Diálogo entre compañeros de Espai Marx.
1. Carlos Valmaseda
Un documento inspirado por el tuitero Marcos Martínez (Euklidiadas https://twitter.com/euklidiadas) que recopila 40 ideas muy prácticas aplicables para que los ciudadanos recuperemos la ciudad, ahora en manos de los cochistas: https://drive.google.com/file/d/1O9qso6FkbBgDSW438AdMBKYW5hPJTMro/view
En este hilo explica el objetivo de la campaña: https://twitter.com/euklidiadas/status/1563076539008180224
2. Miguel Candel
Hay aquí un pequeño sesgo terminológico-ideológico: los «cochistas» también son ciudadanos (muchos de los cuales no tienen hoy por hoy más alternativa práctica que el coche).
3. José Luis Martín Ramos
Completamente de acuerdo. Hay que tener cuidado con no menospreciar/ penalizar al consumidor
4. Carlos Valmaseda
Cochista es el que usa coche como ciclista es el que usa bicicleta. El sentido peyorativo me temo que se lo dáis vosotros. 🙂
Pero, en cualquier caso, reducir el uso del coche en las ciudades no es una necesidad, es una realidad que se va a imponer a muy corto plazo, excepto quizá en ciudades zombi como Madrid, que viven en los años 80. Un modelo de movilidad ya muerto aunque ellos aún no se hayan dado cuenta. Es verdad que hay que buscar una alternativa a ese tercio de los ciudadanos que tiene carnet de conducir, pero si ellos dictan las condiciones es como dejar a los fumadores la política de prevención del tabaquismo.
5. Miguel Candel
Perdona, Carlos, el sentido peyorativo se lo das tú a «cochista» al contraponerlo a «ciudadano». Nadie está diciendo que las políticas de movilidad las dicten los que tienen coche, pero tampoco se pueden dictar ignorándolos por completo como si no fueran ciudadanos (cosa que sí parecen hacer algunos políticos que sólo se bajan del coche (oficial, por supuesto) para hacerse la foto en bicicleta).
6. José Luis Martín Ramos
De acuerdo con la rectificación sobre el sentido de cochista, aunque entonces no sé porque no se utiliza el término habitual, que no da lugar a confusiones, de automovilista y que incluye también a los motoristas. No pongo en absoluto en cuestión la necesidad; pero señalo que la reducción no ha de hacerse penalizando al ciudadano, o con innovaciones que pueden llegar a tener peores efectos (reducción de calles de tránsito, de velocidad, de manera desproporcionada) al aumentar los tapones de circulación. Y sobre todo ofreciendo la alternativa de un servicio público mayor y más eficiente. En Barcelona, abanderada de la reducción del automovilismo, la oferta pública no es ni mayor ni más eficiente en estos últimos años.
7. M. Cruz Santos Santos
De acuerdo con José Luis.
8. Carlos Valmaseda
Lamento discrepar en esto de vosotros. En un mundo ideal, primero tendremos transporte público de primera calidad y entonces los que van en coche tendrán a bien dejarlo. En el mundo real eso no va a pasar, entre otras cosas porque a los que tienen coche les importa una m cualquier medio de transporte que no sea el suyo, así que hay que encontrar formas de «disuadir» a la gente de tener coche. Y uno de los métodos es ponérselo cada vez más difícil, hasta que les resulte más cómodo coger el transporte público, la bicicleta o andar -o no tener que irnos desplazando todo el día de un sitio a otro- que ir en coche. Es decir, pasar a una lógica por la que en lugar de «¡oh!, no caben los coches, vamos a hacer un carril más» vamos a «si hay tres carriles dejamos uno para el transporte público, otro para ciclistas y el tercero para coches» -y con unas aceras bien anchas-. Y, por supuesto, no permitir que dejen impunemente su chatarra por todas partes: aparcamiento de pago en todas las calles de la ciudad. Es verdad, los ricos lo tendrán más fácil. Lo de expropiarlos de todos sus bienes es un problema paralelo y no entro aquí, si acaso. De todas formas, el ciudadano común tampoco va a tener pronto la oportunidad de llenar el depósito, así que no hacemos más que adelantarnos a lo inevitable.
9. José Luis Martín Ramos
Resultan más complicados los traslados de trabajo por Barcelona, que además se hacen en hora punta.
Añado breve respuesta a Carlos. Obviamente esa situación ideal es en realidad irreal. Como todos los cambios profundos, sistémicos, la situación será de transición. Y para que el cambio avance y se consolide es indispensable que tenga el mayor consenso posible; el consenso se construye, precisamente, acertando con las respuestas de transición. No es cierto que a todos los que tenemos coche no les importe el transporte público. Si mejora el transporte público se va abandonando el coche; pero ha de mejorarse el transporte público y eso se ha de hacer evidente, tan o más evidente que las medidas disuasorias o coercitivas. Si no es así lo que se está produciendo es sembrar en falso para que se produzcan reacciones y decisiones regresivas del poder público, que en nuestro caso se somete a elección cada cuatro años. Por no hablar de las sombras que se proyectan sobre un modelo de ciudad y de gobierno de la ciudad. En Barcelona, además de topes en el asfalto, de restricciones de circulación a motor -se han de considerar todas, no solo la de los coches- es urgente mostrar, que se perciban, mejoras en la circulación, en la frecuencia y en el confort incluso, sobre todo del transporte de autobuses. Y que los ricos tengan menos opción de gasto superfluo, pero también que los asalariados y los autónomos puedan renovar, sin penalización añadida, sus medios de transporte. Como dice Salvador, es complicado pero no imposible.
10. Miguel Candel
Suscribo totalmente la necesidad del gradualismo que propugna José Luis; además de que algunas de las medidas aplicadas en Barcelona son totalmente contraproducentes si lo que se busca es reducir las emisiones; por ejemplo, calles con un solo carril de circulación para coches, pues garantiza el atasco sin remedio (no hay escapatoria) en cuanto un coche se detiene por cualquier motivo: avería, apear a un ocupante, maniobrar para aparcar, etc. (en las retenciones, el nivel de emisiones se dispara). Mejor que dos calles de un solo carril es una calle totalmente cerrada al tráfico y la otra, con dos carriles, por ejemplo. Por último, el volumen mayor de automovilistas circulando por Barcelona no lo representan los residentes (yo, por ejemplo, apenas uso ya el coche en desplazamientos urbanos si no es que he devolver a casa muy tarde, cuando ya no hay transporte público que me sirva); los automovilistas más numerosos son, proporcionalmente, los foráneos, para quienes sigue sin haber lo que otras ciudades implantaron hace tiempo: grandes aparcamientos disuasorios (a precio asequible) en las principales entradas, con buena conexión a la red del transporte público. Esa es la primera medida que habría que aplicar, y tiempo y ocasión ha habido para aplicarla. Hacer pagar ahora a los ciudadanos motorizados la desidia o imprevisión de los políticos no es socialmente justo ni razonable.