“Interseccionalidad, marxismo y nuestro futuro común” de José A. Tapia

José A. Tapia es profesor de ciencias políticas en la Universidad Drexel, en Filadelfia. El rigor, claridad y profundidad de su pensamiento se muestran de nuevo en este artículo.

Interseccionalidad, marxismo y nuestro futuro común

En el artículo titulado «Marxismo, interseccionalidad y la trampa de la unidad», publicado el 25 de mayo pasado en El Salto, María Rodó Zárate hace diversas consideraciones sobre las relaciones entre estas corrientes teóricas. Se citan numerosas autoras (creo que ni un solo autor) que han producido literatura política y sociológica sobre esta temática. La discusión de María Rodó lleva a menudo a alturas que están lejos del común de los mortales, como cuando afirma que, además de «visibilizar y reforzar las raíces de la teoría interseccional en el feminismo Negro norteamericano en un contexto de blanqueamiento e institucionalización del concepto, desde una perspectiva antiimperialista es también necesario ver que, en otros contextos geográficos, se desarrollaron al mismo tiempo lo que denomino como “pensamiento y acción del tipo interseccional”». Pues muy bien, quizá, pero, ¿no sería mejor menos retórica? Lo mismo podríamos entendernos, cosa que hace mucha falta en estos tiempos.

María Rodó afirma que en la última década se ha ido acentuando la brecha que separa la lucha de clases de las luchas feministas, antirracistas y LGTBI, entre otras. No estoy muy seguro de qué quiere decir eso, pero me parece que hay muchas razones para estar en desacuerdo. Hay que tener una concepción muy estrecha de lo que es la lucha de clases para pensar que está separada por ejemplo de las luchas feministas o antirracistas. La Guerra Civil en EEUU fue básicamente un conflicto entre el norte capitalista y el sur esclavista, en el que se jugaba la existencia de la esclavitud en Norteamérica. ¿Fue un conflicto clasista? La lucha entre el norte y el sur planteaba la abolición de la esclavitud, pero no cuestionaba de ninguna manera la abolición del trabajo asalariado, ni siquiera la mejora de la posición relativa de los asalariados, a pesar de lo cual el norte antiesclavista y antisecesionista fue apoyado de pleno por los socialistas europeos, incluyendo Marx y Engels y los obreros británicos que veían con antipatía a la oligarquía esclavista. Los esclavistas propietarios de plantaciones, líderes del separatismo sureño, como proveedores de algodón eran los business partners de los capitalistas de la industria textil inglesa. La lucha por el progreso social a menudo ha unificado las luchas en distintos ámbitos, si bien es cierto que los seres humanos somos muy dados a pensar solo en lo nuestro, cada ámbito tiene sus especificidades y no es raro que las personas activas en un ámbito ignoren las luchas en otros. Además, no hay que pedir peras al olmo, el esclavo obligado a trabajar bajo el látigo difícilmente podrá pensar en la opresión de las mujeres por los varones (quizá la de su propia esposa) y la empleada de alto nivel salarial abusada sexualmente por su jefe puede no ser muy dada a sintonizar con las luchas sindicales o con el movimiento contra la guerra. Pero, ¿no fue entre los activistas de las distintas organizaciones de la izquierda donde más se desarrolló por ejemplo el feminismo en la época previa a la guerra civil española? ¿No fue el franquismo enemigo brutal no solo de las reivindicaciones obreras sino de las reivindicaciones feministas, por no mencionar su descomunal homofobia? ¿No aplastó el nazismo las organizaciones obreras a la misma vez que institucionalizó el rol familiar y reproductivo de la mujer cuya máxima aspiración debía ser proveer de vástagos a la nación para su engrandecimiento? ¿No luchábamos a la vez en los años setenta por las libertades democráticas, por los derechos sindicales y por la abolición de toda la legislación en la que se apoyaba una situación social y legal subalterna para las mujeres españolas? Que hubo y hay sindicalistas machistas, feministas de derecha, comunistas homófobos y antirracistas procapitalistas es obvio y no prueba nada, la realidad social está llena de diversidad y por suerte o por desgracia, la única forma de entenderla en muchos casos es abstraer los detalles para poder entender el todo. Claro que el «todo» que se pretende ver, entender y a veces, transformar, no siempre es el mismo, en un momento dado puede ser digamos conseguir un convenio colectivo más favorable; en otro puede ser legalizar el derecho al aborto, la educación laica o el matrimonio LBGT; en otro caso puede ser el derrocamiento de un gobierno reaccionario y su substitución por un gobierno representativo del movimiento popular, o quizá el cómo evitar la autodestrucción de la humanidad. En cada caso el análisis concreto de la situación habrá de ser el que, frente a cualquier dogmatismo, indique la actitud a tomar.

El artículo de María Romo parte de dos conceptos, marxismo e interseccionalidad, que no son ni mucho menos obvios. La autora no explica qué quiere decir exactamente cuando se refiere a ellos. En otros tiempos el marxismo se concebía como parte integrante de una ciencia social proletaria que habría sido iniciada por Marx y Engels y luego, según algunos, desarrollada por Lenin, Stalin y Mao, según otros, por Trostki, quizá Che Guevara. Había otras interpretaciones, claro, que hoy también dan bastante vergüenza ajena. Desde antes de que se comenzara a usar el término “marxismo”, los seguidores de Marx ya estaban enfrentados a los anarquistas que les acusaban de manipuladores y autoritarios. Los autoproclamados marxistas pronto se dividieron en sectas que se combatían a muerte y acusaban de renegados y traidores a las demás, de forma muy parecida a como las distintas iglesias que surgieron del tronco de la de Roma se combatieron unas a otras como herejías y consideraban a sus miembros como personificaciones del mal que incluso había que quemar en la hoguera. Las sectas cristianas se diferenciaban por la posición ante problemas «doctrinales»: ¿es el Papa el representante de Dios en la Tierra?, ¿hace falta la confesión para el perdón de los pecados?, ¿puede la Iglesia vender indulgencias? Los marxistas se enfrentaron por la interpretación de diversos aspectos teóricos y prácticos del movimiento socialista y así, por ejemplo, en 1914 los marxistas europeos tuvieron que elegir entre pasar a la clandestinidad oponiéndose al nacionalismo y el patrioterismo belicista, o apoyar e incluso formar parte de gobiernos que estaban llevando a a sus países a una guerra cuya preparación los mismos socialistas habían denunciado. Quienes se opusieron a la guerra a menudo se ganaron la muerte, fue el caso de Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht y Leo Jogiches. Luego, tras la revolución rusa, los socialistas que simpatizaban con ella se vieron obligados a aceptar las condiciones marcadas por los soviéticos para pertenecer a la Internacional Comunista o, si no las aceptaban, permanecer al margen. Pocos años después el liderazgo de Stalin aceptado por una parte y rechazado por otra parte sustancial de los militantes del Partido Comunista de la URSS llevó a las terroríficas purgas que siguieron hasta los años cincuenta, cuando Jrushchov denunció a Stalin. Y de ahí surgió otro cisma marxista, el chino-soviético. Como Marx escribió mucho sobre muchas cosas y como Engels que era su amigo y su colaborador intelectual también era un polígrafo con opiniones sobre casi todo, el marxismo visto como la doctrina contenida en los escritos de estos dos alemanes es una doctrina que tiene opiniones sobre casi todo. Bertolt Brecht ironizó sobre esto una vez cuando en las Historias del señor K el señor Keuner se preguntaba si, en interés de la propaganda y para evitar que la gente huyera asustada de una doctrina con respuestas para todo, no sería conveniente hacer una lista de los problemas para los que aún no se habría encontrado solución. Tras Marx y Engels vinieron Lenin con sus doctrinas del imperialismo y del partido revolucionario, Trotski con la teoría de la revolución permanente, y Stalin con el socialismo en un solo país. Y los marxistas seguían en partidos, grupos, grupúsculos o sectas a un autor o a otro y descalificaban a los demás. En el siglo y medio de su existencia el marxismo evolucionó así hacia convertirse en una especie de religión laica con sus profetas, sus herejías y sus santos, distintos según la secta que se considere. Lenin, Trotski, Stalin, Gramsci, Mao o Che Guevara son grandes líderes para unos y contrarrevolucionarios o provocadores aventureristas para otros. Marx, cuya sagacidad está fuera de duda y que estaba muy alerta a los fenómenos incipientes, cuando era ya relativamente famoso se horrorizó de las opiniones de muchos que se definían como marxistas y afirmó rotundamente, para distanciarse de ellos, que él no lo era. Un amigo mío con el que una vez compartí militancia en una organización marxista me decía no hace mucho que ya no pensaba de ninguna forma en los problemas de luchas sociales en la clave de la necesidad de un partido revolucionario y mucho menos en lo que pudieron querer decir Marx o Lenin. Afirmaba mi amigo que lo que pueda venir de revolucionario en el futuro no estará fundamentado en los escritos de estos autores ni más ni menos que lo que pudiera estarlo en los de Aristóteles, Sócrates, Voltaire o cualquier otro filósofo o pensador que hubiera cuestionado la sociedad de su época. Yo le cuestioné esa opinión, porque Marx elaboró una teoría que es clave para entender cómo funciona la sociedad actual y por qué se producen las convulsiones repetidas en forma de crisis que ocurren en nuestro mundo. Marx hizo una enorme aportación para que podamos entender un aspecto básico de nuestro mundo, la producción de los bienes y servicios que necesitamos o deseamos los seres humanos, y cómo esa base económica de la sociedad es importante para entender otros aspectos (pero por supuesto, no lo explica todo). A juicio de muchos que conocen la obra de Marx, y a mi juicio también, esa obra proporciona elementos para comprender la sociedad moderna mucho más valiosos que los que proporciona la economía convencional. La mayor parte de la gente que se dice marxista o que habla del marxismo sabe muy poco de la teoría económica de Marx, algo así como si hubiera newtonianos no supieran siquiera qué es la fuerza de la gravedad.

María Romo dice que hay una polémica en la que la interseccionalidad tiende a enfrentarse al marxismo identificándola con las luchas identitarias, simbólicas e individualistas, frente a las cuestiones de clase que se ven, en cambio, como estructurales, materiales y políticamente más relevantes. Esto, dice, es a pesar de que las conexiones históricas y contemporáneas entre las dos tradiciones son fáciles de encontrar, como muestran los ejemplos de Angela Davis u otras activistas o una organización socialista de feministas negras lesbianas de Boston. Romo cita aprobatoriamente el manifiesto de esas bostonianas que, dice, interrelacionaban la cuestión de clase con las de género, raza y orientación sexual y basándose en un análisis marxista, afirmaban comprometerse activamente «con la lucha contra toda opresión racial, sexual, heterosexual y de clase» y consideraban como tarea fundamental «el desarrollo de un análisis y una práctica integradas, basadas en el hecho de que los principales sistemas de opresión están interrelacionados». Parece una declaración de principios digna de ser asumida por cualquiera que se precie.

María Romo concluye en su artículo que la interseccionalidad no tiene por qué considerarse como contraria al marxismo, sino como una propuesta que podría y debería incluir la perspectiva marxista. Pero el marxismo es una corriente intelectual y un conjunto de movimientos políticos de contornos difusos y cambiantes. El PSOE pudo ser considerado marxista en una época, pero quien hoy diga que lo es revela su penuria intelectual o su cerrilismo político. El Partido Comunista de China sigue definiéndose como marxista, pero, ¿es aceptable esa autodefinición? ¿Quiénes son los verdaderos marxistas, quienes definiéndose como tales apoyan la independencia de Cataluña o quienes se oponen a ella con uñas y dientes? Quienes propugnan la interseccionalidad pueden también diferir en aspectos importantes. Wikipedia en castellano define interseccionalidad como «un enfoque que subraya que el género, la etnia, la clase u orientación sexual, como otras categorías sociales, lejos de ser naturales o biológicas, son construidas y están interrelacionadas. Es el estudio de las identidades sociales solapadas o intersecadas y sus respectivos sistemas de opresión, dominación o discriminación». En la versión inglesa de Wikipedia, intersectionality se define como (la traducción es mía) «un esquema analítico para entender cómo los aspectos de las identidades sociales y políticas de una persona se combinan para generar distintos modos de discriminación y privilegio». Dice también Wikipedia que el término intersectionality fue acuñado y definido por Kimberlé Williams Crenshaw y que la noción «identifica factores múltiples de ventaja y desventaja», por ejemplo «el género, la casta, el sexo, la raza, la clase, la sexualidad, la religión, la discapacidad, la apariencia física y la altura».

Vemos entonces cómo la noción de interseccionalidad se enfoca a las particularidades de las personas concretas, yendo a cosas específicas como si Juan es alto o bajo o si Rosario es atea, budista, heterosexual o diabética. La combinación de ser varón, empleado de banca, bisexual, de religión agnóstica, feo a decir de sus compañeros y de altura media sería así objeto de análisis en el enfoque interseccional. Frente a este enfoque hacia lo particular, lo que Marx hizo en la parte más valiosa de su obra fue exactamente lo contrario. Así para entender el concepto de capital que es clave en su teoría, Marx abstrajo por completo que el capitalista que personifica el concepto sea ruso o francés, joven o viejo y, más importante, se dedique al comercio de textiles, a la producción siderúrgica, a la de espectáculos, o a la banca. Igualmente, el ser humano en el que se personifica la esclavitud asalariada de la teoría de Marx puede ser varón o mujer, blanco, negro o “marrón” o tener cualesquiera atributos biológicos o sociales. Algunos marxistas en su afán antinacionalista llegaron a afirmar que los trabajadores no tienen patria y en una línea similar probablemente muchos marxistas creyeron que los proletarios siendo como eran de cualquier sexo (eso del género ni se conocía) carecían también de otras características biológicas o culturales. Contra esa homogenización que ignora que todos nos sentimos de esta o de esa otra manera, el énfasis del enfoque interseccional en lo individual puede ser muy saludable.

María Romo reconoce que se ha criticado la interseccionalidad como proyecto posmoderno con una visión individualista de la identidad y que algunas autoras afirman que la interseccionalidad refuerza las categorías socialmente construidas, ya que requiere nombrar y, por tanto, estabilizar la identidad. Sin embargo, dice Romo, muchas otras autoras conciben la interseccionalidad de una manera bastante opuesta, como enfoque para analizar las desigualdades estructurales interrelacionadas y sus efectos en la vida cotidiana de las personas y mucho menos como propuesta que hace énfasis en la individualidad. Con una formulación que recuerda viejas controversias sobre la fidelidad a los principios revolucionarios, dice Romo que, a pesar de que a veces se use el marco interseccional para enfatizar las identidades, «siendo fieles a las motivaciones políticas y teóricas que originaron el concepto, la interseccionalidad no trata sobre los procesos de categorización ni subjectivación [sic], sino sobre cómo se configura de forma compleja la discriminación, la violencia y la desigualdad en personas que están posicionadas de forma distinta en las estructuras sociales.»

De manera similar a como podría delimitarse un marxismo reformista que pretende reformar la sociedad actual y un marxismo revolucionario que pretende transformarla radicalmente, o un marxismo democrático que defiende como valor sustancial las libertades civiles y un marxismo autoritario que prima la transformación social cueste lo que cueste y violentamente contra todos sus oponentes, podría quizá definirse una interseccionalidad identitaria que realza y subraya las características individuales y las particularidades personales que diferencian a cada uno, y una interseccionalidad que podríamos quizá llamar epistémica que enfoca esas características diferenciales para permitirnos comprender cómo cada persona se imbrica con el resto y así entender mejor el conjunto, la sociedad global.

Dice María Romo que criticar la interseccionalidad, el feminismo, el antirracismo o el movimiento LGTBI como luchas culturales centradas en el ámbito simbólico, en contraposición a las luchas de clase, que tratan sobre las cuestiones materiales, es no entender sobre qué tratan estas luchas, ya que racismo, el sexismo y la homofobia desposeen, empobrecen y matan. Hay que darle la razón. Dice también Romo que la distinción entre lo cultural y lo material, «la división entre las políticas de reconocimiento y las de redistribución, reproduce la ideología liberal y patriarcal, ya que vincula el género a una diferencia cultural que ha de ser igualada y no a una desigualdad que ha de desaparecer. De la misma manera que los capitalistas explotan a los obreros, los hombres explotan a las mujeres». En esto hay que estar en desacuerdo, a no ser que se quiera trivializar el concepto de explotación y hacer pasar por buena la idea vulgar, típica por otra parte de la economía ortodoxa, de que se explota una mina o un campo de remolachas y que a los asalariados se les explota «cuando no se les paga un salario justo». Si hay algo realmente valioso en la crítica de Marx al capitalismo es la idea de que en el trabajo asalariado bajo la apariencia de igualdad en el intercambio, se encierra la explotación, la extracción de valor al trabajador. Decir que «de la misma manera» que los capitalistas explotan a los obreros, los hombres explotan a las mujeres es demostrar desconocimiento de un concepto clave que Marx elaboró con extrema atención.

Una economista heterodoxa, no marxista, Joan Robinson, dijo una vez que mientras que el objetivo de la ciencia natural es entender el mundo y la realidad externa, el objetivo de la ciencia social es generar una autoconciencia de la sociedad humana. Esta idea es muy valiosa a mi juicio, porque lamentablemente, mientras que la ciencia natural ha progresado enormemente dando a los seres humanos capacidades desmesuradas para actuar sobre la realidad física, la ciencia social está en mantillas y los seres humanos tenemos enormes dificultades para avanzar en la resolución de nuestros problemas principales y, cada vez más, para no destruirnos nosotros mismos. Hoy somos casi 8.000 millones de personas los que formamos esta humanidad diversa, en poco tiempo podrán ser 9.000 o 10.000 millones. Si esa humanidad es capaz de superar este siglo XXI y entrar en el XXII sin autodestruirse, será porque los seres humanos habrán avanzado enormemente en entenderse unos a otros y en comprender sus diferencias. Un componente fundamental de ello es el rigor intelectual, la crítica despiadada a la falta de respeto a la verdad y a la incoherencia que está en la base de movimientos irracionalistas como los que dan sustento a Trump en EEUU y a muchos políticos similares en otros países. El enfoque interseccional quizá pueda ayudarnos a entender por qué uno de cada cuatro votantes negros votó en 2020 por Donald Trump, que aumentó también su penetración electoral entre latinos y entre mujeres. Pero dudo que el enfoque interseccional nos ayude a entender por qué el cambio climático o la posibilidad de una tercera y probablemente última guerra mundial son los riesgos hoy fundamentales a los que muchos pensamos que hay que prestar atención prioritaria. La teoría de Marx, que presenta un capitalismo cuya necesidad fundamental es la acumulación del capital, que en términos económicos modernos no es otra cosa que el crecimiento económico, proporciona a mi juicio un instrumento muy valioso para entender por qué es tan difícil implementar políticas eficaces para limitar la evolución del cambio climático hacia la catástrofe y por qué acabar con el capitalismo, lo que no parece nada fácil, puede ser quizá la única forma de parar el tren del crecimiento económico que por la vía de la alteración el clima lleva la humanidad al desastre.

Según María Romo la cooptación del concepto de interseccionalidad y el vaciamiento de su radicalidad y de su potencialidad para tratar la dimensión estructural de las desigualdades ha de entenderse en el marco de una tendencia más amplia en el medio académico actual y no como un problema derivado del propio concepto. Pero esto también es aplicable al marxismo que no solo ha sufrido la influencia de la presión académica sino de siglo y medio de práctica política en la que los marxistas han ocupado a veces puestos clave en los esquemas de poder y opresión. Hace ahora poco más de treinta años los Ceaușescu, Nicolae y Elena, fueron ejecutados tras intentar apagar a sangre y fuego un levantamiento popular contra su gobierno marxista. Que haya o no «puntos de unión» entre la interseccionalidad y el marxismo no es importante, lo que es importante es que entre todos creemos un conocimiento social y un movimiento popular que nos permitan vivir y convivir y que permitan a la humanidad sobrevivir. Carlos Marx, Rosa Luxemburg, Bertrand Russell, Albert Einstein, Daniel Guérin, Emma Goldman, Noam Chomski, Audre Lorde y James Baldwin son algunos de los muchos autores que han contribuido a ese fin.

Nota

Pepe Tapia es también traductor del siguiente poema de Audre Lorde: “Los trabajadores se alzan el Primero de Mayo, o Postcriptum a Karl Marx.”

Bajando por Wall Street

los estudiantes se manifestaron por la paz.

Desde arriba, los obreros de la construcción miraron recordando

cómo había sido para ellos

en los viejos tiempos

antes de los contratos sindicales con seguridad laboral

para los blancos

y antes del papá paga las cuentas

así que bajaron de los andamios

y enseñaron a sus hijos

una lección

titulada

Marx como víctima de la brecha generacional

titulada

me hice mayor por la vía dura y así lo harás tú

titulada

los límites de una visión sentimental.

Cuando el drama pasional se acabó

y la polvareda se asentó sobre Wall Street

500 trabajadores afiliados al sindicato

habían desalojado de Foley Square, hombro a hombro con la policía,

a 2000 de sus hijos rebeldes

que rompieron filas y huyeron de los cadenazos

de sus progenitores.

¡Mira esto, Karl Marx,

es la visión apocalíptica de Amérika!

Los trabajadores se alzan y vencen

y no han perdido sus cadenas

sino que las alzan

y codo a codo con los porrazos de los guardias

garantizan la seguridad de Wall Street

contra los estudiantes rebeldes.

“The Workers Rose on May Day, or, Postcript to Karl Marx” (1973)

Fuente: Audre Lorde, Chosen Poems: Old & New

(Nueva York, W. W. Norton, 1984, pp. 85-86).

Traducción: José A. Tapia.

Nota del traductor: Este poema se refiere a sucesos que fueron famosos durante la guerra de Vietnam. El 8 de mayo de 1970 una manifestación de unos 2000 estudiantes en protesta contra la guerra recorrió la zona cercana al edificio de la bolsa de Wall Street, en Nueva York. Unos doscientos obreros de la construcción portando banderas y gritando “All The Way, U.S.A.” and “Love It or Leave It” atacaron a los estudiantes. Audre Lorde (1934 – 1992) fue una estadounidense negra de origen caribeño cuya militancia feminista y lesbiana fue notoria en sus numerosos ensayos y libros de poesía.

24/1/2021 http://www.mientrastanto.org/boletin-198/y-la-lirica/los-trabajadores-se-alzan-el-primero-de-mayo-o-postcriptum-a-karl-marx

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo, rebelión y Papeles de relaciones ecosociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *