Consecuencia de los acuerdos Eisenhower-Franco

Reseña de José Herrera Plaza, El año de las bombas. Historias de Palomares, Almería: Edual (Editorial Universidad de Almería), 2025, 224 páginas.

Lo que aquí se muestra, así abre su ensayo José Herrera Plaza [JHP], “son los testimonios de veintiocho personas de nacionalidad española y norteamericana que fueron coprotagonistas del accidente nuclear de Palomares (Almería, 1966) [muy parecido al que ocurrió dos años después, en 1968, en Thule (Groenlandia)], que intervinieron en los labores de remedio, la búsqueda de la bomba perdida o quien alguna relación tuvo con los damnificados”.

Salvo excepciones, prosigue JHP, el caso de Luisa Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia por ejemplo, “no son personajes históricos ni ostentan relevancia alguna en política o cultura. Lo notable son sus avatares, el relato de aquello que les tocó vivir, marcado por la excepcionalidad y el drama.”

Lo aquí recogido, observa JHP más adelante, “es un pequeño botón de muestra. Veintiocho historias, veintiocho voces de casi medio centenar que fueron registradas para el largometraje documental [por él dirigido, es autor también del guión] “Operación Flecha Rota” y en publicaciones posteriores. La grabación de algo más de cincuenta horas, incluidas las imágenes de archivos, supuso el doloroso descarte del 90% de un material que ahora vez a la luz”.

Así, pues, 28 voces recogidas que fueron grabadas antes de 2007, el año del documental. Cai veinte años después no han perdido ni un átomo de actualidad e interés.

Forman El año de las bombas la introducción, el prólogo del gran científico franco-barcelonés Eduardo Rodríguez Farré, y veinticuatro capítulos. Hubiera sido adecuado, tal vez, la inclusión de un índice onomástica e incluso de una breve cronología.

El título de algunos de los capítulos: 1. Aquí en Palomares, el dinero antes que la salud. 4. El emigrante de Palomares. 8. Transportábamos regularmente bombas atómicas. 11. Hice lo que tenía que hacer. 13. Fue un acto de encubrimiento por parte de EEUU y España. 16. No les debía importar nada lo que les pudiera pasar; por supuesto todos hispanos o negros. 18. Lo que pudo ocurrir y no ocurrió. 20. Un tratado internacional es violado en España por los Estados Unidos. 22. Me encargó que cogiera trozos de bomba. 24. Estaban más o menos en un campo de concentración. ¿Alguno que merezca ser destacado? Todos ellos. Mi preferido, por el calado y profundidad de la lucha antifranquista-comunista: el cuarto.

Un apunte sobre el autor: José Herrera Plaza (Almería, 1955), la persona que más sabe (y más comprometido está) en el mundo-mundial sobre lo sucedido en Palomares en 1966 y la historia posterior, ha seguido una vida profesional relacionada con la imagen: fotografía, cine y televisión. Desde 1985, ¡hace más de 40 años!, ha seguido muy de cerca las consecuencias del accidente (¡sigue en pie de lucha, información, escritura crítica y resistencia!).

En 2007 escribió y dirigió el largometraje “Operación Flecha Rota. Accidente nuclear en Palomares” [Broken Arrow, Flecha Rota; llaman así a todo incidente de seguridad grave que involucre armas nucleares], el primer documental realizado sobre el accidente atómico almeriense. La película fue fruto de una exposición homónima de 2003 organizada en el Centro Andaluz de Fotografía (CAF), ampliada y renovada en el 50º aniversario del accidente en 2016.

JHP ha sido también asesor histórico (como el prologuista del libro, Eduard Rodríguez Farré) de la miniserie de 2021 “Palomares. Días de playa y plutonio”. (Si no la han visto, véanla, vale la pena. Cuatro capítulos en total).

Entre sus libros, además de sus numerosos artículos relacionados con el tema y asuntos afines publicados en diarios y revistas académicas (Llull, por ejemplo), cabe citar, Accidente Nuclear de Palomares. Consecuencias (1966-2016); Silencios y deslealtades. El accidente militar de Palomares: desde la guerra fría hasta el presente (2019, coautor principal). Conferenciante siempre dispuesto, en la UAL ha sido ponente en el Curso de Verano de 2009 y en las actividades relacionadas con “La Guerra Fría en 1966. Palomares y Villaricos”, con la exposición de la Facultad de Humanidades en la primavera de 2022 y la del CAF en la sala Bioclimática, de las que ha sido comisario.

Más sucintamente: JHP es un ciudadano e investigador comprometido que merece el reconocimiento público, el reconocimiento de todos nosotros y el doctorado honoris causa de toda universidad que intente estar a la altura de las circunstancias. JHP ha hehco suya, ha tomado muy buena nota de aquel dicho orteguiano: “saber a qué atenerse”. Por eso, sin duda, JHP es un imprescindible. De los de Bertolt Brecht.

Pero ¿qué pasó en enero de 1966? Un resumen para situarnos (El lector informado se lo puede saltar; tomo pie en un libro sobre los peligros para la salud humana de la industria atómica publicado por el Viejo Topo y con autoría de Eduard Rodríguez Farré):

El accidente se produjo el 16 de enero de 1966, durante una operación de abastecimiento de combustible en vuelo. La colisión, que tuvo lugar en el espacio aéreo de Palomares, ocasionó la destrucción y caída de un octoreactor B-52 y de un avión nodriza KC-135 de la base militar usamericana de Morón de la Frontera (Sevilla). Murieron en el acto los cuatro tripulantes del KC-135 y tres de los siete tripulantes del B-52. Los otros militares salvaron la vida saltando en paracaídas. Entre ellos, Larry Messinger, el piloto del B-52 en aquellos momentos (Luego tomo pie en sus declaraciones).

En 1966, en plena guerra fría-muy-caliente, 340 aviones superbombaderos B-52 (también llamados por aquel entonces estratofortalezas) de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos, concretamente de su Comando Aéreo Estratégico (SAC: Strategic Air Command), se mantenían permanentemente en el aire, sobrevolando el planeta. Cada uno de ellos transportaba una carga de cuatro bombas termonucleares de 1,5 megatones (cada una tenía un poder destructor 75 veces superior a la bomba lanzada sobre Hiroshima; las cuatro bombas de cada uno de los B-52, con una potencia conjunta de 6 megatones, equivalían a más de 300 bombas de Hiroshima). Esta estrategia militar, que llevaba, y de hecho llevó, en algunas ocasiones a la Humanidad al borde del abismo, estaba basada en la supuesta necesidad de estar lo más cerca posible del objetivo del hipotético enemigo (léase la Unión Soviética) en caso de urgencia en el ataque o contraataque nuclear.

Este punto de vista estratégico comportaba una estructura militar anexa, de apoyo a la aviación norteamericana, en todo el planeta. La España franquista formaba parte de ella. Recordemos los acuerdos entre el dictador golpista Franco y el presidente-general Eisenhower de 1953, el llamado Pacto de Madrid, y las bases militares en España de utilización “conjunta”. El gobierno norteamericano, por supuesto, no tuvo problemas políticos ni de ningún otro tipo para llegar a alianzas con un régimen que había sido aliado, y había sido apoyado, por la Italia de Mussolini y la Alemania hitleriana.

De hecho, en los los tratados firmados con Estados Unidos en 1953 y en 1963 no se mencionaba, en sus cláusulas conocidas, que aviones norteamericanos, cargados con explosivos nucleares, sobrevolasen el espacio aéreo y pudieran utilizar las bases en territorio español para dar soporte logístico y repostar combustible en vuelo. Pero, de hecho (¡quien le pone pegas al Imperio!), los B-52 salían cada mañana de la base de las fuerzas aéreas usamericanas de Seymour Johnson, en Goldsboro, Carolina del Norte, y se dirigían hacia el Este del Mediterráneo, hacia la frontera turco-soviética. Al sobrevolar España en dirección este repostaban combustible en vuelo suministrado por aviones-nodriza de la base aérea de Zaragoza (clausurada hace décadas), en un punto situado entre la ciudad aragonesa y la costa mediterránea. Al regresar a Estados Unidos, los B-52 volvían a repostar. En este caso, el avión nodriza provenía de la base de Morón de la Frontera y la maniobra se realizaba sobre la costa mediterránea de Almería.

(JHP señala en nota, p. 91, que en realidad los B-52 se aproximaban a la costa del sur de Italia, sin llegar a la frontera turco-soviética, y retornaban a su lugar de despegue. Por tanto, el único país, aparte de Estados Unidos, que sobrevolaban cargados de bombas atómicas era España. Sea como fuere, está claro qué país en los años de la guerra fría tuvo en general una actitud más ofensiva, una estrategia militar que impulsaba y abonaba una política del abismo).

El accidente se produjo cuando el B-52 nº 256, al que la tripulación denominaba Tea-16, repostaba de regreso a la base de Carolina del Norte. Como consecuencia de un fallo en la maniobra de acoplamiento para el suministro de combustible colisionaron las aeronaves; se produjo la destrucción y caída del superbombardero y del avión nodriza, y se desprendieron las cuatro bombas termonucleares tipo Mark 28 (modelo B28RI) de 1,5 megatones cada una que transportaba el B-52. Tres de ellas cayeron en tierra y fueron localizadas rápidamente, pero una cayó al mar y se tardó ¡cerca de 80 días! en localizarla, apareciendo finalmente a 5 millas de la costa.

Dos de las bombas, que cayeron con sus respectivos paracaídas, se recogieron intactas; una cerca de la desembocadura del río Almanzora y la otra en el mar. Las otras dos cayeron sin paracaídas, ya que la colisión originó el derrame del combustible del KC-135 (unos 12.000 litros de keroseno) y su ignición, quemando los paracaídas de estas bombas al pasar por la nube de fuego. Una de ellas cayó en un solar de Palomares; la otra en una sierra cercana.

A causa del choque violento con el suelo y la detonación del explosivo convencional que llevan estas armas como iniciador, se produjo la fragmentación de las dos bombas, la ignición de parte de su núcleo fundamental y la formación de un aerosol, de una potente nube de finas partículas compuesta por los óxidos de los elementos transuránicos constitutivos del núcleo fundamental de la bomba. Asimismo, al romperse estas, se liberó, vaporizándose, el tritio (hidrogeno-3, radiactivo beta débil), elemento esencial para la reacción de fusión termonuclear definitoria de ese infernal y criminal ingenio militar.

La acción del viento que soplaba en aquellos momentos en la zona dispersó el aerosol que se había formado en los dos puntos de contacto e hizo que sus componentes se depositaran posteriormente en una zona de unas 226 Ha, que abarcaba, monte bajo, campos de cultivo e incluso zonas urbanas. Como consecuencia de ello, se produjo la contaminación de la zona por diversos isótopos del plutonio —principalmente Pu-239 y cantidades menores de Pu-240— y, en menor proporción, americio 241. La contaminación alcanzó valores superiores a 7.400 Bq de radiación alfa por m2 en la superficie indicada, si bien con notables diferencias según los suelos considerados. En alrededor de 17 Ha se determinaron actividades del orden de 117.000 Bq/m2 (117 KBq/ m2) que eran superadas con mucho en otras 2,2 Ha. Algunas áreas próximas a los puntos de impacto alcanzaron valores extremadamente superiores, de 3,7 x 107 Bq/m2 (¡37 millones de Bq por m2!). Incluso en algunas zonas las cantidades eran tan elevadas que saturaron los detectores. Es pertinente mencionar que el nivel real de contaminación alfa ha sido controvertido y varía según las fuentes consultadas. Las cifras indicadas son las mínimas reconocidas en su momento por la JEN.

La contaminación alcanzó sus valores máximos, como es lógico, en las proximidades de los puntos de contacto de las bombas con el suelo, disminuyendo con la distancia a dichos puntos. No obstante, la dirección del viento determinó que en áreas ubicadas a unos 1.400 metros del impacto se registrasen actividades de 420.000 Bq/m2. La mayor parte de las viviendas, que constituían una zona urbana muy dispersa, quedaron situadas en la zona que no resultó contaminada directamente o que resultó afectada en menor medida. La zona que tenía mayor contaminación, y en mayor extensión, fue la correspondiente a los eriales situados entre colinas al suroeste de Palomares, y que distaban un kilómetro y medio de la zona urbana. Todo esto está descrito con cierto detalle en un informe del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN).

(A día de hoy siguen sin descontaminar unas 40 Ha. Aunque Estados Unidos y España firmaron preacuerdos en 2017 hace para limpiar las 50.000 metros cúbicos de tierra contaminada, especialmente en la zona de Sierra Almagrera, el proceso de traslado de los residuos radiactivos a territorio estadounidense sigue dilatándose.)

El piloto del B-52 en el momento del accidente, Larry Messinger, que no parece muy arrepentido de su dilatada y peligrosa trayectoria militar, explica así lo sucedido en el libro: “El accidente en cuestión se produjo cuando nos aproximamos a la nave nodriza. Previamente habíamos descendido [la altura media de vuelo era de 11.200 m] hasta la altura indicada. Creo que eran a unos 7.620 m. Después de establecer contacto con la nave, nos acercamos a ella. La velocidad normal de aproximación [que no indica] es relativamente lenta y los aviones se aproximaron por detrás de la nave nodriza despacio y se colocan ligeramente por debajo de esta.” En la parte trasera de la nave nodriza hay un operador de manguera que indica visualmente la cercanía o lejanía del avión que va a repostar, “de sus movimientos de ascenso o descenso y dirige la manguera. La manguera es por donde sale el combustible de la nave nodriza y por donde se llena el B-52. Probablemente tuviera tres metros de largo y una extensión en el extremo de otros tres metros. Cuando el avión se aproxima a la distancia adecuada, el operador puede controlar la manguera y colocarla dentro de la toma del B-52”.

En esta ocasión, señala el piloto, se acercaron a la nave nodriza un poco más rápido de lo normal. No da cifras. “Cuando los aviones se aproximan demasiado a la nave nodriza existe un procedimiento mediante el cual el operador de la manguera, si el avión se coloca en una posición peligrosa, alerta: “Interrumpir, interrumpir”, corta la válvula de admisión y lo deja atrás.” Pero en realidad, prosigue Messinger, no se emitió esta vez ningún aviso. No apareció el “Interrumpir”. Descendieron detrás de la nave nodriza “y de repente ocurrió algo. Se produjo una especie de explosión. Parecía como si nuestro avión cayese en picado. Al parecer, golpeó la nave nodriza, aunque desde luego yo no lo vi. Todo pasó tan rápido que en ese momento nadie pudo hacer nada. Procedimos a levantar la manivela y a accionar el disparador para salir despedidos al aire en lo que se denomina eyección”.

Hasta aquí la explicación del accidente. Voy cerrando.

Del compromiso cívico-político y científico del prologuista (y amigos) son muestra estas palabras: “Veinte años después del accidente, conociendo ya los efectos de las radiaciones ionizantes y el significado de curios, becquerelios, rads, rems, sieverts y demás medidas de dosimetría, tuve la oportunidad de ir a Palomares en varias ocasiones, tanto con Jordi Bigas de Greenpeace o como miembro del Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS, una especie de fundación sin ánimo de lucro) de Barcelona, a quien la alcaldesa pedánea de Palomares, Antonia Flores, había pedido asesoramiento sobre la situación de la zona. Aquellas visitas dieron lugar a un informe el CAPS muy crítico con la falta de información y el proceder de la Junta de Energía Nuclear (JEN) con los vecinos”. No es la única actividad del CAPS que merece nuestro mayor reconocimiento.

Cierro con otras palabras, también del prologuista, que no deberían pasar desapercibidas y que muestran muy a las claras las tendencias poliéticas generales de la investigación científica realmente existente: “Consultada la base de publicaciones internacionales revisadas por pares más importantes del mundo (PubMed of US National Library of Medicine) solo aparecen 14 artículos: uno de 1987 y trece entre 1997 y 2019. Todos ellos se refieren a la contaminación radiactiva del suelo y e la biota. Ningún estudio riguroso se ha publicado sobre la salud de los vecinos de Palomares-Villaricos ni tampoco sobre los aspectos relativos a la epidemiología de la población expuesta. Seguimos pues desconociendo la realidad del impacto sobre la población de un área contaminada por plutonio, uranio y americio” [en énfasis es mío]. En esas estamos. Debemos a personas tan admirables como José Herrera Plaza (y Eduard Rodríguez Farré) que no estemos cegados por la desinformación interesada. El año de las bombas. Historias de Palomares es un libro necesario. Nos hace menos ciegos.

PS: La vida y la historia, eso sí, suelen dar sorpresas. Una que nos recuerda JHP. Cuando se celebró el referéndum de 1986 sobre la permanencia o no de nuestro país en la OTAN, el sí a la permanencia en Palomares fue del 75% y el no del 21% (La media nacional fue respectivamente del 52% y el 40%).

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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