Una reflexión sobre emoción y razonamiento

Del profesor emérito  Miguel Candel, traductor al catalán de la Metafísica y la Política aristotélicas.

En temas de tanta trascendencia como éste, que además plantean graves dilemas morales, es normal que la emoción acompañe (e incluso altere) el razonamiento. Yo en mis años mozos era un meapilas anticomunista (hijo de padre comunista «enmudecido» por la represión de la posguerra) hasta que acabé la carrera (1968); poco después me caí del caballo (no camino de Damasco, sino de Cartagena, donde hice la mili) gracias, no te lo pierdas, a «Cuadernos para el diálogo» e «Índice» (extraña revista ésta dirigida por un no menos extraño «falangista de izquierdas» apellidado Fernández Figueroa). Desde Cartagena para acá me he ido convenciendo de que, si hay un «imperio del mal», su capital está a caballo entre Washington y Wall Street. Y no es que lo que se opone a ese imperio sea el Reino de los Cielos, ni mucho menos: el mundo está regido por poderes con intereses contrapuestos, ninguno de ellos angélico, sino con grados diversos de maldad (y ocasionales vetas de bondad). En todos los campos el trigo está mezclado con cizaña. No tenemos otra alternativa que ir espigando y, en situaciones en que no da tiempo a espigar (como ésta), no hay más remedio que elegir el campo donde uno cree (con riesgo siempre de equivocarse) que el porcentaje de cizaña es menor. Ésa es, creo, la (triste) realidad. Pero por encima de ella está el ideal de fraternidad que hay que empezar aplicando a las relaciones entre los próximos, al menos en su grado mínimo: el respeto.
Un abrazo.

 

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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