Sobre la “complejidad” de las relaciones internacionales (y la guerra en Ucrania)

Del historiador y miembro de Espai Marx, José Luis Martín

Claro que son complejas, eso no está en duda; todo conflicto histórico es complejo. Pero la complejidad no evita que se pueda analizar, interpretar, discernir las «culpas» y las «responsabilidades».

El mayor problema es establecer el carácter de las guerras, porque hay guerras ofensivas y guerras defensivas. En febrero de 2024 Rusia cometió un error de información y pudo cometer un error de cálculo político; pero sería poco ajustado a la realidad decir que el conflicto ruso-ucraniano lo inició Rusia, o negar que Rusia tenía razones para argumentar el carácter defensivo de la guerra. El conflicto ruso-ucraniano tiene como antecedente -no tan lejano-: el incumplimiento de las promesas de EEUU a Gorbachov sobre la OTAN y el cerco de la OTAN a la Federación Rusa desde comienzos del siglo. Creo que las palabras del diplomático estadounidense George F. Kennan no pueden estar más cargadas de razón :»¿Por qué, con todas las esperanzadoras posibilidades engendradas por el fin de la Guerra Fría, las relaciones Este-Oeste deberían centrarse en la cuestión de quién se aliaría con quién y, por implicación, contra quién en un futuro fantasioso, totalmente imprevisible e improbable conflicto militar? (…) Dicho sin rodeos…expandir la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría. Se puede esperar que tal decisión inflame las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas en la opinión rusa; tener un efecto adverso en el desarrollo de la democracia rusa; restaurar la atmósfera de la guerra fría en las relaciones Este-Oeste e impulsar la política exterior rusa en direcciones que decididamente no son de nuestro agrado…». Esa reapertura de la guerra fría se agravó a partir de 2014 cuando un golpe de estado en Ucrania , disfrazado de «revolución de colores» -¡qué linda expresión, si no fuera tan hipócrita!- derrocó a un presidente partidario de mantener el entendimiento con Rusia y el statu quo semiautónomo de los territorios del Donbás y Crimea, muy mayoritariamente poblado por rusos y/o ucranianos ruso-parlantes. Está más que establecida la participación de EEUU en el golpe, a través de Victoria Nuland, subsecretaria de estado para asuntos europeos y euroasiáticos del gobierno Obama y principal gestora de los «intereses de EEUU» en Ucrania; hasta 2017, cuando asumió la presidencia Trump, que congeló el intervencionismo en este país. El retorno de los demócratas a la presidencia reactivó ese intervencionismo, aparte de los negocios personales del hijo de Biden – ahora vergonzosamente indultado por su padre- y eso significó la reactivación de la guerra larvada en el Donbás -desde 2014- y la burla absoluta de los acuerdos de Minsk, además del despliegue de maniobras militares de la OTAN en el Mar Negro, con un programa de ataque ofensivo que apuntaba directamente a la «recuperación de Crimea», la última en el verano de 2023. Recuerdo que la burla hecha a Rusia con los acuerdos de Minsk ha sido reconocida por uno de los principales autores del hecho, Angela Merkel. A la luz de todo ese proceso hay un término muy claro que califica al comportamiento de EEUU-OTAN, el de la provocación. Zelensky fue elegido con un notable apoyo popular tras una campaña en la que prometía mejorar las relaciones con Rusia y revertir la política de represión cultural y lingüística de los rusos y rusos-hablantes de Ucrania; Biden le convenció para que no adoptara ese giro, sino todo lo contrario. Tampoco lo digo yo, lo explica un sociólogo ucraniano que no es en absoluto «putinista» y al que creo que le han publicado alguna cosa en Sin Permiso (adjunto el artículo que publicó, muy oportunamente, en New Left Review en el momento del inicio de la «guerra caliente»). Es en esa situación que Rusia decide su entrada, limitada en Crimea -no confundamos la propaganda con los hechos-; la consideración de una guerra defensiva, preventiva, ante la deriva de Biden-Zelensky cuadra mucho mejor con los hechos que todas las acusaciones del supuesto «imperialismo ruso». Se puede dudar de las interpretaciones, pero no de los hechos: incumplimiento de la promesa EEUU, cerco de la OTAN a Rusia, golpe de estado del Maidán, burla de los acuerdos de Minsk, maniobras militares agresivas en las narices de Crimea. La acción de Rusia -lamentable en sí como toda guerra, incluso las defensivas- fue una acción preventiva ante la escalada indiscutible de la administración Biden, secundada por Boris Johnson. Que hubiera errores de información y de cálculo en el inicio de la acción militar es una cuestión secundaria, y por otra parte las tornas se han vuelto del revés, parece que el error de cálculo mayor ha sido el que después han tenido EEU y la OTAN con la política de cerco internacional a Rusia, que no ha funcionado en absoluto. Decir sin más que la culpable de la guerra fue Rusia no es congruente con todo ese proceso de provocación activa. Y, por si esa esa provocación hubiese sido poco, cuando los gobiernos de Moscú y Kiev iniciaron negociación en Turquía, bajo la invitación del gobierno turco que se mantuvo equidistante en el conflicto, a pesar de formar parte de la OTAN, cuando se legó a un principio de acuerdo -negociaciones y acuerdo que Rafael Poch ha explicado hasta la saciedad-, las negociaciones se rompieron por parte ucraniana porque Boris Johnson presionó directamente a Zelensky para que así lo hiciera a cambio de la promesa de apoyo militar y económico: el apoyo militar ha significado la muerte de decenas de miles de ucranianos – obviamente también de rusos- y el económico la colonización de Ucrania, buena parte de cuyos activos económicos están ahora en manos extranjeras. En abril de 2022 la guerra de Ucrania podía haber acabado; no lo hizo porque EEUU y Gran Bretaña lo impidieron, eso es un hecho contestable. ¿Quién es el culpable de la prolongación de la guerra? Ahora tenemos que esperar a que el impresentable- para mí impresentable- Trump que tiene una visión distinta -no mejor, distinta- de las prioridades de la política exterior norteamericana -la Nuland lo llamó «aislacionista» por su actitud ante Ucrania en 2017- acabe con la guerra, más o menos en los términos que se habían empezado a acordar en abril de 2022.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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