Hola Salvador: Es el enfado lo que motiva esta nota, así que te ruego que disculpes el tono y su propia existencia. En realidad debería dirigirme al autor [Ramón Reig] de lo que motiva mi enfado, pero como ignoro cómo hacerlo me limito a decírtelo a ti. Lo hago así por cuanto ha sido en tu página donde hoy he leído eso de «Caridad no, Navidad».
Todo el texto rezuma confusión, quizá el propio autor lo viera así y de ahí ese final donde lo tilda de homilía. Pero es una homilía muy mala. El autor dice ser ateo. Yo también lo soy. Sin embargo todos cuantos hemos crecido en la sociedad nacional católica (por lo que escribe el autor es de mi misma quinta) y hemos prestado algo de atención a lo que sucedía en torno nuestro, pienso que deberíamos tener algún mejor conocimiento de las bases dogmáticas y morales del catolicismo de lo que se vislumbra en ese artículo. Al menos lo suficiente para no mezclar churras con merinas en asuntos de una cierta importancia.
Parece que no es este el caso de Ramón Reig. La Caridad, una de las tres virtudes teologales, es el amor. Así de simple, pero así de cierto. Es así desde Pablo de Tarso, aquel que dijo que si no tengo Caridad no soy nada. Es algo que va mucho más allá de la solidaridad y, por eso, es algo que casi nadie tiene (yo, desde luego, no) y casi nunca se ve en parte alguna. Por ejemplo, no se ve mucha en Badalona en estos días. Lo que Ramón Reig (y muchos otros, como otro cierto Pablo, no el de Tarso) denominan caridad es limosneo. Y esto de las limosnas es propio de religiones basadas en el cumplimiento de formalismos (por eso en el Islam es obligatoria), no de religiones que tienen que ver con la conversión interior. Aunque en estas últimas también difiere mucho la teoría de la práctica, motivo por el cual se inventó aquello de «haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago», tan católico y tan español. Es por todo esto que me indigna ver esa falsificación de lo que es verdaderamente la Caridad, ciertamente una virtud heroica, en la boca o los escritos de personas que se supone informadas. Máxime si las leo en ciertos lugares.
Otra muestra de que la confusión del autor es total es lo que dice acerca del Plácido berlanguiano (siempre he preferido esta película a El Verdugo). Película que va mucho más allá de poner en solfa ciertas campañas franquistas y que nos interroga de verdad sobre la auténtica Caridad.
Por último, aunque esto ya es anecdótico, conviene saber que el gobierno soviético jamás prohibió la práctica religiosa. Lo que hizo fue legalizar la publicidad de la crítica antirreligiosa. En cuanto a lo de hablar de Putin como utilizador ventajista de la religión, destacando que fue «comunista» en tiempos, es de traca. Baste recordar como en 1943 Stalin recibió y se fotografió en amor y compañía con el metropolita Sergio, al tiempo que volvía a oficializar el Santo Sínodo de la iglesia ortodoxa rusa.
En fin, perdón por el desahogo. Un abrazo y puedes mandar todo esto a la basura.
Ernesto Gómez de la Hera