Dos mil personas mal contadas se manifestaron el domingo 26 de abril en Barcelona contra las guerras en curso en varias partes del mundo. Dos mil. Ni siquiera una por cada cien víctimas de la violencia armada en Europa Oriental y Asia Occidental en los últimos doce meses. Ése es el nivel al que llega el «concienciómetro» de una población de más de dos millones de habitantes (la mayoría de los cuales, por lo visto, se limitan a «habitar»).
Sí, por supuesto, la inmensa mayor parte de la diferencia entre dos mil y dos millones ni siquiera se enteraron de la convocatoria. Porque los medios de comunicación, pobres, no dan abasto informando de los rifirrafes entre gobierno y oposición, aun de los más intrascendentes; o aireando las procacidades del amo y señor del Imperio del Caos (como califica el periodista Pepe Escobar a los Estados (mal)Unidos de América); o recordándonos lo malo que es Putin y lo a punto que está de meternos una columna de tanques por la Diagonal (aunque, tranquilos, no antes de que acaben la obras del Tram); o ayudando a la gente a compensar sus frustraciones identificándose con las gestas de su equipo de fútbol favorito (o a consolarse de la ausencia de gestas de hoy con los fabulosos fichajes de pasado mañana). De manera que, ante la avalancha de noticias supertrascendentales, van tan escasos de tiempo y de espacio (y no digamos ya de espacio-tiempo) que no les da para informar de la peregrina idea de cuatro chalados de convocar algo tan prosaico como una «mani» no encabezada por líderes políticos de relumbrón.
Sobre todo teniendo en cuenta que los lemas de esa manifestación exigían cosas tan utópicas como poner fin a unas guerras que, además de no afectarnos en absoluto por lo lejos que están (¿o no?), suponen una fabulosa fuente de ingresos para las empresas que han de acabar con el paro juvenil gracias a milmillonarias inversiones públicas en la fabricación de armamento. Y aquí la chaladura de los convocantes alcanzaba cotas de vértigo al exigir nada menos que ¡«tumbar el rearme»! ¿A quién se le puede ocurrir semejante dislate? Está claro que sólo a gentes convertidas en agentes pagados por el Kremlin o por los ayatolás.
De modo que los medios de comunicación cumplieron brillantemente con la misión que tienen asignada al no dar pábulo a los mensajes alarmistas de los agoreros del catastrofismo, ésos que vaticinan dramáticas escaseces de combustibles y otras materias primas fundamentales, como los fertilizantes (y, como consecuencia de todo ello, escasez de alimentos y unos precios por las nubes). Semejante alarmismo debería ser tan severamente reprimido como la propaganda derrotista en tiempo de guerra. Por cierto, ¿estamos o no estamos en guerra?
Bueno, ante semejante cuestión, uno no puede por menos de reconocer el triunfo (¿definitivo?) de la llamada filosofía posmoderna (lo de «llamada» va más por «filosofía» que por «posmoderna»). En efecto, a diferencia de los energúmenos del otro lado del Atlántico (y de los ladinos portadores de kipá de este lado del Jordán), nuestros finos dirigentes europeos suelen afirmar y negar casi a la vez sin despeinarse (y no sólo los que padecen alopecia) que estamos en guerra con Rusia. Con lo cual el principio de no contradicción se les está yendo por la alcantarilla, como las banderitas estadounidenses del final de Bienvenido, Míster Marshall, que tanto indignó al actor Edward G. Robinson. No sabemos si aquel berrinche podría considerarse análogo al de Donald Trump con Pedro Sánchez. Pero lo que es seguro es que en ambos casos hay contradicciones de por medio, pues nuestro amado Presidente nacional (el otro es nuestro Presidente mundial) viene dándole discretamente a la OTAN con la mano izquierda lo que ostentosamente dice quitarle con la derecha (verbigracia, un chorro de interceptores anti-misiles al régimen de Zelenski).
Parece mentira que con tanta presencia pública como tienen los eslóganes estimulantes emitidos por el sistema, centrados en ideas como «pensar en positivo», «energías positivas», etc., predomine tanto entre la gente el negacionismo político-económico y político-ambiental, cerrando los ojos y los oídos a mensajes como el de los convocantes de la citada manifestación. Que muchas de las mencionadas ideas «positivas» que circulan por ahí sean chorradas (particularmente lo de las «energías positivas» y sus opuestas) no empece que la proliferación de humanoides transespecie neoclasificables como Struthio camelus (vulgo, avestruces) haya de considerarse, por los riesgos que encierra de que nuestra especie corra a ciegas hacia el abismo, una verdadera catástrofe humana (no «humanitaria», ojo, que esa expresión es otra chorrada).