“El Día D (de las masacres)” por Miguel Candel Sanmartín

En un artículo anterior hemos hablado de la leyenda épica montada en torno a la invasión de Francia por los miembros occidentales de la coalición antinazi en la Segunda Guerra Mundial. Bueno, alguien dirá que “invasión” no es un término adecuado, pues los aliados no desembarcaron como conquistadores sino como liberadores. Se puede discutir.

Pero técnicamente, y haciendo abstracción de los fines políticos de la entrada de tropas extranjeras en el territorio de un país, esa entrada, si no es autorizada oficialmente (y desde luego, las autoridades establecidas en aquel momento en Francia con el consentimiento del gobierno de Pétain no parece que vieran con muy buenos ojos la llegada de los muchachos de Eisenhower), es indiscutiblemente una invasión. Como no se cansan de repetir, por cierto, los medios occidentales al referirse a la entrada de tropas rusas en Ucrania, por más que una parte importante de la población ucraniana, especialmente en el Este del país, las vio y las sigue viendo como liberadoras.

Pero aceptando, como es obligado hacer (salvo si uno es firme partidario de Hitler y de sus ―numerosísimos― colaboradores galos), que las tropas aliadas llegaron a las playas de Normandía como liberadoras, cabe hacer objeciones a las formas empleadas en esa tarea de liberación.

Algunos números reveladores. Durante los tres meses siguientes al Día D (6 de junio de 1944), cerca de 18.000 civiles franceses sucumbieron bajo las bombas lanzadas por británicos y estadounidenses sobre las poblaciones situadas en el frente o a retaguardia de las líneas alemanas. Lo que representa las dos quintas partes de todos los civiles franceses muertos en bombardeos aliados durante cuatro años de guerra (51.380, cifra no muy alejada de los 60.000 civiles británicos muertos por las bombas alemanas a partir del verano de 1940). Entre paréntesis: una cifra equivalente es la de los civiles italianos víctimas de bombardeos aliados; con el agravante, en este caso, de que los dos tercios de ellos perecieron después de la firma del armisticio de septiembre de 1943, cuando sólo la mitad de Italia seguía combatiendo junto a los alemanes.

Casos particularmente llamativos en la campaña aérea sobre Francia fueron los bombardeos de dos pequeñas poblaciones normandas, Évrecy y Aunay, así como de la ciudad portuaria de Le Havre. Contra las dos primeras arrojaron sus bombas, en la madrugada del 15 de junio de 1944, 337 bombarderos británicos. En Évrecy murieron 130 de sus 430 habitantes (todo para destruir un simple cuartel general alemán); en la segunda, sin objetivo militar alguno, perecieron 200 civiles. Ni que decir tiene que no quedó ni un solo edificio en pie y todos los supervivientes hubieron de buscar refugio lejos de allí.

En cuanto a Le Havre, la historia es mucho más escandalosa. Habiendo quedado aislada la ciudad con su guarnición alemana tras el avance de los aliados hacia el interior de Francia, liberado ya incluso París el 26 de agosto, al alto mando aliado se le metió en la cabeza la idea de “liberar” el puerto de Le Havre para poder desembarcar más fácilmente nuevos efectivos. El comandante de la guarnición alemana, coronel Hermann-Eberhard Wildermuth, después de haber instado a la población civil a evacuar la ciudad a finales de agosto (recomendación que sólo siguieron 10.000 personas, permaneciendo en sus casas otras 50.000), intentó negociar con el teniente general británico John Crocker la evacuación de toda la población civil restante. Crocker se negó porque, según confesó a sus íntimos, ello habría supuesto dar a los alemanes la ventaja de no tener bocas civiles que alimentar, ganar tiempo para preparar sus defensas mientras duraba la evacuación y expulsar de la ciudad a los miembros de la resistencia.

Para colmo, el espionaje aliado había identificado la ubicación de las tropas alemanas en distintos puntos de la ciudad, básicamente (como es lógico) en su periferia, pero Crocker, cuando pasó a la aviación las coordenadas de los objetivos que había que bombardear, indicó sólo el centro de la ciudad. Los bombardeos comenzaron la noche del 5 de septiembre, causando de entrada 781 víctimas mortales y 289 desaparecidos. A la noche siguiente murieron 655 personas más, muchos de ellos enterrados vivos en un túnel en construcción. Finalmente, el 11 de septiembre la operación acabó con un saldo de más de 1.500 civiles muertos y más de 500 desaparecidos, tras el lanzamiento de 9.790 toneladas de bombas a lo largo de una semana. En cambio, la guarnición alemana había sufrido únicamente ¡8 bajas! y la mayor parte de sus instalaciones militares, incluido su cuartel general, seguían intactas. Todo ello apenas sirvió para facilitar luego la ocupación de la ciudad por las tropas de tierra, operación que resultó muy costosa y acabó dañando gravemente las instalaciones portuarias, que quedaron inutilizables por bastante tiempo. Encima, Crocker tuvo el cinismo de felicitar al mando de la aviación por la “absoluta precisión” de sus bombardeos…

De todo esto, por supuesto, salvo tres o cuatro autores franceses y alguno británico, nadie ha dicho apenas nada en los ochenta años transcurridos, envuelta la cruda historia real en las nubes de incienso y glorificación de la operación aliada que, supuestamente, “acabó con el nazismo”. Recordar “detalles” como los mencionados (que son sólo una pequeña muestra de las tremendas destrucciones y muertes causadas por la aviación aliada en Francia) se ha considerado hasta ahora “políticamente incorrecto”. Hasta el prestigioso historiador británico Antony Beevor ha sido criticado por haber escrito, en las pocas páginas dedicadas al tema en su libro de 2009 El Día D: la Batalla de Normandía, que el bombardeo de Caen estuvo “muy cerca de ser un crimen de guerra”. La sobada justificación de que arrasando ciudades enteras y matando miles de civiles se garantizaba la destrucción de las tropas alemanas, además de haberse demostrado falsa por la gran mayoría de los historiadores, recuerda la cínica respuesta de Simón de Monfort cuando, al preguntarle sus subordinados durante la cruzada antialbigense del siglo XIII cómo podían distinguir a los herejes de quienes no lo eran, respondió: “Vosotros matadlos a todos, que Dios ya elegirá a los suyos”.

Pero aquel último año de guerra (1944-1945) había aún de conocer episodios mucho más terribles en el marco de un conflicto en el que, paradójicamente, y con la excepción del continente americano, tenían muchas más posibilidades de sobrevivir quienes iban al frente que quienes permanecían en sus casas, como demuestra la comparación entre víctimas civiles y militares de ambos bandos. (Cosa, por supuesto, que volvería a ocurrir, corregido y aumentado, en caso de guerra nuclear.)

En efecto, cuando rendida ya Alemania los estadounidenses centraron su esfuerzo bélico en el Pacífico, comprendieron que, pese a haber arrebatado al Japón todas las conquistas conseguidas desde el decenio de 1930 (menos Manchuria), el país del sol naciente conservaba recursos humanos suficientes para presentar una durísima resistencia ante cualquier intento de invasión del territorio japonés original, algo imprescindible para quebrar la resistencia nipona, pero que se saldaría, según diversos cálculos, con centenares de miles de bajas norteamericanas. Para ello empezaron a estudiar diversas estrategias posibles.

Primero se pensó en invadir una de las islas mayores del sur del archipiélago, en la que se suponía que la resistencia sería menor por no hallarse allí la capital, a fin de convertirla en cabeza de puente para dar luego más fácilmente el salto a la isla principal. Pero pronto se supo que los japoneses habían adivinado las intenciones de Washington y estaban concentrando gran número de tropas en la isla, además de movilizando a centenares de miles de nuevos combatientes. Entonces el presidente de la junta de jefes de estado mayor estadounidense, y hombre de la máxima confianza de Roosevelt, el almirante William Daniel Leahy, abogó por una estrategia de desgaste, partiendo de la base de que, al estar totalmente bloqueado por la flota estadounidense, Japón acabaría quedándose sin recursos y capitularía sin necesidad de una gran invasión terrestre (a lo que debían contribuir también sucesivos bombardeos a gran escala).

Siguiendo esa línea de acción, cuando se supo con certeza que se podía contar con las primeras bombas atómicas, la mayoría de los asesores de Truman, ascendido a presidente tras la muerte de Roosevelt en abril de 1945, propuso inmediatamente su utilización para acelerar el proceso diseñado por Leahy. Paradójicamente, este se mostró inicialmente escéptico sobre la efectividad militar del artefacto y, aunque arrastrado por la opinión mayoritaria, acabó dando el visto bueno al lanzamiento, manifestó después del ataque que causar semejante mortandad totalmente desproporcionada de población civil, con efectos no sólo inmediatos, sino a largo plazo, podía redundar en la pérdida de prestigio moral de los Estados Unidos. En sus memorias llegó a escribir que aquello suponía “adoptar los estándares éticos comunes a los bárbaros de la Edad Oscura”. (Quien sí consta que manifestó reservas morales similares antes del lanzamiento fue el jefe del estado mayor del ejército de tierra, general George C. Marshall.)

Pues bien, no hace falta recordar los apocalípticos efectos de las primeras (y, de momento, únicas) bombas atómicas lanzadas contra ciudades los días 6 y 9 de agosto de 1945 por los B-29 de las fuerza aérea estadounidense: centenares de miles de muertos entre víctimas producidas en el momento de la deflagración y las producidas a lo largo de los meses y años subsiguientes por efecto, sobre todo, de la radiactividad. Y, por supuesto, no es verdad que esa fuera la opción que permitía ahorrar más vidas, aun contando que una invasión terrestre hubiera supuesto para las tropas norteamericanas las cifras de bajas que se preveían. En primer lugar, no se pueden comparar, ética y jurídicamente, las víctimas militares con las civiles: las primeras mueren luchando, las segundas son asesinadas (por más que los malos traductores del inglés se empeñen últimamente en traducir sistemáticamente “killed” por “asesinado”). En segundo lugar, la estrategia de desgaste propuesta por el almirante Leahy podría perfectamente haber funcionado con un coste humano muy inferior. Y, por último, había una posibilidad que no parece habérsele ocurrido a nadie: lanzar la bomba atómica a modo de advertencia sobre un lugar no habitado pero perfectamente visible desde zonas habitadas, digamos sobre el volcán Fujiyama, a la vista de Tokyo y de otras muchas ciudades de la isla principal, Honshū. Paradójicamente, Hiroshima estaba relativamente apartada, hacia el extremo suroccidental de dicha isla, razón por la cual las autoridades japonesas pudieron ocultar unos días el hecho y evitar el pánico de la gran mayoría de la población, ante lo cual los estadounidenses, de manera más irracional todavía, decidieron arrojar una segunda bomba en Nagasaki, más apartada aún que Hiroshima (en el extremo occidental de la isla de Kyūshū).

Y, last but not least: la capitulación japonesa no se produjo inmediatamente después de sufrir el holocausto nuclear, sino al cabo de diez días de haber comenzado la invasión soviética de Manchuria (8 de agosto), donde el Japón tenía sus principales reservas de tropas terrestres, invasión que el 15 de agosto había alcanzado sus objetivos clave. Dicha operación había sido solicitada por el presidente Roosevelt, solicitud reiterada por Truman tras la capitulación de Alemania. Por cierto que más de un analista militar consideró en su momento que un objetivo complementario del lanzamiento de las bombas atómicas era “mostrar los dientes” al Ejército Rojo en previsión de posibles conflictos futuros entre los miembros de la coalición antihitleriana (tal como acabó ocurriendo a partir de 1947).

En resumen: las enseñanzas ético-políticas de lo que vino después del Día D son que hasta la causa más justa es susceptible de ser pervertida por el uso de medidas de fuerza desproporcionadas. Eso por no hablar de cómo, transcurridos casi ochenta años de la hecatombe nuclear desatada sobre el Japón, más de uno de los patéticos dirigentes políticos que gobiernan esta nuestra parte del mundo parecen haber olvidado que, si abrir la caja de Pandora es arriesgado, ese riesgo equivale al suicidio colectivo cuando dentro de la caja en cuestión se encuentran miles de “hermanas” de las bombas arrojadas en 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki.

https://www.cronica-politica.es/el-dia-de-las-masacres/


Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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