Una carta de Miguel Candel sobre «El hereje y el cortesano»

Supongo que has leído El hereje y el cortesano. Spinoza, Leibniz y el destino de Dios en el mundo moderno, de Matthew Stewart, Biblioteca Buridán. Es de 2006, pero aunque el tema me interesaba, por H o por B he ido aplazando su lectura hasta hace muy poco. ¡Ojalá lo hubiera leído antes!

Habría obligado a todos mi alumnos a leerlo. En mi opinión, es uno de los mejores libros de filosofía del siglo, bajo la modesta apariencia de una biografía comparada. Sensacional. Difícil encontrar una exposición mejor del pensamiento de los dos monstruos filosóficos del XVII (con permiso de Descartes). A mí me ha ratificado en mi admiración por ambos y he llegado a la conclusión de que, contra toda apariencia, son complementarios. Aunque me considero más spinozista que leibniziano, no puedo dejar de identificarme con el optimismo intelectual y vital de Leibniz, cuyo ingenio (es opinión de Toni Domènech, que comparto) estaba muy por encima del de un sobrevalorado (y mortalmente aburrido) Kant.

El libro contiene anécdotas sensacionales, que dan la medida del nivel cultural alcanzado por las élites europeas de la época. Así, por ejemplo, la duquesa Sofía de Hannover (casa para la que Leibniz trabajó muchos años con diversos cargos, y de la que saldría la actual dinastía reinante en Inglaterra), ponía por las nubes el Tractatus theologico-politicus de Spinoza, que había leído (en latín, naturalmente) dos años después de la muerte del autor, pese a ser un libro mal visto (vetado, incluso) por los poderes tanto religiosos como políticos de la época. La susodicha estaba orgullosa de que su segundo hijo, Friedrich August, conociera a Descartes y Spinoza casi de memoria, mientras que al mayor, Georg Ludwig, lo consideraba tonto por su falta de interés en la metafísica (el tal llegó a ser el primer rey de la casa de Hannover en Inglaterra, bajo el nombre de Jorge I: ¿vendrá de ahí la típica aversión inglesa por la metafísica?). Y la hija de dicha duquesa Sofía, llamada Sofía Carlota, primera reina de Prusia (se conserva su palacio en Berlín) era de una exigencia intelectual tal que consideraba a Leibniz, a quien apreciaba, demasiado «superficial». Por cierto que me encantaría poder decir, en mi lecho de muerte, lo que ella dijo (según cuenta su nieto Federico II «el Grande», otro rey filósofo) a los clérigos que la sermoneaban: «No me atormentéis más, finalmente voy a poder satisfacer mi curiosidad sobre el principio de las cosas que Leibniz nunca fue capaz de explicarme, sobre el espacio, el infinito, el ser y la nada» (1705). ¡Toma ya!

Un abrazo.

Miguel


Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *