Si pensaban que las capitales occidentales estaban finalmente perdiendo la paciencia con la ingeniería de Israel para provocar una hambruna en Gaza tras casi dos años de genocidio, es posible que se decepcionen. Como siempre, los acontecimientos han seguido su curso, aunque el hambre extrema y la desnutrición de los dos millones de habitantes de Gaza no hayan remitido. Los líderes occidentales expresan ahora su «indignación», como lo llaman los medios de comunicación, por el plan del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, de «tomar el control total» de Gaza y «ocuparla». En algún momento, en el futuro, Israel parece estar dispuesto a entregar el enclave a fuerzas externas ajenas al pueblo palestino. El gabinete israelí acordó el viernes pasado el primer paso: la toma de la ciudad de Gaza, donde cientos de miles de palestinos se apiñan entre las ruinas, muriendo de hambre. La ciudad será rodeada, sistemáticamente despoblada y destruida, y los supervivientes serán presumiblemente conducidos hacia el sur, a una «ciudad humanitaria» —el nuevo término de Israel para referirse a un campo de concentración— donde serán encerrados, a la espera de la muerte o la expulsión. El fin de semana, los ministros de Asuntos Exteriores del Reino Unido, Alemania, Italia, Australia y otras naciones occidentales emitieron una declaración conjunta en la que condenaban la medida y advertían de que «agravaría la catastrófica situación humanitaria, pondría en peligro la vida de los rehenes y aumentaría el riesgo de desplazamiento masivo de civiles». Alemania, el más ferviente apoyo de Israel en Europa y su segundo mayor proveedor de armas, está aparentemente tan consternada que ha prometido «suspender» —es decir, retrasar— los envíos de armas que han ayudado a Israel a asesinar y mutilar a cientos de miles de palestinos en los últimos 22 meses. No es probable que Netanyahu se sienta demasiado perturbado. Sin duda, Washington intervendrá y tomará el relevo de su principal Estado-cliente en el rico en petróleo Oriente Medio. Mientras tanto, Netanyahu ha desviado una vez más la atención, demasiado tardía, de Occidente sobre la prueba indiscutible de las continuas acciones genocidas de Israel —evidenciadas por los niños esqueléticos de Gaza— hacia una historia completamente diferente. Ahora, las portadas de los periódicos se centran en la estrategia del primer ministro israelí de lanzar otra «operación terrestre», la oposición que está recibiendo por parte de sus mandos militares, las implicaciones que esto tendrá para los israelíes que siguen cautivos en el enclave, si el ejército israelí está ahora sobrecargado y si Hamás puede ser «derrotado» y el enclave «desmilitarizado». Volvemos una vez más a los análisis logísticos del genocidio, análisis cuyas premisas ignoran el genocidio en sí. ¿No podría ser eso parte integral de la estrategia de Netanyahu? Vida y muerte Debería resultar impactante que Alemania se haya visto abocada a detener sus envíos de armamento a Israel —suponiendo que lo lleve a cabo— no por los meses de imágenes de niños de Gaza en los huesos que se hacen eco de las de Auschwitz, sino sólo porque Israel ha declarado que quiere «tomar el control» de Gaza. Cabe señalar, por supuesto, que Israel nunca ha dejado de controlar Gaza y el resto de los territorios palestinos, en contravención de los fundamentos del derecho internacional, tal y como dictaminó el Tribunal Internacional de Justicia el año pasado. Israel ha tenido un control absoluto sobre la vida y la muerte de la población de Gaza cada día desde que ocupó el pequeño enclave costero hace muchas décadas. Pero el 7 de octubre de 2023, miles de combatientes palestinos escaparon brevemente del campo de prisioneros sitiado que ellos y sus familias llevaban soportando después de que Israel bajara momentáneamente la guardia. Gaza ha sido durante mucho tiempo una prisión que el ejército israelí controlaba ilegalmente por tierra, mar y aire, determinando quién podía entrar y salir. Mantuvo la economía de Gaza estrangulada y sometió a la población del enclave a una «dieta» que provocó un aumento vertiginoso de la desnutrición entre los niños mucho antes de la actual campaña de hambre. Atrapados tras una valla altamente militarizada desde principios de la década de 1990, sin poder acceder a sus propias aguas costeras y con drones israelíes vigilándolos constantemente y lanzando muerte desde el aire, los habitantes de Gaza lo consideraban más bien un campo de concentración modernizado. Pero Alemania y el resto de Occidente no tenían ningún problema en apoyar todo eso. Han seguido vendiendo armas a Israel, proporcionándole un estatus comercial especial y ofreciéndole cobertura diplomática. Solo cuando Israel lleva su agenda colonialista a su conclusión lógica de sustituir al pueblo palestino nativo por judíos, parece llegado el momento de que Occidente dé rienda suelta a su «indignación» retórica. El engaño de los dos Estados ¿Por qué este rechazo ahora? En parte, se debe a que Netanyahu está tirando por tierra el pretexto que durante décadas han utilizado para apoyar la criminalidad cada vez mayor de Israel: la mítica solución de dos Estados. Israel conspiró en ese engaño con la firma de los Acuerdos de Oslo a mediados de la década de 1990. El objetivo nunca fue la realización de una solución de dos Estados. Más bien, Oslo creó un «horizonte diplomático» para las «cuestiones del estatuto definitivo» que, al igual que el horizonte físico, siempre permaneció igualmente distante, por mucho movimiento aparente que hubiera sobre el terreno. Lisa Nandy, secretaria de Cultura del Reino Unido, difundió precisamente este mismo engaño la semana pasada cuando alabó las virtudes de la solución de dos Estados. Declaró a Sky News: «Nuestro mensaje al pueblo palestino es muy, muy claro: hay esperanza en el horizonte». Todos los palestinos entendieron su verdadero mensaje, que podría parafrasearse así: «Os hemos mentido durante décadas sobre un Estado palestino y hemos permitido que se produjera un genocidio ante los ojos del mundo durante los últimos dos años. Pero, oye, confiad en nosotros esta vez. Estamos de vuestro lado». En realidad, la promesa de un Estado palestino siempre fue considerada por Occidente como poco más que una amenaza dirigida a los líderes palestinos. Los funcionarios palestinos deben ser más obedientes, más calladitos. Y lo primero que tenían que demostrar era su voluntad de vigilar la ocupación israelí en nombre de Israel reprimiendo a su propio pueblo. Hamas, por supuesto, suspendió esa prueba en Gaza. Pero Mahmud Abbas, jefe de la Autoridad Palestina (AP) en la Cisjordania ocupada, hizo cuanto fue posible para tranquilizar a sus examinadores, calificando de «sagrada» la supuesta «cooperación» de sus fuerzas de seguridad, ligeramente armadas, con Israel. En realidad, están allí para hacer el trabajo sucio. No obstante, a pesar del buen comportamiento infinito de la AP, Israel ha seguido expulsando a los palestinos normales y corrientes de sus tierras, para luego robar esas tierras —que se suponía que formarían la base de un Estado palestino— y entregarlas a colonos judíos extremistas respaldados por el ejército israelí. El expresidente estadounidense Barack Obama intentó brevemente y sin convicción detener lo que Occidente denomina erróneamente «expansión de los asentamientos» judíos —en realidad, la limpieza étnica de los palestinos—, pero se rindió ante la primera muestra de intransigencia de Netanyahu. Israel ha intensificado el proceso de limpieza étnica en la Cisjordania ocupada de forma aún más agresiva en los últimos dos años, mientras la atención mundial se centraba en Gaza, y el periódico israelí Haaretz advertía esta semana de que se había dado «carta blanca» a los colonos. El fin de semana se puso de manifiesto la impunidad de la que gozan los colonos en su campaña de violencia para despoblar las comunidades palestinas, cuando B’Tselem publicó las imágenes de un activista palestino, Awdah Hathalin, que sin darse cuenta grabó su propio asesinato. El colono extremista Yinon Levi fue puesto en libertad por legítima defensa, a pesar de que el vídeo muestra cómo apunta y dispara a Hathalin desde lejos. Se acabó la coartada Es notable que, tras haber dejado de hacer referencia a la creación de un Estado palestino durante muchos años, los líderes occidentales hayan reavivado su interés precisamente ahora, cuando Israel está haciendo inviable la solución de dos Estados. Esto quedó gráficamente ilustrado en las imágenes difundidas este mes por ITV. Filmadas desde un avión de ayuda humanitaria, mostraban la destrucción total de Gaza: sus casas, escuelas, hospitales, universidades, panaderías, tiendas, mezquitas e iglesias han desaparecido. Gaza está en ruinas. Su reconstrucción llevará décadas. La Jerusalén Oriental ocupada y sus lugares sagrados fueron confiscados y judaizados hace mucho tiempo por Israel, con el consentimiento de Occidente. De repente, las capitales occidentales se están dando cuenta de que los últimos restos del Estado palestino propuesto están también a punto de ser engullidos por Israel. Alemania advirtió recientemente a Israel que no debe dar «ningún paso más hacia la anexión de Cisjordania». El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sigue su propio camino. Pero este es el momento en que otras grandes potencias occidentales, encabezadas por Francia, Gran Bretaña y Canadá, han comenzado a amenazar con reconocer un Estado palestino, incluso cuando la posibilidad de tal Estado ha sido aniquilada por Israel. Australia anunció que se uniría a ellos esta semana después de que su ministro de Asuntos Exteriores, unos días antes, dijera en voz alta lo que todos pensaban, advirtiendo: «Existe el riesgo de que no quede ninguna Palestina que reconocer si la comunidad internacional no toma medidas para crear esa vía hacia una solución de dos Estados». Eso es algo que no se atreven a tolerar, porque con ello desaparecería su coartada para apoyar durante todos estos años al Estado apartheid de Israel, ahora inmerso en las últimas fases de un genocidio en Gaza. Por todo ello, el primer ministro británico, Keir Starmer cambió a la desesperada de estrategia recientemente. En lugar de utilizar el reconocimiento del Estado palestino como un incentivo para que los palestinos fueran más obedientes —la política británica durante décadas—, lo utilizó como una amenaza, en gran medida vacía, contra Israel. Reconocería un Estado palestino si Israel se negaba a aceptar un alto el fuego en Gaza y procedía a la anexión de Cisjordania. En otras palabras, Starmer respaldó el reconocimiento de un Estado palestino, después de que Israel haya procedido a su completa desaparición. Obtener concesiones Sin embargo, la amenaza de reconocimiento por parte de Francia y Gran Bretaña no es simplemente demasiado tardía. Sirve para otros dos propósitos. En primer lugar, proporciona una nueva coartada para la inacción. Hay muchas formas mucho más eficaces para que Occidente detenga el genocidio de Israel. Las capitales occidentales podrían embargar la venta de armas, dejar de compartir información de inteligencia, imponer sanciones económicas, romper relaciones con las instituciones israelíes, expulsar a los embajadores israelíes y rebajar el nivel de las relaciones diplomáticas. Están optando por no hacer nada de eso. Y, en segundo lugar, el reconocimiento está diseñado para obtener de los palestinos «concesiones» que los harán aún más vulnerables a la violencia israelí. Según el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Noel Barrot: «Reconocer hoy un Estado de Palestina significa apoyar a los palestinos que han optado por la no violencia, que han renunciado al terrorismo y que están dispuestos a reconocer a Israel». En otras palabras, desde el punto de vista occidental, los «palestinos buenos» son aquellos que reconocen y se someten al Estado que comete genocidio contra ellos. Los líderes occidentales llevan mucho tiempo imaginando un Estado palestino sólo con la condición de que esté desmilitarizado. El reconocimiento esta vez se basa en que Hamás acepte desarmarse y abandonar Gaza, dejando a Abbas a cargo del enclave y, presumiblemente, de continuar la «sagrada» misión de «cooperar» con un ejército israelí genocida. Como parte del precio del reconocimiento, los 22 miembros de la Liga Árabe condenaron públicamente a Hamás y exigieron su expulsión de Gaza. La bota sobre el cuello de Gaza ¿Cómo encaja todo esto con la «ofensiva terrestre» de Netanyahu? Israel no está «tomando el control» de Gaza, como él afirma. Su bota lleva décadas sobre el cuello del enclave. Mientras las capitales occidentales contemplan una solución de dos Estados, Israel está preparando una campaña final de limpieza étnica masiva en Gaza. El Gobierno de Starmer, por ejemplo, sabía que esto iba a suceder. Los datos de vuelo muestran que el Reino Unido ha estado realizando constantemente misiones de vigilancia sobre Gaza en nombre de Israel desde la base de la Royal Air Force en Akrotiri, Chipre. Downing Street ha estado siguiendo paso a paso la desaparición del enclave. El plan de Netanyahu es rodear, sitiar y bombardear las últimas zonas pobladas que quedan en el norte y el centro de Gaza, y conducir a los palestinos hacia un gigantesco corral —mal llamado «ciudad humanitaria»— junto a la corta frontera del enclave con Egipto. Probablemente, Israel empleará entonces a los mismos contratistas que ha estado utilizando en otras partes de Gaza para ir calle por calle demoliendo o volando cualquier edificio que haya sobrevivido. La siguiente etapa, dada la trayectoria de los últimos dos años, no es difícil de predecir. Encerrados en su distópica «ciudad humanitaria», los habitantes de Gaza seguirán pasando hambre y siendo bombardeados cada vez que Israel afirme haber identificado a un combatiente de Hamás entre ellos, hasta que se pueda persuadir a Egipto u otros Estados árabes para que los acojan, como nuevo gesto «humanitario». Entonces, la única cuestión por resolver será qué hacer con los bienes inmuebles: construir alguna versión del reluciente proyecto «Riviera» de Trump, o construir otro mosaico de asentamientos judíos de mal gusto, como los que imaginan los aliados abiertamente fascistas de Netanyahu, Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir. Existe un modelo bien establecido al que se puede recurrir, el que se utilizó en 1948 durante la violenta creación de Israel. Los palestinos fueron expulsados de sus ciudades y pueblos, en lo que entonces se llamaba Palestina, a través de las fronteras hacia los Estados vecinos. El nuevo Estado de Israel, respaldado por las potencias occidentales, se dedicó entonces a destruir metódicamente todas las casas de esos cientos de pueblos. En los años siguientes se transformaron en bosques o en comunidades judías exclusivas, a menudo dedicadas a la agricultura, para imposibilitar el regreso de los palestinos y sofocar cualquier recuerdo de los crímenes de Israel. Generaciones de políticos, intelectuales y figuras culturales occidentales han celebrado todo esto. El ex primer ministro británico Boris Johnson y el expresidente austriaco Heinz Fischer se encuentran entre quienes viajaron a Israel en su juventud para trabajar en estas comunidades agrícolas. La mayoría regresó como emisarios de un Estado judío construido sobre las ruinas de la patria palestina. Una Gaza desierta puede ser remodelada de manera similar. Pero es mucho más difícil imaginar que esta vez el mundo pueda olvidar o perdonar los crímenes cometidos por Israel, o por quienes los hicieron posibles. Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net Texto en inglés: Blog del autor, traducido por Sinfo Fernández. Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2025/08/14/occidente-entra-en-panico-el-plan-de-israel-para-el-control-total-de-gaza-anuncia-una-nueva-nakba/

A la memoria de José Martos

Asombra que asombre. Hay una rara y singularísima unanimidad, se trata un pésimo acuerdo entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Algunos, heroicos ellos, hablan de rendición, de humillación, de traición. Hasta José Borrell lo critica ásperamente; se demuestra, una vez más, que no hay mejor remedio para recobrar lucidez que dejar el gobierno y un cargo tan gratificante como el de Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y de Seguridad. Por cierto, siempre me pareció significativo que la diplomacia de la UE llevara incorporada la seguridad y la defensa, eso que antes se llamaba ministerio de la guerra. Borrell, se puede decir sin exageración, lo ejerció con coherencia hasta el final: una diplomacia para la militarización y la guerra.

Lo que más me impresiona es la desazón, la decepción, las lágrimas de aquellos que han defendido, contra toda evidencia, la irreversible marcha de esta Unión Europea hacia un Estado Federal capaz de convertirse en un sujeto geopolítico determinante; sí, determinante, en un mundo que cambia radicalmente. Más Europa y menos Estados nacionales fue su consigna favorita. La última formulación resulta ahora enternecedora: autonomía estratégica europea. Ni más ni menos. La foto de Úrsula von der Layen con el emperador Donald Trump lo explica todo o casi. Se ha dicho en primera página con dolor: ¡Trump desnuda a Europa! Así es. ¿Qué aparece tras los oropeles de la propaganda y el autobombo? Una Europa Fortaleza en proceso de militarización, que acentúa trágicamente su dependencia de unos EEUU en crisis, actora secundaria en una guerra por delegación (Ucrania mediante) de la OTAN contra Rusia. Una Europa cada vez más dividida entre una vieja derecha extrema y una extrema derecha empeñada en demostrar que ellos son los verdaderos interlocutores del “amo y custodio” del vínculo atlántico, defensor intransigente del Occidente verdadero. En muchos países de la Unión, la contienda electoral se dirime cada vez más entre estas dos versiones de las derechas, férreamente comprometidas con un liberalismo conservador y autoritario. A su izquierda no va quedando demasiado; hay excepciones, pero la tendencia general es la desintegración de la vieja socialdemocracia y la progresiva desaparición de la izquierda alternativa en sus varias versiones.

Esta es la Unión Europea real que rinde pleitesía a Donald Trump y que, en muchos sentidos, la explica.

La pregunta hay que hacerla: ¿cómo entender una capitulación tan denigrante? La cuestión tiene diversas aristas y exige algunas consideraciones previas. La primera, EEUU tiene un sistema de alianzas organizado por círculos concéntricos. En su centro, el Reino Unido y Australia; en un segundo nivel aparecen sus protectorados político-militares, a saber, Alemania, Japón y Corea del Sur; en un tercer nivel, Italia. Parece insólito, pero nunca se tiene en cuenta que estos países fueron potencias derrotadas, vencidas, ocupadas y nuclearizadas; dicho con más claridad, son países con una soberanía restringida, limitada. Sus sistemas políticos y sus clases dirigentes fueron moldeadas, reconstruidas y organizadas por los EEUU y son parte fundamental de su sistema de dominio y control global. En segundo lugar, lo que EEUU ha ofrecido siempre es protección a los grupos económicamente dominantes frente al enemigo externo (la URSS) y el enemigo interno (la izquierda socialista y comunista). La hegemonía norteamericana se forjó en Europa combinando sabiamente (lo diremos en los términos de su academia) poder duro (OTAN e intervención permanente en los Estados singularmente considerados), poder blando (cooptación sistemática de las élites económicas, políticas y culturales; apoyo a las fuerzas políticas afines y promoción del modo de vida americano, desde su casi ilimitado control de los aparatos ideológicos y los medios de comunicación), poder estructural, es decir, su capacidad para fijar las reglas globales del sistema internacional y controlar las grandes instituciones, sobre todo las económicas (FMI, BM, OMC). Claro está, la “Guerra Fría” en los países de la periferia de la economía- mundo capitalista, en las colonias, fue caliente casi siempre y los dispositivos de poder fueron menos sofisticados, más directos, más brutales. Vincent Bevis lo explica bien en su libro, el Método Yakarta.

La Unión Europea, a pesar de las estupideces que suele decir Donald Trump, fue desde su origen una construcción impulsada, tutelada y, en último término, guiada por las diversas Administraciones norteamericanas. Toda estructura de poder tiende a reproducirse y ganar más peso e influencia; la UE también ha cumplido ese papel, siempre entre “un quiero y no puedo”, y, a veces, un no debo. Ha habido momentos de mayor o menor autonomía, pero ésta siempre ha sido relativa, dependiendo del cuadro internacional, de la dinámica interna de la Unión y, sobre todo, de las necesidades de los EEUU. Hay una etapa histórica que explica con mucha precisión la dinámica de la Unión Europea actual y da muchas pistas sobre los problemas actuales; me refiero al fin de la URSS y a la desintegración del Pacto de Varsovia. Era un momento fundante. Bush padre agradeció los servicios prestados a las elites soviéticas y apostó claramente por un Nuevo Orden Internacional bajo hegemonía clara, nítida, de los EEUU. El siglo XXI sería norteamericano. En ese Nuevo Orden la Unión Europea y la OTAN jugarían un papel especialmente relevante; al final, se estableció una división del trabajo entre ellas, ajustadas según una estrategia que privilegiaba en cada momento el vínculo atlántico, es decir, los intereses globales de los EEUU.

La respuesta de las clases dirigentes europeas es conocida: el Tratado de Maastricht, la rápida integración de los países del Este, la ampliación de la OTAN, y, fundamental, la unidad alemana. En esto tampoco cabe engañarse demasiado. La “vieja Europa”, decadente y con sueños de grandeza caducos, daba vida a la “nueva Europa” con los ex países socialistas como vanguardia armada, liberales, nacionalistas y aliados privilegiados de los EEUU. Acto inaugural, 1999: los 78 días de bombardeo de la OTAN sobre una Yugoslavia en proceso de desmembramiento definitivo; por cierto, sin el mandato del Consejo de Seguridad de las NNUU. Primakov, jefe de gobierno ruso en ese momento, tomó nota de lo que llegaba; junto con él, los dirigentes chinos comprendieron, después del bombardeo intencionado de su embajada en Belgrado, que la PAX americana inauguraba un periodo de guerras y de conflictos y, sobre todo, que no duraría mucho. Perfil bajo geopolítico y a reconstruirse, sabiendo que el factor tiempo sería clave. La historia cuenta; cada vez más.

Biden y Trump fueron dos respuestas a la crisis de la hegemonía norteamericana, siempre, no hay que olvidarlo, desde una dialéctica compleja entre la realidad interna del país y el declive imperial en un mudo que cambiaba rápidamente. Hilary Clinton era la escogida, pero, contra todo pronóstico, ganó el candidato republicano. Éste, como siempre, habló mucho, no hizo casi nada y demostró una incapacidad de gestión clamorosa; al menos no se metió en ningún conflicto e intentó, sin éxito, salirse alguno de ellos. Hoy sabemos que el “Rusiagate” fue una operación de inteligencia urdida por los demócratas y en alianza con eso que se ha dado en llamar “el Estado profundo”. Aún así, hizo falta una “gran coalición “de intereses y enormes recursos económicos para ganar a un Trump que denunció fraude desde el primer momento. ¿Qué política ganaba con Biden? ¿Qué América volvía? El viejo equipo de la Sra. Clinton había diseñado una estrategia internacional aceptable para las clases medias, con un objetivo preciso: revertir el declive, oponerse firmemente a un nuevo orden internacional sobre bases no norteamericanas. El mundo unipolar tenía que ser redefinido, ampliando su base, incorporando a la Unión Europea, dándole más protagonismo a los británicos y a un Japón que seria decisivo en el conflicto con el único competidor realmente global: China. La “trilateral” (pace Brzezininski) devenía en “Occidente colectivo” democrático y “woke”, opuesto al tradicional autoritarismo de una Eurasia en proceso de reorganización “espacio-temporal” en torno a un trípode formado por Rusia, Irán y China.

Las elites europeas se sumaron entusiastas a esta política y establecieron una sólida alianza con una clase dirigente norteamericana con la que compartían cultura, análisis y, sobre todo, objetivos. Claro está, había que disciplinar a aliados que no acababan de entender la gravedad del momento y la necesidad de poner fin viejas políticas. La voladura del “Nord Stream” 1 y 2 demostró que los EEUU iban en serio y que se ponía fin (era uno de los objetivos fundamentales de la nueva estrategia) a cualquier posible alianza entre Rusia y Alemania (pace Mackinder). Algunos pensaron que era el momento para reclamar más autonomía y marcar perfil; no duró mucho y pronto la OTAN (EEUU) controló la agenda política real y terminó siendo la dirección efectiva de la Unión Europea. Insisto, las élites europeas compartían la estrategia de la Administración Biden: Rusia primero, después China. El factor tiempo era clave. Se había perdido un tiempo precioso con la Presidencia Trump y los progresos tecnológico-militares de Rusia y China eran tan relevantes que pronto podrían hacer irreversible la llegada de un Nuevo Orden Internacional Multipolar. Ucrania era la línea de demarcación y fractura. El Occidente colectivo llevaba años preparándose para la batalla decisiva: crear las condiciones para obligar a Rusia a escoger entre la guerra o la derrota estratégica. El objetivo era cambio de régimen y desintegración de la Rusia de Putin.

Las cosas no salieron como se esperaba. Rusia no colapsó y, corriendo riesgos muy serios, se reconstruyó política, económica, financiera y técnico-militarmente. Ucrania, a pesar de los ingentes recursos humanos y materiales aportados por el Occidente colectivo, pasó pronto a posiciones defensivas; la guerra de desgaste y el arte operativo ruso fueron erosionando sus capacidades militares, sus reservas estratégicas y resquebrajando los fundamentos de un régimen político construido (Maidan 2014) para enfrentarse a Rusia como Estado y, también, como civilización. Hubo un dato absolutamente revelador: El Sur global, votara lo que votara en la Asamblea general de la ONU, entendió desde el principio que el conflicto ucraniano formaba parte de una estrategia del Occidente colectivo para para defender su “Orden“, sus “reglas“ y sus ”privilegios”. No hablar demasiado y aprovecharse (ganar autonomía) de las oportunidades de un mundo que marchaba hacia la multipolaridad.

Cuando Trump se sentó con doña Úrsula von der Layen en su campo de golf, lugar “exquisitamente neutral”, tenía más que ganada la partida: diez países, entre ellos Alemania e Italia, habían dicho que estaban de acuerdo con las condiciones impuestas por el jefe. Todo menos una crisis con los EEUU ahora. Si de algo sabe Trump, al fin y al cabo “señor del ladrillo”, es negociar. Esta vez no hizo falta chantajear y ni amenazar, rendición completa. Lo acordado es conocido: aranceles del 15% para los productos de la UE; acero y aluminio al 50%. Compra de combustibles fósiles por valor de 750.000 millones de dólares en tres años e inversiones, sobre todo en armas, por un importe de 600.000 millones. Se trata de un acuerdo-marco que obliga a negociar y poner negro sobre blanco un conjunto de medidas y de instrumentos económicos y diplomáticos de dimensiones relevantes. Lo firmó un jefe de Estado y una Presidenta de la Comisión que actuó como si ella fuese su equivalente; no era el caso. Es más, dudo mucho que tuviera las competencias jurídico-políticas necesarias para llegar a un pacto de este nivel. El acuerdo, insisto, con números, plazos e instrumentos financieros debe pasar por el Parlamento y, sobre todo, por el Consejo. De lo convenido a lo que se apruebe definitivamente, queda mucho. Sobre todo, porque hay un problema de factibilidad: lo estipulado tiene tales consecuencias técnico- productivas, de gestión y de implementación que hay muchas dudas de que sea viable.

Lo acordado hay que relacionarlo con dos cumbres casi simultaneas: la de la Haya y la de la UE y China. En la primera, los EEUU consiguieron todo lo que quisieron y más. Rearme general, compra masiva de armas y, es la otra cara, la aceptación de que no habría un complejo militar e industrial unificado europeo. La clave está en la letra pequeña: los Estados se financiarán y, sobre todo, se endeudarán individualmente, hasta llegar al 3’5 del PIB, más el 1’5 de gastos asociados a seguridad y defensa. Se reproduce la jerarquización existente entre los Estados según sus capacidades reales y se deja a Alemania la dirección efectiva del proceso. La cumbre Unión Europea/China fue un fiasco y, sin embargo, pudo ser decisiva. ¿Por qué? Porque Trump quiere que la UE se sume a su estrategia tecnológica, financiera y político-militar contra China, es decir, que se “desacople” del gran imperio del centro. Conclusión: más dependencia de los EEUU y, sobre todo, renuncia de la Unión Europea a ser un sujeto autónomo en unas relaciones internacionales en proceso de mutación.

Si se entiende con una perspectiva de medio y largo plazo, la política de Trump, se comprenderá rápidamente que no se trata de ocurrencias, de caprichos o de respuestas improvisadas a una mala coyuntura geopolítica; no, es mucho más que eso. Lo que el Presidente de los EEUU dice a sus los aliados del Occidente colectivo es claro y distinto: si queréis conservar este Orden Internacional y sus normas básicas que tanto os han beneficiado, tenéis que sacrificaros hoy por la “gran potencia imprescindible” del mundo. Así de simple: acumulación por expropiación, empezando por los aliados. Otra cosa muy distinta es que salga bien. Dicho de otra forma: los aliados deben financiar el coste pasado, presente y futuro de su protección promoviendo la reindustrialización de los EEUU, comprando armas y energía al por mayor e invirtiendo en tecnología decisivas. En definitiva, crear un espacio económico, comercial, tecnológico y político militar integrado según las necesidades de una Norteamérica en crisis. No hace falta tener mucha imaginación geopolítica para entender que se trata de prepararse activamente para una guerra global. El repliegue sobre sí mismo de Occidente, la creación de líneas de fractura y una presión permanente sobre las zonas clave del planeta tiene mucho que ver con una estrategia prolongada y sostenida contra un Sur Global en proceso, caótico muchas veces, de (re)construcción.

Hay un dato que se deja a un lado en los dramáticos análisis sobre traiciones, humillaciones y demás agresiones. Me refiero, a la guerra por delegación de UE contra Rusia. Trump puede amenazar y chantajear porque la UE y la OTAN están en guerra en Ucrania y, lo que es peor, perdiéndola. El asunto podría explicarse así: tener como enemigo existencial de esta Europa a Rusia implica necesariamente la dependencia estructural y permanente de los EEUU. Solo pueden vencer con su apoyo logístico, sus bases militares, sus tecnologías y sus capacidades estratégicas. Y viceversa: la autonomía estratégica europea será posible con un acuerdo de paz, seguridad y desarrollo con Rusia. Las clases dirigentes europeas escogieron otro camino: negociar desde posiciones de fuerza y bloquearla geopolíticamente. En esto nunca hubo diferencias sustanciales entre la OTAN y la Unión Europea. El conflicto ucraniano servía a un doble propósito: construir un potente y creíble enemigo externo que legitimara una salida militarista a la crisis de la UE. El tiempo y los fracasos complicaron mucho la situación; ahora se trata de algo más importante, encontrar soluciones a una grave situación económica vía rearme e impedir, cueste lo que cueste, la victoria política de Rusia. Para convencer a Trump, para comprometerlo con la guerra en Ucrania, están dispuestos a entregarle todo o casi; les va en ello algo más que el prestigio. Si Rusia gana, se debilitará seriamente a una política (vínculo atlántico) y se definirá una nueva arquitectura de seguridad que cuestionará, en sus fundamentos, la Unión Europea tal como la conocemos hoy y a una OTAN en peligro de desintegración.

Lo que viene ahora dependerá mucho de los EEUU. Trump sabe que la guerra en Ucrania está perdida y su frente político-militar, al borde del colapso. La Unión Europea, empezando por Alemania, se oponen radicalmente a un acuerdo que, de una u otra forma, implique una victoria para Rusia. El Presidente imperial, insisto, que ha conseguido de sus aliados todo lo que quería hasta llegar a la humillación, no está dispuesto a entronizar a Putin como el estadista que cambió la relación de fuerzas en Europa y puso las bases de un nuevo sistema de seguridad global. La reunión de Alaska dará muchas pistas sobre los limites reales y las percepciones de los actores fundamentales. La paz por medio de la fuerza implica jugar al límite, corriendo siempre el riesgo de perder el control de la situación. Con Trump los peligros se acentúan. Veremos.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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