Ya hace tiempo que todos cuantos no deseamos engañarnos a nosotros mismos, advertimos lo que iba a traer consigo el declive imperial occidental. Era claro que, una vez perdida la hegemonía «blanda» fundada en el poderío económico y el control de la producción industrial, el recurso a utilizar sería la fuerza bruta.
Al principio escondida tras una serie de sofismas ideológicos: defensa de la democracia y los derechos humanos o de un orden basado en reglas. Reglas que, pisoteadas todas las normas legales establecidas tras la II GM, no eran más que los intereses imperiales del día a día, razón por la cual nunca se han enunciado claramente. Ahora, ya sin ningún disfraz, el uso de la fuerza bruta para mantener el dominio occidental sobre el mundo se asemeja a lo sucedido durante esa misma II GM que antes citábamos.
Lo que estamos viendo en los últimos tiempos, en Palestina (aunque aquí lleva ocurriendo ya desde hace decenios, por más que ahora haya aumentado el sadismo sionista), en Líbano, en Irán, en Venezuela, la escalada criminal contra Cuba y más que podríamos decir, podrían calificarse sin demasiadas dudas como delitos semejantes a los que fueron condenados, 80 años ha, en los juicios de Nuremberg y Tokio: crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Ciertamente, por ahora, las víctimas no están dentro del Occidente Global (lo que también hace que estos crímenes atufen fuertemente a racismo), así que habrá quienes no se inquieten demasiado, ya que, como dijo con una alta dosis de sarcasmo John le Carré, «morirá gente, pero no te preocupes, no será nadie a quien conozcas». Además, desde hace siglos, quienes viven en el Sur Global han sufrido continuamente la barbarie imperial. No en balde Aimé Césaire escribió que lo singular del nazismo, y lo que horrorizó a Occidente, fue que se aplicaran en Europa «técnicas» que hasta entonces habían estado destinadas a los pueblos del Sur.
Sin embargo ya no parece que vaya a poder seguir siendo así. El propio Occidente Global (quizá no todavía los poderosos que viven en él, pero sí los ciudadanos corrientes y molientes) va a comenzar a sufrir las consecuencias. Primero en forma de descenso de nivel de vida, de falta de bienes y productos, también de alimentos. Algo que ya afecta a una quinta o una cuarta parte (varía un poco según los países) de las ciudadanías occidentales, pero que pronto afectará a mucho más del 50%. Y esto tendrá consecuencias sociales y políticas, pues cuando eso pase dejaremos de estar dentro de lo que, con total ruindad, llamó jardín en su día Borrell y pasaremos a estar en la selva. Y todos estamos viendo lo que impera en la selva. La misma barbarie que hoy se aplica fuera de nuestras fronteras, se aplicará aquí dentro. De hecho ya ha comenzado a aplicarse. En EE.UU. lo vemos a través del ICE, en Gran Bretaña contra quienes se manifiestan pacificamente contra la proscripción de Palestine Action, en Alemania y Francia contra quienes defienden su derecho a hablar con libertad. Y a medida que la situación económica y social empeore, también empeorará la barbarie que los gobiernos occidentales usarán contra sus propias poblaciones.
La guerra de agresión lanzada el 28 de febrero, por EE.UU. e Israel, contra Irán y Líbano (la segunda vez que así lo hacían en medio de unas conversaciones diplomáticas, como en junio pasado), está comprendida en estos parámetros que hemos dicho, pero representa un fuerte acelerón, por sus características y consecuencias, para la extensión de la barbarie.
En efecto, más allá de la retórica publicitaria del matón norteamericano y del delincuente sionista prófugo de la justicia (también por la parte agredida abunda la retórica, pero la de estos nos parece más justificable que la de los agresores), están los hechos. Y los hechos son que nos hallamos ante una guerra de destrucción total. No por eso de «la civilización que morirá esta noche», sino porque los bombardeos, tanto en Irán como en Líbano, no tienen otro objetivo que aterrorizar y asesinar. Se asesina a los dirigentes y a las colegialas. Se bombardea a los refugiados libaneses, al tiempo que se dinamitan sus casas de modo que no puedan regresar a ellas. Los únicos combates que han tenido lugar son los habidos en el sur libanés, donde, pese a su tremenda superioridad en medios y hombres, los sionistas apenas han logrado avanzar y han tenido serias bajas y la ficticia operación estadounidense para rescatar a un piloto. Esta operación era, en realidad, un intento de capturar uranio enriquecido iraní. Por eso se desarrolló cerca de Isfahán y no donde se dijo que había sido abatido el avión (provincia de Juzestán, bastante lejos de Isfahán). Este ha sido el único intento, fuera de las bravatas publicitarias, norteamericano por llevar la guerra a tierra y acabó con graves pérdidas en hombres y material para los agresores, quienes, por supuesto, fueron incapaces de lograr su objetivo real. Por lo demás, ni se ha producido el hundimiento político y militar en Irán, ni el pueblo libanés se ha equivocado (por más que lo intenten algunos de sus dirigentes) al señalar a los responsables de su sufrimiento, que es Israel y no la resistencia. Lo que sí se ha producido es el casi agotamiento de las bombas norteamericanas, mientras los misiles iraníes y los de Hezbollah siguen funcionando y obligan a la población sionista a pasar horas y horas dentro de los refugios (refugios en los que no se permite la entrada a los palestinos que tienen ciudadanía israelí). Además todas las instalaciones militares estadounidenses en los países del golfo han sido destruidas y sus navíos se han visto obligados a alejarse a centenares de millas de las costas iraníes. Por fin, el estrecho de Ormuz, abierto sin obstáculos a la navegación antes de la agresión, ha pasado a estar controlado por Irán, que sólo permite el paso de los barcos que cumplen sus normas.
Estos son los hechos que han forzado la tregua. Pero esta tregua no parece destinada a dar fruto. Las conversaciones de Islamabad no han durado más de un día y han sido claramente boicoteadas por alguien que, no estando presente allí, actuaba por activa y pasiva para romper las pocas perspectivas de avance que había en ellas. Nos referimos, claro es, a Netanyahu quien ordenó lanzar un ataque masivo contra los civiles libaneses (más dos centenares de muertos), pese a que tanto Pakistán, como los propios EE.UU., aunque estos luego se desdijeron, habían afirmado que la tregua se aplicaba igualmente al Líbano. Obviamente Israel no desea que cese esta guerra, pues su claro objetivo, compartido por la mayoría de su población, es destruir Irán. Es decir, convertirlo en un estado fallido, semejante a Libia, dividido entre facciones armadas que se combatan permanentemente. Los objetivos de EE.UU. no están tan claros, quizá por eso nunca han sido especificados más allá de una serie de proclamas publicitarias contradictorias e incoherentes. Desde luego no se puede desconocer la influencia sionista sobre la política norteamericana. Muy fuerte sobre Trump en razón de sus financiadores multimillonarios, como Miriam Adelson, y también sobre el resto a través del AIPAC. Sin embargo los 40 días de guerra han dejado un rastro sobre el terreno que no puede dejar de ejercer su fuerza sobre las decisiones norteamericanas. Irán ha resistido y ha contraatacado con fuerza. Los aliados norteamericanos del golfo han visto muy perjudicados sus intereses. No sólo ha menguado el tráfico de gas, petróleo, urea, helio y otros por Ormuz, sino que sus instalaciones clave han sido gravemente dañadas y llevará tiempo y dinero repararlas. Peor aún, su seguridad, dependiente de los EE.UU., se ha evaporado. No sólo es que las bases, aeropuertos y radares estadounidenses en la zona hayan sido destruidos, sino que la propia US Navy, cuya V Flota estaba radicada en Bahrein, ha tenido que alejarse. Por todo ello cada vez más personas dentro de EE.UU., donde esta guerra no gozaba de apoyo desde el inicio, se preguntan en servicio de quien están utilizando su fuerza y gastando el dinero de sus impuestos (se han solicitado al Congreso 200.000 millones de dólares adicionales para sostenerla). Y no cabe olvidar que el próximo 3 de noviembre se elige una nueva Cámara de Representantes, además de un tercio del Senado y un buen número de gobernadores estatales, en EE.UU.
Seguramente todas estas cosas han influido directamente para que Trump aceptara que Pakistán (un histórico aliado, pero que también se lleva muy bien con China) mediara en favor de la tregua. Pero, lo mismo que la fuerza bruta, tampoco las conversaciones de Islamabad han servido para dar a Trump algo que vender como triunfo, pues Irán ha mostrado allí igual firmeza que en el terreno bélico. Aunque las conversaciones podrían reanudarse hay muchas circunstancias que no permiten prever que tengan éxito. Irán no aceptará nada que no garantice, pero de verdad, no con papeles y planes por fases, que nunca más será atacado. Y esto representaría una derrota evidente para EE.UU. y una catástrofe absoluta para Israel. Por ahora sigue el juego de la retórica bravucona, con la amenaza de cierre de Ormuz (recordamos que antes del 28 de febrero estaba expedito). Pero esto es más fácil de decir que de hacer. En realidad lo único que pueden hacer los norteamericanos, y ya lo han dejado caer, es bombardear barcos a mansalva como en el Caribe, pues sus propios buques no se pueden acercar impunemente al estrecho. Aquí no se trata de barcos de pescadores, sino de grandes barcos cargados con productos fundamentales para mantener en marcha la economía mundial. Si esto se produjera la recesión económica que ya se anuncia, no unicamente por la subida de precios, sino por la escasez de muchos bienes básicos, podría causar un daño gravísimo; primero en los países más pobres, pero enseguida llegaría a Europa y a otras dependencias imperiales como Australia o Japón. Otra alternativa sería la ofensiva terrestre, pero esta ya fue descartada inicialmente por el gran número de bajas que conllevaría para los EE.UU. La última que queda, y ya se ha empezado a sugerir desde Israel y por algunas voces (Mark Levin) norteamericanas, es la opción nuclear. Se culminaría así la travesía del imperialismo desde la barbarie al exterminismo, pero vistos los antecedentes no es posible descartarlo.
Cada vez más personas están tomando conciencia de este peligro y se movilizan para impedirlo. Nuestras voces contra la guerra imperialista y, por lo que aquí nos toca más de cerca, contra la OTAN y las bases norteamericanas han de extenderse y crecer. Este próximo 18 de abril hay una marcha hacia la base de Morón y el domingo 26 una manifestación en Barcelona. Estas iniciativas se están multiplicando por toda España y es nuestra obligación ayudar a que proliferen por todas partes y que sean masivas. Nos va muchísimo en ello.
https://www.cronica-politica.es/de-la-barbarie-al-exterminismo/.