La diferencia entre Corea del Norte y países como Venezuela e Irán (naciones hostigadas por Estados Unidos) es que Corea del Norte no tiene petróleo, pero sí armamento nuclear y una alianza militar formal con Moscú. El petróleo atrae al águila de Washington, excita su rapacidad; las armas de destrucción masiva, en cambio, la disuaden. Tener o no tener (qué se tiene y qué no), esa es la cuestión.
¿Por qué Teherán resiste mientras que Caracas ha claudicado? Irán, a diferencia de Venezuela, está muy lejos de EE.UU., fuera del hemisferio occidental, fuera del «patio trasero» del Tío Sam, en el corazón de Asia, cerca de Rusia y China. Tiene, además, un poderío militar considerable, por ahora convencional (aunque esto no excluye la capacidad tecnológica de fabricar armas nucleares a corto o mediano plazo, si hubiere decisión política y autorización religiosa para hacerlo). Todo eso amén del Eje de la Resistencia, su red de proxies o aliados regionales: Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen, etc. También detenta el control –directo o indirecto, efectivo o potencial– de dos de los estrechos marítimos más importantes del mundo: Ormuz y Mandeb. Y otra cosa, no menos relevante: autoridades políticas y mandos militares con la cohesión, el coraje y la integridad suficientes como para plantarles cara al hegemón imperial e Israel, su vasallo expansionista y genocida en Medio Oriente (que sí ya es una potencia nuclear, aunque no lo haya oficializado). La dirigencia de la República Bolivariana, por el contrario, no se mantuvo unida en la crisis y cuenta con demasiados derrotistas y entreguistas en sus filas (pusilánimes, venales o ambas cosas). No es todo: Irán posee una extensión territorial que casi duplica a la de Venezuela, y una población y un PBI tres veces mayores, así como una producción industrial de mucha mayor escala y diversificación. Pero la comparación no sería completa si omitiéramos los factores culturales: Irán es –al decir de Gérard Dussouy– un «Estado civilizacional» en toda regla, heredero de la antigua Persia imperial de los Aqueménidas y tantas otras dinastías (mazdeístas y musulmanas), con una vigorosa moral de resiliencia, heroísmo y abnegación templadas en la religiosidad escatológica y martirial del islam chiita, el nacionalismo popular antiimperialista de la Revolución Islámica, la larga y cruenta guerra existencial contra el Irak de Sadam Husein en los ochenta (cuando el dictador era un peón de la OTAN en la Guerra Fría), y la lucha antiterrorista contra ISIS y otros grupos yihadistas suníes, tanto en territorio iraquí como sirio.
Irán no es Venezuela. Irán no acabará sometido o balcanizado como otros países a los que Estados Unidos les echó el ojo durante su «momento unipolar»: Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia, Siria… Lo admiten todos los analistas serios, a lo largo de todo el espectro político-ideológico, quienes ven como algo imposible o improbable una invasión yanqui de Irán en tierra firme y a gran escala (entre otras razones, por sus capacidades militares y su inmensidad montañosa), a la vez que constatan el éxito del control selectivo iraní del estrecho de Ormuz, el fracaso del contrabloqueo de la US Navy en el golfo de Omán e inmediaciones y el apoyo ruso-chino a Teherán en muchos aspectos (incluyendo el militar: armamento, inteligencia, etc.). Por no hablar de la vulnerabilidad extrema, ya comprobada con creces, en que se encuentran las petromonarquías árabes del Consejo de Cooperación del Golfo ante los misiles y drones iraníes, sobre todo después de que las bases y radares estadounidenses en la región fueran destruidos o severamente dañados. Washington podría, desde luego, reanudar e intensificar su campaña aérea de bombardeos y ataques misilísticos, ocasionando gran mortandad de civiles y perjuicios severos a la infraestructura energética y urbana (pozos de petróleo, refinerías, centrales eléctricas, hospitales, edificios, etc.), pero sin afectar demasiado las capacidades defensivas y ofensivas de Irán en lo militar, que están a resguardo bajo tierra, a mucha profundidad. Por lo demás, un ataque nuclear contra Irán (como el de Hiroshima y Nagasaki) sería demasiado costoso y riesgoso en muchos sentidos.
Hasta un halcón imperialista de pura cepa como Robert Kagan, el patriarca de la intelectualidad neocon, un pertinaz defensor del intervencionismo yanqui y las endless wars en Medio Oriente durante décadas, habla de «jaque mate en Irán» para Washington, de una «derrota total» sin precedentes históricos que no podrá «ser reparada ni ignorada» (en contraste con Pearl Harbor, Vietnam y Afganistán). «El nuevo status quo en el estrecho también provocará un cambio sustancial en el poder y la influencia relativos, tanto a nivel regional como global. En la región, Estados Unidos habrá demostrado ser un tigre de papel», señala Kagan. Y acota con tono lúgubre: «La derrota estadounidense en el Golfo tendrá también ramificaciones globales más amplias. El mundo entero puede ver que solo unas pocas semanas de guerra con una potencia de segundo rango han reducido las reservas de armas estadounidenses a niveles peligrosamente bajos, sin una solución rápida a la vista». Kagan duda seriamente de que EE.UU. pueda enfrentarse militarmente con éxito a China y Rusia por Taiwán y Ucrania. «El ajuste global a un mundo post-estadounidense se está acelerando. La posición de dominio que Estados Unidos tuvo una vez en el Golfo es solo la primera de muchas víctimas».