas teorías políticas defienden la igualdad (aunque no coincidan en qué se debe igualar).
Ahora bien, que A no tenga impedimentos para X no garantiza que pueda obtener X. Lograrlo suele requerir recursos. Que nadie me prohíba viajar o tocar el piano no supone que pueda hacerlo. Para poder ejercer la libertad necesita disponer de medios. Dicho de otro modo: el rico y el pobre no serían, en rigor, igualmente libres. Los liberales atienden ese argumento (lo utilizan para defender la propiedad como garantía de libertad), y tienen su réplica: las instituciones no deben proveer medios, pues cualquier redistribución pública vulnera la libertad cuando interviene quitando recursos a los ricos o decidiendo paternalistamente qué conviene a los pobres. Promover la igualdad exigiría una merma de la libertad. No habría otra. Y, si hay que optar entre ambos valores, el liberalismo apostaría por la libertad. La maximización. Se compromete de forma absoluta con la libertad y, por tanto, cualquier otro principio queda subordinado a ella.
Todo muy convincente…hasta cierto punto. Y es que la tesis de la incompatibilidad descansa en una premisa engañosa. Asume que toda redistribución supone, necesariamente, una intromisión en la libertad de alguien. Pero incluso si aceptamos esa definición liberal de libertad, como «ausencia de interferencias», el dilema, mirado de cerca, se debilita. La razón es clara: el dinero altera la estructura de intromisiones. Quien carece de recursos enfrenta límites reales -interferencias efectivas- en sus actuaciones. Si no puedo pagar un bien, no puedo usarlo: mi libertad está restringida. En cambio, si te lo compro, tú ya no podrás disponer de él sin mi permiso. La propiedad, en este sentido, impone barreras a los demás. Ser propietario de un coche equivale, de hecho, a colocar barreras a los demás para disponer de él.
Así, una asignación de recursos es una redistribución de libertades, una modificación de prohibiciones. Cuando alguien recibe ingresos suficientes, desaparecen algunas de las restricciones que tenía. Aun en los estrechos términos de la definición liberal, redistribuir recursos es redistribuir libertad. Por supuesto, puede significar una reducción de libertad para algunos, pero no es una pérdida neta, sino una reasignación. El dilema, entonces, no es entre igualdad y libertad, sino entre distintas formas de repartir libertad. Y si realmente hay un compromiso con una igual libertad para todos, si la libertad no quiere mudarse en privilegio, se impone la redistribución. La ciudadanía.
Desde la perspectiva anterior, la supuesta prioridad de la libertad sobre la igualdad liberal, en realidad, equivale a negar la igual libertad de los ciudadanos. Es ahí donde la izquierda -que no reniega de su compromiso ilustrado- encuentra su (otra) razón de ser al defender -citando una vez más al más célebre de los panfletos-: «Una asociación en que el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos».
En los detalles, hay muchos más matices y líneas argumentales, pero no es mala estrategia comenzar mostrando la endeblez del compromiso liberal con la libertad. Y quede claro: no hay nostalgia en recordar los principios socialistas. Que no han caducado porque, a diferencia de las afirmaciones empíricas, las de la ciencia, los valores no pueden caducar, no pueden refutarse mediante investigaciones -por ejemplo- sobre la naturaleza humana, por solventes que parezcan (Sapolsky, Carruthers). Si acaso, se modifica el modo de materializarlos institucionalmente. Por ejemplo, la inteligencia artificial y los nuevos sistemas de procesar información ofrecen herramientas para abordar problemas clásicos de la planificación, tradicionalmente criticada por la dificultad de gestionar enormes volúmenes de datos, la imposibilidad de adaptación en tiempo real y la ausencia de mecanismos eficaces para captar y procesar las preferencias individuales.
Desde la perspectiva anterior se pueden denunciar los derroteros de la actual izquierda, así como los entusiasmos toscamente liberales de conversos que, sin la menor explicación, se burlan hoy del socialismo con la misma ligereza con la que un día lo abrazaron. En lucha constante no tanto con las ideas, sino con el tonto que fueron, lo rechazan con la misma inmadurez con la que antes lo adoptaron. Solo una cosa persiste: la frivolidad. Afortunadamente, hay otros caminos que, sin abandonar las clásicas ideas, permiten criticar a la izquierda sin nostalgia ni necesidad de refugiarse en soluciones conservadoras.
El Mundo (22.08.2025)