Respuesta a (la nueva crítica de) Pedro Carlos Gonzalez Cuevas
Sobre fe, esperancismo, utopías y asuntos muy afines (y II*)
Cojamos de nuevo el hilo.
No fue el filósofo húngaro -Lukács- el único que sostener semejante tesis, sostiene González Cuevas. Otros intelectuales y políticos comunistas –Antonio Gramsci, Palmiro Togliatti, Michael Löwy– han sostenido idénticas posiciones. Seguramente es así, con algún matiz. Alguien tan informado como Rafael Díaz Salazar señala, por ejemplo, que Löwy “es un ateo marxista de inspiración luxemburguista y troskista”. Hay diversidad, por tanto, en ese conjunto. No es la eterna y sabida repetición de lo mismo.
En cuanto a Sacristán [19], en la citada entrevista de 1979, vuelvo a referirme a ella, señala cosas del siguiente tenor:
Si hay que hacer analogías peligrosas, y es muy peligrosa la que lleva a decir que el marxismo es un sistema científico, es la ciencia, puestos a hacer analogías me parece mucho menos falsa la analogía según la cual el marxismo es una religión obrera [la cursiva es mía]
Le parecía mucho menos falso decir que el marxismo era una religión que decir que el marxismo era una ciencia “porque una religión tiene numerosos elementos de conocimiento científico”.
Una religión tiene que absorber la visión del mundo físico de su época; si no, no funciona. Entendiendo como religión, religión en sentido clásico, como culminación de una cultura, no lo que pueda llegar a ser religión en el futuro, cuando las culminaciones de la cultura no sean de tipo religioso.
Añadía Sacristán: podía concebir que la futura religión quede reducida a un simple postulado o dos del tipo: Jesús de Nazaret es Dios o Jesús de Nazaret ha redimido a la humanidad.
No me refería a por tanto a una religión en cualquier momento sino a lo que ha sido clásicamente un a religión, el piso más alto de una cultura. Entonces, en ese sentido, el marxismo ha sido y es mucho más una religión que una ciencia. Eso es obvio, es obvio para cualquiera que tenga dos ojos y quiera mirar. La aplastante mayoría de los militantes marxistas ha sido fiel a una religión. No han sido cultivadores fríos de unos teoremas. En absoluto. Es el vicio de los intelectuales, ignorar un hecho tan evidente.
La religión marxista-comunista, por supuesto, tenía sus peculiaridades.
Es un religión muy científica que intenta tener una base de interpretación del mundo en vez de tener una base solo de salvación personal. Ni siquiera la tiene de salvación personal, sino más bien de salvación colectiva.
El marxismo, para Sacristán, lo señalaba a continuación, era un intento de vertebrar racionalmente, con la mayor posible de conocimientos y análisis científico, un movimiento de emancipación, de liberación social.
El último paso del profesor González Cuevas transcurre por el mismo sendero del bosque. Bajo sus posiciones pretendidamente científicas, positivas o empíricas, señala, “late en la obra de Sacristán una profunda fe en la utopía, basada en una especie de hipermoral”. Todo lo cual, prosigue, “concluía, como hubiese dicho Michael Oaskeshott, en una política de fe, cuyo objetivo último sería el logro de la perfección social, frente a una política de escepticismo, basada en el equilibrio de poderes y en la autonomía de la sociedad civil”. No estaba en las coordenadas de Sacristán pensar en una perfección social (aunque, ciertamente, como ocurrió con tantos otros pensadores y activistas, el asunto del “hombre nuevo” no estuvo ausente en sus reflexiones en algunos momentos) pero sí que late en una obra una vindicación de la utopía en el buen sentido de la palabra y de la vindicación. Tiene razón González Cuevas… si bien donde él ve un peligro, yo veo un presupuesto necesario. Una de sus amigos y discípulos, Francisco Fernández Buey, lo explicó muy bien en uno de sus grandes libros: Utopías e ilusiones naturales [20]. Por lo demás, quien esté libre de utopismo (más o menos consciente) que tire la primera piedra; no habrá pedrea. Todos, en mayor o menor medida, con una u otra orientación poliética, alimentamos y somos alimentados por utopías racionales, por aspiraciones a modelos sociales más libres, más humanos, más justos, más igualitarios, más solidarios, más fraternales. Ser utópico nunca significó en el caso de Sacristán ser alocado, quimérico u olvidadizo respecto a las condiciones de posibilidad de las empresas y aspiraciones humanas. El marxismo nunca fue para él una ciencia; fue, esencialmente, una tradición de política y pensamiento socialista amiga de la ciencia crítica y no servil.
La política de fe, en los países comunistas, concluye Gonzalez Cuevas, “condujo al quebrantamiento de los principios éticos más elementales de la vida en sociedad y, además, en muchos casos con la conciencia tranquila”. A partir de ahí, prosigue el profesor de la UNED, es muy fácil, como hace Almudena Grandes, negar que el PCE fuese un movimiento totalitario (lo niega Grandes y lo niegan muchísimos historiadores españoles o no españoles; yo también), “a López Arnal negar el genocidio eclesiástico durante la guerra civil” (que sigo negando porque no hubo tal genocidio, aunque no niegue desmandes irresponsables… en absoluto comparables al “holocausto español” causado por el golpe fascista del 36), “a Losurdo hacer una apología de Stalin; a Zizek exaltar a Lenin, Robespierre o Saint-Just; Badiou glorificar a Mao Tse Tung; a Fernández Buey, hacer lo mismo con Savonarola o el Che Guevara. Y es que, para el revolucionario, los conservadores no son más que una materia inerte, gente inmoral y obcecada, a la que, llegado el caso, como ha dicho Peter Sloterdijk, se puede masacrar”. Dudo que Sloterdijk haya dicho una barbaridad así, pero, si es el caso, nadie está libre de decir burradas. Sin caer en falsas (y fáciles) descalificaciones ideológicas, para los revolucionarios, Fernández Buey y Sacristán lo fueron, los conservadores están lejos de ser una materia inerte, gente inmoral y obcecada. Entre otras razones, porque, como ellos señalaron en alguna ocasión con punta de ironía, también ellos fueron conservadores, conservadores de todo aquello que sea digno de conservar. ¿Quién no lo es aunque tengamos desacuerdos en lo que conviene conservar? Además, Sacristán y Fernández Buey, como muchos de nosotros, tuvieron amigos conservadores (puedo dar nombres) y está muy lejos de su filosofía de la praxis esa reducción de seres humanos a materia inerte y gente inmoral. No fueron Sacristán y Fernández Buey tan estúpidos y, mucho menos, tan inhumanos. Imposible pensar en esos términos
No otra cosa, concluye el profesor de la UNED, “persigue el concepto marxista de “clase social”. Tal es el problema que suscita la izquierda radical o “looney left”, cuya “fe” apenas ha sido conmovida, a lo que se ve, por el desastre de los sistemas de socialismo real. Todo lo demás es retórica”. El concepto marxista de clase social es complejo (a veces confuso, a veces impreciso) pero no veo que persiga eso que según González Cuevas persigue. Pero, en todo caso, no sé a qué refiere exactamente “todo lo demás” y dudo que pueda afirmarse que ese “todo lo demás”, sea cual sea ese todo, sea retórica.
En todo caso, y sin retórica, esa izquierda radical a la que alude González Cuevas sí que estuvo profundamente afectada en su ideario por lo sucedido en los países del mal llamado socialismo real. Esta carta, por ejemplo, está firmada por Manuel Sacristán y está escrita en 1968 (¡hace más de 50 años!), cuatro días después de la invasión de Praga por las Tropas del Pacto de Varsovia [21]:
Tal vez porque yo, a diferencia de lo que dices de ti [Xavier Folch], no esperaba los acontecimientos, la palabra “indignación” me dice poco. El asunto me parece lo más grave ocurrido en muchos años, tanto por su significación hacia el futuro cuanto por la que tiene respecto de cosas pasadas. Por lo que hace al futuro, me parece síntoma de incapacidad de aprender. Por lo que hace al pasado, me parece confirmación de las peores hipótesis acerca de esa gentuza, confirmación de las hipótesis que siempre me resistí a considerar. La cosa, en suma, me parece final de acto, si no ya final de tragedia. Hasta el jueves.
¿No hay conmoción en esta carta? ¿No hay conciencia de lo que significó aquel atropello que no fue el único desde luego? ¿No hubo a partir de ahí un intento de renovación, revisión y corrección del ideario comunista y de sus prácticas?
Y no fue, por supuesto, la única vez. Más allá allá de los antecedentes que se ponen de manifiesto en esa conversación con Guiu y Munné (citada ya en exceso), en la presentación de los textos traducidos por su amigo Alberto Méndez, el autor de Los girasoles ciegos, y por él mismo con el título La vía checoslovaca al socialismo, señalaba Sacristán que la experiencia comunista reformadora del PCCh dirigida por Dubcek podía ser vista como la primera autocrítica profundamente leninista de la experiencia del ya entonces autodenominado “socialismo real” [22]:
La teoría leninista no implicaba, desde luego, que el proletariado tuviera que delegar en el partido el ejercicio de la dictadura de clase [23]. Pero la práctica de los leninistas -y muy frecuentemente también la sototeoría ideológica destinada a justificarla- realizó esa implicación. Por todo ello este elemento de la regeneración checoslovaca que parece deprimir a observadores lejanos mal informados y entusiasma, en cambio, a los socialistas de Checoslovaquia, esta veracidad del PCCh que redunda en consideraciones de alcance teórico, merece ser entendida como la primera autocrítica general y auténtica, no retórica, del leninismo.
Esa autocrítica era, de hecho, profundamente leninista. Por su tema y por su sentido enlazaba con las preocupaciones de Lenin en sus últimos meses de vida [24].
Transitando por sendero muy afín, en su entrevista con Cuadernos para el Diálogo sobre la primavera de Praga y la invasión militar de agosto de 1968 publicada un año después de aquel inadmisible y antidemocrático atropello [25], el lector de Dubcek denunciaba las falsedades de la época, las contradicciones escamoteadas entre los discursos ideológico-políticos y las realidades económico-sociales:
La persistente falsedad material (político-social) -hubo insensato que anunció el comunismo para el día siguiente, cuando aquel día mismo no tenía pan para todos-, y no la presencia de un sector privado muy inferior al polaco, al cubano o al chino, fue una causa destacada de la degradación de la consciencia socialista en Checoslovaquia, cuya población, por cierto, era la única mayoritariamente socialista y filosoviética en Centroeuropea.
Lo mismo había ocurrido en los países que la invadieron, y lo mismo ocurriría, pronosticaba el entonces miembro del comité central del PCE, en los países socialistas más jóvenes si proseguían indefinidamente por la vía idealista del entusiasmo en materia de producción y consumo.
Ante esa experiencia, uno puede asustarse y “huir hacia adelante”, buscar consuelo en la ceguera ideológica o creer que la degradación de la consciencia socialista se arregle a golpe de sermones y de policía, diciendo a la gente que sea espiritualmente comunitaria y repitiéndose que las causas de todo están en las “supervivencias del pasado”, que inauguraban ritualmente los procesos moscovitas del 38. Pero la causa de todo no es sólo la supervivencia del pasado, sino también (y en el caso checoslovaco principalmente) la falsedad de hoy [el énfasis es mío].
“Falsedad”, naturalmente, no era en este contexto un concepto estrictamente semántico. Apuntaba en otras direcciones:
Contradicción disimulada o escamoteada -con inevitable ayuda de la policía- entre la sobreestructura político-moral y la base, lo cual hace de esa sobreestructura una mera ideología e impide superar la contradicción salvo por choque, como ocurrió -muy suavemente, por cierto- en el mismísimo país de Schweick.
Hay más. Diez años después, en 1978, en una entrevista con las juventudes comunistas sobre la situación política de Checoslovaquia [26], señalaba el partidario de la Primavera de Praga:
En cuanto a los rasgos característicos de la revolución política checoslovaca de 1968, los dos principales son en mi opinión la devolución de la libertad política a la gente y la recuperación de la veracidad por el PC; lo que le permitió una autocrítica auténtica del régimen burocrático, así como plantear sinceramente la situación de la teoría política socialista a la vista de las luces y las sombras de la experiencia empezada en 1917 en Rusia. Por ejemplo, el PCCH no vaciló en reconocer que en el sistema burocrático “los instrumentos de la lucha de clases se dirigen contra los trabajadores” en ocasiones (Programa de Acción del PCCH). Y, como ejemplo de lo segundo, se puede leer un paso del informe de Dubcek al pleno de abril en el que, después de atribuir al partido el acierto de haber dado “vía libre a este proceso y haberse puesto a la cabeza del mismo”, reconoce que “la dirección del partido no tenía ni podía tener un plan preciso y concreto acerca del modo de proceder”.
La inevitable falta de una perspectiva sólida y plausible obligaba a intentar resolver los problemas experimentalmente, “en el gran laboratorio social de todo un pueblo”. Con riesgos, sin seguridades:
No hará falta subrayar los riesgos de una situación así. Sin embargo, tampoco se puede pasar por alto lo que se ganaba con ella: el final del optimismo hipócrita propio de la propaganda de todo poder despótico (…) Existía sin duda el riesgo de ofensiva burguesa, con sus cabezas de puente en el seno de los mismo órganos dirigentes del Estado y del partido. Pero no disimular esa posibilidad, sino resistir a ella y vencerla, era la condición obligada para pasar del autoritarismo burocrático a un régimen de transición socialista [las cursivas son mías].
Había que recordar, en todo caso, que los comunistas checoslovacos habían previsto casi medio año antes de la invasión “cuál iba a ser el pretexto de la acción militar contra ellos, si es que llegaban a emprenderla sus enemigos”.
No creo que pueda haber dudas sobre las dimensiones de la crítica y autocrítica ni sobre la pulsión poliética que subyace a estas consideraciones. Entre otras cosas, el comunismo ecologista de Sacristán, y su atención y praxis en los movimientos sociales alternativos, en el movimiento antinuclear y en el movimiento antimilitarista por ejemplo, surgen de todo este conjunto de reflexiones. No creo que quepa hablar de irreflexión o de ceguera político-analítica. De ningún modo.
Recuerdo para finalizar que el origen de este intercambio se ubicaba en el asunto de Gil de Biedma, en su petición de militancia en el PSUC, en la respuesta negativa de la organización y en la marcada homofobia de Sacristán. Nada de eso ha sido defendido con buenos e informados argumentos. No hay nada que justifique la acusación del profesor González Cuevas.
Notas
19) Cito de nuevo la conferencia que le realizaron en 1977 Antoni Munné y Jordi Guiu: op cit., pp. 107-109.
20) Francisco Fernández Buey, Utopías e ilusiones naturales, Vilassar de Mar, El Viejo Topo, 2007. La hermosa edición es obra de su esposa y compañera, Neus Porta.
21) Una coincidencia políticamente significativa. Ese mismo, 24 de agosto de 1968, Lukács escribía a György Aczél, el que fuera vicepresidente del gobierno húngaro desde 1974 a 1982 y miembro del buró político del Partido Obrero Socialista Húngaro, expresándose en los siguientes términos.
Estimado camarada Aczél:
Considero mi deber comunista informarle que no puedo estar de acuerdo con la solución de la cuestión checa y dentro de esta con la posición del MXZMP [Comité Central del Partido húngaro]. Como consecuencia de esto debo retirarme de mi participación en la vida pública húngara de los últimos tiempos.
Espero que el desarrollo húngaro no conduzca a una situación tal que el estatuto de la organización marxista húngara nuevamente me obligue a la reclusión intelectual de las últimas décadas.
Ruego informar sobre el contenido de esta carta al camarada Kádár.
Con saludos comunistas, György Lukács
22) Publicados en Ediciones Ariel en 1968. Su presentación está recogida ahora en el tercer volumen de PyM: Intervenciones políticas, ed cit., pp. 78-97. Véanse también S. López Arnal, La destrucción de una esperanza. Manuel Sacristán y la Primavera de Praga, Madrid, Akal, 2010 (prólogo de Santiago Alba Rico) y Luis Zaragoza, Las flores y los tanques. Un regreso a la Primavera de Praga, Madrid, Cátedra, 2018.
23) Sobre el concepto de dictadura de clase, véase Carlos Abel Suárez, “125 aniversario de la muerte de Marx. Entrevista a Antoni Domènech”. http://www.sinpermiso.info/textos/125-aniversario-de-la-muerte-de-marx-entrevista
24) Véase Moshe Lewin, El último combate de Lenin, Barcelona, Editorial Lumen, 1970.
25) Recogida igualmente en el tercer libro de sus “Panfletos y Materiales”, ob. cit., pp. 239-260.
26) M. Sacristán, Intervenciones políticas, ed cit., pp. 275-280.
(*) Para la primera parte: Respuesta a (la nueva crítica de) Pedro Carlos Gonzalez CuevasSobre fe, “esperancismo”, utopías y asuntos muy afines (I) http://www.rebelion.org/docs/258063.pdf