“El imperialismo que nunca se fue” por Albert Recio Andreu

Cuaderno trumpeado

Siguiendo la tradición, cada dos años agrupo los comentarios económicos bajo un cuaderno (será por Gramsci, o por puro esnobismo). El título trata de reflejar la situación del período. El anterior fue el de «locuras», y la verdad es que las locuras no sólo han proliferado, sino que a escala planetaria dominan el mundo económico. Ponerle nombre a este ha sido fácil. El mundo entero está atacado por las brutales políticas que en todos los planos están imponiendo Trump y los suyos. Años de demandar la impugnación de la ortodoxia económica al final se ha cumplido el deseo, pero a peor. Ahora estamos bajo el imperio de la fuerza bruta. Precisamente en un momento donde se exigiría cordura, reflexión y políticas con sentido social. Nos han trumpeado y seguimos en shock.

El imperialismo que nunca se fue

Para abrir este cuaderno creo adecuado tratar de situar el contexto general de la situación actual, sintetizando cosas que ya he comentado en anteriores entregas. El mundo económico llora lo que llaman el fin de la globalización y la vuelta al imperialismo, encarnado, hasta el momento, por la política arancelaria impuesta por la Administración Trump, el desprecio y el abandono de los foros multilaterales, el predominio de una negociación desigual. Y, además, contando con la cara B de la vuelta al militarismo rampante.

Hoy, los economistas liberales lloran por una aparentemente pacífica globalización que ahora esta destruyendo la extrema derecha estadounidense en el poder. Pasan por alto que, ni la globalización fue tan pacífica como ahora se pinta, ni el imperialismo estadounidense dejó nunca realmente de actuar. De hecho, el capitalismo siempre ha sido, en cierto grado, una economía globalizadora. Su impulso vino precisamente de la expansión que propiciaron las mejoras en la navegación, la colonización inicial de América, el desarrollo del comercio triangular en el que África ponía los esclavos, América las materias primas, y Europa las manufacturas. Desde este proceso inicial, el mundo se ha hecho cada vez más interrelacionado, y los países centrales han jugado a combinar liberalismo y proteccionismo según las conveniencias del momento. Y a jugar suicidas políticas coloniales y de expansión de sus propios cotos, que acabaron dramáticamente en las dos guerras mundiales. El final de la segunda dejó un mundo capitalista con un solo imperio, Estados Unidos, que gracias a ello impuso unas reglas del juego diseñadas en función de sus intereses (aunque tuvo que bregar con una potencia rival, la URSS, que parecía un rival peligroso). El declive soviético, en gran parte por méritos propios y por haber aceptado el envite de la competencia bélica, coincidió con un momento de enorme agitación social en los países del centro capitalista. La globalización y el neoliberalismo fueron, en gran medida, las respuestas tanto a la crisis interna de dominación (el pleno empleo y el Estado del bienestar habían dado «demasiada» fuerza a las clases trabajadoras) como la oportunidad de acceder a un inmenso ejército de reserva industrial, disciplinado, en China y otros países. Fue una variante de imperialismo, menos vistosa, pero en cuyo diseño dominaban los intereses de las élites de Washington. Las mismas que no dudaron a imponer privatizaciones y servidumbres de deuda a buena parte de sus países súbditos. La globalización neoliberal nunca fue completa, y persisten muchos mecanismos proteccionistas. Y ha tenido su cara más oscura en la aplicación de políticas migratorias, que violan los derechos humanos y que, en la mayoría de los países centrales, generan una nueva subclase de «metecos», trabajadores sin derecho a ciudadanía.

Lo que ahora cambia es el modelo, no la lógica. Un cambio que lleva años gestándose, al menos desde los mandatos de Bush. Hace tiempo que Estados Unidos está cuestionando los marcos multilaterales y optando por negociaciones bilaterales en las que tiene más oportunidades de imponer su poder. Aunque han sido los republicanos los que han optado por esta línea, las sucesivas administraciones demócratas nunca han variado sustancialmente esta lógica. De hecho, la mayor aportación novedosa de una administración demócrata fue la liberalización financiera aprobada por Clinton, que está en la base de la crisis de 2008 y la financiarización en beneficio de los megarricos. Lo que está haciendo Trump es radicalizar está política hasta niveles insoportables. Quizás porque ahora temen la amenaza de China, quizá porque tienen una crisis social en su interior que tratan de resolver a coste cero para las élites, y quizá porque saben que en el mundo occidental no tienen ningún rival con capacidad de dañarles.

Si algo ha hecho la agresiva política trumpista es mostrar las miserias de la Unión Europea. Vienen de lejos, de su propio diseño, de la voluntad de algunos países de actuar como miniimperios en lugar de cooperar para construir un espacio social común, de la ausencia de verdaderas políticas industriales necesarias si se quería competir con EE. UU. También provienen de la falta de valor y claridad de miras de la mayoría de líderes que han acatado las demandas de Trump sin una verdadera resistencia. Viendo el espectáculo de «nuestros líderes», a uno le vienen en mente las escenas iniciales de «La caída del imperio romano», con una serie de reyezuelos dando su homenaje al emperador de turno. Y es que un imperio no sólo se construye con fuerza, sino también tejiendo una red de contactos y vasallajes que generen súbditos complacientes. EE. UU. lo ha desarrollado largamente desde sus instancias políticas (por ejemplo, a través de la OTAN) y desde las universidades donde acuden a formarse gran parte de las élites intelectuales europeas. En el actual vasallaje europeo está el conocimiento de las propias debilidades, la ausencia de ideas claras, y algunos cálculos egoístas (llevo días pensando que en el acuerdo con Trump, que por ejemplo abre casi completamente el mercado agrario europeo, está la posibilidad de que a cambio salga compensada la industria automovilística, fundamentalmente alemana). Ahora sabemos al menos que somos una colonia, no del rango inferior, pero una colonia.

Consecuencias posibles de la nueva ofensiva imperialista

Todos los procesos de expansión imperialista tienen efectos destructivos para las sociedades a las que someten. Y, a menudo, también para una parte de la propia sociedad imperial que no participa de los réditos del imperio. El actual proceso está dirigido por una combinación de empresarios high tech, empresas de sectores convencionales cuestionadas por la crisis ecológica (especialmente petroleras), y un amplio sector de fundamentalistas irracionales que cuestionan lo mejor de la ciencia. Si triunfan, todo apunta a una sociedad distópica del tipo El cuento de la criada, mezcla de tecnología sofisticada, desigualdades extremas, autoritarismo, y desastre ecológico asegurado. Pero aún es difícil saber si el proyecto es tan sólido como pretenden o si, por el contrario, sus numerosas contradicciones le llevaran al fracaso.

Considero que hay tres tipos de impactos posibles a considerar. El primero ya lo estamos viendo: la rotura de las regulaciones tradicionales, sustituidas ahora por negociaciones bilaterales erráticas. Y sustituidas también por una política que puede generar nuevos desequilibrios a la economía estadounidense en forma de inflación, aumento del déficit fiscal (si fracasa, lo que es bastante probable, que sean los aranceles los que compensen los recortes fiscales) y una mayor inestabilidad financiera. En esta situación caótica es donde este nuevo proyecto tiene más posibilidades de fracasar, tanto por las tensiones que puede generar en el propio país como porque el resto del mundo reaccione y establezca espacios comerciales y de cooperación económica alternativos. El desequilibrio impuesto por la política actual acabaría generando un reactivo (a lo Polanyi), aunque en el corto y medio plazo estaríamos sometidos a una continua inestabilidad.

Un segundo escenario es que el proyecto tenga éxito y Estados Unidos consiga someter al resto del mundo, especialmente a Europa (puesto que Latinoamérica y África ya cuentan poco) a su proyecto «neocolonial». Es una vía al desastre, tanto en el plano social (con numerosos países dominados por políticos afines al trumpismo) como en el ecológico. Qué tan estable puede ser un sistema que garantiza «mala vida» a la mayoría de la población es una cuestión a priori difícil de discernir, y que está íntimamente asociada al mantenimiento de un régimen de libertades democráticas.

Y, en tercer lugar, la versión más brutal es que esta ofensiva acabe encarnándose en un proyecto belicista, especialmente asociado al conflicto con China (y, en menor grado, con Rusia), donde el poder tecnológico y el acceso a minerales estratégicos puede jugar un papel crucial.

Todos los escenarios de esta ofensiva imperial son terribles, y sólo la posibilidad de que la inestabilidad genere reacciones puede alterar su curso. O, sobre todo, que en el resto del mundo se generen fuerzas y movimientos que frenen en cada país el proyecto trumpista. Lo que exige, una vez más, el reforzamiento de una alternativa cosmopolita, internacionalista, inclusiva, democrática.

https://mientrastanto.org/248/notas/el-imperialismo-que-nunca-se-fue/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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