Pocos consejos más inútiles que el que recomienda «vivir el momento presente». Recomendación imposible de seguir, no por incapacidad del sujeto, sino por invencible resistencia del objeto.
Porque ¿qué es el presente? En su sentido más propio, el límite entre el pasado y el futuro. Es decir, un momento, un instante, tan carente de duración como carente de extensión es el punto. Y ¿acaso es posible vivir sin durar? De modo que esforzarse por vivir el momento presente es como esforzarse por no vivir. Semejante empeño es tanto o más vano que el de un delincuente perseguido por la justicia en dos países vecinos que pretendiera librarse de ser apresado situándose justo en la línea fronteriza. Con ello, en lugar de evitar caer en manos de la justicia de uno cualquiera de los dos países, sólo conseguiría ponerse a merced de la justicia de ambos, pues ningún cuerpo, humano o no, tridimensionales como son todos, «cabe» en un lugar geométrico de una sola dimensión.
En realidad, pues, nadie puede vivir en el «momento». Sólo podemos vivir en un «trecho» temporal, en un lapso más o menos duradero. Ahora bien, si el presente estrictamente dicho no es duradero, quiere decirse que cada tramo de nuestra vida «presente» cubre en realidad, por encima del fugaz instante, tanto un trozo de pasado como un trozo de futuro. Más de uno objetará que eso es tan imposible o más que vivir en el instante presente, pues el pasado ya no existe y el futuro no existe todavía. No exactamente. El pasado pervive en la memoria y el futuro se anticipa en la imaginación. El presente real para nosotros, el presente psicológico, por tanto, no es un simple momento puntual, vano e inasible, sino un puente tendido entre el pasado y el futuro, entre la memoria y la imaginación. Tiene, pues, duración, extensión temporal continua, es decir irreductible a una suma de instantes, del mismo modo que una línea no puede construirse reuniendo puntos (en efecto, un conjunto de puntos nunca puede sumarse: o bien están separados y, por tanto, rompen o no llegan a constituir la unidad de la línea, o bien están juntos, en cuyo caso se funden todos en un único punto).
El buen consejo, pues, no sería «vive el momento presente», sino algo así como «vive sin quedarte en el presente». De hecho, no hay cárcel del espíritu peor que esa de quedar presos de la volátil situación dada. Alguien preguntará: «Pero ¿qué decir de esos momentos de felicidad que quisiéramos retener para siempre, que quisiéramos que fueran eternos?» Pues de esos momentos hay que decir que revelan precisamente lo contrario de lo que parece: en ellos el tiempo queda superado, borrándose la diferencia entre pasado, presente y futuro; son estados (no momentos) intemporales y, como sugiere la pregunta anterior, eternos. En efecto, tal como han dicho siempre los filósofos que han tratado la cuestión, empezando por Boecio en el siglo VI, pasando por Spinoza en el XVII y llegando a autores del XX (hoy olvidados por una cultura consumidora insaciable de instantes vacíos) como el francés Louis Lavelle, la eternidad no es un flujo temporal infinito, sino la permanencia del ser que permite que el conjunto de las cosas cambie sin destruirse. Es precisamente esa eternidad subyacente y distinta del flujo temporal lo que permite que tengamos conciencia del tiempo, lo que impide que nuestra conciencia se disuelva en la nada de una sucesión de «momentos» sin substancia.
Pues bien, todo lo que antecede puede servir para mejor entender el título de este texto en el sentido en que sin duda lo ha entendido a primera vista el 99% de los lectores: que la situación actual del mundo («mundo» entendido aquí como «humanidad») es insoportable. Lo es, ciertamente, para la inmensa mayoría directa o indirectamente afectada por las guerras en curso, con su secuela de muerte, dolor y privaciones de todo tipo. De ahí lo provechoso del mencionado consejo: «vive sin quedarte en el momento presente».
Ese consejo tiene dos vertientes. Una vertiente teórica y una práctica. La primera: repasando la historia se puede ver que ninguna situación es definitiva, ni definitivamente buena ni tampoco definitivamente mala. Cuando nos preguntamos «¿Cómo acabará esta situación?», deberíamos tener claro que, en sentido estricto, las situaciones nunca acaban del todo: a cada situación dada le sigue otra que, a modo de planta, ofrecerá nuevos frutos pero tendrá viejas raíces, justamente las que le proporciona la situación anterior. A este respecto los historiadores conocen bien los insolubles problemas que plantea la cuestión de la periodización. Por ejemplo, ¿cuándo podemos decir que ha empezado la Edad Moderna? ¿En 1440, con la invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg; en 1453, con la conquista otomana de Constantinopla; el 12 de ocubre de 1492, con la llegada de Colón a América…? Y suponiendo que optáramos por cualquiera de esas fechas, ¿podríamos decir que en ese mismo momento acabó la Edad Media? Hoy día son todas ellas preguntas sin sentido: la historia es una magnitud continua, no discreta. Lo único seguro es que ciertos acontecimientos podemos considerarlos pertenecientes a tal o cuál época, pero no lograremos encontrar ningún acontecimiento que pueda considerarse inequívocamente el primero de tal época o el último de tal otra. Porque, como reza un paradójico adagio de la física antigua en su versión escolástica, «todo lo que se mueve se movía y se moverá». Lo cual no quiere decir que el movimiento sea perpetuo (cosa obvia), sino que a cualquiera de sus momentos se le puede atribuir algún movimiento anterior y algún otro posterior. Dicho de otro modo: el paso del movimiento al reposo y viceversa es indeterminable con exactitud, como lo es el momento preciso en que Aquiles alcanza a la tortuga, según la célebre paradoja de Zenón de Elea.
Y ahora la vertiente práctica del consejo: no pierdas nunca la esperanza en un cambio a mejor (ni te desesperes al prever que habrá cambios a peor). Que no te pase como a Stefan Zweig, que a comienzos de 1942 perdió la esperanza de que el dominio nazi sobre Europa llegara a su fin y optó por suicidarse (pese a que las tropas de Hitler ya habían sufrido algunas derrotas: en la batalla aérea sobre Inglaterra y en su intento de ocupar Moscú). Si hubiera aguantado unos meses más, habría visto la catástrofe de la Wehrmacht en Stalingrado, que todo el mundo saludó como el claro indicio de que la marcha de los acontecimientos cambiaba de signo.
Pero si hablamos de aplicación práctica del consejo (no quedarse encerrados en el presente), mejor que conformarse con ese sentimiento subjetivo llamado esperanza es unirse al rosario de luchas objetivas en curso contra los responsables de que un presente que podría ser gozoso para millones de personas se haya convertido en doloroso para muchas de ellas. Sólo así se podrá llegar al glorioso momento de ver arrojados al basurero de la historia a enemigos de la humanidad como el imperialismo euroamericano y el sionismo genocida.