Lo ocurrido en la embajada de México en Quito, con la invasión de la embajada por la policía ecuatoriana, la agresión al diplomático mexicano al frente de la misma y el secuestro del antiguo vicepresidente de Ecuador, Jorge Glas, ha venido ocupando un importante espacio en los medios de comunicación americanos y españoles. Asimismo lo está haciendo en las cancillerías americanas y en las propias Naciones Unidas. Todo ello, en unos momentos en que sigue habiendo un genocidio en marcha en Palestina, una guerra muy seria en Europa y peligro de otra en Asia Oriental, deja perfectamente clara la trascendencia de lo sucedido en Quito. Sin embargo los relatos más difundidos sobre los hechos, así como las explicaciones más habituales sobre ellos, suelen presentar un sesgo muy superficial, dedicado más a defender las particulares posiciones de cada medio o cancillería, que a profundizar en su significado. Es sobre esto que aquí deseamos arrojar algo de luz.
La invasión de la embajada mexicana es un paso más en la deriva antidemocrática y dictatorial que afecta a la política ecuatoriana desde que Moreno sustituyó a Rafael Correa en la presidencia de la República y comenzó a traicionar todo lo que representaba la Revolución Ciudadana y las mejoras que esta había supuesto para el pueblo ecuatoriano, tanto indígena como ladino. Y es bueno recordar que una de las primeras traiciones de Moreno fue desatar la persecución contra quien era su vicepresidente, Jorge Glas.
Esta deriva dictatorial ha tomado nuevo impulso desde la llegada de Noboa a la presidencia de Ecuador. Ha sido Noboa quien ha recurrido al uso del ejército en la política interior y no debemos olvidar que este recurso, que no es precisamente inusitado en Hispanoamérica, suele acarrear baños de sangre y frecuentemente concluye (así pasó en Uruguay en los años setenta) con la toma directa del poder por el ejército pasando por encima de los políticos civiles que pretenden utilizarlo. En Ecuador se sigue discutiendo, pues no está nada claro, si los sucesos (fugas carcelarias, tomas de estaciones televisivas, proliferación de bandas criminales fuertemente armadas) que motivaron este recurso a los militares fueron o no orquestados para su uso. Lo que no tiene discusión, por ser notorio, es que Noboa durante su campaña electoral se posicionó en favor de la decisión, tomada en referéndum popular, de respetar el Yasuní y no seguir extrayendo petróleo de allí. Posición que ahora está modificando, como muestra su visita a Canadá, acompañado de tres ministros de su gobierno, para comparecer ante una importante reunión de empresas mineras internacionales y prometer que Ecuador iba a abrir sus puertas de par en par al extractivismo. Esto ocurrió unos pocos días antes de la invasión de la embajada de México.
El ataque a la legación mexicana, con toda seguridad, fue decidido por el propio Noboa. No cabe duda de que habrá sido advertido de que ello constituye una gravísima violación de la Convención de Viena de 1961 que, recogiendo lo establecido ya desde 1648 en Westfalia, fundamenta la extraterritorialidad de las embajadas y protege al personal diplomático y a cuantos se hallen dentro de ellas. Y no cabe duda de que Noboa ordenó hacer caso omiso de todo ello. ¿Sus razones? Por una parte el mandato presidencial de Noboa concluye el año próximo y él desea ser reelegido en el 2025, algo que no sería tan fácil de continuar el desastre económico al que se enfrentan las clases trabajadoras ecuatorianas y de solucionarse el enfrentamiento que, ya hace años, existe entre el correismo y la CONAIE que agrupa a los indígenas. Pero el recurso a la fuerza y a las medidas antidemocráticas sí podría ayudarle, como enseña lo sucedido en El Salvador con Bukele. Por otra parte la protección de las embajadas no parece ser algo relevante en Ecuador. Basta recordar lo que permitió Moreno en la embajada ecuatoriana en Londres, de la que fue sacado Julián Assange, luego de haber sido espiadas todas sus comunicaciones (hay un sumario abierto sobre ello en España) en su interior. Tampoco parece que ello sea muy relevante para algunos de los gobiernos en cuyo espejo desea mirarse Noboa. Tanto EE.UU. como Israel han atacado embajadas, pero ni ellos han osado hacerlo dentro de sus propios países. Posiblemente Noboa ha calculado que México, cuyas relaciones económicas y sus intereses comunes con Ecuador no son grandes, tendría difícil tomar medidas de represalia, más allá de la ruptura de relaciones diplomáticas. Así que resolvió lanzar a su policía al asalto de lo que legalmente es territorio mexicano, sin importarle que, además, se agrediera a un diplomático y, luego de su secuestro, Jorge Glas fuese torturado.
Desde luego México, hasta el momento, no ha pasado de tomar medidas legales (ruptura de relaciones, recurso al TIJ y a Naciones Unidas), pero no se encuentra tan desprotegido como imaginaban en Quito. Fuera de los apoyos con la boca chica que ha tenido en Washington (aunque no se puede descartar que lleguen a plasmarse en algo real, pues por muchos motivos en los que no abundaremos aquí México es mucho más importante para EE.UU. que Ecuador), casi todos los países americanos -por más que alguna prensa española trate de disimularlo- se han puesto de parte de México, independientemente del significado de sus gobiernos. Y es que, desde antes de la Convención de Viena, el respeto a las legaciones diplomáticas ha venido siendo algo muy importante en las cancillerías americanas.
No obstante lo anterior y ya fuera de lo que represente en la situación ecuatoriana, lo más peligroso del atentado contra la embajada mexicana es lo que representa en la disolución total de lo que es el Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas. Nuestros lectores son conscientes de como ese llamado “orden internacional basado en reglas” que pregonan EE.UU. y sus satélites atentan contra las normas posteriores a la II Guerra Mundial. Normas, y la Convención de Viena era parte de ello, establecidas para intentar impedir que se repitiera aquello. El Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas están basados en la igualdad entre los estados. No quiere decir esto que esas normas ignoren el desigual poder que tienen estos y como esta desigualdad afecta a la política internacional. Pero el principio formal es la igualdad y, aunque esto parezca hipócrita, ese principio es un avance muy real sobre la ley del más fuerte sin paliativos. Esto, la ley del más fuerte sin paliativos, es lo que subyace en el “orden internacional basado en reglas”. Ya que esas reglas, a diferencia de las normas establecidas en el Derecho Internacional, no se enuncian jamás, lo que significa que son inventadas y aplicadas puntualmente a voluntad de los estados poderosos.
Cuando el gobierno ecuatoriano ha atentado contra la Convención de Viena lo ha pretendido justificar usando ese “orden internacional basado en reglas”, aduciendo su derecho a apoderarse de Jorge Glas estuviera donde estuviese. Es decir, inventando una “regla” acomodada a su voluntad y que quebranta una norma internacional perfectamente establecida. Pero Ecuador no es un estado poderoso y su ruptura flagrante del Derecho Internacional (normativa que, por más imperfecta que pueda parecer, es la única defensa de los estados débiles al estar basada en el principio de igualdad) pone en peligro a todos los estados de características comunes con la suya. Posiblemente Noboa haya contado con que le defienda el inventor de ese “orden” de marras. Pero esto no es tan seguro. Primero ese “orden” está al servicio de los poderosos y a estos no les suele gustar que los débiles abusen de lo que ellos tienen para su propio uso. Segundo, si esto se extiende el deslocamiento de las relaciones internacionales -que ya es muy grave- aumentará y esto no es bueno para EE.UU., cuya capacidad de control cada día es menor. Todo esto sumado a que México es una baza más importante que Ecuador, hace que no sea imposible que EE.UU. intente forzar un arreglo. Lo malo de esto para Noboa sería que hay un aspecto de ese posible arreglo que no se podría ocultar. Y es que el gobierno mexicano no puede aceptar nada que no contenga el envío a México, que ya le había dado asilo, de Jorga Glas. Si esto se produjera el destino político de Daniel Noboa tendría muy mal color. Pero desgraciadamente, acaben las cosas como acaben, el color del Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas también se ha oscurecido mucho como resultado de lo sucedido en Quito.
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