De un amigo, 12/03/2022.
Son legión los individuos del establishment mediático-político que acusan sarcásticamente de «buenistas», «pacifistas» o «faltos de realismo» -o peor aún, de lacayos de Putin- a quienes conservan aún suficiente capacidad de raciocinio en las sociedades europeas cuando estos últimos advierten de los riesgos de aumentar la escalada bélica con Rusia, resaltan la conveniencia de mantener abiertos canales diplomáticos y de negociación con Rusia para encontrar alguna salida pacífica -que no necesariamente «justa»- al asunto o preparar a la sociedad para el impacto del efecto rebote de las sanciones a Rusia sobre Europa occidental mediante una intervención público-económica activa y no sólo regulatoria del mercado que redistribuya los costes de ese impacto e impida el caos económico. Por lo visto, las propuestas de los críticos «hiperrealistas» se cifran en cosas como estas: inundar de armas y mercenarios Ucrania, para convertirla en nuevos Afganistán, Irak, Siria, Líbano, Palestina o Somalia, sociedades afortunadísimas, que disfrutan, o han disfrutado, de décadas de placentera belicosidad; ir a la confrontación militar directa con Rusia, para convertir el mundo o, al menos, Europa, en cenizas, así, ciertamente, todos nuestros problemas existenciales habrán acabado; tratar a la Rusia putinesca como al Irak de Saddam Hussein -no me refiero a la invasión de 2003, sino a la década de sanciones tras la invasión de Kuwait en 1990- a pesar de que Rusia tiene un PIB de «sólo» una cantidad superior a España e inferior a Italia (como dijo cierto ex-ministro), recursos estratégicos vitales para la economía mundial en cantidades muy superiores a Irak -y no estoy pensando sólo en el petróleo y el gas natural-, puede encontrar apoyo económico en China o India, por ejemplo, para sortear las sanciones, o parte de ellas, y dispone del segundo arsenal nuclear del mundo en términos absolutos -o el primero, ahora no me acuerdo-; y no hacer nada en el plano económico que dañe o cuestione la autorregulación del mercado y de las empresas (y su libertad de organizar los medios de producción y de determinar los objetivos productivos como quieran o como les deje hacer el mercado), no obstante la reducción drástica de la disponibilidad de ciertos bienes vitales o estratégicos, la necesidad de depender menos energéticamente de Rusia (¿pero más de EEUU, que está al otro lado del Atlántico?¡menuda solución!) y reorientar parte de las relaciones comerciales, el aumento de la inflación, de la necesidad de recursos financieros para subvencionar a todo Dios, de la necesidad de atender a los millones de refugiados que hay que proteger y cuidar y a los damnificados por la sucesión de crisis económicas…
En suma, ¿Quién es en este drama el «buenista» o «falto de realismo»? ¿Quién es en este drama el «tonto del culo», con perdón de la expresión?
P.S.: Puede que los aquí llamados irónicamente «hiperrealistas» (o, más apropiadamente, tontos rematados) crean que Putin caerá relativamente pronto, la guerra en Ucrania acabará con Putin y las sanciones se levantarán seguidamente antes de que tengan un impacto decisivo en nuestra economía. Pero imaginemos cuántas cosas se han de dar para este resultado: 1.-Putin ha de caer. 2.-Ha de ser sustituido por un nuevo régimen, en principio muy distinto al de Putin. 3.-El nuevo régimen ha de estar dispuesto a aceptar, probablemente, una retirada incluso de Crimea y las regiones separatistas del este de Ucrania y, probablemente también, a aceptar que Ucrania pueda entrar en la OTAN o tener un acuerdo de estrecha colaboración con ella, si así lo desea -que seguro que lo deseará- 4.-Convencer de sus buenas intenciones en el sentido indicado en 3.- a los EEUU para que le levante las sanciones… Y, ya se ve, todo lo anterior es una gran simplificación, las cosas deben de ser mucho más complicadas. Por tanto, esperar todo lo indicado anteriormente se me antoja muy poco realista, más bien una ilusión (peligrosa).